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miércoles, 10 de septiembre de 2008

Nuestro Recorrido en Nicaragua

Recorrido en Nicaragua


Recomendaciones de Viajes del Corazón en Nicaragua:

- Velada en la Casa de los Mejía Godoy en Managua.
- Visita a Granada.

Imágenes de Granada

A Granada, -- la primera ciudad de la Nueva España que fue fundada en el continente americano (excluyendo las ciudades insulares) y que continúa siendo habitada--, se le bautizó así én honor de la ciudad del sur español, pues la primera fue fundada por el tiempo en que la segunda fue recobrada de los moros.

Granada también es famosa pues colinda con el Lago Nicaragua, el más grande de toda centroamérica. A Jennifer lo que más asombro le causa y lo que más le hace sonreir sobre este lago es que es el único en mundo en el que se han desarrollado tres especies de tiburones de agua dulce.

Como quiera que sea, Granada tiene infinidad de cosas por las que asombrarse y sonreir. He aquí algunas de las que a nosotros nos dieron motivo: Granada en imágenes.











Con vocación de Artista: Armando José Mejía

¿Dónde está el amor?

Pasa que hay veces en que uno le escucha una canción a un cantante y tiene la sensación de que uno podría haberla escrito; veces en que la música y la lírica expresan exactamente el sentimiento y la experiencia que uno tuvo en algún momento de su vida; canciones a través de cuyas notas uno reconoce pautas íntimas, códigos que hasta ese momento se suponían estrictamente individuales.

A pesar de que difícilmente Jennifer y yo coincidimos en ciertas apreciaciones del arte, así nos pasó a ambos con “Dónde está el amor?” de Armando José Mejía. La canción borda, de forma sencilla e intensa, la genuina frustración de quien, por más que se ha esforzado en buscar, aún no encuentra a quien amar y quién le ame de vuelta. Un tema que reside casi universalmente en la experiencia adolescente de nosotros, frágiles humanos separados, pero que difícilmente queda relegada exclusivamente a los años de juventud.

Fue en principio por las viejas heridas que su canción logró avivar, y posteriormente, por la potencia de su presencia escénica – una convicción absoluta sobre el valor de su arte – que Armando José nos pareció el más destacado de los jóvenes que se presentó en Casa de los Mejía Godoy el fin de semana anterior.

Tal fue la alegría musical de aquella noche, que el recuerdo se extendió en nuestras charlas por varios días, y cobró forma de curiosidad en nuestras reflexiones: ¿De dónde surge la inspiración? ¿En qué intersticio nace la música, la poesía?



Las sincronías del encuentro

Y en eso estábamos, cuando de pronto, en pleno parque central de Granada, una ciudad a una hora de Managua, vemos pasar, con una guitarra y un rollo de pinturas a la espalda por todo equipaje, a Armando José Mejía, como si lo hubiéramos convocado.

Emocionados por la sincronía, desviamos nuestra ruta para saludarlo, sin imaginar que ese encuentro modificaría definitivamente nuestro itinerario aquel día, al grado en que nunca haríamos la pequeña filmación que habíamos acordado con los dueños del taller de la esquina de la plaza en donde, a media luz, se manufacturan puros y cigarrillos de sello nicaragüense.

En medio de los arcos del parque central Armando recibe de buen grado el saludo. Aunque presumiblemente el encuentro es menos significativo para él, pues hasta ese momento nosotros no somos más que un par de espectadores anónimos.

No han pasado dos minutos cuando despliega el rollo de telas. Nos muestra, una a una, la serie de pinturas en las que ha estado trabajando los últimos dos días.

Una de dos: O el cuento sobre la innovadora técnica que utiliza en los cuadros viene del arte del vendedor que despliega su persuasión frente a nosotros para conseguir nuestros dólares; o viene desde la venta del artista que se siente orgulloso de un hallazgo creativo, pues según su dicho, nadie en el mundo pinta con la metodología que él utiliza.

Más tarde conoceremos la historia del nacimiento de la técnica: estaba en Panamá, en Boca del Toro, cuando un americano le encargó un cuadro con el tema de un pez. Con la última reserva de dinero que traía, compró el material. Pero antes de empezar siquiera el cuadro lo envolvió una espiral de rumba: cada noche una bacanal, cada mañana una cruda. En una semana el material estaba inutilizable: los lienzos echados a perder, las pinturas secas. Ni un céntimo en la cartera para comprar siquiera aguarrás.

Entonces, desesperado, tomó la sábana de la cama del cuarto donde dormía, y con el pincel –que por lo tieso parecía espátula— empezó a trazar líneas. Cuando levantó el lienzo improvisado, vio una luz por detrás que lo iluminó. Y siguiendo esa luz terminó el cuadro. El gringo le pagó el doble por el pez aquel.

Desde entonces sus herramientas de trabajo son sólo cinco: lienzos de distinta contextura, espátula grande (del tamaño de una mano), espátula pequeña, y pintura Comex.

Fuere cual fuere el cuento, Armando consigue su cometido – descuento de por medio – y nos vende una pintura, a pesar de que nuestro estilo de viaje hace imposible la acumulación de cosas.


Con la transacción, curiosamente, viene adjunto un boleto al futuro: por un segundo apenas, nos transportamos al espacio --aún huérfano de domicilio concreto-- en donde viviremos a nuestra vuelta del viaje. El cuadro ocupará un rincón místico, dedicado a la vida que ha hecho brotar este viaje; a la belleza inesperada, a la magia del encuentro y sus sincronías.

El diálogo se anima. Le reseñamos nuestra aventura alrededor de Latinoamérica, nuestra búsqueda de un tiempo creativo. Le platicamos la idea del documental. Y antes de que nos demos cuenta, camina junto a nosotros rumbo al hotel para que lo filmemos.

Mientras en la recepción nos consiguen un par de cervezas a cada uno, le damos las pautas del documental. Ha de contarnos un cuento y de responder algunas preguntas breves, sobre su concepto del artista y la forma en que él devino uno.



Las respuestas son interesantes si se tiene en la memoria la curiosidad que nos suscitó el asunto del talento generalizado en la familia Mejía Godoy; y si se considera que a nosotros nos recorre una necesidad de entendimiento y recreación de la cosa creativa.

Primero, el relato:

La canción de Agapito

Armando nos cuenta que él solía pasar las vacaciones de niño en San Juan del Sur en la costa del pacífico nicaragüense. Ahí, mientras los hermanos y los primos jugaban en la playa, año con año, solía aparecerse Agapito, un niño local, unos años más grande que ellos. Agapito era ideal para completar los equipos de futbol y béisbol.

Pasaron diez años. Ambos crecieron. Armando iba a la escuela. Agapito trabajaba de lo que hubiera: en los buses, en el mercado. El caso es que una tarde los jóvenes jugaban en la playa, fumaban, tomaban guaro, platicaban. Perdían el tiempo en grupo, como se pierde cuando uno es joven.

Agapito participaba en la charla a intervalos, pues recogía conchas nacaradas bajo las palmeras. En eso estaba, cuando entre broma y broma, risa y risa, le cayó un coco en la cabeza. Agapito cayó desmayado.

Despertó. Pero despertó amnésico y loco. Sin recordar quien era. Atrapado en la compulsión de recoger conchas nacaradas a lo largo de la playa.

Armando volvía por San Juan de vez en cuando. Agapito seguía ahí. Pobre, loco, recogiendo conchas nacaradas, viviendo de la mendicidad.

Agapito, rabioso como poseído no dejaba que nadie se le acercara. Cuentan que a pedradas había reventado buena parte de los vidrios de las casas y edificios de la bahía de San Juan. Tal era su fama que la gente le corría. La gente le temía. La gente empezó a decir que más valía no toparse con Agapito en un mal día, pues así loco como se ponía, podría ocurrírsele degollarlo a uno y dejarlo desangrando en la playa.

Y así pasaron los años, y Agapito, dando vueltas sobre sí, sólo quería recoger conchas a lo largo de la playa.


Hasta ahí el relato. A Armando haber conocido al personaje en su infancia le generaba cierta afinidad y cierto desconsuelo. Y compuso una canción. Cuenta que un día, lo invitaron a hacer un programa en un canal de televisión nicaragüense. Y cantó la canción de Agapito en red nacional.

Y no se enteró sino hasta dos años más tarde que alguien vió el programa y se conmovió de Agapito, y pagó el internamiento en un hospital psiquiátrico.

Ahí en el hospital, Agapito por el tiempo que duró la internación fue bien tratado. Durmió por primera vez en mucho tiempo limpio, en sábanas y cobijas limpias. Tuvo momentos de lucidez…

O puede también que toda esta historia haya sido un cuento con doble sentido. Y que el personaje le haya inspirado a Armando un viaje metafórico, veladamente autobiográfico:

Alguien que ha perdido la cabeza, que se ha perdido a sí mismo en medio de la enajenación, en medio del bacanal. Alguien que se ha oscurecido, que es incapaz de encontrar el camino de vuelta, y se encuentra atrapado en madrugadas insomnes, secas, desesperadas, llenas de soledad, llenas de amargura.

O acaso, como en todo buen cuento, ese es el cuento que me he contado yo…

Armando José Mejía: Creer, crear


Como quiera que sea están también sus respuestas a nuestras preguntas sobre el artista y su odisea. En palabras de Armando:

“El artista crea lo que al principio no cree.

Soy de luz, tengo una llama en mi interior, que arde. Soy del todo, tengo todo, tengo el poder.

Nosotros tenemos autoridad en la boca. Lo que pasa es que no conocemos esas cosas. El mundo nos acapara y nos llena la cabeza de cosas. Nos distrae.

Por los ojos vemos, por los oídos escuchamos, por la boca confesamos. Con los pies logramos llegar a un lugar. Y con las manos transformamos.

Eso que nosotros tenemos, basta para estar en el mundo. El secreto es darse cuenta de ese poder y creer en él.

Sin embargo, para activar todas esas cosas que nosotros tenemos, es necesario llegar a un cierto nivel espiritual, intelectual, emotivo.”

domingo, 7 de septiembre de 2008

La casa de los Mejia Godoy

De los cantos por Nicaragua pasamos a los cantos de Nicaragua:

“Cristo ya nació en Palacaguina
de Chepe Pavón y una tal María.
Ella va a planchar, muy humildemente,
la ropa que goza
la mujer hermosa del terrateniente

(…)

José, pobre jornalero, se me catella todito el día,
lo tiene con reumatismo el techo de la carpintería.
María sueña que el hijo igual que el tata, sea carpintero.
Pero el sepotillo piensa: Mañana quiero ser guerrillero.”

Así fue como el sábado por la noche, escuchamos El Cristo de Palacaguina y otras canciones en La Casa de los Mejía Godoy, el sitio desde donde una familia nicaragüense presenta su música.



La casa, una amplia y fresca estructura de palma, recibe cada semana al público que viene a compartir el trabajo de una familia que se ha convertido en un símbolo de este país, pues acaso son ellos los que mejor han conseguido capturar el espíritu de su pueblo.

Desde varias décadas antes de la revolución son una referencia valiente que apuesta por este país; que ama y recrea los modos que la música y la lengua ha cobrado en este país. Son acaso los usos lingüísticos que mamaron en su natal Somoto, un pueblito en el norte de Nicaragua: en un párrafo vamos de la pulpería (abarrotería) al cucumiche (el hijo menor), del mínimo (platanico) al ñeque (coraje).

Su historia familiar es tan colorida como su lenguaje. Están plagados de pequeñas anécdotas sabrosas que van entretejiendo con las canciones.

Como la historia sobre sus orígenes. Según cuenta Luis Enrique, que la memoria reciente de la familia empieza con el bisabuelo, que fue un cura católico que entre homilía y homilía, se dedicaba a querer a la bisabuela. Los amores se diluyeron el día que la bisabuela quedó preñada.

Y es acaso en la soledad de aquella mujer de principios de siglo que nació el espíritu gitano de esta familia de cantantes.

Así que no sorprende lo nutrido y lo profundo de su trabajo. Tampoco sorprende el humor, pues desde siempre se sabe que la marginalidad equipa pa´l ingenio:

“Negrita, si me querés,
tendé la cama, para que nos duermamos.
Y si llega tu marido
decile que soy tu hermano…”

Lo que sí llama la atención es la extensión que el talento artístico tiene en la familia, pues no hay quien no cante, toque un instrumento, componga. Padres, tíos, sobrinos, hijos. Todos tienen un don. Uno toca el tambor, otro la guitarra; uno el acordeón y otro el bajo. Uno la batería, otro la flauta, ella las maracas y hasta hay quien toca el serrucho.



Acaso es en esta tradición artística que es posible apreciar de forma prístina la manera en que se fija un patrón conductual: ahí donde el autoconcepto confluye con la experiencia.

El autoconcepto, esa referencia identificatoria que los miembros de un clan introyectan y después reproducen. Esa estructura que señala parte de lo que es deseable, al tiempo que establece las fronteras de lo que es posible.

Para ponerlo simple y en concreto. No es que los Mejía nazcan con más talento que el resto de nosotros, sino que ellos creen –desde una dimensión simbólica— que pueden crear e interpretar. Y porque creen, pueden.

Desde luego, nadie se hace artista sólo porque pertenece a la tradición. He ahí el segundo elemento de la fórmula. La experiencia. La acción.

Pues todos los miembros de la familia tienen un espacio en el foro. Para todos hay una oportunidad.

Y es ahí donde opera la magia, pues aquello que en la primera interpretación pública es algo que cualquiera con regular talento artístico podría haber presentado, a fuerza de patrocinio y ánimo; de oportunidades reiteradas y de invitaciones ratificadas se convierte poco a poco en una interpretación emocionante, valiente, conmovedora.

Artistas estos Mejía Godoy –Carlos, Luis Enrique y Chico a la cabeza-- que, con todo se han se han convertido en los trovadores de su pueblo.

Pero, como se sabe, el arte es difìcil contarlo. El arte se vive... Va el link a Nicaragua, nicaragüita en YouTube:

Cuentos y cantos por Nicaragua

Nicaragua tiene algo que cautiva. Algo semejante a lo que ocurrió con Cuba. Acaso es por eso que a Nicaragua se le cuenta y se le canta.

De esos cantos y de esos cuentos yo rescato un par de ideales que me parecen cautivadores, y que Nicaragua comparte con cualquier otro sitio en donde se lucha para tener una tierra mejor.

Los hombres de esos pueblos están hechos de una contextura que recorre el espectro que va de la valentía a la sensibilidad.

He aquí dos textos que desde hace años conservo cerca de mi corazón:

Crónica de la ciudad de Managua
Eduardo Galeano


El comandante Tomás Borge me invitó a cenar. Yo no lo conocía. Tenía fama de ser el más duro de todos, el más temido. Había otra gente en la cena, linda gente; él habló poco o nada. Me miraba, me medía.

La segunda vez, cenamos solos. Tomás estaba más abierto; contestó suelto mis preguntas sobre los viejos tiempos de la fundación del Frente Sandinista. Y a medianoche, como quien no quiere la cosa, me dijo:

—Ahora, contame una película.

Me defendí. Le expliqué que yo vivía en Calella, un pueblo chico, donde poco cine llegaba, películas viejas…

—Contame —insitió, ordenó—. Cualquier película, cualquiera, aunque no sea nueva.

Entonces conté una cómica. La conté, la actué; intenté resumir, pero él exigía detalles. Y cuando terminé:

—Ahora, otra.

Conté una de gangsters, que terminaba mal.

—Otra.

Conté una de vaqueros.

—Otra.

Conté, inventándola de cabo a rabo, una de amor.

Creo que estaba amaneciendo cuando me di por vencido, supliqué clemencia y me fui a dormir.

Me lo encontré a la semana. Tomás se disculpó:

—Te exprimí, la otra noche. Es que a mí me gusta mucho el cine, me gusta con locura, y nunca puedo ir.

Le dije que cualquiera podía entenderlo. Él era ministro del Interior de Nicaragua, en plena guerra; el enemigo no daba tregua y no había tiempo para el cine, ni lujos así.

—No, no —me corrigió—. Tiempo, tengo, El tiempo... uno se hace el tiempo, si quiere. No es problema de tiempo. Antes, cuando estaba clandestino, disfrazado, me las arreglaba para ir al cine. Pero ahora...

No pregunté. Hubo silencio, y siguió:

—No puedo ir al cine porque... porque yo, en el cine, lloro.

—Ah —le dije—. Yo también.
—Claro —me dijo—. En seguida me di cuenta. La primera vez que te vi, pensé: «Este tipo llora en el cine.»

Canción Urgente para Nicaragua
Silvio Rodríguez (Cuba) - 1980


Se partió en Nicaragua
otro hierro caliente
con que el águila daba
su señal a la gente

Se partió en Nicaragua
otra soga con cebo
con que el águila ataba
por el cuello al obrero

Se ha prendido la hierba
dentro del continente
las fronteras se besan
y se ponen ardientes

Me recuerdo de un hombre
que por esto moría
y que viendo este día
-como espectro del monte-
jubiloso reía

El espectro es Sandino
con Bolívar y el Che
porque el mismo camino
caminaron los tres

Estos tres caminantes
con idéntica suerte
ya se han hecho gigantes
ya burlaron la muerte

Ahora el aguila tiene
su dolencia mayor
Nicaragua le duele
pues le duele el amor

Y le duele que el niño
vaya sano a la escuela
porque de esa madera
de justicia y cariño
no se afila su espuela

Andará Nicaragua
su camino en la gloria
porque fue sangre sabia
la que hizo su historia

Te lo dice un hermano
que ha sangrado contigo
te lo dice un cubano
te lo dice un amigo

jueves, 4 de septiembre de 2008

Voces de Septiembre

La historia del terremoto en Managua inevitablemente me hace evocar mi propia experiencia.

El hecho de que estemos en septiembre, acaso hace particularmente pertinente el tiempo para traer a colaciòn un texto que escribì hace tiempo:


Humana Fauna V. Voces de septiembre
Arturo Ignacio Peón Barriga


El 19 de septiembre de 1985 la ciudad de México amaneció sacudida por un temblor de tierra. Yo tenía doce años entonces. Todo alrededor de mi casa había edificios tumbados, escombros humeantes, lágrimas señaladas en los rostros polvosos de los sobrevivientes, esperanzas inciertas de encontrar gente bajo restos de lozas, columnas y ladrillos.

En las primeras horas que siguen a una catástrofe, el tiempo se detiene. Después avanza frenéticamente.

Caminando entre los corredores del supermercado que está en Uxmal y Cumbres de Maltrata, junto a la iglesia del Sagrado Corazón, supe que el miedo habla con la voz de la voracidad. La gente se abalanzaba hacia sobre los anaqueles desgarrando en su impaciencia los costales de harina, azúcar y arroz, dejando los pasillos cubiertos de una textura arenosa en la que quedaban marcados los rastros de sus carros repletos, empujados con una mano, mientras con la otra cogían a sus hijos, como si alguien les persiguiera. En las catástrofes, la gente deja de mirar a la cara.

Nos veíamos apenas el rostro en una penumbra de velas, ese día por la noche, reunidos en la casa de la abuela. Nadie hablaba. Los únicos sonidos provenían del locutor de la radio que mecánicamente repasaba listas de desaparecidos y de los rumores esporádicos de grupos de gente en su tránsito incierto por la calle.

La mañana siguiente fue soleada, y sin embargo fría. Nada hay más frío que el paso de un convoy de militares por la esquina de tu casa.

Mamá y tía Ana prepararon sandwiches y café. Mi padre y yo los repartimos, caminando entre los campamentos de soldados y voluntarios en la esquina de Xola y Lázaro Cárdenas -- donde la tierra se tragó más de dos metros de un grupo de edificios. Pensé: la solidaridad tiene dientes blancos, olor a sudor y espalda curvada. Regresé a mi casa mareado, con el estómago revuelto y sin la energía para seguir pensando.

El 20 de septiembre por la noche la tierra se volvió a cimbrar. La luz eléctrica se apagó con la primera sacudida. Corrimos al patio trasero. Nos tomamos de las manos haciendo un círculo, justo en medio de las dos jacarandas, con la esperanza de que los troncos nos protegieran en el caso de que la casa se derrumbara. Mis padres nos miraban con la incredulidad de quien está a punto de separarse inevitablemente de quien ama.

La oscuridad resalta el sonido en la memoria: el rugido de la tierra, la respiración entrecortada de mi abuela, el tronar de la casa, el compás del flotador de la cisterna movido por la marea del agua almacenada, las sirenas de las ambulancias, las voces de los soldados en los altoparlantes pidiendo calma.

El sonido hizo enloquecer a Socorro, la muchacha del servicio que ayudaba en la casa. Se tiró al piso, convulsionada. Con un acento olvidado de su lengua otomí y rastros del labio leporino y paladar hendido de su infancia, nos hizo llegar su angustia gutural: “Nos vamos a morir, nos vamos a morir…”

Fue en el momento más intenso del temblor, cuando Dios nos dejó solos y se elevó el sonido de los altavoces de los soldados, que entendí que el lenguaje humano nace de nuestros huecos, reside en el intersticio de nuestras fragilidades, pues sólo se nombra aquello que hace falta. La palabra existió primero para convocar a quien está ausente: “¡Guarden la calma!” – repetían- “¡Guarden la calma!”. “¡Ya va a pasar, guarden la calma!” Y entonces, otro, que seguramente estaba junto a aquel, desesperado, tomó un aparato y empezó a gritar: “¡Padre nuestro que estás en los cielos…” “¡Guarden la calma!” “¡Santificado sea tu nombre!...

Terremoto en Managua

Todo Centroamérica está lleno de actividad sísmica. El paisaje está lleno de volcanes y hemos podido constatar cómo frecuentemente los terremotos forman parte estelar en la historia de las ciudades.

En Managua, como es evidente mientras recorremos la ciudad, aún no se recuperan del todo de aquel terremoto del 72 en que el centro fue totalmente arrasado.

Memoria del sismo del 72

Madeleine, la amiga de Candelas, nos relató una breve memoria de aquel sismo, en la que por puro milagro, sus hijos se salvaron de ser aplastados a pesar de que su casa se cayó.

En la mañana del 22 de diciembre la nana de sus hijos salió, como todas las mañanas, a caminar al parque y se topó con un amigo, un viejo indígena. Intercambiaron chismes, ocurrencias y noticias del barrio.

Mientras hablaban, el viejo hizo silencio pues desde algún sitio remoto en su memoria le asaltó un recuerdo. El viejo dijo que el día estaba exactamente igual a aquella lejana mañana de marzo del terremoto del 1931: la luz del cielo tenía una claridad rojiza particular; la calma era extraordinaria; los animales estaban todos quietos, los pájaros no cantaban.

La nana, que creía en los signos de la tierra, halló en el comentario del viejo suficientes motivos para estar alerta.

Al regresar a la casa, dejó abiertas todas las puertas y las ventanas, para salir corriendo en caso de necesidad.

Cuando Madeleine regresó de su trabajo en el banco a medio día, la nana guardó prudente silencio. Nada mencionó a su patrona, pues sabía pues sabía que a su sensibilidad occidental los signos le parecerían ajenos, y la idea de dejar abierta la casa de par en par, un disparate.

Madeleine regresó entonces al trabajo, donde los preparativos de los festejos para la navidad la consumían y donde estaría ocupada hasta pasada la media noche de ese día.

Señalaba el reloj las 12:35 cuando la tierra tronó. Con la primera sacudida, la nana tomó en sus brazos a los niños y salió corriendo a la calle mientras el resto del barrio moría aplastado.

Madeleine, desesperada, salió del banco, y regresó en paso frenético a su casa. Tuvo que sortear el fuego que se esparcía rápidamente desde las gasolineras incendiadas.

Los lamentos y los llantos se colaban entre los escombros de lo que hace apenas minutos eran casas. Pasó también frente a varios grupos de personas que empezaban a saquear.

Encontró a la nana en medio de la penumbra de la calle, con ambos niños en brazos.

La abrazó con fuerza.

Y en el abrazo se desplomó.

Se dejó cargar en brazos de la nana, apenas un segundo, igual que sus hijos.

La nana, aquella vieja por cuyas venas corría la sabiduría de los indios, que aún escuchan a los viejos y que saben leer los signos de la tierra.

Fin de semana con Candelas

María Candelas

“Pero a Oscar no hay que tomárselo nunca demasiado en serio”, me dice su mamá, María Candelas Martìnez de Rivera. “Tiene una tremenda inteligencia para la vida. Es lo que en Nicaragua conocemos como güegüense."

El güegüense es un personaje que viene de la colonia y está representado por un indio que tiene superpuesta una máscara de español; tiene la habilidad de presentarle al patrón español la cara exácta de la docilidad y la aparente industriosidad que éste espera, mientras por lo bajo se las arregla para obtener lo que él quiere, sin que el patrón jamás se dé cuenta.

Y vaya que si a alguien hay que hacerle caso, pues es capaz de leer en el intersticio que se abre ahí donde lo español y lo nicaragüense se juntan, es a esta mujer que vino a la América siguiendo al amor de su vida, Alejandro.




Con él tuvo cinco hijos y se radicó en la ciudad de Managua donde llevaba una vida sólo alterada por los avatares que enfrenta toda ama de casa hasta el día en que de forma inesperada su marido murió de una complicación gástrica y un infarto.

Entonces, forastera, sola enfrentó un dilema: o regresar a España, bajo el cobijo de su familia –donde tarde o temprano terminaría cediendo autonomía, y donde la formación de los hijos estaría siempre amenazada de la complejidad que acarrea la presencia de demasiadas figuras—, o bien quedarse en Nicaragua – encontrar una forma de hacer dinero y fajarse con los hijos, conservando la altivez y la dignidad que siempre da la sobre vivencia independiente a las mujeres que pierden a sus hombres en el camino.

Eligió la segunda.

Pero hacía falta encontrar un camino real, de viabilidad económica para materializar sus aspiraciones.

Se armó de valor y se presentó en el trabajo de su marido. Los antiguos amigos de Alejandro la recibieron con alegría, y le preguntaran en qué podían ayudarle. Sin muchas vueltas, Candelas contestó que los visitaba pues estaba interesada en tomar el puesto de su marido en el trabajo. Sus deficiencias en el conocimiento de la industria de la construcción serían compensadas con su capacidad de administrar.

Ellos accedieron, en parte porque queriendo a Alejandro resonaban profundamente la pérdida de la viuda, y en parte, porque es imposible no creer en quien desafiando toda lógica, enfrenta su destino con bravura.

Y Candelas lo consiguió. Sacó adelante a todos sus hijos. Les dio techo, comida, educación.

“Eso sí”, - dice-, “eso fue posible bajo la premisa que ellos siempre tuvieron clara de que la democracia existe, siempre y cuando sea de la puerta de su casa, para afuera”.

Lo cierto es que su fama de leona de hierro está reservada para otro tiempo y otros espacios, pues a nosotros nos recibió y nos paseó por Managua con una amabilidad cuya abundancia estuvo claramente prefigurada en el tamaño del perol de sopa de carne que puso frente a nosotros el sábado por la tarde. La proporción hubiese bastado para alimentarnos por el resto del viaje.
La generosidad es la constante durante el fin de semana, en que Hugo y Myriam nos sacan de paseo en la noche, a conocer alguna de las discos y bares de la ciudad.
Breve historia de Nicaragua

Al dia siguiente, junto con su amiga Madeleine, Candelas nos lleva a recorrer Managua. El trayecto en el coche nos da la oportunidad para que nos comparta algunas señas de la historia del país.



La historia nos sorprende, pues aún cuando tiene pautas semejantes a las de otros países de la región – el pasado indígena, el histórico sometimiento de la colonia española, la independencia --, tiene otros distintivos que la hacen colorida y única.

Está por ejemplo la historia de William Walter, un estadounidense educado en Europa que a mediados del siglo XIX se empeñó en hacerse por la fuerza de un pedazo de tierra en Latinoamérica. Después de fracasar en su intento de hacerse de Sonora y la Baja California en México, partió con 56 filibusteros a dominar un pedazo de territorio cercano al Lago Nicaragua, impulsado por miembros del partido liberal, que veían en su figura una forma de contrapuntear a los rivales conservadores y tomar control de la Accesory Transit Company, que hasta ese momento dominaba Cornelius Vanderbilt.

La expedición tuvo éxito inicial al grado de que Walter controló la región, fue elegido presidente, consiguió reconocimiento internacional de los estados sureños de la Unión Americana, y se lanzó a la expansión hacia Costa Rica.

Poco le duró el gusto y el afán de expansión, pues una coalición de estados centroamericanos, sufragados por Cornelius Vanderbilt y apoyados por la marina estadounidense consiguieron arrinconarlo, arrestarlo y deportarlo de vuelta a EEUU.

Pero ya se sabe que pocas cosas aplacan los deseos de control de estos personajes: Walter arrancó en 1857 una nueva expedición para conquistar Centro América ahora desde Honduras. Tres años más tarde fue capturado y ejecutado por las autoridades hondureñas.

La historia nicaragüense no está exenta del intervencionismo que los EEUU ejercieron en la región durante el siglo XX. Los americanos apoyaron a los conservadores e incluso controlaron las exportaciones nicaragüenses durante las primeras tres décadas del siglo pasado. Después fueron expulsados por las fuerzas comandadas por Augusto César Sandino.

Sandino, es un personaje con rasgos de novela: Campesino; impresionado en su juventud por el asesinato del presidente liberal a manos de los marines; exiliado de su pueblo al herir a un conservador que insultó a su madre; educado en México por los líderes del naciente sindicalismo que aguzaron sus instintos anti-imperialistas; proactivo en la insurgencia contra los marines; rechazado por recelo por el líder del grupo liberal; ayudado por prostitutas para recuperar armas confiscadas; con un ejército de guerrilleros conformado por un puñado de hombres y mujeres campesinas; tuvo amores con una sobrina del que a la postre sería su mortal enemigo; sus acciones de guerrilla provocaron la ulterior de la derrota y expulsión de los marines y ayudaron a la instauración de un gobierno legítimo.

Desde luego, usualmente, quien ha vivido como personaje de novela, ha morir también de la misma forma: Anastasio Somoza –el general que comanda la Guardia Nacional instaurada por los marines a su retirada del país— se convertiría, ulteriormente en la némesis del héroe campesino.

Una noche, mientras Sandino sale del palacio nacional en donde ha acudido a una recepción con el presidente Sacasa, es interceptado a traición y conducido al “Monte de las Calaveras”, donde muere abatido. El padre, enterado de que su hijo ha sido secuestrado, declara, al escuchar los tiros en la lejanía: «Ya los están matando. Siempre será verdad que el que se mete a redentor, muere crucificado».

Muerto Sandino, Somoza toma la presidencia y se adueña del país a través de una dictadura feroz. Su familia (sus dos hijos le sucedieron) se mantuvo en el poder cerca de cuarenta años.

Sólo a través de un proceso de guerrilla que llegó al punto de la revolución fue posible sacarlos del poder. En 1979 Somoza entregó el gobierno a La Junta, la cabeza de la guerrilla sandinista, constituida por nueve comandantes que gobernaron de facto durante cinco años, al término de los cuales uno de ellos, Daniel Ortega, tomó la presidencia a través de elecciones.

Ortega gobernó a lo largo de seis años, bajo el constante asedio de una fuerza paramilitar – los Contras – subsidiado por Estados Unidos, que al mismo tiempo cercó a Nicaragua con un embargo. Fue un tiempo desgastante.

Con Ortega se cumplieron 10 años de gobiernos de izquierda, de orígen militar. Y entonces ocurrió algo que acaso haga a Nicaragua un caso extraordinario entro otros países de la región que también consiguieron consolidar una revolución social en el siglo XX – México y Cuba, siendo otros ejemplos: resistieron la tentación de perpetuarse a la fuerza en el poder. Respetaron los resultados de las elecciones y entregaron el poder a sus adversarios.

La candidata victoriosa en aquellas elecciones de 1990 fue Violeta Chamorro, quien de inicio, sin carrera política, y siendo ama de casa de carrera, su mayor mérito consistía en ser la viuda del ex director del periódico La Prensa, un hombre valiente que había sido asesinado por la guardia de Somoza.

A Candelas le parece que la forma en la que Chamorro se condujo en una de las visitas de los reyes de España la retrata de cuerpo entero: Violeta insistió que Doña Sofía y Don Juan Carlos rompieran el protocolo real y le entraran al vigorón – un plato típico que es una especie de puré seco de plátano y chicharrón—a mano limpia.

Toda distancia salvada, el relato me hace pensar un poco en Vicente Fox, aquel ranchero de botas picudas que también consiguió cautivar al electorado mexicano con su carácter dicharachero y su presencia franca.

El mandato de Chamorro parece sin embargo haber sido más efectivo y pertinente. El equipo del que se rodeó y una administración con un sentido práctico de las cosas le ganó un espacio propio en la geografía política de Nicaragua.

Tras de ella, ha habido un par de periodos de gobiernos de derecha, que además de no trascender, sufrieron un proceso de fragmentación que creó condiciones para que Daniel Ortega volviera a ocupar el primer asiento del país.

Su reaparición en el escenario político coincide, como se sabe con la presencia en Latinoamérica de una serie de gobiernos – Chávez, Correa, Morales – que han sabido posicionarse como los portavoces del pueblo.


El recorrido por el centro de la ciudad nos permite, al mismo tiempo constatar cómo Daniel sabe que en una apuesta política como la suya, es indispensable siempre traer al escenario a otros íconos que le den peso y profundidad al discurso. Hay quien en esto ve la continuidad de un sueño. Hay quien lo vive como pura manipulación.

Sea como sea, es palpable que Daniel no escatima en propaganda.


Y como sabemos, a toda acción, corresponde una reacción...

Tarde azul de domingo

Candelas exprime hasta el último segundo del fin de semana y nos lleva a recorrer Masaya, a cuarenta y cinco minutos de la capital.

El resto del fin de semana transcurre con un aires nostálgicos, de tarde de domingo: parejas que se abrazan, niños que juegan, familias de paseo, carreteras que se llenan de personas que regresan a sus casas tratando de evitar cualquier contratiempo que amenace el calorcito compartido, la continuidad, la vida.

El domingo termina con ese singular sentimiento azul que a todos se nos incrusta en la tripa al caer el sol y que no es otra cosa que el deseo de que las semanas estuvieran hechas de puros domingos…





domingo, 31 de agosto de 2008

Nicaragua antes de Nicaragua

Antes de estar acá, de Nicaragua yo sólo había conocido a Oscar Rivera, mi amigo del trabajo. Por él, de su país sabía yo dos cosas: que era pobre y que había vivido en guerra.

Sobre estos dos rasgos guardo en mi memoria el par de momentos charlando con Oscar en los que se consolidaron estas imágenes:

I. Más vale maña…

Oscar me cuenta que estudió la carrera en una Universidad de Kentucky, en Estados Unidos, en un colegio en donde él era el único latinoamericano, había un par de asiáticos, y el resto de la matricula eran chicos americanos, blancos y enormes.

Tratando de acelerar el proceso de pertenencia al grupo, Oscar se presentó a los entrenamientos del equipo de futbol americano, que era lo que ahí se valoraba.

Tuvo una retirada prematura después de que un ropero de 95 kilos, mirada de loco y velocidad de puma, le hizo saber de la resiliencia que se requiere para jugar de receptor abierto, mientras le aplastaba los huesos en la primera jugada que Oscar recibió un pase en la banda.

Así fue como Oscar llegó, como debía haber sido desde siempre, al equipo de futbol soccer.

Al término del primer entrenamiento, el coach lo mandó llamar, intrigado: “Oscar, usted tiene una puntería asombrosa. Cada vez que chuta, el balón va invariablemente con dirección hacia la portería. Lo que me llama la atención es que usted nunca le pega fuerte a la pelota. ¿Qué le impide tomar más riesgo con la pelota y patear con fuerza, como sus compañeros (todos gringos de Kentucky) aunque de vez en cuando vuele la pelota a la grada?”

El coach no cabía en si mismo de asombro, cuando Oscar le respondió.

A diferencia de lo que ocurre en Usa, donde los niños entrenan con un saco de balones, en Nicaragua, donde Oscar pasó jugando toda la infancia, sólo había un balón para todos los niños de la cuadra. Pegarle fuerte y volar la única pelota de aquella cancha construida en el tope de la colina implicaba suspender el partido cinco minutos, y tirarse una carrera de doscientos metros de bajada y de subida de la ladera aquella.

Así, porque los recursos son limitados, es como desde niños, todos en Latinoamérica aprenden que más vale maña que fuerza.

II. Sin parpadear…

Una tarde, vamos a comer con el equipo de la oficina, Oscar entre ellos.

Alfredo comenta un artículo que leyó el fin de semana en el periódico español El País, en donde se cuenta una historia que ocurrió en Colombia.

Una mujer va caminando por las calles de un pequeño pueblo en medio de la selva, cuando se topa con un hombre que camina herido, al límite de sus fuerzas.

La mujer no se lo piensa demasiado y acude a ayudarlo. El muchacho sangra en varios sitios y no consigue articular palabra. Cae desmayado en plena calle.

La mujer pide ayuda y traslada al muchacho a su casa, lo acuesta y se las arregla para limpiarlo y atenderlo. Lo cuida con afán de madre, pues el muchacho es exactamente de la misma edad de su hijo, que cumple ya casi tres años de haber sido secuestrado por la guerrilla.

A la semana, el muchacho despierta. Un día entero en silencio le toma comprender lo que ha ocurrido. Comprender que sigue vivo. Que de puro milagro consiguió evadir las ráfagas del ejército que los sorprendió en el campamento. Comprender que está en una casa ajena. Comprender, por las fotos de la pared, que está en el cuarto de un joven que tiene prácticamente su misma edad.

Cuando por fin se anima a hablar, señala un retrato del hijo y le confiesa a la mujer que lo ha cuidado todos estos días: “a ese muchacho lo teníamos cautivo y lo matamos junto con otros, tres días antes de que yo saliera del campamento.

La mujer sale del cuarto sin pronunciar palabra.

Regresa al día siguiente, con un teléfono en la mano, y con voz temblorosa le ordena al muchacho que marque a su casa y pida hablar con su madre. Le ordena que le diga a su madre que está bien. Que está con vida.

En la mesa se anima una polémica sobre cómo reaccionaría cada uno en el papel de la madre, al enterarse de la muerte del hijo a manos de su captor.

De todos, es Oscar el que toma la postura más radical de entre los comensales que compartimos la sobremesa. Afirma que él, sin parpadear, en ese mismo instante tomaría un revólver y se lo vaciaría encima al guerrillero.

Silencio.

De todos los que estamos en la mesa Oscar es el único que ha vivido en un país en guerra.