Mostrando entradas con la etiqueta B4.Mirada hacia adentro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta B4.Mirada hacia adentro. Mostrar todas las entradas

lunes, 19 de julio de 2010

El desafío de viajar en pareja*

Podría parecer como una larguísima luna de miel: viajar con tu pareja durante un año entero. Sin embargo, lo idealizado rara vez se parece a la realidad. Y más bien, para ser honestos, un viaje así de extenso tiene tanto momentos de encuentro e intimidad como momentos de desencuentro y discusión.


El viaje

Queríamos conocer Latinoamérica. Pero queríamos que el viaje tuviera un sentido. No se trataba de pasar trescientos sesenta y cinco días jugando cartas a la orilla de una alberca y tomando piñas coladas.

Ambos somos psicólogos de formación pero tenemos vocaciones paralelas y decidimos dedicar ese año a desarrollarlas. Darnos un espacio para vivir creativamente y explorar estas aficiones: contar cuentos, escribir y hacer fotografía.

Estos tres pilares se convirtieron en el eje central de nuestra aventura nómada. Vimos Latinoamérica a través de una lente narrativa, deteniéndonos ahí donde creíamos que existía una buena historia y ocupándonos de registrarla con la pluma, el corazón y la cámara.
Antes de salir de viaje recibimos miles de reacciones, algunas inesperadamente negativas. Mucha gente consideró que nuestro viaje era una especie de escape de nuestras obligaciones adultas. Una apuesta irresponsable que ponía en riesgo nuestra estabilidad económica, nuestro futuro profesional o el advenimiento de nuestra familia.

Y desde luego había riesgos, ¿pero acaso no es peor riesgo demorar tanto tus sueños que al final descubras que nunca los viviste?

Adicionalmente, entre las personas que más objetaron nuestro viaje había algunos convencidos de que uno no puede viajar con su pareja durante tanto tiempo sin pelearse al punto de la separación definitiva.

Así que al arrancar nuestro recorrido asumimos conscientemente el tamaño de nuestra apuesta en conjunto. Pues si bien en un extremo podríamos en efecto descubrir que no estábamos hechos el uno para el otro, en el extremo opuesto, el viaje podría transformarse en una oportunidad irrepetible para fortalecernos como pareja. Explorar nuestra relación a fondo, descubrirnos a nosotros mismos a través del otro y abrir las puertas a nuestro proyecto futuro.

Frente a frente

La primera disputa entre nosotros se dio incluso antes de partir. ¿Cuánta cercanía o aislamiento queríamos experimentar frente a lo que dejábamos atrás? Y la implicación concreta: ¿debíamos llevar o no una laptop?

A Arturo no le quedaban dudas para argumentar a favor, pues finalmente la laptop era una herramienta indispensable para nuestro proyecto de escritura. Era innegable además la necesidad de guardar cotidianamente nuestros registros fotográficos o de video. Y en una larga travesía nómada por diferentes países, era indudable que el acceso a internet simplificaría la logística del viaje –en las búsquedas de hostales, por ejemplo—, o permitiría incluso establecer contacto con la red de cuenteros del continente…"

Jennifer, por su lado, estaba en contra. Argumentaba que sería una lata estar cuidando el aparato a donde fuéramos, pues sobre todo, tenía el deseo de viajar ligero y pasar un tiempo verdaderamente desconectados. Pero en el fondo lo que palpitaba en Jennifer era un miedo y una esperanza. Pues si el viaje se presentaba como un pretexto para ensayar gradualmente una vida distinta, ¿acaso mantener el hábito más adictivo de la vida posmoderna -- estar pegado día y noche al teclado y a la pantalla-- no era uno de los obstáculos más grandes para alcanzar ese estado?

También es cierto que al inicio se pusieron de manifiesto las sutiles discrepancias que ambos teníamos con respecto al sentido último del viaje.

Arturo concebía el viaje como una oportunidad excepcional para dedicar un año entero a proyectos largamente anhelados. Y habiendo apostado una parte de su carrera como consultor en ello, no podía darse el lujo de “desperdiciar” el tiempo y la oportunidad. Por lo tanto, quería acelerar el ritmo, apresurar los tránsitos, minimizar el desgaste; llegar pronto a los sitios para tomar pluma y cuaderno y escribir; o hacer fotografía.

Por su parte, para Jennifer el viaje era menos un asunto de conseguir una meta, y más una oportunidad para experimentar un proceso de transformación interior… y por eso para ella los tiempos muertos en calles llenas de transeúntes, los largos recorridos en autobuses atestados de olores, colores y gente, la posibilidad de disfrutar el letargo sin prisa del atardecer, eran el viaje…

O simplemente diferencias implícitas en preferencia y sensibilidad…

Arturo imaginaba semanas enteras flotando en la atmósfera bohemia de Lima, Buenos Aires o Montevideo, escribiendo en los mismos cafés en los que vagaron Vargas Llosa o Benedetti.
Jennifer en cambio soñaba con la soledad del altiplano boliviano, con la vastedad del cielo Patagónico, con la humedad inabarcable del Amazonas.

Así pues, durante los primeros meses la pasábamos discutiendo. Por todo y a todas horas. Y si no lográbamos ponernos de acuerdo en los detalles simples y prácticos --a qué hostal llegar, cuándo comprar los boletos, qué ruta seguir, cómo vender nuestras funciones de cuentos-- ¿qué nos deparaban asuntos más complejos como el grado de apertura o reserva en las crónicas que hacíamos en nuestro blog; o la forma en que nuestra identidad individual se vio puesta a prueba en un largo juego de espejos – ambos viajeros, psicólogos, escritores y cuenteros – pues las definiciones anteriores de nuestros roles en México no aplicaban?

El mismo viaje, sin embargo, nos daría la oportunidad de serenarnos y poner perspectiva a nuestras diferencias…



La lección del kayak


Estando en Puerto Rico decidimos hacer una expedición nocturna en kayak para observar un fenómeno de la naturaleza que se da en muy pocos lugares del mundo: una laguna bioluminiscente.

Para el recorrido compartimos un kayak. El líder de la expedición nos indicó que el hombre debía ir atrás y la mujer adelante. Esto es porque quien va atrás tiene que remar con más fuerza. Pero quien va adelante debe llevar la dirección y el ritmo. “Quien sobrevive al kayak, sobrevive a la vida en pareja”, dijo el guía y todos nos reímos.

Al poco tiempo nos dimos cuenta que éramos los últimos del grupo. No lográbamos sincronizarnos. Arturo quería ir más deprisa mientras que Jennifer quería remar sin prisa, deteniéndose en el paisaje nocturno. El ímpetu masculino de la velocidad chocaba con la placidez femenina. Terminamos atorados en la orilla del río, sin poder movernos para adelante o para atrás.

Empezamos a discutir. Y pocas cosas son tan estúpidas como discutir con tu pareja en un país extraño, a media noche, con el trasero empapado, disfrazado con un ridículo chaleco salvavidas y con un remo en las manos.

Hicimos un esfuerzo entonces por escucharnos. Llegamos a la conclusión de que tocaba aceptar que a cada uno correspondía un rol distinto, como había sugerido el líder. Y así, finalmente, pudimos empezar a coordinar nuestros movimientos, encontramos un ritmo compartido, y logramos avanzar con suavidad, dirección y velocidad.

Liberada la tensión que estaba puesta en la navegación, pudimos empezar a disfrutar lo que pasaba en derredor nuestro: el olor de la espesa vegetación de los manglares, los sonidos de los animales, la ingravidez del kayak flotando sobre las cálidas aguas caribeñas, y sobre todo, el inolvidable resplandor turquesa en medio de la oscuridad cerrada de la noche.

Ritmos y necesidades distintas


El aprendizaje del kayak lo recordaríamos durante el resto del viaje, y se convertiría en una referencia permanente al respeto a las diferentes necesidades y ritmos. Una especie de metáfora sobre la disposición a construir una síntesis provechosa a partir de energías cuyas frecuencias disímbolas nos predisponen a chocar.

A partir de entonces empezamos a ser deliberadamente más conscientes con respecto a los momentos en que tocaba ceder, y los momentos en que tocaba insistir. El balance era clave, pues se había hecho evidente que si ambos no encontrábamos espacio para expresar nuestras necesidades y preferencias, terminaríamos atorándonos o explotando.

Suena obvio. Sin embargo, expresar las propias necesidades no resultaba tan sencillo como parece, pues el respeto del otro precisa la detección y el respeto a las necesidades propias. Y saber lo que uno quiere (lo que realmente necesita o desea más allá de lo que es supuestamente conveniente o adecuado) es difícil. Y si uno no es consciente, difícilmente podrá expresarlo al otro, y en consecuencia, difícilmente encontrará el respeto al que aspira.

Así pues, durante el camino aprendimos a poner atención primero a nuestros deseos y necesidades individuales y después comunicárselas al otro. Un diálogo que requirió a un mismo tiempo la fuerza de la franqueza para expresar; y la delicadeza de la escucha y el reconocimiento como válido a lo que el otro necesitaba.

Fue en ese vaivén que descubrimos que una pareja sólo puede serlo cuando cada uno asume sus propias necesidades y deseos. Cuando se hace cargo de sí mismo y no espera que el otro lea sus pensamientos. En el momento en que dejemos de esperar que el otro nos resuelva la vida, como cuando éramos niños, entonces estaremos listos para entrar a una relación como dos adultos.

A lo largo del viaje nos transformamos como pareja y fuimos testigos de la evolución del otro. Al final, esos 365 días juntos constituyen una muestra sólida de nuestro potencial para ajustarnos y desarrollarnos como pareja. Pues conocemos el punto conflictivo desde donde arrancamos en el viaje, y hemos experimentado el sitio de encuentro al que arribamos al final. Es decir, compartimos una invaluable certeza sobre nuestras posibilidades en conjunto…

En conclusión

Hoy, en retrospectiva, no es posible precisar exactamente cómo conseguimos trasponer cada uno de esos desfases. Esas brechas que toda pareja debe superar si es que verdaderamente aspira a permanecer a lo largo del tiempo.

Es posible que la clave estuviera, como hemos escrito, en la disposición de ambos a hablar y escuchar al otro tanto como hiciera falta, o quizá el sistemático ejercicio de autoconciencia y autorregulación al que nos esforzamos. Quizá fue la misma trascendencia de nuestra aventura lo que nos ayudó a sobrepasar los desencuentros, o a lo mejor, fue la sensación de vulnerabilidad y de estar solos contra el mundo lo que nos unió en los momentos difíciles. Quizá fue que a tiempo supimos darnos nuestro espacio o que encontramos la forma de que cada uno tuviera espacio en el viaje.

O a lo mejor, simplemente que, conscientes de la fugacidad del viaje, caímos en cuenta del desperdicio que representaría agotarnos en peleas estériles y perdernos de la maravilla de paisajes, encuentros, experiencias que se abrían frente a nosotros en cada recodo del camino.

Lo interesante es que sólo en la medida en que encontramos la forma de transformar el viaje en un larguísimo e in-interrumpido diálogo de un año, fue que se nos reveló su esencia: la posibilidad de dejar atrás la sensación anestesiante de la rutina cotidiana. De vivir de forma ligera y lúdica. De abrir los ojos y dejarnos sorprender. De dar espacio a nuestros sueños. De realizarnos a través de nuestros proyectos creativos.

Sólo a través del diálogo fue posible acompañar al otro en el desafío que representa convertirse en la persona que uno aspira a ser: alguien capaz de abandonar guiones pre-escritos y vivir una vida con una trama única, plena en experiencias potentes y emociones reales.

En una palabra, de devenir adultos que viven sin fecha de caducidad: Pues, ¿por qué pensar que al llegar a la adultez se acaba la aventura de vivir? Cuando en realidad la aventura recién comienza en esta edad, cuando apenas cada uno de nosotros dispone plenamente de los recursos necesarios para hacer realidad sus sueños.

Finalmente el viaje nos permitió comprender el valor de hacernos cargo de la realización nuestros sueños personales, pues de lo contrario estaríamos claudicando a un proyecto de pareja que parece injusto y verdaderamente riesgoso: depositar nuestros sueños en nuestros en nuestros hijos para que ellos los cumplan, lo que los sometería a una situación imposible. O los cumplen aún a costa de enajenarse a sí mismos, o se exponen a nuestro perpetuo resentimiento si los frustran, eligiendo su legítimo camino personal.

*Artículo publicado en el mes de julio del 2010 en la Revista Psychologies México

jueves, 4 de junio de 2009

El lado oscuro del corazón


“Sólo hay poesía de lo irrepetible,
aunque sea tan aparentemente reiterado
como un crepúsculo o una declaración de amor.”
Fernando Savater


De entre todos los trayectos que hicimos en el viaje el que para mí estaba revestido de un aura particular era el del Ferry entre Buenos Aires y Montevideo.

Ese mismo que ahora resultó ser el último de nuestro recorrido.

Y no por otra cosa sino porque aquel trayecto es uno de los lienzos de fondo sobre los que Eliseo Subiela hace un derroche de nostalgia en su Lado Oscuro del Corazón, la película argentina que me cautivó desde que la vi, hace cerca de quince años.

Y es que por aquel tiempo (todavía en la época de la universidad), la película se convirtió para mí en una especie de himno, y su protagonista, Oliverio, en un ícono: el artista marginal, poeta urbano, apasionado y testarudo, siempre a contrapelo del mundo y sus demandas de pragmatismo; siempre el lucha contra la inercia que quiere asimilarlo a “la realidad”.

“Trato de que seas sensato. Que dejes de ser un niño” –le dice a Oliverio la muerte, su permanente compañera. “Algún día olvidarás esas palabras y entonces serás mío”, amenaza.

Más tarde lo ridiculiza, devalúa sus temas, sus obsesiones: “El amor es una trampa que se tiende al hombre para perpetuar la especie. Es un mecanismo. Es sólo eso.”

Y Oliverio contesta enfático, furioso: ““El amor nunca puede pasar por tus manos. La justicia nunca puede pasar por tus manos. Aunque se mate en nombre de la ley, y aunque se muera en nombre del amor”.

Ahí, en ese romanticismo casi militante, es que está la clave de mi identificación con ese personaje. A través de su voz comprendí que la poesía podía tener una cadencia distinta al acartonamiento soporífero con el que nos enseñaron a recitar en la escuela aquellos poemas para el diez de mayo.

A su pasión furiosa, como digo, y desde luego también, al hecho de que, como Oliverio, después de mi primer gran (des) amor, iba yo de chica en chica, de novia en novia, buscando obsesivamente a la que fuera capaz de volar.

“Me importa un pito que las mujeres tengan
los senos como magnolias o como peras de higo.
Un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero
a que amanezcan con aliento afrodisiaco o aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportar una nariz
que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias.
Pero eso sí, lo que no les permito, bajo ningún concepto,
y en esto soy irreductible, es que no sepan volar.
Si no sabes volar, pierdes el tiempo conmigo.”
--Oliverio Girondo--

Esa. La que vuela.

Me faltaba todavía un buen trecho para caer en cuenta que encontrar a la que vuela era una proyección de mi propia incapacidad para volar. Aún me faltaba recorrer bastante camino como para comprender que para encontrar alguien así es preciso aprender a volar uno mismo, para empezar.

A propósito de la búsqueda amorosa de aquellos años hay una anécdota curiosa, casi una ironía anticipatoria del destino:

Ocurrió que fui elegido para representar a los estudiantes en el congreso anual de psicología de la universidad, al lado de otros ponentes más experimentados. Presenté una conferencia titulada Divergencias psicoanalíticas de El lado Oscuro del Corazón, en la que comenté el filme de Subiela.

Aquella noche la enorme Aula Santa Teresa de la Universidad estuvo prácticamente vacía. Treinta asistentes a lo sumo, de los cuales, más de la mitad eran mis familiares y amigos.

Lo anecdótico para el caso es que en la primera fila estaba sentada una estudiante de tercer semestre de la carrera quien –llevada por el entusiasmo de presenciar la conferencia de su amigo, el ponente— se hizo acompañar por sus papás.

Aquella estudiante era Jennifer…

¿Quién habría podido calcular en aquel lejano 1997 que aquel psicólogo de disparates divergentes –que identificaba la incapacidad de intimidad del protagonista de la trama de El lado Oscuro del Corazón como parálisis histérica en las alas—se convertiría a la vuelta de los años en la pareja de aquella estudiante?

¿Quién hubiera imaginado entonces que Jennifer se convertiría en mi chica voladora?

¿Quién hubiera sospechado que junto a ella recorrería Latinoamérica en un proyecto bohemio de cuenta cuentos, escritores, fotógrafos-poetas?

¿Quién hubiera podido suponer entonces que yo haría el mismo tránsito que Oliverio por el Río de la Plata, sin ningún residuo en mi corazón de aquella nostalgia romántica que me ligaba entonces a él y de la que estaba yo ahíto?

Yo menos que nadie, seguro.

Lo que sí tendría que haber generado sospechas era el incurable amor por Latinoamérica que me acicateó El Lado Oscuro del Corazón: “Este manicomio. El país de Cortazar, Borges. Es una obsesión. Imaginarse esto no es fácil. Es un caos que no sabes dónde va a llevar. Todo el tiempo es la promesa de cielo e infierno, simultáneamente. Aquí todavía puedo soñar varias vidas posibles. Tiene mucho futuro. Sólo le falta saber cómo sobrevivir al presente”.

Y aún ahora mientras hago este ejercicio de memoria no puedo dejar de sorprenderme frente a las semejanzas que existen entre aquel universitario que fui, y este viajero –a punto de concluir su viaje por Latinoamérica—que soy ahora: ambos sentimos una emoción particular por las historias y las palabras; pues a ambos a veces nos ganan las ganas de que la poesía se superponga a la prosa; porque a ambos en ocasiones los sueños nos transgreden las fronteras de la vigilia; porque ambos anhelamos vivir en un mundo en que fuera posible intercambiar un poema por un bife de chorizo.

Supongo que habrá otros con mejor memoria que yo a quienes la semblanza entre ambos personajes no sea sorprendente. Habría que preguntarle por ejemplo a Manolo Ávila y a Carlos Quintana, amigos entrañables y confidentes empedernidos de aquellas épocas.

Más aún, fueron ellos coprotagonistas de aquella afición por El Lado Oscuro del Corazón, a tal grado que nos construimos alter egos en perfecta simetría con los tres personajes protagonistas de la película. Montados en esa ficción gastamos un porcentaje respetable de nuestros magros sueldos de aquella época en bifes que nos servía el dueño gordo de “El Zorzal” que por entonces estaba en la calle de Michoacán, en la Colonia Condessa.

Y en el clímax de aquella trama amistosa hicimos un par de viajes por Oaxaca, Puerto Escondido y Mazunte, que podrían ser calificados con justicia como antecedentes prehistóricos de los Viajes del Corazón.
Frente a la costa pacífica personificamos sin rubor a nuestros personajes argentinos alternos, haciendo patente para todos nuestro marcado acento porteño. Allá pasamos varios días comiendo pescadillas, bebiendo cervezas, escuchando música, contándonos nuestros sueños frustrados de conquista amorosa, jugando volley-ball playero con los lugareños, tratando de conquistar italianas en bikini y escribiendo unas crónicas de viaje más cómicas que poéticas, al declinar el día.

Viajes memorables de esos que sólo podría comprender quien, junto a sus amigos del alma ha sentido el discurrir despreocupado del tiempo, frente al mar.

Hoy, mientras la luna esparce su mirada plateada sobre otro mar, a miles de kilómetros de distancia y varios años de por medio, los evoco.

Por lo visto la frontera final de los Viajes del Corazón tienen esta facultad de convocar a mi pecho todo este cúmulo de recuerdos y sentimientos.

Y ya sobre la traza de la memoria, no es raro que me invada un derroche de nostalgia colándoseme por el lado oscuro del corazón.
¿Y qué mas da, si la vida la vive mejor quien tiene de su lado a la poesía?

“Llorar a lágrima viva, llorar a chorros, llorar la digestión, llorar el sueño, llorar ante las puertas y los puertos; de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma y la camiseta. Inundar las veredas y paseos y salvarnos a nado de nuestro llanto.
Festejar los cumpleaños familiares llorando, atravesar el África llorando.
Llorar como un Cacuy o como un cocodrilo, si es verdad que los cacuyes y los cocodrilos no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo pero bien: llorarlo con la nariz, con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de amargura;
Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando. De memoria.
Llorar todo el insomnio, todo el día.”
--Oliverio Girondo--

martes, 19 de mayo de 2009

¿Turista o Viajero?


Hace unos días me topé con estas palabras en una revista de viajes: “La clave de un buen viaje es mantener el paso… No debemos parar demasiado tiempo en ningún sitio para mantener el ritmo y la emoción de encontrar lugares nuevos y también sentir nostalgia por haber dejado atrás algo maravilloso que no acabamos por conocer totalmente”.

Me llamó la atención porque para mí, después de doce meses de viaje, la clave es completamente la contraria. Aprender a viajar es aprender a caminar de manera pausada. Dejar atrás el ansia acelerado del turista para adentrarte en el ritmo propio de cada lugar que visitas.

El viajero sabe que parte del viaje es el camino y que en el camino habrá que esperar. Elige avanzar despacio y no se obsesiona por encontrar la forma más rápida para llegar de un sitio a otro. Las esperas son parte del viaje. En la espera uno abre los ojos y observa. Se deja impregnar por la esencia del lugar, abierto para descubrir las pequeñas variantes que lo hacen único.

El turista, en cambio, busca vivirlo todo de manera inmediata y acelerada. Retaca sus días con miles de actividades. Busca la forma más rápida para conocer un lugar. Quiere hacerlo todo. Las agencias de viaje saben esto y se aprovechan: ¡Visite Europa en sólo diez días!

El viajero se mueve con extrema delicadeza y suavidad sobre el nuevo terreno. Sabiéndose extranjero trata de avanzar con el menor impacto posible. Sabiéndose ajeno trata de respetar lo que observa antes de criticarlo. Calla y escucha. Trata de adaptarse al lugar al que llega y no espera que éste se adapte a sus necesidades. El viajero no lleva prisa. Sabe que el éxito de su viaje no se medirá en cantidad sino en calidad, en profundidad y no en extensión. Por eso avanza en silencio y con calma.

El turista, ruidoso, avanza como si fuera dueño del sitio. Se queja porque la comida no es como la de su país. Las costumbres distintas lo enojan. La lentitud lo desespera. No soporta una hora de retraso en su vuelo porque siente que está perdiendo el tiempo. ¿Pero cuál tiempo? ¿Qué es lo que está perdiendo? Si la experiencia de viaje es esa precisamente. Los retrasos, los cambios, los imprevistos, son parte fundamental de tú viaje. Lo que lo hará único ante los otros cientos de turistas que eligieron ese año transitar por la misma ruta. Al regreso, lo que tendrás para contar, estará repleto de las cosas que sucedieron en esos momentos impredecibles. Así que abre los ojos y observa.

Me llevó doce meses entender esto. Descubrir que la clave del viaje está más ligada a la serenidad que a la manía. Entender que el camino es el viaje. Ahora sé que prefiero estacionarme en un lugar para conocer sus ritmos y rincones que pasarme saltando de un sitio a otro sin profundizar en ninguno.

A lo largo del viaje logramos dejar atrás el ansia del turista y aprendimos a caminar con la placidez del viajero. Disfrutar de lo que el viaje nos iba ofreciendo. Abiertos para decir que sí a las oportunidades. Y por esta apertura hemos terminado conociendo personas, paisajes y viviendo experiencias que jamás imaginamos encontrar.

Me he dado cuenta de la importancia de no llevarlo todo planeado. Así uno puede decir que sí a lo inesperado. Cambiar el itinerario. Quedarnos más tiempo en un lugar aunque implique dejar de visitar otros. Aceptar invitaciones. Mantener la mente y el corazón abierto para dejarse tocar por la experiencia. Admitir que la verdad no es mía, que existen varias verdades así como existen varios mundos, cada uno tan válido como el otro. Aceptar que no estoy totalmente hecha. Dejarme transformar por lo que el viaje tenga que ofrecer.

Y no sólo en el viaje, sino en la vida, existen turistas y existen viajeros. Se puede vivir con el ansia acelerada del turista que lleva toda su vida programada. O se puede elegir vivir como el viajero, abierto y flexible. Se puede ir por la vida creyendo que uno lo sabe todo o como el viajero que se deja transformar por las vivencias. Un turista de la vida elige los sitios conocidos, los lugares comunes y camina guiado por las recomendaciones de los otros. Un viajero avanza guiado por la brújula de su corazón.

Si en un viaje resulta tan difícil separarse del camino del turista. ¿Cómo hacer para regresar a México y vivir con el alma del viajero? ¿Cómo mantener el corazón abierto y el pie ligero? ¿Cómo seguir con los oídos dispuestos para escuchar incluso en el silencio?

Seguramente no será sencillo. Hay demasiados turistas de la vida caminando por ahí, dictando recetas, obedeciendo a los libros, fotografiándose en los lugares de siempre. Turistas que viven a la carrera, sin tiempo para detenerse, interesados en lo que pueden comprar en lugar de la experiencia en sí.

¿Cómo recordarnos que al igual que en el viaje, en la vida, sólo estamos de paso?

Nos cuesta trabajo ver con claridad que no estaremos en la vida por siempre. Quizás por eso resulta tan fácil postergar las cosas. Ver a un amigo, aprender algo nuevo, salir al campo, ir al museo… Creemos que todo estará ahí, para siempre. Que nosotros también seremos eternos.

Quizás si mantuviéramos en mente que sólo estamos en esta vida de paso podríamos vivirla como viajeros. Con el corazón abierto para decir que sí. Con el tiempo disponible para aceptar imprevistos. Con la mente abierta para conocer diferentes filosofías. Con la serenidad de saber que la vida pondrá delante de nosotros las oportunidades que harán nuestro viaje único. Con la certeza de que el mundo aún está por descubrir y que la exploración se realiza mejor mientras más dispuestos estemos a dejarnos tocar.

jueves, 26 de marzo de 2009

Desde el diván en la ruta de los hombres notables

I.

Después del trayecto de bus que demoró cuarenta y cinco minutos para llegar a mi primera sesión del psicoanálisis exprés que hice en Montevideo, tengo una experiencia surrealista:

Llego a la dirección que he conseguido en la Asociación Psicoanalítica del Uruguay y me percato que el consultorio se encuentra dentro de la Clínica del Niño – Centro del Adolescente. Ema Ponce de León, mi nueva analista, dirige una institución que trabaja con un colectivo multidisciplinario de profesionales...



Me recibe la secretaria, Ana, y me pide que pase a la sala de espera. Entro en un cuarto amplio. Está repleto de niños. Busco un lugarcito en la esquina y me acomodo en lo que me llega el turno para pasar. Me siento como transportado a un cuento, rodeado de enanos y hadas.

Una niña chupa una paleta. Un niño juega con un pequeño artefacto electrónico. Hay uno, sentadito muy derechito y muy serio, con un solideo sobre la cabeza y observa al resto detrás de sus enormes lentes. Un par de hermanos rubios de diez años molestan molesta a su hermanito pequeño, de seis, diciéndole que él está muy feo. Dos nanas cuidan a uno como de tres años que insiste en correr por los pasillos de la sala de espera y en escalar cada uno de los sillones. Uno, literalmente, se entretiene explorando en las profundidades de su nariz en busca de mocos. Un par de niñas se abrazan a su madre mientras miran con una mezcla de temor y de ganas de participar el hervidero de perversos polimorfos.


Mientras miro la escena, dos pensamientos inevitables me cruzan la mente.

El primero: “Y vaya que si el psicoanálisis procura establecer un setting que fomente la regresión y el contacto con contenidos primitivos reprimidos…”;

y el segundo: “Si me vieran en este momento mis colegas de la oficina de HayGroup en México --un lunes a las cuatro de la tarde en pleno mes de febrero laboral, en medio de esta parvada de pájaros infantiles-- pensarían sin duda que soy un caso sin remedio, que me he deschavetado, y que necesito a gritos el tratamiento que estoy a punto de empezar…”

Me río.

Apenas llegué aquí ya estoy jugando y fantaseando…

Y ¿de qué se trata el psicoanálisis, si no de eso?


Aparece Ema en el corredor y me llama.

Es hora de empezar...






II.

Desde el diván, en el curso de este mini análisis, rescaté diferentes escenas claves de mi vida en donde se me fue anudando un carácter medio extraño, hiperactivo y perfeccionista, heroico y mesiánico.

Entre ellas, evoco una de segundo de secundaria, de los catorce años:

En aquella época en la que barros y espinillas cubrían mi cara, yo no era un adolescente como todos los demás: un intento fallido en el campamento de graduación de sexto de primaria por conquistar a la niña guapa y popular del salón, me había condenado al ostracismo femenino. Al mismo tiempo, aquel rechazo había catalizado en mí la extraña idea de que quería ser sacerdote para ocuparme del alma de mi prójimo, justo a la edad en que el alma de mis compañeros de clase estaba obsesionada con el cuerpo de su prójimo, especialmente con sus curvas femeninas…

Así que, como bicho raro, las mujeres no me hablaban salvo cuando algo lo ameritaba realmente, como aquella mañana de miércoles, cuando se acercaron en multitud muy agitadas a pedirme que, en mi carácter de representante del salón, hiciera algo para impedir la desgracia que se les venía encima.

Cuando se calmaron, pudieron explicarme que de forma inverosímil, el día anterior (yo estuve ausente de la escuela), al profesor de Civismo –P.P.— se le había ocurrido la idea de organizar, el siguiente viernes, el concurso de las piernas más bonitas del salón. De tal forma que todas tendrían que desfilar en minifalda frente a sus compañeritos, perversos lobos adolescentes, hambrientos de carne y emociones intensas. La idea había sido planteada tan de botepronto y era tan disparatada, que ninguna había encontrado la forma de protestar. Pero ahora, por favor, por diosito, yo tenía que interceder, que hacer algo para impedir la masacre.

Y fue así como el viernes citado, nada más entró el profesor en el salón y frotándose las manos dio indicaciones para que iniciara el desfile, respiré hondo, y me puse de pie desde el lugar en que estaba mi asiento, en el medio del salón de clases.

Se hizo un silencio hondo. El profesor se sorprendió. Me interrogó con la mirada.

Y entonces dije lo que tenía que decir. Duro y a la cabeza.

Le dije que estaba equivocado si en verdad pensaba que alguien iba a seguir su propuesta; le dije que nos parecía indignante su idea del concurso; le dije que en el salón de clases estaba muy claro cuál era su rol como profesor y cuál el nuestro como alumnos; que ambas funciones suponían una cierta distancia; que en su confusión, él estaba perdiendo esa distancia; que nadie en el grupo estaba de acuerdo con su idea, y que le hiciera como quisiera, pero que nadie se iba a parar de su lugar.

Dije esto sin precipitación alguna. Con una serenidad pasmosa y sin que me temblara la voz.

El profesor me miró. Mudo. Temblando, él si. Avergonzado de que un peneque de catorce años con problemas de acné lo hubiera puesto en su lugar. Tenía una mirada en el rostro llena de un odio rabioso que le duraría para siempre.

Los compañeros me miraron. Mudos. Sorprendidos. Incrédulos de que yo fuera tan imbécil como para negarles el placer del concurso y para privarme yo mismo de él.

Las compañeras me miraron. Mudas. Sorprendidas. No creyendo que me hubiera atrevido a desafiar al profesor y defraudar a mis amigos. Agradecidas de que hubiera tenido el arrojo de hacerlo.

III.

Ese rasgo de heroísmo y santidad fue una de las formas que adquirió la necesidad de perfección que ya he reseñado en otro sitio del blog, recientemente.

Ciertamente, en algunas ocasiones, como en la que recién he descrito, mi protagonismo ejemplar tenía el potencial de provocar reacciones de gratitud y una cierta admiración, como pasa con todo lo que tiene una existencia improbable.

Sin embargo, de forma no menos frecuente, aquel impulso perfeccionista motivaba conductas chocantes al punto de desesperar a la gente a mi alrededor. Como aquel sábado por la mañana, más o menos un año antes de la escena que recién he descrito, cuando al entrenador de nuestro equipo de futbol se le ocurrió no presentarse para dirigirnos en el partido que teníamos en el Centro de Capacitación de la Federación Mexicana de Futbol.

Estábamos perdiendo uno a cero contra el equipo contrario, debido a un error de Curro, --un gigantón bonachón, tranquilo y medio lerdo—, que jugaba de guardameta.

En el descanso intermedio, espontáneamente nos juntamos en círculo junto a la banda del campo y hablábamos sobre el accionar del primer tiempo. Estábamos enfrascados en una discusión --evaluando los errores de la primera mitad y discutiendo la estrategia que deberíamos seguir para ofender a los contrarios--, cuando empecé a sentirme desesperado, pues nada más no nos poníamos de acuerdo. Conforme discutíamos, me fue invadiendo una considerable dosis de adrenalina que demandaba un desempeño perfecto y quería conseguir a toda costa la victoria.,,

Entonces, siguiendo el dictado de mis entrañas, se me ocurrió tomar el papel del entrenador ausente, y a repartir indicaciones a mansalva: A uno le dije que se adelantara diez metros en el campo; a otro le aticé un poco, pues no estaba corriendo lo suficiente en el campo; hice un enroque entre dos mediocampistas, y a otro lo mandé a la banca.

Entonces noté que Curro estaba medio distraído, pateando un bordecito de hierba mal recortada que había cerca de la línea de banda.

Reventé sin piedad.

Le dije que más valía que se pusiera las pilas, pues por su culpa íbamos perdiendo. Le dije que si no quería estar ahí mejor se fuera a jugar a las muñecas a su casa.

Y seguí. Durante cerca de dos minutos me la pasé increpándolo, electrizado por la energía oscura que me salía desde la panza.

Y estaba en eso, reberberando en mi rollo, cuando de pronto, desde un punto ciego y sin decir agua va, voló un manotazo directo hasta mi rostro. Era Julián, nuestro defensa central,--un mastodonte que desde los diez años nos sacaba a todos veinte centímetros de altura y treinta kilos de peso--, que desesperado por la zurra que le estaba poniendo a su amigo Curro, me dio un cachetadón justiciero.

No conforme con el descontón, mientras yo todavía andaba atontado por el primer golpe, me tomó de un brazo y una pierna, me cargó y me hizo girar en avioncito un par de vueltas, por lo menos. Y por último, culminó su llave de gladiador de lucha libre en la Arena Coliseo, con una patada seca en la entrepierna.

No respondí y ni chance hubiera tenido de hacerlo.

Julián literalmente me cerró la boca.

Resignado al silencio, durante lo que restaba de partido, corrí como un loco --con el fuego que ya antes tenía en la tripa, al que ahora se sumaba la vergüenza inevitable de haber sido sarandeado como un trapo.

Terminamos aquel partido con la victoria a nuestro favor: dos goles a uno.

Cosa curiosa, yo metí ambos goles...

Sea como fuere, aquella mañana, al final del partido, me llevé un mensaje clarito de vuelta a mi casa, pues en un plano profundo, lo que me dijo Julián de forma bastante aparatosa, es que mi necesidad de logro jode a los demás. Que mi perfeccionismo tiene un impacto negativo en los otros.

Que las tensiones que se derivan de mi heroísmo y mi impulso de excelencia estarán muy bien para mí, pero que no ayudan para nada a los otros a resolver y a caminar. Que mis obsesiones son algo que me toca a mí bancarme solito...

IV.

A la siguiente sesión llevé un sueño:

Estoy en un campamento. De pronto, una víbora trata de morderme la muñeca. No lo consigue, pero el puro roce me envenena un poco y me hace marearme. Entro a una pequeña cabañita y encuentro a mi papá que está siendo atacado también por víboras. Me angustio profundamente. Empiezo a jalarles la cola para liberar a papá mientras varias lo muerden. Voy arrancándoselas una a una. Al final me doy cuenta que sólo fue una mordida profunda en la muñeca.

Como en cualquier juego onírico, al contenido del sueño podrían responder muchas explicaciones latentes. Me quedo sin embargo con las asociaciones y líneas interpretativas que siento más provechosas, por sus implicaciones para el futuro:

La serpiente, como en el génesis, es el símbolo del saber; el saber que en un sentido está asociado a la soberbia; la soberbia del desempeño extraordinario.
El veneno que intoxica es la necesidad de logro, el perfeccionismo.
El mareo es el efecto del acelere --signo de una adicción-- que como cualquier otra, destruye.
Yo en el sueño, logro hacerme cargo de mi adicción.
En la muñeca se ponen las esposas que nos encadenan a los otros, que nos conectan .
Mi padre del sueño es una representación de todos los que están conectados conmigo –Jennifer, y mis hijos (proyectados en el futuro)— que terminarán envenenados de ese perfeccionismo, si no me hago cargo de él.
Mi angustia es la representación de la conciencia abismal de lo que puedo terminar provocando en los otros. Es un signo de dolor. Es que algo que antes sintonizaba conmigo, que ahora me resulta ajeno, molesto, distónico...



V.

No es casual que aparezca el padre en mi sueño.

Una conexión obvia es mi padre, hacia quien tengo la más grande de las admiraciones por su forma de haber sido padre conmigo.


Existe sin embargo otra conexión, menos obvia, y que pasa por la agenda de lectura del viaje. Justo por esos días recién había estado leyendo Encuentro con hombres notables, una reflexión autobiográfica de un psicólogo ruso de nombre Gurdieff, en el que habla de su padre, a quien dedica el primer capítulo de su libro, y sobre el que recuerda:

“(…) Resaltaba la grandeza de la serenidad y del desapego que conservaba mi padre, en todas sus manifestaciones, frente a las desgracias que se abatían en él. (…) A despecho de la lucha encarnizada que llevaba contra todas las dificultades que se derramaban sobre él como de un cuerno de abundancia, nunca dejó de tener, en todas las circunstancias difíciles de su vida, el alma de un verdadero poeta. (…) Reinaba en nuestra familia, incluso en los momentos en que todo nos faltaba, una extraordinaria atmósfera de concordia, de amor y de deseo de ayudarnos los unos a los otros. (…) Gracias a su innata facultad de inspirarse en los menores detalles de la vida, él era para nosotros, incluso en los momentos más angustiosos de nuestra existencia común, una fuente de valor y al comunicarnos su libre despreocupación, suscitaba en nosotros el impulso de la felicidad al cual aludí.”

VI.

Y yo, desde el diván montevideano de Ema Ponce de León, a principios de marzo del 2009, --cuando el mundo se encuentra en medio de una crisis descorazonadora, cuando desde México nos invaden noticias de que nuestra patria se desgrana en medio de la inseguridad, cuando yo llevo un mes trabajando con la tiranía motivacional que me corre por dentro y que me exige alcanzar una perfección imposible— entre recuerdos, evocaciones, proyecciones y sueños, rodeado por niños que ríen a carcajadas y se entretienen sacándose los mocos...

...reafirmo mi aspiración de seguir trabajando con la mirada hacia adentro, para convertirme también, algún día, en un hombre notable...

miércoles, 25 de marzo de 2009

Entre mujeres, sobre las tablas del Paullier

De todas las personas con las que hemos tenido encuentros mágicos a lo largo del viaje y que a la postre se han convertido en referentes de un lugar, es acaso de Ivonne Pahlen sobre la que sabemos menos. Pues, a pesar de que pasamos mucho tiempo con ella durante nuestra estancia en Uruguay, y de que en innumerables charlas de sobremesa nos compartió distintos episodios de su historia, al despedirnos, su imagen permanece rodeada de un aura de misterio...



A lo mejor, esa aura impenetrable es parte del espíritu uruguayo al que ella hizo referencia en sus charlas de sobremesa: Uruguay nunca se revela del todo a la primera mirada; siempre guarda secretos y sorpresas detrás de su fachada; sólo se muestra, poco a poco, para el que tiene la paciencia de seguirle el rastro hasta sus sitios íntimos.

En parte, sin duda, con Ivonne ocurre como con todas las personas cuya identidad está enhebrada de pequeños parches de varios mundos distintos: un poco de la tradición de la vieja Europa que le viene de su padre, austriaco; y un poco de la ligereza de la nueva América que le viene de su madre, uruguaya.

A su caso se suma, sin duda, una cierta mística etérea e inasible que es propia de todos aquellos que pertenecen al universo del arte: desde pequeña vivió en el mundo refinado de la élite cultural a la que su padre, director de orquesta, pertenecía; y más tarde, de la ligereza de bailarina que conquistó por méritos propios, a punta de esfuerzo, en la ardua disciplina de las tablas de una maestra rusa, una madame francesa y un director uruguayo.



La vocación misteriosa le viene también de su juventud que transcurrió en medio de la dictadura. Entonces se involucró en MLN y terminó exiliada, primero en Chile y después en Suiza – estudiando Educación especial, mención psiquiatría y más tarde, ayudando a músicos a encontrar una dinámica de movimiento en la interpretación de sus instrumentos, entre otras cosas. Al igual que a otros uruguayos que vivieron aquella época – presos, torturados y exiliados—, a Ivonne no le gusta hablar mucho de esos años. Flota sobre ella una sombra. Una desconfianza. Una soledad. Un dolor de amigos idos, de años perdidos. Una incomodidad que se cuestiona qué utilidad puede extraerse de historias de hombres injustamente presos, pudriéndose en la oscuridad de un aljibe.

Pero sobre todo –acaso apenas ahora lo comprendo— el misterio era una condición necesaria para nuestro encuentro. Pues el misterio es el que afila la intuición. Y a diferencia de otras estaciones del viaje en los que el encuentro se ha construido a partir de las historias, nuestro encuentro estaba destinado a ocurrir en el terreno del movimiento y del cuerpo; en un lenguaje que antecede a la palabra.


Ahí, en las clases de movimiento armónico que Ivonne dirige en el Espacio Paullier, es el cuerpo el que habla y encuentra eco en otros cuerpos que se formulan preguntas unos a otros; es el movimiento el que cura, al transformar el dolor enquistado en belleza…

II.

En el espacio de las clases de Ivonne, a donde acudí dos veces por semana a lo largo del mes en que estuvimos en Montevideo, el grupo estaba compuesto casi exclusivamente por mujeres. Lo que sin duda representó una experiencia especial para mí, un hombre-viajero-psicólogo-aspirante a escritor y fotógrafo.

¿Qué podemos decir nosotros los hombres de las mujeres? ¿De su mundo espiral que se presenta como un continente extraño y complejo frente al nuestro, masculino, en donde prevalece una cadencia lineal, una inquietud incesante por conseguir algo, y una lógica de certezas causales?

Pues quizá nada que no producto de una encendida ficción…



Es desde ese sitio de ignorancia que me atrevo a aventurar una fantasía de imágenes y palabras que me surgieron desde el lugarcito que me abrieron en medio de ellas para compartir sus búsquedas; para estar, como entre sueños, en medio de sus exploraciones cadenciosas; para fantasear sobre lo femenino y sus filos ordenados, mágicos, intuitivos, diversos, cálidos, íntimos…

Es desde este sitio de ignorancia que me hago preguntas sobre la jornada que estas mujeres han caminado para llegar a este día, en el que se mueven a mi lado, un extraño, un extranjero: las ternuras de sus padres y madres; las exigencias de sus padres y madres; la competencia con los hombres; el enamoramiento hacia sus hombres; el desencuentro con sus hombres; el abuso de los hombres; sus luchas por un espacio de igualdad; sus luchas por ser miradas, consideradas; su agotamiento de parir hijos; sus afanes por hacer crecer hijos; sus soledades al verlos marcharse; sus confidencias a otras mujeres; sus dolores; sus temores; sus silencios; sus valentías; sus emociones….

Es desde ese sitio de ignorancia desde donde me permitieron jugar con ellas y fotografiarlas; y desde donde inevitablemente he caído en cuenta del límite que tuvo todo mi afán para retratarlas, pues las imágenes son en todo caso limitadas para mostrarlas en todo su esplendor y toda su belleza…









III.


Y desde ese sitio de juego, en este viaje, me encuentro también con las mujeres luminosas que me han acompañado a lo largo de mi vida. Y me entran las ganas de nombrarlas, de recordarlas, de agradecerles…

Mi abuela paterna La Gorda que vivió con una intensidad que rayaba en la exageración. Que tuvo cinco hijos con el abuelo, y otros tantos que adoptó temporalmente como parte de su práctica como juez de lo familiar en el estado de Hidalgo. La Gorda, que se torció el tobillo derecho por patear a mi papá cuando lo sorprendió atacando a mano limpia el perol donde cocinaba un guiso de pollo. La Gorda, que pasó varios años acompañada por su diabetes –de la que se tomaba licencias temporales con intensas dosis subrepticias de chocolate—que terminó cazándola hasta la tumba.

Mi abuela La Yeya que tenía una convicción invencible por tener una buena vida: que llevó a cuestas las muertes de dos maridos y su único hijo hombre y crió a cinco hijas mujeres ahorrando rigurosamente el diez por ciento de su sueldo de secretaria. La Yeya a quien le gustaban los trajes vistosos de las cabareteras de los cincuentas; que me enseñó a bailar al son de “son tus perjumenes mujer, los que te sulibellan”; y que me hacía rabiar cuando se guardaba la mitad del bacalao navideño, o metía la mano a mi plato de cabrito al horno, para probarlo…

Mi mamá, que nunca pudo ser parte del coro del Colegio La Florida, pues una monja le dijo que ella tenía muchas virtudes, entre las cuales no estaba el canto. Mi mamá, que fue a la universidad a estudiar letras, desafiando a su madre a quien la vida había enseñado el valor práctico de la carrera de secretaria. Mi mamá que eligió para su luna de miel con mi padre la Sierra del Nayar, haciendo misiones con los indígenas. Mi mamá, que soñó con sus hijos desde que ella era niña y nombró Carla a su muñeca preferida varios años antes de que mi hermana llegara al mundo. Mi mamá que ha elegido la vida de una mujer moderna, con el desafío de ser extraordinaria en todas sus canchas: como mamá, como esposa y como profesionista.

Mi hermana Carla que siempre ha sido para mí una ternura y una alegría. Carla, con la que jugaba de pequeño a que éramos amigos, mientras fumábamos cheetos de sabritas en la cajuela posterior de la camioneta familiar. Carla, que de pequeña podía trepar a todos los árboles que yo no podía. Carla, que un día se me extravió en San Juan de los Lagos, en medio de dos millones de jóvenes que querían ver a Juan Pablo II. Carla que eligió ser mamá de Ana Carla y Paulo. Carla que ahora se atreve a seguir su sueño de ayudar a otros a encontrar sentido de vida, como terapeuta.

Mis novias de juventud –Anaí y Galia entre ellas— que me acompañaron en la aventura iniciática del descubrimiento del amor. Mis novias de juventud, mujeres interesantes, vitales, apasionadas. Mis novias de juventud, sobre las que mi primer psicoanalista (hombre), Rocha, creía que compartían con Frida Kalho todas las virtudes recién enunciadas. Queriendo hacerme ver mis propios laberintos de complejidad, una sesión me dijo que yo las elegía tan complicadas que él no las querría tener ni de pacientes…

Raquel , mi segunda psicoanalista, y Ema, mi psicoanalista express uruguaya, que con su escucha interesada me han acompañado en el descubrimiento del que soy y del que aspiro a ser. Que me han enseñado a escuchar la voz sabia que habla en mi interior.

Jennifer, mi compañera de viaje. Jennifer, mi amiga y confidente desde hace catorce años; mi pareja y mi amante desde hace poco más de tres. Jennifer, con su cuerpo hermoso y largo, como una península. Jennifer, Valentina Caza-dragones. Jennifer, pequeña hada que vive en un bosque de árboles y animales mágicos, que hablan con los humanos. Jennifer que de pequeña quería tener un delfín en la tina de su baño, y quería ser gaviota, cuando fuera grande. Jennifer, que tiene una seria convicción de que la mujer adulta que es, tiene una deuda con la niña que fue, y que esa deuda se paga solamente haciéndole realidad los sueños. Jennifer, escritora, psicóloga y cuentacuentos que tiene un talento especial para ayudarles a otros a reconectarse con su cuerpo, a descubrir sus sueños y encontrar su ritmo en el mundo. Jennifer con la que hago una pareja que tiene ganas que alcanzan para ir hasta donde la imaginación nos dé. Jennifer, mi compañera de vida…


miércoles, 18 de marzo de 2009

Un espacio para el cuerpo

Ya les hemos platicado mucho de cómo necesitábamos en Montevideo darnos un tiempo para nosotros mismos. Un espacio de silencio. Poner un alto al movimiento externo para poder escuchar el movimiento interno; ese murmullo interior sutil y delicado, que tan fácilmente logramos silenciar por el ruido de los estímulos externos.


Una parte importante de este pasado mes lo vivimos en el Espacio de Desarrollo Armónico Río Abierto. Un centro que trabaja para el desarrollo integral del ser humano, ayudándolo a descubrir y desarrollar su potencial interior. El trabajo se basa en el movimiento, la expresión y las artes escénicas. Es también una de las tantas sedes de Río Abierto que existen en el mundo.

Río Abierto

Yo había llegado a Río Abierto México a partir de mi búsqueda como cuentera. Quería encontrar un lugar donde seguir aprendiendo el arte de la narración oral. Llegué a ese espacio, en la Colonia del Valle, hace casi seis años. Encontré ahí mucho más de lo que estaba buscando. Descubrí que podía no sólo satisfacer mi hambre de cuentos sino que también mi deseo de movimiento y expresión.

Había encontrado un sitio en donde el cuerpo no se movía de manera aislada y mecánica sino que partía desde una intención interior. Un sitio donde la expresión y el movimiento natural priman sobre la técnica y la rigidez de algunas escuelas de baile. Un espacio donde el movimiento tiene que ver con uno mismo y no con un ideal de perfección técnico que no todos podemos alcanzar.


En todas las demás clases que había tomado siempre terminaba sintiéndome más torpe, menos flexible, más alta, menos graciosa… que las demás. La calificación de las maestras, el sentido crítico de las presentaciones públicas y las comparaciones siempre habían pesado muy fuerte sobre mis hombros. En lugar de gozar del movimiento y de la música, salía de las clases con una sensación de fracaso. Sentir que mi cuerpo simplemente no se podía estirar más; que mi mente no se atrevía a dar el salto mortal que necesitaba para pasar al siguiente nivel; que mi alma no se sentía libre para expresarse con gracia y soltura.

Como si siempre estuviera coartada por la forma de movimiento de las otras, a quienes admiraba, pero sentía que estaban demasiado alejadas de mi, imposibles de alcanzar. Salía con la sensación de que ese tipo de movimiento estaba reservado únicamente para algunas personas. Quizás, las que habían nacido con una elasticidad especial y con un arrojo de valentía que yo no tenía…

La propuesta de Río Abierto me cautivó desde el principio. El propósito era moverse desde uno mismo. Aprender a aceptar tu cuerpo, descubriendo sus posibilidades y respetando sus límites. Moverse desde lo lúdico para volver a darle al cuerpo la posibilidad expresiva que tuvo cuando éramos niños antes de que la educación reprimiera ciertos movimientos. Antes de que el demonio de la perfección y la comparación hicieran estragos en nuestro corazón, reduciendo nuestras posibilidades expresivas. Antes de que nuestro cuerpo se fuera convirtiendo en un espejo de nuestro interior, reflejo de nuestros miedos.


La magia de las clases de Río Abierto es que te llevan a gozar del movimiento por el simple gozo de moverse. Desoxidar el cuerpo y aprender a moverlo con consciencia. Llevar la atención al momento presente, ocupando la totalidad del cuerpo. Estar consciente de las sensaciones que se producen y aceptarlas como son.

Es por esto que el movimiento consciente sana. Porque es como entrar a limpiarse a uno mismo. Despejar de la mente las ideas, preocupaciones, fantasías, deberes… para entrar en el momento presente. Esos momentos donde el tiempo parece transcurrir de una forma distinta. La mente se despeja a través del movimiento, los minutos se diluyen y sale uno con una sensación de ligereza y energía. Con una sensación de vitalidad por haber contactado con el poder personal que todos tenemos y muchas veces olvidamos.



Las acrobacias

Quizás por la confianza que tengo en el trabajo de Río Abierto me atreví a tomar ahí clases de acrobacia en telas. Algo que desde hace algunos años me había atraído. Coqueteaba con la idea de tomar alguna clase, de conocer de qué se trataba, de arriesgarme… Recordando que desde niña había soñado con ser acróbata de circo. Solía salirme a jugar al columpio que estaba en el jardín y hacía toda clase de acrobacias y números circenses sobre el columpio, tomada de las barras, colgada de cabeza, dando maromas y cayendo al piso para esperar el aplauso de mi público imaginario. Soñaba con vivir en una familia de cirqueros. Viajar de un sitio a otro en nuestra caravana de colores llevando el espectáculo a pueblos y ciudades…



Así que ahora, durante este viaje, en el que nos hemos atrevido a vivir los sueños que teníamos ocultos durante tantos años, pensé: ¿y por qué no? ¿por qué no intentarlo?

Llegué a mi primera clase de acrobacia en telas con la sensación de estarle cumpliendo una promesa a mi niña de 7 años que soñaba con pertenecer al circo. Me reía de mi misma al sentirme inútil e incapaz de subir las telas. Me tranquilicé al ver que no era la única así. Junto a mi habían llegado varias personas que también estaban haciendo eso por primera vez. Por supuesto que a algunas se les facilitaba mucho más que a mi. Pero no por eso dejé de ir, ni dejé de reírme de mi misma, ni dejé de intentar, ni dejé de pensar que si después de un mes únicamente lograba subir y bajar la tela me daría por bien servida.



Al final puedo decir que definitivamente fue así: logré subir y bajar de la tela y me siento orgullosa de mi pequeño-gran avance. Pero lo que me llevo es mucho más que eso. Pues me llevo la certeza de saber que el cuerpo puede hacer más cosas de las que creemos. Que las posibilidades están ahí para ser descubiertas.


lunes, 9 de marzo de 2009

México a la distancia I. Destino de cucaracha

I.

Un par de sábados antes de que emprendiéramos el viaje alrededor de Latinoamérica, me encontré con mi papá en el Starbucks que estaba a dos cuadras del parque de Tlacoquemécatl, para platicar con unos buenos frappuchinos con harta crema chantilly de por medio. El diálogo de aquel medio día estuvo cruzado por una intensidad particular, pues nos ocupaba un tema al que no le faltaba gravedad: en conjunto diseñamos un plan de seguridad para el viaje en el que valoramos riesgos y planeamos alternativas para las contingencias más inverosímiles.

Implícito en ese encuentro había una transacción de beneficio mutuo: la anticipación con que dialogábamos me permitiría ganar a mí –en el caso de un eventual siniestro— un espectro de claridad y minutos de tranquilidad que suelen faltar cuando algo grave ocurre; por su parte, yo le ayudaba a papá a atajar el insomnio que desde que le platiqué del viaje alrededor de Latinoamérica le había dejado varias noches de malos sueños: que en Guatemala caía yo en manos de la Mara Salvatrucha; que en Colombia éramos blanco de las FARC; que en Perú nos cazaba Sendero Luminoso…

Comprendiendo que encontrar tranquilidad en medio de un mundo mediatizado que se regodea en la nota catastrófica, y considerando que los reflejos de mi papá responden al estándar de la compañía para la que trabaja, en donde la seguridad es una biblia, en aquel desayuno sabatino accedí a su oferta digna de la serie televisiva 24´ : Llevaría conmigo una PALM con teléfono integrado, y un GPS capaz de establecer mi ubicación vía satélite en segundos, para comunicarme con él en caso de emergencia, y hacerle llegar, de forma codificada, un mensaje sobre mi localización y la naturaleza de la grave situación que sobre mí se cernía. Entonces –y este es el tamaño de su afecto y su generosidad (y también de su neura insomne)— él lo dejaría todo, como en las películas que hacen llorar, para iniciar una búsqueda que no terminaría hasta encontrarnos…

II.

La verdad es que si bien la cautela me parecía –y me sigue pareciendo— razonable, y que el robo en Cochabamba ha mostrado la pertinencia de aquella reflexión anticipatoria sobre la seguridad, yo no he experimentado una preocupación tan punzante como la que él experimentaba en la víspera del viaje. En una parte, supongo, porque en una relación paterno-filial la preocupación corresponde al primero. En otra parte, porque para vivir la buena vida ha sido preciso transformar el paradigma de la angustia y modificar el umbral de la preocupación.

Ahora que debo de contar que si tuviera que elegir un derrotero novelado para la eventualidad como la que robaba a mi padre el sueño, hubiera elegido aquella historia mexicana que le leí al uruguayo Eduardo Galeano:

Corría el año 92, Yugoslavia había estallado a pedazos, la guerra enseñaba a los hermanos a odiarse entre sí y a matar y a violar sin remordimientos.

Dos periodistas mexicanos, Epi Ibarra y Hernán Vera, querían llegar a Sarajevo. Bombardeada, sitiada, Sarajevo era una ciudad prohibida para la prensa internacional, y a más de un periodista la audacia le había costado la vida.

En los alrededores, reinaba el caos. Todos contra todos: nadie sabía quién era quién, ni contra quién peleaba, en aquella confusión de trincheras, casas humeantes y muertos sin sepultura.

Mapa en mano, Epi y Hernán se las arreglaron para atravesar los estampidos de los cañonazos y las ráfagas de ametralladoras, hasta que de buenas a primeras chocaron con una cantidad de soldados, a orillas del río Drina. Los soldados los arrojaron al suelo de un empujón y les apuntaron al pecho. El oficial bramaba quién sabe qué, mientras ellos balbuceaban quién sabe qué, pero cuando el oficial se pasó el dedo por el pescuezo y las armas hicieron clic, los periodistas entendieron perfectamente bien que los estaban confundiendo con espías y que ni modo, no queda más que despedirse y rezar por si hay Cielo.

Entonces a los condenados se les ocurrió mostrar sus pasaportes. Y el rostro del oficial se iluminó: - ¡México! - gritó -. ¡Hugo Sánchez!

Y dejó caer el arma y los abrazó.

Hugo Sánchez, la llave mexicana que abrió aquellos caminos imposibles, había conquistado la fama universal gracias a la televisión, que mostró el arte de sus goles y las volteretas con que él los celebraba. En la temporada 1989/90, vistiendo la camiseta del Real Madrid, perforó las vallas treinta y ocho veces. Él fue el mayor goleador extranjero de toda la historia del fútbol español.”


III.

No en vano consigno aquí la historia a la que Galeano tituló Hugo Sánchez en su Futbol a Sol y Sombra, pues ha sido para mí un referente a lo largo del viaje. Mientras viajamos y nos vamos convirtiendo en embajadores de México por donde quiera que vamos, se vuelve pertinente el cuestionamiento de qué es lo que constituye el espíritu de nuestro pueblo: ¿Son los héroes los que mejor representan el espíritu de un país? ¿O es más bien que el espíritu de un pueblo se exhibe en la norma, en la generalidad?

Acaso el dualismo a partir del cual que he planteado el problema es engañoso, y de alguna forma ambas preguntas son relevantes, pues mientras el héroe constituye la aspiración de un pueblo, la norma representa su realidad corriente. Y la brecha que se abre entre ambos es una buena manera de ilustrar el desafío que cualquier pueblo enfrenta para devenir en aquello que desea ser.

En ese sentido, no puede ser menos pertinente la referencia a Hugo Sánchez, quien en su orgullo perseverante constituye la marca del sueño mexicano: la capacidad de triunfar consistentemente; la posibilidad de trascender el karma de la mediocridad que parece caracterizar el quehacer nacional.

Justamente alrededor de Hugo Sánchez giró uno de los episodios más esquemáticos de la perenne incapacidad mexicana para conseguir la victoria. Corría el año de 1994 y disputábamos los octavos de final contra Bulgaria en el Campeonato Mundial de Estados Unidos. Más que nunca teníamos una selección capaz de ganarlo todo, y como siempre, nos quedamos en la orilla.

Los que saben de futbol cuentan que el fracaso se forjó en dos momentos que no pueden ser traídos a la mente sin perplejidad: El primero, en el tiempo extra, cuando al titubeante técnico Mejía Barón, le tembló la mano para ingresar a Hugo Sánchez al juego –a pesar de que su sola presencia hacía temblar a los rivales— con el argumento de que no quería descomponer a un equipo que estaba acomodado en el campo. El segundo, cuando tres de los cuatro tiradores de la serie de penalties definitoria, fallaron sus tiros de forma vergonzosa.

La recurrencia en el padecimiento de esta historia ha sido tal, que hace tiempo la consigné de forma más amplia en un texto de la serie Humana Fauna, que intitulé Psicología del Mexicano. En el viaje he transformado aquel texto en relato oral. Los extranjeros –independientemente de si son hombres o mujeres— se deleitan con las historias de futbol en las que trato de purgar años de pasión frustrada.

De forma muy mexicana, riéndome de nuestra desgracia, termino el relato con unos versos que compuse para la ocasión. Entono al son de la entrañable canción de La Cucaracha:

La cucaracha, la cucaracha
ya no puede caminar.
Porque no tiene, porque le falta
marihuana que fumar…

Cuentan que los mexicanos,
no ganamos los mundiales
porque a la hora buena,
no metemos los penales.

La cucaracha…

Que jugamos como nunca,
y perdimos como siempre…
Dicen que esta maldición,
se aloja en el bajo vientre…

La cucaracha…

Y es que los mexicanitos,
nos las damos de muy machos,
pero a la mera hora
se nos doblan los penachos…

La cucaracha…

Tienes que tener cuidado
de este mal del ratoncito,
que entre miedos y temblores,
te contagia el “ya merito”…

La cucaracha…

Ya viene un nuevo mundial,
ya se acerca paso a paso.
No se hagan ilusiones,
nos espera otro fracaso…

La cucaracha…

“¡Vamos, vamos, sí se puede!”, –
dicen los mas optimistas.
“¡Qué te lo crea tu abuela!, –
contestan los pesimistas…

La cucaracha…

Al final queda el consuelo,
--sabe el aficionado--
que entre cerveza y cerveza,
¿quién nos quita lo bailado?...

La cucaracha, la cucaracha
ya no puede caminar.
Porque no tiene, porque le falta
marihuana que fumar…

IV.

En estos tiempos en donde hasta acá nos llegan sombrías noticias desde México, siento nostalgia por la época aquella en que nuestro desafío más grande consistía en aprender a dar ese último paso para conquistar el triunfo.

Pero como bien dice Gerardo Mendive, un amigo uruguayo que vive en México desde hace cerca de treinta años, y que se ha dedicado entre otras cosas a la pedagogía del relato: “el futuro tiene la mala costumbre de ocurrir”. De tal forma que lo que hace unos años solía ser una vaga y lejana amenaza del narcotráfico, pertenece ya, a la cotidianidad presente de nuestro país.

La omnipresencia de la violencia en la vida mexicana es de tal gravedad que parece que hemos rebasado el punto en donde hasta el truco compensatorio de transformar la tragedia en comedia ha perdido sentido. Lo cierto es que los datos que por todos lados escuchamos a últimas fechas sobre México, no dejan ni tantitas ganas de reír:

- México está en guerra: En lo que va del año han muerto más mexicanos por el narcotráfico que soldados americanos en la guerra de Iraq. En las ciudades norteñas no es extraño presenciar escenas hollywoodenses de persecuciones y balaceras a plena luz del día.

- La corrupción está desbordada: Se estima que el 40% del ejército y el 60% de la policía ha sido comprada por el narcotráfico; leyendas urbanas señalan que todos los gobernadores de estados fronterizos forman parte activa de la red de narcotráfico, ya sea porque tienen intereses económicos, ya sea porque quieren conservar la vida.

- La imagen internacional del país va en caída libre: en los últimos dos meses ha habido más de una docena de titulares y columnas en periódicos internacionales en donde se afirma que México es un estado fallido. Que la capacidad del gobierno para resolver el problema ha sido rebasada hace tiempo.

- El posicionamiento del presidente es cada vez más débil: Felipe Calderón pasa públicamente por alguien temeroso, inepto y defensivo. Se incrementan sus deslices verbales: en Davos hace el desafortunado comentario de que nunca calculó que gobernar es un infierno. Sus colaboradores son considerados niños de parvulario.

- El gobierno es incapaz de resolver: Sobre el gobierno pesa la sombra de la ilegitimidad electoral. Atado por los pactos políticos que lo llevaron al poder, ha sido incapaz de impulsar las reformas radicales que el país requiere. A medio camino de su mandato, el gobierno no ha conseguido convocar fuerza suficiente en torno a sí para integrar al país de frente en torno a los problemas que le acosan.

- La mezquindad clase política es descorazonadora: Después de pulverizar la institucionalidad electoral que costó décadas de construcción en México, la obcecación de López Obrador consigue también diluir la fuerza y la legitimidad que la izquierda mexicana había conseguido; el PRI se presenta como la alternativa viable para el país, con la cínica implicación de que el brote de violencia actual demuestra que –corrupción y todo— sus métodos de gobierno eran los adecuados.

- La inseguridad escala y asfixia a todos: La gente vive con un escalofrío permanente en la espina dorsal. La gente se pregunta a qué hora un transeúnte le reventará el vidrio del coche para robarle la cartera; a qué hora recibirá una llamada por celular pidiendo un rescate para su hijo secuestrado. La gente vive de facto encerrada en sus casas, en sus escuelas, secuestrada por el miedo. Los empresarios del norte –la historia de siempre— empiezan a proteger sus propiedades con guardias blancas y paramilitares.

V.

La ironía de todo esto estriba en que en un momento del viaje en que el retorno a México está a la vuelta de la esquina, nuestro país vive un momento de violencia e inseguridad tal, que en comparación, el riesgo al que pudimos haber estado expuestos en el viaje parece cosa de niños.

La ironía es que la preocupación de la que mi papá era vocero en vísperas del este periodo nómada alrededor de Latinoamérica se ve minúscula ahora, cuando se le compara frente a la que aparece en sus postrimerías, al considerar la vida sedentaria en el país.

La ironía es, finalmente, que aunque ninguno de los siniestros catastróficos ocurra, vivir en México implica asumir, tristemente, que estaremos un poco secuestrados entre paredes de concreto y que llevaremos a donde vayamos un sobresalto en el pecho, pues ser mexicano es asumir la cosmovisión sangrienta que impone el narcocorrido, en donde literalmente tu vida vale menos que la de una cucaracha…

viernes, 6 de marzo de 2009

Vuele bajo II. La voz del silencio

I.

Recién hace unos días, escribiendo un texto, rocé el recuerdo de la angustia que durante toda mi infancia y buena parte de mi adolescencia me rondó. Pero como los relatos tienen una vida caprichosa, aquel decidió seguir el sendero del Romance con la palabra hablada y no me alcanzó el espacio y el tiempo para seguirle la traza a aquella memoria y desenredarla por completo…

A los pocos días, la curiosidad volvió, así que me di el tiempo para volver a evocar aquel sentimiento. Y en efecto, después de un rato volví a encontrar el pliegue de espíritu donde aquella leve asfixia atenazadora solía anidarse… Y me quedé ahí un rato. Formulando preguntas. Tratando de recordar, entre otras cosas, de dónde venía la angustia.

Vino a mi mente nuevamente el asunto aquel de la radio que ponía yo debajo de mi almohada para tranquilizarme al calor de la voz. Y detrás de ese recuerdo, vinieron otros. Y en su cauce, trajeron una respuesta: lo que palpitaba en el fondo de aquel sentimiento oscuro era la ponzoña aguda de una enorme exigencia acumulada; un ideal de perfección que bien temprano se me había metido en la cabeza, y que competía palmo a palmo con otra versión de mí, más “normal” y menos demandante, por ponerlo de alguna manera.

II.

Vino a mi mente, por ejemplo, una memoria cercana a los nueve años de edad. En esa época, usualmente nos levantábamos todos a las cinco de la mañana para ir a correr en familia –pues mi papá tenía la convicción de que un cerebro oxigenado asimilaba más y funcionaba mejor. Sin embargo, yo me paraba una hora antes para tender mi cama y tener listo todo con anticipación. Pasaba la última hora de sueño, muchas veces muriéndome de frío, acostado en el suelo para no deshacer la cama recién tendida, muy derechito, hasta que escuchaba el despertador en el cuarto de mis papás.

Por la misma época, mi maestra de tercero de primaria, Miss Ruth, un viernes, me puso una nota en la libreta de tareas que mi mamá debía firmar todas las tardes de enterada –“Arturo se portó mal hoy en clase”. En realidad yo nada más había jugado un poco de futbolito por debajo de la mesa con Santiaguito Santurtún y el Pollo Coello, cuando ya habíamos terminado los deberes de la clase, pero ella no quiso aceptar explicaciones e igual puso aquel recado fatídico.

El terror de tener que confesarle a mi mamá el asunto era tal, que en el camino de vuelta a la casa empecé a experimentar un terrible dolor de panza. Vomité apenas paró el coche, cuando llegamos a nuestro destino. Los mimos y cuidados de mi mamá me hacían sentir más culpable, pues con la demora para confesar, a la mala nota se sumaba el ocultamiento… Estaba tan desgastado y débil cuando a las siete de la noche acabé entregándole el recado a mi mamá, que poca mella me hizo el regaño real…

Pronto, en el fragor de la batalla contra el filo constante de ese ideal empezaron a ocurrirme cosas extrañas:

En mi escuela solían llevarse a cabo asambleas en las que cada grupo presentaba una pequeña obra de teatro a los padres de familia y a los compañeros de grado. Típicamente se elegía un tema y cada niño debía memorizar un pequeño parlamento relacionado para decir al frente del auditorio, en el micrófono.

Mi mamá solía siempre estar en primera fila y deshacerse en porras (era la única mamá que vociferaba) cuando yo pasaba al frente. Entonces, de forma súbita y sin razón alguna, pues yo me sabía los parlamentos al dedillo, se me ponía la mente en blanco y olvidaba lo que debía decir.

En medio del ridículo, en más de una ocasión las tuve que volver a mi sitio sin poder entregar mis líneas, en lo que para esa edad, podría ser perfectamente considerado un flagrante fracaso…

Podría pensarse que aquel olvido paralizante se trataba del mismo fenómeno que experimentan los futbolistas mexicanos cuando van a tirar un penalti frente a una multitud expectante.

Sin embargo, cabe también otra lectura: Aquellos olvidos eran pequeños mensajes de mi inconsciente –más sabio que yo— que a con todo el volumen de mi silencio frente al micrófono, me hacía saber que no era necesario que yo brillara como estrella; que no tenía que ser, en efecto, la encarnación de la perfección.

Como quiera que sea, en vez de que la rebelión contra el ideal venciera, los mecanismos de la tiránica perfección fueron ganando camino. Y poco a poco, justo en el sentido contrario de los olvidos públicos, me entró una cosa por hacer patente a todos que yo lo sabía todo.

Para sexto de primaria, a los doce años, por ejemplo, me surgió la comezón de de contestar al botepronto cualquier cuestionamiento que la maestra planteara, con indiferencia de a quién había sido dirigida la pregunta, y frecuentemente, antes de que el compañero al que le había sido formulada originalmente tuviera siquiera tiempo de calibrar y contestar. Mi comportamiento era irritante al grado que una ocasión, Miss Tere, que se conducía normalmente con impavidez de nitrógeno en estado líquido, terminó por sacarme del salón, exasperada.

Y así también, exasperado, terminaba cualquiera que tuviera la ocurrencia de discutir conmigo. Pues por demostrar que la razón estaba de mi lado era capaz de argumentar cual pugilista palabrero, hasta que el contrincante cedía, mudo de argumentos o agotado de necedades. Justo por ese aire de inteligencia autosuficiente es que mi madre y mis hermanos me tacharon irremisiblemente de soberbio.

Ahora que la perplejidad era bastante universal, pues a fuerza de calistenia discursiva una armadura de palabras eruditas y frases complicadas se instalaron en mi forma de hablar, y más de uno de mis compañeros de clase me preguntaban genuinamente intrigados que por qué razón, si yo era apenas un niño, hablaba como adulto.

Y por si faltara algo para redondear el cuadro, para cuando terminé la primaria, había vencido en mí una manía vanidosa de sacar dieces seguidos en la boleta de calificaciones.

Pero --ese fue el punto de partida del relato— en la misma medida en que aquella tiranía de utopías enajenantes ocupó el lugar protagónico en mi historia, la angustia, como protesta silenciosa, se me convirtió en una perenne compañera.

III.

Me pregunto por qué justo ahora se movió esa angustia añeja.

¿Qué está pasando? ¿Qué significa?

Lo que pasa, simplemente, es que el fin del viaje aparece en el horizonte. Que aunque tres o cuatro meses que nos faltan son una eternidad (casi un viaje en sí mismo), frente a los nueve que hay detrás de nosotros, estos que faltan son ya apenas un suspiro.

Y detrás de ese horizonte, al otro lado de la frontera del viaje está el regreso a México, a la vida normal.

Y desde ahí no es difícil rastrear que la angustia añeja ha sido convocada en parte por el miedo que parece estar presente sobre todo en los que se quedaron allá y que todo el tiempo están haciendo un potente llamado para regresar a la estructura de seguridad y protección. Pues, aunque no lo digan explícitamente, de alguna manera está omnipresente detrás de sus palabras y en sus silencios, son tiempos de crisis y son tiempos inseguridad.

La ansiedad se ha despertado sobre todo ahí donde el “yo quiero” del viaje –y su cadencia ligera de días nómadas, sueños ligeros como alas de gaviota, juego risueño y asombro cotidiano—, choca con el “tu debes” de la voz grave y la inmutabilidad milenaria del dragón de la cotidianeidad, de lo establecido. Esa voz del mundo normal que pulsa para terminar este “paréntesis adolescente” y regresar a la vida adulta, al sitio que desde siempre nos corresponde; al papel que está marcado en el script de todos los que son razonables: la jornada de doce horas de trabajo, la corbata, el departamento de paredes blancas y minimalismo trendy, la hipoteca, la casa de campo, la camioneta del año, las clases de ballet y francés para los niños, etc…

Pero a esas dos voces externas y tangibles ya estoy acostumbrado, y para ser franco, no me faltan recursos para administrar sus demandas o desafiar sus inhibiciones...

Son más bien otras dos circunstancias, voces más bien internas, las que preocupan, y que representan un desafío real para mí:

La primera es la ansiedad responde a que, frente a mí, aún se despliegan todas las opciones, se abre el abanico entero de sueños y proyectos: los que pertenecen a la vida anterior (como la consultoría organizacional de HayGroup) los que están en el universo del viaje (como la escritura) y los que están en mis sueños más locos…

Es decir, que el final del viaje es la metáfora, real y concreta de otra frontera. El que impone la elección de una vida entre todas las que hacen falta vivir para dar curso a todo lo que me hierve furiosamente por dentro. En la ansiedad está la anticipación de la renuncia –y por lo tanto de la pérdida— de todo eso otro que habrá que dejar a un lado, para construir la vida…

Pero no sólo eso. Además, y por la naturaleza de aquella angustia añeja, la ansiedad consiste en una exigencia loca que lo quiere todo al máximo nivel. Una voz infatigable que exige de mí un desempeño sobresaliente en todo lo que hago y que está pronta a latiguearme hasta que no lo consigo. Un hambre desproporcionada de perfección. Una tensión recurrente que paulatinamente va convirtiendo el disfrute en carga. Una tendencia íntima, que de no ser gestionada, es capaz de convertir la pasión más genuina en la obsesión más enferma…

Y es que frente a la serie de elecciones que traerá consigo por fuerza el final del viaje, existen un par de riesgos que amenazan las conquistas que este tránsito nómada alrededor de Latinoamérica ha traído a mi vida:

Construir un proyecto de vida exclusivamente a partir de aquellos ámbitos en los que es factible un desempeño extraordinario en el corto plazo, y en consecuencia pasar por alto aquellas otras alternativas, acaso más auténticas, que requieren una cadencia y un ritmo más pausado y progresivo para florecer…

Y... ahogar la ligereza lúdica que el viaje ha traído a mi vida y sus proyectos en un estilo de vida en que prevalezca un desbalance sobrecargado y enajenante para terminar, tarde o temprano, asfixiado…

IV.

En el momento en de la elección inicial y en el momento de la construcción posterior que determinarán la forma de la nueva vida, me gustaría ser capaz de escuchar la voz del silencio de aquel niño de nueve años que fui. Hacerla prevalecer, para matizar las pasiones que se me agitan adentro y gestionar las voces expectantes que truenan afuera.

Si lo consigo, entonces podré decir, sin duda, que al final de este viaje, mi corazón, es en efecto, más sabio...

miércoles, 4 de marzo de 2009

Vuele bajo I. Canción de cuna para un mundo en crisis

I. Rumor de crisis

Detenemos el carro viajero.

Escucho. Pongo atención.

Hay una gran cantidad de ruido allá afuera, en el mundo.

Hasta acá llega el sonido de un tiempo turbulento. De un mundo patas para arriba…

No me cuesta trabajo imaginar que si a nosotros, que en cierto sentido estamos desconectados y viviendo a vuelo de pájaro, nos alcanza a llegar el rumor de la angustia, al resto, detenido en las ciudades y a la merced del bombardeo mediático, todo esto resulte un poco aterrador.

Ciertamente se trata de un tiempo cuya ironía es astronómica, pues si hace veinte años acudimos a la caída de la Berlin Wall, ahora asistimos al desplome del Wall Street.

Los opuestos se tocan…

Un tiempo en donde se desvela la locura y se desnuda, una vez más, un lado oscuro de la naturaleza humana.

Datos asombrosos que han sido regurgitados mil veces en estos días en todos los medios del mundo:

- El estado americano, paladín del capitalismo a ultranza, es forzado a vestirse de socialismo e intervenir y tomar control de dos de las más grandes firmas de servicios financieros –Fannie May, Freddy Mac—y evitar su quiebra…
- Los nombres más ilustres en la banca –Merryl Linch entre ellos—se desploman y terminan comprados por sus antiguos competidores a precio de ganga.
- Varios meses y varios billones después del inicio de la crisis, la nacionalización de la banca estadounidense sigue discutiéndose como una posibilidad real.
- La industria automotriz, ícono del capitalismo americano, recibe subsidios públicos por montos inverosímiles…
- Bernard Madoff, inversionista y excoordinador en jefe del NASDAQ, cometió él solo, el fraude más grande de la historia (50 billones de dólares) con un esquema de pirámides semejante al de las firmas de cosméticos baratos…
- Los errores de juicio asociados a los instrumentos de derivados en los que incurrió AIG, una de las más grandes firmas de seguros a nivel global, y quien tiene un papel protagónico en la crisis, es atribuible a una pequeña unidad londinense en la que trabajan poco más de 350 de sus 116,000 empleados.
- Se hace público que la mayoría de los ejecutivos de las empresas involucradas en la ineptitud y el fraude que condujeron a la crisis cobraron, ese año, sus bonos correspondientes.
- La compensación anual total de un ejecutivo de alto perfil en la industria de servicios financieros en Estados Unidos puede llegar a los catorce millones de dólares.

Y todos estos datos no sólo sorprenden, sino que enojan.

Especialmente cuando, en la infinita madeja de conexiones que la globalización trae, todos de alguna manera experimentamos las consecuencias de lo que parecieran ser las acciones de increíblemente poca gente: restricciones en la inversión crítica para el crecimiento económico; desaparición de ahorros de toda la vida; encarecimiento del nivel de vida; reducción de las oportunidades de empleo; restricciones del crédito para impulsar proyectos…

Dan ganas de encontrar quién la pague. Encontrar culpables.

Pero bien me lo decía Félix, mi suegro, cuando intercambiábamos puntos de vista hace unos días sobre asuntos más o menos relacionados: De nada sirve simplificar la trama y contarnos la historia de un villano único, malvado –Bush, los republicanos, la derecha, los banqueros, las transnacionales, los mismos ricos de siempre—para buscar compensación a nuestras frustraciones…

Hacerlo así supondría ignorar la complejidad con que opera el mundo globalizado y sus paradójicos núcleos de actividad e influencia…

II. Paradojas del dinero y la felicidad

Lo que sí cabe es cuestionarse y mantener un tono de reflexión:

Pongo sobre la mesa un par de reflexiones que tomé de la lectura del Estudio Global de Gallup y el Estudio del BID para Latinoamérica (Haz click en el vínculo para ver los documentos) en donde se analiza la relación entre ingreso y satisfacción con la vida:

I. Los países con mayor ingreso reportan un mayor grado de satisfacción con la vida que los países de menor ingreso...

Con la puntualización de que existen estudios complementarios que indican de que el nivel de ingreso es sólo relevante hasta el punto en que las necesidades básicas han sido cubiertas, y posteriormente juegan otras variables...;

y que estudios realizados al interior de los países ricos no encuentran que el nivel de riqueza esté vinculado a la felicidad...

Sin embargo, paradójicamente...

II. Existe una correlación negativa entre el incremento en el ingreso y el incremento en la satisfacción con la vida;

En parte porque alcanzar el primero acarrea el costo de deteriorar otros aspectos asociados con la felicidad;
Y en buena medida, porque los hombres, perennes insatisfechos, automáticamente reajustamos nuestras expectativas y aspiraciones, convirtiendo en la línea base de nuestra desgracia lo que poco tiempo antes era el horizonte de nuestra alegría fantaseada…

Lo que por un lado soporta la idea de que es futil la loca carrera por acumular más y más cosas, más y más riqueza...

Y que por otro lado permite concluir, más allá de toda controversia, que el espacio de oportunidad por excelencia está en la franja de la pobreza extrema, donde cualquier avance en el incremento del ingreso, impactará en proporción directa la satisfacción vital...

A propósito vale también reflexionar la paradoja que entrañan los esfuerzos por resolver la pobreza que como un manto oscuro cae sobre la población mundial de una manera sostenible.

Ahí está por ejemplo el reciente caso de China, que sobre la ola del crecimiento económico que el país ha experimentado en los últimos años, ha conseguido sacar de la pobreza a millones de sus habitantes.

Y sin duda estaríamos todos muy contentos por esos millones de chinos que empiezan a experimentar el calor de la satisfacción con la vida, si no fuera porque la dinámica de su tremenda demanda en conjunción con la oferta menguada (en parte por la limitación de recursos y en parte por contingencias ambientales) encarecen todo (especialmente los alimentos) al punto en que los países menos desarrollados (como Latinoamérica) verán aparecer nuevamente grandes grupos de pobres infelices que no podrán pagar para cubrir sus necesidades básicas, y en consecuencia, sus posibilidades de felicidad mínima…

En una palabra, la cobija parece ser demasiado pequeña…

Esto es en parte lo que explica Annie Leonard en su documental The story of stuff (Haz click en el vínculo para ver el documental), en donde a mi juicio, explica de forma bastante didáctica las repercusiones que ella entiende que tiene el modelo lineal con el que opera la economía (extracción – producción – distribución – consumo – deshecho) en un mundo de recursos finitos.
Concediendo que el documental pueda sobre simplificar algún punto (sería imposible no hacerlo en 20 minutos de espacio) o que pueda tener algún sesgo o imprecisión, debo decir que en mí tuvo el efecto positivo de ensanchar el espectro de mi visión e impulsar mi deseo de compromenterme a ser parte de la solución y no parte del problema... Al menos, me invitó a pensar sobre el asunto...

III. Vigencia de un contradictorio Facundo Cabral

A propósito de estas reflexiones, la llegada al Rio de la Plata me hizo recordar a Facundo Cabral, un cantante de protesta argentino, que descubrí en aquella extraña etapa de la vida que es la adolescencia. Facundo, a cuyos monólogos y canciones debo en parte mi amor por Latinoamérica, y en consecuencia, la semilla emocional de donde nación la idea de este viaje...

Facundo era capaz de desplegar un agudo sarcasmo que frecuentemente enfocaba en el capitalismo rampante de Estados Unidos. Solía decir que Estados Unidos era un país “en que los negros se hacen boxeadores sólo para poder pegarle legalmente a los blancos”…

La frase que no carece del todo de verdad (sólo basta enterarse de lo que ocurre en los barrios pobres de Los Ángeles)… Sin embargo, es preciso también reconocer --para seguir con el aire de paradoja-- que antes de que se cumplieran treinta años de que Facundo utilizara esa ironía, un negro ocupa la presidencia de Estados Unidos. Y ese negro sustenta hasta el momento un discurso tan lleno de emoción y riesgo, que hace aparecer pequeñas las más rebeldes y soñadoras consignas del cantante Argentino…

Y por si faltara algo, las paradojas de Facundo no terminan ahí, pues habiendo alcanzado fortuna y fama espoleando al “país donde la gente compra lo que no necesita con dinero que no tiene”, incurrió en la atrocidad de grabar para Banco Confía en México el anuncio comercial de una de sus tarjetas de crédito, violando la pureza de su himno No soy de aquí, ni soy de allá, al son de “Y ser feliz es mi carnet de identidad (sustituyendo al término color)...”

Benditas contradiccionesk pues demuestran que el asunto es más complejo de lo que parece.

Como quiera que sea, encuentro que buena parte de lo que Facundo planteaba entonces es pertinente en estos tiempos de crisis.

Facundo contaba que a Diógenes, aquel filósofo griego, gustaba mucho de ir al mercado, pues cada vez que iba, se daba cuenta de cuántas cosas había en el mercado que él no necesitaba… Y seguía: “Es decir… que rico no es quien más tiene, sino quien menos necesita. Es decir que… mano ocupada, mano perdida. Es decir… que el conquistador, por cuidar su conquista, se convierte en esclavo de lo que conquistó…”

Y entonces cantaba una canción de cuna, que a mí me producía una extraña tranquilidad: Vuele Bajo. (Haz click para ver el video)

No crezca mi niño, / no crezca jamás / los grandes al mundo / le hacen mucho mal. El hombre ambiciona / cada día más / y pierde el camino / por querer volar.

Vuele bajo, / porque abajo / está la verdad. Esto es algo / que los hombres / no aprenden jamás.

Por correr el hombre / no puede pensar / que ni el mismo sabe / para donde va. Siga siendo niño / y en paz dormirá / sin guerras / ni máquinas de calcular.

Vuele bajo, / porque abajo / está la verdad. Esto es algo / que los hombres / no aprenden jamás.

Dios quiera que el hombre / pudiera volver / a ser niño un día / para comprender… que está equivocado / si piensa encontrar / con una chequera / la felicidad.

Vuele bajo, / porque abajo / está la verdad. Esto es algo / que los hombres / no aprenden jamás.