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martes, 21 de julio de 2009

El reencuentro con Olivia

A Mara, Regina, Jimena y Lourdes
con toda nuestra gratitud


I.

Yo tenía once años. Veníamos regresando de un día de campo en Cuernavaca. Felices. En familia. Cantando en la carretera. Ya había oscurecido.

Cuando llegamos a la ciudad a papá se le ocurrió pasar a cenar a un mercadillo de Coyoacan donde vendían quesadillas, esquites y sobre todo hot cakes. Ver cómo cocinaban los hot cakes era todo un espectáculo, pues el puesto del mercado estaba adornado como un castillo y los parrilleros confeccionaban los pastelillos bajo pedido, dibujando con harina líquida sobre la plancha figuritas de caricatura, retratos de los actores famosos del momento o caricaturas de personas presentes.

Mientras mi papá se bajó a comprar la comida con mis hermanos, me pidió que me quedara yo en la entrada cuidando a Cindy, nuestra perrita, que era una extraña cruza de Beagle con Cocker Spaniel.

A los veinte minutos me aburrí de esperar. Sentía curiosidad por ir a ver los monitos que cocinaban los parrilleros artistas.

Entonces amarré a Cindy a un poste en la esquina de aquella calle empedrada, igual que había visto hacer a los dueños de perros en los dibujos animados. Me metí al mercado.

Mi papá me encontró merodeando el puesto de los hot cakes cinco minutos más tarde.

-¿Dónde está Cindy? - me preguntó.

- La dejé amarrada a un poste - dije despreocupado.

Papá no contestó. Me tomó de la mano y salimos disparados hacia la calle.

Cuando llegamos al sitio donde la había dejado, Cindy había desaparecido. Yo miraba con incredulidad el poste solitario. O se había soltado o alguien se la había robado.

Nos subimos todos de vuelta al coche. Recorrimos cada calle del barrio de Coyoacán. Buscándola. Llamándola en voz alta por su nombre. Esperando escuchar un ladrido de respuesta.

Fue inútil. Se perdió para siempre.

Sentía una tristeza infinita de no poder volver a abrazar a la perrita a quien tanto amaba.

Me sentía culpable con mis hermanos.

Me sentía avergonzado por haber sido tan torpe.

II.

Nunca volví a querer a los perros.

Me empezaron a parecer extraños, sucios, latosos.

Me parecían ridículas las personas que asignaban a sus mascotas afectos.

Secretamente los consideraba un poco primitivos y tontos.

III.

Olivia no podía seguir viviendo en casa de los papás de Jennifer porque se había estado peleando a muerte con Naya, una labrador color chocolate que era la reina de la casa de los Boni.

Donde viviría se convirtió en un problema que rebasaba a todos los involucrados y angustiaba a toda la familia. Se consultaron todo tipo de especialistas. Un psicólogo animal explicó que Naya y Olivia luchaban por establecer la supremacía territorial. Una mujer que se comunica con los animales dijo que el problema era que Olivia no estaba dispuesta a ceder su derecho como el perro más longevo en la familia. Un veterinario sugirió que a todos los perros se les pusiera bozal. Otra, finalmente, que los reeducaran usando la estricta disciplina de las cadenas de castigo y los sacaran de la casa.

A mi me daba mucha tristeza ver cómo a Jennifer se le salían las lágrimas cada vez que me contaba el nuevo drama de la telenovela.

Coincidió entonces que Jennifer se mudó a vivir conmigo a Tlacoquemécatl. Entonces hice un esfuerzo para superar mi añeja animadversión y le propuse que trajera a Olivia a vivir con nosotros. A Jennifer se le iluminó la mirada y yo sentí una especie de orgullo íntimo por haber salvado a Olivia.



Y después, como a los dos meses de que Olivia llegó al departamento, algo inesperado pasó.

Empecé a disfrutar los paseos rutinarios con Olivia por el parque. Empecé a necesitar que ella estuviera ahí cada vez que llegaba del trabajo y me saludaba. Empecé a interpretar sus ladridos, sus respiros y sus gestos. Empecé a acostumbré a su presencia de tapete peludo mientras veíamos televisión o leíamos un libro. Empecé a hablar con ella cuando estábamos solos en el departamento.

Empecé a quererla y a cuidarla como si fuera mía.

Como si yo hubiera vuelto a tener once años.

IV.

Después, como Jennifer ha narrado en otro sitio del blog, fue muy difícil dejarla atrás cuando nos fuimos de viaje.

Pues a pesar de que sabíamos que la mejor opción en el universo para que Olivia sobreviviera a nuestra ausencia era la casa de Mara, Regina y Jimena, nunca pudimos superar del todo el presentimiento de que durante nuestra aventura, Olivia moriría.

En contra de su supervivencia estaban sus doce años, sus achaques de viejita, la potencial tristeza que sentiría en nuestra ausencia y un largo año que estaríamos fuera.

Que a nuestra vuelta estuviera viva y bien constituye un milagro, pues según nos contaron, Olivia estuvo a punto de morir.

Apenas al mes de que partimos Olivia empezó con una diarrea loca. Luego dejó de comer y empezó a jadear como si estuviera fatigada. Más tarde empezó a hacer ruidos roncos y hondos, como estertores. En el momento en que se acostó en un rinconcito y las chicas se percataron de que la lengua y las encías se le estaban poniendo azules, Mara llamó a su sobrina, Lourdes, que en la casa era reconocida como una experta en animales. Nadamás vió Lourdes a Olivia, la cargó al coche y salieron todas disparadas a consultar al doctor de animales.

Más tarde el veterinario les diría que llegaron justo a tiempo pues Olivia estaba al borde del un infarto. Les explicó que desde hace tiempo Olivia tenía una condición cardiaca. Que el corazón le había crecido a niveles anormales.

Desde luego es probable que el síndrome le haya comenzado meses antes de que nos fuéramos, pero no deja de ser poética la versión de que Olivia quiso también de alguna manera vivir su propio viaje del corazón.

Lo cierto es que Mara, Regina, Jimena y Lourdes la salvaron.



Y quizá no hay mayor agradecimiento que el que se siente por aquel que ama a alguien que nosotros amamos…

V.

El día que recogimos a Olivia para traérnosla a Tepoztlán con nosotros me costó mucho trabajo estar ahí. La tristeza de Mara, Regina y Jimena podía tocarse.

Yo tenía un nudo atorado en la garganta.

Entendía perfectamente lo difícil que sería para ellas desprenderse de Olivia.

A mí también, como a ellas, un día, me tocó salvar a Olivia.

Y a mí también, como a ellas, Olivia me salvó. Curó mi corazón…


jueves, 4 de junio de 2009

El lado oscuro del corazón


“Sólo hay poesía de lo irrepetible,
aunque sea tan aparentemente reiterado
como un crepúsculo o una declaración de amor.”
Fernando Savater


De entre todos los trayectos que hicimos en el viaje el que para mí estaba revestido de un aura particular era el del Ferry entre Buenos Aires y Montevideo.

Ese mismo que ahora resultó ser el último de nuestro recorrido.

Y no por otra cosa sino porque aquel trayecto es uno de los lienzos de fondo sobre los que Eliseo Subiela hace un derroche de nostalgia en su Lado Oscuro del Corazón, la película argentina que me cautivó desde que la vi, hace cerca de quince años.

Y es que por aquel tiempo (todavía en la época de la universidad), la película se convirtió para mí en una especie de himno, y su protagonista, Oliverio, en un ícono: el artista marginal, poeta urbano, apasionado y testarudo, siempre a contrapelo del mundo y sus demandas de pragmatismo; siempre el lucha contra la inercia que quiere asimilarlo a “la realidad”.

“Trato de que seas sensato. Que dejes de ser un niño” –le dice a Oliverio la muerte, su permanente compañera. “Algún día olvidarás esas palabras y entonces serás mío”, amenaza.

Más tarde lo ridiculiza, devalúa sus temas, sus obsesiones: “El amor es una trampa que se tiende al hombre para perpetuar la especie. Es un mecanismo. Es sólo eso.”

Y Oliverio contesta enfático, furioso: ““El amor nunca puede pasar por tus manos. La justicia nunca puede pasar por tus manos. Aunque se mate en nombre de la ley, y aunque se muera en nombre del amor”.

Ahí, en ese romanticismo casi militante, es que está la clave de mi identificación con ese personaje. A través de su voz comprendí que la poesía podía tener una cadencia distinta al acartonamiento soporífero con el que nos enseñaron a recitar en la escuela aquellos poemas para el diez de mayo.

A su pasión furiosa, como digo, y desde luego también, al hecho de que, como Oliverio, después de mi primer gran (des) amor, iba yo de chica en chica, de novia en novia, buscando obsesivamente a la que fuera capaz de volar.

“Me importa un pito que las mujeres tengan
los senos como magnolias o como peras de higo.
Un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero
a que amanezcan con aliento afrodisiaco o aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportar una nariz
que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias.
Pero eso sí, lo que no les permito, bajo ningún concepto,
y en esto soy irreductible, es que no sepan volar.
Si no sabes volar, pierdes el tiempo conmigo.”
--Oliverio Girondo--

Esa. La que vuela.

Me faltaba todavía un buen trecho para caer en cuenta que encontrar a la que vuela era una proyección de mi propia incapacidad para volar. Aún me faltaba recorrer bastante camino como para comprender que para encontrar alguien así es preciso aprender a volar uno mismo, para empezar.

A propósito de la búsqueda amorosa de aquellos años hay una anécdota curiosa, casi una ironía anticipatoria del destino:

Ocurrió que fui elegido para representar a los estudiantes en el congreso anual de psicología de la universidad, al lado de otros ponentes más experimentados. Presenté una conferencia titulada Divergencias psicoanalíticas de El lado Oscuro del Corazón, en la que comenté el filme de Subiela.

Aquella noche la enorme Aula Santa Teresa de la Universidad estuvo prácticamente vacía. Treinta asistentes a lo sumo, de los cuales, más de la mitad eran mis familiares y amigos.

Lo anecdótico para el caso es que en la primera fila estaba sentada una estudiante de tercer semestre de la carrera quien –llevada por el entusiasmo de presenciar la conferencia de su amigo, el ponente— se hizo acompañar por sus papás.

Aquella estudiante era Jennifer…

¿Quién habría podido calcular en aquel lejano 1997 que aquel psicólogo de disparates divergentes –que identificaba la incapacidad de intimidad del protagonista de la trama de El lado Oscuro del Corazón como parálisis histérica en las alas—se convertiría a la vuelta de los años en la pareja de aquella estudiante?

¿Quién hubiera imaginado entonces que Jennifer se convertiría en mi chica voladora?

¿Quién hubiera sospechado que junto a ella recorrería Latinoamérica en un proyecto bohemio de cuenta cuentos, escritores, fotógrafos-poetas?

¿Quién hubiera podido suponer entonces que yo haría el mismo tránsito que Oliverio por el Río de la Plata, sin ningún residuo en mi corazón de aquella nostalgia romántica que me ligaba entonces a él y de la que estaba yo ahíto?

Yo menos que nadie, seguro.

Lo que sí tendría que haber generado sospechas era el incurable amor por Latinoamérica que me acicateó El Lado Oscuro del Corazón: “Este manicomio. El país de Cortazar, Borges. Es una obsesión. Imaginarse esto no es fácil. Es un caos que no sabes dónde va a llevar. Todo el tiempo es la promesa de cielo e infierno, simultáneamente. Aquí todavía puedo soñar varias vidas posibles. Tiene mucho futuro. Sólo le falta saber cómo sobrevivir al presente”.

Y aún ahora mientras hago este ejercicio de memoria no puedo dejar de sorprenderme frente a las semejanzas que existen entre aquel universitario que fui, y este viajero –a punto de concluir su viaje por Latinoamérica—que soy ahora: ambos sentimos una emoción particular por las historias y las palabras; pues a ambos a veces nos ganan las ganas de que la poesía se superponga a la prosa; porque a ambos en ocasiones los sueños nos transgreden las fronteras de la vigilia; porque ambos anhelamos vivir en un mundo en que fuera posible intercambiar un poema por un bife de chorizo.

Supongo que habrá otros con mejor memoria que yo a quienes la semblanza entre ambos personajes no sea sorprendente. Habría que preguntarle por ejemplo a Manolo Ávila y a Carlos Quintana, amigos entrañables y confidentes empedernidos de aquellas épocas.

Más aún, fueron ellos coprotagonistas de aquella afición por El Lado Oscuro del Corazón, a tal grado que nos construimos alter egos en perfecta simetría con los tres personajes protagonistas de la película. Montados en esa ficción gastamos un porcentaje respetable de nuestros magros sueldos de aquella época en bifes que nos servía el dueño gordo de “El Zorzal” que por entonces estaba en la calle de Michoacán, en la Colonia Condessa.

Y en el clímax de aquella trama amistosa hicimos un par de viajes por Oaxaca, Puerto Escondido y Mazunte, que podrían ser calificados con justicia como antecedentes prehistóricos de los Viajes del Corazón.
Frente a la costa pacífica personificamos sin rubor a nuestros personajes argentinos alternos, haciendo patente para todos nuestro marcado acento porteño. Allá pasamos varios días comiendo pescadillas, bebiendo cervezas, escuchando música, contándonos nuestros sueños frustrados de conquista amorosa, jugando volley-ball playero con los lugareños, tratando de conquistar italianas en bikini y escribiendo unas crónicas de viaje más cómicas que poéticas, al declinar el día.

Viajes memorables de esos que sólo podría comprender quien, junto a sus amigos del alma ha sentido el discurrir despreocupado del tiempo, frente al mar.

Hoy, mientras la luna esparce su mirada plateada sobre otro mar, a miles de kilómetros de distancia y varios años de por medio, los evoco.

Por lo visto la frontera final de los Viajes del Corazón tienen esta facultad de convocar a mi pecho todo este cúmulo de recuerdos y sentimientos.

Y ya sobre la traza de la memoria, no es raro que me invada un derroche de nostalgia colándoseme por el lado oscuro del corazón.
¿Y qué mas da, si la vida la vive mejor quien tiene de su lado a la poesía?

“Llorar a lágrima viva, llorar a chorros, llorar la digestión, llorar el sueño, llorar ante las puertas y los puertos; de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma y la camiseta. Inundar las veredas y paseos y salvarnos a nado de nuestro llanto.
Festejar los cumpleaños familiares llorando, atravesar el África llorando.
Llorar como un Cacuy o como un cocodrilo, si es verdad que los cacuyes y los cocodrilos no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo pero bien: llorarlo con la nariz, con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de amargura;
Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando. De memoria.
Llorar todo el insomnio, todo el día.”
--Oliverio Girondo--

miércoles, 3 de junio de 2009

Benedetti a cara o cruz


Le pedí a Rafa González que escribiera algo sobre Benedetti, pues en verdad no conozco a nadie que hubiera leído con tanta pasión. Que lo hubiera leído como se debe leer, con los ojos, con la piel, con los riñones, con las plantas de los pies.

Le pedí también porque, siguiendo la costumbre aquella que inauguró narrativamente Mario Benedetti, si algún día yo tuviera que vivir a salto de mata perseguido por la dictadura, seguramente él sería uno de los que me daría la llave de su casa para contar con que puedo pasar la noche a salvo; o lo que para el caso es lo mismo, yo no dudaría en darle a él una llave de mi casa.

Le pedí finalmente, porque a dos días de regresar a México, el filo nostalgioso que entre otras cosas me recorre las tripas, exige silencios. Y a él puedo pedirle prestada la voz.

Benedetti a cara o cruz
Rafael González Montes de Oca

"A Benedetti le sucedió un drama del que no se ha hablado mucho en estos días: se convirtió en un objeto de consumo.

Lo tenía todo: la obra, claro, pero también la imagen, la marca. Era un hombre mayor pero alegre, no anciano, con mejillas pequeñas pero infladas, con un par de líneas cruzando su frente. Su mirada amable, comprensiva, pacífica, miraba a las cámaras y a las personas como si las conociera de toda la vida. Esa mirada estaba enmarcada por unas cejas que, a veces alerta, a veces divertidas, a veces pensantes, siempre parecían un poco sorprendidas. Sus párpados caían sobre sus ojos lo suficiente para parecer los de alguien que ha vivido mucho pero se ha divertido mucho, o que ha tenido que soportar mucho, pero ha dejado todo el sufrimiento atrás. Ese conjunto de ojos-cejas-párpados-brillo en la pupila-bolsas de los ojos, parecía decir “lo sé” o “yo te conozco” o “¿qué crees?” o “mirá vos” o todas las anteriores al mismo tiempo.

Tenía una nariz que al pasar de los años se fue haciendo redonda y caricaturesca, de abuelo simpatiquísimo, sin barba pero eso sí: con qué bigote, qué bigote abundante que se fue haciendo blanco, blanco, y que se partía a la mitad por en medio, que ocultaba a veces toda su boca y era el marco superior perfecto para una sonrisa eterna. Sospecho que Benedetti sonreía sin querer, lo que explicaría que no haya una imagen de él en que las comisuras no formen o al menos insinúen una gran sonrisa cómplice, de quien sabe algo genial que los demás ignoran.

Se vestía siempre de camisa y casi siempre de saco, pareciendo un Martín Santomé de verdad. Cuando escribió La Tregua tenía 40 años, y siempre me ha parecido que llevaba tan dentro a Santomé, que creció para convertirse en la viva imagen de su personaje.

El conjunto era, pues, genial. El Benedetti de los últimos años podía haber sido dibujado por Quino. Los ingredientes perfectos para tener un artículo para el consumidor de hoy.

Por si su imagen fuera poco, tenía giros literarios que se prestaban para la admiración dulzona:

“No te salves”, escribió, sin sospechar que la frase sería utilizada como grito de guerra de quien fuera, incluyendo a los alumnos de una de las universidades privadas más caras del país, que grafiteaban eso en paredes de tabla roca dispuestas para la ocasión cuando peleaban quién sabe qué frivolidad con la junta directiva de la institución.

“Somos mucho más que dos”, escribió, sin prever las tantas ocasiones en que alguna colegiala ignoraría la fuerza del texto completo para exclamar “¡Ay, qué lindo! ¡Más que dos!”

“Mi estrategia es que un día cualquiera, no sé cómo ni sé con qué pretexto, por fin me necesites”, escribió. ¿Cómo se iba a imaginar que esas líneas serían el status con que alguien se describiría en Facebook hace unos días, cuando al viejo le llegó la muerte?

Benedetti se convirtió en un objeto de fácil consumo, como lo pude tristemente comprobar aquella noche de 1997 en que él se sentó en un sillón colocado en el escenario del Palacio de Bellas Artes. Leía textos selectos de su obra y los fans, apiñonados en cada butaca, en cada pasillo y cada escalón del recinto, aplaudían lo que dijera, a rabiar. No importaba lo que leyera, bastaba que hiciera 3 segundos de silencio para que la gente –después de unos momentos de desconcierto– comprendiera que había terminado esa lectura y aplaudiera, gritara, rugiera, a más no poder. Decía Benedetti el nombre de un libro cualquiera del que leería algo y la audiencia estallaba en ataques de emoción y entusiasmo. Llegó un momento en que se puso a leer frases, algunas de ellas aisladas y sin mucho sentido. Poco importaba. Podía decir lo que fuera, podía decir “pasan misiles ahítos de barbarie globalizados”; euforia total. O decir: “se me ocurre que vas a llegar distinta, no exactamente más linda, ni más fuerte, ni más dócil, ni más cauta, tan sólo que vas a llegar distinta”, y el segundo piso del recinto se caía en gritos, silbidos y aplausos. Le ponían una aureola y hacían de sus frases una cándida moraleja, tal vez sin saber siquiera que él habría advertido desde siempre contra esto. Eso no es amor, diría.

Ese Benedetti aclamado como un ídolo pop era indeseable e insoportable porque era una agresión contra él mismo. Mario Benedetti, si es lindo, no es. Flaco favor le hizo Nacha Guevara al llevar al canto su “Te Quiero” inmortal: “Tequieroenmipaaaaaaaaraaaaíííííííísssooooooooooooo”, tipludamente, melódicamente, encantadoramente… qué traición terrible. A ese Benedetti-cosita linda había que decirle adiós.

Algunos tontuelos lo despiden ahora, tardíamente, y hacen escritos intragables metiendo forzadamente los nombres de sus libros o de sus poemas dentro de cada párrafo:

Es hora Don Mario que “Hagamos un Trato”. -Un trato que nos indique “La Tregua” que Usted propone. Podría tirarle “Piedritas en la Ventana”, aprender y poner en práctica su “Táctica y Estrategia”…

Por favor. No hay respeto para los muertos.

Un Benedetti dulzón y uno doloroso, uno armónico y otro desconcertante. Cara y cruz del mismo gran tipo ¿Cuál era su verdadera cara? ¿Cuál de estas dos caras era su verdadera cruz?

El día del empalago de aplausos en Bellas Artes llegué a mi casa a sacar todos mis libros de Benedetti porque sentía que necesitaba encontrarme con él, con sus giros inesperados, con su originalidad, pero sobre todo con su bronca. Lo de Benedetti es la bronca. Tiene sus aforismos graciosos y sus cuentos ortodoxos, sí, y buenos. Pero el Benedetti que llega a la médula, que se mete al torrente sanguíneo, que se queda para siempre con uno, no es lindo: es doloroso, es pasmoso, es sorprendente.

La estrategia está mona, pero sólo se percibe su fuerza cuando se la lee como complemento sencillo y tremendo frente a la elaborada y detallada táctica.

“Somos mucho más que dos” es sólo una frase linda, comparada con la descripción que el autor hace de los ojos de ella, conjuro contra la mala jornada; de su mirada, que mira y siembra futuro; de sus manos, que trabajan por la justicia; de sus caricias, que son sus acordes cotidianos; de su rostro sincero, de su paso vagabundo y de su amor por el mundo. Te quiero porque sos pueblo, le dice. Amor a su tierra y amor a su pueblo y amor a la justicia encarnados en el amor a una mujer. Carajo.

Ese es en realidad el que ahora se fue. Se fue Benedetti, el que decidió que Avellaneda y Santomé no vivieran felices para siempre, sino que hizo a éste un inesperado viudo de amante. El que escondió en otro libro una inusitada carta que ella le escribe a él desde su lecho de muerte. El que se fue ahora es el Benedetti que hace que uno se sienta el oficinista aburrido que encarna en sus historias, esperando que den las 5 de la tarde para escapar del tedioso infierno de su escritorio; que logra que uno se sienta el expulsado de su tierra, o el exiliado que es notificado de que con la distancia y el tiempo su mujer ha estado sola y por lo tanto ha dejado de serlo. El que logra que uno se sienta que está del otro lado de los barrotes, viendo a su hijo llorar por ver a su padre preso y torturado y le dice “llorá nomás botija, son macanas que los hombres no lloran”. Carajo.

El que logra que uno se sienta por un momento el abuelo que es desprendido de su nieto, que era su único hilo conductor con la vida, cuando tenía preparados 10 ó 12 cuentos para narrarle en secreto. El que logra que uno comprenda la profunda sinceridad del hombre que se emborrachó e hizo comentarios desastrosamente honestos y por lo tanto fue abandonado por su mujer, y que bebe una vez más tan solo para que, cuando le llame para decirle que la ama, ella sepa que le está diciendo la verdad.

El que escribió esa frase lapidaria que ha surgido y seguramente seguirá surgiendo de algún lugar del recuerdo en distintas disyuntivas de mi vida: uno no siempre hace lo que quiere, pero tiene el derecho de no hacer lo que no quiere. Carajo.

Chau, viejo, chau.

Chau número final.

viernes, 29 de mayo de 2009

Vida de una vaca


De todas las metodologías que existen para hacer una investigación, la denominada investigación participante es la que me resulta más atractiva desde siempre.

A esa forma académica recurrió por ejemplo el sociólogo Hector Carrillo Berthier, responsable de haber desvelado en México el entramado de la mafia de la basura. Lo consiguió empujando primero un bote con ruedas y una gran escoba por las calles, y luego consiguiendo treparse al camión recogedor durante varios meses, hasta mimetizarse con los pepenadores y la maraña de los tiraderos.

Así se hizo famoso también el gringo aquel que estuvo a punto de causarse una cirrosis irreversible a punta de papas fritas y hamburguesas de McDonald´s a lo largo de un mes para demostrar la nocividad que tiene el abuso de la comida rápida.

Y quizá en parte esa misma estrategia es la que tanto Jennifer y yo hemos elegido para escribir este blog, que no es otra cosa que un pequeño laboratorio de todo lo que suscita el viaje en una pareja que ha elegido por un año, experimentar una vida nómada, creativa y curiosa del paisaje latinoamericano.

Sin embargo, como ya lo dice el título de la entrada, no es ninguno de esos casos, sino La vida de una vaca lo que me lleva a citar esta alternativa metodológica.

Vida de una vaca es el título de un libro que Jennifer y yo recién leímos. En él, su autor, Juan Pablo Meneses, da cuenta de una de las industrias más importantes de la Argentina: la industria cárnica. Y como para no hablar de oídas y poder dar cuenta informada de cada uno de los eslabones de la cadena de la carne –desde el nacimiento de la vaca hasta su destino ulterior en el asador—, compra una vaca y le da seguimiento durante los tres años que le toma al becerro engordarse y estar listo.

Ahora que en Argentina hemos ido de parrilla en parrilla paladeando chinchulines, vacíos, asados de tira, morcillas y bifes de chorizo, viene a cuento recordar algunas de las ideas que Meneses comparte en su libro delicioso.

Van a salto de mata:

  • Una vaca es una máquina viviente que transforma el pasto en carne.
  • En Argentina la carne es tan buena, en parte, porque las vacas tienen vida de reinas. A diferencia de las granjas industriales que hay en otros países para hacerlas crecer, en Argentina las vacas pastan a campo abierto.
  • El segundo factor que incide del sabor de la carne es el proceso del asado. Los Argentinos odian la forma en que la carne se cocina en otros sitios pues dicen que sabe “hervida” en lugar de asada.
  • El corte preferido por los argentinos es el Asado de Tira, que es una sección del costillar.
  • De la vaca se utiliza todo, la carne, la piel, las entrañas, los huesos, el cuero, los cuernos...
  • Un argentino promedio consume 91.5 kilos de carnes por año mientras un consumidor "mundial" promedio sólo consume 39 kilos por año. Casi sería apropiado decir que para los Argentinos la carne es un producto de la canasta básica.
  • Hay quien afirma que entre los latinoamericanos los únicos que han ganado mundiales de futbol son los brazileiros y los argentinos justamente porque su consumo de carne es superior a la de sus congéneres. Se toma esto en parte como la prueba de que la proteína animal es superior a cualquier otra fuente de proteína.
  • Los gauchos, cuya dieta tiene altos niveles de consumo de carne, son una de las poblaciones con mayor incidencia de enfermedades como la artrosis.
  • En Argentina hay un canal de televisión para el sector. Se llama Rural. Se transmiten en vivo las subastas de carne. Los periódicos también tienen un suplemento para todo lo que ocurre en el campo. Las vacas ocupan un buen porcentaje de la información de esta sección.
  • En Argentina la cotización del kilo de carne en el mercado de Liniers es tan importante como la paridad del cambio del dólar. Es un termómetro de estabilidad social.
  • Existe una permanente tensión entre el gobierno y la industria cárnica con respecto a los precios del kilo de carne. Dado que en el exterior –Estados Unidos y Europa-- es factible vender la carne un precio realmente atractivo, el industrial está interesado en posicionar la mayor parte de la producción en los mercados de exportación. Esto tiene un doble efecto: menos carne para satisfacer el abasto local y carne a precios más altos para los argentinos, lo que tiene constituye riesgo de hacer prohibitivo su consumo para los más pobres. Los industriales argumentan que al apreciar el precio de la carne, la industria crece, lo que permite asegurar ofrecer empleo competitivo a un mayor número de personas, que a su vez tendrán un rol activo en la economía como consumidores. Dada la importancia que la carne tiene entre los argentinos el gobierno tiene un interés contrario al de los industriales: que consiste en maximizar el abasto local a precios lo más bajos posibles. El gobierno se presenta así como el adalid de sus electores y asegura una cuota de votos de forma más o menos populista. Sin embargo entre más justo sea el precio de venta, los márgenes de maniobra para los jugadores del los eslabones de la cadena se reducen, constituyendo así de facto, una situación propicia a la consolidación de la industria en pocos jugadores que tienen escala y cintura financiera, como es el caso de los grandes Autoservicios en Argentina (entre ellos Carrefour), que comercializan en su conjunto un importante porcentaje de las ventas totales del sector.
  • Los últimos años esta tensión ha crecido de manera importante. Cristina Fernández de Kishner se ha dado sus encontronazos no sólo con los industriales de la carne, sino también con los agricultores y la industria de los lácteos. Según se perfila hacia adelante, ese será el nudo singular que definirá el destino histórico del proyecto político de los K.
  • La tecnología que existe actualmente en los rastros para matar a las vacas ha evolucionado a tal grado que ha conseguido minimizar el sufrimiento de los animales. A las vacas les dan un golpe certero en el cerebelo que hace que sigan vivas sin sentir los últimos minutos de vida.
  • Mientras Juan Pablo Meneses escribía su libro y publicaba artículos parciales del avance del proyecto, la opinión pública se polarizó entre los que deseaban que matara a la vaca y los que deseaban que la dejara con vida. Entre los defensores de la vaca había sin duda algunos vegetarianos. Otros argumentaban que una cosa es comerse una vaca anónima, y otra es comerse una vaca que tiene un nombre (Meneses la bautizó como la Negra), pues ese nombre la humaniza, como si se tratara de una mascota.
  • Sin embargo es difícil hablar de las vacas como mascotas. Si bien tienen una docilidad increíble (se aplican a su tarea de engordar con rigor de estudiante becado— son también de una estupidez emocional significativa.
  • El dato que más me impresionó de la lectura del libro de Meneses, consiste sin embargo, en que todas las vacas ulteriormente se convierten en alimento. Las que no van a parar a un asador y son comidas con honor, terminan como materia prima para comida de gatos y perros…

Aún así queda la pregunta y la invitación a leer el libro: ¿Usted, querido lector, qué hubiera hecho en el lugar de Meneses? ¿Mataría a la vaca o la dejaría vivir hasta el final de sus días? ¿Se hubiera dejado ganar por su espíritu gourmant o por su compasíon animal?

lunes, 11 de mayo de 2009

Perros callejeros de Chile


Todos los días, en Valparaíso, a las cinco y media de la tarde, aparece un perro que se asoma al interior de la fuente de la plaza.

Pasa horas ahí, mirando con la curiosidad de un niño. Esperando.

Después de un tiempo comienza a mover la cola. Se emociona. Gime. Se asoma más profundo.

Y es que en las aguas de la fuente, de pronto, acaba de aparecer la imagen de otro perro. Un perro, que al igual que él, se emociona al verlo…


Por alguna razón curiosa las calles de Chile están llenas de perros callejeros. Unos perros que generan ternura y simpatía. No se ven muertos de hambre ni especialmente enfermos. Se ven contentos y satisfechos.

Puerto Natales, la primera ciudad chilena que visitamos, estaba repleta de perros. Supimos que algunos eran callejeros de nacimiento mientras que otros lo eran sólo de espíritu; éstos tenían dueños que les dejaban la puerta abierta para que pasaran el día explorando. Cualquiera que fuera su origen, se les veía juntos, mezclados, felices y libres.

Perros callejeros “por derecho propio” –como diría la canción de Alberto Cortez. Perros que saben usar su ternura para ablandarte el corazón y conseguir lo que necesitan. Perros con una viveza en los ojos que uno desearía poder escucharlos contar sus historias de guerra.


Siempre me han generado fascinación los perros callejeros. Me llama la atención esa capacidad (¿innata o aprendida?) para sobrevivir a través de su carisma. También la forma en que interactúan, formando manadas, como si vivieran en estado salvaje. Manadas que no sobreviven cazando presas sino cazando la compasión humana.

Recuerdo lo que me platicaba una amiga veterinaria sobre esta interacción entre perros y personas. Existe una teoría, me decía, que explica que el proceso de domesticación no lo habían comenzado los humanos sino los mismos perros…



En esa época en que los perros andaban sueltos recorriendo los montes junto con sus primos los coyotes, algunos pocos se acercaron con timidez a las chozas de los humanos que propagaban calor. Estos primeros perros aventureros aprendieron rápidamente que la mirada de sus ojos podía conseguir las sobras de la comida. Habían descubierto una nueva forma de sobrevivir. Habían encontrado la llave al corazón del hombre.

Los humanos proveían no solo comida sino protección, calor y con el tiempo, compañía. A cambio, los perros aprenderían de los humanos a dar cariño, buscar caricias, ayudar a proteger el territorio de su dueño e incluso detectar los sutiles cambios de humor en las personas para abrigarles el corazón con una movida de cola.

En este proceso de acercamiento entre perros y humanos quedó claro que algunas características resultaban fundamentales para mantener el vínculo. Los primeros perros adoptaron –o mantuvieron- algunos rasgos de cuando fueron cachorros. Características como la ternura, el ser juguetones, la búsqueda de afecto, generaban en el humano la sensación de dependencia. Los perros aprendieron a ser, de cierta manera, cachorros eternos. Y con su amor y lealtad domesticaron al hombre.



Ahora, miles de años después, los perros callejeros siguen usando las mismas tácticas. Mariana y Joaquín, nuestros anfitriones en Santiago, nos platicaron de un perro callejero que los había adoptado. El perro había aparecido varias veces rondando su casa. Un día los acompañó durante varias horas por su recorrido citadino, esperándolos siempre a la vuelta de la esquina y acudiendo al llamado de “amigo perro”. Por la noche, había aceptado los pedazos de jamón y caricias que le dieron en el jardín de su casa. Ese día, decidieron dejarle la puerta abierta y a la mañana siguiente ya no estaba.



Se lo volvieron a encontrar algunos días después. Decidieron seguirlo para ver a dónde los llevaba. Se sorprendieron al ver que llegaba con confianza a una casa donde había un tupper con comida esperándolo. Un tupper que él con su pata abrió y se puso a comer. Así se dieron cuenta que su perro era un alma libre. ¿Y quiénes eran ellos para oponerse?

El amigo perro, aparentemente, tenía varios dueños. Y ellos se quedaron contentos con haber sido adoptados por él.

Era callejero por derecho propio
su filosofía de la libertad
fue ganar la suya sin atar a otros
y sobre los otros no pasar jamás.
aunque fue de todos nunca tuvo dueño
que condicionara su razón de ser
libre como el viento era nuestro perro
nuestro y de la calle que lo vio nacer…

Alberto Cortez

domingo, 10 de mayo de 2009

México a la distancia III. Ecos de la gripe chancha


Llueve sobre mojado

Si ya de por sí un año lejos de de la tierra de uno convoca un leve torbellino melancólico en algún sitio que se encuentra entre pecho y garganta, presenciar, a varios kilómetros de distancia, lo que ha ocurrido en México en los últimos días, es una experiencia que no se puede vivir sin cierto grado de desolación.

A México le llueve sobre mojado.

Y es que uno no es supersticioso, pero casi con precisión de relojero suizo, desde que salimos del territorio mexicano se han sucedido, uno tras otro, infinidad de sucesos de corte truculento , desde el avionazo del Secretario de Gobernación en el barrio de Las Lomas, hasta la cotidiana dosis de descabezados en el norte del país.

Y ahora el drama este de la crisis de salud asociado a la gripe-porcina-influenza-humana.

Sin duda, desde Santiago de Chile, poco podríamos agregar a lo que seguramente ha sido regurgitado hasta el cansancio en los medios, que a todas luces han hecho su agosto sensacionalista.

Sin embargo creo que vale la pena consignar un poco lo que ha pasado, en parte, como una forma de construir la memoria del porvenir, y en parte, acaso, para sumar a la reflexión desde la perspectiva que otorga la distancia.

De primera mano

Primero algo sobre lo que a nosotros nos hemos experimentado de primera mano estando en el confín del mundo, según sugiere la raiz quéchua del término Chile:

El 29 de abril hicimos una función de cuentos en “El Mesón Nerudiano”, en uno de los barrios bohemios de Santiago. La noche de la función varios chilenos hablaron para cancelar la reserva que habían hecho desde semanas antes, pues establecieron un prejuiciado vínculo entre espectáculo mexicano y gripe porcina. Así que actuamos frente a un bar lleno a medias por un público mayoritariamente extranjero.

Con la extraña sensación de haber sido despreciados por un auditorio al que nunca llegamos a conocer, no fue difícil entender el contexto en que Héctor Reynoso, un futbolista de las Chivas del Guadalajara, eligió escupir y toser en la cara de uno de sus rivales del Everton chileno, como respuesta a la provocación del delantero, que se burló de él y le auguró una pronta muerte a manos del terrible vírus. Justo en la prensa del día siguiente a nuestra función aparecieron los testimonios de los jugadores de las Chivas que se sintieron discriminados como leprosos por los habitantes de Viña del Mar.

Por las mismas fechas Cristina Fernández, --jugando para la tribuna del electorado argentino que, dicho en términos futbolísticos, está siempre pronto a tragarse las fintas populistas de los políticos--, cerró las fronteras y canceló vuelos a México.

Más allá de la afectación económica que la acción tendrá (que debe ser relativamente marginal) la resolución tiene una negativa carga diplomática, al ser contraria al espíritu de cooperación que caracteriza las relaciones de ambos países.

Y sobre todo, tiene una extraña connotación contradictoria, pues en Argentina recién se ha desatado una epidemia de dengue que contaba 30,000 infectados no oficiales para principios de abril, lo que haría suponer que el gobierno estaría especialmente sensible para comprender y apoyar a sus pares mexicanos y no ceder al primer impulso paranoide.

Salvo los efectos que esto pueda tener en el ánimo de nuestros futuros anfitriones (Argentina es el último destino de nuestro viaje antes de volver), la medida no nos debe afectar en términos prácticos (salvo de que cunda la animadversión por los mexicanos, y a algún paco se le ocurra ponerse loquito).

No así a nuestros amigos de Laboratorio en Movimiento (aquellos que han hecho un recorrido por Latinoamérica en una camioneta que se mueve impulsada por biodiesel fabricado con aceite de cocina) que se encuentran actualmente en Buenos Aires. A ellos, la determinación de la presidenta los ha puesto en el limbo, sin posibilidades de volar de regreso a México como habían planeado, en un momento en que su presupuesto de viaje hace rato pasó por la fase de cuarto menguante.

Desde un sitio privilegiado

El segundo perfil de la experiencia sobre la influenza estuvo determinado en gran medida por la coincidencia de que en Santiago nos hospedamos con Mariana Aguirre, una amiga mexicana que trabaja para la FAO (el organismo desconcentrado de la ONU que tiene como misión eliminar el hambre en el mundo).

Mariana y sus colegas, valga la aclaración, se mueven en un organismo global que funciona de forma bastante semejante a la OMS (directamente involucrada en la crisis de la influenza), y por lo tanto , están acostumbrados a interpretar los mensajes y los signos entreverados en una situación como esta.

A través de su mirada nos ayudaron a comprender la complejidad de la crisis de salud que México enfrentaba: primero, por el inusual patrón de muertes que, a diferencia de la gripe común, estaba atacando a personas jóvenes relativamente saludables; segundo, por el hecho de que el virus habría trascendido la barrera de contagio animal-humano, entrando en el terreno del contagio humano – humano; tercero, por la mutabilidad y resistencia del virus; cuarto, por la presencia transregional del virus; quinto, por el costo potencial de una pandemia en caso de que cobrara la inercia que se espera dados los antecedentes del SARS y la gripe aviar.

Y no sólo eso, sino que además, gracias a la experiencia de estos interlocutores de la FAO, pudimos comprender la dificultad que tiene cualquier sistema público de salud (como el mexicano) para reaccionar con rapidez y congruencia frente a una coyuntura como esta (infinidad de decisiones burocráticas que deben alinearse para dar en el clavo de algo tan complejo como una pandemia); y también entender la naturaleza de las discrepancias entre la información del gobierno mexicano y de la OMS.

Visto a través de su mirada entrenada, no nos pareció en absoluto imprudente el manejo conservador que el gobierno mexicano hizo de la amenaza potencial, tal como se presentaba durante sus primeros días.

Visos de complot

Sin embargo, a pesar de la claridad que nos dio la perspectiva de estos colegas, han llegado hasta nosotros también todo tipo de teorías que asumen que la gripe porcina responde a un complot global.

Si no fuera por la gravedad del caso que vuelve la desconfianza que revelan estas teorías en una tragedia, el puro número, variación e inconsistencia de estas versiones –a pesar de que algunas tocan datos probables-- tendría que hacernos reflexionar más sobre los temores que se anidan en el inconsciente colectivo, y en último término, hacernos reir:

Que si se trata de un virus que creó una transnacional farmacéutica que es dueña de la vacuna, que se hará rica al distribuir el remedio sobre el que ellos tienen posesión monopólica.

Que si esta transnacional farmacéutica actúa en colaboración con el gobierno de los Estados Unidos, que planea reactivar la economía global a partir del dinero que generará la producción y distribución de esta vacuna.

Que si el gobierno durante la reciente visita del gobierno de Estados Unidos a México se planeó este brote para justificar el intervencionismo del vecino del norte sobre nuestro territorio soberano.

Que si ambos gobiernos aprovecharán la coyuntura y la confusión para impulsar la devaluación del peso y la posterior implementación de una moneda única para la región de Norteamérica –como el euro de la Unión Europea-- llamado Amero.

Que si el gobierno de Estados Unidos inoculó a los mexicanos para justificar el cierre de fronteras, retardar la reforma migratoria y combatir a los narcotraficantes.

Que si el gobierno mexicano creó una cortina de humo, a partir de la consabida teoría del shock para aprobar, mientras todos están apanicados, refundidos en sus casas, una legislación sobre posesión de estupefacientes.

El deterioro de la confianza

Lo que desde mi perspectiva es alarmante, es que la popularidad con la que se aceptan las ideas del complot, es un signo de la poca credibilidad que la gente le otorga al gobierno, y en consecuencia, del poco margen que tienen nuestros líderes para actuar en una situación crítica como estas, en detrimento del bien común.

Sin pasar por alto que en buena medida esta falta de crédito a la autoridad pudiera ser algo tan estructural un rasgo cultural del mexicano (como posiblemente sugiere la escala de distancia al poder del estudio clásico de cultura de Hofstede); y que los setenta años de esquizofrenia priista hicieron lo suyo para que nuestro pueblo desconfíe sistemáticamente de sus gobernantes; no puedo dejar de asignarle a los eventos recientes de nuestro país, un peso importante en esta crisis de credibilidad.

Vicente Fox encabeza desde luego la lista. Iniciando con el irresponsable manejo de expectativas asociado a sus promesas irrealizables de campaña (“en quince minutos resuelvo el problema de los indígenas en Chiapas”), y terminando con el hostigamiento sistemático que tuvo hacia López Obrador, reverso de la moneda necesario para enteder el poder que Obrador adquirió al representar el papel la víctima.

Víctima soberbia que fue también incapaz de aceptar su derrota electoral, y que al inventar la teoría del complot sobre las elecciones del 2006, se llevó entre las patas al único núcleo de confianza institucional que tenían los mexicanos (y que habían construído con sangre sudor y lágrimas): el Instituto Federal Electoral.

Activo social, aquella confianza institucional en el IFE, que con su incapacidad comunicativa no supo y no pudo salvaguardar aquella noche trágica de julio, su adalid oficial, Luis Carlos Ugalde.

Para ser justos, en ese escenario adverso, polarizado y de desconfianza, no es difícil entender también el tenor del contexto que ha incentivado a Calderón, el presidente actual, a ser tan conservador en sus decisiones, cuando en otra circunstancia podría haber tenido más latitud para actuar.

Lo cierto también es que, en cada una de las coyunturas que Calderón ha enfrentado --y que representan oportunidades tanto como problemas-- él tampoco ha conseguido ampliar su margen de maniobra, lo que conseguiría si su manejo fuera más acertado.

El mensaje en cadena nacional que Calderón ha dado para enfrentar la situación de la Gripe recientemente, es un buen ejemplo de ese manejo desafortunado, según opinan algunos amigos mexicanos. En buena medida porque fue incapaz de conseguir la necesaria concordancia entre el mensaje que comunicaba, la situación crítica y el sustrato emocional que se movía en el ambiente. Su intervención –dirigida a un pueblo que zozobra entre mensajes de pánico, desesperación y el descrédito al gobierno— fue tan acartonada y a la vez tan optimista, que según nos han dicho amigos bastante neutros políticamente, que en varios momentos les fué imposible diferenciar si el que hablaba al pueblo de México era un un clown o el presidente...

Lo bueno de lo malo

Con todo, entre los mensajes que hemos recibido de amigos y familiares, hay quien asegura que no todo es catastrófico; que la crisis de la influenza ha traído indirectamente algunas cosas buenas a los mexicanos.

Hay pues, quien asegura que estos días de cuarentena obligada se convirtieron en espacio inesperado de encuentro, que de otra forma, en la rutina diaria, hubieran sido impensables; gente que afirma que han encontrado la vía hacia otros en un desacostumbrado compartir de relatos, de esos que se cuentan sólo a se encuentran codo a codo junto a uno en medio de una tragedia o un encierro....

Por nuestra parte, a kilómetros de distancia, al día siguiente de que fuimos víctimas de un pequeño desaire de prejuicio discriminatorio durante nuestra función de cuentos, mientras leíamos la columna de Cristian Warnaken –¡México Muerte!— en periódico chileno El Mercurio, encontramos, entre lágrimas de nostalgia, un motivo más para querer estar pronto a la vuelta, en nuestra tierra querida, codo a codo con nuestros amigos y familia:

“(…)

Andan diciendo por ahí que la Muerte se pasea por Ciudad de México como madre por su casa. La quieren declarar en cuarentena, clausurar, estigmatizar como la aldea de la peste. Pero Ella ya ha pasado por esto tantas veces, por la prueba del fuego y del exterminio. Ella ha cruzado las aguas de la corrupción y la tragedia. Y sigue ahí, espléndida como la Virgen de Guadalupe, su patrona, invitando a las cíclicas muerte y resurrección de siempre. Allí los vivos usan mascarillas y los muertos respiran.

Mientras escribo esto, la emoción se me sube a la cabeza. A tientas, como un ciego, vuelvo a caminar y perderme por el bosque de Chapultepec... De pronto estoy junto a los añosos árboles del Paseo de la Reforma, después busco en Coyoacán, paso cerca de la casa donde estuvo Jack Kerouac en los años en que se enamoró de Tristessa, la prostituta católica que le enseñó la pureza. Es el mismo barrio donde anduvieron Hernán Cortés y Malinche, en los comienzos. Sé que puedo cruzar una esquina cualquiera y volver a encontrarme con mi inolvidable amiga Bárbara Délano, que estará ahí, como si no hubiese muerto nunca, esperándome para ser mi guía en los laberintos de la soledad. Iremos a conversar a los bares que sólo ella conoce, y a hablar de los poetas mexicanos que sólo ella recita de memoria. Me sacaré la mascarilla y le diré: "¡Qué vacía está la ciudad, Bárbara...! ¡Qué desastre!". Pero ella reirá, me agarrará del brazo, y, burlándose del pánico puritano a la muerte, me besará en la mejilla y yo besaré su mejilla afiebrada de muchacha muerta.

Entonces lo sabré: no se sana uno nunca de la muerte ni de la vida. No se sana uno nunca del amor a Ciudad de México. Y no hay que huir, sino regresar siempre a la ciudad sagrada
.”


jueves, 7 de mayo de 2009

México a la distancia II. Las Muertas de Juárez a la corte



I.

Afortunadamente en México, a diferencia de otros países de Latinoamérica, a partir de que terminó la revolución en mil novecientos treinta y tantos, y hasta bien entrado el arranque del siglo XXI, hemos gozado de paz social.

Este fue por mucho tiempo una declaración que en México esgrimió el PRI --el partido dominante por más de setenta años--, para justificar las bondades de su permanencia en el poder. Una afirmación posicionada con mucha fuerza en la cabeza de la mayoría de los mexicanos, ya que buena parte de nosotros podría suscribirla y citarla, sin pestañear.

Y es que en efecto, de alguna forma, en el fondo de la conciencia de todo mexicano existe el consenso de que debido a quién sabe qué gracia, nos hemos salvado del terror de muertos, torturados y desaparecidos que han tenido que soportar nuestros vecinos, cuya historia reciente se escribe en términos de dictaduras, guerras y guerrillas.

Y en términos generales uno podría continuar viviendo en esa inopia ciudadana si no fuera porque, como relámpagos que irrumpen en la oscuridad de la noche, emerge de vez en cuando algo que muestra que el cuento que nos contamos sobre la paz social no cuenta todo lo que ocurre en nuestro país; voces que nos cuentan que a nuestro país lo cruza igual la violencia, aunque no sea la violencia de balas y bombas.

Voces de los zapatistas en San Cristobal, de los campesinos en Aguas Blancas, de las mujeres en Ciudad Juárez.

Voces que hemos dejado atrás en nuestro recorrido por América Latina y que no esperábamos encontrar en pleno Santiago de Chile.

II.

Así la llegada de “el primo” –Jorge Calderón—a casa de los De la Torre Aguirre, donde nosotros nos hospedábamos, no sólo vino a abarrotar el ya de por sí hacinado departamentito de nuestros anfitriones, sino que además, modificó el destino de nuestras exploraciones por la capital chilena.

Como miembro de la fiscalía de la Corte Internacional de Derechos Humanos, Jorge vino a Santiago a participar en la sesión itinerante fue programada a principios de mayo en la Antigua Cámara de Diputados. En ese recinto que desde la época de Pinochet se reserva a eventos extraordinarios se desahogaría un caso paradigmático de violación a derechos humanos, por sus implicaciones de: Las madres de tres muchachas asesinadas en un campo algodonero en Ciudad Juárez, contra el Estado Mexicano.

Jennifer y yo escuchamos con avidez de investigadores – como si fuéramos Julia Roberts en el Pelikan Brief, o Tom Cruise en A few Good men— la cátedra que Jorge dictó desde el pequeño asiento trasero del jeep gris Oxford que Joaquín De la torre conducía rumbo a la Viña Casas del Bosque.

“El juicio va a ser igual que en las películas. Es un juicio oral que tendrá lugar en dos días distintos. El primer día se escuchará el testimonio de las partes: las madres, que seguramente compartirán una historia muy emotiva y llena de dolor; y el Estado Mexicano, que seguramente tratará de mostrar que no existe negligencia y que ha habido avances significativos en la impartición de justicia. El segundo día habrá cuestionamientos cruzados y declaraciones finales de las partes. Al final los jueces harán preguntas que deberán ser aclaradas en vivo, o bien en los alegatos escritos que anteceden a la sentencia.”

“A pesar de que el caso se explicará por sí mismo, conviene que tengan el contexto completo del las muertas de Juarez”. Y así, Jorge nos dio una perspectiva amplia sobre el feminicido en cuyo estudio ha estado involucrado desde hace varios años.

Hasta antes de los noventas, Ciudad Juárez era un pueblo fronterizo mexicano como cualquier otro. Permeaba el mismo machismo latinoamericano que asigna a los hombres una jerarquía superior a la de las mujeres, al tiempo en que las limita a ellas a roles que reproducen la dinámica de sometimiento, confinándolas siempre a un lugar secundario, doméstico y de servicio.

Sin embargo, con la llegada y expansión de la industria maquiladora, inició un proceso económico que transformó el desbalance estructural y universalmente aceptado de las relaciones sociales entre hombres y mujeres. Por un lado, la industria empezó a contratar mujeres por ser más dóciles, cumplidoras y productivas que los hombres; y por otro, la crisis económica agudizó el desempleo entre los hombres.

No pasó demasiado tiempo antes de que empezaran a aparecer manifestaciones de odio frente a las mujeres.

Las primeras desapariciones y homicidios datan de 1993. Al principio la tragedia se concentra en un grupo social definido -- prostitutas y sexoservidoras. Pero no pasa demasiado tiempo antes de que el siniestro se extienda y –aprovechando la precaria infraestructura de transporte, iluminación y seguridad que existe en la ciudad— las mujeres que trabajan en las fábricas, se conviertan en blanco. A los pocos meses, el feminicidio avanza de forma apabullante: en Juárez, cualquier mujer puede fácilmente terminar violada, mutilada, muerta y abandonada en algún páramo frío y desierto.

La problemática se configura también por la falta de respuesta de parte de las autoridades, que durante poco más de diez años, insisten en que las muertes y desapariciones son casos aislados. El caso más controversial lo representó el gobernador del estado, Francisco Barrio, un conservador que durante su gestión justificó los asesinatos con argumentos tales como el decir que las mujeres eran responsables de su desgracia por vestir minifaldas y acusarlas de llevar una doble vida. El funcionario llegó al extremo de decir que el número de desaparecidas y muertas estaba en parámetros de normalidad.

Declaraciones que permiten calibrar el contexto de impunidad que sin duda también contribuyó a la violencia, que hasta la fecha ha generado cuatro mil desaparecidas y más de cuatrocientos casos de homicidio.

De los que, por otra parte, sólo un porcentaje menor ha sido resuelto, como Jorge explica en el documento Seeking Integral Reparations for the Murders and Disappearances of Women in Ciudad Juárez: A Gender and Cultural Perspective que publicó recientemente en el Human Rights Brief de la American University.

Ahí explica cómo México, al suscribir varios tratados internacionales se sujeta a los más altos estándares de justicia, que implican un abordaje integral en la solución de los casos y reparación de los derechos a las víctimas directas –las desaparecidas y/o asesinadas—, indirectas –las madres o los hijos— y de grupo –las mujeres de Juárez, en este caso.

Reparaciones que van desde la restitución de derechos como el retorno al lugar de residencia para las madres que han sido hostigadas; la compensación en dinero y en especie por las oportunidades perdidas por ejemplo para los hijos de las muertas; el cuidado médico y psicológico como en este caso debiera otorgarse a las madres, para tratar los traumas sufridos; la recuperación de la dignidad de las víctimas que va dese la solución del caso hasta la realización de memoriales; y la no repetición de los siniestros, que implican por ejemplo la educación en derechos humanos para los grupos vulnerables.


III.


Jennifer y yo asistimos al segundo día del juicio.

Después de registrarnos con los carabineros en la entrada, entramos al salón de audiencias, en donde estaban por empezar las actividades del día con toda la solemnidad del caso. Nos pusimos de pie junto con el resto de los presentes – según lo ordenó con una voz firme un personaje de negro—, mientras los jueces pasaron al salón a ocupar sus lugares, enfundados en sus togas oscuras.

Entonces, con tremenda vehemencia e indignación, las abogadas que representaban a las madres, sintetizaron su caso en veinticinco minutos.

Contaron la terrible impotencia de sus representadas cuando los judiciales que las recibieron inicialmente en el ministerio público se negaron a tomarles la declaración cuando sus hijas estaban desaparecidas. Contaron cómo las reconvinieron para regresar a las setenta y dos horas, tiempo suficiente para descartar que anduvieran con el novio, para que entonces si se levantara un acta formal. Contaron la rabia que sintió una de las madres cuando socarronamente uno de los judiciales incluso sentenció que ella debería vigilar más cercanamente a su hija, pues “las niñas buenas están en su casa y las niñas malas están en la calle”. Contaron la desesperación de las madres, que sabían que esos tres días eran claves para encontrar a sus hijas, si es que todavía estaban con vida.

Contaron la perplejidad con la que las madres recibieron la terrible noticia del hallazgo de los cuerpos de sus hijas, desnudas y torturadas hasta dejarlas irreconocibles, en medio de un campo algodonero en Ciudad Juárez. Contaron cómo apenas hace dos años, gracias a la participación de un equipo argentino de medicina forense, pudieron confirmar la identidad de los cuerpos.

Contaron que en lo que va de la investigación las autoridades han señalado a nueve personas distintas como responsables del asesinato, de tal forma que a estas alturas, para las madres, los juicios del estado carecen de credibilidad. Contaron los tormentos nocturnos de las madres, a quienes en el insomnio siguen asediándolas las mismas preguntas desde hace ocho años: ¿Quién mató a sus hijas? ¿Cómo las mató? ¿Fue uno o varios asesinos? ¿Cuándo tiraron los cuerpos al campo?

Y encima de soportar la ineficacia burocrática de las autoridades han tenido que aguantar el hostigamiento, como que en lugar de investigar el asesinato se metieran a investigar su vida personal y a juzgarlas como niñas “muy vagas, muy voladas”; la negligencia en el manejo de pruebas, como el día aquel en que apareció una caja en el pasillo del ministerio público con el fémur, el pelo y la ropa de una de las fallecidas; y la ofensa que han representado las ofertas condicionadas de reparación, como cuando les dieron ropa usada como compensación.

Los veinticinco minutos de la parte acusadora terminan con una vehemente acusación de las abogadas: “Después de tanto tiempo sin solución, un crimen así sólo puede significar dos cosas: o existen agentes estatales involucrados directamente en las muertes; o son cómplices de los perpetradores.”

IV.



La tarea que enfrenta el Estado Mexicano para responder a las imputaciones se presenta como un desafío titánico. En principio, porque ya en la contrademanda escrita habían reconocido múltiples irregularidades iniciales en la investigación de las tres muertas de Campo Algodonero. Pero además, porque según la relatoría del primer día de juicio, en la fase de presentación de pruebas, el agente del ministerio público que compareció como testigo del estado en el interrogatorio, dio muestras fehacientes de su cantinflesca torpeza para hablar, y su evidente incapacidad para ligar dos ideas de forma lógica.

Sorpresivamente sin embargo, el Estado Mexicano deposita en la procuradora del Estado de Chihuahua, adscripción a la que pertenece Ciudad Juárez, más del 60% del tiempo para presentar los alegatos finales.

Y entonces, esta mujer bajita, pelirroja y entrona al más puro estilo norteño se planta desde su asiento y presenta con determinación de pastor protestante, evidencia dura de los resultados de su gestión: En cuatro años, 138 homicidios de los que la justicia arrastraba ignominiosamente han sido esclarecidos.

Y después, esta mujer que pronuncia Shihuahua en lugar de Chihuahua presenta una serie de argumentos para demostrar que después de años de negligencia, a partir del 2003, el Estado Mexicano ha dado pasos irrevocables para atender el caso de las muertas de Juárez: fiscalías especiales creadas, instituciones inauguradas, presupuestos designados, acciones de prevención, construcción de laboratorios en criminalística, coadyuvancia de expertos extranjeros, etc., etc.

Y también, por si eso fuera poco, afirma la procuradora, la reforma judicial integral que recién ha sido aprobada en México ha nacido en buena medida como producto indirecto de la conciencia que el caso de las muertas de Juárez ha representado para el país.

La procuradora termina de hablar.

Un desempeño elocuente, francamente inesperado.

Sin embargo es difícil tragarse el argumento. En parte porque sabemos que entre los funcionarios mexicanos una de sus mayores competencias consiste en presentar resultados increíbles en sus informes de gobierno. Y en parte porque todos –especialmente los que hemos experimentado la furia, el miedo o la desesperanza de ser maltratados por el ministerio público después de haber sido tocados por alguna desgracia-- sabemos que la justicia no puede existir en el microcosmos de estos personajes (demasiado alejados del universo fantástico que la procuradora ha reseñado) en donde funcionan como caciques de tierra sin ley que ponen más atención a la cotidiana torta de tamal y atole bien espeso que descansa sobre su escritorio, que al problema que el denunciante les plantea.

Y luego la última jugada del Estado Mexicano: Solicitarle a la corte se declare incompetente para escuchar y resolver asuntos vinculados a la Convención Interamericana de Prevención, Castigo y Erradicación de la Violencia contra las Mujeres (Belem do Pará).

V.


La sesión termina con la intervención del los jueces, esos decanos respetables de cabellos grises, sentados en lo alto de una tribuna, que saben que la sabiduría es algo que surge ahí donde uno se sienta hombro con hombro junto a otro, a deliberar.

Hombres y mujeres acostumbrados a escuchar sin sorpresa las más horrendas atrocidades. Hombres y mujeres que hablan con una parsimonia inverosímil, que pronuncian las palabras con cuidado de orfebre, con detalle de relojero. Preguntas hechas casi con ingenuidad, pero detrás de las cuales palpita la fuerza de la verdad:

¿Podría El Estado Mexicano documentar los éxitos que ha expuesto la procuradora? ¿Podría El Estado Mexicano aclarar qué significa para ellos 138 casos esclarecidos a la fecha? ¿Podría el Estado Mexicano precisar cómo todos esos fantásticos avances se han expresado tangiblemente en el caso de estas tres mujeres muertas en campo algodonero? ¿Podría el Estado Mexicano señalar cuántos funcionarios públicos relacionados con los errores e irregularidades del juicio, han sido consignados a la fecha y castigados por el abuso en sus funciones? ¿Podría el Estado Mexicano ampliar el razonamiento de su petición de que la corte se declare incompetente para resolver asuntos de la Convención de Belem do Pará? ¿Podría el Estado Mexicano explicar cómo, sobre la base de una investigación inicial viciada, ha podido, como dice, reencaminar el caso?


VI.

La sesión se levanta.

La corte recibirá conclusiones por escrito y dictaminará en los próximos seis meses.

Seguramente la resolución final de la corte --a pesar de reconocer los avances que el Estado Mexicano ha tenido--, lo conminará a ampliar el campo de acción en contra de la discriminación a las mujeres y a fortalecer la ejecución, la efectividad y vinculación de las acciones en la cotidianeidad de los asuntos judiciales.

Seguramente también, en el caso en particular de Campo Algodonero, la corte señalará al Estado como responsable y lo condenará a otorgar las más altas compensaciones y reparaciones para las madres de estas tres chicas muertas.
La justicia se habrá hecho. Sin embargo, quedarán en el aire las pregunta de siempre:

¿Cómo reparar la muerte de una hija? ¿Cómo curar el tormento de insomnios y malos sueños de años? ¿Cómo revertir el reflejo del miedo de años de indiferencia, abuso y hostigamiento de quienes se supone que están ahí para protegernos?

¿Cómo terminar con la discriminación y resolver el desequilibrio en las relaciones entre hombres y mujeres en Ciudad Juárez y en otros tantos rincones del mundo?

lunes, 30 de marzo de 2009

Reporte poético desde el fin del mundo

Cerca del fin del mundo hemos constatado que a diferencia de lo que algún día se pensó, ni Atlas sostiene el globo, ni la plataforma de la tierra descansa sobre el lomo de enormes tortugas...

Lo que sí tiene el límite austral del mundo es un cierto aire propicio a la pregunta. Y si a eso se le suma que en La Patagonia recién cruzamos al Chile de Neruda...


Hombre II

I.

¿Cuál es tu espacio prefigurado?
¿De qué chispa capital se prende tu nombre?
¿Qué deseo te trajo aquí?
¿Qué voluntades se abrazaron en tu origen?
¿Qué verbo te conjuga todo?
¿De los abismos de quién eres espejo?
¿Qué cuerda te lanzó como saeta?
¿En pos de qué blanco, de qué estrella?

II.

¿No es acaso un milagro,
que al borde de un desfiladero
infinito,
este cúmulo de fragilidades
que somos
sobreviva?

martes, 17 de marzo de 2009

Un Mid-Venturer en la Tipología de Plog

Recién Jennifer y yo descubrimos un estudio que realizó un psicólogo llamado Stanley C. Plog en los 70's. En su estudio propuso una tipología del viajero / turista que consiste en un continuo de seis personalidades viajeras que van desde lo más convencional hasta lo más aventurero.

Hoy en día el trabajo parece ya un tanto deslucido, pero según entendemos, esa perspectiva revolucionó la industria del turismo. En el extremo del espectro existe una categoría que se llama Authentic, y que básicamente consiste en alguien que en sus vacaciones prefiere un destino cómodo y de alguna forma predecible; alguien que no quiere sobresaltos excesivos y que tiene una expectativa de confort: aire acondicionado, cable, colchón mullido, escusado tan limpio que podría beberse el agua, margaritas en la piscina, masajes relajantes, largos bufetes de cocina internacional probada, transporte en la puerta del hotel...

En exacta oposición están los Venturers, trotamundos infatigables capaces de dormir semiencuerados en medio de la selva amazónica, hacer un trecking de tres semanas en Nepal sin bañarse, dormir con aborígenes a la intemperie en la estepa australiano, viajar a dedo sin escalofrío, comer con las manos guisado de serpiente o sesos de mono sin remordimiento, y sobrevivir sin el menor asomo de asco el baño de cualquier hotel hondureño de cuatro dólares la noche.

La cita es pertinente pues justo antes de llegar a Montevideo, tanto Jennifer como yo completamos un test para medir la tipología de Plog en una página relacionada, y descubrimos que nuestra forma de viajar en general, y el plan que nos montamos en Montevideo en particular, es propio de quien, como nosotros, cae en la categoría de Mid-Venturer.

El resultado del test nos permite confirmar que formamos parte de una categoría de viajero que comparte con los Venturers la pasión adrenalínica por lo novedoso y lo relativamente salvaje, pero mantiene intacto el afán de encontrar una guarida cómoda y segura por la noche; y, sobre todo, no cede a la extravagancia del paladar y otros pequeños caprichos de gourmet.

Ahora que, si bien muchas de mis reacciones espontáneas frente a todo lo que tiene que ver con la comida, la armonía del espacio y la comodidad del descaso delatan mi inclinación sibarita (mucho más que en el caso de Jennifer que conserva una cierta austeridad scout), mi perfil Mid-Venturer, está más bien asociado al entusiasmo que me generan los encuentros inesperados con personajes desconocidos.

El viaje me ha regalado la confirmación de que para mí no hay mayor placer que aquel que nace en el discurrir de las horas de charla en cuya intimidad, los que hasta ese momento eran perfectos desconocidos, se transforman en amigos entrañables. El disfrute que trae consigo el hallazgo de lo extraordinario en la de cualquier persona con la que nos topamos, no importa cuán normal parezca a primera vista. El deleite de compartir pequeños relatos asombrosos y anécdotas inverosímiles que desafían la creencia de que la vida está condenada inevitablemente a la inercia aburrida de la cotidianidad.

sábado, 14 de febrero de 2009

Tacuatí

“Para quien no sabe ver, la Tierra es tierra nomás.”
Atahualpa Yupanqui


Rubén, nuestro amigo, cuentero, habla sobre Tacuatí (el pueblo de su infancia) con intensidad y ternura. Como si quisiera, a través de sus relatos, llevarnos a sentir sus recuerdos. Como si nos estuviera compartiendo sus secretos de niño; aquellas cosas que tiene guardadas debajo de la cama, en sus bolsillos, en un cofre escondido en los laberintos de su recuerdo… Para él Tacuatí es sinónimo de infancia. De todo lo que era puro e inocente. Una tierra virgen y verde, a la espera de ser descubierta.

El trayecto a Tacuatí, hoy, se hace en 4 horas y media desde la capital de Paraguay. Pero hace años, cuando él era niño, el trayecto duraba todo un día. Para Rubén y sus hermanos esta travesía constituía en sí misma el inicio de la aventura. Viajar en un bus, que llevaba en el techo apiladas las pertenencias de los pasajeros, durante todo un día a través de un camino caliente y polvoriento para ser depositados en el cruce de caminos, a 40 kilómetros de la entrada del pueblo. Ahí, los padres con los siete hijos y sus bultos, debían esperar a que pasara algún conductor de camión o tractor que se apiadara de ellos y quisiera llevarlos hasta el pueblo.

El camino cruzaba por en medio de la floresta de un bosque que Rubén recuerda poblado por monos, aves, venados y tigrillos. No era extraño encontrarse con alguno atravesando el camino de tierra. Había sitios en que la vegetación era tan tupida que el cielo se llegaba a ocultar por completo, dejándolos en una selva oscura de sonidos y aromas. Cubiertos por follaje y rodeados de enormes árboles ancianos.

Tantos nos habló Rubén de Tacuatí que Arturo no pudo evitar pedirle que nos llevara a conocerlo. Y en pocos días, la excursión de un fin de semana se convirtió en un viaje que compartiríamos con la familia de Rubén más tres amigos españoles curiosos de explorar los rincones de Paraguay. Salimos un sábado a las 7 de la mañana. En Paraguay, a esas horas, el sol ya calienta con una intensidad insólita. Como si llevara varias horas colgado en el cielo.

El camino a Tacuatí, ahora a través de una moderna carretera, tiene verde por todas partes. Un verde que me iba deleitando la mirada hasta que Rubén nos hizo notar que los cultivos eran grandes extensiones deforestadas que hace tan sólo veinte años no existían. Durante estos años, el bosque de los recuerdos de Rubén había sido reemplazado por enormes cultivos de soya. Los majestuosos árboles habían sido talados y su madera procesada en uno de los tantos aserraderos que han sustituido a los paisajes boscosos.

Nos costó trabajo imaginar lo que oíamos. Cualquiera que pasara por ahí hoy no podría jamás adivinar que hubo alguna vez bosque. Sólo cuando nos señaló el tronco inmenso de un árbol –que por alguna extraña razón todavía sigue en pie- pudimos darnos cuenta de la magnitud de la deforestación.

“Todo el bosque estaba repleto de éstos árboles. Ahora no queda más que este, detenido, fuera de lugar, como señal de lo que se perdió”, nos explica Rubén.

“Cuando se acaban los árboles grandes, van por los chicos y cuando éstos se terminan, cortan los arbustos para convertirlos en carbón”.

Y como convocados por la conversación, aparecen en el horizonte varios hornos, humeantes, fabricantes de carbón. Carbón, madera y soya. En eso se ha convertido este paisaje. Los animales que aparecían en la infancia de Rubén sólo viven ahora poblando sus recuerdos.

“¿Y qué no existe una ley que prohíba tanta deforestación?” -le pregunto.

“¡Claro que existe!” -me contesta. “El problema es hacer que las leyes se respeten.”

La historia de toda Latinoamérica. Y como para remarcar el punto, nos cruzamos con dos camiones que van cargados de troncos.

El dilema de los cultivos de soya no es menor. La tierra boscosa, como la de esta región, no es buena para sembrar. Carece de los nutrientes necesarios. En su estado natural, esta carencia es subsanada por la hojarasca que producen los árboles del bosque. La hojarasca ayuda a fertilizar la tierra y volverla apta para que crezcan plantas y hierbas. Pero cuando desaparecen los árboles, desaparece también la hojarasca y la tierra queda desprovista de todos estos nutrientes. Sólo queda una tierra delgada y vacía. Forzada a servir para algo para lo que nunca estuvo preparada.

Los agricultores tienen que echar mano de poderosos fertilizantes y semillas super-resistentes que puedan crecer aún en estas condiciones precarias. Se trabaja la tierra a marchas forzadas, sin dejarla descansar. Sin dejar que siga un curso natural en el que la misma tierra se regenere para poder volver a ser fértil. De modo que en algún futuro, quizás no tan lejano, quedará totalmente desgastada, inservible.

“¿Y qué sucede con la soya?” le pregunto, después de kilómetros de cultivos verdes.

Lo curioso, nos cuenta Rubén, es que nadie en realidad sabe a dónde va a parar tanta soya. De hecho, se sabe que no se queda en el país. Sale hacia el río y del río hacia el mar, Brasil, Argentina, el mundo… Es decir, que los países que se están enriqueciendo con estos cultivos son otros. En lugar de sembrarla en sus países (porque no tienen tierra suficiente, porque quieren proteger sus bosques o porque tienen su tierra ocupada con otros cultivos) vienen a estos pequeños países a hacerse ricos. Curioso que la mayoría de los dueños de estos latifundios sean en su mayoría extranjeros…

Los cuentos de Rubén están repletos de imágenes del Tacuatí que él conoció hace veintitantos años. Un pueblo donde los niños convivían con el río y con los árboles. Y el río estaba poblado de leyendas y criaturas mágicas. Y el pueblo más bien parecía ser una extensión de su casa. Rubén y sus hermanos menores transitaban por las calles como una familia de patitos caminando por los alrededores de su río, con confianza, sabiéndose dueños del mundo. No había sitio para el miedo ni para la desconfianza.

Hoy, es distinto.

Durante los días que estuvimos en Paraguay, las últimas noticias hablaban de un supuesto grupo guerrillero que se estaba gestando en el departamento de San Pedro, específicamente en los alrededores de Tacuatí. Y para mayor alarma, cuando los militares comenzaron a requisar la zona, se encontraron con que varias personas tenían cultivos de mariguana en el traspatio de sus casas. Una mariguana, que según nos cuenta Rubén, se vende a precios ridículos, y que sólo al pasar la frontera, comienza a adquirir su precio real.

El pueblo, cuando lo conocimos nosotros, estaba repleto de policías y militares. Agentes de seguridad que a todos miraban con desconfianza, pidiendo papeles a diestra y siniestra. La gente ahora tiene miedo de salir de sus casas y cruzar el pueblo. Una simple salida al río puede convertirse en la escusa perfecta para terminar en la comisaría ante una serie de preguntas por no llevar papeles de identificación.

“¿Y quién lleva su identificación cuando va a bañarse en el río?” nos preguntamos, mientras unos militares nos detienen en el camino.

Llevamos toallas, traje de baño, bronceadores, una olla con arroz de chancho y una canasta tapada con un mantel de cuadritos. ¿No es obvio que vamos a un día de campo? El militar serio, investiga, pregunta. Pienso cómo en todas partes los militares son iguales. Intimidan con su mirada mientras se abrazan de sus armas. Suponen que en cada persona existe un delincuente en potencia. Al final, nos dejan ir.

Tacuatí en muchas cosas ya no es el Tacuatí del recuerdo de Rubén. Cultivos ilegales de mariguana, puestos militares de control, bosques deforestados y ríos luchando por permanecer limpios…

Sin embargo, él está empeñado en no dejarlo al olvido. Armado de cuentos se lanza a compartir las historias de su propio Macondo. Dispuesto a mantener vivo este rinconcito de tierra colorada que lo vio crecer. Y también por eso, vuelve.

Vuelve para visitar a la familia. Vuelve para trabajar y dar trabajo. Vuelve para entrenar al equipo infantil de futbol. Vuelve para contar cuentos y organizar conciertos. Pero también vuelve para no olvidarse de sí mismo. Vuelve, para ver si de casualidad, alguna tarde junto al río, lo sorprenda la mirada curiosa del niño que él alguna vez fue.

El Kurijú, un relato de Rubén Flecha

Una noche en casa de Rubén nos contó aquel cuento mítico de su infancia en Tacuatí con el que empezó a cautivar nuestra imaginación...



Fantasmas en el Hotel del Lago


Velada en el hotel del lago

El Festival de La Oralidad en el que Laura Ferreira nos invitó a participar tuvo como sede central al Hotel del Lago, que desde 1888 se levanta al pie del Lago Ypacaraí en San Bernardino.

El mismo de aquella vieja canción que parece estar universalmente presente en la memoria de los latinoamericanos de más de cuarenta: “Una noche tibia / nos conocimos / junto al lago azul / de Ypacaraí. Tu cantabas triste / por el camino / viejas melodías / en Guaraní…”



La noche del domingo, al término del festival, una vez que el hotel se vació de los turistas que lo atiborraron el fin de semana, los dueños del Hotel ofrecieron una cena (pizza, ensalada y sidra) al compacto grupo de turistas que decidimos permanecer a pasar la noche.

La tibia atmósfera silenciosa y recogida era propicia para contar historias. Así que los anfitriones nos deleitaron con algunos relatos de aquello que desde que rescataron el hotel de la ruina, han ido recuperando.

La reducida comitiva de visitantes –un abogado argentino, un escritor alemán, un par de cuenteros paraguayos y nosotros— escuchamos las voces intercaladas de Oswaldo y Alejandra mientras tomaban turnos al habla. Él iba tejiendo con picardía imaginativa, mientras ella contrapunteaba y aportaba evidencias sólidas para dar veracidad al relato.

Poco a poco, conforme sus historias se fueron construyendo y la noche avanzaba, nos fuimos convenciendo de que efecto, las habitaciones están impregnadas del espíritu de los viajeros que en otro tiempo las visitaron; fuimos creyendo la afirmación de que ciertamente, de tanto en tanto, en las noches de otoño, los fantasmas de aquellos personajes de otros tiempos se arrastran silenciosamente por los pasillos…


Habitación No. 19. La habitación del suicidio.

La década de 1880 a 1890 fue un tiempo de altas expectativas en el Paraguay. Coincidió que movidos por la trascendencia, en busca de su tierra prometida, llegaron al país varios contingentes de utopistas: un grupo de comunistas australianos; Moisés Bertoni, un connotado anarquista; y, Bernard Foster, un agitador ultraderechista y antisemita, cuyas ideas, según registra la historia, conforman el núcleo de lo que después sería la doctrina del nacional socialismo alemán.



Hipnotizado por las historias que escuchó sobre este sitio, en el que se regalaba tierra y se ofrecían todo tipo de facilidades a quien participara en la recolonialización (recién había concluido la Guerra de la Triple Alianza, de funestas consecuencias para el Paraguay) Foster vino al San Bernardino siguiendo el consejo de a un viejo amigo bachiller –un tal Bayer— que por aquellas épocas se ostentaba como dueño del Hotel del Lago.

Junto con su esposa, Elisabeth Nietzche (la terrible hermana del ilustre filósofo alemán), fundó en esta tierra fecunda la Nueva Germania. Después de varios años de haber habitado esta tierra, con historias fantásticas sobre el Paraguay, haciendo las más elevadas promesas de bienestar y riqueza, Foster convenció a un nutrido grupo de alemanes para que lo siguiera en su empresa y vinieran a esta región de Sur América.

A los dos años de haber llegado, la devoción inicial que los colonos sentían por Foster, se había convertido en animadversión pura y dura, pues todas sus expectativas habían sido frustradas y se sentían engañados: Ni había mercado para sus productos, ni la región tenía la infraestructura y vías para sacarlos hacia Argentina o Brasil. Al tiempo que varios de los miembros de la comunidad empezaron a contraer el pique, una enfermedad tropical cuya cura era bien conocida por los locales a quienes la altiva comunidad alemana se abstenía de consultar por orgullo de superioridad (un insecto que se introduce en la piel, pone sus huevecillos que se enquistan y si no son removidos oportunamente, producen una tonta muerte que evoluciona a partir de un cosquilleo inofensivo hasta las convulsiones de una intoxicación purulenta).

La animadversión llegó a tal punto que los colonos se confabularon para asesinar a Foster, quien intuyendo sus intenciones, escapó para refugiarse en el Hotel del Lago, junto con su amigo.

A la semana de haber ocupado la habitación número diecinueve, se suicidó.

Reconstrucciones posteriores hacen suponer que desde que salió huyendo de Nueva Germania, llevaba ya la clara idea de auto imponerse ese fatal destino. Oswaldo puntualiza que en aquella época, en la que el honor reinaba, no había otra salida para él. Existe además evidencia de que desde que salió de aquella tierra había tenido la precaución de poner todos sus asuntos en orden, arreglar la hacienda y dar instrucciones a un mozo fiel sobre el destino de sus bienes.

El derrotero de lo que ocurrió una vez que su cuerpo fue hallado sin vida es significativo pues reseña la catadura de su mujer Elizabeth Nietzche. Elizabeth fue notificada del deceso de su marido y se presentó en el Hotel del lago para reconocer el cuerpo. Al llegar, el comisario le refirió los pormenores de la muerte y le hizo saber que la evidencia del suicidio –el frasco del arsénico que Bernard había ingerido— se encontraba en un pequeño taburete junto a la ventana. Elizabeth entró en el cuarto, tomó el pequeño frasquito, lo ocultó en su bolso, con pretensiones de borrar para siempre la evidencia del suicidio y salvaguardar el buen nombre de su marido. Al salir del cuarto completa la faena preguntando al comisario: “¿a qué frasco se refería usted?”

Oswaldo señala que no es difícil dar crédito a este talante controlador y maquiavélico de Elizabeth. Es justamente esta faceta la que le ha asignado un triste lugar en la biografía de su hermano como una figura oscura y terrorífica, en parte responsable de su ulterior locura. Existe al menos evidencia epistolar de que mientras ella estaba en el Paraguay, Friederich le solicitó cortar todo tipo de relaciones, pues no comulgaba en absoluto con sus ideas…

A propósito de Elizabeth existen también versiones medio sensacionalistas que aseguran que cuando Friederich murió, ella consignó absolutamente todas sus pertenencias y no permitió que nadie entrara al cuarto de su hermano. Ella fue la única que entró y tuvo acceso a sus manuscritos – casi la totalidad de su obra inédita. Hay quien afirma que Elizabeth reescribió toda la obra, y que es quien le imbuyó un cierto sabor rancio que la hace empatar con ciertas ideas que después aparecieron en el corpus ideológico del nazismo de Hitler.

Sea como fuere, un indicio interesante está en el hecho de que al morir Foster, llegó a San Bernardino un envío personal del Fürer; un ramo de flores en homenaje a uno de los protofundadores del nazismo. Lo que hace sentido, pues se cuenta, por otro lado, que en efecto Paraguay fue el primer país en el que se fundó un partido nazi fuera de Alemania. Más aún, en la bitácora de aquel partido se señala que la primera asamblea tuvo lugar en patio trasero del Hotel del Lago, el mismísimo sitio donde Jennifer y yo recién presentamos nuestra función de “Viajes del Corazón”, la segunda noche del encuentro…



Habitación No. 24. Un amor prohibido.

En alguna primavera reciente, justo durante la restauración del hotel, aparecieron en la recepción tres respetables caballeros suecos: el director financiero de la fundación que otorga el Premio Nobel acompañado de un par de académicos investigadores de la Universidad de Opsala. Apenas se hubieron presentado hicieron dos preguntas a los dueños que los recibieron en chanclas veraniegas y salpicados de pintura: ¿Este hotel siempre ha tenido el mismo nombre? ¿Existe una habitación con una terraza integrada desde donde puede verse el lago?



Y así, respondiendo a las preguntas, caminando los pasillos, haciendo proyecciones de cómo sería la vista a principios del siglo XX, cuando los que hoy son árboles eran apenas arbustos, llegan todos juntos a la conclusión de en efecto, El Hotel del Lago, es el mismo sitio donde Ira Bachman se refugió escapando del desamor, destilando una pasión tormentosa y mal correspondida.

Es ese dato final es el que permite a los académicos resolver el enigma y confirmar que en efecto, los textos Días Sangrientos del Paraguay y Mi vida con Zelma, y las cartas de amor escritas al pie del Lago Ypacaraí que fueron mantenidas en secreto durante más de cincuenta años por una restricción testamentaria, y entregados recién en el 2003 a la universidad de Opsala, fueron escritos por la misma persona: Ira Bachman.

Es ese dato final es el que permite confirmar que Gösta Berling Saga, ly otros relatos en los que se describe el romance prohibido entre tres mujeres, y por los que Selma Lagerlöf fue la primera mujer en ganar premio nobel en 1924, no se trata de ficciones, sino de una crónicas…

Una de esas tres mujeres, una de sus amantes, fue Ira Bachman…

Habitación No. 14. La habitación del encuentro.

Hilda Ingenhol nació en Sudáfrica a finales del siglo XIX. Se le llamaba “La tigresa”. Se cuenta que se le llamó así por su vocación para cuidar y proteger jaguares y otros felinos lastimados. Cuentan que desarrolló esa inclinación bondadosa pues de pequeña solía acompañar a su padre en sus rondas de cacería en la sabana africana y quedó terriblemente afectada de ver cómo los hombres mataban a los leones.

Quizá fue el espíritu salvaje de Africa el que se le metió en los huesos y la hizo ser siempre una mujer poco común, adelantada a su época, rodeada de un aura de aventura. De ella se sabe, por ejemplo que fue la cuarta mujer en hacer un vuelo ininterrumpido alrededor del mundo y que participó en la primera guerra mundial como piloto aviador.



Se cuenta que llegó a Paraguay, rodeada por un velo de tristeza, a la muerte de su padre. Llegó a San Bernardino invitada por su prima, la hija del dueño del Hotel del Lago.

Echó raíces en el Paraguay, al punto que cuando empezó la guerra del Chaco, se presentó frente al presidente y se ofreció como piloto para pelear por su nueva patria. A pesar de que al presidente le sorprendió su arrojo, su oferta estaba demasiado fuera de lugar para ser aceptada por el orgullo viril de las fuerzas armadas paraguayas, y fue rechazada. El desaire no le impidió a Hilda para insistir en sus ganas de participar en la defensa y se alistó como enfermera. Su presencia determinada, su pragmatismo alemán y la experiencia que había acumulado en la primera guerra mundial la llevaron a ponerse al frente del contingente de enfermeras de forma natural, de tal suerte que terminó por ser nombrada como directora del hospital.

Así fue quedando claro para todos que Hilda no era una mujer como todas. Tenía un aura de misterio, y un afán curioso e infatigable. En San Bernardino compró vastas extensiones de tierra que preparó para la crianza de jaguares y desplegó su talento como musicóloga. Se cuenta que incluso organizó la primera orquesta de cámara en el pueblo…

Justo por aquel tiempo, el hotel del lago tuvo otro huésped ilustre: Antoine de Saint-Exupéry, el legendario piloto aventurero, autor de El Principito. Los registros del hotel confirman que Saint-Exupéry fue un huésped frecuente en la época en que piloteaba la nave que hacía la ruta de Río de Janeiro hasta Asunción, llevando el correo y algunas otras comisiones.

Tan es así, que hay indicios de que fue una experiencia que Saint-Exupéry vivió en Los Altos, una colonia alemana a diez kilómetros del hotel, la que le inspiró a escribir su obra maestra. Cuentan que en aquel sitio vivía una familia de nativos de ojos profundos y piel tostada. En medio de ellos nació un niño albino que era distinto de los demás, no sólo por el color blanco de su piel y su pelo de un amarillo clarísimo, sino porque además tenía la curiosidad ingenua y la voz suave de los indios. Cuentan qué durante los diez días que Saint-Exupéry pasó allá, se hizo amigo de ese extraño niño. Se les veía platicar mientras caminaban, bajo el largo sol de las largas tardes paraguayas…

La imaginación novelística de Oswaldo no para ahí. Afirma que existen suficientes elementos para su poner que Hilda fue la mujer ardiente y misteriosa con quien en la década de los treintas Antoine de Saint-Exupéry tuvo un romance tórrido en San Bernardino. Oswaldo asegura que ellos, —almas gemelas, apasionados aventureros— se encontraban secretamente, al amparo de la noche, en la habitación número catorce.

Cuenta que desde entonces esa habitación está impregnada de un aire exótico y romántico que se contagia, al punto de que a quien pasa la noche en ella se le incendia la piel y la imaginación, a tal grado, que es imposible conciliar el sueño…

En un gesto de gran anfitrión, Oswaldo se asegura de que los cuenteros mexicanos seamos asignados a esa habitación. Y mientras se despide de nosotros para ir a dormir, con un guiño, me desea felices vuelos al lado de “La Tigresa” quien, buenos augurios de por medio, esta noche de luna llena encarnará en Jennifer…