Mostrando entradas con la etiqueta B8.Sobre Narración Oral y Escritura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta B8.Sobre Narración Oral y Escritura. Mostrar todas las entradas

miércoles, 3 de marzo de 2010

Lo que vimos a nuestro paso por Latinoamérica II

Los desafíos de la profesionalización

Una de las primeras cosas que se hace evidente cuando uno tiene la oportunidad de recorrer el mundo de la narración oral latinoamericana, como recientemente pudimos experimentar Jennifer y yo, es que en este gremio –como en otros— es palpable la tensión entre la tradición y la vanguardia.

Así, mientras unos aún hallan respuestas en el canon de una práctica que hace veinte años hizo renacer con fuerza la cuentería en algunos rincones escénicos de Latinoamérica –gracias en parte a la contribución del cubano Garzón Céspedes— otros encuentran un anquilosamiento en sus premisas –que en no pocos sitios han adquirido la estatura de dogmas—, pues como escuchamos en más de una ocasión, es absurdo seguir pensando que hace narración oral sólo quien cuenta cuentos vestido de negro, narra en tercera persona y en pasado, y afirma implícitamente que sobre las tablas, gestos de orador grandilocuente puntúan efectivamente el relato.

Variaciones de esta y otras polémicas nos fuimos encontrando Jennifer y yo todo a lo largo de nuestro recorrido mientras departíamos acaloradas charlas de sobremesa con el gremio de cuenteros que se extiende entre el Rio Bravo y Tierra del Fuego. Y no es de extrañar esta vehemencia, pues pareciera que no sólo es cuentero quien cuenta historias, sino quien mantiene una postura visible sobre lo que narrarlas implica.

Sin embargo, aunque afirmar la diferencia parece ser el deporte predominante, (quizá motivados un poco por una cierta vanidad connatural a la vida de los escenarios), lo cierto es que no es difícil encontrar un denominador común que nos emparenta a todos los que formamos parte de este gremio: la aspiración de profesionalizar la cuentería.

La añorada profesionalización… Un tema que está literalmente en boca de todos los cuenteros, ya sean ticos o chilenos, argentinos o bolivianos, colombianos o peruanos, mexicanos o uruguayos…

Y es precisamente sobre una faceta de la profesionalización sobre lo que me gustaría bordar en este ensayo. Pues siendo consultor organizacional además de cuentero, no pude evitar darle una que otra vuelta al problema en cuestión todo a lo largo de nuestra ruta nómada.

En primera instancia me pareció interesante comprender que en términos llanos, para la mayoría de los cuenteros, ser profesional está ligado a la posibilidad de vivir del cuento. En otras palabras, es profesional a quien el mercado otorga un reconocimiento económico tangible en una escala tal que le permite una subsistencia decorosa.

En segundo lugar pude verificar cómo existe una cierta noción generalizada de que la ecuación de la profesionalización está conformada por dos variables: a. el aspecto de la oferta –los cuentos, como producto cultural de entretenimiento y educación; y la formación profesional del cuentero, como garantía de calidad—; y, b. el aspecto de la demanda –el desarrollo de públicos como consumidores del cuento; y, el desarrollo de canales que mediatizan esa demanda (teatros, bares, cafés, escuelas, etc.)—.

Así, la cuestión de la oferta parece ser la más naturalmente asumida por la mayoría de los cuenteros, pues como me escribiera el chileno José Luis Mellado en uno de nuestros intercambios virtuales, no es difícil aceptar la máxima de Stanislavsky con respecto a que la inspiración sólo sirve si nos encuentra trabajando. Es sólo en la depuración del trabajo narrativo que el cuentero encuentra su sello único.


Visto además de forma amplia, esa identidad artística constituye el motor primario de la demanda. Y es el público –al pagar una entrada—, o el auspiciador, –al financiar el evento–, los que ulteriormente le asignan un valor a la propuesta del cuentero.

De ahí también la tremenda responsabilidad que pesa sobre los hombros de cada cuentero. Primero, por asegurar la calidad del espectáculo que presenta frente a una audiencia, por humilde que sea. Y segundo, por demostrar una conducta aceptable al interactuar con cualquier interlocutor de la industria –auspiciador, dueño de canales o coordinador de festival. Pues, al constituirse de facto en embajador del gremio, su actuación impulsa o inhibe el crecimiento de la industria entera.

Ahora que si bien, tal como se ha dicho, la calidad de la oferta es una condición necesaria, está claro que no es suficiente. Pues puede darse el caso, como lo hemos testimoniado los que vivimos en países con un desarrollo profesional incipiente de la cuentería, de la existencia de espectáculos de muy alta calidad presentados semana tras semana frente a exiguos públicos que, apretados en las mesas medio incómodas de un bareto, pichicatean unas moneditas en el forro desgastado de la gorra que circula al final de la función.

Así pues, es necesario pensar la variable de la oferta de una manera estratégica. Un ejemplo de esta noción la presenciamos en San José, donde el Grupo Cuentiando—tres colombianos hablantines y un tico extravagante—, han aplicado por nota la lección de desarrollo de públicos que aprendieron en su tierra de origen. Su estrategia, que hace recordar el episodio mítico del Caballo de Troya, preconiza que primero, al público hay que ir a buscarlo proactivamente al sitio donde se esconde –las universidades, por ejemplo–; y posteriormente, si uno ha sido efectivo en la seducción inicial, ese mismo público gravitará por sí solo hacia los sitios donde se narran cuentos con lealtad de creyente de culto. Y, por si faltara más, pagará religiosamente la entrada. Con esa idea en mente, los Cuentiando se apuestan cada jueves en la plazoleta de la Universidad de Costa Rica a reclutar nuevos fieles, bien armados, eso sí, de sus artilugios verbales de culebreros antioqueños.


Sirva el ejemplo para remarcar la idea de que el fenómeno de la profesionalización no se reduce al eterno dilema de si el huevo o la gallina. Es necesario pensar el huevo y la gallina: fortalecer la oferta y desarrollar la demanda a un mismo tiempo. De lo contrario, pensar la profesionalización parcialmente equivale a condenar a la cuentería a un destino de arte menor ejercido por amateurs soñadores, siempre a la sombra de otras propuestas artísticas y de entretenimiento.

La buena noticia es que este doble desafío está cabalmente asumido en casi toda Latinoamérica. Cada movimiento, en cada país –con diferentes grados de madurez y en un punto diferente del desarrollo de su mercado— se debate en ambos polos de la ecuación de la profesionalización con ánimo irrecusable.

Así por ejemplo, el grupo Piiiipu! del Paraguay, ha comprendido que no puede ya vivir solamente de las glorias que el Festival "Ñe´e Jerépe” les otorgó al posicionarlos como los representantes de uno de los movimientos más jóvenes y vibrantes del continente. En el ámbito de la oferta exploran su capacidad de crear trabajo de cuentería ex profeso para dar soporte a programas de comunicación organizacional, como en el caso de los cuentos contra la discriminación laboral que desarrollaron para la OIT, o los cuentos anticorrupción que llevaron a cabo para la Suprema Corte de Justicia. Por su parte, en el ámbito de la demanda, han llegado a la conclusión de que necesitan separar el rol artístico-técnico del cuentero, del rol comercial del gestor cultural, pues sólo así es posible liberar energía para enfocarla en el hallazgo y concreción de nuevas oportunidades en el mercado.

Estos mismos cuenteros paraguayos, en conjunto con sus pares bolivianos han reconocido que una forma de hacer relevante la oferta de los cuentos para el público, es enmarcarla dentro de un contexto histórico-socio-cultural pertinente. Por esa ruta llegaron a la creación de algo que han llamado El encuentro boliviano – paraguayo. Pequeño festival que alterna su sede a uno y otro lado de la frontera del Chaco, y en donde en medio de una atmósfera de fraternidad peculiar, se cuentan cuentos del episodio en que Bolivia y Paraguay se sacaron la mugre a principios del siglo pasado.



Esta vocación de encontrar contextos relevantes parece ser el distintivo del movimiento en Bolivia, como nos lo mostraron Martín Céspedes y el grupo de colegas con quienes anualmente organiza el festival Apthapi. En conjunto, ellos han sabido acompañar el reposicionamiento quechua, aimara y guaraní que viven los grupos indígenas en su país, dando voz a las diferentes tradiciones orales que les pertenecen, al tiempo en que capturan las oportunidades presupuestales que representan los programas culturales que el gobierno de Evo Morales impulsa. En otros frentes han conseguido encontrar un nicho para la cuentería en recorridos por las calles viejas de La Paz, explotando la riqueza de sus leyendas y toponimias. Finalmente, para quien visita aquella ciudad no es raro encontrarse a un narrador contando cuentos a media noche en un sitio tan raro como una discoteca.

Argentina comparte con Bolivia el desafío de encontrar canales innovadores para presentar espectáculos de cuentería. Pues aunque sin duda eventos como la Feria del Libro de Buenos Aires puede contarse entre los más desarrollados del continente, al parecer los cuenteros no han conseguido pisar con suficiente fuerza los espacios teatrales en temporada regular. En cambio, se ha extendido la práctica de presentar funciones en el living de casas particulares, ofreciendo bocadillos y tragos como complemento al espectáculo, como nos tocó experimentarlo gracias al esfuerzo de Inés Grimland. Hay quien en esta práctica reconoce una buena dosis ingenio adaptativo, y quien la considera simple y llana claudicación. A nosotros en particular nos pareció una alternativa interesante, pues si bien es cierto que el living limita las posibilidades escénicas, es especialmente propicio para la creación de una intimidad peculiar que ayuda al desarrollo de la relación con el público.

Perú —como puede constatarse en el artículo que constituye la primera parte de esta crónica, en donde predominan las referencias a cuenteros de aquella nación andina—fue una estación cercana a nuestro corazón. Para nosotros, uno de los referentes indudables fue Cesar Wayqui Villegas, quien con su Trotamovimiento aborda con dinamismo el mercado y conquista espacios tan disímbolos como parques de atracciones o delfinarios.

Cucha del Águila es otra referencia imprescindible. Al lado de su equipo, en el Festival Déjame que te cuente, apuntala un foro nacional de aprendizaje y debate en donde se ventilan todo tipo de cuestiones. A nosotros nos tocó participar por ejemplo en la intensa discusión de cuáles son los límites que la profesionalización impone al gremio cuenteril a la hora de interpretar la tan masticada premisa de que rueden los cuentos. Pues si en la narración oral popular sería absurdo abrogarse la propiedad de un cuento, formar parte de un circuito cerrado de profesionales que compiten por un mercado sí implica un cierto estándar de respeto a las versiones orales y al repertorio ajeno…



François Valleys, por su parte, merece una mención especial por la simple razón de que su trabajo consiguió despertar nuestra curiosidad a pesar de que nunca lo conocimos en persona. No exageramos al afirmar que la penetración de su imagen al interior de su país supera en profundidad y extensión casi cualquier otro caso que hayamos visto en el continente. En Perú, François tiene el carácter de duende mágico, es reconocido por la gente de a pie al punto que su imagen ha sido utilizada en campañas institucionales de publicidad (http://www.youtube.com/watch?v=zcLZOOlQBXc).

Una parte de su trascendencia se explica sin duda por la calidad de su ejecución escénica. Pero otra –qué duda cabe— está asociada a la valentía con la que acomete la producción de sus espectáculos. Se cuenta que François se toma en serio aquello de que quien no apuesta no gana, y como ha aprendido a reconocer que la ganancia es una consecuencia de la inversión, no parpadea a la hora de hipotecar hasta la casa con tal de promocionar adecuadamente sus temporadas (http://www.youtube.com/watch?v=CsmSUJE-O9M).

Finalmente está el caso de Colombia, que más allá de cualquier duda, se ha constituido como el Hollywood de los cuentos al interior del continente.



Baste decir para soportar lo anterior que en ningún otro sitio del continente existen instituciones de gestión cultural tan maduras (como la Vivapalabra de Medellín o la Gaia Cultura de Bogotá que nos acogieron); públicos tan extensos; circuitos de festivales tan consolidados; escuelas de narración oral con programas tan completos; criterios de participación en festivales tan estructurados; o simplemente, la posibilidad real de vivir de un salario de cuentero.

Pero no por haber alcanzado ya esa visión que otros países del continente anhelan, Colombia se escapa de enfrentar demonios propios de su estadio de evolución, y que en un sentido anticipan los desafíos que cualquier labor profesional trae consigo:

El nivel de competencia que para su desarrollo ha sido esencial –y que es condición sine qua non de la calidad— puede por momentos actuar en contra de la solidaridad deseable entre miembros del gremio; o bien, sepultar en un mar de exigencia artística el puro gozo de contar que existe en otros ambientes artísticos menos avanzados.

Y por otro lado, si bien en Colombia la cuentería ha ganado la larga batalla de la identidad, y cuenta hoy con ciudadanía plena frente a su némesis histórica –el teatro—, actualmente enfrenta la amenaza de perder su especificidad frente al stand up comedy. Pues no sólo existe la tentación de tomar atajos que abran las puertas al éxito comercial de Pelota de Letras, sino que además, por incurrir en un humor explosivo y de fácil acceso al público, la cuentería podría perder su capacidad para conectarnos con y dar significado a otros perfiles de la experiencia humana que requieren un tejido y un ritmo narrativo de otro orden; de un tempo más espiritual...

sábado, 24 de octubre de 2009

Lo que vimos a nuestro paso por Latinoamérica:

Estilos, cuentos y cuenteros

“Por naturaleza, un contador de historias es un plagiario. Todo lo que se cruza con él –cualquier incidente, libro, novela, episodio vital, historia, persona, recorte de noticias- es un grano de café que será machacado, mezclado y al que se añadirá un toque de cardamomo, a veces una pizca de sal, se hervirá tres veces con azúcar y se servirá como cuento humeante y recién hecho”. (Rabih Alameddine El contador de historias)

De dónde obtiene cada quien sus cuentos es tan particular como cada individuo. Como descubrimos durante el viaje, a veces, no es tan importante de dónde obtiene uno el cuento (las fuentes) sino cómo lo trabaja (el estilo personal). Cómo prepararlo, sazonarlo y servirlo para que realmente se sienta como un cuento “recién hecho”. Es decir, que el cuentero logre contarlo como si fuera la primera vez que ese cuento se narrara en la faz de la tierra…

Algunos cuenteros buscan en la tradición popular universal los cuentos de su repertorio y aunque son cuentos sabidos y resabidos logran transmitirlos con frescura y originalidad. Cuentos como: La Cucarachita Mandinga, Caperucita Roja, Juan Bobo… que están esparcidos por todos los rincones del planeta. La característica de estos cuentos es que tratan temas universales y por lo tanto, resuenan profundamente en el público, sobretodo cuando son contados con intención.

Tal es el caso Juan Madrigal (de Costa Rica) y Chato Miguel (de Perú) a quienes vimos acompañar sus cuentos con guitarra, canción y mucha personalidad. Ambos integran al público, ya sean niños o adultos, durante su espectáculo para que entre todos jueguen a contar cuentos. Y entre las frases y personajes de sus cuentos se deja entrever su particular forma de ver el mundo.



Por otro lado, encontramos a varios cuenteros que deciden pescar historias en la tradición indígena de su país. Cuentos de la Amazonía o de los Andes peruanos que le llegan al público de hoy envueltos todavía con un toque antiguo de mundos mágicos y míticos. Con su propio estilo cada quien, Cucha del Aguila y Cesar Wayqui Villegas nos compartieron algunos de estos cuentos tradicionales peruanos.

Cucha nos hizo sentir que lo que contaba brotaba de sus propias venas y de su infancia vivida en la selva. En la mítica selva donde los que mueren pueden regresar al mundo de los vivos habitando el cuerpo de un pequeño pájaro.

Mientras que Wayqui reveló en su versión de la Mamá Raiguana el vínculo particular que tenía con su abuelo, de quien obtuvo gran parte del cuento. Raiguana, diosa-madre, que deshace partes de su cuerpo para que se conviertan en los alimentos de los antiguos andinos.




En Perú nos sorprendió también el uso de la música para acompañar los cuentos. En algunos casos, con sonidos sencillos provenientes de instrumentos ancestrales, que con dos o tres notas consiguen crear un ambiente propicio para la escucha. En otros casos, la música se convierte en un personaje más en escena, como el caso de Ana Correa, que cuenta a ritmo de cajón peruano. Con un dinamismo impactante y contagiable narra su cuento mientras golpetea la madera sin perder ni palabra ni ritmo.



Finalmente, escuchamos (aunque no conocimos) hablar sobre Francois Vallaeys, un narrador francés que durante años vivió y contó cuentos en Perú. Su estilo personal, marcado por el acompañamiento de un grupo de rock que musicalizaba partes de sus cuentos, se ha quedado grabado en la mente de quienes lo escucharon y quienes fueron sus alumnos.

Al llegar al sur del continente descubrimos que el gusto por la literatura de autor se siente en las elecciones de cuenteros chilenos, argentinos y uruguayos.

Nos llamó en particular la atención el trabajo que presentó el chileno José Luis Mellado en el festival Quiero Cuento 2008. Sus cuentos, contados en primera persona, con la potencia de escritores como Bukowski y la fuerza de una narración bien manejada, sostenida y limpia, se quedaron resonando en nosotros mucho tiempo después: imágenes surrealistas, caballos que conversan en un bar, personas que se elevan en el aire, nostalgias abrumadoras, recuerdos que jamás existieron…



Otro sitio desde donde un cuentero puede obtener sus historias es adentro de sí mismo. Buceando en su interior para obtener inspiración, la argentina, Inés Grimland, creó el espectáculo Juicio a los 50. Basado en anécdotas de su vida, sus relatos impactan, conmueven y hacen reír. Escuchándola relatar sus historias personales, donde habla, por ejemplo de los desencuentros que tuvo con su ex marido y las aventuras de ser divorciada, me llevó a preguntarme qué tanto de mi vida sería capaz de traducir a un texto oral, interesante. Pero más que eso -honestamente- ¿qué tan capaz sería yo de relatar mi vida frente a un auditorio? Se requiere valentía para contar como lo hace Inés. Plantarse frente a un público y contar historias que en su momento habrán dejado profundas heridas en el corazón.

También se requiere valentía para contar los cuentos que uno mismo ha escrito. Ficciones creadas por el mismo narrador. Durante nuestro paso por el Festival Déjame Que te Cuente 2008 en Perú conocimos a Angel Calvo, narrador-escritor. Nos confesó que él inventa sus propios mitos, tomando un poco de aquí y un poco de allá. Crea dioses, diosas, enredos, complicaciones, historias mágicas de la creación del mundo que bien podrían estar sacados de un libro de mitología.



Finalmente, en Colombia, nos impresionó la capacidad de Robinson Posada para llevar hasta las tablas de un escenario la vida de las comunas de Medellín. Cuentos crudos de humor negro que se vuelven vivos a partir de la interpretación de su personaje El Parcero y que llevan detrás de si una gran inversión en tiempo e investigación etnográfica. Sus cuentos, como el de aquella señora que termina asesinando equivocadamente a sus dos hijos, nos dejaron con la risa congelada, clavados en la butaca, atónitos.



Durante nuestra estancia en Medellín pudimos comprobar lo difundido que está el contar cuentos desde un personaje (algo que en México casi no existe). Descubrimos las ventajas y también los desafíos que implica esta forma de narrar. Aprendimos que hay una gran diferencia entre disfrazarse y contar desde personaje. No basta con ponerse un sombrero y hablar como campesino, es necesario crear el personaje, estudiarlo, casi encarnarlo. Desde el camerino comenzar a ser ese otro, jugar con las posibilidades del personaje, explorar hasta dónde sería capaz de llegar. Y sobre el escenario, disfrutarlo. Robinson nos mostró esto claramente.
Hablando de jugar con el público, otro estilo narrativo que nos impresionó en Medellín fue el que vimos con el espectáculo de cuentos africanos que presentaron Mauricio Patiño, Paul Ríos y otro colega de VivaPalabra cuyo nombre se escapa a nuestra memoria.. No se trataba sólo de una narración de cuentos sino que tomaba del teatro elementos como vestuario, escenografía, dirección y trabajo escénico pero sin perder la esencia de ser una narración oral.



Los cuentos africanos, extraños para nuestra concepción occidental, pueden llegar a parecernos absurdos pues suceden cosas aparentemente sin sentido ni causa. La resolución que le dieron a esto los cuenteros me pareció acertada y con un buen toque de humor. Se permitieron jugar con estos absurdos, soltar su creatividad e invitar al público a transitar con ellos por los caminos circulares de la tradición africana.
Fueron muchísimos los cuenteros y estilos narrativos que vimos durante el viaje y que sería imposible reseñar aquí. Pero basta decir que hubo varias propuestas artísticas más que nos emocionaron. Sobretodo, aquellas que nacían de una búsqueda genuina. Las que respondían a misteriosas causas vitales donde el recorrido de vida personal se convierte en el motor que enciende la llama creativa.
En conclusión, todo lo que vimos durante el viaje nos abrió los ojos. Nos dimos cuenta de las infinitas posibilidades que tiene la narración oral; la inmensidad de formas que puede adquirir sin perder su esencia. Descubrimos que no se gana nada encajonando a la cuentería en reglas estrictas que bloqueen la creatividad del narrador. La propuesta sería más bien explorar las posibilidades expresivas de cada quien para encontrar el propio estilo personal, la identidad narrativa.

Cada cuentero tiene el derecho a elegir sus cuentos y a descubrir la forma en la que quiere trabajarlos. Pues esto es lo que hará que sus cuentos queden registrados por mucho tiempo en el alma de quien los escucha. La identidad del narrador es lo que hará que sus cuentos se sirvan, cada vez, como si fueran una taza de café recién hecha, humeante, apetecible y única.

martes, 26 de mayo de 2009

El señor de la fotografía...


1.

El señor de la fotografía cumple con la primera condición de un cuentero, que es tener buena memoria.

Guarda recuerdos de una edad tan temprana que su madre piensa que se los inventó, o los reconstruyó de una imágen. Recuerda con precisión, por ejemplo, que había un camión de bomberos a estacionado frente a casa de su abuelo el día que sus padres lo dejaron ahí y salieron corriendo a exiliarse al sur de Chile, perseguidos por la dictadura. Tenía dos años apenas entonces.

Guarda el recuerdo del clarinete de su abuelo, que lo salvó de la nostalgia de no estar con sus padres. Guarda el recuerdo de las flores que iban y venían por casa de su abuela, en donde se alternaban las rosas y los juncos.

2.

El señor de la fotografía cumple con la segunda condición de un buen cuentero, que es ser un poco excéntrico.

Usa una vieja chaqueta de cuero que pudo haber pertenecido a algún miembro de la resistencia francesa en la Segunda Guerra Mundial ,y uno que otro día cubre su cabeza con una gorra que recuerda a Ernesto Guevara.

El señor de la fotografía espanta el pánico que lo ataca antes de iniciar una función haciendo movimientos que sugieren un pasado como practicante de capoeira y segunda voz en el coro del domingo en la parroquia de San Diego de Alcalá, en Conchalí.

Está habituado a los baños de realismo mágico, como cuando vivió al pie del zoológico de Santiago. Despertaba todos los días con los mugidos de la elefanta Fresia y rodeado por un tufo de bosta de león que metía por la ventana un vientecillo alicio que venía flotando desde la región intertropical de Sudamérica.

3.

El señor de la fotografía cumple con la tercera condición de un buen cuentero, que es estar un poco inadaptado.

Se queja cuando le sirven por tercer día consecutivo el mismo menú. Se queja por partida doble si el menú es bandeja paisa. Pone cara de pocos amigos cuando tiene ganas de dormir y alguien lo inportuna.

El señor de la fotografía es lo que se llama también un revolucionario, un idealista, un loco. Es de esos de los que se dice que tienen amor al arte. Es de esos que provocan síncopes a los padres que piensan que su hijo ha elegido por profesión una actividad de esas que auguran hambres a quienes la practican.

El señor de la fotografía cree tanto en contar cuentos que le enseña a otros a hacerlo. Los alumnos a los que formó hace ya años cuentan que antes de subir al escenario siguen escuchando la voz del señor de la fotografía. Esos alumnos no sospechar que al decir así, incurren en un paralelismo con algo que dijo un psicoanalista francés de nombre Lacán: "una buena interpretación es aquella que el paciente puede soñar de la boca de su analista."

El señor de la fotografía se rebela contra los que pretenden vestir el gremio de la narración oral de ortodoxia: los que piensan que sólo es cuenta cuentos quien lo hace vestido de negro, en pasado y tercera persona. Se rebela contra los que monopolizan la verdad en el gremio. Se rebela contra los que subsisten poniendo más énfasis en la relaciones con los productores que en la calidad sobre el escenario. Se rebela contra los que por arte de magia desaparecen cínicamente la plata que se ganaron otros con su oficio de palabras.

4.

El señor de la fotografía conoce infinidad pequeñas anécdotas interesantes que se apartan del lugar común, sobre cualquier objeto que uno le señale en el paisaje de su pueblo.

Sabe, por ejemplo, que los mapuches que nunca fueron conquistados por los españoles son testarudos y hablantines. Que se comían el corazón de sus enemigos más bravos creyendo que así se alimentaban de su valentía.

Sabe que en la época de la conquista, para atraer más fieles a sus servicios, los frailes de la orden de las mercedes colocaron en la catedral un enorme órgano de viento, gran atractivo de la época.

Sabe que viendo menguar los fieles de su rebaño que escapaban al corral de los vecinos de las mercedes, los frailes franciscanos de la época, tuvieron la brillante idea de malograrle a sus contrincantes espirituales el espacio. En un acto impío del que después se confesaron, inundaron aquella iglesia tan concurrida de ratones y mierda.

Sabe que Pablo Neruda era narcisista, oportunista e ingrato. Que era un socialista sui géneris que no veía contradicción entre su marxismo y su cosismo. Que sus casas están llenas de objetos de dudosa procedencia que viajaron medio de contrabando en su valija diplomática. Que en su época, Pablo Rokha, otro poeta chileno, le hizo la guerrilla literaria a Neruda cuando le parafraseó su poema (Amo el amor de los marineros que besan y se van) y le hizo ver que Neruda era más bien de los maricones que besan y se van.

Sabe que Salvador Allende era médico de profesión. Sabe que justamente su médico de cabecera fue el único que presenció su suicidio y guardó el secreto durante años, pues a nadie se le ocurrió preguntarle cómo había muerto el presidente. Sabe el soldado traidor que lo encontró muerto no se apartó de la curiosa manía militar de señalar que se había volado la tapa de los sesos con la AK47 que meses antes le había regalado Fidel Castro. Sabe que hay algo de justicia poética en el hecho de que Michelle Bachelet sea ahora la primera presidenta de izquierdas después de Allende, pues ella también es médico de profesión.

Sabe que en la época de la dictadura, los rebeldes se juntaban en un teatro del centro de la ciudad a ver comedia y sátira ligera. Que en los intermedios intercambiaban pequeños papelitos con consignas y panfletos contra Pinochet. Sabe que la resistencia se identificaba con el Pez Ictus, que era también el signo de los primeros cristianos perseguidos.

5.

Pero sobre todo, el señor de la fotografía es un cuentero.

De esos que consiguen convencerlo a uno de que la realidad es ficción y que la ficción es realidad. De esos que hacen que uno abra los ojos para escuchar mejor.

El señor de la fotografía es capaz de convencerlo que había un hombre común y corriente, como usted y como yo, que después de beberse unas cervezas en el bar de la esquina de la ciudad, salió volando una noche.

El señor de la fotografía es capaz de convocar a sus tripas toda la nostalgia que existe en el mundo y hacerlo enternecerse hasta las lágrimas por un caballo maltrecho y viejo. Cuando le cuenta que no pudo evitar adoptarlo y llevarlo a su departamento cuando el cuaco le lanzó una mirada de lástima en plena calle. Cuando le cuenta que por aquel maldito cuadrúpedo, se peleó con su mujer hasta el punto en que ella lo abandonó. Cuando le cuenta, mientras se bebe todo el whisky del bar que el caballo está dando sus últimos resoplidos de vida en la calle, a punto de morir, sin poder dar un paso más. Cuando le tiembla la barba evocando el desamparo de la última mirada moribunda de la bestia.

El señor de la fotografía, cuando cuenta cuentos, es capaz de hacerlo recordar a la novia aquella de juventud, esa que usted amó más que a ninguna otra, y que se desvaneció de su vida sin mayor explicación. Es capaz de hacerlo recordar esa sensación de ser un perro sin dueño. Es capaz de hacerlo recordar la rabia que sintió por todo lo que tuvo que borrar de su vida para sobrevivir. Es capaz de hacerle recordar lo que se siente asomarse a todos los rostros para ver si es que entre esa multitud, algún día, ella vuelve a aparecerse...

6.

El señor de la fotografía es un cuentero que vive en Chile.

Se llama José Luis Mellado.

Y desde hace unos meses, cuando la sincronía del viaje nos deparó un encuentro, lo llamo amigo.

lunes, 20 de abril de 2009

Notas sobre el desafío de convertirse en escritor I. La tentación de Capote


Después de casi un año de viaje, la aventura de escribir con una intensa frecuencia sobre lo que nos va pasando en el recorrido va dejando trazas reflexivas. Lecciones aprendidas, cuestionamientos, reflexiones, que vale la pena consignar.

Uno de los ámbitos de reflexión que ha sido recurrente en nuestra labor, ha sido el que está asociado a la ética del escritor.

Pues en contraste con la psicología, en donde me tocó mamar un marco ético ya ensamblado –
confidencialidad, neutralidad, abstinencia, trabajo terapéutico personal, supervisión de casos, etc , premisas que he experimentado de primera mano en mi práctica profesional siguiendo los preceptos del psicoanálisis (que es sin duda la orientación teórico-práctico-clínica más estricta al respecto)—, a la escritura he arribado por una puerta distinta, la de la intuición, y por lo tanto, sin un marco ético inicial.

Y en esta aventura empírica he elegido construir mi propio código paso a paso (obviamente hubiera sido distinto si hubiera estudiado periodismo, o antropología, en donde me hubiera tocado heredar un referente moral). Construir ese marco a partir de los desafíos cotidianos que la escritura me plantea, e inclusive –siempre sobre la base de un cierto sentido común y consideración al sujeto sobre el que escribo— como producto del ensayo y error, que implicará, qué duda cabe, pisar algunos callos... Lo cierto es que en el viaje hemos escrito textos en un muy amplio espectro. Y ciertamente, cada una de las categorías textuales tiene sus propias implicaciones cuando de ética se trata.

En este artículo me concentraré específicamente en reflexionar sobre un tipo de texto que podría ser caracterizado como reportaje periodístico – etnográfico, que es aquel en el que se reseñan opiniones, anécdotas, relatos y caracteres que encarnan personajes concretos con los que nos hemos encontrado a lo largo de nuestro recorrido.

Sin duda, el reto más complejo que he enfrentado al tratar de escribir este tipo de textos es vencer la tentación de convertirme en Truman Capote, quien construyó su ser escritor en la explotación proactiva de sus informantes y terminó enemistado con todas las personas sobre las que escribió. Truman Capote, quien a propósito del malestar con que varios de sus amigos poderosos reaccionaron a los textos en donde los reseñaba contestó: “¿Qué esperaban? Soy un escritor y me sirvo de todo. ¿Pensaron que me tenían para entretenerlos?”.

La tentación de convertirse en Truman Capote es difícil de esquivar, pues es muy fácil poner la historia por encima de la persona y sus sentimientos; al redactar la historia existe una inercia del texto que pide a gritos saltar las vallas, transgredir las fronteras, aún si esto implica vulnerar la intimidad de las personas que uno escribe; pues cuando uno escribe ciertos pasajes impactantes, no está exento de sentir cierto deleite frente al infortunio ajeno, especialmente si eso contribuye al impacto del texto; pues, hay que reconocerlo, en el fondo de nuestra psicología depredadora, palpita un muy humano gusto por la sangre…


Y es que la sangre es tan atractiva para un escritor. ¡Porque uno tiene tantas ganas de contar cosas potentes y relevantes!. Y todo escritor tiene el deseo de mostrar la realidad con todo su color descarnado; uno tiene ganas de destrozar todos los tabús y que no medien cortapisas entre el texto y el lector. Pero lo cierto es que si no se auto impone ciertos límites, es bien fácil perder el rumbo. Aún si uno escribe con buena fe, es imposible no herir susceptibilidades, tal como he podido atestiguado en el transcurso del viaje.

Hago un recuento de algunos de los traspiés y los desafíos que he tenido en esta incipiente vida de escritor:

¿Quién soy yo para verter opiniones contundentes sobre la política y la traza histórica de los países que hemos visitado –sitios que desde la perspectiva de algunos de nuestros amigos y lectores esencialmente desconozco—, pues qué se puede realmente decir después de apenas un mes de estar en un sitio? Pregunta o reclamo que ya he escuchado en más de una ocasión y que me hace pensar que frecuentemente no sólo juega el texto en sí –cuyas apreciaciones pueden ser precisas y estar bien escritas—, sino que también está en juego la credibilidad, que, como en otras áreas de la labor humana, se nutre de la profundidad de la experiencia acerca del fenómeno sobre el que se escribe.

Me ha pasado también que alguien encontró una traza machista en alguno de mis textos. Si bien no termino por ponerme el saco de este señalamiento, que es posible que al escribir espalda con espalda con Jennifer, cuya narrativa surge de una intensa mirada femenina, me haya sentido inclinado a afilar ciertos puntos de vista que responden más a una mirada masculina. Pero también es posible considerar la realidad de que el lector es tan autor del texto como el escritor, y que con su lectura frecuentemente atribuye al texto características que él mismo le ha proyectado.

Ha habido quien se sintió expuesto por lo que escribimos sobre él. Quien me ha pedido censurar partes del texto – fragmentos que desde mi perspectiva eran esenciales para perfilar su carácter—, pues la revelación lo comprometía en un entorno aún inmaduro para aceptar algunas partes relativamente progresistas y liberales de su historia.

Hay quien entre las personas que hemos conocido y visitado se siente ignorado u ofendido porque no apareció en las crónicas, o no elegimos sus perspectivas para representar nuestras opiniones.
Y me ha pasado que a veces simplemente las historias se quedan encapsuladas, sin posibilidad de escribir sobre ellas, porque hacerlo entrañaría lastimar indirectamente a nuestros amigos. Como por ejemplo cuando nos ha tocado testimoniar el dolor que la muerte –todavía demasiado fresca, todavía demasiado presente— ha dejado a su paso.

A fuerza de escribir en este año, he terminado por aceptar que a veces, por pudor, por consideración a la intimidad del otro, no se puede decir lo esencial –aquello que inclusive constituyó el resorte inicial que me movió a querer escribir la historia. He terminado por aceptar que uno muchas veces tiene que refrenar los juicios y ceñirse a los datos. Y, cada vez con menos frustración, acepto que para preservar la integridad de aquellos sobre los que escribo, es preferible optar por una prosa relativamente ingenua y desprovista de todo filo, aún si eso implica sacrificar la ironía o el sarcasmo, recursos que están universalmente presentes en los buenos escritores...

Lo cierto es que, poco a poco, conforme la experiencia se ha ido acumulando en nuestro recorrido, he terminado por establecer una serie de márgenes éticos y desarrollar un cierto protocolo de control que no parece tan malo para cualquier reportaje periodístico-etnográfico en el que abordo la historia de alguien real, con nombre y apellido: concentrarme en el lado luminoso de las personas; diversificar las fuentes de investigación y citarlas cuando quiera que hay temas controvertidos; compartir con Jennifer los textos antes de ser publicados para que su pertinencia mitigue mi sed sensacionalista; y asegurarme que las personas sobre las que escribo tengan la oportunidad de pronunciarse oportunamente sobre el texto, haciéndoselos llegar antes de la publicación en el blog.

También he terminado por hacerme a la idea de que las imágenes intensas que intuyo como materia prima para ser consignadas en la escritura, pero que comprometen la intimidad o el buen nombre del sujeto, pueden ser materia prima para un trabajo de ficción, o incluso, con suficiente paciencia, para un texto en el que –con un lapso de tiempo de por medio, la debida discreción con respecto a la identidad y un tratamiento de condensación de personajes— satisfaga mi necesidad de plasmar la historia...

lunes, 9 de febrero de 2009

Romance con la palabra hablada -- Parte II

I.

El objeto más preciado que tuve desde pequeño fue un aparatito de radio que me regalaron mis papás. No escuchaba casi música, pues lo que a mí me gustaba era escuchar programas en los que la gente hablaba. Programas hechos de palabras.

Entre los ocho y los doce años, a la hora de irme a dormir, ponía el radio debajo de la almohada y me quedaba horas escuchando la radio.

Escuchaba con fidelidad de genuino aficionado todos los partidos de futbol, así se tratara de la intrascendencia del Curtidores contra el Zacatepec; escuchaba todos los partidos de beisbol de los Diablos y los Tigres de la liga mexicana, y cuando mi radio estaba de buen humor, escuchaba también las transmisiones que Jaime Jarrín hacía de los juegos de los Dodgers, desde Los Ángeles –“la bola se va, se va, se fue… despídela con un beso”—; escuchaba compulsivamente, una y otra vez, las mismas noticias en los resúmenes deportivos de los domingos, hasta bien entrada la noche, a la hora en que se hacía la crónica de la corrida de toros ; escuchaba espantado y con intriga escatológica los casos que se presentaban todas las noches en la W, en un programa llamado Inocente o Culpable en el que el público hablaba para pronunciarse a favor o en contra de los indiciados en los casos del ministerio público; escuchaba programas de mesa redonda a los que de vez en cuando invitaban al Padre Chinchachoma, aquel cura medio loco que trabajó durante años al lado de los niños de la calle de la ciudad de México, tratando de devolverles la sensación de valía en sí mismos con la metáfora de que un diamante es un diamante, aunque esté sepultado por una tonelada de caca.

Y es que el magnetismo hacia el aparatito estaba más allá del interés que podrían haberme generado aquellos programas, por más que genuinamente me gustaran. Escuchaba la radio, sobre todo, porque las palabras me tranquilizaban y me hacían sentir acompañado. Escuchaba la radio porque a mí la angustia no me dejaba dormir.

Era una leve asfixia atenazadora, una especie de inquietud silenciosa y aislante, una melancolía con tonos de soledad que me acompañaba casi siempre, se intensificaba por las noches y se agudizaba especialmente los domingos, conforme la tarde caía.

II.

A propósito de este recuerdo hace poco vino a mi memoria mi profesor de teorías de la personalidad en la Universidad. Noriega, tenía un rollo con la palabra al punto que de todas las escuelas de psicoanálisis eligió la alternativa lacaniana para su práctica, y su trabajo ha estado siempre asociado a las poblaciones de niños sordos.

Una de aquellas cátedras en las que las historias se le desbordaban en cascada, nos contó una anécdota a propósito de la línea que separa la animalidad de la humanidad, la biología de la psicología:

Cuentan que hace varios siglos se asumía que el lenguaje era una manifestación divina que el creador directamente la infundía en el hombre. Cuentan que en algún sitio de Europa surgió una controversia entre los sabios, que no conseguían ponerse de acuerdo a propósito de cuál era la lengua que Dios elegía de forma natural para manifestarse en los hombres– el latín, el griego o el hebreo.

El rey de aquel sitio, un tipo curioso e inclinado a departir con los sabios, ordenó llevar a cabo un experimento para zanjar la cuestión. Mandó llamar a la persona que dirigía el orfanatorio que recibía a los niños abandonados en aquel sitio y le indicó que de entre todos los recién nacidos que fueran recibidos a partir de ese día, fuera separado un grupo de veinte niños. A estos bebés deberían administrárseles los cuidados necesarios para sobrevivir –alimento, cobijo y limpieza—más ninguno de los cuidadores a su cargo podrían hablarles.

La restricción de dirigirles palabra alguna revelaría, después de un tiempo prudencial de crianza, cuál era la lengua que espontáneamente los niños hablaban, y consecuentemente, aquella que era la favorita de Dios.

Cuentan que las cosas ocurrieron según el designio del soberano y los recién nacidos del orfanato fueron tratados según sus indicaciones. A los oídos de ninguno llegó jamás palabra alguna.

Para sorpresa de todos, el experimento concluyó antes de tiempo, pues antes de que se hubieran cumplido los seis meses todos los niños, sin excepción, habían muerto.

Y es que en efecto es sólo al calor de la palabra que la vida es posible; es la red del lenguaje la que nos anida y nos inyecta vida; es ella la que nos arranca de la soledad y nos da cabida entre los hombres, y solamente si la palabra nos alcanza y nos penetra, devenimos ulteriormente humanos.

III.

Cuando cuento cuentos para cualquier auditorio –niños chicos y niños grandes—, imagino que me escuchan a través de un pequeño radio debajo de la almohada. Seguramente también ellos, de vez en cuando, al caer la tarde, necesitan palabras que les acompañen mientras luchan contra una leve asfixia atenazadora entre ombligo y garganta.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Tríalogo imaginario entre cuenteros

A Cucha del Águila y al Chato Miguel,
amigos entrañables, personajes de cuento


En los albores de la narración oral escénica, en un país que se abre entre la Amazonía y la Cordillera de los Andes, tres jóvenes cuenteros (en esa época…) departen alrededor de una mesa en donde no falta licor.

Sienten una novedosa pasión por contar cuentos, y todos se agitan con intensidad cuando de comerse el coco alrededor de una cuestión se trata.

Esa noche se han juntado para plantearse un dilema: ¿De entre los tres elementos críticos de la narración oral –el cuento, el cuentero y el vínculo— cuál es el más importante?

Es el cuento –toma la palabra Tingo, la chica de la selva. La historia en sí. Es el contenido el que está destinado a tocar al auditorio. La historia es el espejo en el que el escuchante se refleja. Es la historia la que lleva una simiente que se instala en las tripas de una persona; la que le revolotea, lo trastorna y lo transforma.

Es la historia la que lo interesa, la que lo cautiva: años después de que se ha escuchado una historia, puede haberse olvidado del todo al mensajero y el momento en que ocurrió, pero la historia permanece alojada en la memoria; continúa actuando sobre el pálpito cotidiano del corazón y del respiro.

El cuentero camina siempre sobre los hombros de otros hombres: los antepasados que construyeron un linaje hecho de historias; los escritores que diseñaron castillos de palabras; los viajeros que fatigaron el camino; otros cuenteros –hoy anónimos— que recopilaron la sabiduría de un mundo en que los animales hablaban y no siempre el más astuto y rápido es el que gana. El cuentero tiene una deuda con ellos y debe hacerles justicia en su relato.

Por ello, es esencial el gusto para seleccionar el texto; el cuentero se nutre del lector y del recopilador de historias; la boca del cuentero es la extensión de su ojo, es la otra cara de su oreja. Debe desarrollarse con la devoción de un gourmet.

Justo por ello es tan relevante la pertinencia para traducir un texto en versión oral, pues es el abordaje que el cuentero hace sobre el texto original –lo que se dice, lo que se calla— lo que determinará la potencia que tenga el relato al ser escuchado; siempre bajo el afán de encontrar parsimonia: que no sobren ni falten palabras para decir lo que se quiere decir.

La relevancia del cuento hace que en cierto grado sea deseable la neutralidad en el cuentero, pues nada debe interrumpir el flujo de la historia hacia el público. El cuentero, en le ejecución, sólo un instrumento. Él será tan bueno como lo sea su repertorio.

Vista así la narración oral es, en estricto sentido, el último eslabón de la recopilación etnográfica y de la literatura:

Al final – dice la Chica de la Selva— son las historias las que aceleran el paso del tiempo en los velorios; son las historias compartidas las que salvan a los presos políticos en las cárceles del mundo; son las historias todo lo que en realidad sabemos sobre aquel hombre que murió en Palestina en la cima de un monte árido, colgado en una cruz.

Toulouse, el francés, replica con picardía: “En realidad se trata del cuentero”. ¿No es acaso que la narración oral se trata en último término del juglar que va de pueblo en pueblo trasladando historias? Es el juglar el que con su irrupción en la rutina del pueblo crea un estado de excepción; establece un corte en el la monotonía anímica del hombre del pueblo.

La narración oral se define por este alto ritual forzado por ese personaje que tiene algo de charlatán, algo de bufón, algo de sacerdote.

Es más, apuntala el francés: en última instancia contar es como filosofar. Las ideas (las historias) no son tan importantes, pues ninguna habrá que realmente permanezca; ninguna hay que valga más que la realidad de nuestra muerte... Es más importante el acto de filosofar, verbo que siempre se actualiza en presente, y que es indivisible de aquel que lo encarna, el filósofo (el cuentero).

Si tuviera que conceder unos cuantos palmos, el francés estaría dispuesto a reconocer que acaso la apuesta del narrador (como la del filósofo) es que el escuchante de historias sienta una comezón por emular al cuentero y fabricarse las suyas propias.

Pero por el momento no está dispuesto a ir tan lejos y abrir un flanco débil frente a sus interlocutores. Por lo pronto, como él sostiene que cada uno debe ocuparse de lo suyo, el cuenta cuentos empieza y se agota en sí mismo…

Así, como quien cuenta, filosofa a un mismo tiempo, no importa tanto sobre qué se cuenta –las historias irán y vendrán— importa más bien el hecho en sí de contar. El texto, la anécdota en sí, además, serían pronto olvidadas si no fuera porque la voz, el carisma, el ingenio del cuentero el que la hace asequible, viva, y en última instancia memorable para el auditorio.

Es por el rol que tiene el cuentero como el mensajero, que es esencial que esté listo para la calixtemia escénica, en la que su cuerpo se alíne totalmente a su intención comunicativa. Que desde el dedo pequeño del pie hasta la más insignificante de sus pestañas estén confabuladas para hechizar al público.

Por ello también, es fundamental que la voz tenga el filo que necesita para esculpir el aire y entregárselo al público en un gesto de mago; que la voz pueda fluir con ligereza de brisa, golpear con dureza de mazo, o convertirse en una ridícula piedra inmensa al pie del escenario.

No es posible prescindir, en este escenario, de una estrategia histriónica que acompañará la danza del cuentero: la melodía que creará una atmósfera; la luz que acentuará la emoción; el espacio escénico que crecerá o se acortará según la historia requiera intimidad o vulnerabilidad.

La narración oral – dice el francés para terminar pronto— no es otra cosa más que la expresión más simple y pura de un teatro comprometido: El público se quedará al final con la impresión de haber vislumbrado en el rostro del cuentero el reflejo del mundo real que se abre allá afuera de la caverna en donde los hombres estamos encadenados. Recordará al duende mágico, que con un pase de su mano hizo crecer pelo en el desierto canceroso del coco liso de un niño de seis años…

Tarumba, el payaso, escucha y sonríe. Agrega: “Yo apuesto por el vínculo”. Pues contar cuentos se define por la fugacidad del encuentro entre uno que habla y otro que escucha. Pues contar cuentos es siempre el medio para otra cosa; pues la historia tiene sentido en la medida que apela a la realidad de lo que está ocurriendo en la vida de una comunidad o una persona; pues el cuentero no es nadie, a menos que el público le otorgue el permiso para ser su interlocutor. Pues contar cuentos, fue desde el principio, un acto de congregación comunitaria, al final de la jornada, alrededor del fuego.

Por ello contar cuentos es un acto de complicidad, en donde el cuentero es un intérprete que elige una historia para rascarle al público lo que éste ya tiene inscrito de antemano en su conciencia. Pues en el acto de contar cuentos el auditorio es en realidad el sujeto, que aunque permanece aparentemente estático, es quien en realidad cuenta la historia verdadera, en silencio y con un desfase de dos segundos con respecto al relato del cuentero, montado en la traza de su voz. En todo caso, el cuentero lo único que hace es abrir una brecha con el machete de las palabras en medio de la selva tupida que es el silencio, para que el escuchante haga su recorrido personal.

Desde ahí le parece a Tarumba que el cuentero no debe tener un itinerario predefinido cuando se para en un escenario; debe más bien elegir el repertorio conforme avanza, para contar la historia que el público necesita.

Por ello se deben contar cuentos en espacios pequeños, donde el cuentero pueda ver a los ojos al público; espacios donde el cuentero pueda interpretar la respuesta del público y utilizarla; en donde el cuentero pueda construir un giro sorpresivo en su relato detrás del recodo que se abre en el fondo del silencio del auditorio; donde el cuentero esté a tiro de piedra para picarle las costillas al público a partir del primer esbozo de risa; desde donde pueda a atizar en las heridas del corazón cuando la primera lágrima aparezca en la mujer que se sienta en la primera fila del público.

Al final, el público se llevará de la función sólo un rastro afectivo –la esperanza, el desasosiego, la ligereza alegre, la urgencia por hacer algo distinto—, ese registro libre de palabras (más allá de las historias) y libre de imágenes (más allá del cuentero), síntesis de la relación que se estableció en ese momento único e irrepetible.

La narración oral – concluye el payaso– tiene algo de antropología, algo de educación, pero es sobre todo, una extensión de la vida misma –dinámica, imprevisible.

Al final, los cuenteros verdaderamente memorables son aquellos que establecieron un vínculo significativo con nosotros en circunstancias relevantes de nuestra vida a través de los cuentos.
En nuestro corazón prevalece la tranquilidad con la que mamá consiguió cubrir nuestro corazón atribulado cuando el miedo de la noche nos acosaba; la sensación de poder y valentía que papá nos hizo brotar en el corazón cuando bautizó con nuestro nombre al príncipe mata dragones de un cuento; el profesor que con sus relatos nos enseñó que otras vidas eran posibles…

...
En la elección que cada uno hace de los ángulos de este triángulo, intencionalmente deciden ignorar la solución que los padres de la iglesia católica encontraron para resolver el problema que anteriormente planteaba el politeísmo de proporciones escalénicas.

A su solución la denominaron el misterio de la santísima trinidad. Tres dioses, un solo dios. El padre –la potencia creadora; el hijo –el mensaje de la salvación; el espíritu santo – el vínculo amoroso entre los dos que se derrama hasta el pueblo…

Así, los tres cuenteros continúan hablando toda la noche. Aunque saben que los interlocutores tienen parte de la verdad, mantienen deportivamente sus disensiones, pues si acordaran, el vino dejaría de correr en aquella velada, y cada quien habría de regresar, demasiado pronto para su gusto, a dormir a su casa...

sábado, 6 de diciembre de 2008

Romance con la palabra hablada -- Parte I

Charlas en el camino a la universidad

Entre el invierno de 1995 y la primavera de 1996, cada jueves, tras concluir la jornada de trabajo en el Bachillerato donde trabajaba, recogía yo a Rafa González –mi cuñado, mi amigo— en su oficina en la Comisión de Derechos Humanos para irnos juntos a la universidad, a clase de cuatro.
De camino, comprábamos una pizza de peperoni, masa delgada, extra salsa, que acompañábamos con un par de Coca-Colas bien heladas (Rafa aseguraba que el sabor combinado de ambas era tan celestial que quien patentara un licuado con estos sabores se volvería inmensamente rico), mientras, en mi bochito azul andábamos una ruta alterna desde San Jerónimo hasta Santa Fé, a través del Desierto de los Leones.

Aquellos sinuosos recorridos estaban plagados de charlas serias -confidencias, ideas, planes, historias— y casi la mayor parte de las veces, cosas menos serias -- chistes, referencias maliciosas a profesores, imitaciones de voces, remedos de personajes que ambos conocíamos. Frecuentemente reíamos a carcajadas, de esas que hacen que a uno le duela la panza, y que, cuando ocurren simultáneamente con el manejo, incrementan exponencialmente las posibilidades de chocar.

La complicidad con la que nos escuchábamos y celebrábamos nuestras ocurrencias hacía llegar nuestro entusiasmo hasta niveles estratosféricos, y entonces nos parecía que sería realizable cualquier cosa que confabuláramos. Desde hacer viajes por todo el mundo con nuestras parejas en turno (él se casó felizmente con mi hermana, mientras a mí el destino me depararía un periplo bastante más largo), hasta iniciar una institución de asistencia social que distribuyera entre los desamparados de la ciudad las donas que cada noche sobraban (y se tiraban) en cada sucursal de Dunkin Doghnuts del Distrito Federal.

Entre todas las cosas de las que hablábamos había en particular un escenario que nos provocaba un especial deleite. Un sueño que se materializaría cuando ambos fuéramos grandes...

En tres líneas, nuestro sueño consistía en lo siguiente: Rafael y yo somos los dueños de un sitio bohemio, y cada noche amenizamos la velada con canciones, poemas y cuentos. Una noche, una pareja desgastada y apunto de terminar su relación acude a nuestro sitio. El espectáculo los sensibiliza y los lleva al punto de reencontrarse y refrendar su relación. Salen del sitio reconciliados y juntos.

Aún a riesgo de agotar al lector, a continuación detallo el escenario con amplitud, pues no sólo la anécdota, sino los detalles con los que adornábamos la historia, constituían su esencia. No escatimábamos epítetos, temblores de voz, ritmos o gestos para darle forma:

Un escenario a dos voces

Hasta esa noche ambos han hecho todo lo humanamente razonable. Han hablado, han explicado, han escrito, han platicado, han entendido, han acusado, han rabiado, han gritado, han perdonado, se han arrepentido, han llorado. ¡Cuánto han llorado!

Tanto, que han llegado a la conclusión de que ellos dos son unos náufragos del amor… Que lo suyo, a pesar de las batallas por mantenerlo vivo, está desahuciado. Han terminado casi por aceptar que una cosa es que alguien sea el amor de tu vida, y otra, muy diferente, que una relación funcione.

En secreto, ambos han decidido que la de esa noche será su última velada juntos.

Mientras manejan hacia el sitio donde han acordado encontrarse para cenar, ven pasar la secuencia de cómo todo terminará: Se encontrarán en el sitio acordado, cada uno en un coche diferente. Al principio de la velada ambos serán amables y condescendientes. No se mostrarán demasiado apasionados por nada, pues a toda costa quieren evitar reñir. Serán interesantes e indulgentes. Se sonreirán uno al otro de vez en cuando. Se mostrarán cariñosos; escucharán con atención genuina lo que el otro dice. Pasada la mitad de la cena, el ánimo empezará a pesar. Por momentos sentirán que el tiempo corre demasiado rápido; sólo para verificar que al instante siguiente es necesario contar los minutos, pues el reloj no avanza. Se pararán al baño una que otra vez, como para acelerar el tiempo, como para reafirmar el propósito. Acaso en algún momento de la charla alguno de ellos se encuentre involuntariamente ausente. Hacia los postres, a la menor provocación, de forma estudiadamente espontánea, alguno de los dos propiciará el tema. Uno de ellos tomará valor y vomitará las ideas. Volver a llorar será inevitable. Anticiparán el abismo. Un sabor amargo y granuloso les inundará la boca. Empezarán a hablar de lo suyo en pasado. Recordarán los mejores tiempos. Se abrazarán. Un ángel silencioso volará encima de ellos. Se jurarán amor eterno. Se consolarán en la idea de que hicieron todo lo posible. Él le secará las lágrimas. Le pasará parte del coraje para seguir adelante. Le hará ver las cosas lindas que la vida les depara delante, aunque no estén juntos. Acordarán en mantener la amistad, mientras muy en el fondo sabrán que están mintiendo. Entonces se despedirán con un largo abrazo. Pedirán sus coches al valet parking. Llorarán cuatro días seguidos. Faltarán al trabajo. Un año después todo habrá pasado…

Ella llega al sitio. Es un pequeño restaurante en el patio central de un edificio viejo del centro de la ciudad. Él ya la espera. Hay una vela prendida sobre la mesa y una botella de vino.

La noche reproduce con precisión el mapa de lo que ambos ya antes habían imaginado. Hasta los postres, cuando cada uno se repliega a su lado de la mesa, pues sólo es cuestión de que alguno de los dos encuentre la más mínima fisura…

De forma inesperada, la luz del sitio disminuye levemente y empiezan a escucharse los acordes de una guitarra. Una luz de apuntador ilumina el balcón desde donde nace la melodía.

"El tiempo pasa,

nos vamos poniendo viejos
y el amor no lo reflejo, como ayer.
En cada conversación,
cada beso, cada abrazo,
se impone siempre un pedazo de razón."

Se ilumina el balcón contiguo, donde el otro cantante acompaña y continua con la interpretaciòn de Años, de Pablo Milanés...

"Pasan los años,
y cómo cambia lo que yo siento;
lo que ayer era amor
se va volviendo otro sentimiento.
Porque años atrás
tomar tu mano, robarte un beso,
sin forzar un momento
formaban parte de una verdad."

(...)

Montados sobre las canciones, los cuentos y los poemas, el hombre y la mujer hacen un viaje, cada uno por su lado, en soledad, al centro de su corazón.

Algo se rompe en el pecho del hombre. De pronto todo está claro. Encuentra sentido a cada palabra, a cada explicación, a cada carta, a cada charla, a cada acusación, a cada rabieta, a cada grito, a cada perdón, a cada lágrima. Ve toda la historia en perspectiva, y descubre su inmenso valor. Al reconocerse en cada uno de los capítulos, comprende que su historia es irrenunciable. Descubre que él es imposible ahora sin ella, su testigo, el reverso de su espejo. Al final del viaje, encuentra la fuerza para volver a elegirla, para comprometerse.

Se relaja y se deja mecer por el ritmo de las palabras y el rasgueo de la guitarra.

Entonces, desde su extremo de la mesa, sin mirar, busca la mano de su pareja. Inicia un lento recorrido por la geografía de la mesa: la llanura tersa de la madera, la fría lisura del cubierto, la suave textura de una servilleta, el borde rugoso de un mantel individual.

Apenas ha hecho la mitad del recorrido, cuando se topa con la mano de su compañera. Descubre así que después de todo, su mano, cálida y temblorosa, no ha hecho el recorrido en soledad. Descubre así que no hará solo el recorrido que se abre delante.

Salen del sitio en el mismo coche y con el mismo destino…


Remate y realizaciones

Como he ya anticipado, en este escenario Rafael y yo éramos dueños de aquel sitio bohemio en que la historia tiene lugar. Ambos éramos los personajes que aparecen ya entrada la noche –a la hora de los postres— cada uno en un balcón. Ambos éramos cantantes y cuenta historias….

Y nuestra voz tenía el mágico poder de tocar fibras, de hacer viajar a las personas hacia el interior de su espíritu. El poder de aclarar. El poder de tranquilizar. El poder de transformar. El poder de convocar al amor.

Hoy, poco más de trece años después, mientras recorro Latinoamérica junto con Jennifer contando cuentos, con nuestro espectáculo Viajes del corazón, encuentro que en cierta medida varios de los sueños nacidos en aquellos jueves de camino a la universidad con mi amigo se han cumplido. Hay una hebra indudable entre aquellos sueños y este recorrido nómada de artista en el que todavía a veces tengo que ver las fotografías como para convencerme que soy yo ese que está en los escenarios y en las calles con boina y piocha de Ché Guevara.

Pues justamente hay algo en el sentido que Jennifer y yo hemos elegido para nuestro espectáculo y nuestro viaje –trasladar la magia de un lugar a otro; tender puentes entre corazones y propiciar el viaje interior— que tiene una partecita de deuda con aquellos tiempos…

No puedo entonces sino evocar con alegría a mi amigo, y compartirle que ya de alguna manera vivo de este romance con la palabra hablada que imaginamos juntos. No puedo sino desear que todo vaya bien con sus propios sueños… y continuar pensando que quizá aún no sea del todo descabellado que algún día aparezcamos en balcones contiguos para cantar y contar…



domingo, 19 de octubre de 2008

Un cucho y tres cuenteros de Medellín

Jota Villaza

Jota Villaza fue un niño muy enfermo, muy enclenque.

Los médicos le dijeron a su madre que él no podía jugar con los otros niños, pues corría el riesgo de que se le quebrara el esqueleto…

En los recreos, mientras él se apartaba, los compañeritos lo veían con recelo. En su cara se burlaban. Por lo bajo corrían rumores de que Jota no jugaba porque tenía miedo…

Un día Jota los llamó para contarles.

Les dijo que él no tenía miedo, pues él, era en realidad mucho más grande y viejo que ellos. Tan grande, tan viejo, que era incluso el padre de su abuelo…

“!¿Cómo?!” – le interrumpo mientras lo entrevisto en una pequeña oficinita que forma parte del espacio de Corporación Cultural VivaPalabra, la organización que él fundó...

Me lleva entonces, por este desvío, hasta el núcleo de una historia trágica y bella:

Su bisabuelo se llamaba Jorge Ambrosio Villa Zapata.

Por coincidencias de la vida, su padre también se había casado también con una Zapata (su madre), de tal forma que los apellidos de sus hijos, cuando nacieran, serían también Villa Zapata.

Aquel bisabuelo desapareció en medio de las circunstancias que Colombia ha vivido desde 1950.

Su padre de fue a buscarlo, mientras dejaba atrás a su esposa, embarazada del niño que a la postre sería él…

El niño (Jota) nació en ausencia del padre, y para cuando el padre regresó, sin haber encontrado al bisabuelo, a alguien se le ocurrió que para honrar la memoria del desaparecido, le pusieran al niño el mismo nombre, y dada su filiación, tendría exactamente los mismos apellidos… Lo bautizaron, igual que a su bisabuelo, con el nombre de Jorge Ambrosio Villa Zapata.

“Mi abuelo se dirigió a mí siempre como papá… Y quien ha sido designado por el destino como padre de su abuelo, está, de por vida, marcado para contar historias…

Unos llegan al oficio, y a otros el oficio los escoge. Como a mi oficio de cuentero, que nació de la coincidencia de dos azares: la historia de mi nombre y el signo de mis enfermedades.”

Pues en contar cuentos Jota encontró desde niño un refugio y un vía de respuesta a las burlas aquellas de los compañeros que lo tildaban de tilico, miedoso y flaco. Pues a él no le daban miedo los cuentos de flacas, esqueletos, espantos, fantasmas, desaparecidos y apariciones que los viejos contaban. No le daba miedo escucharlos y no le daba miedo, después, contarlos.

Y fue a punta de cuentos como se construyó una fama protectora de cuentero y de valiente.

A tal punto que los niños de la escuela lo buscaban, para que él les contara. Desde entonces cuenta cuentos, pues contar cuentos es ante todo una acción de vida. Cosas que den la vida y reciban la vida son cosas del alma. Contar cuentos es entregar el alma, regalar la vida que habita en la palabra.

Y en efecto, contar cuentos es lo que ha hecho profesionalmente desde 1985. Contar cuentos en los teatros, en los parques, en los bares, en las escuelas…


Fue justo en una de ellas, el Colegio Pedro Luis Villa de Manrique, tierra del tango, donde hace veinte años Jota hizo una función multitudinaria, frente a novecientos niños.

Ochocientos noventa y nueve escucharon en silencio. Uno no paró de hacer ruido...

Mauricio Posada, “Cosiaca”

Ese uno – más latoso que piojo de hotel de malamuerte, más inoportuno que ataque de comezón en el fundillo—era Mauricio Posada.

Fue tal la bulla que solito generaba, que Jota lo sacó de la función. Inútiles fueron los rezongos y los reclamos del niño. “Si yo pagué los quinientos pesos de la función”—decía.

Y se quedó con las ganas, pues si a él algo le gustaban eran los cuentos y los cuenteros…


Quince años después, volvió a toparse con Jota en la función de graduación de su primo (Robinson Posada), que había estudiado en VivaPalabra el diplomado de cuentero.

“¿Usted se acuerda del una función que hizo allá en el Colegio Luis Villa de Manrique?...” se acercó tímidamente a saludar a Jota al final de la función...

Al paso del tiempo aquella exclusión pedagógica ha tenido sus frutos: Cosiaca se hizo cuentero. En su corazón no sólo ha perdonado a Jota por aquel añejo episodio, sino que incluso ahora le asigna el lugar del cucho. Se le dice cucho a quién tiene experiencia de vida, a quien es sabio, a quien tiene autoridad legítima; a quien se respeta, pues está claro que tiene maestría en el oficio, que va adelante en el camino de la vida…

Igual que Jota, Cosiaca, cuando cuenta cuentos, caracteriza a un montañero paisa. Los paisas tienen fama de personajes un tanto mañosos, negociantes vivarachos y dicharacheros. Regionalistas, excéntricos, ocurrentes, y en las exageraciones, estratosféricos.


Lo cierto es que después de varios días de convivir con Mauricio en Medellín, en Pereira y en Manizales, uno llega a la conclusión de que su personaje –Cosiaca—es una extensión de sí mismo. Sigue siendo el mismo niño montañero de once años que Jota expulsó de la función de cuentos. Sigue siendo un mosquito, un piojo, un parlanchín ocurrente hiperactivo...

He aquí una pequeña antología de sus dichos, excentricidades y exageraciones que capturamos al vuelo en los días en que viajamos y reimos juntos:

Esa plata cayó como pedrada en ojo (sin esperarla)…
Ese pago es como la justicia, tarde pero llega…
Esa chica tiene más patas que un paquete de menudencias…
Ese hombre venía corbatado, como si tuviera más plata que el patrón…

Más demorado que viejito en cajero…
Más serio que una puñalada envenenada en el corazón…
Más asustado que monja embarazada…
Más sufrido que puta grosera…
Más perdido que ceja en la nuca…
Más peligroso que enano con barbera…
Más asustado que una gallina en un congreso de chuchas…
Más duro que chuparle jeta al suegro…
Más duro que encontrar la mamá fumando mariguana…
Más de malas que un cuentero con amnesia…
Más picada que muela de gamín…

Tan lejos que uno necesita una silla y dos culos…
Una loma tan empinada que allá para robarle la plata a uno, lo empujan…

Cada vez que alguien me pide que yo le cuente un cuento fuera de contexto, le reviro: “no fuera yo ginecólogo o boxeador...”.
El cuento fue tan bueno que al final las chicas se me acercaban y me decían: “Cuentero, capullo, quiero un hijo tuyo…”
Era una mamacita de 180 meses… (quince años)…

Robinson Posada, “El parcero”

Robinson, el primo por el que Cosiaca llegó a Viva Palabra, cuenta cuentos porque lleva una lágrima, un dolor, afincado en el corazón.

A través de un personaje de esquina --un personaje pintoresco, atrevido— invoca y evoca a los pareceros --amigos del barrio, vagos del parche del popular número ocho, sicarios de oficio--, que murieron en una década, rebasados por el narcotráfico, a punta de plomo.


Apuesta a que la memoria de los amigos muertos active las posibilidades de un destino distinto para una generación de jóvenes de las comunas de Medellín (y otras ciudades de Colombia) que están acosados por la falta de oportunidades; asfixiados por las mismas circunstancias que sufrieron aquellos otros, que ya, trágicamente, descansan en cajas de madera… Apuesta a la palabra como catarsis, como vehículo de sublimación…

Sus historias son como una bala en el corazón, como estallido de bomba molotov…

La nevera (Adaptación del cuento original de Jairo Esteban Giraldo).

Al Mono cuando era chiquito, la mamá lo mandaba con la arepa con huevo envuelta en la bolsa de leche y el chocolate en el tarro de Mylanta, todos los días pa´la escuela; apenas el palaito entraba al salón todos nosotros, sus compañeritos, lo bataniabamos y luego lo encendíamos a tren de coscorronazos, le ensuciábamos la ropa, le quemábamos los cuadernos.

Una vez le hicimos el champú. Tú coges un tarro de sacól, pegante para los zapatos, te acercas al individuo al caso y le viertes todo el líquido a lo bálsamo, metes tu mano al bolsillo y sacas un encendedor o fósforo y lo lanzas… Eso es mejor que las chispitas mariposas. Y cuando el Mono llegaa a la casa con la ropa sucia y los cuadernos vueltos nada, la cucha lo encendía, le pegaba con reverendo Cable unión y lo mandaba a hacerle mandados a las vecinas, y claro, éstas pillaban los códigos morales en las piernas y no le tiraban la liga como ellas acostumbraban.

¡Ah!, el Mono se aburrió de vivir allá en el Popular Número Ocho y se abrió del parche, pero al tiempo cuando regresó: tenis Nike siete recámaras, pantalón brumo tres costuras, las bambas de oro y los anillos, una gorra Nike que le trajeron de las Lunaites Istititis y montao en una reverenda K.M.X.

El mono se daba unos reverendos roces en esa moto, verde fosforescente envenenada y cuando paseaba por la cuadra, todas las chinas del barrio se parchaban en la esquina de Don Juaco a ver ese agite,porque las chinas de mi barrio tienen muchas “aspiraciones”, ¡todo hay que deciro, todo hay que decirlo! Ellas aspiran gasolina toda la que les metan, y apenas ven que el Mono se baja de la moto, todas en coro le van diciendo:

- ¡Mono, sayayín! Mono, entonces qué, ¿nos va a dar un vueltón en esa moto pa´despelucar un rato?... Diga que sí monín, diga que sí.

El Mono sabía como era la jugada con las peladas y va sacando un fajo de billetes de cinco y de diez luccas y les va diciendo:
- Saben qué pelaitas, vayan tomando gasimba que enseguida vengo y me las robo.

El mancito seguía dandose los roces en la moto, cuando pasaba por los balcones de las cuchas e interrumpía su coloquio.

- Oiste mija ¿y qué tu marido te dejó por irse con la mujer del carnicero?, ¡No puede ser mija!, como dice la ley de Morfy, sabe qué, párchese al carnicero, una librita de carne todos los días… Espérate. Mirá Estrella, ¿ese que va en la moto no es el Mono? …como es de buen muchacho, como está de grande y de querido; espérate. Mono, Mono, entonces qué mijo, ¿me va a colaborar pa´comprarle la leche a los niños?

El mono sabía como eran esas cuchas torcidas, bagresaurias, y va sacando un fajo de billetes de cinco y diez lucas:

- Sabe qué cucha, yo las apadrino, tome que yo no me llamo nada.

Más tarde se daba unos roces en la moto por el parche y ahí estábamos todos armando un soplao, pegando un flojo, cuando vemos que el rey de reyes, el señor de los señores se acerca.

- Mono, parcerito, Mono, ¿entonces qué?, ¿nos va a ligar, nos va a aforar, pa´enseguida pegarnos un policarpazo? Diga que sí monín, diga que sí. Y al mono sin temblarle la mano, va sacando ese fajo de billetes de cinco y diez lucas:
- ¿Sáben qué socios?, yo no me llamo plata.

El Mono. Ese man era un dios en el Popular Número Ocho porque tenía… “$entimientos”.

Un día llegó a la casa como a las tres y media, di tú, cuatro de la tarde; se quitó los Niké siete recámaras, el pantalón Brumo tres costuras y la misaca de Oxígeno y se parchó en el mueble de la cucha a pillar los Pokemón, a los cinco minutos suena el teléfono y es una voz gruesa que dice:
- Mono, aquí lo está esperando el patrón pa´que vaya y le haga un agite.

El Mono cuelga, se pone la pinta, se monta en la moto y ¡SSSóbelo! Llega donde el patrón, lo parchan en la mesa grande en la poltrona negra, el patrón le da todas las indicaciones. El Mono copia sustantivo, sale pa´la iglesia, ¿a qué?, a ponerle la veladorcita a María Auxiliadora, y a los diez minutos… ¡Boom! en el centro comercial.

El Mono de guás llega a la casa, se quita los Niké, Brumo, Oxi… y se parcha en el mueble de la cucha a ver los Pokemón. A los tres minutos suena el teléfono y una voz guresa le dice:
- Mono, usted sí que es abeja, es duro pa´tirar bombas hermano.
- Bobaítas que aprendí en la primaria. Pero sabe qué parcero, me le dice al patrón que me tenga las lucas listas, porque sino a usted lo caliento.
- ¡Aaah! No llavería, aquí lo estamos esperando.

El Mono se pone la pinta, se monta en la K.M.X. y pa´donde el patrón. Cuando llega todo el mundo está farriando. ¡La música a todo taco! “/Cómete un chicle, /cómete un chicle/. /Por favor, cómete un chicle…/”

- ¡Que pongan otro Cidis!
“/Sacúdelo que tiene arena/,
/sacúdelo que tiene arena/,
/sacúdelo que tiene qué, tu sabes…/”

El patrón, apenas lo divisa por esa multitud de cabezas, lo coge y se lo lleva para sí. Pa´la oficina, allá le entrega todo el botín, toda la pasta, toda la Money, toda la blanca, todo el menaje, es decir, la orgía de manes barbaós expresidentes con las indias en el medio.

El Mono guarda y rumba pa´la calle y se le prende la luminosa… -¡Claro, el regalo pa´la cucha, bien elegante, el regalo que la cucha siempre ha querido, una nevera No Froster, de esas que fabrican hielo a la lata y que no hay que lavalas-. De plonazo llega al almacén de electrodomésticos.

- Buenas tardes Doña, ¿cuánto vale la neverita?
- ¡Por Dios santísimo, que no me vayan a atracar! Sí, buenas joven, la nevera vale dos millones doscientos cincuenta mil pesos y me hace el favor y se me retira del local.

- ¿Cómo Doña, dos millones doscientos cincuenta mil pesos?... A ver yo pienso… el seno a la tangente sobre la cosecante, porque es raíz cuadrada de dos millones, pi=3.14, 16, cateto adverso, A + B = C, esto es igual a A x B = C sobre nevera. Esto es igual a A x B = C + B. ¿Cincuenta? Vea doña, vamos a hacer una cosa más elegante, yo le voy a dar tres millones y el resto es pa´que ustede tome gasimba de cuenta mía a lo bien.

- ¿Cómo Doctor? Bien pueda Doctor, ¿una gaseosita? ¿una aromática, ron, café? ¡Si no, es sino que usted diga doctor!

El mancito le suelta todo el verbo, la cucha le coge las placas y el mono le dice que cuando la nevera llegue a la casa que tenga un moño bien grande, fosforescente, y un letrero que diga:

“¡DEL MONO PA´LA CUCHA EN EL DÍA DE LAS MADRES!”.

El mancito sale pa´la casa, como la cucha todavía no ha llegado, claro pa´darle la sorpresa bien elegante cuando se pille la nevera nueva. A los cinco minutos suena el teléfono y es Erika.

- ¿Aló?, quiubo parcerita, ¿entonces qué? Ya tengo las lucas. ¿Cómo es la movida pues? Invite pues la corte, a los del combo de la 1 y los del Hueco, que la farra va de cuenta mía, que a mí no me da cutupeto. ¿Cómo es la movida? ¿entonces qué?
- No Mono, que tengo el corazón arrugáo, a lo bien.

- Qué le pasó parcerita?, no se me escame, la vida como es de vella, ¿no ha escucháo el tema?
“/Vive la vida/, /mira que se va y no vuelve/”
- ¿Qué le pasó parecerita, ah?
- No, Mono, ¿vos no escuchaste la bomba del centro comercial?

- Ah, no parcerita, hay que despelucarse, es que en esta ciudad hay mucha gonorrea, a lo bien. Yo tengo ganas de abrirme del parche, sisas, a lo bien, de irme pa´las Llunais. Usted sabe que eso va empacado en tres bolsas de caucho, y que los rayos X son sólo pa´las maletas. De cuenta mía, ¿cómo es la movida, cómo es pues?
- No, Mono, es que sabés qué, en el centro comercial estaba tu cucha.


El Mono, deja, caer, len-ta-men-te el teléfono, mientras escucha que suena la puerta, la abre y ahí está la nevera NoFrost, (de esas que fabrican hielo a la lata y que no hay que lavalas), con el moño y el letrero que dice:

“¡DEL MONO PA´LA CUCHA EN EL DÍA DE LAS MADRES!”.


Mauricio Patiño

A Mauricio el destino lo sacó del trabajo que tenía como empleado atendiendo el mostrador de una papelería para ponerlo definitivamente sobre las tablas.

Por una ruta laberíntica cayó en un taller de expresión corporal y movimiento que Robinson Posada impartía.

Robinson lo exprimió. Le sacó sudores que llevaban siglos acumulados dentro de él. Le hizo brotar dolores en músculos que no sabía que tenía. Le puso el esqueleto de cabeza. Lo hizo palpar, vibrar, estirar, mover el cuerpo, a tal punto que la camiseta que llevaba puesta aquel día se rasgó…



Quizá fue esa calixtemia expresiva la que marcó la ruta de Mauricio en la narración oral, pues Mauricio cuenta no sólo con la palabra, sino con el cuerpo. Su cuerpo habla con tanta elocuencia como su boca; su cuerpo es una caja de ritmos, una colección de ángulos desafiantes. Con una dinámica que de tan trabajada aparece natural para el espectador, Mauricio consigue hacernos creer mientras cuenta que en el escenario hay objetos, veredas, paredes, que no existen en realidad más que por obra de su mímica precisa en ese virtual universo escénico.

Mauricio –el atleta que lo habita, el bailarín que se le mueve dentro-- se desplaza con tal ligereza, que no sorprendería si un día uno se enterara que en realidad tiene alas…

Desde esa relación lúdica con el cuerpo en movimiento en el setting escénico, que Mauricio ha formulado una teoría sobre el caminar –en la que asigna al movimiento una entidad objetiva, independiente de las personas— a saber:

“Todos, cuando caminamos o nos dirigimos hacia un lugar por medio de un vehículo, vemos que afuera los cuerpos estáticos se quedan atrás a medida que avanzamos. Pero es una ilusión de nuestros sentidos, pues la verdad radica en que nosotros, seres vivos “autónomos”, nunca nos desplazamos de un lugar a otro, si no que, al caminar, el universo (…) en conjunto se mueve hasta dejar a nuestro alcance el lugar hacia el cual nos dirigimos. ¿Cómo es esto Al caminar, la tierra empieza a moverse en dirección opuesta a nuestra meta, a manera de banda o alfombra que pasa debajo de nuestros pies, hacia atrás, y a medida que avanza, nuestra meta es arrastrada hacia nosotros, estáticos.

(…)

“Detrás de nosotros, Ellos jalan la alfombra para que no se enrede y/o levante y le dificulte el caminar a otros. Ese es el trabajo de Ellos, estar detrás, encargándose de dejar el mundo como si no se hubiese movido.

(...)"

De esa teoría se desprenden hipótesis diabólicas sobre fenómenos cinéticos–el jalón de piso, el cese de marcha, la ayuda desinteresada, la quietud inexplicable—y corolarios curiosos – los cielos destemplados, los ríos de Ellos, la ingenuidad humana y la naturaleza de la lluvia…

Ahora bien, para acceder al detalle de esta novedosa teoría, habría que conseguir el volumen 9 de la edición de Diciembre del 2005 de la Revista Contante y Soñante, donde el artículo in extenso ha sido publicado.

La referencia, además de ser práctica para el lego interesado en el movimiento escénico, es obligada para quien quiera tener una perspectiva más amplia sobre este cuentero, pues resulta que sobre sus hombros reside en buena medida la labor editorial de esta publicación de la Corporación Cultural VivaPalabra.

Y es que Mauricio, este infatibable cuentero de 23 años y toda la vida por delante, ha ido tomando la estafeta de Jota en varias de las trincheras en las que VivaPalabra hace honor a su nombre; el programa dominical de radio en la Radiodifusora de la Universidad de Antioquia es otro ejemplo.


Y que Jota sea el que aliente este relevo (aún contra la advertencia que le hacen de que está creando a sus propios competidores al formar a nuevos cuenteros) se entiende cuando uno roza la sencillez de este cucho generoso al que la vida le brota entre achaque y achaque.

Pues desde la sabiduría de los viejos (esa que a él le viene de haber sido el padre de su abuelo...), sabe que lo único que queda de uno cuando se acaba su tiempo en la tierra es la palabra. Y por eso, justo por eso, es que le urge sembrarla...


sábado, 18 de octubre de 2008

Colombia, tierra de cuentos

Cada país que hemos vivido ha tenido su característica especial. Algo que no descubrimos sino hasta que estamos dentro, inmersos en la vivencia de ese sitio. Sin embargo, en el caso de Colombia el descubrimiento se hizo de golpe. Desde que llegamos supimos que ésta era la tierra de los cuentos.

Así, dejamos que fueran los cuentos los que guiaran nuestro recorrido y éstos decidieron llevarnos por Medellín, Pereira, Manizales, Bogotá y Bucaramanga. Cada sitio nos fue regalando la oportunidad para conocer a distintos cuenteros que junto con las experiencias vividas nos ayudaron a completar la imagen que ya teníamos de la cuentería en Colombia.

Lo primero fue constatar que el movimiento de cuentería colombiano está muy bien formado, maduro y más puesto que en cualquier otro país en los que hemos estado. Hay festivales de cuentería en casi cada región y ciudad. El público está ávido por escuchar historias. Los espacios se llenan de gente dispuesta a pagar para ver a un cuentero. A diferencia de México, en Colombia, ser cuentero es una opción viable para ganarse la vida.

La cuentería se gestó en Colombia sobre todo en las universidades. Por esa razón, es que el movimiento es sobre todo joven, vibrante, colorido. De las universidades han brotado los cuenteros que con el tiempo se han ido ganando el respeto de las demás artes escénicas que les permitieron brincar a los escenarios del teatro. Del espacio universitario al teatro y de vuelta, para seguir motivando a nuevos alumnos para que ingresen al mundo fugaz de la palabra. Cuenteros jóvenes y con muchas ganas de abrirse camino en el difícil mundo del arte escénico.

Llegar a esta tierra de cuentos ha sido intenso y alucinante. Nosotros, acostumbrados a contar cuentos en espacios pequeños (cafés, parques) nos hemos sentido en algunos casos sobrepasados, pues compartir el escenario con personas que llevan la vida de experiencia no puede ser otra cosa más que confrontante.

Durante las cinco semanas que estuvimos aquí no pude evitar reflexionar sobre mi propia propuesta e intención narrativa. Desde que pisamos esta tierra, dos preguntas han rondado mi cabeza: ¿Por qué cuento cuentos? y ¿Para qué cuento cuentos?

Son las mismas preguntas que Arturo le ha hecho a los cuenteros que hemos conocido y que vamos grabando en video. Pero estando aquí, entre tanta cuentería, las preguntas se han girado hacia mi y me persiguen en cada espacio donde nos hemos presentado.

¿Por qué cuento cuentos?

Cada cuentero tiene su propia historia detrás de esta pregunta. Mientras unos los hacen por gusto, por pasión, otros lo hacen para ganarse la vida. Algunos tienen una propuesta de denuncia social; una deuda con la historia dolorosa del pueblo colombiano que pretenden saldar (exorcizar) a través de la palabra. Otros están comprometidos con la profesionalización del arte de la narración oral, a la vez que otros están dedicados a hacer escuela; propagar el oficio de la palabra a través de la enseñanza.

Como cualquier gremio, el grupo de narradores orales tiene sus embrollos y sus intrigas; pequeños grupos que pugnan en contra de unos y a favor de otros. Todos opinan. Todos quieren una tajada del pastel del presupuesto cultural del país. Todos quieren brillar. Todos quieren ser únicos. Todos quieren organizar su propio festival…

Y en medio de este ciclón de arte, expresión, política y entusiasmo, yo con mis cuentos.

Sería falso escribir esto sin contar la cantidad de inseguridades contra las que tuve que pelear cada vez que me paraba en un escenario. Como si estuviera apenas empezando a ser narradora: el corazón me temblaba, la boca seca, el aliento entrecortado y las manos frágiles se negaban a obedecer. Los cuentos se me escapaban de la mente y no recordaba las razones por las que había elegido hacer esto. Me sentía diminuta en comparación con las trayectorias extensas de tantos cuenteros que desfilaron junto a nosotros. Mis cuentos me parecían débiles, insignificantes. Mi voz sonaba hueca. Mis gestos eran sombras.

“Mis cuentos” pensaba yo “no son tan viscerales. Mi propuesta es menos histriónica. Mi estilo es más suave”. Y entre tanto colombiano explosivo me iba sintiendo cada vez más pequeña.

Sin embargo, una noche, me llegó de pronto la respuesta que tanto había estado esperando. ¿Por qué cuento cuentos?

Por que desde niña era lo único que tenía claro en mi vida. Quería contar historias. Las imágenes que habitaban en mi mundo interior eran tan potentes que no podía dejar de expresarlas. Necesitaba contar. Invitar a la gente a ingresar a ese mundo tan mío.

Y al contar entro a ese mundo interior. Estoy tan metido en la narración que me olvido por momentos de dónde estoy o de lo que está ocurriendo a mi alrededor. Entro en una frecuencia distinta. Estoy en el tiempo y espacio del cuento. Como diría Ilán, un narrador israelí que conocimos acá, “el cuento es el anti-tiempo”.

¿Para qué cuento cuentos?

Después de reflexionarlo por varios días, caigo en cuenta que narrar es para mi un acto más interno que externo. Mis cuentos son una invitación a contactar el poder imaginativo que tenemos todos (y que tan frecuentemente olvidamos usar). Para mí, contar cuentos es un acto de intimidad en donde la mirada es lo más potente.

Una de las experiencias que más he disfrutado durante este viaje es quizás la que podría parecer más pequeña: contarle cuentos a los hijos de Alex antes de dormir. Lejos del escenario, sentada en la cama de un cuarto, con la luz apagada, frente a dos niños en pijama, he recordado mi sitio ideal para contar historias.

Ese momento de intimidad cuando el día está llegando a su fin y las hadas nocturnas, escondidas tras las cortinas, se alistan para salir a jugar con los niños en sus sueños… ése es el momento propicio para los cuentos. Cuando uno ya no puede distinguir entre la vigilia y el sueño; en ese resquicio donde se esconde la magia de la noche; la fantasía de los sueños.

La complicidad de ese momento es el que quisiera recrear al contar cuentos. Porque al contar entran en complicidad el narrador con el público; los dos tienen que estar dispuestos a entrar al mundo del cuento para que éste pueda efectuar su magia. Sin esa intimidad, sin la mirada, sin la complicidad, el cuento puede ser entretenido pero –para mi- carente de significado.

Así que al final de este maratón de cuentos he comenzado a ver mi propia intención narrativa. Una intención que tiene que ver con la intimidad, el juego, la fantasía y la complicidad. La misma necesidad que sentía desde niña de invitar a los otros a entrar a mi mundo imaginativo para jugar.

Pero aún cuando haya logrado esta claridad y a cinco años de contar cuentos profesionalmente, siento que apenas estoy comenzando a descubrir mi propuesta y estilo narrativo. Convertirme en cuentera es un proceso que comenzó hace mucho; cuando a los siete años me regalaron mi primer cuaderno para escribir historias y presiento que todavía tengo una larga trayectoria de aprendizajes frente a mí. Este cuento de ser cuentera apenas está comenzando…