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martes, 20 de julio de 2010

Trazas de nuestro viaje alrededor de Latinoamérica

Ilustración de Magos Navas
para Viajes del Corazón

Cuentos callejeros

Las calles están llenas de gente y de entusiasmo. La ciudad está vibrante. Es el XXX Festival De Teatro de Manizales y el lema este año es La calle es el escenario. La mayoría de los eventos, obras de teatro, representaciones de payasos, mimos, malabaristas y cuenta-cuentos suceden en plena calle. Y ahí, con estos últimos, vamos nosotros.

Somos cinco: tres colombianos y nosotros. Vamos por las calles contando cuentos cual callejoneada de Guanajuato, invitando a los peatones a unirse al recorrido. La gente se va acercando. Alzamos la voz para que se escuchen nuestros cuentos y llega más gente. Vamos quedando envueltos en una muchedumbre. Aparecen dos estudiantes que nos entrevistan para la televisión local. De pronto, la muchedumbre, y nosotros, desemboca en la plaza principal de la ciudad. Una plaza que bien podría pertenecer a un pueblito medieval en España. Los escalones están abarrotados de gente. No cabe ni uno más sentado y hay varios de pie, más atrás, que intentan ver el espectáculo.

No nos da tiempo ni de recapacitar en la cantidad de gente que hay pues ya nos están colocando los micrófonos inalámbricos y escuchamos cómo nos están presentando: “Desde México… dos cuenteros…” Nos acercamos al escenario frente a dos bocinas enormes que hacen retumbar el sonido y provocan que nuestra voz se escuche con eco.

Y comenzamos a contar. Los mismos cuentos que hemos contado en varios rincones de la Ciudad de México han viajado hasta Colombia, la meca de los cuenteros en Latinoamérica, para ser recibidos por cientos de personas. Sentimos que el cuento no sólo lo estamos contando sino vibrando con todo el cuerpo. Estamos tan fascinados como el público de estar ahí.

Los albores del sueño

Todo había comenzado dos años antes en San Cristóbal de las Casas, cuando decidimos tomar unas vacaciones distintas. Elegimos hacer durante una semana lo que más nos gustaba: contar cuentos. Escogimos San Cristóbal porque nos parecía un sitio propicio para noches bohemias, pues enmarcado entre montañas verdes y envuelto en neblina, realmente se trata de un pueblo mágico.

Ambos contábamos cuentos en nuestro tiempo libre, por separado. No fue sino hasta ese momento que creamos una función conjunta llamada Viajes del Corazón. Nos dimos cuenta que nos gustaba narrar historias de viajes y viajeros. Que viajar para nosotros significaba algo más que simplemente trasladarse de un sitio a otro. Viajar lo hace quién se atreve a ir en busca de su voz interior. Viajeros también son quienes se aventuran al riesgo del encuentro con otro.

Esa semana realizamos nuestra función de cuentos en tres sitios distintos. La última noche, mientras festejábamos entusiasmados nuestra hazaña, con unas copitas de vino de por medio, apareció una idea que entonces parecía una locura. Viajar por Latinoamérica durante un año contando cuentos.

En cuanto regresamos a la capital lo primero que hicimos fue comprar unas guías de viaje sobre Centro y Sudamérica, abrir una cuenta de ahorro y conseguir un cuaderno. Este cuaderno sería nuestra bitácora donde anotaríamos desde ese día todo lo relativo al viaje, que de cierta manera, ya había comenzado.

Meses después, cuando faltaba un año para la fecha de salida, comenzamos a compartir nuestro sueño con otros. Recibimos todo tipo de reacciones, algunas favorables, pero varias negativas: “¡Un año es demasiado! Se van a aburrir…”; “Se van a quemar todos sus ahorros”; “Todos tenemos nuestro Shangri-La, pero la vida no es así”; “Cuando tienes treinta años toca trabajar y construir tu patrimonio, ya de jubilado podrás viajar todo lo que quieras”; “¿Y que no piensan tener hijos?”; “Estás echando tu carrera por la borda”; “Una pareja no puede convivir durante un año las veinticuatro horas del día porque terminarán sacándose los ojos”.

Desde luego, había varios riesgos en el viaje, ¿pero acaso no es peor riesgo demorar tanto tus sueños que al final de tu vida descubras que nunca los viviste?

Otra cuestión complicada fue hacer que la gente entendiera que no nos íbamos de vacaciones pues la primera imagen que les venía a la mente era que pasaríamos trescientos sesenta y cinco días jugando cartas a la orilla de una alberca y tomando piñas coladas. Nuestro viaje tenía un sentido, un proyecto, una intención. Queríamos vivir creativamente. Darnos un espacio para explorar vocaciones paralelas que ambos teníamos y que en la agitada vida cotidiana resultaba difícil darles el tiempo suficiente como para que florecieran.

Ese año previo se convirtió en un puente entre la vida sedentaria y la vida nómada. Dejamos atrás trabajo, coche, departamento, blackberry y a Olivia, nuestra perra, y los cambiamos por un par de mochilas, certificados de vacunación, pasaportes, cámara y botas para caminar…

Cuenteros y recolectores

Nuestro viaje tenía pues un eje que le daba sentido: la narración. Hicimos nuestro recorrido con la bandera de la palabra, contando cuentos y recopilando historias. Vimos Latinoamérica a través de una lente narrativa, deteniéndonos ahí donde creíamos que existía una buena historia y ocupándonos de registrarla con la pluma, el corazón y la cámara.

De cada sitio donde compartimos nuestros cuentos nos llevamos de vuelta muchas historias más. Como los trovadores de antaño buscábamos trasladar la magia de un lugar a otro. Aprovechamos las ventajas de la tecnología para ir escribiendo un blog conforme avanzábamos: http://www.viajeros08.blogspot.com/. Afinamos oídos y ojos para captar la esencia de cada rincón. Atentos a descubrir momentos, sensaciones, encuentros, curiosidades que pudieran traducirse en relatos interesantes. Nos interesaba la historia de cada sitio, pero no tanto la que se registra en los libros, sino la que cuenta la gente común y corriente, la que se cuenta en las calles.
Siendo ambos psicólogos de formación, no sólo íbamos atentos a lo exterior sino que el viaje narrativo también lo vivimos hacia dentro. Lo que nos sucedía internamente ocupaba obsesivamente las charlas durante los largos trayectos de camión, las caminatas o los momentos antes de dormir, cada noche en un nuevo colchón. Así, esta exploración interna terminó encontrando una forma de colarse hasta nuestros escritos.

Contamos cuentos en los espacios más coloridos y ante los públicos más diversos de Latinoamérica. Bares con alguno que otro borracho; teatros abarrotados de universitarios; un salón de clases de una escuela rural con niños que hablaban quechua; una galería de arte en la que concurrieron retirados europeos, hippies nostálgicos y bibliotecarios mayas; infinidad de festivales en donde conocimos decenas de cuenteros de otros países; e innumerables plazas en donde los cuentos inevitablemente se mezclaban con campanadas de iglesia, ladridos de perros y gritos de vendedores de helados…

Transitando en medio de ese universo de estímulos, algo empezó a transformarse dentro de nosotros. Nos estábamos convirtiendo en juglares y cada vez más nuestra vida se parecía a la de los gitanos. Empezamos a sentirnos ligeros, atrevidos y despreocupados. Todo se convirtió en un juego. Nos atrevimos a probar y experimentar. Nos dimos permiso de equivocarnos y a no tomarnos tan en serio.

La fotografía fue uno de los ámbitos que empezó a reflejar ese espíritu, pues nunca antes habíamos usado una cámara de forma más o menos sistemática. Poco a poco fuimos descubriendo lo que un fotógrafo profesional nos dijo justo al arrancar el viaje: “la fotografía es el arte de la luz y la oportunidad”. Es menos importante la cámara y la técnica que el ojo curioso y atento.

Y así la cámara también se convirtió en un pretexto para jugar y una forma de acercarnos a la gente. Especialmente con los niños de los pueblitos más alejados que se emocionaban al ver el aparato y querían ver cómo habían sido retratados.

Echados a andar, un proyecto más fue cobrando forma: la realización de un documental sobre la narración oral de Latinoamérica. Fuimos capturando los mejores cuentos y las historias personales de los cuenteros con los que nos encontrábamos. Algunos rescataban la memoria legendaria de sus antepasados; otros contaban cuentos de la tradición popular; otros más seguían la ruta de la literatura contemporánea; y otros inventaban los cuentos que narraban. Detrás de cada uno de ellos registramos historias apasionantes de su romance con la palabra hablada.

Salpicaduras de un tiempo agitado

Nuestro paso por Latinoamérica cumplió en todo sentido la condición de ser un tiempo interesante. Aunque sería imposible reseñar todo lo que vivimos, va aquí una salpicada de lo que recogimos a nuestro paso:

Centroamérica nos revela su rostro accidentado. Un paisaje y una historia esculpidos por erupciones volcánicas, terremotos, derrumbes, intervenciones extranjeras, dictaduras y guerrillas.

En Belice conocemos a Ovidio, un desplazado de la violencia que explotó en la región en los ochentas y que ha ayudado a varias decenas de guatemaltecos y salvadoreños a encontrar refugio y trabajo en El Progreso un pueblito en medio de la espesura de la selva. Ovidio cuenta cuentos que aprendió de pequeño, en los velorios. En sus cuentos la magia impera por encima de la lógica; los locos son cuerdos, y los cuerdos, locos; y no siempre los más sagaces y dotados son los que ganan.

El Parcero, Robinson Posada, hace un testimonio etnográfico de los barrios marginales de Medellín, en Colombia. Cuenta historias de muchachos seducidos por el dinero fácil del narcotráfico. Familias que se desintegran al entrar en el torbellino violento de la vida del sicario. En Bogotá nuestros anfitriones nos hacen sentir una alegría contagiosa frente a la atmósfera de seguridad recuperada que les permite transitar su territorio, otrora secuestrado por guerrilleros y paramilitares. Todos hablan de Álvaro Uribe. Algunos le reconocen sus logros, como el reciente rescate de Ingrid Betancourt. Otros, le critican pues sospechan su intención de reelegirse nuevamente.

En Ayacucho, la ciudad donde nació Sendero Luminoso y en los ochentas desaparecieron miles de peruanos atrapados en el fuego cruzado de guerrilla y ejército, nos reciben los curadores del Museo de la Memoria. Uno de ellos, Raúl, un quechua, se libró de desaparecer en su adolescencia gracias a una red de panaderías que daba trabajo y ocultaba a los muchachos perseguidos junto a los hornos de pan. Mientras tanto, a nuestro paso por Lima, donde se celebra el encuentro de la APEC, la clase política asegura que aquellos tiempos lúgubres han terminado y se avecinan tiempos de prosperidad. El augurio se materializa al poco tiempo cuando Perú alcanza el primer lugar de crecimiento económico en la región. Dos meses más tarde mueren varios indígenas en la Amazonía, reprimidos por la policía del Estado mientras se manifiestan contra la venta de su territorio ancestral.

En la Paz, Bolivia, hospedados en un hostalito junto al mercado de brujería donde se venden fetos de llama para ofrendar a la Pachamama, atestiguamos de primera mano el orgullo que las etnias han recuperado a partir de la gestión de Evo Morales. Las cholas, altivas, con sus largas trenzas negras, caminan con faldas amplias y sombreros de bombín. En el Lago Titicaca una niña que pastorea a sus llamas nos impide fotografiarlas de manera frenética. En Cochabamba, Grober Loredo y su compañía de títeres El Waky nos ayuda a entender el gesto hostil de la pequeña pastora, pues el país experimenta un profundo conflicto. En la función de Cholomán y el pirata, comprendemos que Bolivia se encuentra dividida y confrontada. Este mismo ánimo de enfrentamiento está vivo en la controversia que se discute durante nuestra estancia en torno al referéndum constitucional que pretende integrar una doble visión sobre el Estado: una occidental, republicana; y otra de la tradición indígena ancestral.

En todos lados del Paraguay atestiguamos el entusiasmo con que la gente vive el proyecto transformador de Fernando Lugo. En el Teatro Municipal, minutos antes de que inicie un concierto de trova, vemos cómo espontáneamente la gente le aplaude de pie durante dos minutos, cuando entra en la sala. Tres meses después el entusiasmo se desploma al descubrirse que el presidente es padre de varios niños que concibió cuando todavía fungía como obispo. El saldo del escándalo es tan desolador que nos hace recordar nuestro paso por Tacuatí, un pueblito de la región del Paraná en donde el bosque nativo ha sido devastado en sólo diez años para sustituirlo con plantaciones de soya. Es Rubén Flecha, un cuentero de Asunción, quien nos relata este triste destino del campo paraguayo. A esa aridez él opone los recuerdos mágicos de su infancia que transcurrió en aquel pueblito en el departamento de San Pedro, desde donde Fernando Lugo, como obispo, encendió en la gente la primera chispa de esperanza.

Estando en la Patagonia chilena llega a nosotros la noticia de que Hugo Chávez le ha regalado a Obama las Venas Abiertas de Latinoamérica de Eduardo Galeano. Está visto que ni el fin del mundo uno puede escaparse de chocar con estas joyas de antología política. Dos semanas más tarde nos enteramos que la emergencia sanitaria del virus N1H1 ha iniciado en México. Mientras en Viña del Mar los jugadores de las Chivas del Guadalajara declaran haber sido tratados como leprosos, en Santiago, más del cincuenta por ciento del auditorio que había confirmado la asistencia a nuestra función de esa noche cancela al percatarse que somos mexicanos.

De asado en asado varios amigos argentinos nos cuentan cómo el consumo de carne vacuna está tan arraigado a la cultura argentina que cualquier alteración en la industria y en el abasto constituye un riesgo de estabilidad política. Así lo atestigua la debacle de los Kirshner en las votaciones intermedias de junio. Con una copa de vino mendocino en mano nos cuentan otro chisme de la agenda estratégica nacional: quienes defienden a Maradona como seleccionador nacional argentino sostienen que es el único capaz de bajarle los humos a los pibitos que juegan con la albiceleste y encaminarlos hacia la victoria.

En Montevideo muere Mario Benedetti. Eduardo Galeano, su amigo, declara que el dolor se dice callando. Y guarda silencio. Dos días después la multitud que marcha en memoria de los desaparecidos de la dictadura es acompañada con frases y versos del poeta que suenan en altavoces todo a lo largo del recorrido.

Un tropezón a medio camino

Era el veintinueve de diciembre. A las doce de la tarde entregamos el cuarto del hotel. Teníamos todavía seis horas antes de que el camión que nos llevaría a Santa Cruz partiera. Así que dejamos nuestras cosas en la bodega del resguardo frente a la recepción y salimos a las calles de Cochabamba a matar el tiempo.

Cuando regresamos por nuestras cosas, de inmediato notamos que faltaba una pequeña mochila que contenía lo más valioso del equipaje: pasaportes, diarios de viaje, una laptop y un disco duro con el respaldo de la fotografía y el material audiovisual de nuestro documental.

Las horas siguientes fueron terribles, pues no sólo se confirmó el robo, sino que experimentamos la negligencia de los dueños del hotel y la ineficiencia de la policía boliviana. Vulnerables, paranoicos, rabiosos y frustrados, pasamos un lúgubre fin de año. A pesar de que publicamos anuncios y cartas ofreciendo recompensas, poco a poco tuvimos que resignarnos a no recuperar nuestras cosas, que seguramente estarían siendo traficadas en el mercado negro, y arrumbados en algún rincón los diarios de viaje.

Con el ánimo menguado, sin poder encontrar un sentido a lo que nos había ocurrido, llegamos a temer que la continuidad del viaje estaba amenazada.

Sin embargo recibimos ayuda del consulado y la embajada de México para tramitar nuevos pasaportes y poder continuar con el recorrido. Así, cuatro días más tarde dejamos atrás Bolivia cuando cruzamos la frontera paraguaya en el Chaco, bajo un sol de cuarenta grados centígrados.
Visto en retrospectiva el robo fue sin duda uno de los mayores desafíos que enfrentamos en el viaje, pues supuso encarar un escenario doloroso: aceptar la pérdida de una parte de la memoria documental de nuestro viaje y resignarnos a la clausura del proyecto en cuyo trabajo habíamos alcanzado mayor madurez. El desafío lo superamos en la medida en que conseguimos capturar la perspectiva de que si bien habíamos perdido cosas, nuestra capacidad para seguirlas generando estaba intacta. Por otra parte concluimos que lo más valioso del viaje –la experiencia misma, la memoria tatuada en nuestra cabeza y corazón—es algo que nadie nos podía robar. Empeñados como estábamos en convertirnos en escritores durante el viaje, terminamos por convencernos que el robo era un episodio que sin duda enriquecía la trama de nuestra aventura.

La naturaleza

Aunque mucho de nuestro viaje, por sus características, nos mantuvo cerca de ciudades y capitales logramos darnos nuestros tiempos para sentir la naturaleza. Conectar con un mundo al que los bichos urbanos como nosotros hemos comenzado a olvidar…

Volver a dormir con el sonido de los grillos. Despertar en la madrugada con los gritos de los monos aulladores. Caminar por la tierra y sentir las piedras y el lodo. Sentir el sol pegando en la espalda. Tomar agua fresca del río. Ver completo el transcurso del sol por el cielo. Sentir la lluvia golpeando tu cara. Saber que cuando desaparezca el sol quedarás en plena oscuridad. Ver el paisaje nocturno plagado de estrellas y sentirte acompañado. Tocar el fondo fangoso de un río. Dejarte calentar por una taza de café en plena montaña. Agradecer un baño caliente para calmar los músculos adoloridos. Volver a caminar.

Tropezar en medio del camino con la carcasa de un guanaco. Ver en el cielo circulando los cóndores. Descubrir que detrás de un arbusto se esconde un zorro. Que entre las hojas de un árbol duerme un perezoso. Que entre el pasto va caminando una fila de hormigas cargadas de hojas. Que entre las matas de la selva acecha el jaguar, invisible a los ojos. Escuchar el zumbido de miles de insectos a tu alrededor. Voltear hacia los árboles y descubrir que lo que ves no son sombras sino changos. Que lo que aletea en la oscuridad es probablemente un murciélago. Que todavía existen tucanes, guacamayas y cotorras que viven en libertad.

Sentir la mirada de un puma que descansa escondido entre las rocas. Saber que te está mirando, midiendo. Reconocer en ese cruce de miradas que no hay diferencia entre uno y otro. Saberte presa fácil. Recordar que no estás en un zoológico; que en un par de saltos podría franquear la distancia que los separa; que seguramente fue él quien devoró al guanaco muerto que acabas de ver hace unos metros. Que estás en su territorio y tú eres un simple visitante. Que la inmensidad de la Patagonia le pertenece. Que no existe realmente la superioridad del humano cuando estás frente a frente con un felino de ese tamaño. Que sólo te queda honrar su fuerza.

En este viaje reconocimos y reconectamos con el poder de la naturaleza: desde la más pequeña de las hormigas hasta el imponente puma. Y nos supimos uno más dentro del universo.
Ojalá pudiéramos recordar para siempre esta sensación de hermandad.

Vuelta a casa

Latinoamérica recibe a los viajeros mexicanos con una serie de comentarios sobre lo que conocen sobre México. Escuchamos miles de veces referencias al Chavo, a las telenovelas, a Cantinflas, los cantantes, las rancheras. Y nos sentíamos bien recibidos, queridos.

Conforme fuimos avanzando, sin embargo, estas referencias se fueron convirtiendo en oscuros mensajes. En Montevideo, la primera frase que nos soltó una uruguaya fue: “¿México? Están en guerra, ¿no?”

Por más lejos que estuviéramos nos llegaban las noticias de la violencia que incrementaba sobre todo al norte del país, los secuestros cada vez más frecuentes en las ciudades, la ingobernabilidad de Ciudad Juárez, los decapitados, las narco mantas… En nuestras llamadas con los amigos y la familia podíamos percibir el miedo, la zozobra y la ansiedad.

Inevitablemente, nos sentimos contagiados por estas sensaciones y comenzamos a pensar si no convendría mejor no regresar. ¿Vale la pena volver a México? ¿Vale la pena formar una familia en un lugar donde los niños vivan con miedo de salir a la calle? ¿Es sensato vivir en un sitio donde cada vez es mayor el riesgo de perder en un instante todo lo que has construido? ¿No sería mejor buscar otro lugar del mundo en donde vivir con tranquilidad?

Llegaron a nuestra mente lugares que parecían mucho más favorables para continuar creando nuestro proyecto de vida. Costa Rica, el único país de Latinoamérica que en lugar de invertir en un ejército invierte en educación y donde es aún posible tocar la naturaleza virgen pues un porcentaje importante de su territorio constituye parque nacional protegido. Montevideo, la ciudad con el menor índice de criminalidad en la región, es una pequeña capital de menos de un millón de habitantes donde todo se mantiene a escala humana. Ahí pudimos caminar con tranquilidad por la noche, tomar taxis en plena calle y platicar con los demás sin estar a la defensiva.

Sin embargo, conforme más nos alejábamos de nuestra patria, más comenzábamos a extrañarla. Empezamos por lo previsible: extrañando los taquitos al pastor y los esquites, el olor a fruta fresca de los mercados, la sonrisa del tendero de la esquina, la música por todas partes y hasta los incómodos cohetones que no dejan dormir por las noches. También empezamos a sentir que nos hacían falta las largas charlas con amigos, los abrazos con la familia, el calorcito de lo cotidiano conocido…

En esa lógica de la nostalgia nos atacó un sentimiento que podría parecer irracional. Cuando supimos que la Ciudad de México se había paralizado por la contingencia sanitaria sentimos una necesidad urgente de estar ahí; estar con los nuestros; luchar junto con ellos contra la incertidumbre y compartir el tiempo de pausa de esos días.

Ese sentimiento nos dio la clave de la decisión de regresar. No nos dejaríamos ahuyentar por los miedos de otros ni por lo que eligen contarnos los medios. Decidimos volver para mirar con nuestros propios ojos, sentir con nuestro corazón y hacer nuestra propia historia.

Para ese momento, el viaje ya había cobrado madurez, habíamos cumplido nuestro sueño y ahora tocaba volver. Nuestro viaje había entrado en su última estación, la de compartir las historias con otros, pues como nos dijo un amigo chileno: “Viajar es como escribir en el agua. Si tu no lo cuentas, es como si nunca hubiera existido”.

Así, a nuestro regreso, cada vez más se va aclarando la forma que tendrá ese compartir. Estamos preparando un libro en donde haremos la crónica del viaje y compartiremos nuestras reflexiones, un espectáculo de cuentos en donde difundiremos los cuentos populares de Latinoamérica y un documental con el material audiovisual que recogimos.

Al final, si el universo confabula a nuestro favor como lo ha hecho hasta ahora, en estos proyectos se cumplirá la última jornada de nuestra vocación de viajeros: contagiar a otros el deseo de conocer los confines del continente; abrir los ojos al valor de la diversidad; devolverle a la palabra y a las historias la facultad que tienen para convocar y provocar el encuentro; entusiasmarlos con la posibilidad, a veces dormida, de cumplir sus sueños.

sábado, 24 de octubre de 2009

Miradas Cruzadas_Crónica del montaje

A Chimi y Agnés, viajeros incurables,
artistas de espíritu, entrañables amigos
"¿La vida, cuándo fue de veras nuestra?,
¿cuándo somos de veras lo que somos?,
bien mirado no somos, nunca somos
a solas sino vértigo y vacío,
muecas en el espejo, horror y vómito,
nunca la vida es nuestra, es de los otros,
la vida no es de nadie, todos somos
la vida —pan de sol para los otros,
los otros todos que nosotros somos—,
soy otro cuando soy, los actos míos
son más míos si son también de todos,
para que pueda ser he de ser otro,
salir de mí, buscarme entre los otros,
los otros que no son si yo no existo,
los otros que me dan plena existencia,
no soy, no hay yo, siempre somos nosotros,
la vida es otra, siempre allá, más lejos,
fuera de ti, de mí, siempre horizonte,
vida que nos desvive y enajena,
que nos inventa un rostro y lo desgasta,
hambre de ser, oh muerte, pan de todos...
Octavio Paz, Piedra de Sol (fragmento)

1.

La primera vez que pensamos en hacer una exposición de fotografías juntos fue en Lima, mientras cenábamos una sanwiche en el Juanitos de Barranco. Al calor del entusiasmo viajero a mí se me ocurrió plantear que quizá podríamos armar algo para exponer en Santiago, Chile. La reacción de Chimi y de Agnés fue instantánea: les parecía demasiado prematuro. Quizá en México, al final del viaje.

Pues armar una exposición de fotografías, como quedó comprobado después de nuestra experiencia, es un quilombo monumental.

Cuando ya han pasado dos meses del regreso a México, en una zona gris entre la vida nómada y la vida sedentaria, --cuando todavía no dejamos de estar viajando, y todavía no terminamos de llegar-- sedientos de extender las imágenes del viaje, nos juntamos a platicarlo otra vez en su departamento del Desierto de los Leones.

Ahora el tiempo parece ser propicio.



2.

Por más que nos cansamos de encontrarnos a lo largo del viaje --Colombia, Perú, Bolivia, Argentina-- nunca se nos hizo sino hasta ahora subirnos a su camioneta legendaria. Esa que anduvo con aceite de cocina desde el Zócalo de la Ciudad de México hasta el final de la ruta 3 en la Patagonia Argentina.

Hay una emoción difícil de describir, pues este espacio está impregnado de aires viajeros, de aventuras y encuentros. Jennifer y yo guardamos silencio y miramos. Es como asomarnos a un rinconcito de intimidad especial.

En los 30,000 kilómetros que recorrieron no les falló el carro una sola vez. Pero justo el día en que nos subimos, el filtro de aceite empieza a jugar una mala pasada. Nos detenemos en Cuernavaca a cambiarlo en la agencia de la VW.

Finalmente paramos frente a la Catedral de Cuernavaca. Del otro lado de la calle está la Casona Spencer, el museo donde expondremos.





3.


Entre las dos parejas debemos haber tomado más de 10,000 fotografías a lo largo del trayecto.

Ahora hay que elegir sólo 50 para la exposición. Es sorprendente lo que uno aprende de ver fotografías junto con otro, pues aunque uno haya tenido el ojo para tomarlas, no es sino hasta que las discute con otro que va cayendo en la cuenta de qué es lo que las hace funcionar.

Una foto tiene valor si consigue constituirse como un testimonio de lo irrepetible, y que no se conocería de no haber estado ahí el fotógrafo.

Una fotografía es mejor si no lo explica todo, si se aparta de lo literal, si hay espacios velados.

Una fotografía es buena si es capaz de hacer evocar, si consigue hacer emerger en el espectador en el sentimiento asociado al sitio que retrata, o de hacer nacer en él una cierta curiosidad sobre la experiencia subjetiva que cruza a las personas que está retratando.

La fotografía es buena cuando tiene movimiento, cuando hay la sensación de que pasan cosas. Cuando desafía al que la vé a interpretar qué es lo que ocurre y le hace completar la anécdota. La fotografía funciona si consigue enmarcar una historia en medio de un contexto caótico.



4.

Para mirar fotografías hace falta tener una buena dosis de obsesión. Un romance con el pixel, el pigmento y el milímetro cuadrado.



5.

La lección que recuerdo con más precisión de las clases de historia universal de cuarto de preparatoria que impartía un argentino exigente de nombre Angel Cabaña era la historia de un tal Taylor. El hombre que inventó la producción en serie. Que convirtió la manufactura en una secuencia de pequeños segmentos repetitivos que exponencian la productividad.

Mientras trabajamos en la casa armando los cuadros --Agnés y Jennifer limpian los vidrios; los autores firmarmos las fotografías y Chimi fija los marcos-- inevitablemente recuerdo aquella lección...

Pero sobre todo, confirmo que uno sólo se apropia plenamente de aquello que hizo con sus propias manos. Que vivió a título personal. De la potencia personal que confirmó haciéndo la cosa... Lo que vale también como metáfora para el viaje entero...





6.

Chimi y Agnés liderean el montaje. Son estrictos cual cirujanos o relojeros con la altura a la que habremos de colgar los cuadros. Se afanan en la distancia que debe separar uno de otro cual si de ello dependiera el funcionamiento del cosmos. Termino por rendirme a la evidencia de la magia que hay detrás de su sentido de proporción.

Más trabajo me cuesta el asunto de la curaduría. La elección de qué fotografías harán un buen conjunto al ser puestas juntas. Lo cual es un desafío, pues de entrada estas fotografías no fueron pensadas para conformar una serie; hay tres miradas inconjugables detrás de la lente; y juegan cuatro sensibilidades divergentes en el ejercicio.

Los hombres nos sentimos de inmediato inclinados a imponer un criterio racional al órden de las fotografías. Un órden cronológico. Una agrupación geográfica. Una separación cromática.

Son las mujeres las que consiguen hacer prevalecer una cierta sensatez intuitiva imprescindible en este ejercicio lúdico - artístico: el criterio es que las fotos se vean bien juntas... Sin que eso pueda ser explicado de ninguna forma.

De los cuatro, yo soy el que consistentemente tropieza en el consenso artístico del grupo. En el momento más bajo de la tarde, me atrevo a sugerir que coloquemos de forma contigua una fotografía de unas morsas enormes junto a una de unas mujeres obesas que toman el sol en un balneario en Salta, Argentina. Chimi y Agnés me miran con paciencia y tratan de encontrar argumentos delicados para no herir mi sensibilidad de charro y hacerme ver que no hay forma en este universo en que esa asociación gráfica funcionaría.

No sorprende que durante todo el proceso de curaduría flotara sobre mí una sensación de inadecuación. Soy un marciano verde que al parecer pertenece a otro universo.

Cuando todo indica que hemos terminado después de una increíblemente larga jornada de trabajo, en la que ha sido tremendamente difícil estar los cuatro de acuerdo, Chimi y Agnés tienen una ocurrencia. Cuestionar lo que hemos hecho y volver a empezar. Romper el órden al que hemos llegado y buscarle un abordaje nuevo al asunto. Reinventarnos la forma en la que está curada la exposición. Incluso ofrecen alguna referencia de por qué esto es artísticamente pertinente...

Yo me quiero medio morir. Pues estoy cansado y a estas alturas predomina en mí un espíritu más bien práctico. Una especie de convicción de Paretto que se contenta con el 80/20 que hemos conseguido con sudor y sangre y a la que le resulta un tanto enojosa su pretención de alcanzar el 100%.

Pero su perspectiva me hace mella. Y me quedo pensando. Es cierto que puede que en el fondo de estos vuelcos repentinos que muestran los artistas haya una inseguridad. Pero puede también que justo en ello radique la autenticidad de su búsqueda. El rompimiento y el recomienzo responde a la convicción de cuestionar todas las certezas. Apenas ahí empieza el arte...








7.




La exposición está montada. Cincuenta fotografías que tratarán de dar cuenta de la mirada de dos parejas con sus aventuras, con sus sueños, con sus momentos de asombro, con el arco de vida que transcurrió en el año de vida nómada al que se lanzaron.

Llegados a este punto, experimento con claridad la dificultad asociada a la idea de exponer. ¿Quién las vé? ¿A quién le importa? ¿Qué le pasa al que las vé? ¿Qué conexión se establece? ¿Qué sentido, qué trascendencia tendrán estas imágenes?






8.
Llega la noche de la inauguración. Ahí estamos los cuatro. Tan cerca. Tan parecidos. Tan amigos.
Tan distintos.
Hemos trabajado casi dos meses para llegar a este momento que durará apenas unas cuantas horas. Tengo la impresión de que las cosas buenas de la vida se trabajan arduamente durante largo tiempo y luego se consumen en una brevedad. Como fuegos artificiales.
La charla que acompaña a la inauguración se convierte en otro escenario de reflexión.
Una tía mía pregunta en qué ha consistido la transformación interior del viaje.
Yo contesto que la transformación más grande ocurrió en el momento en que decidimos hacer el viaje. En el momento en que "soltamos" la vida anterior. En esa disposición a la aventura.
Agnés contesta que para ella, a pesar de que ya pasaron varios meses de que su viaje terminó (unos cuantos en Buenos Aires y otros tantos en D.F) todavía es prematuro responder.
Mi mamá pregunta que cómo haremos para lidiar con el pasmoso regreso a la realidad cotidiana, después de haber tenido una experiencia casi paradisiaca en la ligereza de la vida nómada. ¿Cómo se elabora ese pérdida?
Yo contesto que la vida cuando es buena, es una secuencia exitosa de duelos elaborados. Tenemos que morir al niño que fuimos para convertirnos en el adulto que somos. Y hacer ese duelo. La etapa que muere es el padre de la etapa que viene. Si uno entiende esto, la pérdida tiene sentido. Y que desde esa perspectiva, acometo este momento con optimismo.
Agnés, en su turno, confiesa que ella se muere de miedo. De tristeza. Que todavía no sabe cómo encontrará la vereda que sigue.
Reconozco en las respuestas de Agnés sencillez y honestidad.
.
Termina la charla. Pasan muchos días. Y sus palabras siguen resonando en mí. Nuestras respuestas enmarcadas en un mismo espacio tienen un efecto confrontante. Un cuestionamiento, una vuelta a mis propios dichos, una revisión de mis convicciones.
Y quizá ese sea el propósito entero de cruzar miradas. Reinventarnos. Volvernos a pensar. Redescubrir quiénes somos mientras nos miramos en el espejo del otro...


jueves, 4 de junio de 2009

¡Hasta la vista! ¡Hasta siempre!

Atarse al Timón


Llegamos a Villa de Merlo por pura coincidencia. Estábamos en la ciudad de Mendoza y queríamos partir el largo trayecto a Buenos Aires pasando un par de días en algún pueblito. Necesitábamos unos días de tranquilidad y descanso. El ansia del regreso empezaba a aparecer en nuestras mentes en forma de insomnio y pesadillas. Las miles de preguntas que teníamos que responder revoloteaban nerviosas en nuestra cabeza. Así que una pausa de calma antes de llegar al ritmo acelerado de la capital era lo que necesitábamos. Investigando, me llamó la atención el nombre Merlo. Simplemente por su sonido me lo imaginé como un sitio armónico.

A medio camino entre Mendoza y Villa de Merlo tuvimos que esperar algunas horas en la terminal de buses de San Luis. Ahí decidimos llamar al sitio donde pensábamos alojarnos –sólo para confirmar que el lugar visto en internet realmente existía y estaba disponible. Resultó que no. Lo que pensábamos era un hotel, realmente consistía de una cabaña que ya estaba ocupada. Sin embargo, el dueño del lugar nos recomendó dos sitios más. También cabañas individuales. Una de ellas se llamaba Las Mariposas. Y otra vez, por el simple nombre, lo elegimos.



Arturo llamó al sitio y regresó con una cara no muy alentadora: “Me contestó un señor al que no le entendí muy bien. Me dio la impresión de que estaba enojado, como molesto de que llegaran clientes”.

Esto me lo dijo ya subidos en el bus rumbo a Merlo. Así que decidimos aún así llegar a Las Mariposas por lo menos por la primera noche y de ahí ver.
Pero cuando llegamos a la cabaña nos recibió un hombre de nuestra edad, sonriente y amable que inmediatamente nos saludó de beso y nos trató como si nos hubiera estado esperando todo el día. Nos mostró la cabaña de troncos de madera y piedra, como salida de un cuento, acogedora, calientita y con todo tipo de pequeños detalles que hacían notar que los dueños no solo le habían metido empeño sino corazón.



Esa noche dormimos con una profundidad que hace mucho no habíamos experimentado. Jorge, al día siguiente, nos explicó que eso se debía al micro clima especial que existe en Villa de Merlo (una condición que sólo se repite en dos otras partes del mundo, una en California y otra en Islas Canarias). En estos sitios, por alguna explicación científica que no logré entender muy bien, el aire tiene más oxígeno de lo normal y eso ayuda a relajar el cuerpo, descansar y recuperar horas de sueño. No sé si se deba a eso o al cansancio acumulado después de doce meses de viaje pero dormimos como bebés.

En cuanto entramos en confianza Jorge no se cansó de disculparse por su aparente mal humor en el teléfono. Resulta que cuando llamamos él y Sandra, su esposa, habían estado moviendo muebles y a ella el esfuerzo le había provocado unas punzadas en el corazón. Punzadas que resultaron nada graves pero que al momento los asustaron a los dos. Así que con esa preocupación, Jorge contestó el teléfono y dijo cualquier cosa, pensando más bien en la salud de su mujer. Al colgar, ni él ni nosotros había entendido nada. Jorge nos confesó entonces que nunca creyó que llegaríamos esa noche, después de cómo nos había contestado. Sin embargo, el destino es terco.

Desde ese primer día –nublado, gris y frío- nos dimos cuenta por qué teníamos que haber llegado ahí.

Jorge y Sandra, tan conversadores como nosotros preguntones, nos contaron cómo habían llegado a parar ahí. Ambos eran de Buenos Aires y hace dos años habían decidido hacer un cambio total en su vida: alejarse de la ciudad, dejar sus trabajos de oficina, mudarse al campo y emprender un negocio dedicado al turismo, para darse una vida junto a la naturaleza.



Habían recorrido un largo camino de planeación, ahorros, ventas y riesgos. Con la venta de su casa en la capital compraron el terreno que se convertiría en Las Mariposas y junto con un arquitecto comenzaron a idear el espacio para convertirlo en lo que ahora veíamos: una cabaña para rentar a dos personas y un bar de tapas-casa de té contiguo a su propia casa. Ronin, su perro, los acompañó en la aventura.



Y como en un espejo, comenzamos a contarnos las dificultades y obstáculos que existen cuando uno se decide a emprender su sueño. Sobre todo, de las reacciones que tiene la gente cercana cuando escucha lo que quieres hacer. Reacciones provocadas por el miedo, el desconocimiento, la ansiedad y muchas veces, por el mismo cariño que te tienen y que no desean verte ir…

Ninguno de los dos era chef ni había manejado antes un negocio de ese estilo. Lo único que tenían era la firme certeza de querer construirse una vida distinta a la que tenían en la ciudad. Una vida llevada a un ritmo más pausado. Una vida dedicada a ver crecer un negocio propio. Una vida hecha a su medida y no una en donde ellos tuvieran que acoplarse a las medidas exigidas por otros.


Nos contaron de lo difícil que fue arrancar. Los primeros días, vacíos y sin clientes, cuando Jorge sentía que caminaba por las paredes de la ansiedad que lo corroía por dentro. Las dudas y los cuestionamientos. La inseguridad de sentir que quizás habían errado en su decisión. El miedo del primer año donde a lo más que se puede aspirar es a quedar tablas con la inversión. Pero, sobre todo, la dificulta de seguir adelante, creyendo en tu proyecto, aunque todos alrededor se dediquen a opinar, criticar y aconsejar…

“Hay opinólogos en todas partes” dice Sandra: “Esos que jamás han hecho algo parecido en su vida pero que se sienten con toda la autoridad del mundo para decirte a ti como llevar a cabo tu sueño”.

“Y a ellos”, enfatiza Sandra: “simplemente hay que ignorarlos”.

Claro que una cosa es decirlo y otra, muy distinta, hacerlo. Teniendo encima las deudas, un negocio que todavía no arranca, las dudas de haber hecho lo correcto, el miedo por emprender algo desconocido… Es muy tentador atender a los consejos de los demás y desviar el camino. Otorgarle a otro el poder de decisión. Lo difícil es defender lo tuyo cuando eso aún es invisible ante los ojos de los demás.

Jorge, cándidamente, confiesa el miedo que sentía. La necesidad que tenía, como ex consultor de sistemas, de que todo, cada detalle cuadrara a la perfección. De que cada cosa tuviera una razón de ser. De que cada movimiento estuviera premeditado y calculado los riesgos y beneficios. Sin embargo, fuera del mundo cibernético, el mundo rara vez funciona así. Tiene formas más bien caprichosas de moverse. Y así, finalmente, lo pudo entender también él.

“Hay que amarrarse al timón” explica Jorge: “en esos momentos, te amarras fuerte al timón y sigues navegado recto hacia tu propio destino”.

Si atiendes a los consejos de los opinólogos, terminarás dando vueltas, tratando de satisfacerlos a todos, cambiando a cada instante el giro de tu negocio, modificando, quitando, agregando y al final, perdiendo el sentido de tu propio sueño.

Esa noche nos vamos a dormir Arturo y yo con miles de sueños en la cabeza. Proyectos que aún no tienen forma pero que comienzan a dibujarse en los escondrijos de nuestra mente. Sueños que por el momento son tan frágiles como las alas de las mariposas. Sueños que algún día llegaremos a cumplir. Y cuando lo hagamos pensaremos en nuestros amigos de Villa de Merlo que por un sueño que parecía locura lograron amarrarse al timón y atender hacia su propio corazón para seguir el trayecto trazado por su mente.


miércoles, 3 de junio de 2009

Benedetti a cara o cruz


Le pedí a Rafa González que escribiera algo sobre Benedetti, pues en verdad no conozco a nadie que hubiera leído con tanta pasión. Que lo hubiera leído como se debe leer, con los ojos, con la piel, con los riñones, con las plantas de los pies.

Le pedí también porque, siguiendo la costumbre aquella que inauguró narrativamente Mario Benedetti, si algún día yo tuviera que vivir a salto de mata perseguido por la dictadura, seguramente él sería uno de los que me daría la llave de su casa para contar con que puedo pasar la noche a salvo; o lo que para el caso es lo mismo, yo no dudaría en darle a él una llave de mi casa.

Le pedí finalmente, porque a dos días de regresar a México, el filo nostalgioso que entre otras cosas me recorre las tripas, exige silencios. Y a él puedo pedirle prestada la voz.

Benedetti a cara o cruz
Rafael González Montes de Oca

"A Benedetti le sucedió un drama del que no se ha hablado mucho en estos días: se convirtió en un objeto de consumo.

Lo tenía todo: la obra, claro, pero también la imagen, la marca. Era un hombre mayor pero alegre, no anciano, con mejillas pequeñas pero infladas, con un par de líneas cruzando su frente. Su mirada amable, comprensiva, pacífica, miraba a las cámaras y a las personas como si las conociera de toda la vida. Esa mirada estaba enmarcada por unas cejas que, a veces alerta, a veces divertidas, a veces pensantes, siempre parecían un poco sorprendidas. Sus párpados caían sobre sus ojos lo suficiente para parecer los de alguien que ha vivido mucho pero se ha divertido mucho, o que ha tenido que soportar mucho, pero ha dejado todo el sufrimiento atrás. Ese conjunto de ojos-cejas-párpados-brillo en la pupila-bolsas de los ojos, parecía decir “lo sé” o “yo te conozco” o “¿qué crees?” o “mirá vos” o todas las anteriores al mismo tiempo.

Tenía una nariz que al pasar de los años se fue haciendo redonda y caricaturesca, de abuelo simpatiquísimo, sin barba pero eso sí: con qué bigote, qué bigote abundante que se fue haciendo blanco, blanco, y que se partía a la mitad por en medio, que ocultaba a veces toda su boca y era el marco superior perfecto para una sonrisa eterna. Sospecho que Benedetti sonreía sin querer, lo que explicaría que no haya una imagen de él en que las comisuras no formen o al menos insinúen una gran sonrisa cómplice, de quien sabe algo genial que los demás ignoran.

Se vestía siempre de camisa y casi siempre de saco, pareciendo un Martín Santomé de verdad. Cuando escribió La Tregua tenía 40 años, y siempre me ha parecido que llevaba tan dentro a Santomé, que creció para convertirse en la viva imagen de su personaje.

El conjunto era, pues, genial. El Benedetti de los últimos años podía haber sido dibujado por Quino. Los ingredientes perfectos para tener un artículo para el consumidor de hoy.

Por si su imagen fuera poco, tenía giros literarios que se prestaban para la admiración dulzona:

“No te salves”, escribió, sin sospechar que la frase sería utilizada como grito de guerra de quien fuera, incluyendo a los alumnos de una de las universidades privadas más caras del país, que grafiteaban eso en paredes de tabla roca dispuestas para la ocasión cuando peleaban quién sabe qué frivolidad con la junta directiva de la institución.

“Somos mucho más que dos”, escribió, sin prever las tantas ocasiones en que alguna colegiala ignoraría la fuerza del texto completo para exclamar “¡Ay, qué lindo! ¡Más que dos!”

“Mi estrategia es que un día cualquiera, no sé cómo ni sé con qué pretexto, por fin me necesites”, escribió. ¿Cómo se iba a imaginar que esas líneas serían el status con que alguien se describiría en Facebook hace unos días, cuando al viejo le llegó la muerte?

Benedetti se convirtió en un objeto de fácil consumo, como lo pude tristemente comprobar aquella noche de 1997 en que él se sentó en un sillón colocado en el escenario del Palacio de Bellas Artes. Leía textos selectos de su obra y los fans, apiñonados en cada butaca, en cada pasillo y cada escalón del recinto, aplaudían lo que dijera, a rabiar. No importaba lo que leyera, bastaba que hiciera 3 segundos de silencio para que la gente –después de unos momentos de desconcierto– comprendiera que había terminado esa lectura y aplaudiera, gritara, rugiera, a más no poder. Decía Benedetti el nombre de un libro cualquiera del que leería algo y la audiencia estallaba en ataques de emoción y entusiasmo. Llegó un momento en que se puso a leer frases, algunas de ellas aisladas y sin mucho sentido. Poco importaba. Podía decir lo que fuera, podía decir “pasan misiles ahítos de barbarie globalizados”; euforia total. O decir: “se me ocurre que vas a llegar distinta, no exactamente más linda, ni más fuerte, ni más dócil, ni más cauta, tan sólo que vas a llegar distinta”, y el segundo piso del recinto se caía en gritos, silbidos y aplausos. Le ponían una aureola y hacían de sus frases una cándida moraleja, tal vez sin saber siquiera que él habría advertido desde siempre contra esto. Eso no es amor, diría.

Ese Benedetti aclamado como un ídolo pop era indeseable e insoportable porque era una agresión contra él mismo. Mario Benedetti, si es lindo, no es. Flaco favor le hizo Nacha Guevara al llevar al canto su “Te Quiero” inmortal: “Tequieroenmipaaaaaaaaraaaaíííííííísssooooooooooooo”, tipludamente, melódicamente, encantadoramente… qué traición terrible. A ese Benedetti-cosita linda había que decirle adiós.

Algunos tontuelos lo despiden ahora, tardíamente, y hacen escritos intragables metiendo forzadamente los nombres de sus libros o de sus poemas dentro de cada párrafo:

Es hora Don Mario que “Hagamos un Trato”. -Un trato que nos indique “La Tregua” que Usted propone. Podría tirarle “Piedritas en la Ventana”, aprender y poner en práctica su “Táctica y Estrategia”…

Por favor. No hay respeto para los muertos.

Un Benedetti dulzón y uno doloroso, uno armónico y otro desconcertante. Cara y cruz del mismo gran tipo ¿Cuál era su verdadera cara? ¿Cuál de estas dos caras era su verdadera cruz?

El día del empalago de aplausos en Bellas Artes llegué a mi casa a sacar todos mis libros de Benedetti porque sentía que necesitaba encontrarme con él, con sus giros inesperados, con su originalidad, pero sobre todo con su bronca. Lo de Benedetti es la bronca. Tiene sus aforismos graciosos y sus cuentos ortodoxos, sí, y buenos. Pero el Benedetti que llega a la médula, que se mete al torrente sanguíneo, que se queda para siempre con uno, no es lindo: es doloroso, es pasmoso, es sorprendente.

La estrategia está mona, pero sólo se percibe su fuerza cuando se la lee como complemento sencillo y tremendo frente a la elaborada y detallada táctica.

“Somos mucho más que dos” es sólo una frase linda, comparada con la descripción que el autor hace de los ojos de ella, conjuro contra la mala jornada; de su mirada, que mira y siembra futuro; de sus manos, que trabajan por la justicia; de sus caricias, que son sus acordes cotidianos; de su rostro sincero, de su paso vagabundo y de su amor por el mundo. Te quiero porque sos pueblo, le dice. Amor a su tierra y amor a su pueblo y amor a la justicia encarnados en el amor a una mujer. Carajo.

Ese es en realidad el que ahora se fue. Se fue Benedetti, el que decidió que Avellaneda y Santomé no vivieran felices para siempre, sino que hizo a éste un inesperado viudo de amante. El que escondió en otro libro una inusitada carta que ella le escribe a él desde su lecho de muerte. El que se fue ahora es el Benedetti que hace que uno se sienta el oficinista aburrido que encarna en sus historias, esperando que den las 5 de la tarde para escapar del tedioso infierno de su escritorio; que logra que uno se sienta el expulsado de su tierra, o el exiliado que es notificado de que con la distancia y el tiempo su mujer ha estado sola y por lo tanto ha dejado de serlo. El que logra que uno se sienta que está del otro lado de los barrotes, viendo a su hijo llorar por ver a su padre preso y torturado y le dice “llorá nomás botija, son macanas que los hombres no lloran”. Carajo.

El que logra que uno se sienta por un momento el abuelo que es desprendido de su nieto, que era su único hilo conductor con la vida, cuando tenía preparados 10 ó 12 cuentos para narrarle en secreto. El que logra que uno comprenda la profunda sinceridad del hombre que se emborrachó e hizo comentarios desastrosamente honestos y por lo tanto fue abandonado por su mujer, y que bebe una vez más tan solo para que, cuando le llame para decirle que la ama, ella sepa que le está diciendo la verdad.

El que escribió esa frase lapidaria que ha surgido y seguramente seguirá surgiendo de algún lugar del recuerdo en distintas disyuntivas de mi vida: uno no siempre hace lo que quiere, pero tiene el derecho de no hacer lo que no quiere. Carajo.

Chau, viejo, chau.

Chau número final.

El día que murió Benedetti


Benedetti murió tres semanas antes de que termináramos el viaje. De una forma elocuente y sincrónica, supongo, pues todo ahora sabe a despedida.

Nosotros nos encontramos con la noticia el día que llegamos a Buenos Aires, a las cinco de la mañana, rodeados de una neblina tremenda.

Compramos el periódico en la estación de buses y lo leímos tomando café en la estación.

Esa misma mañana recibí un correo de Yvonne Pahlen, nuestra amiga uruguaya del Paullier.

"La ciudad está inundada de Mario...... hoy en la Marcha por los desaparcados su voz se hizo escuchar a través de los parlantes con su poema sobre los que ya no están y no sabemos donde están!

Me acordé de tu emoción en Táctica y Estrategia...

Galeano anduvo mostrando su dolor callando más que nunca.


Montevideo está de luto."

Le pedí que me contara más. Me escribió otro texto al día siguiente. Y me escribió:

Mario Benedetti ("benditos" en italiano) benditos y benditas sean las personas honradas como él.

La ciudad, domingo entero atardeció con su muerte. estaba internado y lo habían mandado a su casa porque estaba mejor, murió durmiendo.

Su mujer Luz murió en el 2006, tenía Alzheimer.

No tuvieron hijos.

El lunes solo escuchábamos su voz en todas las televisiones y radios, y cuando no era su voz eran sus palabras cantadas o dichas por otras gentes, artistas, cantantes, escritores, juglares. Mario sabía decir, siempre disfruté de su tono, no muy dramático, sincero, acogedor, de abuelo de tanto en tanto, de cuando en cuando.

Todo ese día las palabras tocaron nuestros cuerpos, sus poesías acariciaban y sorprendían nuestros cuerpos, que parando de hacer lo que estábamos haciendo en el cotidiano, nos dejábamos mecer, entristecer, alegrar, concientizar.

Dijo Mario que para él, la única religión, era la conciencia.

Todo ese lunes los uruguayos pudimos ir a despedirnos del poeta al Palacio Legislativo, más exactamente a "El salón de los Pasos Perdidos". Nunca estuvo más lleno de pasos ese enorme espacio construido a principios de siglo pasado.

El amor en él era grande, amor por su pueblo, por sus allegados, su familia, su esposa, su amor por el compromiso permanente por una vida digna y más justa para aquellos que les tocó y les toca vivir en la miseria...

Recién ahora que me pedís que te cuente hago carne esas sensaciones auditivas permanente del lunes y del martes, ese bombardeo amable refrescante purificador de su voz y sus letras.

Ayer 20 de mayo, fue la Marcha del Silencio por justicia y verdad y porque queremos saber donde están nuestros desaparecidos.

La voz de Mario salió desde los parlantes instalados a lo largo de 18 de Julio embanderándose una vez más Mario con esta lucha recitando sus versos donde habla de los que ya no están y no sabemos dice él, donde carajo los metieron.

Valiente el poeta.

Ahora lloro un poco, entrañable Mario, franco y tan buena persona.

Supimos encontrarnos con él en el exilio, siempre dispuesto a hacer lo que fuera necesario para luchar desde fuera para el adentro que estaba en dictadura.

Ni una soberbia.

Cuando escribió Desexilios pegó fuerte, él también estuvo 12 años dando vueltas por ahí mientras hacíamos tiempo sabiendo que volveríamos, aunque en cada lugar, por salud mental, sacáramos los trapos de las valijas y los colgáramos en el ropero.

Grande Mario y gracias Arturo por pedirme que te contara. Me hizo un bien enorme.

Te, los abrazo.

Yvonne

martes, 26 de mayo de 2009

Bienvenidos a la Gran Ciudad


Dos días después de haber llegado a Buenos Aires (en nuestro primer paso por ahí) salimos a tomar unas cervezas por el barrio de Palermo Soho con Chimi y Agnes.

Caminamos por la banqueta con un revoloteo de charlas a cuatro voces.

De pronto se hace el silencio.

Lo que ocurre a continuación pasa tan rápido que la percepción se fragmenta en imágenes separadas, como hoja de contacto en fotografía, pues el ojo es incapaz de captarlo como una secuencia integrada.

Un muchacho, a escasos diez metros de nosotros, pasa a toda velocidad en su bicicleta. Se va directo sobre una chica que está parada en la esquina, hablando distraída por su teléfono celular. Le pega un cachetadón en mejilla, nariz y pómulo que le hace soltar el aparato. El tipo lo recoge y se prepara a escapar en desenfrenada carrera, a golpe de pedal.

Casi instantáneamente, con la misma inercia del sprint, otros que han presenciado la escena reaccionan y toman acción. Un grandulón que camina en sentido contrario por la acera y que tiene un mentón autoritario que pudo haber sido imaginado por Fontanarrosa en Boogie el Aceitoso, le cierra el paso al ciclista ladrón.

Como si le hubiera dado un golpe de timón al volante de su bicicleta, el muchacho hace un giro de noventa grados y se dispone a cruzar la calle. Un automovilista que también ha visto todo mientras estaba parado en el semáforo, acelera y le avienta el coche sin piedad al ladrón. La defensa del auto impacta la bicicleta y el muchacho va a dar al piso. En el impulso de la caída suelta el teléfono celular que se resbala sobre el concreto como moneda en rayuela.

El muchacho, recién aterriza en el concreto se reincorpora de un salto, como pugilista que ha tocado mil veces la lona y que tiene el instinto de rebotar y volverse a poner en pie para seguir recibiendo su dosis de golpes, pues sabe que mantenerse en pie es la única posibilidad que tiene de ganar. O de no perder. En la inminencia de ser atrapado, el chico abandona la bicicleta y sale corriendo en un pique de negro jamaiquino por la calle perpendicular.

El conductor de otro coche se arranca detrás de él. Hunde a fondo el fierro del acelerador y el coche ruge. El muchacho dobla a la derecha en la primera cuadra que puede. Lo perdemos de vista. El coche que lo persigue desaparece también en el recodo de la esquina.

La atención regresa a la chica que fue asaltada. Para este momento ya hay diez hormigas gregarias rodeándola que han salido de los negocios cercanos para ver qué ha pasado. Le preguntan si está bien. Le ofrecen ungüentos y cremas para apagar el incendio que el golpe le ha dejado en el rostro. La consuelan. Una muchacha le devuelve el celular que recogió de la boca de una alcantarilla, hasta donde había rodado. La chica lo recibe con un puchero de niña de cuatro años a la que se le escapó un globo.

Mientras tanto veinte mirones polemizan argentinamente sobre lo que ha pasado. Un bigotón que luce una boina y que salió de un café dice con una vocecita de tonos agudos que la ciudad sha no es lo que era. Una vieja que pasea a su perrito asiente y afirma que sha no se puede caminar por este barrio como en otros tiempos. El carnicero que luce un gran delantal manchado de sangre concluye que la tranquilidad de otros tiempos se ha ido al canio.

Se dispersa la comitiva. La calle se va quedando vacía. Con los árboles mudos como testigos.

Nosotros, los cuatro mexianos, continuamos nuestro recorrido.
La escena del robo no es para nosotros nada fuera de lo común, acostumbrados desde hace años a una violencia que en la Ciudad de México con mucho excede la escena de gamines que acabamos de presenciar.

Lo que sí es nuevo y emociona, es la reacción de la gente. La respuesta de los porteños que a pie firme defienden su territorio. Su no indiferencia. Su solidaridad. Su arrojo para atajar al ladrón. Su protagonismo para decir, en los hechos, que no están dispuestos a que nadie les secuestre la calma.

jueves, 21 de mayo de 2009

Lecciones culinarias y otras recetas con los de la Torre Aguirre

El enemigo es la rutina. El enemigo es el cansancio. El enemigo es el estrés. El enemigo es el desbalance. Hay que combatirlo sin piedad. Aunque sea martes. Aunque sea miércoles. Hay que darse tiempo para apagar las luces. Para prender las velas. Para hablar. Para escuchar. Para mirarse a los ojos. Para sentir al otro y no convertirse en un desconocido. Para no encontrarse de pronto en la tumba, y darse apenas cuenta de que uno ha sido ajeno a su propia vida. Que la existencia se le escapó a uno en medio de la frustración, el miedo y la prisa.



El secreto de la comida ya está todo inscrito en su interior. Como una perla dentro de una ostra. Si uno la elige bien, lleva el setenta por ciento de la prueba de la cocina superada. En Chile la materia prima ayuda. Los chilenos son obsesivos de sus insumos. En las fronteras son fieros para impedir que a nadie se le ocurra introducir nada que vaya a echarles a perder la cosecha, a enfermar el ganado. Las conchas de borde negro de Chiloe son pedacitos encapsulados de cielo.



La comida empieza desde la preparación. Desde los colores y los olores en la visita al mercado. Desde los recorridos entre los anaqueles que exhiben ingredientes. Preparar comida es un acto de amor. Es un pensar en otro que se estira en el tiempo. Preparar comida es honrar a quien nos regaló el fuego. Preparar comida es hacer magia con fuego. Se cocina platicando. Riendo. Recordando. Con una copa de vino tinto al lado. Eso sí: No importa cuán grande sea el espacio de la cocina, en realidad es tan pequeña que sólo cabe en ella una voluntad. Habrá que elegir a quién le toca mandar. Y el otro, dócilmente, deberá limitarse a seguir instrucciones: a picar cebolla, a limpiar las ostras. Se cocina experimentando, tomando riesgos. No es cocinero quien no se avienta al desafío sobre la montaña rusa del ensayo y el error.



El vino es luz líquida. Tonos de arcoiris en el espectro superior del rojo rubí. El vino se muestra mientras acaricia las paredes de la copa. El vino es música líquida. Sus sabores se escriben como en pentagrama. Notas de moras silvestres, roble y caja de habanos. El vino tiene más cosas que contar en la medida que acumula experiencia y edad. Hay quien antes de tomar el vino hace un recuento de la historia que guarda la tierra en que creció la vid. Hay quien orienta el sabor del vino por los recuerdos que el año de la cosecha le traen a la memoria. Pero en realidad, del vino sólo importa una cosa: que guste. Si no gusta, vale lo mismo que agua de charco.


El espacio y el tiempo son esenciales. La historia que cuenta la luz y cuenta la sombra. El rinconcito del patio, que es un universo en sí mismo, un escondite, una guarida. El jarrón sobre la mesa. Las velas. El cojín mullido. Uno se pierde a sí mismo si no encuentra un sitio donde las cosas estén quietas. Donde el verde de la enredadera haga su trabajo de crecimiento silencioso. Un sitio para detener la mente. Para estar tranquilo. Para leer el periódico del sábado o una novela. Sin prisa, dejando que los ojos corran sobre las palabras a su ritmo. Dejando que el respiro encuentre su cadencia.

Un lugarcito para tomar el té en el estricto cánon con el que los que saben preparan el agua de hierbas: calentando la tetera antes de vaciar el agua. Sumergiendo las bolsitas de hierba sólo lo necesario para que le den al agua su aroma y no amarguen su sabor. Tomándolo en pequeños sorbos y dándose tiempo para respirar profundo. Sonriendo porque uno está vivo.



Y finalmente uno tiene que desamodorrarse. Encontrar cualquier pretexto para salir de la ciudad. Para vencer el magnetismo del concreto. Para escapar del aire negro de la selva de asfalto. Y encontrar algún lugarcito desde donde mirar sin que la vista sea bloqueada por ningún obstáculo. Un sitio que huela a tierra y huela a frutos. Un sitio en que uno pueda palpar el tiempo. Darse cuenta cómo el otoño es el hijo del verano.



Y entonces, sólo si uno ha hecho la tarea de espantar a los fantasmas; sólo si uno ha construido la atmósfera hasta el último detalle; sólo si uno ha dispuesto el espíritu... el encuentro ocurre.

Ahí, en ese espacio que con perseverancia de carpintero uno le ganó a la desidia, al estrés y a la angustia, es posible compartir. Sobre ese mantelito que parece el escenario de un pequeño teatro, uno siente el impulso de volar. Ahí, uno puede volver a regodearse con los amigos en las historias que lo reseñan a uno como quien es, más alla de toda pretensión.


Y uno siente se siente alegre y parlanchín. Y a uno le dan ganas de decir, sencillamente, gracias...

sábado, 16 de mayo de 2009

Las casas de Pablo Neruda

Al llegar a Santiago descubrimos que para visitar la casa de Pablo Neruda era necesario hacer tres recorridos en tres ciudades distintas pues el poeta tenía una casa en la capital, otra en Valparaíso y una última en Isla Negra. Ésta era, sin duda, la que más llamaba nuestra atención. Quizás porque el nombre mismo resultaba poético.

Pero ya que estábamos en la capital decidimos también visitar la casa conocida como “La Chascona”. La Chascona, cuentan, era el apodo de Matilde, quien durante muchos años fue amante de Neruda. De hecho, la casa fue construida para tenerla ahí. Ocultarla, dicen algunos, pues durante esos mismos años Neruda estaba casado con su segunda esposa.


Todas las casas de Neruda tienen un factor en común. Todas tienen un aire marítimo pues el poeta era amante del mar. Aunque, según nos cuentan, tenía pavor del agua y había aprendido a nadar siendo ya un adulto. Pero esto no impidió que continuara creciendo su romance con el mar. Neruda se convirtió en un marinero de tierra firme y construyó sus casas como si fueran barcos. Puertas pequeñas y angostas, techos curvos, ventanas redondas. Y fue llenando los espacios con objetos marítimos: caracolas, mascarones de proa, timones, botellas con barcos en miniatura, mapas de navegación, anclas...



Al entrar en sus casas uno puede sentir esta fascinación -que puede llegar a rayar con lo obsesivo- por el mar. Una fascinación que se deja sentir en cada rincón de su casa y que se cuela a través de su poesía. Se deja ver en cada tonalidad de azul que elige para decorar las paredes. La colorida casa de un artista que adornaba su mesa con copas verdes, azules, rojas y amarillas, pues decía que en ellas hasta el agua sabía exquisita.



¿Quién puede convencer al mar
para que sea razonable?*

Y también, ¿quién podría convencerlo a él para construir una casa convencional? Seguramente nadie. La Chascona fue construida por varios arquitectos que iban adivinando los caprichos de Neruda y en su imaginación diseñaban espacios que asemejaran un barco en altamar en medio de la capital chilena. La casa es verdaderamente una mezcla de estilos que, sin embargo, resulta armoniosa a la vista. Cada parte hecha con el mejor esmero, con dedicación, con pequeños detalles secretos.



La Chascona fue hecha para ocultar a Matilde, sin embargo, cada rincón de la casa estalla con los símbolos de amor que le tenía Neruda. Retratos de Matilde con su pelo rizado (que le causó el apodo de Chascona que significa despeinada). Durante varios años fueron amantes Pablo y Matilde. Tiempo después pudieron casarse y el matrimonio se realizó en la casa de Isla Negra. Esta casa, en un pequeño pueblito a orillas del mar, también asemeja un barco. Pero ésta, a diferencia de La Chascona, tiene una vista envidiable del mar que golpea con fuerza las costas rocosas.



¿Por qué me preguntan las olas
lo mismo que yo les pregunto?

¿Y por qué golpean la roca
con tanto entusiasmo perdido?

¿No se cansan de repetir
su declaración a la arena?*


La recámara de esta casa está hecha en una torre. Es la única parte de la casa que está construida en un segundo nivel (¿cómo la torre del vigía en un barco?). El cuarto, redondo y recubierto de madera, mira hacia el mar donde rompen unas olas majestuosas como en pocos lugares he visto.

El interior de la casa de Isla Negra no deja de tener ventanas y vistas hacia este mar. Las paredes están cubiertas de obras de arte, libros y retratos. Aparecen en varios lugares los poetas y escritores que lo inspiraron: Baudelaire, Whitman, Allan Poe, Gabriela Mistral…

En su escritorio se deja ver un pedazo de papel escrito con sus garabatos en letra verde, pues decía Neruda que escribía con este color que es el color de la esperanza.


¿Es verdad que vuela de noche
sobre mi patria un cóndor negro? *

Pablo Neruda murió once días después del golpe militar de 1973. El golpe que estremeció al país entero con una realidad que hasta entonces les había parecido ajena. Cuentan que Neruda murió de tristeza; que no quiso ser testigo de los horrores que sucederían en su país.

Bajo el régimen de Pinochet fue imposible darle a Neruda, miembro oficial del partido comunista, un funeral honroso. Fue sacado de su casa en un simple ataúd de madera que fue escoltado por sus amigos más cercanos hasta el cementerio general. Durante el camino, sin embargo, se fue corriendo la voz de que había muerto el poeta.

Conforme avanzaba la procesión fúnebre se fueron acercando más y más personas con flores en la mano. Personas que lloraban en silencio y otras que dejaban ver sus lágrimas. La pequeña comitiva se fue convirtiendo en un gran desfile solemne que pasaba con orgullo frente a los soldados armados. Cuentan que aquella ceremonia improvisada se convertiría en la primera manifestación de oposición a la dictadura.

Algunos días después, sin embargo, la biblioteca personal de Neruda en La Chascona sería quemada a manos de la guardia militar.

¿Quién oye los remordimientos
del automóvil criminal?*


No sería sino hasta el año de 1992 que se desenterraría el ataúd del cementerio general para llevarlo a descansar en la casa de Isla Negra. Así lo había determinado Neruda. El poeta y su amada Matilde ahora descansan en Isla Negra mirando por siempre hacia el mar. Y quizás desde ahí, Neruda se sigue haciendo las mismas preguntas que se hacía mientras vivía…

¿Si todos los ríos son dulces
de dónde saca sal el mar?

¿Dónde termina el arcoíris
en tu alma o en el horizonte?

¿Cuándo lee la mariposa
lo que vuela escrito en sus alas?*


*Extractos de El Libro de las Preguntas de Pablo Neruda