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viernes, 19 de junio de 2009

El camino de regreso

1. Montevideo, viernes 5 de junio, 5:50 a.m.




No hay fecha que no se cumpla… Llegó el día del regreso.

Cuando salimos de México hace poco más de un año ignorábamos cuál sería ese día. Confiábamos, eso sí, en que si estábamos abiertos a interpretar las señales y a escuchar nuestro corazón, no nos equivocaríamos y elegiríamos el momento justo para volver.

Lo que sí teníamos claro desde el principio es que no queríamos hacer el regreso por avión. Nos aterraba la idea de arribar abruptamente a la ciudad de México. Desandar de un solo golpe la entera geografía simbólica de nuestro recorrido.

Volar en avión tiene algo de inhumano. El cuerpo y el alma se escinden. Cuando el cuerpo arriba al sitio de destino, el espíritu aún continúa flotando en el sitio de partida.

Por eso hubiéramos preferido regresar por tierra, lentamente. Hubiéramos preferido que la transformación pausada y progresiva de la geografía nos ayudara a hacer el tránsito interior de regreso a casa.

2. Montevideo, viernes 5 de junio, 6:00 a.m.



Entramos al avión. Toques eléctricos nos recorren la espalda.

Al cerrarse la puerta del avión y conforme este se eleva se abre una enorme grieta en el mapa simbólico del viaje. Detrás de la puerta del avión está el recorrido entero que hicimos en el último año, con cada una de sus estaciones.

Delante de nosotros, cuando lleguemos a nuestro destino y se abra finalmente la puerta nos espera un mundo al que le será imposible comprender este cúmulo de experiencias que dejamos atrás. Pues para ellos todo permanece igual. Pues nada de lo que guardan los últimos 385 días de nuestras vidas es tangible para ellos.

En este momento nos rodea un silencio infinito. Una soledad inabarcable. Como si viajáramos en un avión vacío.

En este instante, en esta sensación, está la esencia de lo inefable del viaje.

Inevitablemente, poco a poco, el viaje será engullido y desintegrado. Llegará un momento en que no será posible distinguir el recuerdo del viaje del sueño o de la fantasía.

3. San José, viernes 5 de junio, 8:50 p.m.


Estamos agotados por el tránsito de regreso.

Han pasado trece horas desde que nos subimos al avión en Montevideo. Paramos en Lima y después en San José.

Este es el último tramo del viaje de regreso.

Suena la voz tipluda de la señorita de TACA para que abordemos el avión.

Entramos en el sitio que nos corresponde. Detrás de nosotros continúa aún la estela de soledad y de silencio. El tremendo peso de un avión vació.

Sin embargo algo ha cambiado. Al principio sólo hay signos sutiles. Susurros. Pero luego es imposible no darse cuenta de que el avión súbitamente se ha llenado. Está repleto hasta el tope. No es posible distinguir si los que ocupan los asientos y atiborran los pasillos son fantasmas o son personas de carne y hueso. Lo cierto es que no paran de hablar y de reir. Lo cierto es que varios de ellos no tienen reparo alguno en pedir a la azafata doble ración y dosis extra de champaña.

Sí. Ahí están todos. De vuelta con nosotros. Acompañándonos...

Está Naburu Hoyo, Luis Miguel, Montserrat, José Antonio y Fidel, con quienes nos encontramos en Donminicana.
Está Tato, Maritza, Domingo y Janet con quienes compartimos en Puerto Rico.
Está Alberto, Jorge, Minor, Roy, Arnoldo, Gustavo, Roberto y los otros amigos de Molinos Modernos; Eddie, Mike, Manuel, Liliana, Rodolfo, Larraitz, Olga, Paolo, Tomás, Sabine, Nan, Zenón, Max y Joao, con quienes nos encontramos en Guatemala.
Está Ovidio, Rigo, Glenn y Daniel, con quienes compartimos la experiencia en el MET de Belice.
Está Glen, a quien conocimos en Honduras.
Está María Candelas, Hugo, Madeleine y Armando Mejía, a quienes conocimos en Nicaragua.
Está Alejandro, Jessica, Ale, Analía, Fernando, Ricardo, Adrián, Gustavo, Pedro; Mauricio, Félix y los otros amigos de HayGroup; Margarita, Pamela, Germán y Juan Madrigal, con quienes nos encontramos en Costa Rica.
Está Cristina, Álvaro, Mamana, y los otros Uribe; Jota, Mauricio Patiño, El Parcero, Cociaca, Teresita y los otros amigos de Vivapalabra; Susana, Zaira, Diana, Tutucán, Cora, Raúl, Liceth, Alexander, Esneider, La Mona, Sebastián, Natalia, Hanah, Pakiko, Karla, Mauricio Grande, Bienvenida, El Diablo, El Gato, Juan Mateo, Ramsés, Fernando, Mateo, Ilán, Carolina, Sandra y los otros amigos con los que nos encontramos en el Hablapalabra; Sandra y Carlos E., Homero y los otros amigos del Jardín Fibas; Gonzálo, Irene, Chimi y Agnés, con quienes nos encontramos en Colombia.
Está Wayki, su mamá, su hermana y sus amigos de la Tropa Cósmica; Ángela, Chato Miguel, Cucha, Briscila, Lorena, Elisabeth, Sara, Javier, Cheli, Juan Carlos, Ángel, Fernando y los otros amigos del Festival Déjame que te Cuente, a quienes encontramos en Perú.
Está Guido, Zosha, Martín, Paola, Roberto, Conejo, Celia y las amigas de Maya XXVII; Grober, Cármen, y los otros amigos de la compañía El Waki a quienes conocimos en Bolivia.
Está Laura, Ayrim, Rubén, Miguel, Erenia, Sara, Cármen, Miguel, Rebeca, Marcos, Zunú, Andrea, Iker, Myriam, Brígido, Teresita, Miguel y Alda, con quienes nos encontramos en Paraguay.
Está Gerardo, Iris, Ema, Yvonne, Sonia, y las otras mujeres del Paullier, con quienes nos encontramos en Uruguay.
Está Mariana, Joaquín, José Luis, Marcela, Gerardo, Ana, Sara, Rodrigo, Andrés, Paty, Lorenzo, Martha, Edel, Tom, Nicole, Dave, Sherry, Iván y Roland, con quienes nos encontramos en Chile.
Está Colo, Ale, Leo, Sandra, Jorge, Ronin, Ana y Laura; Inés y las entusiastas sexagenarias de nuestra última función de cuentos con quienes compartimos nuestro tiempo en Argentina.

4. Espacio aéreo mexicano, viernes 5 de junio, 10:30 p.m.



El día que salimos de México no sabíamos si volveríamos. Íbamos con el horizonte abierto, convencidos de que si alguna ciudad de Latinoamérica nos cautivara para vivir en ella, no dudaríamos en establecernos ahí.

Costa Rica nos pareció un país interesante. Bogotá con su arquitectura de ladrillos rojos y sus montañas verdes todo a lo largo de la ciudad tiene algo que enamora. Montevideo, su calma y su bohemia nos atrapó.

Sin embargo, conforme más nos alejábamos, con más fuerza se nos reaparecía México. En nuestro corazón escuchamos el llamado de nuestra tierra, sus paisajes, su carácter, su comida. En nuestro corazón encontramos el signo de nuestra familia y de nuestros viejos amigos.

Supimos entonces que a esta tierra es donde queríamos regresar para continuar nuestro viaje.

5. Ciudad de México, sábado 6 de junio, 10:30 a.m.



Despertamos.

Descorremos las cortinas del cuarto del hotel en el que pasamos la primera noche a la vuelta, ya que nuestros padres se confabularon para darnos una bienvenida de reyes.

Estamos en el corazón de la ciudad. Todo es verde. Todo está tranquilo. Todo es hermoso. Todo está en silencio. La bandera de México ondea apaciblemente.

Desde esta altura es difícil pensar que México está en guerra contra el narcotráfico; que la contaminación continúa avanzando; que hay crisis y desempleo; que la clase política es de dar lástima; que la corrupción sigue siendo el lenguaje que todos hablan y entienden aquí; que continúa habiendo hay una disparidad socioeconómica bestial; que sigue existiendo un racismo lacerante…

Sí. Todo eso parece demasiado lejos de nosotros aún.

Estamos más bien tranquilos, contentos.

Nos inunda un sereno ánimo de satisfacción.

¡Lo logramos!

Por un segundo es imposible no asociar la estampa del momento que estamos viviendo al ánimo de celebración de una larga luna de miel que concluye.

Sin embargo no hay nada más lejano a este momento que una luna de miel. Pues las lunas de miel son apenas una promesa. Lo que las parejas festejan en ese momento es el augurio de un futuro promisorio.

Nosotros, en cambio, después de algunos años de estar juntos y de haber recorrido Latinoamérica durante un año como contadores de cuentos y recopiladores de historias --trasladando la magia de un lagar a otros, tendiendo puentes entre corazones y propiciando el viaje interior—, celebramos una realidad.

En nuestro viaje hemos conquistado una memoria común indeleble, y hemos consolidado un proyecto de vida conjunto, vivido sobre la traza de la solidaridad, la confianza, la generosidad, la creatividad y la aventura.

jueves, 4 de junio de 2009

¡Hasta la vista! ¡Hasta siempre!

Última tarde de viaje

(...) El hoy fugaz es tenue y es eterno;
Otro Cielo no esperes, ni otro Infierno.
Borges, El instante


Es la última tarde de viaje.

Recién fuimos a caminar por la Rambla de Montevideo. A despedirnos del atardecer que caía plácidamente sobre el Océano Atlántico mientras el aire frío nos golpeaba la cara.

Regresamos al hotelito a empacar.

Ahora Jennifer está durmiendo una siesta para aguantar el trote de esta noche, pues nuestros amigos uruguayos han organizado una cena para despedirnos.

Mientras tanto, yo me he escapado a un cafecito sobre Sarandí, justo a unos pasos de Plaza Independencia, para estar solo un rato.

Y aquí estoy.

Este es mi pequeño ritual de despedida. Cumpliendo mi sueño. Escribiendo.

Simplemente tengo un nudo color sepia en la garganta...

Ganas de llorar. Y de reir. Y de dar gracias. Y de abrazar a Jennifer. Y de llorar otra vez.

Todo me viene otra vez a la mente.

Tantos rostros, tantos paisajes, tantas sorpresas, tantos encuentros, tantos amigos, tanta vida...

Todo el recorrido en un golpe de emoción.

Todo el recorrido en un instante.

Hay momentos que exigen hacer silencio...

El lado oscuro del corazón


“Sólo hay poesía de lo irrepetible,
aunque sea tan aparentemente reiterado
como un crepúsculo o una declaración de amor.”
Fernando Savater


De entre todos los trayectos que hicimos en el viaje el que para mí estaba revestido de un aura particular era el del Ferry entre Buenos Aires y Montevideo.

Ese mismo que ahora resultó ser el último de nuestro recorrido.

Y no por otra cosa sino porque aquel trayecto es uno de los lienzos de fondo sobre los que Eliseo Subiela hace un derroche de nostalgia en su Lado Oscuro del Corazón, la película argentina que me cautivó desde que la vi, hace cerca de quince años.

Y es que por aquel tiempo (todavía en la época de la universidad), la película se convirtió para mí en una especie de himno, y su protagonista, Oliverio, en un ícono: el artista marginal, poeta urbano, apasionado y testarudo, siempre a contrapelo del mundo y sus demandas de pragmatismo; siempre el lucha contra la inercia que quiere asimilarlo a “la realidad”.

“Trato de que seas sensato. Que dejes de ser un niño” –le dice a Oliverio la muerte, su permanente compañera. “Algún día olvidarás esas palabras y entonces serás mío”, amenaza.

Más tarde lo ridiculiza, devalúa sus temas, sus obsesiones: “El amor es una trampa que se tiende al hombre para perpetuar la especie. Es un mecanismo. Es sólo eso.”

Y Oliverio contesta enfático, furioso: ““El amor nunca puede pasar por tus manos. La justicia nunca puede pasar por tus manos. Aunque se mate en nombre de la ley, y aunque se muera en nombre del amor”.

Ahí, en ese romanticismo casi militante, es que está la clave de mi identificación con ese personaje. A través de su voz comprendí que la poesía podía tener una cadencia distinta al acartonamiento soporífero con el que nos enseñaron a recitar en la escuela aquellos poemas para el diez de mayo.

A su pasión furiosa, como digo, y desde luego también, al hecho de que, como Oliverio, después de mi primer gran (des) amor, iba yo de chica en chica, de novia en novia, buscando obsesivamente a la que fuera capaz de volar.

“Me importa un pito que las mujeres tengan
los senos como magnolias o como peras de higo.
Un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero
a que amanezcan con aliento afrodisiaco o aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportar una nariz
que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias.
Pero eso sí, lo que no les permito, bajo ningún concepto,
y en esto soy irreductible, es que no sepan volar.
Si no sabes volar, pierdes el tiempo conmigo.”
--Oliverio Girondo--

Esa. La que vuela.

Me faltaba todavía un buen trecho para caer en cuenta que encontrar a la que vuela era una proyección de mi propia incapacidad para volar. Aún me faltaba recorrer bastante camino como para comprender que para encontrar alguien así es preciso aprender a volar uno mismo, para empezar.

A propósito de la búsqueda amorosa de aquellos años hay una anécdota curiosa, casi una ironía anticipatoria del destino:

Ocurrió que fui elegido para representar a los estudiantes en el congreso anual de psicología de la universidad, al lado de otros ponentes más experimentados. Presenté una conferencia titulada Divergencias psicoanalíticas de El lado Oscuro del Corazón, en la que comenté el filme de Subiela.

Aquella noche la enorme Aula Santa Teresa de la Universidad estuvo prácticamente vacía. Treinta asistentes a lo sumo, de los cuales, más de la mitad eran mis familiares y amigos.

Lo anecdótico para el caso es que en la primera fila estaba sentada una estudiante de tercer semestre de la carrera quien –llevada por el entusiasmo de presenciar la conferencia de su amigo, el ponente— se hizo acompañar por sus papás.

Aquella estudiante era Jennifer…

¿Quién habría podido calcular en aquel lejano 1997 que aquel psicólogo de disparates divergentes –que identificaba la incapacidad de intimidad del protagonista de la trama de El lado Oscuro del Corazón como parálisis histérica en las alas—se convertiría a la vuelta de los años en la pareja de aquella estudiante?

¿Quién hubiera imaginado entonces que Jennifer se convertiría en mi chica voladora?

¿Quién hubiera sospechado que junto a ella recorrería Latinoamérica en un proyecto bohemio de cuenta cuentos, escritores, fotógrafos-poetas?

¿Quién hubiera podido suponer entonces que yo haría el mismo tránsito que Oliverio por el Río de la Plata, sin ningún residuo en mi corazón de aquella nostalgia romántica que me ligaba entonces a él y de la que estaba yo ahíto?

Yo menos que nadie, seguro.

Lo que sí tendría que haber generado sospechas era el incurable amor por Latinoamérica que me acicateó El Lado Oscuro del Corazón: “Este manicomio. El país de Cortazar, Borges. Es una obsesión. Imaginarse esto no es fácil. Es un caos que no sabes dónde va a llevar. Todo el tiempo es la promesa de cielo e infierno, simultáneamente. Aquí todavía puedo soñar varias vidas posibles. Tiene mucho futuro. Sólo le falta saber cómo sobrevivir al presente”.

Y aún ahora mientras hago este ejercicio de memoria no puedo dejar de sorprenderme frente a las semejanzas que existen entre aquel universitario que fui, y este viajero –a punto de concluir su viaje por Latinoamérica—que soy ahora: ambos sentimos una emoción particular por las historias y las palabras; pues a ambos a veces nos ganan las ganas de que la poesía se superponga a la prosa; porque a ambos en ocasiones los sueños nos transgreden las fronteras de la vigilia; porque ambos anhelamos vivir en un mundo en que fuera posible intercambiar un poema por un bife de chorizo.

Supongo que habrá otros con mejor memoria que yo a quienes la semblanza entre ambos personajes no sea sorprendente. Habría que preguntarle por ejemplo a Manolo Ávila y a Carlos Quintana, amigos entrañables y confidentes empedernidos de aquellas épocas.

Más aún, fueron ellos coprotagonistas de aquella afición por El Lado Oscuro del Corazón, a tal grado que nos construimos alter egos en perfecta simetría con los tres personajes protagonistas de la película. Montados en esa ficción gastamos un porcentaje respetable de nuestros magros sueldos de aquella época en bifes que nos servía el dueño gordo de “El Zorzal” que por entonces estaba en la calle de Michoacán, en la Colonia Condessa.

Y en el clímax de aquella trama amistosa hicimos un par de viajes por Oaxaca, Puerto Escondido y Mazunte, que podrían ser calificados con justicia como antecedentes prehistóricos de los Viajes del Corazón.
Frente a la costa pacífica personificamos sin rubor a nuestros personajes argentinos alternos, haciendo patente para todos nuestro marcado acento porteño. Allá pasamos varios días comiendo pescadillas, bebiendo cervezas, escuchando música, contándonos nuestros sueños frustrados de conquista amorosa, jugando volley-ball playero con los lugareños, tratando de conquistar italianas en bikini y escribiendo unas crónicas de viaje más cómicas que poéticas, al declinar el día.

Viajes memorables de esos que sólo podría comprender quien, junto a sus amigos del alma ha sentido el discurrir despreocupado del tiempo, frente al mar.

Hoy, mientras la luna esparce su mirada plateada sobre otro mar, a miles de kilómetros de distancia y varios años de por medio, los evoco.

Por lo visto la frontera final de los Viajes del Corazón tienen esta facultad de convocar a mi pecho todo este cúmulo de recuerdos y sentimientos.

Y ya sobre la traza de la memoria, no es raro que me invada un derroche de nostalgia colándoseme por el lado oscuro del corazón.
¿Y qué mas da, si la vida la vive mejor quien tiene de su lado a la poesía?

“Llorar a lágrima viva, llorar a chorros, llorar la digestión, llorar el sueño, llorar ante las puertas y los puertos; de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma y la camiseta. Inundar las veredas y paseos y salvarnos a nado de nuestro llanto.
Festejar los cumpleaños familiares llorando, atravesar el África llorando.
Llorar como un Cacuy o como un cocodrilo, si es verdad que los cacuyes y los cocodrilos no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo pero bien: llorarlo con la nariz, con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de amargura;
Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando. De memoria.
Llorar todo el insomnio, todo el día.”
--Oliverio Girondo--

miércoles, 3 de junio de 2009

Benedetti a cara o cruz


Le pedí a Rafa González que escribiera algo sobre Benedetti, pues en verdad no conozco a nadie que hubiera leído con tanta pasión. Que lo hubiera leído como se debe leer, con los ojos, con la piel, con los riñones, con las plantas de los pies.

Le pedí también porque, siguiendo la costumbre aquella que inauguró narrativamente Mario Benedetti, si algún día yo tuviera que vivir a salto de mata perseguido por la dictadura, seguramente él sería uno de los que me daría la llave de su casa para contar con que puedo pasar la noche a salvo; o lo que para el caso es lo mismo, yo no dudaría en darle a él una llave de mi casa.

Le pedí finalmente, porque a dos días de regresar a México, el filo nostalgioso que entre otras cosas me recorre las tripas, exige silencios. Y a él puedo pedirle prestada la voz.

Benedetti a cara o cruz
Rafael González Montes de Oca

"A Benedetti le sucedió un drama del que no se ha hablado mucho en estos días: se convirtió en un objeto de consumo.

Lo tenía todo: la obra, claro, pero también la imagen, la marca. Era un hombre mayor pero alegre, no anciano, con mejillas pequeñas pero infladas, con un par de líneas cruzando su frente. Su mirada amable, comprensiva, pacífica, miraba a las cámaras y a las personas como si las conociera de toda la vida. Esa mirada estaba enmarcada por unas cejas que, a veces alerta, a veces divertidas, a veces pensantes, siempre parecían un poco sorprendidas. Sus párpados caían sobre sus ojos lo suficiente para parecer los de alguien que ha vivido mucho pero se ha divertido mucho, o que ha tenido que soportar mucho, pero ha dejado todo el sufrimiento atrás. Ese conjunto de ojos-cejas-párpados-brillo en la pupila-bolsas de los ojos, parecía decir “lo sé” o “yo te conozco” o “¿qué crees?” o “mirá vos” o todas las anteriores al mismo tiempo.

Tenía una nariz que al pasar de los años se fue haciendo redonda y caricaturesca, de abuelo simpatiquísimo, sin barba pero eso sí: con qué bigote, qué bigote abundante que se fue haciendo blanco, blanco, y que se partía a la mitad por en medio, que ocultaba a veces toda su boca y era el marco superior perfecto para una sonrisa eterna. Sospecho que Benedetti sonreía sin querer, lo que explicaría que no haya una imagen de él en que las comisuras no formen o al menos insinúen una gran sonrisa cómplice, de quien sabe algo genial que los demás ignoran.

Se vestía siempre de camisa y casi siempre de saco, pareciendo un Martín Santomé de verdad. Cuando escribió La Tregua tenía 40 años, y siempre me ha parecido que llevaba tan dentro a Santomé, que creció para convertirse en la viva imagen de su personaje.

El conjunto era, pues, genial. El Benedetti de los últimos años podía haber sido dibujado por Quino. Los ingredientes perfectos para tener un artículo para el consumidor de hoy.

Por si su imagen fuera poco, tenía giros literarios que se prestaban para la admiración dulzona:

“No te salves”, escribió, sin sospechar que la frase sería utilizada como grito de guerra de quien fuera, incluyendo a los alumnos de una de las universidades privadas más caras del país, que grafiteaban eso en paredes de tabla roca dispuestas para la ocasión cuando peleaban quién sabe qué frivolidad con la junta directiva de la institución.

“Somos mucho más que dos”, escribió, sin prever las tantas ocasiones en que alguna colegiala ignoraría la fuerza del texto completo para exclamar “¡Ay, qué lindo! ¡Más que dos!”

“Mi estrategia es que un día cualquiera, no sé cómo ni sé con qué pretexto, por fin me necesites”, escribió. ¿Cómo se iba a imaginar que esas líneas serían el status con que alguien se describiría en Facebook hace unos días, cuando al viejo le llegó la muerte?

Benedetti se convirtió en un objeto de fácil consumo, como lo pude tristemente comprobar aquella noche de 1997 en que él se sentó en un sillón colocado en el escenario del Palacio de Bellas Artes. Leía textos selectos de su obra y los fans, apiñonados en cada butaca, en cada pasillo y cada escalón del recinto, aplaudían lo que dijera, a rabiar. No importaba lo que leyera, bastaba que hiciera 3 segundos de silencio para que la gente –después de unos momentos de desconcierto– comprendiera que había terminado esa lectura y aplaudiera, gritara, rugiera, a más no poder. Decía Benedetti el nombre de un libro cualquiera del que leería algo y la audiencia estallaba en ataques de emoción y entusiasmo. Llegó un momento en que se puso a leer frases, algunas de ellas aisladas y sin mucho sentido. Poco importaba. Podía decir lo que fuera, podía decir “pasan misiles ahítos de barbarie globalizados”; euforia total. O decir: “se me ocurre que vas a llegar distinta, no exactamente más linda, ni más fuerte, ni más dócil, ni más cauta, tan sólo que vas a llegar distinta”, y el segundo piso del recinto se caía en gritos, silbidos y aplausos. Le ponían una aureola y hacían de sus frases una cándida moraleja, tal vez sin saber siquiera que él habría advertido desde siempre contra esto. Eso no es amor, diría.

Ese Benedetti aclamado como un ídolo pop era indeseable e insoportable porque era una agresión contra él mismo. Mario Benedetti, si es lindo, no es. Flaco favor le hizo Nacha Guevara al llevar al canto su “Te Quiero” inmortal: “Tequieroenmipaaaaaaaaraaaaíííííííísssooooooooooooo”, tipludamente, melódicamente, encantadoramente… qué traición terrible. A ese Benedetti-cosita linda había que decirle adiós.

Algunos tontuelos lo despiden ahora, tardíamente, y hacen escritos intragables metiendo forzadamente los nombres de sus libros o de sus poemas dentro de cada párrafo:

Es hora Don Mario que “Hagamos un Trato”. -Un trato que nos indique “La Tregua” que Usted propone. Podría tirarle “Piedritas en la Ventana”, aprender y poner en práctica su “Táctica y Estrategia”…

Por favor. No hay respeto para los muertos.

Un Benedetti dulzón y uno doloroso, uno armónico y otro desconcertante. Cara y cruz del mismo gran tipo ¿Cuál era su verdadera cara? ¿Cuál de estas dos caras era su verdadera cruz?

El día del empalago de aplausos en Bellas Artes llegué a mi casa a sacar todos mis libros de Benedetti porque sentía que necesitaba encontrarme con él, con sus giros inesperados, con su originalidad, pero sobre todo con su bronca. Lo de Benedetti es la bronca. Tiene sus aforismos graciosos y sus cuentos ortodoxos, sí, y buenos. Pero el Benedetti que llega a la médula, que se mete al torrente sanguíneo, que se queda para siempre con uno, no es lindo: es doloroso, es pasmoso, es sorprendente.

La estrategia está mona, pero sólo se percibe su fuerza cuando se la lee como complemento sencillo y tremendo frente a la elaborada y detallada táctica.

“Somos mucho más que dos” es sólo una frase linda, comparada con la descripción que el autor hace de los ojos de ella, conjuro contra la mala jornada; de su mirada, que mira y siembra futuro; de sus manos, que trabajan por la justicia; de sus caricias, que son sus acordes cotidianos; de su rostro sincero, de su paso vagabundo y de su amor por el mundo. Te quiero porque sos pueblo, le dice. Amor a su tierra y amor a su pueblo y amor a la justicia encarnados en el amor a una mujer. Carajo.

Ese es en realidad el que ahora se fue. Se fue Benedetti, el que decidió que Avellaneda y Santomé no vivieran felices para siempre, sino que hizo a éste un inesperado viudo de amante. El que escondió en otro libro una inusitada carta que ella le escribe a él desde su lecho de muerte. El que se fue ahora es el Benedetti que hace que uno se sienta el oficinista aburrido que encarna en sus historias, esperando que den las 5 de la tarde para escapar del tedioso infierno de su escritorio; que logra que uno se sienta el expulsado de su tierra, o el exiliado que es notificado de que con la distancia y el tiempo su mujer ha estado sola y por lo tanto ha dejado de serlo. El que logra que uno se sienta que está del otro lado de los barrotes, viendo a su hijo llorar por ver a su padre preso y torturado y le dice “llorá nomás botija, son macanas que los hombres no lloran”. Carajo.

El que logra que uno se sienta por un momento el abuelo que es desprendido de su nieto, que era su único hilo conductor con la vida, cuando tenía preparados 10 ó 12 cuentos para narrarle en secreto. El que logra que uno comprenda la profunda sinceridad del hombre que se emborrachó e hizo comentarios desastrosamente honestos y por lo tanto fue abandonado por su mujer, y que bebe una vez más tan solo para que, cuando le llame para decirle que la ama, ella sepa que le está diciendo la verdad.

El que escribió esa frase lapidaria que ha surgido y seguramente seguirá surgiendo de algún lugar del recuerdo en distintas disyuntivas de mi vida: uno no siempre hace lo que quiere, pero tiene el derecho de no hacer lo que no quiere. Carajo.

Chau, viejo, chau.

Chau número final.

El día que murió Benedetti


Benedetti murió tres semanas antes de que termináramos el viaje. De una forma elocuente y sincrónica, supongo, pues todo ahora sabe a despedida.

Nosotros nos encontramos con la noticia el día que llegamos a Buenos Aires, a las cinco de la mañana, rodeados de una neblina tremenda.

Compramos el periódico en la estación de buses y lo leímos tomando café en la estación.

Esa misma mañana recibí un correo de Yvonne Pahlen, nuestra amiga uruguaya del Paullier.

"La ciudad está inundada de Mario...... hoy en la Marcha por los desaparcados su voz se hizo escuchar a través de los parlantes con su poema sobre los que ya no están y no sabemos donde están!

Me acordé de tu emoción en Táctica y Estrategia...

Galeano anduvo mostrando su dolor callando más que nunca.


Montevideo está de luto."

Le pedí que me contara más. Me escribió otro texto al día siguiente. Y me escribió:

Mario Benedetti ("benditos" en italiano) benditos y benditas sean las personas honradas como él.

La ciudad, domingo entero atardeció con su muerte. estaba internado y lo habían mandado a su casa porque estaba mejor, murió durmiendo.

Su mujer Luz murió en el 2006, tenía Alzheimer.

No tuvieron hijos.

El lunes solo escuchábamos su voz en todas las televisiones y radios, y cuando no era su voz eran sus palabras cantadas o dichas por otras gentes, artistas, cantantes, escritores, juglares. Mario sabía decir, siempre disfruté de su tono, no muy dramático, sincero, acogedor, de abuelo de tanto en tanto, de cuando en cuando.

Todo ese día las palabras tocaron nuestros cuerpos, sus poesías acariciaban y sorprendían nuestros cuerpos, que parando de hacer lo que estábamos haciendo en el cotidiano, nos dejábamos mecer, entristecer, alegrar, concientizar.

Dijo Mario que para él, la única religión, era la conciencia.

Todo ese lunes los uruguayos pudimos ir a despedirnos del poeta al Palacio Legislativo, más exactamente a "El salón de los Pasos Perdidos". Nunca estuvo más lleno de pasos ese enorme espacio construido a principios de siglo pasado.

El amor en él era grande, amor por su pueblo, por sus allegados, su familia, su esposa, su amor por el compromiso permanente por una vida digna y más justa para aquellos que les tocó y les toca vivir en la miseria...

Recién ahora que me pedís que te cuente hago carne esas sensaciones auditivas permanente del lunes y del martes, ese bombardeo amable refrescante purificador de su voz y sus letras.

Ayer 20 de mayo, fue la Marcha del Silencio por justicia y verdad y porque queremos saber donde están nuestros desaparecidos.

La voz de Mario salió desde los parlantes instalados a lo largo de 18 de Julio embanderándose una vez más Mario con esta lucha recitando sus versos donde habla de los que ya no están y no sabemos dice él, donde carajo los metieron.

Valiente el poeta.

Ahora lloro un poco, entrañable Mario, franco y tan buena persona.

Supimos encontrarnos con él en el exilio, siempre dispuesto a hacer lo que fuera necesario para luchar desde fuera para el adentro que estaba en dictadura.

Ni una soberbia.

Cuando escribió Desexilios pegó fuerte, él también estuvo 12 años dando vueltas por ahí mientras hacíamos tiempo sabiendo que volveríamos, aunque en cada lugar, por salud mental, sacáramos los trapos de las valijas y los colgáramos en el ropero.

Grande Mario y gracias Arturo por pedirme que te contara. Me hizo un bien enorme.

Te, los abrazo.

Yvonne

jueves, 26 de marzo de 2009

Recomendaciones en Montevideo

  • Bar Bacacay en Ciudad Vieja
  • Cotorras en Plaza Zabala
  • Helado en Plaza Matriz, frente a la catedral
  • Café improbable con Galeano en el Café Brazileiro
  • Visita de domingo al Mercado Tristán Narvaja
  • Caminata por la rambla en el atardecer
  • Cervezas en el Bar Tasende
  • Asado en el Mercado del Puerto
  • Hotel Splendido, Bartolome Mitre 1314, Montevideo, Uruguay,
  • Clases de movimiento armónico y acrobacia en telas en el Espacio de Desarrollo Armónico, Río Abierto
  • Charla informal entre los mercaderes de las ferias mientras se compra verdura
  • Psicoanálisis con Ema Ponce de León,
  • Carnaval en febrero, en el Teatro de Verano

A la caza de Galeano

(...) Sin embargo, se supone que los libros de historia no son subjetivos.
Se lo comenté a don José Coronel Urtecho: en ese libro que estoy escribiendo, al revés y al derecho, a la luz y a trasluz, se mire como se mire, se me notan a simple vista, mis broncas y mis amores.
Y a orillas del río San Juan, el viejo poeta me dijo que a los fanáticos de la objetividad no hay que hacerles ni puto caso:
-No te preocupes- me dijo -. Así debe ser. Los que hacen de la objetividad una religión, mienten. Ellos no quieren ser objetivos, mentira: quieren ser objetos, para salvarse del dolor humano.
Celebración de la subjetividad
Eduardo Galeano, Libro de los abrazos




Desde que inicié el viaje tenía un sueño. Encontrarme con Eduardo Galeano. Tomarme un café con él y tener una larga charla con ritmo uruguayo. Y preguntarle sobre cómo ve las cosas ahora, después de todo lo que ha vivido. Y contarle un poco sobre nuestro viaje, cuyo impulso fue atizado por la lectura de sus Memorias del Fuego.

Al llegar a Montevideo nos enteramos que frecuentaba el Café Brazileiro, cerca de la Plaza Zabala, donde nos hospedábamos. Así que me dispuse a cazarlo. En el Brazileiro un mesero nos dijo ellos podrían entregarle un paquete mío y podrían también entregarle mi correo electrónico para que él se comunicara conmigo.

Así que le escribí una carta, le dejé unas postalitas de las que mandamos a hacer con las fotografías con luz y oportunidad al principio del viaje, e imprimí tres textos representativos en los que se nota su influencia, como para hacerle un pequeño homenaje…



Y esperé tres semanas sin tener respuesta...

En ese periodo de tiempo Ivonne Pahlen, nuestra amiga bailarina, nos contó que Galeano era su amigo. Que su casa era fantástica, pues estaba toda pintada de monitos iguales a los que él utiliza para ilustrar sus libros. Y que posiblemente se encontraba fuera, en España, donde se atendía un cáncer que desde hace años le jode un poco la vida y con el que el tiene una lucha a muerte...

Pasó la cuarta semana.

Y nada.

La última tarde de nuestra estancia en Montevideo, me dirijo hacia el Brazileiro para ver si la sincronía mágica del viaje está encendida, y acaso me topo con él en este boliche en el que suele encontrarse con amigos y pasar tardes leyendo.



Me siento a esperar. Deliberadamente represento en mi cabeza un pasaje de La Tregua de Benedetti. Aquel en que Martín Santomé fantaseaba con el arribo de Laura Avellaneda hasta la mesa de café donde todas las tardes se sentaba a ver pasar las horas. Igual que Santomé, a cada persona que pasa por la calle le pongo cara de Galeano mientras se acerca, hasta que están tan cerca que es imposible seguirles sobreponiendo su rostro. Así, hasta que se haga el milagro y llegue Galeano, y el rostro que proyecto coincida con el rostro que camina por la calle...



Mientras espero, empieza a sonar Yo no quiero de Joaquín Sabina. “(…) Lo que yo quiero, / muchacha de ojos tristes, /es que mueras por mí. Y morirme contigo si te matas / y matarme contigo si te mueres /porque el amor cuando no muere mata / porque amores que matan nunca mueren (…)"

Verifico el nudo que tengo en la garganta. En el nudo está la intuición de que, a lo mejor, Galeano no vendrá. Está también la despedida de los amigos que por acá hicimos: Iris, Ivonne, Sonia, Gearardo. Y puede ser incluso que algo de la melancolía montevideana se me haya metido en las venas.



De pronto, la atmósfera del café me transporta a mi infancia, a un recuerdo que recién acabo de resignificar, pues acaso sea la primera memoria que tengo asociada a la labor de la escritura: Cuando yo tenía ocho años mi papá y yo teníamos un pacto especial. Cada semana elegíamos un tema por turnos, escribíamos una carta y nos la entregábamos el miércoles por la noche. El jueves cada uno leía su carta. Y el viernes, él salía temprano del trabajo, pasaba por mí, y me llevaba a una cafetería “de grandes”, para platicar sobre lo que cada uno había experimentado con la carta del otro. Mi papá tomaba café y yo tomaba helado. Y pasábamos la tarde del viernes entera, juntos, charlando. Yo me sentía increíble: un poco grande, un poco intelectual, pero sobre todo, amigo de mi papá.

Y en la estela de ese recuerdo, se ha hecho tarde y termino por aceptar que Galeano no llegará a la cita.



Ciertamente me hubiera gustado agradecerle en persona por lo que hizo por mí, sin saberlo: Agradecerle que con su obra y su estilo narrativo –construido en pequeñas viñetas intensas y literariamente coloridas que abrazan y golpean con una fuerza sorprendente—, me ayudó a iniciar el camino de escritura sin tener que responder a la tiránica imagen del escritor-premio-nobel-que-para-serlo-tiene-que-escribir-una-novela-pesada-como-la-biblia-y-densa-como-el-Ulises-de-Joyce. Agradecerle que su voz y su obra fueron siempre un aliciente para afirmar el valor de mi perspectiva sobre el mundo; y también para y considerar mi propia vida –vista a través del ojo de una cerradura— como fuente inagotable de relatos.

Es en este momento en el que caigo en cuenta de que el encuentro cara a cara no es ya relevante.

La magia ha ocurrido hace tiempo, cuando me lancé a andar las venas abiertas de Latinoamérica con mis propios pasos, y escribir mi propia memoria del fuego; cuando elegí estar aquí --esta tarde gris y lluviosa en Montevideo-- viviendo ya como un escritor bohemio...

Todo esto es en sí, ya, un homenaje... una forma de encuentro.

Desde el diván en la ruta de los hombres notables

I.

Después del trayecto de bus que demoró cuarenta y cinco minutos para llegar a mi primera sesión del psicoanálisis exprés que hice en Montevideo, tengo una experiencia surrealista:

Llego a la dirección que he conseguido en la Asociación Psicoanalítica del Uruguay y me percato que el consultorio se encuentra dentro de la Clínica del Niño – Centro del Adolescente. Ema Ponce de León, mi nueva analista, dirige una institución que trabaja con un colectivo multidisciplinario de profesionales...



Me recibe la secretaria, Ana, y me pide que pase a la sala de espera. Entro en un cuarto amplio. Está repleto de niños. Busco un lugarcito en la esquina y me acomodo en lo que me llega el turno para pasar. Me siento como transportado a un cuento, rodeado de enanos y hadas.

Una niña chupa una paleta. Un niño juega con un pequeño artefacto electrónico. Hay uno, sentadito muy derechito y muy serio, con un solideo sobre la cabeza y observa al resto detrás de sus enormes lentes. Un par de hermanos rubios de diez años molestan molesta a su hermanito pequeño, de seis, diciéndole que él está muy feo. Dos nanas cuidan a uno como de tres años que insiste en correr por los pasillos de la sala de espera y en escalar cada uno de los sillones. Uno, literalmente, se entretiene explorando en las profundidades de su nariz en busca de mocos. Un par de niñas se abrazan a su madre mientras miran con una mezcla de temor y de ganas de participar el hervidero de perversos polimorfos.


Mientras miro la escena, dos pensamientos inevitables me cruzan la mente.

El primero: “Y vaya que si el psicoanálisis procura establecer un setting que fomente la regresión y el contacto con contenidos primitivos reprimidos…”;

y el segundo: “Si me vieran en este momento mis colegas de la oficina de HayGroup en México --un lunes a las cuatro de la tarde en pleno mes de febrero laboral, en medio de esta parvada de pájaros infantiles-- pensarían sin duda que soy un caso sin remedio, que me he deschavetado, y que necesito a gritos el tratamiento que estoy a punto de empezar…”

Me río.

Apenas llegué aquí ya estoy jugando y fantaseando…

Y ¿de qué se trata el psicoanálisis, si no de eso?


Aparece Ema en el corredor y me llama.

Es hora de empezar...






II.

Desde el diván, en el curso de este mini análisis, rescaté diferentes escenas claves de mi vida en donde se me fue anudando un carácter medio extraño, hiperactivo y perfeccionista, heroico y mesiánico.

Entre ellas, evoco una de segundo de secundaria, de los catorce años:

En aquella época en la que barros y espinillas cubrían mi cara, yo no era un adolescente como todos los demás: un intento fallido en el campamento de graduación de sexto de primaria por conquistar a la niña guapa y popular del salón, me había condenado al ostracismo femenino. Al mismo tiempo, aquel rechazo había catalizado en mí la extraña idea de que quería ser sacerdote para ocuparme del alma de mi prójimo, justo a la edad en que el alma de mis compañeros de clase estaba obsesionada con el cuerpo de su prójimo, especialmente con sus curvas femeninas…

Así que, como bicho raro, las mujeres no me hablaban salvo cuando algo lo ameritaba realmente, como aquella mañana de miércoles, cuando se acercaron en multitud muy agitadas a pedirme que, en mi carácter de representante del salón, hiciera algo para impedir la desgracia que se les venía encima.

Cuando se calmaron, pudieron explicarme que de forma inverosímil, el día anterior (yo estuve ausente de la escuela), al profesor de Civismo –P.P.— se le había ocurrido la idea de organizar, el siguiente viernes, el concurso de las piernas más bonitas del salón. De tal forma que todas tendrían que desfilar en minifalda frente a sus compañeritos, perversos lobos adolescentes, hambrientos de carne y emociones intensas. La idea había sido planteada tan de botepronto y era tan disparatada, que ninguna había encontrado la forma de protestar. Pero ahora, por favor, por diosito, yo tenía que interceder, que hacer algo para impedir la masacre.

Y fue así como el viernes citado, nada más entró el profesor en el salón y frotándose las manos dio indicaciones para que iniciara el desfile, respiré hondo, y me puse de pie desde el lugar en que estaba mi asiento, en el medio del salón de clases.

Se hizo un silencio hondo. El profesor se sorprendió. Me interrogó con la mirada.

Y entonces dije lo que tenía que decir. Duro y a la cabeza.

Le dije que estaba equivocado si en verdad pensaba que alguien iba a seguir su propuesta; le dije que nos parecía indignante su idea del concurso; le dije que en el salón de clases estaba muy claro cuál era su rol como profesor y cuál el nuestro como alumnos; que ambas funciones suponían una cierta distancia; que en su confusión, él estaba perdiendo esa distancia; que nadie en el grupo estaba de acuerdo con su idea, y que le hiciera como quisiera, pero que nadie se iba a parar de su lugar.

Dije esto sin precipitación alguna. Con una serenidad pasmosa y sin que me temblara la voz.

El profesor me miró. Mudo. Temblando, él si. Avergonzado de que un peneque de catorce años con problemas de acné lo hubiera puesto en su lugar. Tenía una mirada en el rostro llena de un odio rabioso que le duraría para siempre.

Los compañeros me miraron. Mudos. Sorprendidos. Incrédulos de que yo fuera tan imbécil como para negarles el placer del concurso y para privarme yo mismo de él.

Las compañeras me miraron. Mudas. Sorprendidas. No creyendo que me hubiera atrevido a desafiar al profesor y defraudar a mis amigos. Agradecidas de que hubiera tenido el arrojo de hacerlo.

III.

Ese rasgo de heroísmo y santidad fue una de las formas que adquirió la necesidad de perfección que ya he reseñado en otro sitio del blog, recientemente.

Ciertamente, en algunas ocasiones, como en la que recién he descrito, mi protagonismo ejemplar tenía el potencial de provocar reacciones de gratitud y una cierta admiración, como pasa con todo lo que tiene una existencia improbable.

Sin embargo, de forma no menos frecuente, aquel impulso perfeccionista motivaba conductas chocantes al punto de desesperar a la gente a mi alrededor. Como aquel sábado por la mañana, más o menos un año antes de la escena que recién he descrito, cuando al entrenador de nuestro equipo de futbol se le ocurrió no presentarse para dirigirnos en el partido que teníamos en el Centro de Capacitación de la Federación Mexicana de Futbol.

Estábamos perdiendo uno a cero contra el equipo contrario, debido a un error de Curro, --un gigantón bonachón, tranquilo y medio lerdo—, que jugaba de guardameta.

En el descanso intermedio, espontáneamente nos juntamos en círculo junto a la banda del campo y hablábamos sobre el accionar del primer tiempo. Estábamos enfrascados en una discusión --evaluando los errores de la primera mitad y discutiendo la estrategia que deberíamos seguir para ofender a los contrarios--, cuando empecé a sentirme desesperado, pues nada más no nos poníamos de acuerdo. Conforme discutíamos, me fue invadiendo una considerable dosis de adrenalina que demandaba un desempeño perfecto y quería conseguir a toda costa la victoria.,,

Entonces, siguiendo el dictado de mis entrañas, se me ocurrió tomar el papel del entrenador ausente, y a repartir indicaciones a mansalva: A uno le dije que se adelantara diez metros en el campo; a otro le aticé un poco, pues no estaba corriendo lo suficiente en el campo; hice un enroque entre dos mediocampistas, y a otro lo mandé a la banca.

Entonces noté que Curro estaba medio distraído, pateando un bordecito de hierba mal recortada que había cerca de la línea de banda.

Reventé sin piedad.

Le dije que más valía que se pusiera las pilas, pues por su culpa íbamos perdiendo. Le dije que si no quería estar ahí mejor se fuera a jugar a las muñecas a su casa.

Y seguí. Durante cerca de dos minutos me la pasé increpándolo, electrizado por la energía oscura que me salía desde la panza.

Y estaba en eso, reberberando en mi rollo, cuando de pronto, desde un punto ciego y sin decir agua va, voló un manotazo directo hasta mi rostro. Era Julián, nuestro defensa central,--un mastodonte que desde los diez años nos sacaba a todos veinte centímetros de altura y treinta kilos de peso--, que desesperado por la zurra que le estaba poniendo a su amigo Curro, me dio un cachetadón justiciero.

No conforme con el descontón, mientras yo todavía andaba atontado por el primer golpe, me tomó de un brazo y una pierna, me cargó y me hizo girar en avioncito un par de vueltas, por lo menos. Y por último, culminó su llave de gladiador de lucha libre en la Arena Coliseo, con una patada seca en la entrepierna.

No respondí y ni chance hubiera tenido de hacerlo.

Julián literalmente me cerró la boca.

Resignado al silencio, durante lo que restaba de partido, corrí como un loco --con el fuego que ya antes tenía en la tripa, al que ahora se sumaba la vergüenza inevitable de haber sido sarandeado como un trapo.

Terminamos aquel partido con la victoria a nuestro favor: dos goles a uno.

Cosa curiosa, yo metí ambos goles...

Sea como fuere, aquella mañana, al final del partido, me llevé un mensaje clarito de vuelta a mi casa, pues en un plano profundo, lo que me dijo Julián de forma bastante aparatosa, es que mi necesidad de logro jode a los demás. Que mi perfeccionismo tiene un impacto negativo en los otros.

Que las tensiones que se derivan de mi heroísmo y mi impulso de excelencia estarán muy bien para mí, pero que no ayudan para nada a los otros a resolver y a caminar. Que mis obsesiones son algo que me toca a mí bancarme solito...

IV.

A la siguiente sesión llevé un sueño:

Estoy en un campamento. De pronto, una víbora trata de morderme la muñeca. No lo consigue, pero el puro roce me envenena un poco y me hace marearme. Entro a una pequeña cabañita y encuentro a mi papá que está siendo atacado también por víboras. Me angustio profundamente. Empiezo a jalarles la cola para liberar a papá mientras varias lo muerden. Voy arrancándoselas una a una. Al final me doy cuenta que sólo fue una mordida profunda en la muñeca.

Como en cualquier juego onírico, al contenido del sueño podrían responder muchas explicaciones latentes. Me quedo sin embargo con las asociaciones y líneas interpretativas que siento más provechosas, por sus implicaciones para el futuro:

La serpiente, como en el génesis, es el símbolo del saber; el saber que en un sentido está asociado a la soberbia; la soberbia del desempeño extraordinario.
El veneno que intoxica es la necesidad de logro, el perfeccionismo.
El mareo es el efecto del acelere --signo de una adicción-- que como cualquier otra, destruye.
Yo en el sueño, logro hacerme cargo de mi adicción.
En la muñeca se ponen las esposas que nos encadenan a los otros, que nos conectan .
Mi padre del sueño es una representación de todos los que están conectados conmigo –Jennifer, y mis hijos (proyectados en el futuro)— que terminarán envenenados de ese perfeccionismo, si no me hago cargo de él.
Mi angustia es la representación de la conciencia abismal de lo que puedo terminar provocando en los otros. Es un signo de dolor. Es que algo que antes sintonizaba conmigo, que ahora me resulta ajeno, molesto, distónico...



V.

No es casual que aparezca el padre en mi sueño.

Una conexión obvia es mi padre, hacia quien tengo la más grande de las admiraciones por su forma de haber sido padre conmigo.


Existe sin embargo otra conexión, menos obvia, y que pasa por la agenda de lectura del viaje. Justo por esos días recién había estado leyendo Encuentro con hombres notables, una reflexión autobiográfica de un psicólogo ruso de nombre Gurdieff, en el que habla de su padre, a quien dedica el primer capítulo de su libro, y sobre el que recuerda:

“(…) Resaltaba la grandeza de la serenidad y del desapego que conservaba mi padre, en todas sus manifestaciones, frente a las desgracias que se abatían en él. (…) A despecho de la lucha encarnizada que llevaba contra todas las dificultades que se derramaban sobre él como de un cuerno de abundancia, nunca dejó de tener, en todas las circunstancias difíciles de su vida, el alma de un verdadero poeta. (…) Reinaba en nuestra familia, incluso en los momentos en que todo nos faltaba, una extraordinaria atmósfera de concordia, de amor y de deseo de ayudarnos los unos a los otros. (…) Gracias a su innata facultad de inspirarse en los menores detalles de la vida, él era para nosotros, incluso en los momentos más angustiosos de nuestra existencia común, una fuente de valor y al comunicarnos su libre despreocupación, suscitaba en nosotros el impulso de la felicidad al cual aludí.”

VI.

Y yo, desde el diván montevideano de Ema Ponce de León, a principios de marzo del 2009, --cuando el mundo se encuentra en medio de una crisis descorazonadora, cuando desde México nos invaden noticias de que nuestra patria se desgrana en medio de la inseguridad, cuando yo llevo un mes trabajando con la tiranía motivacional que me corre por dentro y que me exige alcanzar una perfección imposible— entre recuerdos, evocaciones, proyecciones y sueños, rodeado por niños que ríen a carcajadas y se entretienen sacándose los mocos...

...reafirmo mi aspiración de seguir trabajando con la mirada hacia adentro, para convertirme también, algún día, en un hombre notable...

miércoles, 25 de marzo de 2009

Entre mujeres, sobre las tablas del Paullier

De todas las personas con las que hemos tenido encuentros mágicos a lo largo del viaje y que a la postre se han convertido en referentes de un lugar, es acaso de Ivonne Pahlen sobre la que sabemos menos. Pues, a pesar de que pasamos mucho tiempo con ella durante nuestra estancia en Uruguay, y de que en innumerables charlas de sobremesa nos compartió distintos episodios de su historia, al despedirnos, su imagen permanece rodeada de un aura de misterio...



A lo mejor, esa aura impenetrable es parte del espíritu uruguayo al que ella hizo referencia en sus charlas de sobremesa: Uruguay nunca se revela del todo a la primera mirada; siempre guarda secretos y sorpresas detrás de su fachada; sólo se muestra, poco a poco, para el que tiene la paciencia de seguirle el rastro hasta sus sitios íntimos.

En parte, sin duda, con Ivonne ocurre como con todas las personas cuya identidad está enhebrada de pequeños parches de varios mundos distintos: un poco de la tradición de la vieja Europa que le viene de su padre, austriaco; y un poco de la ligereza de la nueva América que le viene de su madre, uruguaya.

A su caso se suma, sin duda, una cierta mística etérea e inasible que es propia de todos aquellos que pertenecen al universo del arte: desde pequeña vivió en el mundo refinado de la élite cultural a la que su padre, director de orquesta, pertenecía; y más tarde, de la ligereza de bailarina que conquistó por méritos propios, a punta de esfuerzo, en la ardua disciplina de las tablas de una maestra rusa, una madame francesa y un director uruguayo.



La vocación misteriosa le viene también de su juventud que transcurrió en medio de la dictadura. Entonces se involucró en MLN y terminó exiliada, primero en Chile y después en Suiza – estudiando Educación especial, mención psiquiatría y más tarde, ayudando a músicos a encontrar una dinámica de movimiento en la interpretación de sus instrumentos, entre otras cosas. Al igual que a otros uruguayos que vivieron aquella época – presos, torturados y exiliados—, a Ivonne no le gusta hablar mucho de esos años. Flota sobre ella una sombra. Una desconfianza. Una soledad. Un dolor de amigos idos, de años perdidos. Una incomodidad que se cuestiona qué utilidad puede extraerse de historias de hombres injustamente presos, pudriéndose en la oscuridad de un aljibe.

Pero sobre todo –acaso apenas ahora lo comprendo— el misterio era una condición necesaria para nuestro encuentro. Pues el misterio es el que afila la intuición. Y a diferencia de otras estaciones del viaje en los que el encuentro se ha construido a partir de las historias, nuestro encuentro estaba destinado a ocurrir en el terreno del movimiento y del cuerpo; en un lenguaje que antecede a la palabra.


Ahí, en las clases de movimiento armónico que Ivonne dirige en el Espacio Paullier, es el cuerpo el que habla y encuentra eco en otros cuerpos que se formulan preguntas unos a otros; es el movimiento el que cura, al transformar el dolor enquistado en belleza…

II.

En el espacio de las clases de Ivonne, a donde acudí dos veces por semana a lo largo del mes en que estuvimos en Montevideo, el grupo estaba compuesto casi exclusivamente por mujeres. Lo que sin duda representó una experiencia especial para mí, un hombre-viajero-psicólogo-aspirante a escritor y fotógrafo.

¿Qué podemos decir nosotros los hombres de las mujeres? ¿De su mundo espiral que se presenta como un continente extraño y complejo frente al nuestro, masculino, en donde prevalece una cadencia lineal, una inquietud incesante por conseguir algo, y una lógica de certezas causales?

Pues quizá nada que no producto de una encendida ficción…



Es desde ese sitio de ignorancia que me atrevo a aventurar una fantasía de imágenes y palabras que me surgieron desde el lugarcito que me abrieron en medio de ellas para compartir sus búsquedas; para estar, como entre sueños, en medio de sus exploraciones cadenciosas; para fantasear sobre lo femenino y sus filos ordenados, mágicos, intuitivos, diversos, cálidos, íntimos…

Es desde este sitio de ignorancia que me hago preguntas sobre la jornada que estas mujeres han caminado para llegar a este día, en el que se mueven a mi lado, un extraño, un extranjero: las ternuras de sus padres y madres; las exigencias de sus padres y madres; la competencia con los hombres; el enamoramiento hacia sus hombres; el desencuentro con sus hombres; el abuso de los hombres; sus luchas por un espacio de igualdad; sus luchas por ser miradas, consideradas; su agotamiento de parir hijos; sus afanes por hacer crecer hijos; sus soledades al verlos marcharse; sus confidencias a otras mujeres; sus dolores; sus temores; sus silencios; sus valentías; sus emociones….

Es desde ese sitio de ignorancia desde donde me permitieron jugar con ellas y fotografiarlas; y desde donde inevitablemente he caído en cuenta del límite que tuvo todo mi afán para retratarlas, pues las imágenes son en todo caso limitadas para mostrarlas en todo su esplendor y toda su belleza…









III.


Y desde ese sitio de juego, en este viaje, me encuentro también con las mujeres luminosas que me han acompañado a lo largo de mi vida. Y me entran las ganas de nombrarlas, de recordarlas, de agradecerles…

Mi abuela paterna La Gorda que vivió con una intensidad que rayaba en la exageración. Que tuvo cinco hijos con el abuelo, y otros tantos que adoptó temporalmente como parte de su práctica como juez de lo familiar en el estado de Hidalgo. La Gorda, que se torció el tobillo derecho por patear a mi papá cuando lo sorprendió atacando a mano limpia el perol donde cocinaba un guiso de pollo. La Gorda, que pasó varios años acompañada por su diabetes –de la que se tomaba licencias temporales con intensas dosis subrepticias de chocolate—que terminó cazándola hasta la tumba.

Mi abuela La Yeya que tenía una convicción invencible por tener una buena vida: que llevó a cuestas las muertes de dos maridos y su único hijo hombre y crió a cinco hijas mujeres ahorrando rigurosamente el diez por ciento de su sueldo de secretaria. La Yeya a quien le gustaban los trajes vistosos de las cabareteras de los cincuentas; que me enseñó a bailar al son de “son tus perjumenes mujer, los que te sulibellan”; y que me hacía rabiar cuando se guardaba la mitad del bacalao navideño, o metía la mano a mi plato de cabrito al horno, para probarlo…

Mi mamá, que nunca pudo ser parte del coro del Colegio La Florida, pues una monja le dijo que ella tenía muchas virtudes, entre las cuales no estaba el canto. Mi mamá, que fue a la universidad a estudiar letras, desafiando a su madre a quien la vida había enseñado el valor práctico de la carrera de secretaria. Mi mamá que eligió para su luna de miel con mi padre la Sierra del Nayar, haciendo misiones con los indígenas. Mi mamá, que soñó con sus hijos desde que ella era niña y nombró Carla a su muñeca preferida varios años antes de que mi hermana llegara al mundo. Mi mamá que ha elegido la vida de una mujer moderna, con el desafío de ser extraordinaria en todas sus canchas: como mamá, como esposa y como profesionista.

Mi hermana Carla que siempre ha sido para mí una ternura y una alegría. Carla, con la que jugaba de pequeño a que éramos amigos, mientras fumábamos cheetos de sabritas en la cajuela posterior de la camioneta familiar. Carla, que de pequeña podía trepar a todos los árboles que yo no podía. Carla, que un día se me extravió en San Juan de los Lagos, en medio de dos millones de jóvenes que querían ver a Juan Pablo II. Carla que eligió ser mamá de Ana Carla y Paulo. Carla que ahora se atreve a seguir su sueño de ayudar a otros a encontrar sentido de vida, como terapeuta.

Mis novias de juventud –Anaí y Galia entre ellas— que me acompañaron en la aventura iniciática del descubrimiento del amor. Mis novias de juventud, mujeres interesantes, vitales, apasionadas. Mis novias de juventud, sobre las que mi primer psicoanalista (hombre), Rocha, creía que compartían con Frida Kalho todas las virtudes recién enunciadas. Queriendo hacerme ver mis propios laberintos de complejidad, una sesión me dijo que yo las elegía tan complicadas que él no las querría tener ni de pacientes…

Raquel , mi segunda psicoanalista, y Ema, mi psicoanalista express uruguaya, que con su escucha interesada me han acompañado en el descubrimiento del que soy y del que aspiro a ser. Que me han enseñado a escuchar la voz sabia que habla en mi interior.

Jennifer, mi compañera de viaje. Jennifer, mi amiga y confidente desde hace catorce años; mi pareja y mi amante desde hace poco más de tres. Jennifer, con su cuerpo hermoso y largo, como una península. Jennifer, Valentina Caza-dragones. Jennifer, pequeña hada que vive en un bosque de árboles y animales mágicos, que hablan con los humanos. Jennifer que de pequeña quería tener un delfín en la tina de su baño, y quería ser gaviota, cuando fuera grande. Jennifer, que tiene una seria convicción de que la mujer adulta que es, tiene una deuda con la niña que fue, y que esa deuda se paga solamente haciéndole realidad los sueños. Jennifer, escritora, psicóloga y cuentacuentos que tiene un talento especial para ayudarles a otros a reconectarse con su cuerpo, a descubrir sus sueños y encontrar su ritmo en el mundo. Jennifer con la que hago una pareja que tiene ganas que alcanzan para ir hasta donde la imaginación nos dé. Jennifer, mi compañera de vida…


lunes, 23 de marzo de 2009

Siete edificios emblemáticos de Montevideo

Palacio Salvo
Cuentan que a Le Corbusier le resultó tan horrendo que a alguien que lo inquirió mientras lo miraba detenidamente le dijo que estaba calculando desde qué angulo convendría bombardearlo...

Teatro Solís
Su nombre se debe al navegante español que descubrió el Río de la Plata. Alberga artes escénicas y música. Es uno de los más elegantes en Montevideo.


Hotel Oriental
Cuentan que el poeta Roberto de las Carreras frecuentaba a sus amantes en las habitaciones del hotel. Ahí componía largos poemas en donde hacía la apología de la infidelidad. Destilaba en su obra la mala experiencia infantil de haber sido abandonado por un padre negligente, y justificaba así también los múltiples adulterios de su madre. Él mismo se convirtió en un seductor y robaesposas flagrante, al punto en que un día fue baleado por un esposo herido. Su apología se convirtió en profesía, cuando su propia mujer le puso los cuernos. Cuentan que algún día en su madurez, su madre, en pleno arranque de locura, envuelta en una tristeza absoluta, arrojó desde uno de los balcones del Oriental, su fortuna entera en monedas de oro a la calle...


Politécnico nacional
Cuentan que de manera devaluatoria fue bautizado la Universidad del Trabajo, pues además de que prevalecían las carreras técnicas, los alumnos del poli tenían que chambear para pagar los estudios, a diferencia de los de la universidad, que siempre fueron más pijos y ostentaban un supuesto caché académico...

Catedral
Cuentan que bien temprano en el siglo XX, el presidente progresista y liberal Josè Batlle y Ordòñez organizó en la explanada de la catedral, en plena cuaresma católica -vigilia y ayuno de por medio- un asado multitudinario. El tenor laico y desafiante de aquel presidente parece ser emblemático del espíritu uruguayo. Hay quien sostiene que la ritualidad religiosa ha sido sustituida en el Uruguayo por una serie de rituales laicos en los que se ensalza la amistad como valor primordial -asado y mate entre ellos...


Trinity Church
Al parecer tiene fama de ser un recinto de encuentros improbables: típicamente al cuarto para las ocho, cada domingo, solían encontrarse y convivir brevemente los aristócratas ingleses que acudían a misa de siete en inglés, y un reducido grupo de prole montevideana, que acudía a la misa de ocho que se oficiaba en castellano...


Universidad de derecho, a unas cuadras de Tristán Narvaja

miércoles, 18 de marzo de 2009

Un espacio para el cuerpo

Ya les hemos platicado mucho de cómo necesitábamos en Montevideo darnos un tiempo para nosotros mismos. Un espacio de silencio. Poner un alto al movimiento externo para poder escuchar el movimiento interno; ese murmullo interior sutil y delicado, que tan fácilmente logramos silenciar por el ruido de los estímulos externos.


Una parte importante de este pasado mes lo vivimos en el Espacio de Desarrollo Armónico Río Abierto. Un centro que trabaja para el desarrollo integral del ser humano, ayudándolo a descubrir y desarrollar su potencial interior. El trabajo se basa en el movimiento, la expresión y las artes escénicas. Es también una de las tantas sedes de Río Abierto que existen en el mundo.

Río Abierto

Yo había llegado a Río Abierto México a partir de mi búsqueda como cuentera. Quería encontrar un lugar donde seguir aprendiendo el arte de la narración oral. Llegué a ese espacio, en la Colonia del Valle, hace casi seis años. Encontré ahí mucho más de lo que estaba buscando. Descubrí que podía no sólo satisfacer mi hambre de cuentos sino que también mi deseo de movimiento y expresión.

Había encontrado un sitio en donde el cuerpo no se movía de manera aislada y mecánica sino que partía desde una intención interior. Un sitio donde la expresión y el movimiento natural priman sobre la técnica y la rigidez de algunas escuelas de baile. Un espacio donde el movimiento tiene que ver con uno mismo y no con un ideal de perfección técnico que no todos podemos alcanzar.


En todas las demás clases que había tomado siempre terminaba sintiéndome más torpe, menos flexible, más alta, menos graciosa… que las demás. La calificación de las maestras, el sentido crítico de las presentaciones públicas y las comparaciones siempre habían pesado muy fuerte sobre mis hombros. En lugar de gozar del movimiento y de la música, salía de las clases con una sensación de fracaso. Sentir que mi cuerpo simplemente no se podía estirar más; que mi mente no se atrevía a dar el salto mortal que necesitaba para pasar al siguiente nivel; que mi alma no se sentía libre para expresarse con gracia y soltura.

Como si siempre estuviera coartada por la forma de movimiento de las otras, a quienes admiraba, pero sentía que estaban demasiado alejadas de mi, imposibles de alcanzar. Salía con la sensación de que ese tipo de movimiento estaba reservado únicamente para algunas personas. Quizás, las que habían nacido con una elasticidad especial y con un arrojo de valentía que yo no tenía…

La propuesta de Río Abierto me cautivó desde el principio. El propósito era moverse desde uno mismo. Aprender a aceptar tu cuerpo, descubriendo sus posibilidades y respetando sus límites. Moverse desde lo lúdico para volver a darle al cuerpo la posibilidad expresiva que tuvo cuando éramos niños antes de que la educación reprimiera ciertos movimientos. Antes de que el demonio de la perfección y la comparación hicieran estragos en nuestro corazón, reduciendo nuestras posibilidades expresivas. Antes de que nuestro cuerpo se fuera convirtiendo en un espejo de nuestro interior, reflejo de nuestros miedos.


La magia de las clases de Río Abierto es que te llevan a gozar del movimiento por el simple gozo de moverse. Desoxidar el cuerpo y aprender a moverlo con consciencia. Llevar la atención al momento presente, ocupando la totalidad del cuerpo. Estar consciente de las sensaciones que se producen y aceptarlas como son.

Es por esto que el movimiento consciente sana. Porque es como entrar a limpiarse a uno mismo. Despejar de la mente las ideas, preocupaciones, fantasías, deberes… para entrar en el momento presente. Esos momentos donde el tiempo parece transcurrir de una forma distinta. La mente se despeja a través del movimiento, los minutos se diluyen y sale uno con una sensación de ligereza y energía. Con una sensación de vitalidad por haber contactado con el poder personal que todos tenemos y muchas veces olvidamos.



Las acrobacias

Quizás por la confianza que tengo en el trabajo de Río Abierto me atreví a tomar ahí clases de acrobacia en telas. Algo que desde hace algunos años me había atraído. Coqueteaba con la idea de tomar alguna clase, de conocer de qué se trataba, de arriesgarme… Recordando que desde niña había soñado con ser acróbata de circo. Solía salirme a jugar al columpio que estaba en el jardín y hacía toda clase de acrobacias y números circenses sobre el columpio, tomada de las barras, colgada de cabeza, dando maromas y cayendo al piso para esperar el aplauso de mi público imaginario. Soñaba con vivir en una familia de cirqueros. Viajar de un sitio a otro en nuestra caravana de colores llevando el espectáculo a pueblos y ciudades…



Así que ahora, durante este viaje, en el que nos hemos atrevido a vivir los sueños que teníamos ocultos durante tantos años, pensé: ¿y por qué no? ¿por qué no intentarlo?

Llegué a mi primera clase de acrobacia en telas con la sensación de estarle cumpliendo una promesa a mi niña de 7 años que soñaba con pertenecer al circo. Me reía de mi misma al sentirme inútil e incapaz de subir las telas. Me tranquilicé al ver que no era la única así. Junto a mi habían llegado varias personas que también estaban haciendo eso por primera vez. Por supuesto que a algunas se les facilitaba mucho más que a mi. Pero no por eso dejé de ir, ni dejé de reírme de mi misma, ni dejé de intentar, ni dejé de pensar que si después de un mes únicamente lograba subir y bajar la tela me daría por bien servida.



Al final puedo decir que definitivamente fue así: logré subir y bajar de la tela y me siento orgullosa de mi pequeño-gran avance. Pero lo que me llevo es mucho más que eso. Pues me llevo la certeza de saber que el cuerpo puede hacer más cosas de las que creemos. Que las posibilidades están ahí para ser descubiertas.