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miércoles, 17 de diciembre de 2008

Nuestro Recorrido en Perú

Recorrido en Perú


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· Hostal Inka Lodge en Miraflores, Lima
· Paseo por Miraflores, Lima
· Paseo por Barranco, Lima
· Parque de la Amistad, Lima
· Centro Comercial Larco Mar, Lima
· Cafeterías de la Alianza Francesa, Lima y Arequipa
· Museo de la memoria, Ayacucho
· Tour a las Islas Ballestas, Paracas
· Sanwichería Juanito, Cusco
· Barrio de San Blas, Cusco
· Jack´s Café, Cusco
· Hostal Casa de la Gringa, Cusco
· Sitio Arqueológico de Machu Picchu
· Restaurante Pueblo Viejo, Aguascalientes

Tríalogo imaginario entre cuenteros

A Cucha del Águila y al Chato Miguel,
amigos entrañables, personajes de cuento


En los albores de la narración oral escénica, en un país que se abre entre la Amazonía y la Cordillera de los Andes, tres jóvenes cuenteros (en esa época…) departen alrededor de una mesa en donde no falta licor.

Sienten una novedosa pasión por contar cuentos, y todos se agitan con intensidad cuando de comerse el coco alrededor de una cuestión se trata.

Esa noche se han juntado para plantearse un dilema: ¿De entre los tres elementos críticos de la narración oral –el cuento, el cuentero y el vínculo— cuál es el más importante?

Es el cuento –toma la palabra Tingo, la chica de la selva. La historia en sí. Es el contenido el que está destinado a tocar al auditorio. La historia es el espejo en el que el escuchante se refleja. Es la historia la que lleva una simiente que se instala en las tripas de una persona; la que le revolotea, lo trastorna y lo transforma.

Es la historia la que lo interesa, la que lo cautiva: años después de que se ha escuchado una historia, puede haberse olvidado del todo al mensajero y el momento en que ocurrió, pero la historia permanece alojada en la memoria; continúa actuando sobre el pálpito cotidiano del corazón y del respiro.

El cuentero camina siempre sobre los hombros de otros hombres: los antepasados que construyeron un linaje hecho de historias; los escritores que diseñaron castillos de palabras; los viajeros que fatigaron el camino; otros cuenteros –hoy anónimos— que recopilaron la sabiduría de un mundo en que los animales hablaban y no siempre el más astuto y rápido es el que gana. El cuentero tiene una deuda con ellos y debe hacerles justicia en su relato.

Por ello, es esencial el gusto para seleccionar el texto; el cuentero se nutre del lector y del recopilador de historias; la boca del cuentero es la extensión de su ojo, es la otra cara de su oreja. Debe desarrollarse con la devoción de un gourmet.

Justo por ello es tan relevante la pertinencia para traducir un texto en versión oral, pues es el abordaje que el cuentero hace sobre el texto original –lo que se dice, lo que se calla— lo que determinará la potencia que tenga el relato al ser escuchado; siempre bajo el afán de encontrar parsimonia: que no sobren ni falten palabras para decir lo que se quiere decir.

La relevancia del cuento hace que en cierto grado sea deseable la neutralidad en el cuentero, pues nada debe interrumpir el flujo de la historia hacia el público. El cuentero, en le ejecución, sólo un instrumento. Él será tan bueno como lo sea su repertorio.

Vista así la narración oral es, en estricto sentido, el último eslabón de la recopilación etnográfica y de la literatura:

Al final – dice la Chica de la Selva— son las historias las que aceleran el paso del tiempo en los velorios; son las historias compartidas las que salvan a los presos políticos en las cárceles del mundo; son las historias todo lo que en realidad sabemos sobre aquel hombre que murió en Palestina en la cima de un monte árido, colgado en una cruz.

Toulouse, el francés, replica con picardía: “En realidad se trata del cuentero”. ¿No es acaso que la narración oral se trata en último término del juglar que va de pueblo en pueblo trasladando historias? Es el juglar el que con su irrupción en la rutina del pueblo crea un estado de excepción; establece un corte en el la monotonía anímica del hombre del pueblo.

La narración oral se define por este alto ritual forzado por ese personaje que tiene algo de charlatán, algo de bufón, algo de sacerdote.

Es más, apuntala el francés: en última instancia contar es como filosofar. Las ideas (las historias) no son tan importantes, pues ninguna habrá que realmente permanezca; ninguna hay que valga más que la realidad de nuestra muerte... Es más importante el acto de filosofar, verbo que siempre se actualiza en presente, y que es indivisible de aquel que lo encarna, el filósofo (el cuentero).

Si tuviera que conceder unos cuantos palmos, el francés estaría dispuesto a reconocer que acaso la apuesta del narrador (como la del filósofo) es que el escuchante de historias sienta una comezón por emular al cuentero y fabricarse las suyas propias.

Pero por el momento no está dispuesto a ir tan lejos y abrir un flanco débil frente a sus interlocutores. Por lo pronto, como él sostiene que cada uno debe ocuparse de lo suyo, el cuenta cuentos empieza y se agota en sí mismo…

Así, como quien cuenta, filosofa a un mismo tiempo, no importa tanto sobre qué se cuenta –las historias irán y vendrán— importa más bien el hecho en sí de contar. El texto, la anécdota en sí, además, serían pronto olvidadas si no fuera porque la voz, el carisma, el ingenio del cuentero el que la hace asequible, viva, y en última instancia memorable para el auditorio.

Es por el rol que tiene el cuentero como el mensajero, que es esencial que esté listo para la calixtemia escénica, en la que su cuerpo se alíne totalmente a su intención comunicativa. Que desde el dedo pequeño del pie hasta la más insignificante de sus pestañas estén confabuladas para hechizar al público.

Por ello también, es fundamental que la voz tenga el filo que necesita para esculpir el aire y entregárselo al público en un gesto de mago; que la voz pueda fluir con ligereza de brisa, golpear con dureza de mazo, o convertirse en una ridícula piedra inmensa al pie del escenario.

No es posible prescindir, en este escenario, de una estrategia histriónica que acompañará la danza del cuentero: la melodía que creará una atmósfera; la luz que acentuará la emoción; el espacio escénico que crecerá o se acortará según la historia requiera intimidad o vulnerabilidad.

La narración oral – dice el francés para terminar pronto— no es otra cosa más que la expresión más simple y pura de un teatro comprometido: El público se quedará al final con la impresión de haber vislumbrado en el rostro del cuentero el reflejo del mundo real que se abre allá afuera de la caverna en donde los hombres estamos encadenados. Recordará al duende mágico, que con un pase de su mano hizo crecer pelo en el desierto canceroso del coco liso de un niño de seis años…

Tarumba, el payaso, escucha y sonríe. Agrega: “Yo apuesto por el vínculo”. Pues contar cuentos se define por la fugacidad del encuentro entre uno que habla y otro que escucha. Pues contar cuentos es siempre el medio para otra cosa; pues la historia tiene sentido en la medida que apela a la realidad de lo que está ocurriendo en la vida de una comunidad o una persona; pues el cuentero no es nadie, a menos que el público le otorgue el permiso para ser su interlocutor. Pues contar cuentos, fue desde el principio, un acto de congregación comunitaria, al final de la jornada, alrededor del fuego.

Por ello contar cuentos es un acto de complicidad, en donde el cuentero es un intérprete que elige una historia para rascarle al público lo que éste ya tiene inscrito de antemano en su conciencia. Pues en el acto de contar cuentos el auditorio es en realidad el sujeto, que aunque permanece aparentemente estático, es quien en realidad cuenta la historia verdadera, en silencio y con un desfase de dos segundos con respecto al relato del cuentero, montado en la traza de su voz. En todo caso, el cuentero lo único que hace es abrir una brecha con el machete de las palabras en medio de la selva tupida que es el silencio, para que el escuchante haga su recorrido personal.

Desde ahí le parece a Tarumba que el cuentero no debe tener un itinerario predefinido cuando se para en un escenario; debe más bien elegir el repertorio conforme avanza, para contar la historia que el público necesita.

Por ello se deben contar cuentos en espacios pequeños, donde el cuentero pueda ver a los ojos al público; espacios donde el cuentero pueda interpretar la respuesta del público y utilizarla; en donde el cuentero pueda construir un giro sorpresivo en su relato detrás del recodo que se abre en el fondo del silencio del auditorio; donde el cuentero esté a tiro de piedra para picarle las costillas al público a partir del primer esbozo de risa; desde donde pueda a atizar en las heridas del corazón cuando la primera lágrima aparezca en la mujer que se sienta en la primera fila del público.

Al final, el público se llevará de la función sólo un rastro afectivo –la esperanza, el desasosiego, la ligereza alegre, la urgencia por hacer algo distinto—, ese registro libre de palabras (más allá de las historias) y libre de imágenes (más allá del cuentero), síntesis de la relación que se estableció en ese momento único e irrepetible.

La narración oral – concluye el payaso– tiene algo de antropología, algo de educación, pero es sobre todo, una extensión de la vida misma –dinámica, imprevisible.

Al final, los cuenteros verdaderamente memorables son aquellos que establecieron un vínculo significativo con nosotros en circunstancias relevantes de nuestra vida a través de los cuentos.
En nuestro corazón prevalece la tranquilidad con la que mamá consiguió cubrir nuestro corazón atribulado cuando el miedo de la noche nos acosaba; la sensación de poder y valentía que papá nos hizo brotar en el corazón cuando bautizó con nuestro nombre al príncipe mata dragones de un cuento; el profesor que con sus relatos nos enseñó que otras vidas eran posibles…

...
En la elección que cada uno hace de los ángulos de este triángulo, intencionalmente deciden ignorar la solución que los padres de la iglesia católica encontraron para resolver el problema que anteriormente planteaba el politeísmo de proporciones escalénicas.

A su solución la denominaron el misterio de la santísima trinidad. Tres dioses, un solo dios. El padre –la potencia creadora; el hijo –el mensaje de la salvación; el espíritu santo – el vínculo amoroso entre los dos que se derrama hasta el pueblo…

Así, los tres cuenteros continúan hablando toda la noche. Aunque saben que los interlocutores tienen parte de la verdad, mantienen deportivamente sus disensiones, pues si acordaran, el vino dejaría de correr en aquella velada, y cada quien habría de regresar, demasiado pronto para su gusto, a dormir a su casa...

martes, 16 de diciembre de 2008

Dos cuentos medio políticos

El buen gobernante
(Versión oral de Javier Echevarría)

Esta es la historia de Jaina, hijo del Rey Soroy. Un joven que no sabía que quería hacer por la vida. Él solamente quería correr por los campos y subirse a todos los árboles y nadar por todas las lagunas. Y todos los ministros del Rey estaban muy preocupados pues ya era hora de que este joven se encaminara y dijera qué cosas quería hacer en la vida. Pero su padre no, él esperaba el momento en que él se diera cuenta solo.

Y llegó el día. Un día en que Jaina se despierta, se va a lavar frente al espejo, y entonces tuvo una revelación. El día que cambió todo, vió una imagen que cambió su vida para siempre, vió… por primera vez tres pelitos que habían aparecido durante la noche en su barba. Momento crucial en que cambia todo para los hombres.

“¡Tengo barba! – dijo. “¡Soy un hombre. Ya sé qué quiero hacer en la vida: quiero gobernar!”. (Bien original quería hacer lo mismo que el papá…)

Va con su papá, lleno de felicidad, y le dice: “Papá, mira… ya tengo barba. Quiero gobernar. ¿Por qué no me das un departamento, una provincia, algún territorio para que yo vaya practicando?”

Y su padre, que había sido un gobernante sabio, igual que lo había sido su padre, su abuelo, su bisabuelo. Una larga tradición de gobernantes sabios, le dijo: “¿Quieres gobernar? Anda al bosque a escuchar, y cuando lo hayas escuchado... estarás listo…”

Jaina se enfadó con el papá. Él ya quería gobernar, quería que su papá lo tratara como un adulto, y el papá lo ha mandado al bosque, a escuchar… ¡Lo ha tratado como un niño! Pero es a fin de cuentas su papá, es el Rey y ha de obedecerlo.

El bosque es oscuro, peligroso. Jaina llegó, se asomó al bosque, y escuchó un pajarillo que cantaba…

Y regresó corriendo con su padre. “Listo, ya está papá. Fui al bosque y escuché un pajarillo que cantaba…”

Su padre abre la ventana y le dice: “Mira hijo, ahí hay un pajarillo. Escucha. Canta igual que el que tú describes. ¿Cómo sé que en verdad has escuchado el pájaro del bosque y no ha sido este otro? Anda al bosque a escucharlo. Y cuando lo hayas escuchado, vuelve.”

En esta ocasión Jaina se dio cuenta de que el encargo tenía truco… Pero él, que era un hombre, tenía que pensar… Así que antes de irse al bosque tomó un pliego de papel y una pluma, y se internó. Y ya adentro, empezó a llevar registro de todos los animales que escuchaba: mono… buho… lobo…

Y volvió nuevamente con el papá al palacio. “Ya está papá. Aquí en esta lista están todos los animales que he escuchado. Ya estoy listo para que me entregues el territorio que habré de gobernar.”

Pero justamente en ese momento estaba pasando una caravana de gitanos, con todos los animales de esa lista. “¿Cómo sé que en verdad has escuchado a los animales del bosque y no han sido aquellos de la carabana? Anda al bosque a escucharlo. Y cuando lo hayas escuchado, vuelve.”

En esta ocasión Jaina se dio cuenta de que la tarea no tenía truco. Y que tenía que sumergirse verdaderamente en ese bosque oscuro y peligroso. Y no sabía por donde empezar. Y cuando uno no sabe por donde empezar, simplemente hay que andar.

Entonces Jaina, poco a poco, empezó a menterse en el bosque. Hasta desaparecer.

Y pasaron los días, y Jaina no volvía.

Y todos en el reino estaban muy angustiados, pues el heredero del trono se había perdido. Menos su padre, que lo esperaba muy tranquilo.

Y pasaron los meses, y Jaina no volvía.

Y todos en el reino estaban muy tristes, pues el heredero del trono se había perdido para siempre. Menos su padre, que los esperaba muy tranquilo.

Y pasaron los años, y Jaina no volvía. Ya nadie se acordaba de Jaina. Menos su padre, que lo seguía esperando muy tranquilo.

Hasta que una tarde en el camino que conecta la puerta del palacio con el castillo, apareció un hombre, todo desaliñado, con la ropa raída, el pelo largo y la barba espesa y crecida, de tal forma que le llegaba casi hasta el piso.

Y era Jaina. Y en el reino nadie lo reconoció.

Y cuando llegó al palacio, los soldados no lo reconocieron. Fueron con el rey y le dijeron: “Majestad, afuera del palacio hay un hombre que dice ser su hijo…”

Y el rey, con el impulso de un corazón que ha esperado tanto tiempo, salió corriendo. Mira al muchacho, y a través de la suciedad y las barbas, reconoce la mirada de su hijo, como sólo los padres son capaces de reconocer la mirada de sus hijos.

Y entonces le pregunta: “Hijo, ¿qué has escuchado?”

- “Escuché el breve temblor de los botones de las flores. Un segundo, apenas un segundo, antes de florecer…”

- “Y también escuchaba el crujir de la tierra cuando aparecían los primeros rayos del sol…”

- “Y también escuchaba el pequeño murmullo de las hormigas, cuando se ponían de acuerdo sin ponerse de acuerdo…”

- “Y también escuchaba…”

- “Es suficiente – dijo el padre – ahora que sabes escuchar lo que no se oye, estás listo para escuchar las necesidades de tu pueblo. Anda vé, y gobierna…”

Ahora sí le cayó al Cholo


En la época del gobierno del expresidente Toledo a Javier lo invitan a contar el cuento frete al presidente acompañado por su gabinete en pleno, que se encuentra reunido en una Huaca (lugar sagrado) en Miraflores.



Javier termina y todo mundo queda en silencio.

Después, al final, lo rodean los ministros y comentan. “¡Qué buena, Javier!, ¡Ahora sí le cayó al Cholo (apodo con el que se conoce a Toledo)!”

Ponen gestos entre graves y divertidos, le dan tres palmadas en la espalda, y se dirigen rumbo hacia donde están preparadas las bebidas y los bocadillos.

Javier entendió entonces: los políticos son unos profesionales de no entender. Sus reflejos están entrenados para la proyección, no para la introspección. Hablaban como si el cuento estuviera dirigido únicamente a Toledo. Y nada, absolutamente nada de aquella historia, tuviera que con ellos…

Villa el Salvador, el proyecto imposible

El primer día que llegamos al Perú, por un inexplicable laberinto, terminamos contando cuentos en una comunidad marginal a las orillas de Lima llamada Villa el Salvador. Un sitio que tiene un sabor muy semejante al Chalco de los ochentas en los márgenes de la Ciudad de México.

Contamos en un espacio especial. En el foro de la cultura solidaria del Teatro Vichama que año con año organiza el pueblo.


Pues aquí, según nos cuenta Ángela Zignago –socia de César Villegas en Villa Palabra, antropóloga, actriz, cuenta cuentos— el teatro no es un proyecto impuesto, extraño a la comunidad. El teatro es aquí la voz misma del pueblo. Ellos lo escriben. Ellos lo actúan. Ellos lo gestionan.

Y así es desde que un día la gente les dijo a los actores: “¿Por qué en lugar de montar obras de otros autores, no cuentan nuestra historia?” Y así lo hicieron. Esa primera historia se puso por y para la gente de Villa el Salvador. Y sirvió en parte para celebrarse a sí mismos y para terminar de desafiar el escepticismo de toda la gente –en el gobierno, en la sociedad, en la guerrilla— que creía que su proyecto de ciudad era algo imposible.

La de Villa el Salvador –me cuenta Ángela— es una historia dolorosa. En los sesentas hubo una invasión de terrenos en una zona de Lima llamada Pamplona, debajo de la cual había gente de muchísimo dinero, cosa que, naturalmente a los ricos y poderosos no les gustó, pues por un lado les afeaba el paisaje, y por otro lado les devaluaba la propiedad.

El gobierno, siempre pronto para defender los intereses de la minoría acomodada, se movilizó para defenderles frente a los señores invasores. Hubo una confrontación violenta.

Hasta que se transó una especie de acuerdo: Todo ese grupo se movilizaría. Dejaría Pamplona y se irían a un arenal a las orillas de Lima llamado Villa el Salvador. A cambio, el gobierno desarrollaría toda una nueva ciudad.

Y la voz de que el gobierno estaba regalando terrenos, ofreciendo pavimentar, alumbrar, poner escuelas, poner clínicas… se pasó rápidamente, no sólo entre los invasores sino entre otros miles de personas hacinadas en Lima. Montados en esa ilusión comenzó una especie de migración masiva organizada que no se había visto nunca antes en el Perú.


A los pocos días no sólo estaba claro que el gobierno no cumpliría ni en ese momento ni nunca.

Con la rabia hirviendoles en las venas, en lugar de seguir peleando se ponen a trabajar. Su impulso es calificado de ingenuo, pues lo que ellos quieren hacer no puede hacerse, pues para que las ciudades existan es necesaria la participación del gobierno.

Pero ellos siguen y siguen. Trabajan y trabajan.

Años más tarde, Villa el Salvador se había convertido en una ciudad totalmente funcional. Desde entonces es un modelo de lucha popular pacífica. La política ahí ha dejado de ser una cosa de políticos, discursos y promesas, para convertirse en un movimiento de gente que se organiza por conseguir cosas buenas para todos.

Quizá justo por eso, veinte años después de su fundación se convirtió en uno de los blancos preferidos de Sendero Luminoso, pues si algo aterroriza al terrorismo es el liderazgo de gente en la que cree la gente.

Esa noche, un poco como deferencia a sus nuevos amigos mexicanos, un poco justo porque estamos en un festival de teatro que representa la voz de los marginados, Ángela elige un cuento del Subcomandante Marcos.

Una elección no exenta de ambivalencia –le digo—, pues a fin de cuentas, Marcos terminó por revelarse como político, que con su obtusa inacción terminó por defraudar las posibilidades de aquellos cuya voz representaba.

“Puede ser que ahí quede sentenciado el personaje Marcos como político”, responde Ángela, “pero lo cierto es que eso no anula otros aspectos de su contribución, como por ejemplo su legado poético”.

Por eso casi a nadie le dice que este es un cuento de Marcos. Porque Ángela cree que sus palabras no necesitan de su pipa y su máscara para ser potentes. Para convocar, para hacer a los sin voz, creer en su propia voz…


Una pequeña nubecita en el desierto
(Cuento, Subcomandante Marcos; Versión Oral, Ángela Zignago)

Había una vez una pequeña nubecita. Una pequeña nubecita que está viajando por el cielo. Y la nubecita tiene un sueño reiterativo en su pequeña cabecita donde bruma. Sueña, lo que sueñan todas las nubes: encontrar un lugar donde lloverse.

Así que la nubecita estaba navegando por el cielo azul, buscando un lugar para lloverse. Pero, las nubes, para lloverse, deben ser varias, y chocarse entre ellas, y así se produce el aguacero. Así que, estando sola, la nubecita decidió ir en busca de otras.

A lo lejos vió unas enormes nubes blancas; nubes hermosas, gigantescas. Y pensó, iré hacia ellas, me haré su amiga y nos lloveremos juntas.

Y cuando llegó donde ella estaba, ellas la miraron con desdén en su rostro de nube. Y le preguntaron: ¿tú que quieres? Ella les respondió: “pues lloverme con ustedes”. A lo que ellas replicaron: “Espera un momento. Tú no te puedes llover con nosotros. Nosotros somos nubes grandes, cargadas, hermosas. Tú eres apenas un rabito de nube, insignificante. Si nos llovemos contigo nos vamos a desperdiciar. Así que no nos lloveremos contigo. Ubícate en tu realidad y búscate nubes de tu tamaño para lloverte con ellas.”

La nubecita escuchó el discurso y pensó: “Pues tal vez tienen algo de razón, y si se llueven conmigo, se van a desperdiciar mucho… Me iré pues a buscar a otras nubes que si quieran lloverse conmigo.”

Y así se fue a volar por el cielo azul. Pero por más que buscaba, no encontraba a ninguna nube, pues el cielo estaba azul. El sol quemaba, y la nubecita, con tanto calor, empezaba a deshidratarse. Y con la deshidratación se iba haciendo más pequeña de lo que ya era. Pero aún así, insistía para sus adentros: “yo me tengo que llover con alguien…”. Y no desistía.

De pronto, a lo lejos vio unas montañas. ¡Enormes! Y encima de ellas, una multitud de nubes de todos colores. Dándose unas contra otras en un baile frenético. Y mientras se chocaban salían rayos y truenos. Y caía una tormenta sobre la montaña.

Y la nube pensó: “Ahí, si entro, nadie se va a dar cuenta de mi presencia. Tan chiquita soy, que me puedo colar sin que nadie se de cuenta. Y, entonces sí, ahí me lluevo.”

Y llegó hasta las montañas. Y cuando llegó, a punto estaba de entrar entre ellas, cuando le salió al paso una nube enorme y gris. Una nube seria que la detuvo, y le dijo: “¡Alto!, tú no puedes pasar acá a menos de que tengas invitación.

“¿De cuándo acá se necesita invitación para lloverse, si eso es lo natural en nosotros?” preguntó la nubecita.

“Es que esta es una fiesta privada” – replicó la nube grande. “Aquí hay muchas nubes muy importantes. Y tu no puedes venir acá sin invitación a lloverte.”

Por más que la nubecita pidió, insistió, rogó, aseguró… que nadie se daría cuenta de su presencia, fue una y otra vez rechazada, pues además, argumentó la nube gris, ella no se arriesgaría a perder su trabajo por un capricho. Así que la nube gris se pidió que se fuera.

Y a la nubecita no le quedó de otra. Y se fue, pues no quería perjudicar a nadie.

Pero conforme iba pasando el tiempo la nubecita se iba haciendo más pequeñita. Ya casi no quedaba nada de ella, cuando pensó: “Yo tengo que lloverme. Porque si no lo hago ahora, desapareceré. Y si desaparezco sin haberme llovido, será como si nunca hubiera existido.

Así que miró para abajo, y abajo había un enorme desierto. Todo estaba en silencio. Miró hacia los lados y vio el cielo azul. Se miró a si misma y volvió a pensar, tomó fuerza e hizo un gran esfuerzo de condensación. Casi dos veces mayor al normal, pues cuando una nube se llueve sola, requiere más esfuerzo.

Se concentró en su materia de bruma, y condensó, y condensó y condensó su cuerpo brumoso. Y de ese cuerpo salió una gotita de agua. Una sola gotita de agua.

Y esa gotita cayó desde el enorme cielo hasta el desierto silencioso.

Y cuando llegó finalmente, ¡plaffffff! se destrozó contra una roca del desierto.

Y ahí terminaría la historia de la nubecita y la gotita de lluvia… Pero ahí no termina, pues el mundo funciona de otra manera…

Pues cuando la gotita cayó en el desierto hizo mucho ruido. Y ese ruido despertó a la tierra.

Y la tierra le preguntó a la roca: “Roca, Roca, ¿qué ha pasado?”.

Y la roca le contestó: “¡Una gotita de lluvia! ¡Parece que va a llover!”

Y la tierra se dijo: “¡Lluvia! ¿¡En serio!?”. Así que se apresuró a despertar a todas las pequeñas plantas que vivían debajo de su lecho, resguardándose del sol, para que se prepararan para recibir la lluvia”.

Y las plantitas empezaron a pasarse la voz con una rapidez increíble, pues cuando hay necesidad, la gente se comunica a una velocidad increíble. Y en un momentito, todas estaban enteradas de que iba a llover. Así que en un mismo instante, todas las plantitas levantaron la cabeza, la sacaron de la tierra y se asomaron esperanzadas, mirando hacia el cielo.

Ese instante bastó para que todo el desierto se vistiera de verde. Y ese verde, lo vieron las nubes grandes que estaban sobre las montañas. Y dijeron: “¡Mira, el desierto está verde! ¡Hay vida ahí! Es tierra fértil. Vamos todas a llovernos.”

Y todas las nubes grandes se fueron hacia el desierto. Y llovieron, y llovieron. Un día, una semana, un mes… varios meses.

Y el desierto, se convirtió en una hermosa selva.

Cuando terminaron, las nubes grandes, miraron el trabajo hecho, y se felicitaron entre ellas: “sin nosotras, esto no sería posbile…”. Y partieron.

Y nadie se acordó de la nubecita. Excepto la roca. La roca que guardó esta historia en su corazón, para contársela a las nuevas generaciones de nubes, y a las nuevas generaciones de plantas, para que nunca nadie se olvidara de que a veces, la diferencia entre un desierto y una selva, puede ser apenas una gotita de lluvia.

De Política Peruana y cosas peores

La triste realidad de la clase política peruana

Existe en el Perú una imagen dramática del país que fue trazada por un pensador de nombre Raimondi: Perú es un mendigo sentado sobre un banco de oro.

Y a la hora de explicar porqué es así, la gente encuentra que entre muchos factores intervinientes en el atraso del país, uno de los más pesados es, sin duda, la escasez de liderazgo en el país.

Conclusión que extraña en un país heredero de uno de los imperios más importantes de Mesoamérica, y los imperios difícilmente se construyen a menos de que haya un grupo de líderes relativamente coordinado y capaz de sostenerlo.

En algún sitio leímos que todos esos incas potentes y orgullosos fueron arrasados por la conquista española, a quien le estorbaba cualquier persona capaz de disensión o desafío. El sitio de la autoridad, dicen algunos, lo ocuparon entonces un grupo de españoles que estaban lejos de representar lo mejor de la madre patria. Campesinos incultos en el mejor de los casos, bandidos, en el peor, que habían salido de la tierra de castilla dispuestos a todo con tal de encontrar una vida mejor.

Sea como fuere, pudimos palpar durante nuestra estadía –en la prensa, en los medios, en las opiniones de nuestros amigos— que la clase política peruana carece de cualquier credibilidad. Los políticos son frecuentemente vistos como pequeñas criaturillas cínicas capaces de cualquier cosa por obtener y mantener el poder.

Alan García en la memoria de nuestros amigos

Acaso la mejor forma de juzgar la gestión de un político es por el impacto que su gestión tiene en la vida real y cotidiana de un pueblo.

De el primer periodo de Alan García, Wayqui recuerda cómo al principio de su periodo, cuando por primera vez se emitieron los billetes de 50,000 soles, a uno le alcanzaba con tres de esos para comprar un coche; al final de su gestión con eso mismo uno compraba un paquete de chicles. La inflación fue de locura.

Briscila tiene otra memoria de ese periodo cuando ella no contaba más de diez años: el miedo espeso y constante de que hubiera un atentado; los apagones constantes por los atentados contra las torres eléctricas; el desabasto en los supermercados, el racionamiento de la comida y las colas en los centros de distribución; las lúgubres noches por los toques de queda; los golpes súbitos de adrenalina en el estómago cada vez que en la calle aparecían bultos desatendidos. En aquel periodo de Alan García Sendero Luminoso se convirtió en una amenaza espesa y oscura que invadió todos los rincones del Perú.

El Doctor Champú

Sendero Luminoso, nos cuenta una muchacha alegre e inteligente que nos guía en el paseo por el sitio de Pachacamac es el resultado de la visión de transformación radical que un catedrático de la Universidad de Ayacucho tenía sobre el Perú.

En una época en que la mayoría de los movimientos guerrilleros de Latinoamérica seguían la pauta de Lenin y Marx (a imagen y semejanza de Fidel y sus barbones) y que en Perú el MRTA (Movimiento Revolucionario Tupac Amaru) había ya reclamado la titularidad de esa tradición, Abimael decidió acogerse al Comunismo Chino de Mao.

Le llamaban el Doctor Champú pues su elocuencia era tal, que rápidamente le lavaba la cabeza a cualquiera y conseguir que en un santiamén sus interlocutores cambiaran de opinión, y justificaran airadamente cualquier acto que antes les hubiera parecido una barbarie.

La transformación se conseguiría sólo sembrando el terror. Conseguir poner a unos contra otros. Crear una incertidumbre absoluta con respecto a quien es amigo y quién es enemigo. Hacer que todos desconfíen de todos. Posteriormente, conseguir victorias simbólicas que se instalen en el ánimo de la gente. Finalmente, tomar el poder.

Y así despliegan su parafernalia de muerte, en ondas que cada vez se acercan más a la capital. Derriban las torres del suministro eléctrico. Cuelgan perros de los postes en los suburbios de la ciudad de Lima. Cuelgan hombres de los postes en Ayacucho con un cartel en el pecho: Así mueren los soplones. Activan bombas por todos lados. Hacen explotar un coche bomba en pleno Miraflores. Asesinan dirigentes políticos. Arrasan con poblaciones enteras.

Consiguen, en efecto, que el Perú se les arrodille.

El pez en el agua

Es en el contexto de un país totalmente desarticulado a Mario Vargas Llosa se le ocurre participar en la carrera por la presidencia de la república.

Según cuenta en sus memorias – El pez en el agua— se animó a participar en las elecciones por dos razones: una circunstancial, pues habiendo fungido casi toda su vida como un intelectual crítico del sistema, se encontró encabezando la protesta contra la nacionalización de la banca que Alan García pretendía; de esa protesta se derivó un movimiento de gente que clamaba por una nueva aproximación a la política, una cara fresca. Y una estructural, pues desde muy joven él estuvo ligado de una u otra forma a la política (en sus épocas de estudiante inclusive formó parte del partido comunista peruano); y, sobre todo, siempre se ha sentido atraído por los retos que rayan en lo imposible.

Vargas Llosa apareció con una campaña llena de postulados ciertamente atrevidos para la época. Su proyecto, en 1990, estaba cercano al liberalismo económico y al concurso de los intereses privados sobre la industria estratégica en el país; a la lucha frontal contra el terrorismo para conseguir estabilidad y seguridad jurídica; a la reforma agraria para que cada campesino se convirtiera en un pequeño empresario, dueño de su tierra; a la reforma educativa para que cada maestro ganara su espacio en sistema en función del mérito; al adelgazamiento y profesionalización del sector público.

A poco más de un mes de haber leído sus memorias hay varios segmentos e ideas del libro que siguen dando vueltas en mi cabeza, algunas de las cuales me atraen por que me parecen reflexiones generalizables a la cosa política, más allá del pueblo peruano; algunas, porque me parecen situaciones propias de ficción:

- Vargas Llosa reconoce que perdió la presidencia por errores que él mismo cometió, siendo el mayor de los cuales el no haberse presentado como un candidato independiente (imagen que reclamaba el desgastado pueblo peruano) y haber optado por una coalición con partidos conservadores, que ya habiendo estado en el poder, habían demostrado la misma ineficacia y corrupción que el resto de la clase política.
- Vargas Llosa reconoce también su incapacidad para comunicar y transmitir sus ideas a los distintos colectivos del país. En parte, porque en la política la discusión de ideas es el 2% de la actividad real; en parte, porque en una campaña en Latinoamérica, las ideas son tergiversadas por el adversario a una velocidad increíble; en parte porque el pueblo peruano permanece relativamente inculto y tiene instalada una resistencia suicida al cambio.
- Otro mea culpa interesante está asociado al relato de cómo descuidadamente Vargas Llosa autorizó un spot de campaña en el que, pretendiendo apuntalar su visión sobre la renovación de la Función Pública, se presentaba sarcásticamente al típico burócrata como un chango (mono) perezoso, durmiendo, comiendo, ¡y meando! sobre su escritorio. Imagen francamente no lejana de la realidad de la burocracia latinoamericana, pero que por su falta de sensibilidad, se convirtió en un bumerang en contra.
- Vargas Llosa interpreta que en última instancia el pueblo peruano prefirió tragarse las ideas populistas y perpetuar las estructuras de cacicazgo que los han empobrecido durante siglos, a asumir las implicaciones que en términos de la toma de responsabilidad individual tiene construir un país distinto.
- Encontré especialmente simpático el capítulos donde relata cómo sus adversarios políticos (el APRA del entonces presidente Alan García), toman parte de su novela Pantaleón y las Visitadoras, para presentar frente a las comunidades de la selva – Iquitos, Tingo María y otras— una imagen tergiversada de Vargas Llosa, como alguien que considera que las mujeres de la amazonía peruana son, sin excepción, putas por vocación. Quién sabe qué cuerdas habrá tocado la treta, o qué tan efectiva fue la reacción desmitificadora, que el día de la elección de la primera vuelta el apoyo más contundente que tuvo Vargas Llosa, fue entre estas comunidades.
- Disfruté también la ironía del segmento donde narra cómo en los momentos más tensos de la campaña, muy a su pesar, terminó respondiendo a los intereses y a las perspectivas de la oligarquía católica, por la que jamás hubiera abogado en otras circunstancias: obtenido un porcentaje marginal de votos en la primera vuelta, estuvo a punto de sucumbir a la tentación de no participar en la segunda vuelta, pues era ya obvio a esas alturas, que el segundo candidato –Fujimori— lo derrotaría al concentrar los votos que en la primera vuelta habían ido a parar a los candidatos de izquierda. Fue sin embargo una charla con el Arzobispo de Lima, quien le hizo ver que además de inconstitucional, el desistirse de la participación en segunda vuelta constituiría el peor atentado contra la incipiente democracia peruana, pues abriría el flanco a un golpe de estado.

El imperio de Fujimori

El gran ganador de aquellas elecciones de 1990 fue Alberto Fujimori, un candidato que dos meses antes de la elección, tenía menos del 1% de la intención de voto, y que creció como la espuma, de forma casi inexplicable.

El mismo Vargas Llosa plantea que al principio Fujimori fue sólo un testaferro de Alan García y el ARPA, que apareció en la escena política con la misión exclusiva de restar poder a la propuesta de Vargas Llosa, pues con su fachada de candidato independiente, restaría algunos de los votos que el escritor tenía en algunos sectores del electorado.

Pero inesperadamente, sin siquiera contar con un proyecto político serio o firme durante la campaña, Fujimori se convirtió en una fuerza política incontrovertible, por tres razones según apunta MVLL: en buena medida por haber conseguido posicionarse como una alternativa totalmente alejada de los candidatos y partidos tradicionales, que era lo que el pueblo demandaba; en parte por que el pueblo se identificó con un rostro marginado, semejante al de ellos –cholos, indios y negros; en parte porque frente a el electorado consiguió representar el papel del David – el marginal, el impotente—frente al Goliat de Vargas Llosa –el europeo, el dominador.

Su victoria, inesperada, tuvo consecuencias tremendas para la vida política del Perú, pues casi de inmediato dio un doloroso golpe a las incipientes estructuras de la democracia peruana: a los dos meses de gobierno disolvió el congreso, eliminando todo tipo de contrapeso y llevando la centralización y la discrecionalidad hasta puntos inverosímiles; y transformó la constitución para reelegirse en el cargo.

Pero acaso lo peor, (como suele ocurrir frecuentemente con los dictadores), es que todas aquellas medidas las pudo llevar a cabo gracias al apoyo del pueblo, quien hipnotizado por el efectismo de Fujimori, le dio un cheque en blanco. La entrega casi total respondió por un lado a que Fujimori logró domeñar el caballo desbocado que era la economía peruana, aplicando medidas que consiguieron parar la inflación, estabilizar los indicadores macroeconómicos y restituir el vínculo con organismos financieros internacionales. Por otro lado, Fujimori consiguió – a base de mano dura y carta abierta a Montesinos para violar hasta los más mínimos parámetros de derechos humanos— prácticamente llevar a la extinción al terrorismo de Sendero Luminoso.

El golpe mediático más connotado fue aquel en el que tras varios meses de secuestro en la embajada japonesa, consiguió liberar a un grupo de varios centenares de secuestrados, aniquilando a prácticamente todos los plagiarios, con mínimas pérdidas para las fuerzas especiales del ejército.

Pero poco le duró la algarabía de aquella movida de ajedrez de su segundo periodo de gobierno y que le valió la reelección para un tercer periodo. Pues cuando estaba cerca de cumplirse su primera década al frente del gobierno, los escándalos que alcanzaron a su brazo derecho – Vladimiro Montesinos—hicieron imposible su continuidad en el gobierno.

La anécdota cuenta que estando de viaje de estado por el Japón renunció al cargo enviando un fax al congreso, que le reviró contestándole más bien que estaba destituido por ser inapropiado para detentar la presidencia de la república.

Más vale malo por conocido...

Después de un periodo gris del Cholo Toledo al frente del gobierno, la historia política del Perú presenció otro capítulo tragicómico, pues Alan García –a pesar de la funesta memoria de su primer periodo como presidente—volvió a ganar la investidura al máximo cargo de su país. Todo se debió a que su principal contendiente se descalificó a si mismo por sus antecedentes de carrera militar (el pueblo temía un regreso al estado militar dictatorial de mediados del siglo XX); y que por otro lado manifestaba sin rubor sus inclinaciones a formar parte del proyecto bolivariano de Chávez (en el pueblo peruano siguen hondamente enterrados los valores míticos de la soberanía nacional).

Durante nuestra estancia en el Perú, García quien en su segundo mandato parece haber mutado su filosofía política, aparece ahora como el paladín del libre mercado frente al mundo, capitalizando los esfuerzos que Toledo había hecho para que Perú fuera el anfitrión de la reunión de la APEC.

Por lo demás la coyuntura política en estos meses está cargada: pocos meses antes de nuestro paso por Perú tanto el primer ministro como buena parte del gabinete de García se vieron obligados a renunciar por un escándalo de corrupción; los medios se encuentran saturados con noticias de otro escándalo – el de los petroaudios – en el que se han dado a conocer oscuros manejos del gobierno de García para otorgar ilícitamente a un connotado empresario predios para la explotación petrolera.

No extraña que en buena medida la agenda política esté ligada a la explotación de recursos naturales –intereses públicos contra intereses privados— receptáculo último del poder y vértice doloroso en la vida de los pueblos.

Por nuestro paso por acá, en la voz de nuestra amiga Elisabeth Lino –que se ha dedicado a rescatar la memoria de pueblos comprometidos y es una insistente activista que ha documentado terribles abusos—, encontramos también tristes historias vinculadas a la minería: el tremendo derrotero que la mina de tajo abierto en Cerro de Pasco ha traído consigo la extinción de varios pueblos afincados a su alrededor; la tragedia medioambiental que ocurrió en la mina de Wankabelica con un monumental derrame de mercurio que enfermó a la población entera, cuando la empresa propició la recaptura de la fuga a mano limpia, produciendo daños irreparables en la salud de los niños, las mujeres y los hombres de la población. Y finalmente la controversia por la expropiación de una serie de predios para ampliar el aeropuerto de Lima, en donde con la paradoja que frecuentemente se le presenta a los gobiernos de determinar el bien común, existe la perenne sospecha de que terminan siempre por actuar en beneficio de los intereses de los ricos y poderosos de siempre…

Para terminar, un alto mando del ejército peruano recientemente causa una crisis internacional con Chile, con sus comentarios insensibles y chauvinistas... El general supremo de las fuerzas armadas responde tibiamente...

Y a pesar de todas estas oscuras nubes que flotan sobre su cabeza, García no tiene reparo en coquetear cínicamente con la idea de que, si los vientos son propicios, contenderá en un tercer periodo de gobierno…

domingo, 14 de diciembre de 2008

Crónica de dos caros reencuentros

Seis meses sin poner atención en la calle

La ley de la evolución lo determina claramente: nuestro cerebro –pequeña máquina de optimización sintética – termina por excluir del espectro de nuestra percepción cotidiana todo aquello que no esté ligado de forma más o menos inmediata a la supervivencia—al cobijo, al sueño, a la papa o al placer.

Acaso es por esto que llevamos seis meses sin poner demasiada atención en el sesenta por ciento de las cosas que pasan en la calle a nuestro alrededor – todo aquello que está relacionado con automóviles particulares.

Circunstancia obvia, pues ahora nuestra atención está ocupada en interpretar letreros de buses, en localizar puestos ambulantes donde comprar agua, cafés internet o tarjetas telefónicas; y sobre todo, en leer a los extraños personajes --mercachifles, merolicos, caminantes-- que pueblan el asfalto de Latinoamérica.

Por eso, el corazón me dio un respingo cuando inesperadamente, en plena ciudad de Lima, una de las más grandes de Latinoamérica— con entre 8 y 10 millones de habitantes— reconocí un automóvil.

Ahí estaba, --hechizo de hechizos, magia de magias—, ¡estacionada a la vuelta la casa de Briscila! (quien nos hospedó nuestra última semana de vida limeña), la inconfundible VAN pintada con un collage de fotografías de amigos y logos de patrocinadores que creen que es posible hacer un viaje desde la Ciudad de México hasta la Patagonia con aceite de cocina reciclado.

Una sensación de coincidencia que hasta ese momento estaba enteramente sellada en mi mente a algún encuentro fortuito con las placas del coche de alguna exnovia circulando en el periférico de la Ciudad de México apareció en mi pecho. Acaso fue justo por este reflejo condicionado que Jennifer y yo estuvimos a punto de cantarle serenata a Agnes y a Chimi a las tres de la mañana (no lo hicimos por respeto a sus anfitriones), y que ulteriormente decidimos dejarles una nota en el parabrisas escrita en una de nuestras postales.


Juanito o La mafia del aceite

El recadito llegó a su destino, nos reencontramos, y quedamos para cenar por tercera vez (lo habíamos hecho ya en Bogotá y en Salento). Jennifer y yo elegimos Juanito una famosa abarrotería-bar-sanwichería del barrio bohemio de Barranco. Al hacerlo así seguimos las más estrictas reglas de urbanidad limeña, pues entre amigos es un signo de cariño el pasar la voz y revelar la existencia de los pequeños huariques.



Así, con unos buenos sanwichs (tortas en el más estricto sentido mexicano del término) de asado y pierna de cerdo (con cebollita y rocoto por todo aderezo) y chela clara, nos dispusimos a ponernos al día. Nos reunimos en un cuarto trasero del bar, refugiados en la misma bodega donde desde hace cerca de cincuenta años, algunos intelectuales limeños y especialmente el mundo del teatro se reune los días especiales: ahí los dramaturgos comparten con amigos los primeros drafts de sus operas primas; los directores convencen a las prima donnas a enrolarse en el montaje de una obra; y, todos celebran después de la inauguración de la temporada.

Fue ahí donde Agnes y Chimi nos contaron la historia de la mafia del aceite que existe en el Perú. Pues si en su recorrido había sido relativamente fácil encontrar restaurantes que les donaran sus desperdicios de aceite para que ellos procesaran su biodiesel, en Perú, habían hallado no sólo una resistencia absoluta de otorgarles líquido, sino además, un silencio sepucral sobre su ulterior destino…

A punta de persistencia periodística fueron encontrándole la hebra al asunto: En Perú, el aceite se recicla hasta en tres generaciones de changarros, con una vida útil de más de tres semanas, lo que lleva hasta niveles impensables su carácter nocivo a la salud…

Más tarde sabríamos que el escribir sobre esto en el portal latinoamericano de Yahoo donde aparecen publicadas sus historias semanalmente, causó una revolución entre algunos de sus lectores, que iniciaron vehementes disputas verbales en los comentarios de su blog…

La noche aquella no se fue sin otras exploraciones y charlas. El inevitable contraste de formatos y estilos de viaje nos ha ayudado a nosotros a descubrir y a fijar ideas sobre la identidad del nuestro:
- frente a la linealidad a la que les obliga su itinerario motorizado, nuestro viaje, regido en gran medida por la agenda cuentera, aparece como un espiral geográfico que avanza y vuelve sobre sus pasos;
- las más hondas reflexiones en su viaje aparecen en largos tramos de carretera los someten periodos de silencio y meditación interna, mientras que en buena medida, nuestra reflexión está siempre contrapunteada por la gran cantidad de encuentros, charlas, reuniones y entrevistas que conforman el día a día de nuestro viaje;
- mientras su periplo les otorga acceso a innumerables paisajes a los que sólo se llega por coche –cielos que se incendian, montes y lagunas desolados, animales libres en espacios inmensos—, para nosotros el paisaje está hecho sobre todo de rostros de personas, con sus historias de variada contextura, con sus diversos universos…

Desayuno entre llamas

Pero fue sin duda, un mes después, en Cusco, cuando Chimi y Agnes nos dejaron una notita en la recepción de La Casa de la Gringa, invitándonos a desayunar al día siguiente al lugar donde estaban acampando con su VAN, que se abrió un nuevo terreno para la relación.

Jugaba a favor de este escalamiento el hecho que ya antes ha sido expuesto de que ambas parejas tenemos raras coincidencias que trascienden el mero hecho del viaje. Más aún, pues son las únicas personas con las que en los últimos seis meses nos hemos encontrado cuatro veces distintas, con poco más de tres semanas de separación entre cada encuentro y con diversas ciudades latinoamericanas como trasfondo.

Sin embargo, no sería sino hasta esa mañana en que Jennifer y yo caminamos hacia “la casa” de nuestros amigos cerca de las ruinas de Sacsaywaman –con una inexplicable emoción infantil en las entrañas—; y que en efecto, desayunamos al pie de su camioneta, unos huevitos a la mexicana –recolectados por Chimi esa madrugada de alguna de las gallinas que nos rodeaba—, y un té de menta silvestre –espigado por Agnes de entre la hierba que apetitosamente comían llamas a nuestro alrededor— que verificamos en efecto que habíamos pasado al siguiente nivel de la amistad.




Pues ahora está claro que la continuidad del encuentro a lo largo de nuestro recorrido nos ha convertido a ambos en testigos de las aventuras del otro; ha sembrado en cada uno de nosotros un deseo genuino en el éxito del proyecto ajeno; ha permitido que emerja una preocupación auténtica por el bienestar y la salud de los otros; ha forjado una gana sabrosa de escuchar los relatos que unos y otros vamos acumulando.

Más aún, esta solidaridad tejida a fuerza de sincronías ha hecho que nazcan en los cuatro, sueños y proyectos comunes (esto suele ocurrir en el núcleo de toda amistad cuando es genuina), que para ser designados en el futuro las etiquetas de Laboratorio en Movimiento o Viajes del Corazón serán insuficientes y un poco anacrónicas…

Nunca se sabe, pero acaso nuestra suerte vea nacer algún día una sociedad alrededor de la construcción de un hotelito a tiro de piedra de la Ciudad de México, cocina gourmet, motif erotique y servicios de desarrollo humano integral al que no le vendría mal el nombre de Corazón en Movimiento; o la producción de una exposición de fotografía de nuestras aventuras nómadas (articulada bajo los rigurosos estándares de producción de Chimi) que podría llamarse Viajes latinoamericanos en el Laboratorio de la luz y la oportunidad…


Cuentos de local

Pero hay que decirlo también: acaso Jennifer y yo hemos encontrado este periodo de amistad y encuentro reiterado como un altorrelieve en nuestro recorrido, justo por la coincidencia de que otros viajeros, Gonzalo e Irene – nuestros amigos madrileños— hayan aparecido frente a nosotros con la misma regularidad, que antes del viaje sería un rasgo imposible de anticipar.

La contigüidad de ambas historias de amistad ha creado una categoría especial en nuestro corazón…

En Cusco fueron ellos los que nos encontraron a nosotros, pues aunque nos íbamos siguiendo de lejos la pista por el e-mail, ellos se toparon en la calle con un afiche de la función que presentamos en Cusco. Así fue como aparecieron la noche del viernes como parte del público.

Y como suele suceder cuando hay amigos en el público, se rieron más fuerte que el resto… Irene, codeó y pellizcó a Gonzalo a cada rato, pues la función resultó estar plagada de detalles curiosos y “coincidencias”: el 17 de septiembre aquel en que el John Heartman y Mary Rosenwald de mi cuento se citan para encontrarse finalmente en la estación central de trenes de Manhanttan en Nueva York, responde a la fecha de cumpleaños de Irene y también a la de Jennifer; la Isabel Allende de la Boca de Sapo de Jennifer está entre sus autores favoritos; a ella también le han aplicado la Táctica y Estrategia de Benedetti; y, por si faltara más, la han conjurado a volar con la poesía de Oliverio Girando…

Ley de la selva en la selva peruana

La siguiente noche es tiempo de ponerse al día. Entre ambos nos hacen el relato de la travesía que han hecho desde Leticia a Iquitos por barco, en una de las salientes del Rio Amazonas. Nos relataron que si bien nunca penetraron la selva del todo, pues el barco siguió una agenda comercial apretada, son sí, impresionantes los sonidos por la noche; describen como memorables también los miles de rostros de personas que se asoman entre la maleza de las orillas del río a ver cómo pasa el barco.

El barquito, según cuentan, es el medio de comunicación por excelencia entre las diferentes comunidades que viven en las afluentes. Los muchachos que suben y bajan la mercancía de puerto en puerto, cargan de facto sobre sus espaldas varias toneladas todos los días.

La más colorida de las historias fue sin embargo aquella en la que fueron previsiblemente defraudados por un vivales con el que, a pesar de todas las advertencias recibidas, quisieron cambiar dinero en plena calle de Iquitos. Con un movimiento de prestidigitación el hombre les cambió un auténtico billete de 50 euros, por uno falsificado.

Al percatarse del atraco, quince minutos más tarde, en medio de esa tierra sin ley, Irene dejó de ser la tierna y cálida dulzura de mujer que es el 99% del tiempo y se convirtió en un demonio de colochos. Puteó verbalmente con tanta vehemencia al farsante que, convencido de que esta mujer estaba determinada ha arrancarle ambos globos oculares y reducir su capacidad reproductiva a cero, aceptó su culpa y le regresó el billete original.

La medida de la furia de Irene fue puesta en perspectiva unos minutos más tarde por un funcionario de un banco: el burócrata les aseguraría que el de Irene es el primer caso en la historia entera de Iquitos en la que se tiene conocimiento de una restitución por parte de los atracadores….

La comunidad de la pulserita

Fue en aquellos siete días de navegación que hallaron su vocación de artesanos, manufacturando pulseritas de macramé, arte inaugural de las comunas hippies, llevada hasta los extremos del paroxismo por las comunidades de migrantes argentinos nacidos con el cacerolazo.

Jennifer, que es una de sus más nóbeles exponentes de la comunidad de la pulserita encontró, a lo largo de nuestros diferentes encuentros con Gonzalo e Irene en Cusco, ocasión para aprender nuevas formas de tejido e introducción de semillas vegetales. En el mismo paquete, recibió algunos tips de mercado: la gente prefiere las baratas y sencillas a elaboradas y coloridas, por más que no sean tan caras…



Y como si fueran hilos de las pulseritas, las historias se fueron enhebrando: la indignación de Gonzalo e Irene por los precios exorbitantes del transporte e ingreso a Machu Picchu; el par de derrumbes que tuvieron que sortear a media noche por haber optado por el colectivo como medio de transporte alternativo; el asombro de Gonzalo al ver la desacralización del rito de la Ayahuasca en plena calle de Cusco y su programación como si se tratra de corridas de autobús (charla que ha sido base para otra reflexión en el blog—Perú o el viaje de los sentidos)…

Conforme vamos hilando historias encuentro que el magnetismo que Gonzalo e Irene tienen para personajes raros combinada con su incipiente vocación por el registro y la narración de sus aventuras, es un buen comienzo para perseguir, si así lo quisieran, vías como cuenteros o novelistas.

Nadie se hermana, sin embargo a menos de que haya algo que palpite más allá de hechos, anécdotas y ocurrencias, por más vistosas que sean. La amistad verdadera se sustenta siempre en sustratos más profundos. Sentimientos, recuerdos, confidencias asociadas casi siempre a la trama básica de la vida: los afectos ligados a los papás, y a los hermanos y los recuerdos que se atesoran del periodo infantil junto con ellos; la historia del encuentro amoroso con la pareja; el relato de aventuras que va puntuada entre la búsqueda de identidad y la construcción de un proyecto; los dolores enterrados en el mausoleo del corazón; los miedos, los pecados pasados, las falencias personales..

Y esas historias fueron las que empezaron a emerger la última vez que nos vimos: la noche en que aceptaron que el viaje les ha robado varios kilogramos, y accedieron a pasar por alto el orgullo viajero que les impedía que nosotros –que durante el viaje nos las hemos arreglado para tener ingresos y reducciones de costos gracias a nuestra participación en festivales y la generosidad de nuestros amigos— invitáramos la cena en el Inka fé…



El devenir del encuentro

De Chimi y Agnes nos despedimos con un nudo melancólico en la garganta, pues a partir de Cusco, nuestros itinearios se separan. Ellos seguirán recto hasta la Patagonia, zigzagueando entre Chile y Argentina, mientras nosotros cortaremos el continente de Pacífico a Atlántico – Bolivia, Paraguay, Brasil y Uruguay. Nos despedimos con la esperanza de encontrarnos en alguna orilla del Río de la Plata entre febrero y marzo del 2009 (si es que los itinerarios se alinean), y a más tardar, en la Ciudad de México, en julio del 2009.

Con Gonzalo e Irene quedamos de encontrarnos en la Paz entre el 17 y 19 de diciembre, para tener algún tipo de celebración pre-navideña, antes de que regresen a Madrid para las fiestas de fin de año. Desde nuestra despedida empezamos ya a saborearnos las historias y las risas que vendrán acompañadas, si la suerte nos sonríe, de algún pavito, sidra, o cualquiera otra vianda que sólo se consiga en esta temporada, pues todo encuentro tiene tres momentos de disfrute: su anticipación, su realización y su recuerdo…

Una semana después de las respectivas despedidas recibimos comunicados de ambas parejas. En ellos confirman involuntariamente la cosmovisión según la cual existe un dios travieso y juguetón que se deleita en trazar cruces inesperados en el camino de las personas…


sábado, 6 de diciembre de 2008

Machu Picchu 360*

Llegamos temprano a Machu Picchu. De principio uno sólo ve montañas y nubes. El sitio arqeológico se esconde...


De pronto, la visión aparece, y es difícil dar crédito...


Decidimos entonces subir al Waina Picchu, la montaña que aparece al fondo... Una escalada de una hora...


Cielos claros, nubes como algodón...


Y desde arriba, entre nubes, Machu Piccu, el sitio arqeológico se revela...



La sensación de estar volando...

Y lo mejor para el final. Macchu Picchu en diferentes planos...






Hasta una pequeña Llama posó para nosotros...


Pablo Neruda lo dijo mejor que nadie... Algo ocurre cuando uno se para en las alturas del Machu Picchu. Es difícil no sentirse hermanado con a historia de esta tierra. Es difícil no sentir que la sangre de uno de alguna forma misteriosa lleva tatuado el signo de América...

Romance con la palabra hablada -- Parte I

Charlas en el camino a la universidad

Entre el invierno de 1995 y la primavera de 1996, cada jueves, tras concluir la jornada de trabajo en el Bachillerato donde trabajaba, recogía yo a Rafa González –mi cuñado, mi amigo— en su oficina en la Comisión de Derechos Humanos para irnos juntos a la universidad, a clase de cuatro.
De camino, comprábamos una pizza de peperoni, masa delgada, extra salsa, que acompañábamos con un par de Coca-Colas bien heladas (Rafa aseguraba que el sabor combinado de ambas era tan celestial que quien patentara un licuado con estos sabores se volvería inmensamente rico), mientras, en mi bochito azul andábamos una ruta alterna desde San Jerónimo hasta Santa Fé, a través del Desierto de los Leones.

Aquellos sinuosos recorridos estaban plagados de charlas serias -confidencias, ideas, planes, historias— y casi la mayor parte de las veces, cosas menos serias -- chistes, referencias maliciosas a profesores, imitaciones de voces, remedos de personajes que ambos conocíamos. Frecuentemente reíamos a carcajadas, de esas que hacen que a uno le duela la panza, y que, cuando ocurren simultáneamente con el manejo, incrementan exponencialmente las posibilidades de chocar.

La complicidad con la que nos escuchábamos y celebrábamos nuestras ocurrencias hacía llegar nuestro entusiasmo hasta niveles estratosféricos, y entonces nos parecía que sería realizable cualquier cosa que confabuláramos. Desde hacer viajes por todo el mundo con nuestras parejas en turno (él se casó felizmente con mi hermana, mientras a mí el destino me depararía un periplo bastante más largo), hasta iniciar una institución de asistencia social que distribuyera entre los desamparados de la ciudad las donas que cada noche sobraban (y se tiraban) en cada sucursal de Dunkin Doghnuts del Distrito Federal.

Entre todas las cosas de las que hablábamos había en particular un escenario que nos provocaba un especial deleite. Un sueño que se materializaría cuando ambos fuéramos grandes...

En tres líneas, nuestro sueño consistía en lo siguiente: Rafael y yo somos los dueños de un sitio bohemio, y cada noche amenizamos la velada con canciones, poemas y cuentos. Una noche, una pareja desgastada y apunto de terminar su relación acude a nuestro sitio. El espectáculo los sensibiliza y los lleva al punto de reencontrarse y refrendar su relación. Salen del sitio reconciliados y juntos.

Aún a riesgo de agotar al lector, a continuación detallo el escenario con amplitud, pues no sólo la anécdota, sino los detalles con los que adornábamos la historia, constituían su esencia. No escatimábamos epítetos, temblores de voz, ritmos o gestos para darle forma:

Un escenario a dos voces

Hasta esa noche ambos han hecho todo lo humanamente razonable. Han hablado, han explicado, han escrito, han platicado, han entendido, han acusado, han rabiado, han gritado, han perdonado, se han arrepentido, han llorado. ¡Cuánto han llorado!

Tanto, que han llegado a la conclusión de que ellos dos son unos náufragos del amor… Que lo suyo, a pesar de las batallas por mantenerlo vivo, está desahuciado. Han terminado casi por aceptar que una cosa es que alguien sea el amor de tu vida, y otra, muy diferente, que una relación funcione.

En secreto, ambos han decidido que la de esa noche será su última velada juntos.

Mientras manejan hacia el sitio donde han acordado encontrarse para cenar, ven pasar la secuencia de cómo todo terminará: Se encontrarán en el sitio acordado, cada uno en un coche diferente. Al principio de la velada ambos serán amables y condescendientes. No se mostrarán demasiado apasionados por nada, pues a toda costa quieren evitar reñir. Serán interesantes e indulgentes. Se sonreirán uno al otro de vez en cuando. Se mostrarán cariñosos; escucharán con atención genuina lo que el otro dice. Pasada la mitad de la cena, el ánimo empezará a pesar. Por momentos sentirán que el tiempo corre demasiado rápido; sólo para verificar que al instante siguiente es necesario contar los minutos, pues el reloj no avanza. Se pararán al baño una que otra vez, como para acelerar el tiempo, como para reafirmar el propósito. Acaso en algún momento de la charla alguno de ellos se encuentre involuntariamente ausente. Hacia los postres, a la menor provocación, de forma estudiadamente espontánea, alguno de los dos propiciará el tema. Uno de ellos tomará valor y vomitará las ideas. Volver a llorar será inevitable. Anticiparán el abismo. Un sabor amargo y granuloso les inundará la boca. Empezarán a hablar de lo suyo en pasado. Recordarán los mejores tiempos. Se abrazarán. Un ángel silencioso volará encima de ellos. Se jurarán amor eterno. Se consolarán en la idea de que hicieron todo lo posible. Él le secará las lágrimas. Le pasará parte del coraje para seguir adelante. Le hará ver las cosas lindas que la vida les depara delante, aunque no estén juntos. Acordarán en mantener la amistad, mientras muy en el fondo sabrán que están mintiendo. Entonces se despedirán con un largo abrazo. Pedirán sus coches al valet parking. Llorarán cuatro días seguidos. Faltarán al trabajo. Un año después todo habrá pasado…

Ella llega al sitio. Es un pequeño restaurante en el patio central de un edificio viejo del centro de la ciudad. Él ya la espera. Hay una vela prendida sobre la mesa y una botella de vino.

La noche reproduce con precisión el mapa de lo que ambos ya antes habían imaginado. Hasta los postres, cuando cada uno se repliega a su lado de la mesa, pues sólo es cuestión de que alguno de los dos encuentre la más mínima fisura…

De forma inesperada, la luz del sitio disminuye levemente y empiezan a escucharse los acordes de una guitarra. Una luz de apuntador ilumina el balcón desde donde nace la melodía.

"El tiempo pasa,

nos vamos poniendo viejos
y el amor no lo reflejo, como ayer.
En cada conversación,
cada beso, cada abrazo,
se impone siempre un pedazo de razón."

Se ilumina el balcón contiguo, donde el otro cantante acompaña y continua con la interpretaciòn de Años, de Pablo Milanés...

"Pasan los años,
y cómo cambia lo que yo siento;
lo que ayer era amor
se va volviendo otro sentimiento.
Porque años atrás
tomar tu mano, robarte un beso,
sin forzar un momento
formaban parte de una verdad."

(...)

Montados sobre las canciones, los cuentos y los poemas, el hombre y la mujer hacen un viaje, cada uno por su lado, en soledad, al centro de su corazón.

Algo se rompe en el pecho del hombre. De pronto todo está claro. Encuentra sentido a cada palabra, a cada explicación, a cada carta, a cada charla, a cada acusación, a cada rabieta, a cada grito, a cada perdón, a cada lágrima. Ve toda la historia en perspectiva, y descubre su inmenso valor. Al reconocerse en cada uno de los capítulos, comprende que su historia es irrenunciable. Descubre que él es imposible ahora sin ella, su testigo, el reverso de su espejo. Al final del viaje, encuentra la fuerza para volver a elegirla, para comprometerse.

Se relaja y se deja mecer por el ritmo de las palabras y el rasgueo de la guitarra.

Entonces, desde su extremo de la mesa, sin mirar, busca la mano de su pareja. Inicia un lento recorrido por la geografía de la mesa: la llanura tersa de la madera, la fría lisura del cubierto, la suave textura de una servilleta, el borde rugoso de un mantel individual.

Apenas ha hecho la mitad del recorrido, cuando se topa con la mano de su compañera. Descubre así que después de todo, su mano, cálida y temblorosa, no ha hecho el recorrido en soledad. Descubre así que no hará solo el recorrido que se abre delante.

Salen del sitio en el mismo coche y con el mismo destino…


Remate y realizaciones

Como he ya anticipado, en este escenario Rafael y yo éramos dueños de aquel sitio bohemio en que la historia tiene lugar. Ambos éramos los personajes que aparecen ya entrada la noche –a la hora de los postres— cada uno en un balcón. Ambos éramos cantantes y cuenta historias….

Y nuestra voz tenía el mágico poder de tocar fibras, de hacer viajar a las personas hacia el interior de su espíritu. El poder de aclarar. El poder de tranquilizar. El poder de transformar. El poder de convocar al amor.

Hoy, poco más de trece años después, mientras recorro Latinoamérica junto con Jennifer contando cuentos, con nuestro espectáculo Viajes del corazón, encuentro que en cierta medida varios de los sueños nacidos en aquellos jueves de camino a la universidad con mi amigo se han cumplido. Hay una hebra indudable entre aquellos sueños y este recorrido nómada de artista en el que todavía a veces tengo que ver las fotografías como para convencerme que soy yo ese que está en los escenarios y en las calles con boina y piocha de Ché Guevara.

Pues justamente hay algo en el sentido que Jennifer y yo hemos elegido para nuestro espectáculo y nuestro viaje –trasladar la magia de un lugar a otro; tender puentes entre corazones y propiciar el viaje interior— que tiene una partecita de deuda con aquellos tiempos…

No puedo entonces sino evocar con alegría a mi amigo, y compartirle que ya de alguna manera vivo de este romance con la palabra hablada que imaginamos juntos. No puedo sino desear que todo vaya bien con sus propios sueños… y continuar pensando que quizá aún no sea del todo descabellado que algún día aparezcamos en balcones contiguos para cantar y contar…



martes, 2 de diciembre de 2008

domingo, 30 de noviembre de 2008

El personaje viajero

Durante este viaje hemos tenido la oportunidad de convivir y conocer a muchísimos otros viajeros. Casi siempre, para romper el hielo, se comienza a hablar sobre lo que evidentemente tenemos en común: el viaje. Se intercambian puntos de vista, se sugieren rutas, se conversa sobre las experiencias, se puntualizan los sitios favoritos… Pero el diálogo que se está dando en el fondo, muchas veces, tiene tintes más bien de comparación -en el mejor de los casos- o de competencia, en el peor.

¿Quién ha recorrido más kilómetros? ¿Quién ha tenido las experiencias más significativas? ¿Quién ha conocido los sitios más recónditos? ¿Quién se ha atrevido a explorar las rutas menos turísticas?

Tengo que aceptar que yo soy de las primeras en sentir el demonio de la comparación reptando sobre mí ser. Inevitablemente, comienzo a dudar si nuestro viaje está siendo “todo lo que podría llegar a ser”. Si estamos viviendo todo lo que hay por vivir en estos países o si estamos dejando cosas interesantísimas de lado.

De tanto estarlo pensando, o más bien atormentándome con esta duda exigente, me di cuenta que en realidad no era yo quien tenía esos deseos comparativos, sino mi “personaje viajero”.

El personaje viajero, un ser imaginario, exigente y demandante, habita dentro de cada uno de nosotros y sale a relucir especialmente cuando estamos de viaje. El personaje viajero no tiene tanto que ver con nuestro ser real, con nuestros anhelos y aspiraciones, sino con el personaje que quisiéramos ser al estar viajando. El que queremos mostrar a los demás. El que se enorgullece de antemano al imaginar la reacción que tendrán sus palabras al regreso.

Este personaje viajero es el que te permite o no te permite hacer, el que te impone una forma de vestir, de actuar, de comer, de apreciar el viaje. Todos los “debos” que nos ponemos al estar viajando: debo interesarme por todos los museos y sitios arqueológicos; debo probar la comida típica de cada lugar; debo levantarme temprano para aprovechar cada centésima de segundo que transcurre durante el viaje…

¿Y qué pasa si tengo ganas de quedarme todo un día en el hostal, leyendo y tomando café?

¿Y que sucede si en lugar de probar el rocoto relleno prefiero una hamburguesa de McDonalds?

¿Y qué pasa si no tengo ganas de ver un solo museo?

Ahí, es donde aparece la voz del personaje viajero: venir hasta acá, ¿y no subir al Machu Pichu?

A pesar de que en México Arturo y yo tuvimos muy clara la noción de que no nos íbamos a dejar llevar por el “tengo que” y más bien dejaríamos que el viaje fluyera hacia donde quisiéramos ir, hay muchas veces en las que me siento movida por las garras de mi personaje viajero, que además, nunca termina por estar completamente satisfecho. Siempre, a la vuelta de la esquina, “estoy seguro”, dice el personaje: “hay algo más interesante que hacer”.

El personaje viajero exige y reprime. Permite. Censura. Impone. Ordena. ¡Qué difícil escucharse a uno mismo dentro de tantas demandas! Qué curioso que aún estando de viaje, cuando uno se pensaría más libre y ligero de obligaciones, aparezca este personaje a imponernos un estilo de vida. ¿Cuántas personas no regresarán a sus casas agotadas, después de un viaje sometidas a la vigilancia extrema de su personaje viajero?

Me he dado cuenta que el personaje viajero se exacerba especialmente en los sitios más turísticos –como Cusco. Rodeada de cientos de carteles anunciando opciones, experiencias, actividades, sitios… mi personaje comienza a crecer hasta tomar formas monstruosas. Como si se alimentara de toda esta información, se va hinchando, volviéndose más poderoso para taladrarme al oído sus demandas. Me deja varias noches sin dormir pensando cómo hacer para apretar en una semana tantas cosas.

Ruinas, pueblos, mercados, cabalgatas. Visitas a la selva, ceremonias de Ayahuasca, caminatas por las montañas, viajes en globo. Tiendas de artesanía, masajes relajantes, aguas termales. Comida típica, música andina, figurillas de barro, acuarelas, camisetas con las líneas de Nazca. Fotos de la llama, fotos de la catedral, fotos de las calles. Cascadas, ríos, volcanes, trenes. Parapente, paragliding, sandboarding, trekking, snorkeling, biking, surfing, canopy, rafting. La lista es interminable al igual que el hambre voraz de mi personaje viajero.

Abrumada dentro de este bombardeo consumista, trato de detenerme. De volver a mi misma. Me acuerdo del propósito de nuestro viaje. Me recuerdo que ya llevamos seis meses viajando. Que estamos cansados. Que es válido pasarse la tarde tomando café y leyendo. Que esto también es parte del viaje.

Y, lo más importante, que uno en su viaje puede hacer ¡lo que le da la gana! Pues para eso salimos de viaje, ¿no? Para eso decidimos salir de la rutina. ¿Y que caso tiene salir del frenesí del trabajo para refugiarse en el frenesí del viaje consumista? ¿Realmente necesito todo eso que me están ofreciendo para que mi viaje sea significativo?

Por lo menos yo prefiero un viaje pausado, que de tiempo para disfrutar de los momentos, que me permita no solo viajar por fuera sino por dentro. Prefiero conocer pocos sitios, quedarme con la sensación de que los viví, que atiborrar mi itinerario con cientos de ciudades y pueblos que sólo podré recordar al ver las fotos y leer con cuidado el nombre escrito a su lado. Prefiero darme el tiempo para elegir una o dos experiencias interesantes que llenarme de cientos de actividades que a duras penas podré disfrutar y asimilar.

Cuando logro detenerme, puedo ver a mí alrededor e identificar a otros viajeros que han sido víctimas de su propio personaje exigente. Los veo partirse la cabeza creando itinerarios que con sólo oírlos queda uno agotado.

Estamos viviendo uno de los momentos en donde viajar se ha vuelto más sencillo, accesible y económico. Tenemos al alcance de la mano cientos de actividades y experiencias a las que antes sólo podían acceder unos cuantos. Sin embargo, creo que hemos perdido un poco del romanticismo del viajero antiguo. Cuando no existía la Lonely Planet ni la agencias de viajes. Cuando no había listas de “los diez sitios más hermosos del planeta”. Cuando no había rutas prefabricadas. Cuando uno salía de viaje sin expectativas previas, sin fotografías mentales sobre el sitio a visitar.

El reto del viajero contemporáneo está en aprender a discernir entre todo lo que existe y elegir lo que realmente quiere. Darse cuenta que cada viajero es único, por lo tanto, cada viaje es irrepetible.

Ahora, cada vez que vea una frase que comience con “lo que no te puedes perder…” trataré de que mi personaje viajero no salga al ataque, pues sé que esas son las típicas frases con las que se relame los bigotes. Y yo, no quiero seguir alimentándolo.