sábado, 19 de julio de 2008

El extraño culto a Maximón

Cuentan que hace mucho tiempo vivían en Santiago Atitlán doce sabios -- seis, mayores y casados; seis, jóvenes y solteros -- dotados del poder para gobernar el rayo y el trueno.

Los seis jóvenes estaban ávidos de superar a los mayores y demostrar así su poderío. Para ello, planeaban hechizar y seducir a sus mujeres.

Cuando los mayores descubrieron el plan decidieron tomar venganza por anticipado y proteger a sus mujeres con un ser mágico.

Se internaron en el bosque donde encontraron un árbol largo en forma de falo.. Después de orar y quemar incienso a su alrededor, lo cortaron y esculpieron la figura de Judas Iscariote en el tronco.

Después le insuflaron vida y le llamaron Maximón.

Usaron hechizos para transformarlo en una mujer, y darle la apariencia (una a la vez) de cada una de sus mujeres. Lo enviaron por turnos con cada uno de los seis sabios menores.

Maximón, disfrazado, sedujo entonces a los jóvenes hasta volverlos locos de lujuria. En su desesperación por la mujer, los jóvenes quedaron sometidos nuevamente a los mayores.

De ahí en adelante Maximón se convirtió en el azote de todos los adúlteros en Santiago. Se les aparece como una hermosa mujer ladina que los seduce. En el momento de la consumación sexual recobra su apariencia habitual volviéndolos locos o matándolos.

Se dice que sus acciones no responden tanto al deseo de hacer prevalecer un estándar de moralidad, sino, más bien a la ambición. Quisiera conservar a todas las mujeres para sí.



Si ya la leyenda tiene elementos intrigantes por sus discontinuidades –que en esta versión sugieren que en realidad se trata de varias leyendas fundidas en una sola— el asombro crece al considerar que en Santiago Atitlán existe el culto activo a Maximón, a quien se venera como si se tratara de un santo.

La imagen de Maximón es la de un hombre de cuatro pies de alto, ataviado con varios pares de pantalones, camisas y corbatas, un enorme sombrero, la máscara de su cara y un cigarro.


A Maximón se le ofrenda dinero, cigarros y alcohol.

Le cuida una cofradía de mayordomos, pues a pesar de que su culto ha terminado por ser aceptado extraoficialmente por la iglesia local, no han faltado sacerdotes empeñados en destruir su figura y terminar de una vez por todas con el culto.



La razón de la persecución es que en Maximón se condensan las figuras de un antiguo dios maya, Simón el Mago –que llegó a América perseguido por la inquisición—, Francisco Sojuel –un héroe local que luchó contra los españoles en la época de la conquista— y sobre todo, Judas Iscariote –el desafortunado apóstol de Jesucristo.

¿Cómo es posible, me pregunto, que en algún sitio del mundo literalmente se adore a Judas? ¿Qué entraña esta figura que oficialmente lleva sobre sí el estigma del traidor?

A mí el fenómeno de la traición me genera una terrible curiosidad… Mientras recorremos Guatemala, le doy energía y pensamiento al asunto durante algunos días.

He aquí (para quien tenga la paciencia y el interés de seguir el relato) el resultado de estas reflexiones –subjetivas, arbitrarias— sobre el culto a Maximón. Especulaciones y divergencias que tienen un poco de curiosidad filosófica – entender— y de interés literario – contar. Por anticipado pido entonces se me dispense por las licencias que me tomo…

Empiezo por recorrer la figura de Judas:

Judas, el enigmático

Judas siempre ha sido una figura enigmática, pues el evangelio omite sus motivaciones –que son un elemento indispensable para entenderlo cabalmente– y sólo nos ofrece una crónica de eventos en el terreno de la conducta observable:

Cristo profetiza que será entregado por alguien que besará su mejilla; condena por anticipado al traidor – “a ese más le valdría no haber nacido”—; Judas cumple la profecía y lo entrega por treinta monedas de plata; Judas se cuelga.

Judas, el utilitarista

Tratando de penetrar sus motivaciones me siento escéptico ante la tesis de que Judas entregó a Cristo por un afán puramente utilitarista.

Desde mi perspectiva sería rupestre pensar que alguien dedica tres años enteros de su vida en seguir a un maestro, y luego cambia toda esa inversión –
el tiempo, la energía, el afecto-- por treinta monedas de plata.

Judas, el rival

Encajaría mejor una línea explicativa como la rivalidad entre Judas y Cristo –una motivación emocional intensa— pues la competencia entre personajes en condiciones asimétricas es casi siempre un camino que conduce a la traición.

Así tal, tendríamos que imaginar a Judas cansado de aguantar durante tres años el protagonismo de Jesús, su figura de autoridad inmaculada, incuestionable, “perfecta”; tendríamos que visualizarlo harto del sometimiento a los sermones, a los mandatos que el maestro emite siempre desde una posición de superioridad; como objetivo del discurso de Cristo, Judas se sentiría permanentemente tratado como niño, como hombre incapaz de comprender, como que no sabe lo que hace.

Frente a Cristo, a Judas le urgiría un espacio propio, una identidad propia, un lugar de poder para sí mismo.

Ese lugar sólo podría ser tomado a la fuerza, así que Judas da un paso al frente y entrega a Cristo a los romanos en una especie de parricidio.

El suicidio posterior sería evidencia de una culpa insoportable, edípica.

Judas, el chivo expiatorio

Pero, entre los escenarios que se me ocurren, encuentro el de Judas como chivo expiatorio, como el más factible.

En este caso el chivo expiatorio sería una figura que el sistema alrededor de Cristo requería para darle movilidad a la trama de la redención, de la que el martirio era la escena final, indispensable. La palabra de Cristo requería la dramática puntuación de la muerte para adquirir densidad y peso. Cristo había elegido ya la muerte en la cruz. Las apuestas eran altas. Los ánimos estaban caldeados. Sólo faltaba alguien que “jalara el gatillo”.

En esta tesis habría dos vertientes:

O el rol de traidor estaba concebido desde el principio de los tiempos por Dios y a Judas le tocó un juego con dados cargados. Lo que no deja de ser una utilización, una pavorosa arbitrariedad de Dios. Especialmente, si como se ha dicho, acaso Judas sea la única persona en la historia de la humanidad cuyo pecado no tiene perdón.

Para la segunda vertiente no es necesario pensar en la intervención divina. Basta la pura mecánica humana: el sistema de apóstoles encontró en Judas a la persona que tenía características ideales para traicionar al maestro. El amor, la admiración y las tremendas expectativas que Judas cargaba le hacían una bomba de tiempo. Si consideramos que las pasiones existen siempre en pares opuestos, tenemos que admitir que Judas tenía un tremendo potencial para el odio, la envida o el enojo.

Desde aquí se nos abre una ruta con dos senderos:

Judas, el desilusionado

Judas – idealista, nacionalista y protoguerrillero— ya se había desilusionado de Cristo, al comprender, finalmente, que Cristo nunca daría el paso que él esperaba, pues en última instancia, su reino no era de este mundo.

Judas entrega a Cristo en un acto de rabia, de venganza. Este acto sería acaso el único que podríamos realmente calificar como traición.

En este escenario el suicidio sería un acto final de desesperación, pues habiéndolo apostado y perdido todo por el único ser capaz de hacer realidad la promesa revolucionaria, no había sentido alguno para seguir luchando, para seguir viviendo.

Así las cosas, nos resta una última posibilidad:

Judas, el propiciador

Judas – un idealista, un nacionalista, un protoguerrillero— tenía la certeza de que Jesús finalmente daría un paso adelante durante la celebración de la Pascua para encabezar la revolución en contra de los romanos y la oligarquía de los sumos sacerdotes. Judas interpretó las palabras de Cristo de que alguien lo entregaría como una sugerencia velada.

Entregarlo sería ese acto propiciatorio, inaugural que le permitiría a Cristo, al defenderse, manifestarse potentemente frente al opresor, y tener un pretexto para iniciar la revolución.

El suicidio, en este último escenario, sería el último acto de quien, de golpe, ha descifrado su error de cálculo. Judas no puede soportar el dolor que le provoca haber sido él mismo el vehículo para la muerte de su amigo y el motivo por el que toda posibilidad de libertad del pueblo judío ha sido clausurada.

Habiendo puesto un poco de luz sobre Judas, dediquemos un tiempo ahora al culto:

El culto a Maximón como producto del sincretismo

La explicación más inmediata del culto sería la del sincretismo.

Judas sería la fachada católica de alguna deidad maya, lo que le permitiría a los indios perpetuar sus creencias originales y superar la censura de la religión impuesta. Aún cuando Judas será también censurado, sus posibilidades de vivir bajo el ojo español son mayores, pues existe la posibilidad de que tomen el asunto como una excentricidad y no como una abierta herejía.

El culto como alternativa pragmática

Está también la posibilidad de que exista una cierta admiración al pragmatismo de Judas, en quien prevaleció el amor a la plata por encima de la lealtad al amigo.

La tesis, para sostenerse, necesitaría de cierta demostración de que los indios consideran insuficientes las promesas abstractas del evangelio -- la vida eterna en el más allá-- pues para ellos urge siempre lo concreto – el dinero, la comida, la salud en el más acá.

Encuentro un indicio en la entrevista de María Sacalxot, la sacerdotisa Maya:

“Llegaba un día, en el calendario maya cita el tz´ikin, el anual del dinero. Íbamos para poner nuestro sacrificio, y sí, tuvimos nuestro dinero. Llegaba el otro día, el q´anil, poníamos nuestro sacrificio para pedir nuestra cosecha. Tuvimos maiz, tuvimos nuestros frijoles.

Pero ahora que ya no lo hago, todo va para mal. Cosecha no hay, dinero no hay.

(…)

Cuando entró el cristianismo, prohibieron lo que hacemos. Decían que es mejor la misa o el rosario.

Y la misa está bien. El rosario está bien. La diferencia es que éste es para los ángeles que están en el cielo.

Pero nuestra ceremonia es para la tierra, para la cosecha. Porque la tierra es como la madre que le da de mamar a su hijo.

El culto como identificación con un hombre falible

La siguiente posibilidad se asienta en la identificación:

Quienes lo adoran encuentran a Judas como una figura cercana. Es más fácil identificarse con un hombre falible, apasionado, derrotado, que hacerlo con los santos – esos superhombres capaces ver a Dios, hablar con animales, sanar leprosos, soportar en silencio humillaciones y torturas.

Judas está en mejor posición para entender sus dolencias y necesidades, para responder a sus peticiones Acaso ellos puedan confiar en uno que verdaderamente es como ellos, que puede comprender y tolerar sus formas burdas.

Nuestro indicio aquí está ligado a las ceremoniales del culto a Maximón. Hombres que se caen de borrachos borrachos que le demandan al ´pisao´ de Maximón que les componga la cosecha, que les arregle la ‘camiona’, so pena de que le rompan la madre.

El culto como la búsqueda de un paladín contra la opresión

Está también la posibilidad de que quienes lo adoran se identifiquen con quien enarbola un sitio marginal –los judíos pobres, los pescadores, las prostitutas, los indios mayas.

El culto se asentaría en la necesidad de un paladín que mantiene encendidos los instintos de rebelión, de desafío, contra la oligarquía poderosa. Aquella que es dueña del de la riqueza, de la verdad, de la historia – los romanos, los sumos sacerdotes, los españoles de la conquista, la iglesia católica los estadounidenses de la United Fruit, el ejército guatemalteco al servicio de la dictadura.

La condensación en la figura de Maximón de Judas y Francisco de Sojuel –aquel indio que se convirtió en el dolor de cabeza de los españoles y que suscitó la admiración de la guerrilla— soporta esta tesis.

Últimas palabras

No cabe conclusión en este texto de piezas como rompecabezas.

Cabe acaso abandonar la herramienta hiper-racional del pensamiento analítico y abandonarse únicamente al sentimiento.

Cuando así lo hago, siento algo de compasión por Judas, el traidor. Lo veo tan pequeño, tan indefenso, frente a tan grande responsabilidad que le ha asignado la historia.

Incluso, en alguno de estos escenarios, me identifico con él. Veo cómo, en su lugar, también yo podría convertirme en traidor.

En un aspecto, desde esta mirada cercana, compasiva, yo también podría convertirme en amigo de Maximón.

Al final del ejercicio queda irresuelto un asunto que me genera una terrible perplejidad:

¿Cómo es posible que si yo soy capaz de encontrar un camino para la simpatía hacia Judas, Dios –ese ser perfecto que es todo amor— no haya podido hacerlo, y mantenga, a través de sus voceros, la consigna oficial de que a ese, más le valdría no haber nacido…?

Estampas grises de Santiago Atitlán

Dedicamos un día a visitar Santiago Atitlán, uno de los pueblos en el margen del lago.

El pueblo tiene la misma fachada de concreto -- gris y triste— que nos es tan familiar en los países del tercer mundo.


Un muchacho de 16 años se ofrece como nuestro guía. Nos presenta algunos hitos y datos sobre la vida del pueblo.

El recorrido nos ofrece varias estampas de Santiago Atitlán.

A primera vista, estas imágenes sugerirían que este pueblo es un pueblo de sobrevivientes -- hombres y mujeres empeñados en conservar su orgullo y levantarse, una y otra vez de la desgracia.

Mujeres en el lago

Aquí las mujeres siguen lavando la ropa en el río, juntas, como han hecho desde hace siglos. Se resisten a aislarse solas en su casa y a usar detergentes que maten al espíritu del lago.


Panabaj

Panabaj era un segmento del pueblo que estaba construido en una zona de alto riesgo y que el huracán Stan arrasó por completo en el 2005.


Sitio donde estuvo Panabaj




Había llovido seis días consecutivos, de tal forma que la ladera del volcán fue acumulando agua. La tierra fue aflojándose. A las tres de la mañana, mientras todos dormían se escuchó un rugido en lo alto del cerro, y después un rumor. El volcán se desgajó. La avalancha de lodo y piedras se dejó venir con la fuerza de tsunami.

Nadie tuvo oportunidad de salir. Las seis mil personas que vivían en ese asentamiento murieron aplastadas. Ahí donde ahora no hay nada hubo durante meses un pantano pestilente de rocas, madera, concreto, cartón, animales y personas muertas...


Nivel del lodo en la clinica frente a Panabaj despues del Stan

El Parque de la Paz




Cuentan que durante la guerra civil que Guatemala padeció durante poco más de treinta años, el ejército tenía una buena cantidad de enclaves alrededor del lago, el principal de los cuales estaba en Santiago Atitlán, justo frente a donde ahora está el parque.

En la madrugada del dos de diciembre de 1990, el ejército, acorraló y mató a un hombre, pues asumió que se trataba de un cabecilla guerrillero. Asumió mal, pues a todo el pueblo le constaba que era inocente. Se juntaron todos y se dirigieron juntos a protestar frente al campo militar. El ejército no los dejó siquiera empezar a hablar. Cuando los tuvieron cerca les tiraron un par de ráfagas. Trece cayeron muertos instantáneamente. Uno de ellos, Nicolás Ajtujal, era un niño de cinco años.




La paciencia del pueblo quedó colmada. Hartos de la violencia, hartos de los abusos consiguieron sacar al ejército. Ese día llegó la tranquilidad a Santiago Atitlán. Seis años antes que el resto de Guatemala, que no firmó los acuerdos de paz sino hasta 1996.

Niñas en el atrio de iglesia




Niñas que juegan. Niñas que se ríen. Niñas que se divierten.

Junto a los niños siempre hay esperanza...
Mirar…

Al final de la visita se me instala en la garganta una sensación de desasosiego. A pesar de que llevamos apenas una hora y cuarto en el pueblo siento la necesidad de salir pronto de él. Algo semejante sentí en San Juan Chamula, en Chiapas.

En parte esto viene de la pobreza. A uno le gustaría conservar la idea del indígena, feliz, cultivando la milpa, viviendo en consonancia con la tierra. Virgen aún de las perversiones del capitalismo.

Pero la verdad es que las cosas no son así. La pobreza es terrible.

Y los indígenas están cansados de vivir en ella. Ven en el turista –ese animal perezoso, hambriento de emociones sin esfuerzo— una oportunidad de subsistencia. Para capturar su dinero están dispuestos a convertir el pueblo en un mercado, en un museo viviente en donde se combine color, dramatismo y excentricidad.

En el pueblo todos aprenden desde pequeños esta verdad fundamental. Que si uno no desarrolla pronto un olfato hacia el dinero del turista, no sobrevive.

Un niño de tres años se nos pega saliendo de la catedral. Quiere un quetzal a cambio de nada. Porque sí. Porque nosotros también somos turistas. Porque para los turistas, respirar en su pueblo tiene precio.

No le damos el dinero.

Acaso por puro reflejo de persistencia se nos pega. Durante media hora se suma a nuestro contingente de dos. Periódicamente vuelve a pedir el quetzal. Llega un momento en que resulta fastidioso. A mí me gustaría no tener que verlo. No tener que sentir de cerca su hambre. Alejar su demanda.

Pero en este viaje hemos elegido mirar…

Lo miro a los ojos. Se distrae. Es muy pequeño.

Se aleja un poco. Ahora yo lo sigo a él.

Lo sigo, lo sigo, lo sigo…


Ser un gran señor

Hace tiempo un amigo me refirió una historia sobre el Lago Atitlán que evoco ahora, durante el viaje, mientras conocemos los pueblitos de alrededor...


Humana fauna IV. Ser un gran señor


Como con Fernando Paiz en una terraza del Hotel Marriott en San José de Costa Rica. Me dice que el clima es muy parecido en este país al de Chiapas: en un segundo, los montes de verde y tupida vegetación se cubren de niebla y cae un aguacero torrencial. Diez minutos después el cielo se despeja por completo y es inverosímil pensar que en este lugar hubo alguna vez nubes. Desde donde está dispuesta la mesa donde comemos la vista es magnífica. Él no puede apreciarla sin embargo, pues me ha cedido el privilegio de sentarme del lado de la mesa que domina el panorama.

A propósito me cuenta que existe una peluquería en el pueblo de Sololá en Guatemala, que está ubicada justo en la parte superior de un monte desde donde se domina el Lago Atitlán que está cercado en el fondo por volcanes. En la peluquería existen dos hileras de sillas para que los clientes se atiendan. Mientras una de ellas está orientada hacia el interior del salón, la otra permite apreciar la vista. Con el tiempo los peluqueros empezaron a cobrar tarifas diferenciadas para cada hilera: un corte con vista cuesta significativamente más que un corte sin vista. Desde entonces, los grandes señores de la región se aseguran de pagar un corte con vista, pues en el pueblo, este se ha convertido en un símbolo inequívoco de estatus, y los transeúntes que pasan frente a la peluquería, se encargan de hacer correr oportunamente la voz que distingue y señala a los unos de los otros según su jerarquía y señorío.

Los peluqueros –escuchadores profesionales, expertos en las sutilezas del alma humana e intuitivos comerciantes-- han pintado en la pared del fondo de la peluquería exactamente el mismo paisaje que se abre al frente, con los mismos volcanes y todo. Han justificado así un ligero incremento en las tarifas de los cortes sin vista, y permiten, al mismo tiempo, a los clientes menos pudientes, vivir, mientras dura el corte de pelo, la experiencia de ser un gran señor.

lunes, 14 de julio de 2008

El alma de la tierra

Cada parte del viaje tiene un sabor distinto. El caribe, con su alegría desbordante y naturaleza caprichosa, me supo a cadencia y a música. Los caribeños llevan el ritmo en los poros; destilan seducción, gozo, alegría y despreocupación.

En cambio lo primero que me asaltó al llegar al altiplano de Guatemala fue el silencio. Los primeros días en las calles de Antigua me sentía rodeada de miradas silenciosas. Atrás habían quedado los gritos dominicanos y la algarabía puertorriqueña.

Los indígenas, en comparación con los caribeños, son extremadamente callados. Observan en silencio y bajan la mirada. Como si toda su energía estuviera girada hacia dentro. No puedo dejar de imaginar la vida que bulle detrás de esos ojos profundamente castaños. Quisiera adivinar las razones de su silencio.

El caribeño te mira a los ojos, ya sea para seducirte o para retarte, pero te sostiene desafiante la mirada. El indígena, quizás por su historia, no habla a menos de que sea necesario.

Las olas del mar caribe, con su eterno vaivén, pareciera que van meciendo a los caribeños desde niños para impregnarlos de ritmo y movimiento. ¿Será que las montañas de Guatemala, con su presencia sobria, invitan a sus hijos a mirar hacia dentro?

Sentada en el borde del Lago Atitlán me sentí sobrecogida por la cercanía y majestuosidad de los volcanes que lo rodean. Guardianes del tiempo y sus secretos, los volcanes parecen acompañar en silencio a sus habitantes. Inmutables. Ancianos sabios capaces de ver más allá en el tiempo y en la distancia que lo que nuestro ojo humano puede percibir.




Esa tarde, alcancé a adivinar lo que habrán sentido los antiguos que vieron en los volcanes a sus dioses.

De niña siempre me costó trabajo conciliarme con la idea abstracta de Dios. Me esforzaba por encontrar una imagen que pudiera visualizar en mi mente; una imagen hacia dónde dirigir mis oraciones. Sabía que Dios debía ser grande, inmenso, poderoso, infinito… pero el único adjetivo que lograba entender era invisible.

Por más que deseaba relacionarme con Dios, como insistía el Padre, no podía entender cómo mis oraciones serían escuchadas por un ser invisible. Finalmente, me conformaba con la imagen de un hombre de barbas largas, sentado en el cielo en un trono de oro, que con indiferencia me escuchaba.

Qué fácil me hubiera resultado rezarles a los dioses de la naturaleza. A diferencia del dios elusivo al que trataba de encontrar, los volcanes estaban ahí, presentes, visibles, casi eternos. El agua, el viento, la montaña. Esos son los seres con los que yo hubiera podido identificarme; seres a quienes hubiera podido rezar; seres en quienes hubiera podido confiar.

Desde niña me ha costado trabajo identificarme con la religión católica. Las historias de la Biblia me parecían igual de fantásticas que los mitos griegos que me contaba mi abuelo. ¿Por qué debía creer en Adán y Eva en lugar de creer en Zeus y Hera? ¿Qué diferencia había entre la religión y la mitología? Para mi todo eran cuentos.

Creer en un dios protector que me cuidaba pero que permanecía invisible a mis sentidos me parecía injusto. Las historias de vocaciones y llamados que nos contaban las monjas me resultaban fabricadas. Invenciones que pretendían acercarnos a un dios enigmático. Yo nunca había sentido nada cercano a lo que ellas contaban y para mi mente experimentadora, lo que no pudiera sentir y vivir en carne propia, simplemente no existía.


Cuando supe que los indios americanos en lugar de adorar al Dios que yo conocía adoraban a la naturaleza y a sus criaturas, me sentí engañada. Estaba segura que de haber nacido en cualquier rincón del continente americano hace más de quinientos años no hubiera tenido las dudas que me acompañaron durante mi infancia y adolescencia.

Creer en el viento y en el sol, pedirle ayuda al espíritu de los animales, me hubiera hecho todo el sentido. Esa era mi religión. Mi alma seguramente pertenecía a esa estirpe de humanos que dialogaban libremente con la naturaleza. A mi me había tocado vivir bajo una religión encerrada en estructuras de piedra y ladrillo.

Las canciones de misa que verdaderamente me movían hablaban de la naturaleza: …And He will raise you up on eagle's wings, Bear you on the breath of dawn, Make you to shine like the sun, And hold you in the palm of His Hand…

Esas imágenes, de águilas y amaneceres, eran las que resonaban con mi alma. En esos momentos podía sentir un chispazo de lo divino, de lo sagrado y un deseo profundo por unirme con esa inmensidad…

¿Y no debería acaso ser esa la función de la religión? ¿Resonar con el espíritu de cada persona? ¿Ayudarnos a entrar en sintonía con la sensación de infinidad? ¿Acompañarnos en nuestro recorrido solitario por la vida?

Creo que nunca fui capaz de sentirme acompañada por el dios cristiano que me fue inculcado de niña. Pero así como los hombres antiguos buscaron en la naturaleza las respuestas a los enigmas de la vida y así como algunos cristianos han necesitado de las metáforas de la naturaleza para transmitir la sensación de divinidad, yo también he tenido que escaparme de vez en cuando a la naturaleza para sentirme acompañada, protegida y guiada por un ser superior.


Al llegar al aeropuerto de Guatemala me llamó la atención la frase publicitaria que usa el instituto de turismo para promover al país: Guatemala, alma de la tierra. Al principio me pareció un poco arrogante. ¿Quién les había concedido el derecho de autonombrarse el espíritu de la tierra?

Sin embargo, con el paso de los días, empiezo a ver que quizás tengan razón. En un sitio como Guatemala, impregnado por el espíritu indígena y rodeado de naturaleza, es difícil no vibrar con el alma del planeta.

Posiblemente los indígenas no sólo dejaron su huella con sus idiomas y vestidos, sino que también dejaron abierto el camino de reconexión con la naturaleza. Por lo menos yo, sentada frente a los volcanes de Atitlán, pude sentir la presencia majestuosa del alma de la tierra.

Desde México: Un comentario sobre el Plurilingüismo

Siempre me ha venido bien jugar diferentes roles simultáneos en mi vida (igual que a Jennifer). Ahora en el viaje, esto está claro, pues un día jugamos a ser escritores, otro día a ser cuenteros, fotógrafos, documentalistas...

Creo que en mi caso, esa vocación por lo diverso me viene en parte de la adolescencia, cuando para ganarme unos pesos, mis papás inteligentemente procuraron involucrarme en todo tipo de oficios y talachas.

Así, pasé por contador extraoficial calculando y llenando las formas de impuestos de toda la familia; albañil que remozó y pintó todas las paredes del patio; gestor que hizo todas las colas de cuanta tesorería y banco hay cerca de la casa de Quemada; maestro de álgebra de mi hermano...

Pero sin duda, el trabajo que me pareció siempre el más disfrutable, pues tenía un incentivo más allá del dinero, fue el de escribano pasante de lingüista. En este rol me tocó transcribir entrevistas que mi mamá hizo a niños de primaria para investigar el proceso de adquisición del lenguaje, teclear su tesis doctoral y ayudarle a corregir en la computadora innumerables ponencias y trabajos sobre el plurilingüismo y la evolución de la política linüística en México.

De aquellos afanes de adolescencia y de mi admiración permanente a su labor profesional me nació la gana de pedirle a mi mamá que escribiera un comentario para el blog, aprovechando la coincidencia que los Viajes del Corazón por Latinoamérica tienen con su especialidad...

Vaya pues el comentario, con algunas fotos que hemos tomado en Guatemala, durante nuestra estancia...


El plurilingüismo por Rebeca Barriga Villanueva




Los Viajes del corazón me han causado todo clase de sentimientos que van de la sorpresa a la admiración, pasando por la incertidumbre, la curiosidad y la preocupación Una suerte de arco iris emocional con toda la gama de tonalidades y matices en los sentimientos. Desde que supe de ellos, vivo estos viajes intensamente y los sigo como mamá, amiga, lectora, lingüista. Es un hecho, sacuden desde muchas perspectivas, mi capacidad de asombro. Dentro de toda esta gama de sentimientos mezclados hay uno que me conecta especialmente con los itinerarios anunciados: el encuentro inminente con la diversidad cultural y lingüística que en el trayecto de este especial viaje aparecerá una y otra vez.

En Puerto Rico saltó sin más, la paradójica realidad bilingüe que propicia vivir dentro de los parámetros muy norteamericanos que delimita el inglés, no obstante se siente, se baila y se sueña en español. Bilingüismo éste entre dos lenguas poderosas y de prestigios que contrasta radicalmente con el que se da en República Dominicana, Guatemala, Belice, Perú, Salvador, Colombia, Brasil, Argentina “naciones” eminentemente plurilingües que albergan en su territorio múltiples lenguas de diversas familias y variantes dialectales múltiples que propician complejas situaciones de contacto, tan complejas y extremas que pueden conducir a la pérdida de identidad. Cualquier país de Latinoamérica que toquen los viajeros del corazón encerrará, con mayor o menor visibilidad los paradójicos e inextricables rasgos de la multiculturalidad y el plurilingüismo;

los de su cara luminosa: innumerables etnias y lenguas con sus propias visiones del mundo que permean de diversidad y riqueza mítica el ambiente que circundan;

...
pero también los de su cara oscura: el contacto con la cultura occidental inserta en el español, que conlleva, las más de las veces, conflicto, negación, deslealtad étnica, desplazamiento lingüístico, bilingüismos dudoso y la terrible invisibilidad del otro, el indígena.








Países cuya diversidad lingüística se ha vivido ya como Babel, castigo divino por el que “Yavhe embrolló las lenguas de los hombres”, ya como Pentecostés, la alegría exultante e incontrolable de los apóstoles que de pronto y merced al soplo del Espíritu de Dios hablan y entienden las lenguas de los otros, ya no hay embrollo, hay comunicación…

Estos países, los de los Viajes del corazón se entraman con México en una compleja historia de dominio, sujeción y silencios preñados de impotencia, al tiempo que de resistencia y de una inexplicable sobrevivencia indígena. Tras poco más de cinco siglos y siglos de lucha, hasta los inicios del XXI. Los indoamericanos apenas logran arañar las promesas de los derechos lingüísticos y el reconocimiento de su existencia, al menos en el discurso constitucional. Como México (con 63 lenguas indígenas admitidas oficialmente) estos países cuentan con un apabullante número de lenguas indígenas cada con una, tres o quince variaciones dialectales, que pertenecen a familias lingüísticas distintas, cada una de ellas con organizaciones estructurales diversas:

se interroga, se afirma y se niega con muy distintos mecanismos de combinación de elementos; se narra y se describe el mundo a partir de significados absolutamente lejanos a una concepción occidental: ni el tiempo ni el espacio se vive y se construyen de igual manera; ni la vida y la muerte, las estaciones y la lluvia tienen el mismo sentido.



El indígena vive entre tensiones y fracturas que lo llevan irremisiblemente a asumir que si no habla la lengua mayoritaria no alcanza ni el desarrollo ni el progreso; que su lengua se “sabe” pero la que se “aprende”, la que tiene en sí misma el conocimiento y la ciencia es la otra, la que es dueña del poder y de la ideología dominante, la que apresa las verdades en la lengua escrita.


¿Cuántas lenguas y cuántas culturas indígenas aparecerán en convivencia con el español, el inglés o el portugués en los Viajes del Corazón? Si estos Viaje en verdad son del corazón, serán congruentes con su nombre, sabrán buscar, descubrir, reconocer, vibrar con los ecos del maya en Guatemala y Belice, del quechua, aymara, en Perú y en Bolivia, del mapudungun en Chile y del tehuelche en la Argentina. Los viajeros, cuenteros de corazón, pasión y convicción habrán de entretejer sus historias en español con los elementos mágicos y míticos de las leyendas amerindias, y quizá así logren dar pasos seguros hacia la prometida y aún inalcanzable interculturalidad, panacea de los discursos oficiales que nos circundan hoy en día.

viernes, 4 de julio de 2008

Relato de la contada de cuentos en Guatemala

Guatemala nos da finalmente la oportunidad de contar cuentos. En un pequeño lapso de cinco días nos desplazamos entre tres ciudades – Antigua, Panajachel y Ciudad de Guatemala – para presentar cuatro veces nuestra función.

El sentido de la función

En todos los casos presentamos la función que de alguna forma nació junto con la idea del viaje, y que por primera vez, es una realidad en plena forma: Viajes del Corazón.

Para nosotros los viajes del corazón van en tres direcciones: El viaje físico, a través de la geografía. Aquí, uno traslada a donde va un poco de la magia de su lugar de origen, y a su vez, lleva de vuelta a su casa un poco de la magia del sitio que conoció.

El viaje interpersonal, o lo que es lo mismo, la aventura del encuentro, en el que dos personas se desvelan entre sí y forman un nuevo mundo, distinto al universo del que provienen.

Y finalmente, El viaje al interior de uno mismo, esa ardua jornada que cada uno de nosotros debe hacer para descubrir su propia voz, la misión para la que vino al mundo.

El diseño de la función


Para los cuenteros es discutible si los cuentos los elegimos nosotros, o si más bien ellos nos atrapan. El caso es que la selección que hicimos para Viajes del Corazón no fue del todo azarosa. Es posible reconocer en la agenda de nuestra función un cierto rastro autobiográfico:

Jennifer relata tres cuentos: un mito de la tribu amazónica de los Cashinahua que fue recontado por Eduardo Galeano –en el que se borda una imaginería del encuentro amoroso. Boca de Sapo de Isabel Allende -con su toque picante y lúdico. Y, El Cuento de la Isla Desconocida de Saramago –que convoca a pensar en la travesía que uno debe emprender para cumplir sus sueños.

Yo por mi parte aporto un par de anécdotas personales ligadas al aprendizaje de la conquista amorosa: el campamento de sexto de primaria, y los desencuentros con una ex suegra, Doña Concha. Sumo un cuento que en la adolescencia le escuché en una homilía un sacerdote español elocuente e impactante, y que probablemente pertenezca a la obra del cuentero americano O´Henry. Y añado un toque de poesía: Táctica y Estrategia de Benedetti, y 1964, uno de los pocos poemas de amor que Borges escribió.

Confrontar la carga del ideal


Para mí, como para la mayoría, el primer reto de contar cuentos consiste en vencer al censor interno --una voz crítica que no deja de sonar en el fondo de la cabeza-- que sin pudor intenta convencerme de que mi capacidad para narrar es mediocre; que mi repertorio de cuentos es intrascendente; que estoy a años luz de los verdaderos cuenteros o de los artistas que se presentan en grandes foros. Voces que nacen en una instancia oscura (a la que Freud denominó superyó) y que montada en una cruzada sin fin, se encarga, a fuerza de devaluación, de confrontarme incansablemente con su versión ideal de mí mismo.

Para vencer esta voz es preciso aprender a escuchar, interpretar y conectar con otras voces que coexisten en nosotros. Para mí, en buena medida, esta ruta ha consistido en aprender a confiar en la sabiduría del inconsciente:

La noche previa a presentarnos en “El Sitio” de Antigua, tengo dos sueños:

Un par de catequistas estiradas me invitan a dar una clase de sexualidad a un grupo de adolescentes inquietos e imposibles de controlar. Me presento como semi-experto en el tema para hacerlos reir. Dejo que ellos elijan los temas de la clase en vez de imponerles mi discurso, de tal forma que la clase se construirá de la demografía sexual del grupo. Para ello improviso una encuesta sobre seis temas con varias escalas. El grupo se involucra totalmente en la tarea y se divierte.

En el segundo sueño, mi primo Manolo – el primo grande y admirado de mi infancia – incita a su hermana Silvia a tirar un penalti a una pequeña portería a una cierta distancia. Ella falla dos veces, del 4 y del 1. Yo Disparo del 6, para responder al reto de Manolo que dice que no se puede. Le pego a la pelota con un zapatazo seco y fuerte y se incrusta en la portería. Nos movemos a una góndola de botanas, donde varias galletas se echan a perder pues nadie las come. Yo meto los dedos a un pastel de mora azul y lo saboreo.

Al despertar hago un trabajo de asociación:

- Las señoras estiradas, mi primo Manolo y el catecismo corresponden a una instancia, crítica, ideal, que representa un saber absoluto frente al cual yo soy una persona insignificante, un lego; una tradición milenaria a la que yo debo de someterme y responder.
- El sexo –el misterio de la vida, del amor, del éxito—es aquello sobre lo que quisiéramos saber, tener una respuesta definitiva y segura, infalible. Sin embargo cada uno construye, con su experiencia individual una verdad parcial, subjetiva, frágil.
- Los adolescentes –como los grupos del bachillerato donde transcurrió mi primer trabajo de psicólogo—son escépticos, difíciles, cuestionadores. Son la anticipación del público que esa noche enfrentaremos al contar cuentos.
- El seis. De un tramo del 1 al 20, en un ejercicio de puntería, el 6 es una distancia en donde se optimiza la relación entre el reto y el realismo. Es un punto de tensión creativa.
- El que nadie coma galletas representa mi miedo a que al público no les guste la función, que no se la coman
- Pero al final, lo importante es que yo sí la disfrute, meta mis dedos en el pastel y me deleite en la crema y la mora azul .

En resumen, -- si me conecto con las voces de mis sueños--, no cabe nerviosismo, pues no hay forma de fallar cuando el balance entre nuestros cuentos y el público desconocido constituye de facto un punto de tensión creativa. Y sobre todo, iremos ahí para disfrutarnos, para celebrar nuestro viaje. Si a la gente le gusta y aplaude, eso es ganancia adicional…
La conexión



El segundo reto es encontrar una conexión entrambos para que la función no parezca una antología de recortes inconexos y sea verdaderamente un fenómeno monolítico, con identidad única, potencia y vida propia.

Encontrar esta “sintonía compartida” es siempre difícil, pues a pesar del acuerdo que tenemos, hay siempre innumerables tensiones y factores individuales que se interponen: la disposición energética, el estado de ánimo en ese día en particular, las eventuales pequeñas querellas que toda pareja arrastra en su cotidianeidad, cualquiera que esta sea…

La conexión --a pesar de todo-- llega por vías curiosas:

El viernes, antes de contar en El Sitio, exhaustos por el viaje, nos separamos para prepararnos. Mientras me baño empiezo a hacer estiramientos, movimientos de calentamiento y respiraciones. Jennifer, que se arregla en el cuarto contiguo, me escucha y hace segunda con un ruido medio gutural – algo como el bostezo de un mandril – calentando la voz. Me río. Le contesto con un agudo “ua, ua” de macaco. Jennifer contesta con un coquí boricua. Yo no me quedo atrás y silbo como cacatúa del amazonas.

Los sonidos de jungla. Nos llevan a cantar a coro el Rap de los Animales. Salimos del hotel hacia el teatro, cantando por toda la sexta avenida, nuestra canción de campamento. Ya estamos conectados: “La paloma mensajera… se casó con un perico… para que el hijo de los dos… Llevara el mensaje de viva voz… turu tu tú turu ru ru rú, turu tu tu tururú ru rú…”

Los imprevistos

El siguiente reto, aunque pequeño, es complicado. Consiste en sobrepasar los imprevistos, las incomodidades de último momento que distraen la atención y que rompen la posibilidad de estar entero en la representación.

En tres de las cuatro funciones enfrentamos algo así: el viernes, al abrirse el telón, descubrimos que los amigos a los que esperábamos no están ahí, a pesar de que una hora antes acabábamos de cruzarnos con ellos en la calle. La sensación es de desconcierto, de tristeza, pues para nosotros es complicado jugar de visitante en un estadio grande como este, como se diría en el argot futbolero…

El domingo, quince minutos antes del arranque, me doy cuenta que o me han robado la cámara o que la he perdido, por lo que transito entre la sensación de vulnerabilidad y el autoreproche: “eres un gran imbécil”.

El martes en Don Emiliano, con una reserva de energías en el límite, diez minutos antes de empezar la función, Jennifer se sienta en una banca encharcada de agua… ¿Y quién puede estar en su mejor faceta con el fundillo empapado?

El público

El siguiente reto está en el público, pues la mitad de la función se hace de la conexión que el público construye con sus reacciones – los aspavientos de sorpresa, las risas, los comentarios espontáneos, el silencio de la expectación… el silencio de incomodidad… el silencio de asombro…

En los tres lugares encontramos públicos totalmente distintos:


Ensayo en el foro de El Sitio, Antigua
En El Sitio encontramos un público asociado al circuito cultural de Antigua, que sabe perfectamente a qué viene. Es un público exigente, un tanto frío, no exento de cierto esnobismo. A nosotros nos costó trabajo, en especial una señora que llevó a su hija de cinco años y que pujaba cada vez que Jennifer hacía referencia a la boca de sapo de Hermelinda.


La Galería, Panajachel

El público de La Galería de Nan Cuz, en Panajachel, era imprevisible: jóvenes preuniversitarios en plena tradición beatnik; indígenas que coordinan el sistema de bibliotecas y promocionan la lectura en los pueblos del lago; turistas latinoamericanos que pescamos con el anzuelo de que los cuentos propician el enamoriamiento; y, veteranos constantes en la galería que se han retirado. Con ellos logramos conectar. Se rieron de principio a fin. Suspiraron. Se mostraron ávidos. Algunos no ocultaron las lágrimas…

Don Emiliano, Ciudad de Guatemala
Y finalmente el público de Don Emiliano. Ejecutivos y sus esposas, que siendo ex clientes, estaban curiosos por conocerme en plan de narrador nómada, y estaban predispuestos a aplaudir. No por eso fueron un público fácil, pues el contexto laboral nunca permite aflojarse del todo, y es preciso reconocer que en el universo de Isabel de Allende, acaso ellos se encuentren más cerca de los administradores ingleses que de los peones.
La repetición de la ejecución


Durante cuatro días seguidos repetimos la misma función con pocas variaciones.

Tomás y Sabine, nuestros anfitriones en La Galería, nos preguntaron qué se siente repetir noche con noche lo mismo, pues en principio parecería aburrido.

Personalmente encuentro que la mejor forma de explicarlo es utilizando la respuesta que el creador del Teatro del Sunnil dio cuando alguien le preguntó lo mismo, a propósito de los 26 años consecutivos en los que ha presentado su ópera prima, Icaro.

Para él, presentar una y otra vez la misma obra es semejante a un ritual que conserva desde que era pequeño. Cada primero de enero sube la misma montaña de los Alpes que está cerca de la casa de sus padres.

Cuando está la cima contempla el entorno y la vista familiar, experimenta una sensación de que todo es exactamente igual a la primera vez que subió la montaña. Es decir, esa sensación de permanencia, esa dimensión de lo que existe y va más allá de si mismo, lo remite a aquello que en su vida se mantiene constante.

En el otro extremo, el ritual le permite verificar las cosas que han cambiado en sus circunstancias, en los personajes que transitan junto a él, en su visión de la vida, en sus valores. Se da cuenta cómo ha devenido en una persona distinta con el paso del tiempo.

Subir la montaña una y otra vez --contar el mismo cuento una y otra vez--establece una referencia que permite verificar aquello que permanece y aquello que se ha transformado en uno mismo.

El encuentro tras la función

Si todo salió bien, la función usualmente termina con los aplausos (exiguos o nutridos, según sea el caso).

Pero en algunas ocasiones, si la fortuna sonríe y el tiempo lo permite, uno tiene la oportunidad de encontrarse con los espectadores y verificar de primera mano los efectos que las historias han tenido. Incluso a veces, con una cenita de por medio, alguien se anima y cuenta alguna historia, cerrando así el círculo mágico que entraña la narración oral.

Así nos pasó en esta ocasión al menos con tres amigos:

Roy siempre agudo, me sentenció con una paradoja: “Eras consultor. Tomaste un sabático para contar cuentos. Sigues dedicándote a lo mismo.”

Arnoldo, Arturo, Gustavo, Jennifer y Roy
Su comentario tiene al menos dos interpretaciones directas:

O bien percibe una continuidad en mi quehacer, pues en ambas circunstancias he vivido de usar el vaivén de las palabras para entender, hacer reflexionar, influir y transformar. O bien, la faceta de cuentero me delata como alguien al que conviene tomar con reservas, pues nunca se sabe hasta donde fiarse del cuento que no siempre tiene un enclave en la realidad…

Eddie ratifica parte del contenido de nuestras anécdotas y cuentos al referirnos las visitas que hacía en su infancia a la Finca de algún tío dedicado a la producción de café:

Al caer la tarde escapaba de la casa patronal y se tiraba en el campo, junto con sus primos, a mirar estrellas fugaces y a disputarse la titularidad del noviazgo con la siempre inalcanzable prima Carmela (o Clara, o algo por el estilo…), cuyas curvas incipientes capturaban los más sueños febriles de la parentela en plena pubertad.

A dúo con su esposa convocan también el recuerdo de esas lejanas noches cerradas en que los peones de la finca –campesinos indígenas ligados a la tierra y al fruto del cafeto- contaban historias de miedo como la Llorona o El Sombrerón. Ella recuerda en particular los relatos de los caballerangos que contaban cómo con sus propios ojos habían visto caballos galopando con un jinete fantasma, traspasados por los rayos de luna, en un claro del bosque.

A Jorge, la función lo ha hecho transportarse a sus años de infancia en Quetzaltenango. Ahí en frías tardes de invierno, su familia se reunía alrededor del pollo (la estufa de carbón) en el fondo de la cocina, a escuchar los relatos. En ellos, su abuela mezclaba historias de su vida con cuentos, y cuentos, mezclados con partes de su vida.


Jorge y Minor en la cafetería del Sitio
Jorge cuenta que nuestra aventura le ha traído un recuerdo que llevaba enterrado en su memoria varios años: Él vivió en el primer conjunto multifamiliar que se construyó en Quetzaltenango, uno que nació bajo el lema “Objetivo propio, esfuerzo mutuo”. La idea tras el slogan era que la municipalidad pondría el terreno, el diseño y la fuerza de trabajo; y los propietarios, el dinero, el material, e incluso, en las tardes y los fines de semana, su propia mano de obra.

Al fondo del multifamiliar había un campo equivalente a dos canchas de fútbol semiprofesional juntas, donde los niños encontraban un paraíso de juego. En ese espacio, en un verano de la década de los sesentas, una familia de canadienses estacionaron su Combi VW en la que viajaban desde Québec hasta Tierra del Fuego.

Jorge recuerda que no podía dejar de ver el mapa de la América que la camioneta tenía pintado en el costado, al que los viajeros iban agregando una línea morada para señalar su ruta, conforme la iban recorriendo.

Pero sobre todo, aquella familia de paso fugaz, quedó grabada de forma indeleble en su memoria debido a que jugaban con algo que él nunca antes en su vida había visto: un freezbee de colores, que lanzaban por el aire con gracia y ligereza.

Al partir, aquella familia de extraños personajes repartió seis platillos voladores entre los niños del multifamiliar, sellando de magia aquel verano.

Jorge se despidió de ellos con nostalgia, pues sabía que en esos extranjeros que hablaban con dificultad afrancesada el español, había una chispa diferente, un aura especial.

Varios meses más tarde, sin que nadie los esperara, en su recorrido de vuelta a Canadá, volvieron a pasar por Quetzaltenango. Cuando se enteró, Jorge llegó corriendo, emocionado, para ver si podía saludar a sus amigos. Ahí estaba la camioneta, en medio del campo.

El mapa de América estaba totalmente pintado de morado…

martes, 1 de julio de 2008

Paisajes y personajes de Antigua, Guatemala

Vistas del Volcán Pacayá

Cocina de la Fonda de la Calle Real
Típica calle de La Antigua


Todos regresan a su sitio el domingo por la tarde
Templo en ruinas



Hombre de ciencia
Mujer de vuelta del mercado

Hombre de Dios predicando en el parque central
Todos tenemos nuestro corazoncito...

Día de Pesca en Puerto San José

Vamos de pesca con Alberto Garita al pacífico guatemalteco. Salimos temprano en la mañana en un barco llamado La Tripleta, desde el Puerto San José.

La tripulación está compuesta prácticamente por puros hombres: la tripleta – Alberto, Mike y Eddie --, el capitán – Chepe -, tres marineros experimentados y dos viajeros primerizos en estos avatares– Jennifer y yo.

Temprano en el recorrido, Alberto hace su primera introducción. Comenta que el barco es como una pequeña ciudad – un pequeño núcleo de servicios y relaciones-- en la que todo debe funcionar correctamente o hay problemas: el suministro de agua dulce, el sistema de aguas negras, la energía, la comunicación, la autoridad, e incluso alguna alternativa de salud – primeros auxilios y pastillas para los que no aguanten el vaivén del bote.

Nos cuenta que el éxito de la pesca está frecuentemente asociado a saber leer los signos de la cadena alimenticia: un tronco sale de la playa y navega mar adentro. En su lento tránsito, va acumulando vida: plancton, que es consumido por krill y camarón, que a su vez son comidos por peces pequeños, que son devorados por otros más grandes, que a su vez son el bocado de los que nosotros vamos buscando.

Entre más adentro de alta mar encontremos un palo, significa que más tiempo ha pasado y que en consecuencia hay un sistema alimenticio más complejo. El palo, grupos de pájaros que ronden un sitio en el agua o delfines acompañando un cardumen de atún son nuestra señal…

La pesca dista mucho de la asepsia de la explicación de clase de ciencias naturales que acabo de hacer. Por más lujosa y moderna que sea la parafernalia que la rodea hay en ella la presencia de imágenes primordiales e instintos primitivos:

La mar, esa sábana azul extendida hasta los confines, es siempre fascinante, y existe en ella el potencial permanente de convertirse en una tumba;
Hay una conexión con la violencia que en nuestra vida cotidiana queda siempre prudentemente escondida trás de nuestra fachada amable y civilizada -- los peces son perforados por anzuelos y arpones; entran vivos y sangrantes a una tinaja debajo de la plataforma de pesca; uno escucha bajo sus pies sus últimos coletazos y esfuerzos por liberarse y continuar viviendo; todavía durante la travesía uno come lo que mató con sus propias manos…

Esta imaginería sangrienta no excluye que en algún momento te topes en el mar con la presencia de la ternura. Los delfines por ejemplo – cuenta Alberto – tienen un instinto maternal extraordinario, que supera a veces el imperativo de la supervivencia. Si una cría de delfín nace muerta, la delfina se negará a asumir este hecho. Durante horas hará un esfuerzo increíble, cada dos minutos, para empujarlo con su nariz hasta la superficie para que respire. Puede seguir así días, hasta morir por el ataque de un tiburón, pues extenuada es incapaz ya de escapar.

Acaso lo femenino se agota en ese ejemplo, pues pareciera que la aventura es que la pesca deportiva es una actividad para hombres. Para empezar, es conocida la superstición que prevalece entre los marineros de que las mujeres son de mal agüero para las embarcaciones ya que tienen una suerte de magnetismo invertido: atraen las tormentas y ahuyentan la pesca.

Sea como sea, pareciera que hay algo que las mantiene a raya de la embarcación, pues la mayoría termina mareada. Más allá de que la barca trae motivos suficientes – movimiento, olor a diesel e intensidad del sol – Alberto asegura que el mareo tiene una alta correlación psicológica: sólo la experimentan aquellos que son rebasados por el temor en algún momento del viaje.

Lo cierto es que la jornada de pesca es una especie de culto a la masculinidad. La lancha es un equivalente al salón fumador de la sociedad victoriana del siglo XIX. Este pequeño terreno es propicio para que los hombres desplieguen muestras que van todo a lo largo del espectro de la motivación social:
El logro está inserto en el acto mismo de pescar, pues la condición es hacerlo difícil para el pescador y dar ventajas al pez – usando líneas de baja resistencia, o anzuelos sin barba; hay desde luego una intención de superar el propio estándar, conseguir un pez más grande y fastuoso que la vez anterior.

La afiliación está presente en el gusto de perder el tiempo en compañía, el puro gozo de estar con amigos en un sitio sin demandas ni fronteras. El rito afiliativo está bien acompañado de un suministro de cerveza, ron y whiskey, tragos cuya intensidad incrementa conforme el sol recorre su camino en la bóveda celeste.

El poder tiene dos perfiles: el primero, obvio, es que existe un cierto disfrute de mandar a bordo, pues se sobrentiende que el capitán limita su autoridad de facto a conducir la embarcación. El segundo perfil del poder está en el disfrute de platicar las hazañas al regreso y presumir a quien se deje la variedad de la pesca y, sobre todo, la magnitud de los pescados. Hay a propósito un chiste de pescadores: se dice que el pescado es el único animal que crece después de muerto – cada vez que se relata la historia aumenta unos cuantos kilos de peso y unos cuantos centímetros de tamaño…

Es acaso regodeándose en esta atmósfera saturada de testosterona que Alberto me cuenta una historia de pesca que está entre sus favoritas. Se trata del relato de “El emperador” de Forsythe:
Una mañana de sábado sale un hombre de pesca junto con sus amigos. Es su primera vez. Un burócrata de medio pelo que en su vida nunca ha tenido grandes aspiraciones o logros significativos. Es un hombre de una presencia insignificante: flaco, pequeño, con la piel tan blanca que lo delata como un ratón de biblioteca.

El hombre además ha salido a escondidas de su casa, pues su mujer, que lo domina totalmente, jamás consentiría en el plan. Entre la prisa y la inexperiencia, el hombre viene mal vestido para la ocasión, dando una apariencia un poco ridícula: Una camisa de manga corta más propia de un día de campo que de una jornada de pesca, unos pantaloncillos cortos y unos zapatos de calle.

Se lanzan a la aventura. Ya mar adentro, tiran las líneas. Por un azar que acaso sólo puede ser denominado como suerte de principiante, en la línea del hombre pica algo enorme. Es un marlin majestuoso – el premio más alto de la pesca deportiva—de entre 700 y 800 libras. Un pez frente a cuya fuerza y combatividad el hombre no tiene posibilidad alguna de pelear. El capitán, consciente de esto, sugiere al hombre que se retire y deje que alguien más lo traiga a bordo. El hombre se niega. Acaso el hartazgo de recibir órdenes en todos lados lo orilla a experimentar un cierto sentido de orgullo incipiente. Los amigos intercambian miradas de escepticismo y burla a sus espaldas.

El hombre pelea con el pez palmo a palmo. El pez, en su lucha, salta fuera del agua y se contorsiona de tanto en tanto. Es, en efecto, majestuoso. Después de siete horas de brega, el hombre ha conseguido arrastrar al animal prácticamente hasta el barco. El hombre siente calambres en todo el cuerpo, tiene llagas en la piel por las quemaduras del sol, y los brazos y las manos destrozadas. Cuando el pez está ya cerca de ser atrapado, la tripulación entera está ansiosa, pues un pez así daría un renombre glorioso al barco y al capitán.

Contra toda lógica, el hombre ha vencido… el pez está a menos de cuatro metros, a punto de ser traído a bordo.

En eso, el hombre, que ha establecido una extraña conexión con el marlin, mira de reojo el arpón de uno de los marinos y siente un golpe inexplicable de compasión. Toma una navaja, corta la línea y deja ir al pez frente a la mirada atónita de todos los presentes.

El hombre se desploma, exhausto.

En el proceso, el hombre se ha vuelto famoso, pues no solo la tripulación ha atestiguado su hazaña, sino que por la radio ha sido comunicada a otros barcos y a la capitanía de puerto. Cuando llega el barco al puerto, una multitud espera al hombre para vitorearlo. Una ambulancia lo recibirá para internarlo a la brevedad en el hospital.

Entre la multitud, su mujer, que lo ha estado buscando todo el día, furiosa, lo espera… El hombre finalmente pone pie en tierra firme, entre hurras y loas de la gente. Su mujer, a quien le importa poco si el alfeñique de su marido ha cazado al monstruo de Loch Ness, le pone una gritoniza. Lo regaña como a un niño. Lo ridiculiza frente a todos.

El hombre pasa dos días en el hospital, aguantando en silencio las curaciones y las periódicas recriminaciones de su mujer.

Apenas está mejor, se viste, llama a la mujer, la mira de frente y le dice que no tolerará sus abusos nunca más. Que su relación ha terminado.

Sale con una ligereza nunca antes experimentada del hospital, y con absoluta determinación se dirige al puerto. Busca al capitán del barco en donde completó su hazaña. Le dice que quiere resarcirlo por el daño que le causó al haber dejado ir al pez. Hace un cheque con sus ahorros y le compra el barco.

Le pide con profunda voz de mando que lo aliste para temprano al día siguiente, pues al despuntar el alba, habrán de partir…


El oído atento, y el testimonio de la jornada entera de pesca, no permite pasar por alto el filo de fantasía masculina que late en el fondo de la historia, pues mal que bien, todos hemos verificado la tensión natural que existe en el centro de cualquier pareja alrededor del poder. En última instancia, los hombres inteligentes reconocen que la casa es el imperio de la mujer, y aspiran a tener un cachito de espacio en el mundo, donde puedan jugar a ser, con toda la legitimidaddel caso y sin cuestionamientos, “El emperador”...
Crónica gráfica del día de pesca...

Chepe, el capitán y Alberto, el anfitrión...


Los otros dos miembros de la tripleta, Mike y Eddie


Eddie y Alberto, con sus guajus...


Jennifer se avienta, ¿por qué no?



Para ser torero, no solo hay que serlo, sino parecerlo...


Atún blanco chorreando sangre...


Demasiado movimiento, diesel y sangre para un día...


De vuelta a tierra firme...

Under the Guatemalan Sun

Recién vimos “Under the Tuscan Sun” Jennifer y yo. Una película que narra la historia de una escritora que, desesperada tras su divorcio, viaja a Italia para despabilarse. Siguiendo un impulso compra una villa en la Toscana. Su corazón va sanando a la par que arregla la villa y echa raíces en su nuevo hogar.

A mí la película me pareció artificial: todo es demasiado hermoso para ser cierto; los encuentros se dan con una facilidad pasmosa; los personajes son todos alegres, dotados de un carácter memorable y colorido; los eventos ocurren con tal sentido de oportunidad que parecen gobernados por un poder benevolente…

Sólo para ilustrar algunos ejemplos de la película, que me parecieron absurdos por nacer de una fantasía previsible: el galán maneja un Ferrari, tiene un restaurante frente a la costa napolitana, hace el amor con un equilibrio perfecto de dulzura y potencia, y se llama Marcello; la mujer que le abre la intuición a la Toscana regalándole una flor el día del mercado es un personaje extravagante que viste todo el tiempo de blanco y negro y vive su vida con un toque de vitalidad y locura—como si se tratara de una diva inmersa en la trama de una película de Federico Fellini; la protagonista y el galán irrumpen en una comida familiar cotidiana, en la que de forma inverosímil se brinda con Limoncello…

Jennifer y yo discutimos si lo artificial le viene a la película de su origen Hollywoodense, o si es posible que el aura de falsedad sea un efecto narrativo, ya que la película está extraída de una novela en la que todo lo que ocurrió en un periodo de tres años está comprimido en 90 minutos, creando una inadecuada impresión de contigüidad de eventos.

No pasan dos semanas antes de que aparezca una tercera alternativa: que a veces la realidad sea simplemente así, más inverosímil que la fantasía.

El domingo que contamos cuentos callejeros, Jennifer y yo caminamos de vuelta al departamento con la sensación de que todo el universo conspira a nuestro favor: el atardecer en Antigua, los nuevos amigos españoles de la Casa del Mango, nuestra vida que cada vez se parece más a la vida que imaginamos, un par de artistas errantes…

Para celebrar, decidimos permitirnos un ligero exceso a nuestro presupuesto y entramos a cenar a “La antigua vinería”, un pequeño restaurante italiano.
El restaurante está vacío y triste, acaso debido a que por la mañana Italia perdió en penales con España, algo que para los italianos es sin duda una tragedia, y que para los españoles tiene el sabor de milagro.


Con una mezcla de picardía e imprudencia comento el punto con el dueño, un joven italiano que asume de inmediato que soy español. Me sigue el juego. Se lamenta, vocifera: “¡Eres cruel!”, dice. “¡Tenías que recordarlo! ¡Estoy destrozado!, (se toca el pecho).
“Pero tú no eres muy inteligente, ¿no?”, afirma. “Eso de molestar al dueño del restaurante antes de que te sirvan la comida… Siempre podría ser que una mosca caiga accidentalmente en el plato de la sopa minestrone…”

Reímos.

Diez minutos más tarde entra una mujer de edad al restaurante y se dirige con familiaridad hacia la barra que está al fondo. Grita hacia el interior de la cocina, donde está el horno de las pizzetas: “Paolo, caro mío… abbiamo perso!”.

Paolo sale, la abraza. La besa. Se lamentan juntos. La sienta en una mesa contigua a la barra, le sirve una copa de vino y se acerca a nuestra mesa: “Primero tú, y ahora mi abuela se burla de mí…”.

No pasan diez minutos antes de que la abuela se pare de su mesa, tome una rosa y se dirija hacia donde estamos. Le entrega la flor a Jennifer y dice: “Per la signora. Lei é bellisima.”

La conexión ha sido establecida. Nos enteramos que se llama Lucía y es viuda. Ella se entera de que Jennifer tiene sangre italiana en sus venas, y que no es mi esposa, pues no lleva alianza en la mano. Ya entradas en confianza (yo no sé si sea algo propio de las mujeres italianas) intercambian lamentos y quejas: ella porque su hijo y nieto no salieron buenos para el estudio y la cabeza les dió más bien para poner una pizzería; Jennifer, porque el ingenio no me ha dado como para regalarle un anillo...

Una cosa lleva a la otra, y pronto somos un grupo ruidoso que celebra: por el triunfo español, por la derrota italiana, porque nos conocimos, porque viajamos, porque nos amamos, porque hay romanos en algún sitio de nuestros árboles genealógicos, porque nos encanta el vino, la pasta y su pizzería...

Nótese la mímica del 4 - 2, semblanteando el marcador...

A estas alturas, quien haya seguido puntual el relato, supondrá correctamente, que este largo día bajo el cielo guatemalteco, terminó -- desafiando nuestro concepto de la realidad--, con Limoncello de por medio...