miércoles, 19 de noviembre de 2008

Viaje en Espiral

Existen distintas formas de hacer un viaje. El nuestro tiene forma de espiral.

Nuestro viaje va y viene. Gira. Regresa sobre sí mismo y sigue expandiéndose de forma caprichosa. No tiene una línea recta. No tiene un destino final claro.

Cuando estuvimos en Villa de Leyva, en Colombia, tuvimos la oportunidad de visitar a un jardinero que diseñaba jardines desérticos. Juntaba piedras, cactus y flores para formar dibujos que tenían distintos significados. Nos invitó a entrar en uno de sus laberintos. A simple vista, un laberinto es simplemente un camino delimitado por piedras. Sin embargo, nos explicó que era más complejo que eso.

Para empezar, nos comentó que existían dos tipos de laberintos. Laberintos femeninos y masculinos. Los masculinos son los que típicamente nos llegan a la mente cuando escuchamos la palabra laberinto. Caminos entrecruzados donde uno tiene que empeñarse en encontrar la salida. El objetivo del diseño de un laberinto masculino es perderte. Mientras más compleja sea su estructura, mejor. Quien ingresa a un laberinto masculino debe usar todas sus habilidades para encontrar el camino hacia la salida lo más rápido posible.

El objetivo del laberinto femenino, en cambio, es encontrarse. En este laberinto no hay forma de perderse. Su estructura se asemeja a la de un espiral. Comienza afuera para ir girando de forma circular hacia el centro, desde donde comienza una vez más, el largo recorrido espiral hacia fuera. El laberinto femenino está diseñado como una forma meditativa para encontrarse a uno mismo a través de su transcurso lento y silencioso. El objetivo es caminar, en contacto con uno mismo y con el momento presente, tratando de no desesperar por llegar al final, sino disfrutando del camino en sí.

Nuestro viaje tiene la forma de un espiral, de un laberinto femenino. El objetivo de nuestro viaje no es llegar a un sitio específico ni romper un record de velocidad o distancia. El propósito no es cumplir un reto auto-impuesto ni demostrar a los demás lo valerosos que somos. La finalidad de nuestro viaje es el viaje en sí.

Descubrimos que nuestro recorrido no ha seguido una línea recta. Hemos hecho tramos circulares, regresando varias veces a una misma ciudad, para volver a salir de ella hacia otros puntos. En un plano menos geográfico también hemos viajado en espiral, visitando varias veces las mismas temáticas de nuestra vida y nuestra pareja. Hemos recorrido los laberintos internos de nuestro ser a través del camino del viaje.

Hemos ido aprendiendo a dejarnos llevar por las manos invisibles del viaje, sabiendo que nos llevarán a conocer los sitios y personas con quienes debíamos coincidir. Cada vez más hemos aprendido a soltar los itinerarios previstos para acceder a los cambios que nos propone el camino. Vamos más abiertos a escuchar. Hemos aprendido a atender las necesidades de nuestro propio ritmo interior y jugar con las posibilidades infinitas de la vida.

Durante estas semanas en Perú me he sentido serena. Por primera vez en los seis meses que llevamos viajando, he podido relajarme por completo y estar en el presente. Confiar en lo que vendrá y no estar atada con lo que ya pasó. Es una sensación extraña que muy pocas veces he tenido. Generalmente, estoy ansiosa por el futuro, haciendo planes, deshaciendo otros, preocupada por cómo saldrán, imaginando posibles futuros…

Al igual que cuando recorrí el laberinto en Villa de Leyva, mis exigencias internas siempre me han llevado a querer visualizar el sitio de la salida lo más pronto posible. Me costaba trabajo concentrarme en el camino pues mis ojos inmediatamente se empeñaban en buscar el final del recorrido. Me costaba trabajo ver las piedras de distintas formas con las que estaba hecho el camino. Me costaba trabajo sentir la arena en las plantas de mis pies descalzos. Cada giro del laberinto era un pretexto para alzar la mirada y preguntarme: ¿cuánto falta?

En el laberinto (y en mi vida) he tenido la tentación de encontrar el atajo que me lleve al centro lo más rápido posible. Saltarme los pasos y llegar YA al final. Sin embargo, no hay atajos, para nadie. Es necesario andar el camino. Es necesario poner un pie detrás del otro. Es necesario sentir la arena y las piedras, el calor y el viento, el cansancio, y seguir avanzando.

Qué difícil es resistirse a la tentación de levantar la vista y tratar de adivinar el final. Queremos saber todas las respuestas y queremos saberlas ya. Pero no es posible saber cómo será el final del camino sino hasta que lo hayamos andado. Avanzamos sin saber a dónde nos llevarán nuestros pasos. Es imposible saberlo. Sólo quien diseñó el laberinto lo sabe.

La invitación que nos da la vida -y en nuestro caso el viaje- es a descalzarnos los pies y entrar con confianza al laberinto. Caminar con la certeza de que en algún momento llegaremos al centro y mientras tanto, nuestra única tarea consiste en caminar, sentir la brisa, la arena y las piedras. No desesperar con el futuro ni el pasado, sino estar en el momento presente.

Sé que esta sensación de claridad, serenidad y aceptación no será eterna. Pero por ahora tengo la certeza de haberla experimentado. Sé que está ahí. Una vez que he recorrido el camino laberíntico hacia mi propio centro sé que puedo volverlo a andar cuando sea necesario.

Ahí sigue. Como el desierto. Permanece.


martes, 18 de noviembre de 2008

Un día en Ayacucho

























Antología de calaveras para los cuenteros peruanos

Por mero se escapa de La Terrible Muerte
debido a la errata que la bautizó como ´Chucha´.
Pero al darse cuenta del error, aquella gritó fuerte:
“A mí nunca se me escapa la trucha”.

Y así, por sus ínfulas de directora,
a La Cucha se la llevó
La Parca a temprana hora,
diciendo: “Aquí cucha sólo soy yo”.

“Los seres nacen, crecen, se reproducen y mueren”,
dictó Juan Carlos con pedagógica precisión.
Y La Muerte dijo: “para que esta verdad no se altere,
que ilustre el maestro el final de su lección…”


A la chica morena del apellido gringo
-la documentalista y cuentera Lorena Best-
La Muerte mató a la shakesperiana voz de: “Yo te chingo,
It has cometh your time to rest”.


Wayqui, amigo de todos, hermano,
murió echando por la boca espuma.
Dicen que comió un chile mexicano
y que sufrió la venganza de Moctezuma.



Con Javier La Parca en torturas refinadas se ensañó
por estar interesado en el alma y ser psicólogo palabrero.
Antes de matarlo, tendido en diván sus traumas interpretó
y con las obras de Freud lo aplastó, desde lo alto del librero.



A aquel cuentero selvático y contestatario,
-Supuesto Angel, en verdad demonio-
Lo mató La Muerte con artilugio estrafaliario
Ahogándolo en mierda y otras linduras de su putrefacto coño…”.



Al más allá quiso llevarse sus dulces cuentos
aquel cuentero de interminable repertorio, el Chato.
La Huesuda no tuvo compasión de sus lamentos,
“Como viniste al mundo te irás: calato”.



Aunque mucho protestó la compañía Santillana,
pues sin la cuentera Briscila sufriría la editorial,
La Huesuda se la llevó con una verdad, simple y llana:
“contra mi nadie puede, aunque sea transnacional”.



Ukumari, oso culebrero de este peculiar rebaño,
quiso escaparse con un cuento vivaz.
Más La Muerte, rápida, le regresó el engaño,
cubriéndose también con un negro antifaz.



A Mirela, la princesa de los cuentos, rubia, color trigo garzul,
La Flaca la acabó por su alcurnia alemana:
“Mira chiquita, los europeos creerán que tienen sangre azul,
pero frente a mí, hasta tú haces una caravana”.



Elisabeth, como abeja que trabaja,
del festival se quejaba la que más.
Hasta que consiguió de La Parca una rebaja:
“Anda pues, descansa al fin en paz…”.
...
Dicen que los únicos que la libraron
fueron la mexicana y el mexicano
ella, por talento y su linda cara.
Y él, por su chamba de escribano.

Dicen que al pie del abismo, a final de cuentas,
La Huesuda a todos los cuenteros perdonó.
Fue acaso por que se conmovió con sus cuentos,
o quizá, porque cierta madre superiora la sentenció.

El caso es que en Ayacucho, pueblo herido,
a La Catrina demás han hecho trabajar.
Para su gente, la paz de espíritu pido,
y que La Muerte se vaya un rato a descansar.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Déjame que te cuente...

Es impresionante la forma en que contar cuentos nos han abierto las puertas para ingresar al mundo interno de cada país. Es un pasaporte maravilloso que en poquísimo tiempo nos ha introducido al mundo mágico, profundo y doloroso de Perú. De otra forma -como turistas- hubiera sido imposible escuchar los secretos de la cultura y la vida interna de este pueblo tan parecido a México.

Lima

En cuanto llegamos a la capital nos sentimos invadidos por una sensación de familiaridad. Todo era muy parecido. La gente amable, cariñosa, querendona. La comida picante y llena de contrastes. La ciudad gris, grande y poblada. A cada vuelta de esquina veíamos algo que nos recordaba a una calle, un edifico, una intersección en el Distrito Federal.

Llegamos a Lima el 21 de octubre con la intención de pasar únicamente una semana en la capital para después seguir explorando el país. Sin embargo, un país se puede conocer de varias formas. A través de sus paisajes y pueblos pero también a través de su gente. Cada persona que hemos conocido nos ha revelado una parte del kaleidoscopio peruano, como si cada quien constituyera un pequeño fragmento colorido de su propio país. A través de estos encuentros hemos podido comenzar a formar una imagen mental del Perú.

Wayqui significa “hermano, amigo” en quechua. Wayqui es también el apodo de Cesar Villegas, nuestro amigo, hermano cuentero, que nos abrió las puertas al mundo de la cuentería peruana. Yo lo había conocido hace varios años, en un festival de cuentos en México. Me acuerdo que contaba un cuento sobre una llama, un carnero y un perro. Me acuerdo que vendía unas cerámicas para ganarse unos pesos durante su estancia allá. Me acuerdo que me regaló su tarjeta que decía: Trotacuentos.


Cuando recién estábamos por arrancar nuestro viaje envié un correo a todos los cuenteros sudamericanos que tenía en mi lista. El primero en contestar fue Wayqui. “¿Cuándo estarán por acá? ¿Para qué día les aparto una fecha en Hablapalabra?” Todavía no habíamos empacado y César ya insistía en que le diéramos una fecha precisa de llegada a Perú. De esta forma, se convirtió en un amigo fiel que nos escribía cada tanto para saber de nosotros: en dónde estábamos, cómo iba el viaje y lo más importante, ¿¿Cuándo llegaríamos a Lima??

La fecha finalmente llegó. El primer jueves de nuestra llegada a Lima nos presentamos en el Libar, un barecito en el barrio de Miraflores, que parecía haber sido hecho para contar cuentos. Esta ha sido una de las funciones más memorables del viaje.



“No se pueden ir de Lima sin conocer a Cucha” nos dijo Wayqui, y rápidamente organizó una reunión con ella.

El día que conocimos a Cucha del Águila estaba arreglando los últimos detalles del Festival Nacional de Narración Oral Déjame que te cuente. Nos encontramos con ella en su casa, entre papeles, narradores y su equipo de producción, estaban a pocos días de partir para Ayacucho, una ciudad de la sierra peruana que sería la sede alterna del festival.



Ahora, déjenme contarles, que Arturo y yo hemos ido aprendiendo con el tiempo a seguirle el curso al viaje. Hemos aprendido a que el viaje viaje a través de nosotros. Últimamente, he tenido la sensación de que el viaje, más sabio y más eterno que nosotros, sabe de antemano en dónde terminaremos. Nosotros, simplemente, tenemos que tomarlo de la mano y dejarnos guiar.

Al día siguiente de haber conocido a Cucha ya estábamos comprando nuestro boleto para Ayacucho pues habíamos sido invitados a participar en el festival.




Ayacucho

El nombre de la ciudad significa “el rincón de los muertos” y durante los cuatro días de nuestra estancia comprenderíamos el peso de ese nombre. Ayacucho es una ciudad particular para la historia de Perú y no necesariamente una que aparezca en el itinerario de viaje de la mayoría de turistas.

En Ayacucho se libró una de las batallas decisivas para la independencia del país. Varios siglos después se convertiría en la cuna del movimiento terrorista Sendero Luminoso. Es una ciudad que ha escrito su historia a partir de la sangre, el dolor y la muerte. Como en tantas ciudades latinoamericanas si uno se detiene a escuchar con atención, es posible oír el eco de las voces adoloridas que han sido lastimadas durante tantos años de lucha contra la injusticia.

La propuesta de Cucha, como directora del festival, era realizar un encuentro de narradores orales para compartir e intercambiar experiencias. Sin embargo, su apuesta era mucho más profunda que eso. Quería que nos encontráramos con el corazón de Ayacucho; que abriéramos nuestros ojos, oídos y alma para descubrir las historias que viven escondidas dentro de las calles de este pueblo. Nos invitaba a vivir Ayacucho desde la sensibilidad de ser narradores de historias…

Mi primera sensación al llegar a Ayacucho fue dolor de cabeza, estómago revuelto y mareo. Los síntomas del soroche, mal de altura, se habían apoderado de mi cuerpo. Para el final del día, mi alma también terminaría con síntomas de soroche.



La primera visita que hicimos fue a una pequeña casa que desde el 2005 sirve para alojar el Museo de la Memoria, un sitio dedicado a las víctimas, desaparecidos y muertos del conflicto entre Sendero Luminoso y el gobierno. Sara y Raul, dos narradores de Ayacucho, habían trabajado en la museografía. Conocían de primera mano el dolor, las historias inconclusas y las tragedias que estaban plasmadas ahí. Ellos mismos habían realizado las entrevistas. Con sus manos habían colocado los objetos que cada familiar había decidido donar al museo. De las quinientas historias recopiladas habían tenido que elegir las que servirían como testimonio de lo que vivió este pueblo que se encontró atrapado entre dos fuegos: los terroristas que los mataban por “soplones” y el gobierno que los desaparecía por sospechosos.



La historia de Latinoamérica parecía repetirse una y otra vez frente a mí. Como si fuera un rosario de injusticias. Cada campesino, cada indígena, cada rostro, era un reflejo de algo que había visto en otra ciudad. Sentí el estómago revuelto, dolor de cabeza, mareo. Me sentía agotada. Repleta de dolores ajenos que no podía ignorar. Con una sensación de impotencia y rabia que se me atoraba en la garganta.

La segunda visita del día fue a la panadería donde había trabajado Raul de adolescente. Un sitio que se había convertido en un refugio para jóvenes que como él habían tenido que huir de sus casas debido a la violencia de la época. La mujer que nos recibió no dejaba de abrazar a Raul, apretarle los cachetes y reír.



Esa tarde toda la panadería estaba ocupada cocinando wawas, el pan que se hace para el Día de Muertos. Quizás por la ansiedad, quizás por el mareo, quizás por todo lo que estábamos viviendo, me comí casi media docena de wawas. Cada vez que alguien me veía sin un pedazo de pan en la mano, me acercaba una wawa, cada vez más grande que la anterior, para que comiera.




Fue curioso pasar un Día de Muertos en un sitio tan lejano a México y descubrir que las tradiciones pueden ser tan parecidas. Además de cocinar y regalar wawas (que significa bebé en quechua) también se pone la mesa para el difunto. Se cocina su comida favorita y la mesa se adorna con flores y wawas. En el piso se esparce azúcar para que al día siguiente se puedan ver las huellas que dejaron los espíritus al venir a comer. Las wawas, me explican, son como antenas que comunican el mundo espiritual del mundo terrenal.



Para los celtas, la noche del 31 de octubre, se cae la barrera que divide el mundo de los muertos del mundo de los vivos. Se cree que los espíritus de los muertos salen al mundo de los vivos a visitarlos. En la cosmogonía andina se hace énfasis en que sólo los que han muerto hace tiempo pueden volver al mundo a cenar; los muertos recientes aún siguen en el camino de ida.

Esa noche del 31 de octubre en Ayacucho, Elizabeth no dejó que nos fuéramos a dormir antes de la media noche. Nos contó que cuando era niña, nadie se acostaba temprano durante la noche del 31, pues se creía que los espíritus de los muertos podían entrar a uno de los cuerpos que dormían. La familia se mantenía despierta contando cuentos e historias…







El último día de Ayacucho la pasamos, apropiadamente, en el cementerio. Sara nos pidió que la acompañáramos a visitar a su padre que había fallecido hace un año, el dos de noviembre. El cementerio estaba repleto. Todos tenían alguien a quien visitar, algo que vender, música que ofrecer, flores para colocar…

Nuestro heterogéneo grupo se instaló en una de las alas del cementerio frente al padre de Sara. Llenamos el aire de música, tamborileos y flautas. Canciones en español y en quechua fueron llenando el espacio. El nicho del papá de Sara quedó repleto de flores y pájaros de papel. De pronto, como por arte de magia, se dejaron escucharon unos trompetazos mexicanos. Un grupo de mariachis rondaba por el cementerio dedicando canciones. Ritmos que llegaban hasta el corazón de los familiares.


Durante esa mañana todos soltamos lágrimas. Pues, ¿quién no tiene alguien a quien recordar en el mundo de los muertos? Por primera vez en mi vida pude palpar la potencia y el significado de dedicar todo un día a recordar a nuestros muertos. En estas tierras lejanas me sentí unida al pueblo mexicano, al pueblo peruano, al pueblo de la humanidad.

Me sentí agradecida. Por la vida. Por la oportunidad de viajar. Por la gente que habíamos conocido. Por los cambios que poco a poco empiezo a registrar dentro de mi…

Por que, a través de los cuentos, habíamos entrado a formar parte de la hermandad de narradores orales. Por que el viaje nos había regalado la oportunidad de compartir momentos como éste con amigos recién formados.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Nuestro Recorrido en Colombia

Nuestro recorrido en Colombia



Recomendaciones de Viajes del Corazón en Colombia:

- Visita al Jardín Fibas en Villa de Leyva (www.fibas.org)
- Fin de Semana en Villa de Leyva.
- Espectáculo en turno de la Corporación Vivapalabra en Medellín (www.vivapalabra.com)
- Hostal Tamarindo en Medellín.
- Cena en algún restaurante del parque de la calle 93 en Bogotá
- Paseo por el parque Usaquén en Bogotá en domingo.
- Festival de Teatro de Manizales.

Estampas colombianas con aires de despedida







viernes, 14 de noviembre de 2008

Con Uribe

Para 2002, cuando tomó el cargo Uribe, la intentona de Pastrana de entablar diálogos de paz con las FARC y otras entidades guerrilleras había fracasado rotundamente. En el proceso, Pastrana había entregado zonas enteras del país a la guerrilla como moneda de cambio para el diálogo de paz. Fue defraudado. La guerrilla mantuvo su posición beligerante, mientras el gobierno perdió posicionamiento militar, credibilidad frente a la población y capacidad de acción.

Los colombianos estaban mamaos de la guerra. Hartos de una guerrilla que hacía tiempo había perdido su legitimidad al haber traicionado las consignas iniciales, y haber trastocado su vocación popular. Hartos también de la ineficacia del gobierno para reestablecer el orden.

Secuestrados en sus ciudades, para los colombianos era imposible circular libremente por su territorio. Las personas con fincas y terrenos afuera de la ciudad habían dado por perdidas sus propiedades, pues era bien sabido que quien se aventuraba al camino tenía altas posibilidades de terminar robado, secuestrado o muerto.

De acuerdo con sus promesas de campaña, desde el primer momento en que asumió el cargo, Uribe se avocó a recuperar vías de comunicación, pues es acaso la libertad de tránsito el primer bastión de la soberanía de un pueblo. Apuntaló al ejército y poco a poco fue recuperando caminos y carreteras.

Los que lo vivieron cuentan que a los seis meses de gobierno, el tránsito había sufrido una transformación prodigiosa. La gente volvió a circular por el país. La gente regresó a sus fincas. Cuentan que la libertad de tránsito empezó con una serie de caravanas programadas para recorrer determinados tramos de carretera. En esas primeras caravanas había un ánimo festivo; fueron lentas procesiones de carnaval…

Conforme la conquista de la libertad de tránsito se consolidó, fue posible verificar diversos impactos positivos. En primera instancia, el impacto fue de carácter psicológico, pues por primera vez existía una sensación de no estar encerrados, secuestrados; una especie de liberación, de catarsis. Esta sensación de victoria fue un oasis en medio de la historia de fracaso y frustración. La credibilidad del gobierno rápidamente creció, y con ella, la legitimidad – la creciente anuencia del pueblo para que el gobierno continuara en la ruta de la reconquista.

Al efecto psicológico y político, siguió el impacto económico: A nivel de los particulares, en la medida en que la gente regresa a sus fincas, empieza a demandar productos y servicios. El turismo local e internacional se reactiva lentamente, incrementando la escala de la demanda.

Con un tránsito más seguro y ágil, las empresas pueden operar con menores costos –menos pagos informales, menos riesgos al transporte y distribución—que en conjunto con las proyecciones de incremento del consumo, les plantean mayores incentivos para tomar riesgo, invertir y ampliar su nivel de cobertura.

A nivel de las comunidades, la reactivación de la demanda significa oportunidades de trabajo. En la medida en que hay estabilidad y competitividad laboral, la comunidad encuentra un incentivo para abandonar las actividades asociadas a la guerra o a la guerrilla. Empieza a crearse espacio para la recreación y la cultura.

Y montado sobre ese círculo virtuoso, Uribe se lanza sobre su siguiente gran proyecto: la desmovilización de los paramilitares. Y consigue, a través de un proyecto de amnistía, en poco tiempo, un acuerdo que implica suspensión de actividades militares, desarme y reincorporación a la vida comunitaria. Algo que sin duda le atrae admiración de todo mundo, pues todos saben que una de las cosas más difíciles de conseguir es que una persona abandone el estilo de vida que proveen las armas –poder y solvencia económica de corto plazo de por medio.

Uribe utiliza este logro como acicate en la lucha en contra de la guerrilla, y ofrece un proyecto de amnistía semejante al grupo rebelde, en una jugada maestra, pues gana cualquiera que sea el desenlace: si las FARC y el ELN se acogen a los términos de la amnistía, consigue su cometido de poner fin a la guerra y recuperar los territorios ocupados por las fuerzas rebeldes; y si se niegan, pierden posicionamiento frente a la opinión pública, dando entonces legitimidad a la estrategia militar de línea dura: asedio y persecución hasta la victoria.

La guerrilla no se acoge al planteamiento. Uribe va hacia delante. Y una a una, va consiguiendo victorias militares. Montado en la legitimidad del estado para ejercer el monopolio de la violencia, continúa recuperando posicionamiento, debilitando a los rebeldes. Los números de los atentados y los secuestros reducen su frecuencia.

Los indicadores macroeconómicos se estabilizan. La economía crece. Los canales de consumo se activan. Hay la percepción de que nuevas compañías, marcas y productos participan en el mercado…

El avance es palpable. La gente en las ciudades siente que algo está pasando. La gente se siente con más seguridad para salir a las calles. Más confiada para conectarse, para vivir. Y aunque no hay trabajo para todos, la gente comprende que el cambio requiere tiempo.

Y con esta inercia Uribe consigue la reelección al término de su primer periodo. Con dos prioridades visibles: la victoria en la guerra contra las FARC y el ELN y lo que esto significa – la reconstrucción del estado de derecho, la seguridad democrática, como él la llama; y el impulso a la economía colombiana, en la que el TLC es la piedra angular que catapultará la atracción de inversión extranjera y activará el mercado.

Tratado que siempre, a pesar de sus inevitables claroscuros, visto con una perspectiva pragmática, dicen sus aliados, es un instrumento que permite vincularse al inevitable proceso de globalización, participar en el mercado más grande del mundo, y enfrentar de una vez por todas las realidades competitivas que la mundialización plantea. Y por si fuera poco, existen evidencias que demuestran el crecimiento económico que los que anteriormente han suscrito ese tipo de acuerdos (México entre ellos), han sufrido a partir de la firma…

Naturalmente, dicen aquellos entre quienes es popular, cualquier líder como Uribe recibe cuestionamientos. Nadie en la política es una blanca paloma, y sin duda, para hacer política, inevitablemente hay que transar en una fina línea que separa lo correcto de lo incorrecto…

Lo que nadie puede cuestionar, afirman sus aliados, es que Uribe da la cara. Él mismo aparece en los medios para explicar los cuestionamientos. Es alguien que no teme asumir responsabilidades, explicar sus acciones y sus motivaciones. Es alguien a quien no le falta congruencia, vocación de trabajo y liderazgo. Alguien que sabe lo que Colombia requiere, y que es capaz de ejecutar y conseguir.

Y justo por eso es que su estrategia con Estados Unidos es inteligente, afirman los que lo ven con buenos ojos. Pues por un lado Uribe ha conseguido reconstruir en parte la imagen prestigiosa de Colombia frente a quienes apenas hace unos años lo vetaban en sus ignominiosas listas; ha conseguido que se corresponsabilicen en la lucha contra el narcotráfico, actividad apuntalada por consumo desmesurado del mercado norteamericano; ha conseguido apoyo militar de punta para enfrentar a narcos que tienen recursos casi ilimitados y armas más nuevas y potentes que las que tenía el ejército.

Y por si eso no bastara, quienes le apoyan, consideran que en la polaridad de la política continental entre la que inevitablemente todos los países gravitan, es preferible inclinarse hacia el Estados Unidos del saliente Bush que hacia la peligrosa República Bolivariana del perenne Chávez. Más aún, de esa elección forzosa Uribe ha sabido sacar partido para Colombia, sabiendo administrar sagazmente la distancia geográfica que le separa del gigante norteamericano, y consiguiendo distancia psicológica del proyecto rojo que crece ambicioso, apenas a un lado de su frontera.

Acaso la prueba de que Uribe las tiene todas consigo, y que la historia se está encargando de darle la razón, dicen los que le vitorean, es justamente el derrotero que han tomado las FARC en lo que va del año: han perdido a su líder histórico, Manuel Murulanda, y a otros de los miembros del Comité Directivo; ha quedado expuesto el soporte subterráneo que los gobiernos de Ecuador y Venezuela le brindaban, tanto en tolerancia geográfica como en financiamiento; han perdido la moneda de cambio más potente que tenían – la posesión de secuestrados de alto perfil entre los que Ingrid Betancourt constituyó el caso más sonado.

Y todo esto a base del arrojo, de la paciencia, de la sagacidad de Uribe, que en su labor política –ese arte de hacer lo que se puede con lo que se tiene— ha conseguido que lo posible y lo deseable, se acerquen considerablemente...

sábado, 8 de noviembre de 2008

Contra Uribe

En toda Latinoamérica, acaso el colombiano Álvaro Uribe sea el que cuenta con un mayor respaldo popular. Las encuestas señalan que su gestión es aceptada por 80% de la población, algo que a siete años de que inició su periodo resulta extraordinario.


Entre el 20% de la población que no apoya su mandato, sin embargo, hay voces que con intensidad incremental le plantean objeciones.



Pinta en el Centro de Medellín

A Uribe se le reprocha que la mayor parte de sus consecuciones al frente del gobierno hayan sido logradas a punta de fusil. Y de este dato esencial, se cuelgan la mayor parte de las suspicacias que pesan sobre él.




Raúl España y un pequeño cuento en donde refleja el rechazo a la postura belicista de Uribe...

Se le acusa, pues, que su gobierno sea esencialmente un gobierno de guerra. Guerra, pues Uribe no sabe hacer otra cosa. Guerra, pues un afán personal lo ciega. Guerra, pues lo mueve el deseo de vengar la muerte de su padre, que varios años ha, murió en un atentado de la guerrilla.


Guerra en contra del narcotráfico, guerra en contra de la guerrilla, sí. Pero guerra, finalmente, en contra del pueblo, pues, como se sabe, todo ejército tarde o temprano deja de distinguir enemigos de amigos, y termina por atacar también a la población civil.



Pinta en la cafetería de la Universidad de Pereyra


Colombia – escuchamos entre los que discrepan con su gestión— es uno de los países que encabezan la lista con mayor número de desplazados por la guerra. Estos números, nos dicen, están bien documentados y presentes en los informes de las agencias especializadas, de la ONU, de diversas ONG´s.


Sin embargo, según nos cuentan, no se habla abiertamente de esas estadísticas oficiales. No sólo el gobierno se empeña en ignorarlas y pasar por alto sus implicaciones, sino que existe una estrategia de activo ocultamiento mediático, en el que se pone un velo sobre los datos que puedan comprometerlo, al tiempo que distrae a la gente hacia el escándalo en turno.


Se afirma además que quien encabeza esta estrategia mediática es Uribe. Encantador de serpientes, estratega de los medios, hábil comunicólogo, aparece constantemente en los medios, pues él personalmente, es quien provee la interpretación pertinente sobre lo que ocurre en el país…


Y –afirman sus detractores— cuando pareciera que las cosas se han volteado definitivamente en su contra, siempre aparece, como por arte de magia, alguna noticia estridente que consigue sepultar las escandalosas evidencias de que su gobierno ha sido inepto o corrupto en el abismo mediático que habita el desmemoriado auditorio colombiano.


Justo se dice que este ha sido el manejo frente al escándalo que ha vinculado al gobierno de Uribe –miembros de su gabinete, aliados de su partido, miembros de su familia inclusive— con los grupos paramilitares, al punto en que varios de ellos han sido acusados y consignados. Justo en el tiempo en que esta mancha estaba a punto de tocar a Uribe, surgió el más grande golpe mediático de los últimos tiempos: la liberación de Ingrid Betancourt y otros presos que estaban en manos de la guerrilla...


Guerra que, para sus opositores, tiene un precio demasiado alto, pues para hacerla ha sido preciso aliarse con Estados Unidos, quien a cambio del soporte que brinda en inteligencia, acceso a tecnología militar y financiamiento, pone un pie en decisiones que deberían ser soberanas.



Pinta en la explanada de La Universidad Nacional en Bogotá

Y si lo que es visto como subordinación, alienación y dependencia a Estados Unidos es un error de magnitudes exorbitantes para quienes aspiran a una cierta idea de dignidad nacionalista, hacerse amigo de George W. Bush, raya en lo pecaminoso.


Pero más allá de la excentricidad de ser amigo del hombre más odiado del mundo, para quienes sostienen estas críticas consideran que a Colombia le espera un destino semejante al de otros socios del gigante norteamericano. Detrás de la intervención militar hay siempre una intención comercial: conquistar los mercados e imponer la economía de consumo como forma de vida, con sus imparables mecanismos de generación de necesidades inexistentes, explotación de recursos naturales, y destrucción de productores artesanales, en una competencia desventajosa a la que sólo pocos de los productores locales podrían sobrevivir.


Los Tratados de Libre Comercio como el que Uribe se ha empeñado en suscribir con los Estados Unidos, sostienen sus detractores, no sólo tendrá impactos en lo económico, sino que también, al abrir las puertas a la glamorosa globalización, constituye de facto una licencia para matar las ideas, las costumbres, las creencias en las que radica la identidad nacional de Colombia.


Abrir los mercados, apuntalar la inercia privatizadora, significa desde la óptica de sus opositores, renunciar a la vocación tutelar del Estado, único ente capaz de regular efectivamente las relaciones entre particulares, y contener su imparable deseo de acumulación, su inagotable rapacidad.

Esa lógica privatizadora es la que explica, según sus detractores, el que los organismos de Educación y Salud Pública vayan en franca picada: pues, por un lado se les asignan pobres partidas presupuestales, insuficientes para apuntalar dignamente su desempeño (la mayor parte del dinero está concentrado en el ejército y la guerra); y por otro, se apuesta por su lento deterioro para justificar, posteriormente, la venta al mejor postor del sector privado.


Así, varios de nuestros interlocutores a lo largo de viaje, afirmaron que pronto, en menos de cinco años, una buena parte de las Universidades Públicas pasarán a manos privadas; y que cada vez más, en ausencia de hospitales públicos, miles personas mueren en las salas de espera de los hospitales privados, que no los atienden, a menos que comprueben –tarjeta de crédito de por medio— que son capaces de pagar….


Canción Urgencia del Grupo A Dos Manos, donde retratan una perspectiva sobre la realidad de la salud pública en Colombia...

Finalmente las suspicacias de este grupo minoritario adverso al presidente terminan con la sospecha, cada vez más fundada considerando la intensidad que el tema ha adquirido en la agenda mediática en los últimos meses, del deseo de Alvaro Uribe de perpetuarse en el poder a través de una segunda reelección. Pues no contento con haber conseguido la modificación constitucional para acceder a su primera reelección, Uribe permite ahora que la nación entera especule sobre su reelección en el periodo del 2010 y el 2014.


Lo que según sus opositores resulta perverso, pues con 80% de la aceptación popular que ha conseguido gracias al culto sistemático a su imagen de salvador de la patria, y cuando no existe en el panorama político nadie capaz de rivalizar con este superman de la política.


Quien alienta estas especulaciones tiene en verdad alma de demagogo y dictador...

viernes, 7 de noviembre de 2008

Mil mundos en nueve días

La dinámica viajera en Colombia tiene una intensidad peculiar. En sólo nueve días entramos y salimos, como si se tratara de toboganes cósmicos, de todo tipo de mundos. Conocemos personas distintas, cada una con sus sabores, sus colores, sus texturas, sus historias...

La loca travesía inicia el sábado cuando Sandra, una antigua amiga que Jennifer conoció en la época de Bucaramanga, junto con su esposo Carlos E. , nos llevan a pasear por Villa de Leyva. Ambos son psicólogos. Charlamos sobre los procesos de cambio: ¿es posible que una persona se transforme, rediseñe su vida, cambie sus patrones? Ellos, que han trabajado con poblaciones que han sido afectadas por la guerra -- madres que han perdido a sus hijos, hijos que han perdido a sus padres, hombres que han perdido su casa y su historia, desplazados -- nos cuentan el intrincado proceso que cada uno de ellos tiene que vivir para poder perdonar a la vida por lo que les ha puesto enfrente y continuar hacia adelante.


El fin de semana está lleno de evocaciones del periodo en que Jennifer vivió aquí hace seis años. De personajes como aquel psicólogo pintoresco --Frank-- y su trabajo en el que conduce procesos intensos de cambio con técnicas alternativas: representaciones teatrales sobre la conquista para generar insight sobre el rol del sometedor y el sometido; performances en piscinas para reconstruir el momento del nacimiento...

Regresamos corriendo a Bogotá para contar cuentos en Usaquén en plena plaza, con un amigo que recién hemos conocido: Fernando Lara. La plaza está llena de familias que, saliendo de misa, se sientan en las escaleras frente a la iglesia a escuchar.

Mientras Jennifer cuenta una pequeña historia que Galeano ha consignado en el Libro de Los Abrazos, "El Tesoro", la campana de la iglesia empieza a tañir con fuerza, justo cuando ella describe cómo late el corazón del viejo que protagoniza el relato, mientras recibe una de las cartas de amor que un grupo de ladrones le ha robado, y que en retaliación ha decidido regresarle, de a una por semana...



El lunes, en Bogotá nos encontramos con Miguel y Agnes, los mexicanos de Laboratorio en Movimiento que están haciendo un viaje semejante al nuestro en una camioneta movida por aceite de cocina.

Entre cervecitas y pizzas que ellos invitan con los vales restocheck que una amiga les donó, experimentamos una sensación de estar mirándonos al espejo: Ambos se conocen desde hace muchos años, pero (igual que nosotros) son pareja apenas desde hace tres. Quieren (igual que nosotros) llegar hasta la Patagonia. A lo largo de su recorrido van recogiendo material para un minidocumental (igual que nosotros) sobre conciencia ecológica, proyectos de energía renovable y sustentabilidad. Van (igual que nosotros) haciendo presentaciones --conferencias sobre proyectos sustentables-- y escribiendo un blog --www.laboratorioenmovimiento.com.


Agnes cuenta cómo (igual que Jennifer) desde pequeña quería hacer este viaje. Agnes tiene (igual que Jennifer) dos nacionalidades, la francesa y la mexicana. Miguel (como yo) es un poco más racional, Agnes (como Jennifer) confía más en la intuición. Miguel (como yo) dejó atrás el trabajo para lanzarse a la aventura, algunos de sus clientes lo impulsaron, otros resintieron su decisión. En el viaje (igual que nosotros) empezaron haciendo ambos de todo, pero poco a poco se han ido decantando roles específicos -- Miguel es el responsable de la logística y el proceso del biodiesel, Agnes, la responsable de la fotografía y la escritura. Van (igual que nosotros) vibrando con Latinoamérica, alegrándose y enfermándose al ritmo de la historia de cada país. Ellos (igual que nosotros) aún no saben qué será exáctamente de su vida al regresar, pero sueñan con que este viaje sea la semilla de un testimonio que convoque a otros a transformar su forma de vida -- usar los recursos, la energía, de forma responsable, distinta.

El martes por la tarde hacemos una sesión de fotografías sobre la Torre Colpatria para el festival "Quiero Cuento". Vemos Bogotá desde las alturas. Estar en el edificio más alto de la ciudad de Bogotá nos llena de vértigo. Uno siente que vuela; uno contacta sus miedos, su fragilidad, su pequeñez.


En la sesión de fotos conocemos al reportero gráfico Herminso Ruiz Ruiz. Herminso nos hace reir, nos hace bailar, nos hace saltar. Toda la sesión es un juego. Viéndolo aprendo que la fotografía de retrato, como casi todo lo que tiene que ver con el trabajo con las personas, tiene sólo un 20% de componente técnico. El 80% restante es enteramente un trabajo de contacto, de desarrollo de un vínculo, de generación de una cierta atmósfera emocional.

El martes por la noche contamos cuentos para Cristina Uribe y su familia. En nuestra estancia en Bogotá Cristina ha sido nuestra anfitriona. Ha sido nuestra mamá sustituta. Nos preparó un cuartito en su departamento con un colchoncito y sábanas de lino blanco. Cada noche nos juntamos a cenar (a comer, como dicen los colombianos). Nos deja cocinar y se deja consentir. Platicamos mucho. Platicamos de Gaby, su hija y la amiga histórica de Jennifer. Escuchamos sobre sus ganas de ser abuela pronto. Escuchamos de su preocupación cada vez que Gabriela o Andrés, su esposo, viajan a la selva para los proyectos de investigación que hacen sobre las comunidades de monos en Colombia. Nos cuenta sobre su sueño de poner un hotelito boutique en Bogotá. Sus ganas de adornarlo de pies a cabeza con ese gusto impecable que tiene. Sobre cómo se imagina cada noche platicando sabroso con cada uno de sus huéspedes a la hora de la cena, igual que platica con nosotros.



En la minifunción del martes Cristina ha invitado a varios miembros de su familia. La velada es super formal. Nos abre un mesero en smoking. Nos ofrece una copa y vino. Todo mundo llega de traje y corbata. Nosotros venimos con nuestra misma ropa ya desgastada y un poco apestosa. Con nuestras botas y mochilas de viajero. La atmósfera está plagada de un aire culto y refinado. Cada uno de los miembros de la familia es un personaje. El tío abuelo fue el director de la Cruz Roja en Colombia. La hermana es terapueuta transpersonal. El primo es un pintor que recién ha viajado por el Perú y Bolivia. Álvaro, su hijo, participa en la edición de la revista Semana. Su mamá es pintora ella misma y ha ilustrado cuentos para niños. Después de cada cuento, espontáneamente se abre un espacio de comentarios sobre los autores de nuestros cuentos. Alguien incluso se avienta a relatar algún cuento. Nos cuentan anécdotas poco conocidas de Gacría Márquez...

El miércoles llegamos a Manizales, al festival de Teatro. El espíritu es festivo. Las calles están llenas de arlequines, de zanqueros, de cirqueros. El aire recuerda un poco al festival Cervantino en Guanajuato (antes de que por la noche corra el alcohol). Nos volvemos a encontrar con nuestros amigos Jota y Cociaca. Ambos son un par de montañeros antioqueños. Ocurrentes, palabreros, sencillos, sin demasiadas complicaciones. La plática ronda alrededor del estadio de desarrollo de la cuentería en Colombia. Colombia es sin duda el Hollywood de los cuentos. Para ingresar en los festivales los locales compiten. Gran parte de las funciones se pagan. Ser cuentero profesional es una cuestión posible. Se cuentan cuentos en las universidades, en los teatros, en los cafés, en los bares. No es raro encontrarse audiencias de varios cientos de personas.



Nosotros hacemos tres funciones. Una función callejera en la que vamos contando cuentos mientras itineramos. Ese jueves por la tarde se da la nota alta. Contamos cuentos frente a cerca de mil personas en la Plaza Simón Bolivar. El sonido hace eco, creando la ilusión que los cuentos se cuentan con copia. El viernes cerramos con otra función en la universidad de Caldas, cerca del estadio donde el Once Caldas le arrebató al Boca Juniors la Copa Libertadores hace pocos años.

Los tres días que estamos en Manizales Christian y María del Mar, un par de cirqueros y actores, nos pasean y nos muestran la ciudad. Mientras estamos ahí nos cuentan sus historias de cómo llegaron a las tablas. Sueñan junto con nosotros sus sueños de causar admiración, de emocionar, de conmover a punta de tragedia y comedia, de salto, poema, risa, lágrima, pirueta y pulso.

El sábado llegamos a Salento, a hospedarnos en un hostal de nombre Plantation House que es regenteado por una pareja simpática. Un inglés de sesenta años que tomó anticipadamente su fondo de pensión para comprar un terreno en este páramo cafetero de la sierra colombiana, y que junto con Cristina administra este paraíso de mochileros. Su dinámica de pareja es curiosa: él habla a duras penas español; el inglés de ella deja mucho que desear. Hay algo curioso en la atmósfera del hostal, pues el 90% de los huéspedes hablan inglés. Vienen la mayoría de sitios remotos -- Nueva Zelanda, Escocia, Australia, Alemania. Varios de ellos son mochileros consumados.

Por la noche, mientras me cocino una pasta para cenar, soy testigo de una rara reunión: cuatro de ellos comparten sus "historias de guerra". Dieciseis meses lleva en el viaje el que menos ha viajado y treinta años cuenta ya el que más. Hablan sobre las enfermedades que han padecido en sitios extraños como el Congo, Bali, Tailandia, Ghana. Describen las fiebres y los temblores. La desesperación de sentir que morían rodeados de indios o campesinos con los que era imposible comunicarse, en sus idiomas locales. El vértigo de intuir en aquellos momentos en que la vida se les escapaba dramáticamente, que los doctores y enfermeras que los atendieron no tenían idea alguna de cómo tratar sus raros padecimientos. La charla está llena de referencias a raras manchas multicolores, a persistentes comezones, a cegueras momentáneas, a parálisis súbitas, a delirios demoniacos. Personalmente la imágen que más me alteró fue aquella que contó el más longevo de los viajeros sobre cómo llegó a tener 27 lombrices caminándole simultáneamente entre los músculos y la piel, y cómo incluso una de esas larva migrans le caminaba por el escroto...


El domingo, en Salento, conocimos a una pareja de españoles, Irene y Gonzalo. Nos hacemos amigos. Son interesantes, curiosos, risueños.

Entre charla y charla nos comparten una imágen inverosímil de su paso por la costa colombiana, en un pueblo indígena gestionado autónomamente: Han presenciado cómo es que la justicia se administra en los cabildos, con esquemas de translación de poder anuales, lo que conduce a una extraña cultura de la retaliación.
Desde una conciencia occidental, presencian con ojos desorbitados un juicio. Se juzga a un muchacho que ha robado unas gallinas. Lo de menos es que lo haya hecho porque tiene hambre. Se discute en una asamblea popular cuál ha de ser su castigo, y cuál el monto de la multa que han de imponerle. Le han colgado boca abajo en la rama de un árbol. A punto de desfallecer, el muchacho trata de erguirse, pero el juez lo empuja hasta que cede. Mientras sufre la tortura y el escarnio público, el juez lo sermonea. Se pone a sí mismo como ejemplo de rectitud y buena conciencia. Lo hace como catequizando a los niños del pueblo que escuchan entre curiosos y horrorizados. La mujer agraviada por el robo, aquella que acusó al muchacho, es la única que se atreve a acercarse. Está conmovida. Trata de auxiliarlo, de ayudarlo a incorporarse para que respire. "¡Ya suéltenlo!, ¡Tengan compasión!", grita desesperada. El gobernador no le hace caso. Morado, inconsciente, el muchacho ha de tragarse este sermón, hasta la última palabra...