domingo, 4 de mayo de 2008

El espacio creativo virtual

Cada quien tiene una forma de apropiarse del espacio de trabajo. La nuestra se materializa en gran medida en las imágenes que nos acompañan en los corchos de nuestras respectivas oficinas.

A partir de hoy, cuando viviremos como nómadas, gitanos, itinerantes, he aquí nuestro espacio creativo de trabajo virtual...

Corcho de Jennifer
Corcho de Arturo

sábado, 3 de mayo de 2008

Referentes Pre - históricos III

Por alguna razón, algunos de mis amigos descreen que genuinamente la semilla de este viaje haya nacido en mi corazón. Por lo bajo existe la convicción --no del todo expresada-- de que o bien Jennifer (que tiene una reputación de viajera consumada) me infundió esta idea, o bien de que yo, en el fondo, he accedido a esta loca aventura por amor, pues literalmente la seguiría hasta el fin del mundo.

Estas leyendas no me molestan en absoluto porque algo de verdad contienen: aciertan al atribuir a mi deseo por construir un proyecto amoroso y de pareja una dimensión astronómica...

Sin embargo, las versiones son imprecisas por la simple razón de que a mí fue a quien se me ocurrió la idea del viaje una noche de cuentos, quesos, besos y vinos en San Cristobal de las Casas. Debo reconocer que siempre cabe la posibilidad de que -- como ocurre con las mujeres demasiado inteligentes como Jennifer -- por algún artificio, ella haya conseguido hacerme creer que yo fuí el de la idea, cuando en realidad fue ella quien concibió este proyecto antes de que yo siquiera lo olfateara. Eso, como todo lo que tiene que ver con los misteriosos recursos que tienen las mujeres para seducir a sus hombres, es imposible de desentrañar.

Ahora bien, como sabemos bien los psicólogos, un recurso siempre disponible cuando lo actual es insuficiente para entender algo, consiste en recurrir al pasado: al orígen, a la identidad. En mi caso, hay una leyenda fundante que resulta plenamente significativa, pues en la medida en que me he peleado y reconciliado con ella, y he terminado por hacerla parte de mi propia leyenda personal, encuentro que esta historia habla de mí mismo, de mi naturaleza mística, romántica, aventurada, desafiante, curiosa por el fenómeno humano (sus aspectos sublimes y sus aspectos abyectos).

Es una historia de mis padres que, desde siempre, es una historia mía:

Humana fauna I. La función de la sal
Arturo Ignacio Peón Barriga

Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más para que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. (Mt 5,16)

Arturo y Rebeca, un par de locos de atar, escucharon en esta invitación un mensaje, desde que por primera vez se encontraron. Buena parte del noviazgo, cuando decidieron que estarían juntos para siempre, se dedicaron a fabricar un sueño y un engaño: dijeron a todo mundo, especialmente a la madre Rebeca –que tenía una particular inclinación por el glamour—que viajarían en su luna de miel a destinos lujosos y paradisiacos. Empezaron a fraguar, sin embargo, en el más completo secreto, un plan alterno: iniciaron correspondencia con el padre Margarito, un cura que había agotado su vida, hundido en la soledad de la Sierra del Nayar, evangelizando una comunidad de indios Guajicoris. Queriendo ser sal de la tierra, Arturo, ingeniero, les ayudaría a construir fosas sépticas y algún otro artificio nacido del ingenio tecnológico. Rebeca, lingüista que había participado en la reforma de la educación indígena en los setentas, dedicaría sus días a alfabetizarlos.

Cuando por fin llegaron allá, después de cruzar mil cumbres, Margarito les entregó su cámara nupcial improvisada: pasaron sus primeras noches descubriendo los secretos del amor en una cama vieja disimulada por una sábana que dividía el cuarto de la sacristía.

No está claro cuál fue el resultado de sus intervenciones profesionales. Naturalmente no lograron hacer mucho: tres semanas de dos enamorados pesan poco contra siglos de marginación y olvido: la sal adereza sólo cuando la comida de base es buena. Fueron, seguramente, a pesar de todo, sal para un viejo cansado, envuelto en la monotonía del mismo plato de su ardua comida. Le habrán permitido acaso, al hacerlo parte de su propio sueño, renovar el significado de su tarea.

Fueron también --cuando la vida se tomó la libertad de que su sueño fuera de otra manera-- depositarios de una dato contundente sobre la sal, la lingüística y la tecnología:

El tesoro más valioso que tienen los indios Guajicoris es la sal. Gracias a ella sobreviven. La sal les permite conservar sus alimentos en un lugar donde la diosa tecnología de la refrigeración no ha atinado a voltear sus ojos. Sin embargo, los indios Guajicoris, analfabetas, monolingues, cambian toda su sal por una edición del Alarma: una revista de prensa amarillista que muestra a todo color los cuerpos violados, mutilados, destripados, de la última víctima del último homicidio del último de los hombres sin sal y sin sueño.

jueves, 1 de mayo de 2008

Crónica de la preparación I -- El amor en los tiempos de la fiebre amarilla

Para viajar a Sur América tiene uno por fuerza que detenerse en algún centro de salud en donde le administren a uno todos los remedios preventivos para evitar que alguna calamitosa enfermedad acabe malogrando la expedición.

Nuestras exploraciones para cubrir el expediente médico, nos llevan al Instituto Nacional de Nutrición. De inmediato me siento abrumado al llegar a las inmediaciones de un hospital público de estas dimensiones:
  • Rápido cobro conciencia de la cantidad de gente que requiere servicios de salud y que entrará en un laberinto interminable de trámites y barreras discriminatorias antes de llegar a la ansiada atención médica -- el policía de la entrada agobia a la mayoría de las personas con una metralla de preguntas y requisitos, mientras a mí y a Jennifer nos deja pasar como si fuéramos los dueños del hospital.
  • Más tarde, junto a mí, mientras hago la fila para pagar el servicio, infinidad de personas caminan en silencio, como si fuera una procesión --tristes y ojerosos hombres y mujeres para los que la enfermedad, propia o de alguien cerccano, es la coordenada en la que transcurre su vida.
  • Mientras recorro la fila para pagar la consulta, desfilan cientos de muchachos en batas blancas. Asumo que todos ellos compiten por una plaza para ser médicos. Pienso que inevitablemente varios terminarán de comerciantes o taxistas.

Este ánimo de pesadez se disipa cuando finalmente llegamos al departamento de medicina del viajero. Nos recibe un joven galeno en bata blanca. Algo en su complexión delgada y bajita, y en sus formas nerviosas mueve a risa. Yo, por alguna razón, no puedo dejar de pensar en Paspartú, el compañero de Phileas Fogg, en "La Vuelta al Mundo en 80 días" de Julio Verne. Nos dice que por lo menos tendremos que dedicar una hora y media a la consulta, pues nuestro viaje está demasiado complicado y él se sentiría responsable si a nosotros nos pasara cualquier cosa. Nos aplicará además el más riguroso estándar de salud pública -- el que usan en Suecia o Dinamarca para orientar a sus ciudadanos, y no los laxos criterios que prevalecen en las prácticas tercermundistas de nuestros países latinoamericanos.

Con cadencia de merolico guanajuatense que cuenta el cuento del callejón del beso, aborda desde ya el asunto que le parece más urgente: el riesgo de contraer paludismo o malaria, una enfermedad transmitida por picadura de mosquito, y que requiere las más estrictas precauciones y engorrosos tratamientos farmacológicos.

Frente a su tono contundente y tufillo pedante, yo siento una cierta indulgencia magisterial (de inmediato lo imagino como si se tratara de uno de los asociados jr. de mi equipo de consultoría que está haciendo sus primeros pininos frente a nuestros clientes, en donde siempre hay un reto inicial de ganar credibilidad y reconocimiento), a Jennifer le irritan sus formas. Ni tarda ni perezosa le deja caer un cuestionamiento: "Yo tengo una amiga bióloga que ha vivido dos años en una reserva de la amazonia ecuatorial, y nos ha prevenido de tomar las medicinas contra la malaria, pues son del todo inútiles y contraindicadas por los potenciales efectos secundarios. Tenemos información además información de algunos campamentos y reservas que explícitamente desincentivan el uso de medicación para estos efectos". El doctor se muestra contrariado, como si hubiera escuchado una herejía.

Con súbita palidez y un visible temblorcillo contesta: "Yo respeto todas las profesiones, pero yo soy médico y ella es bióloga. Los doctores de las reservas son además irresponsables, pues no quieren asustar al turismo." Refiere entonces sus credenciales profesionales: nos hace saber que ha realizado su especialidad de epidemiología en el Laboratoire de Parasitologie - Mycologie del Pavillon Laveran de Paris. Asume que esa mención basta para continuar su monólogo, sin exponer ningún argumento concreto para explicar su posición con respecto al tratamiento recomendado en relación con la malaria y responder la objeción de Jennifer.

Como es obvio que prevalece cierto grado de excepticismo en su audiencia, desliza frente a nosotros una circular del departamento de salud francés (que constituye una especie de arma secreta en contra de pacientes refractarios) en donde se clasifican en tres grupos los países con riesgo de paludismo. Inicia entonces una serie de preguntas retóricas: "¿Ustedes creen que Honduras no tiene riesgo de paludismo?... Pues vean ustedes... Grupo 1... ¿Ustedes creen que el Salvador?... Grupo 1...". Desde luego ha pasado por alto el hecho de que Jennifer es una contrincante admirable: le señala el renglón en el que Mexique aparece también en el grupo 1, y que sin embargo, ningún ciudadano en su sano juicio se sometería a los tratamientos preventivos que él sugiere... El hombre refunfuña, fuerza una sonrisa, murmura algo sobre Veracruz, Tabasco y Chiapas, y continúa con su exposición como si nada...

Vuelve a a rolar los ojos hacia arriba y dejarlos en blanco cuando Jennifer hace gala de su afición adolescente al juego de maratón y le señala que la Quinina -- elemento contenido en la medicina que nos sugiere -- produce ceguera. "Claro -- contesta -- sólo si se toma indiscriminadamente, de forma diaria, por más de seis meses, cosa que ustedes no harán..." .

Satisfecho el espíritu desafiante de Jennifer acordamos, en un gesto cómplice, que lo dejaremos hacer de ahí en adelante. Ya luego nosotros podremos consultar otras oponiones o tomar nuestra decisión. A decir verdad, el hombre acaba convenciéndonos de usar un cierto tratamiento en los países de riesgo 3, sobre todo para cuando visitemos la selva del Amazonas, en la reserva Palmarí. No deja de ser interesante enterarse que el medicamento que usaremos, la Mefluoquina, está en el mercado desde que el ejército estadounidense empezó a usarlo en los setentas en el Vietcong. No se debe usar este medicamento si uno tiene convulsiones neurológicas, tendencia a la depresión, o escazos recursos, pues cada dosis semanal cuesta alrededor de 15 dólares, y el tratamiento se prolonga por cerca de siete semanas (por cada visita a la zona de riesgo 3).

El resto de la consulta transcurre para mí con una mezcla de interés literario por las palabras exóticas que usa el médico pues todo lo que habla suena a novela de Gabriel García Márquez. Siento también una especie de asombro infantil por redescubrir el cuerpo a través de las posibles afecciones que nos amenazarán en el viaje. Literalmente tomo nota en mi cuaderno de viajero de cada una de estas pequeñas joyas:

  • Para el dengue nada sirve más que usar un repelente contra insectos con una concentración de DEET mayor a 30%.
  • El riesgo de fiebre amarilla queda sanjado con una vacuna que será formalmente registrada en una cartilla que parece pasaporte, y que habremos de mostrar en las oficinas aduanales al entrar a varios países.
  • Debemos evitar sumergirnos en cualquier depósito de agua dulce corriente (ríos, lagunas, cascadas) debajo de la línea del Ecuador, pues corremos el riesgo de contraer Esquistosomiasis, un parásito microscópico que devora lentamente la piel.
  • La Larva Migrans, una especie de lombriz que puede ser vista mientras se mueve debajo de la piel es otra de las razones por las cuales debemos evitar cualquier escena erótica al estilo "La Laguna Azul" mientras viajemos en SurAmérica.
  • En caso de diarrea grave (abundante, muy frecuente o acompañada de fiebre y/o sangre) uno debe tomar (entre otras cosas) dos tabletas de pepto bismol cada hora y por 8 dosis, que causarán que las evacuaciones se tiñan de ¡color negro!
  • La posibilidad de morir por ataque de jaguar o mordedura de anaconda en el amazonas son infinitesimales, pues en realidad no existen casos documentados. Lo de Jennifer López y Marc Anthony es otro mito creado por Hollywood...


A estas alturas, empiezo a sentir franca ternura por este individuo de naturaleza inverosímil. Nos propone enviar por correo electrónico una serie de documentos que ha logrado extraer subverticiamente de la embajada estadounidense para prevenir riesgos. "En estos documentos se enterarán -- dice con aire de autoridad -- que los riesgos más importantes a la salud en un viaje como el que realizarán son los accidentes en actividades de riesgo como el buceo, la escalada o el viaje en parapente. No se debe descartar la influencia del crimen en la región, que ve en el viajero, un bocado apetitoso y seguro". Termina su largo discurso con una sentencia: "Deben cuidarse, pues nadie querría que una experiencia de aprendizaje vital y expansiva como la que ustedes están a punto de emprender, terminara envuelta en una disgracia".

Ya para despedirnos, el aire familiar con el que nos tratamos despúes de casi dos horas de diálogo, me lleva a preguntarle al doctor por su vocación como especialista en "Medicina del Viajero", pues no parece ser una inclinación común. A pesar de que nada en su apariencia o su actitud lo indica, en mi pregunta estoy asumiendo que ha elegido esta temática por alguna afinidad vital, por algún interés en los viajes y en las aventuras (en mi mente no descarto que su abuelo haya sido alguno de los padres de la antropología mexicana que convivió con los Tzetzales en la selva lacandona, o algo por el estilo). "Nada más lejos que eso -- contesta. Despúes de Acapulco, París es lo más lejos que me he aventurado... Mi historia es simple. La Secretaría de Salud Pública necesitaba abrir este departamento. No había nadie que quisiera tomar el trabajo. A mi me eligió el jefe de epidemiología arbitrariamente de entre todos los médicos que formábamos parte de la unidad...".

Su contestación viene acompañada con una risilla que revela un cierto orgullo de burócrata defeño que está plenamente conforme con los riesgos normales de su vida normal: resbalarse con un jabón en la tina de baño, coger una tifoidea fulminante en los taquitos de suadero que venden fuera del Metro Universidad, morir atropellado por un microbusero en el cruce de Tlalpan y Periferico, o recibir un disparo por uno de los asaltantes que circulan a plena luz del día en la esquina de Viaducto y Vertiz.

Su respuesta plana y aburrida es lo de menos, pues al final -- ese es el encanto de la fantasía-- lo he convertido en un personaje de esta crónica en construcción, este diario de viajes por la América Ignota, como le llama mi amigo Gonzálo Soltero...

viernes, 25 de abril de 2008

En torno a la despedida II

Quedan poco menos de tres semanas antes de partir al viaje. Menos de dos días de trabajo... Despedidas de clientes, de compañeros, de amigos...

¿Qué decir?

Toda la semana reiteradamente han venido a mi mente dos sensaciones:

- La sensación que experimentaba de niño al regresar de vacaciones, cuando en familia nos despedíamos del nuevo sitio que habíamos conocido, y sentíamos la nostalgia de ignorar si algún día regresaríamos juntos a ese lugar. Hay mares, playas, ciudades, personas, canciones, charlas, que quedaron fijadas a ese registro melancólico en mi memoria, conforme tomábamos el camino de vuelta a casa en el coche familiar.

- Una sensación que experimenté de jóven durante el periodo en que participé en Colonias de Vacaciones IAP: Campamentos para niños de escasos recursos, de los barrios marginales de la Ciudad de México, en donde por siete días, en la finca de Santa Teresa Tenancingo, aportábamos algo a su desarrollo, jugando, cantando, haciendo trabajos manuales, viviendo la naturaleza. Esa época es también un referente melancólico, pues nuestro compromiso con los chicos estaba acotado en una semana de trabajo, y la despedida -- la asimilación de la despedida, como le decíamos -- implicaba toda una disciplina.

De aquella época, de una animadora que conocí despúes cuando ella encabezaba un área de Amnistía Internacional en México, traigo a colación esta historia:

La longitud de la esperanza
Arturo Ignacio Peón Barriga

Más triste aún que el momento de la despedida, le parecía a Lola, la noche anterior: la intuición del horizonte sepia, y de aire, apenas un hilo.

No fue distinto el verano del 73, cantando alrededor de la fogata con los niños, en la víspera de su partida:

¿Por qué perder las esperanzas de volverse a ver?
¿Por qué perder las esperanzas de volverse a ver?
No es más que un hasta luego,
No es más que un breve adiós,
Muy pronto junto al fuego,
Nos reunirá el señor.


Así se fueron de vuelta al Barrio de la Estrella después de una semana en el campo con los güeros. Lola pensó: “¿qué se puede hacer con la verdad de que todo el mundo esté un poco triste y solo?”

Quizá por eso Lola dejó de ir a los campamentos. Era, en efecto, muy corto el amor para tan largo olvido; demasiada realidad para una pizca, apenas, de fantasía.

Queriendo vencer esa ausencia, Dolores encontró su vocación: se volvió palabra para los sinvoz; ¡Ya basta! para los oprimidos; para los llenos de amargura, amnistía; para los sinalas, camino.

Una reunión de zapatistas llevó a Dolores, veintiséis años después, de vuelta al Barrio de la Estrella. Quiso el azar que llegara temprano y que tuviera tiempo para curiosear entre los puestos montados fuera del mercado. En eso estaba, cuando súbito una mujer cruza la calle y se dirige justo hacia donde ella se encuentra. “¡Lola, Lola!” grita la mujer. Dolores, levanta la vista. Nada familiar encuentra en el rostro iluminado de quien la llama. “¡Lola, Lola!” repite emocionada la mujer. Dolores espera desconcertada. “¿Te acuerdas de mí?”, pregunta la mujer tomándola del brazo. Dolores sonríe, hace un esfuerzo, pero no la reconoce. “¡Recuerda!”, dice, “Hace años. Yo era niña.”. Silencio. Canta: “¿Por qué perder las esperanzas de volverse a ver?”

miércoles, 16 de abril de 2008

Mirada hacia adentro I -- El reconocimiento

Escribe mi jefe, un correo a toda la oficina explicando los movimientos de talento que han ocurrido a últimas fechas en la firma. Después de una introducción en que habla de lo difícil que es despedirse, da una perspectiva sobre cómo al final es inevitable aceptar que vamos y venimos, y cada quien tiene su destino. Se refiere después en particular a cada caso:

"Arturo nos avisó desde el año pasado que a partir del Mayo de 2008 hasta Septiembre de 2009, interrumpirá su vida laboral para dedicarse a viajar por Centro y Sudamérica; escribir un libro; presentar en distintas ciudades su espectáculo de cuentos y realizar un proyecto fotográfico. Quiénes lo conocemos, sabemos de estas otras facetas de la vida en la que él está interesado.

La evidencia de la capacidad de Arturo queda clara en la velocidad como se desarrolló dentro de la firma hasta el punto de asumir el liderazgo de la práctica de Liderazgo y Talento. Nos deja huella su creatividad y capacidad para conceptualizar y crear nuevos enfoques. Hechos que trascendieron a clientes y en otras oficinas de la firma. Su empuje y profesionalismo fueron determinantes para conseguir, desarrollar y, en algunos casos, recuperar a clientes importantes como Pemex, Cemex, Banxico, Novartis, Henkel y Molinos Modernos entre otros, sin olvidar tampoco su contribución en los Magnos Eventos."

Confieso que el correo me afectó. Las dos veces que lo leí en voz alta se me quebró la voz y tuve que parar la lectura.

Tanto afecto concentrado genera curiosidad. Obviamente todos necesitamos reconocimiento. Pero hay algo más... ¿Qué es lo que se mueve con tanta fuerza?

Aventuro la mirada hacia adentro:

Acaso primero está lo objetivo, lo actual. Desde que le avisé a mi jefe que saldría, con un año de anticipación --aposté por dar tiempo para preparar a la organización y minimizar el impacto de la salida, dar tiempo para lidiar con el duelo y mantener abiertas las puertas al regreso-- nuestro diálogo no ha sido fácil. Ha transcurrido en buena medida entre enojo y silencio. Las actitudes y consecuencias que han acompañado ese tono emocional han puesto a prueba la consistencia de mi dicho y mis intenciones.

Al márgen de que íntimamente continúa enojado y que el comunicado tiene un carácter político -- sería poco inteligente no tratar bien públicamente a quien ha contribuido a la firma --, el que se exprese generosamente es una consecusión no menor. Sus palabras son como el signo de llegada a una meta -- un estándar ético y de responsabilidad autoimpuesto -- que no ha sido fácil alcanzar...

Pero sin duda el evento toca algo que tiene profundidad en mi historia. Me remite a los seis años de edad:

Por un arbitrio de mi mente infantil elegí el futbol de una terna en la que figuraban el karate y la natación. Entré a la Liga de Mascotas, a un equipo que se llamaba Los Osos. Al términar el primer partido, en el que difícilmente habré tocado la bola, pregunté a papá ¿dónde está mi medalla?... Todos teníamos mucho que aprender en ese primer año. Yo, a patear la pelota... Mamá, se hizo la vocal del equipo, encargada de las naranjas al medio tiempo y de cargar un banderín, labor que fue premiada al final de la temporada cuando Miguel Marín le entregó personalmente el trofeo del equipo. Papá... Papá se volvió legendario con sus matracas...

Llegamos a la final contra ´Las Jirafas´ del Vermont. Desde temprano recuerdo que papá me dió un sorbito de su café negro, para que estuviera yo como gallito durante el partido. Tengo la memoria de su mano, de su voz y sus consejos mientras caminamos el empedrado en el Seminario Mayor de Moneda rumbo a la cancha. Papá había mandado a hacer una matraca con el carpintero que estaba a la vuelta de la casa, en Luz Aviñón. Se había agenciado una bacinica de metal que usaría como tambora, con el atributo adicional (según me confió en voz baja) de convocar la risa de los niños contrarios, para que yo metiera un gol mientras ellos estaban distraídos.

Transcurrió la final y nos mantuvimos empatados hasta los penalties. Nuestro portero, Juan Carlos, saufrió un ataque de pánico tan intenso que literalmente se cagó a medio partido. Con el gallito alebrestado -- sin que en mi vida hubiera jugado de portero -- me propuse para cubrir la valla.

Paré tres de los cuatro penales que me lanzaron. Metí el último de nuestro equipo. En medio de cada uno, mi papá, de forma inversosímil, interrumpió el juego, me cargó en hombros y dió una escandalosa vuelta semiolímpica, corriendo alrededor de la cancha.

Tres veces, bajo la mirada inmóvil (y supongo que molesta) del resto de los papás, tuvo el árbitro que esperar para reanudar el partido.

Fuimos campeones. Fuí el héroe.

Esta anécdota tiene muchas aristas en mi vida. Una de ellas es que acaso desde entonces, el acto, el juego en sí, quedó equiparado en su importancia, al reconocimiento. El reconocimiento, que debiera ser el postre, adquirió carácter de plato principal.

Pero también hay una trama más profunda que no es evidente a primera vista. En aquella linda liga de mascotas, los padres de todos los niños, durante los juegos de futbol, en su rol de porristas sabatinos, actuaban la intensidad y la energía de sus propios dramas personales: arengaban al equipo de los hijos, insultaban contrarios, amenazaban árbitros, sufrían infartos con los goles en contra. Recuerdo por ejemplo a A., el papá de un amigo que me parecía inmenso, que solía lanzarse a toda velocidad encima del árbitro y corretearlo cuando sus decisiones eran imprecisas.

En aquella mímica apasionada de los papás habia también una tremenda dosis de narcisismo -- Los éxitos y los fracasos del hijo son los del padre -- el orgullo y la verguenza se suscitan como si no hubiera separación entre uno y otro. En esa línea recuerdo al papá de R., un general del ejército, gritarle a su hijo desde la banda, desaforado, que esa noche lo cocería a cintarazos por sus fallas en el campo. R. era torpe y descoordinado como un potrillo recien nacido.

Papá mismo me contó que él al principio encontraba difícil de contener los golpes de adrenalina que sentía en la tripa cada vez que yo abanicaba la pelota. Me contó que cuando se dió cuenta, mejor optó por tomar distancia, guardar silencio y contenerse. Concentrarse sólo en señalar cuando yo tenía un acierto. Sólo reforzamiento positivo. Y luego, canalizar la fiebre, el calor, a través de la matraca, del ruido. Y vaya que las matracas eran grandes...

Ciertamente uno puede constatar el efecto pigmalión, el modelaje, que en mi caso configuró una vocación por la excelencia, por la excepcionalidad, por el heroismo. Pero en el reverso de toda historia de reconocimiento hay también siempre un enojo posible, una molestia; la potencial decepción, la frustración de expectativas. La transformación en su contrario contiene una amenaza implícita...

Sin duda que este es uno de los dramas connaturales a la paternidad, al desarrollo... Y en cada caso, la solución educativa del reconocimiento trae sus beneficios, y sus costos consigo... En este momento de autoconciencia, en que puedo contarme estas historias, es posible discriminar: por un lado puedo hacerme cargo de los costos que las elecciones educativas de mis padres tuvieron en mi vida -- todos los días trabajo contra la pequeña tiranía que es el heroismo; he encontrado también varios caminos para que el acto, el juego, el trabajo en sí, vuelva a ser el plato principal, con sus disfrutes y sus delicias. Puedo, por otro lado, agradecer por los beneficios que me aportaron --y que me acompañan siempre-- entre otros, una fortaleza, una capacidad de persistir, de responder... Poder pararme frente a los penalties, y no tener miedo de ganar el partido...

Y aquí vuelvo al inicio del texto... En una dimensión, esta historia explica también un perfil de mi sensibilidad, pues en el fondo mi relación con mi jefe está cruzada por un gran afecto. Me duele que le cueste trasponer la distancia, superar el paradigma que le hace sentir que he defraudado sus expectativas y persista la molestia. Por que al final, yo también, humanamente, esperaba que él pudiera tomar con madurez y con amplitud de miras el significado que el viaje tiene para mí. Y apoyarme, impulsarme...

Aceptar que no será así, y dejar que la cosa sea como es, me ha costado un trabajo bárbaro (como supongo que a él, desde su lado de la historia, también)... Pero al final, he aquí un pedacito de cura analítica. El plato principal es la vida misma. Y si logramos liberarnos de ambas caras del reconocimiento -- el cielo y el infierno -- encontramos una nueva vitalidad, que puede ser vivida con la libertad que traen las elecciones personales.

Y mis elecciones me han traído aquí, a esta cita con un banquete lleno de platos que se antojan deliciosos: los lugares misteriosos, los descubrimientos, las caminatas y las charlas, los nuevos amigos, la alegría de Jennifer, los cuentos, las mil palabras que se desplegarán en la textura de las hojas de los cuadernos de viajero...

En torno a la despedida I

La inminencia del viaje suscita divergencias sobre el tema de la despedida:


  • Nuestro destino es dejar atrás las cosas. Para crecer hemos de aprender a soltar, a dejar atrás estos parajes para descubrir nuevos horizontes.
  • Apenas llegamos al mundo estamos lléndonos. Por más que nos aferremos a las cosas habremos de seguir nuestro camino.
  • Desde que nacemos estamos empezando a separarnos, de nuestros padres, de nuestros hermanos, de nuestros amigos, de nuestros socios, de nuestra pareja. La vida entera es un ensayo para la despedida final.
  • La constatación de que todo es efímero es terrible. Nada ni nadie se conserva para siempre. Aunque caminemos juntos un rato el camino, al final estamos solos.
  • La pura idea de la separación hace que algo se nos agolpe en la garganta, que el corazón se encoja. Nos sentimos tan impotentes frente a los límites.
  • Estamos tan necesitados del otro; tan necesitados de amor, de seguiridad, de cuidado, de continuidad. ¡Tenemos tánto miedo al abandono!
  • Tan titánica es la tarea de la despedida, que a veces es más fácil agredir, pelearse, que despedirse. Es una forma menos dolorosa de poner distancia. En una transacción instantenea, al convertir al otro en un villano, en un diablo, negamos la importancia que el otro tuvo para nosotros, para nuestra vida.
  • Sin embargo, tendríamos que tenerle menos miedo a soledad, pues a fin de cuentas todos los días, antes de dormir, volvemos a ella. Regresamos al cuerpo que nos contiene. Volvemos la mirada hacia adentro, a la penumbra roja que ilumina tras los párpados. A escuchar esa otra voz que habla adentro.

  • Recuerdo la primera práctica que tuvimos en la carrera: "Desarrollo psicoafectivo infantil". Trabajamos con niños de Santa Fé, una población en conflicto -- altos índices de migración a los Estados Unidos, mamás solteras que tienen que trabajar, niveles generalizados de alcoholismo, niños semiabandonados que juegan en el patio de la selva de asfalto. Nosotros no sabíamos casi hacer nada todavía, y por lo tanto la práctica tendría dos ejes relativamente sencillos: el primero era básicamente jugar y reflexionar, estar observante de lo que pasaba con los niños y con uno, lo que eso suscitaba internamente. El segundo eje, el más importante, giró alrededor del tema de la despedida, de la elaboración del duelo, de aportar a la restitución de la confianza básica asociada a la constancia en una relación; al final, nuestra presencia ayudaría a que los niños internalizaran un mensaje: no es lo mismo abandonar y despedirse. Para ello, cada sesión avisábamos, casi obsesivamente, cuántas clases nos separaban de la despedida: Quedan 24 sesiones... quedan 10 sesiones... Quedan tres sesiones... Queda una sesión. Y luego, simplemente estar ahí. Tolerar los sentimientos que eso sucitaba en los niños. La negación, el enojo, la tristeza.
  • En la práctica, al final, todos sufríamos una especie de compulsión por dejar a nuestros pacientes un regalo, o bien a permitir que ellos lo hicieran. El supervisor --Ariel Saltiel-- estableció un encuadre en donde eso estaba prohibido, pues de lo contrario podría impedirnos ver lo escencial, el universo emocional que se despierta. Pero además nos ayudó a entender cómo ese reaseguramiento es innecesario, pues lo importante ha ocurrido más allá de los objetos tangibles: nos hemos internalizado. Nos llevamos ya el uno dentro del otro. Nuestro encuentro nos ha transformado, nos ha enriquecido.
  • Ahora, la voz que nos habla dentro tiene un poco de la voz del otro. Si sabemos escuchar, nos daremos cuenta de que, al final, nunca estamos solos...

domingo, 6 de abril de 2008

Perseguir los sueños II

La tenacidad de los sueños

Cuando faltan menos de dos meses para arrancar el viaje, cada vez más conscientes de lo que dejaremos atrás al partir, empezando a experimentar la nostalgia que las despedidas traerán consigo, seguimos caminando juntos, paso a paso, con la tenacidad de los sueños...


lunes, 31 de marzo de 2008

Referentes Pre - históricos II

En el primer trimestre del 2005 Jennifer salió de casa de sus papás para irse a vivir a un departamento en la Colonia del Valle en la calle de López Cotilla. Recuerdo que yo estaba emocionado por mi entonces amiga, pues independizarse era un símbolo inequívoco de su valentía para construir la buena vida; era el capítulo final de una búsqueda que inició años antes con su viaje a Colombia.

Creo que fui de los primeros que visitó el sitio. Todo me pareció fantástico, a la medida de ella, pero sobre todo me fascinó el pequeño corcho que tenía pegado en la pared del fondo, sobre el escritorio donde trabajaba. Y del corcho, me atrajo en particular un papelito con una cita de Valerie Merkle que aparece en Viaje a remo hacia el corazón de nuestro Amazonas:

"Los peligros del camino son nada más y nada menos que los mismos peligros de la vida. Sólo el hecho de estar vivos nos abre el peligro, y vivir plenamente implica estar abierto al riesgo.

No arriesgarse puede tal vez disminuir los peligros, pero no correr riesgos tiene el peligro de volverse un hábito, y el hábito tiene el peligro de volverse un vicio: el vicio de la comodidad de la rutina que es tratar de evadirse de la vida... y ¿no será que el vicio de evadirnos de la vida nos mate?"

Sentí algo en ese momento que no podría interpretar plenamente sino tiempo después: que yo quería formar parte de su vida, de su proyecto...

Cuando meses después finalmente nos atrevimos a darnos cuenta de cuánto nos gustábamos y queríamos estar juntos, le regalé una tarjeta con una imágen de Rober Doiseneau. Naturalmente el Basier del Hotel de Ville es un lugar común sobre la aspiración romántica, la entrega apasionada. Acaso no haya persona que no haya obsequiado a su amada la misma imágen ya trillada...


Sin embargo, lo novedoso, lo importante, es que esa tarjeta fue a parar al corcho, justo junto a la cita de Valerie Merkle. Era como si yo le dijera: "Estoy dispuesto a correr el peligro de volver a creer en el amor -- yo tenía entonces años de llevar en el pecho el corazón partido, y había renunciado a que las alas de los sueños me sostuvieran --, estoy dispuesto a comprometerme contigo en esta jornada, con la misma valentía que sé, desde hace años, que tú tienes para encarar la vida."

De esa intuición inicial, de esa intención originaria, hasta nuestro viaje por Latinoamérica, sólo hay un paso...

Perseguir los sueños

En su columna denominada Leyenda Personal que se publica cada lunes en el periódico Reforma, Paulo Coelho escribe un texto, casi como si estuviera pensando en nosotros:

"El que se atreve a tener un proyecto en la vida, quien tiene el valor para dejarlo todo y vivir su Leyenda Personal, acabará logrando su objetivo. Lo importante es mantener el fuego en el corazón y tener resistencia para superar los momentos difíciles.

(...)

La subida arriesgada

Durante una tempesdad, el peregrino llega a un albergue, y el dueño del pregunta adónde se dirige.
-Voy a las montañas - responde.
-Olvídelo - dice el dueño-. Es una subida peligrosa, y el tiempo no acompaña.
-Iré de todas formas - responde el peregrino -. Si mi corazón ya ha llegado allí, no será difícil que este cuerpo lo siga.

¿Cuál es el precio?

- ¿El precio de vivir un sueño es mayor que el de vivir sin arriesgarse a soñar? - preguntó el discípulo.
El maestro lo llevó a una tienda de ropa. Allí, le pidió que se probase un traje exactamente de su talla. El discípulo obedeció, y se quedó maravillado con la calidad de la ropa.
A continuación, el maestro le pidió que se probase el mismo traje, pero de una talla mucho mayor a la suya. Y el discípulo así lo hizo.
- Éste no sirve. Me está demasiado grande.
- ¿Cuánto cuéstan estos trajes? - preguntó el maestro al vendedor.
- Los dos tienen el mismo precio. Sólo se diferencian en la talla.
A la salida de la tienda el maestro le comentó al discípulo:
- Vivir el sueño y abandonar el sueño tienen el mismo precio, muy caro en ambos casos, generalmente. Pero la primera actitud nos lleva a comulgar con el milagro de la vida, mientras que la segunda no nos sirve para nada.

La búsqueda del camino

- Estoy dispuesto a dejarlo todo. Por favór, admítame como discípulo.
- ¿Cómo elige un hombre su camino?
- Por el sacrificio. Un camino que exige sacrificio es un camino verdadero.
El abad tropezó contra una estantería. Un jarrón rarísimo cayó desde lo alto, y el joven se tiró al suelo para agarrarlo. Cayó de mala manera y se rompió un brazo, pero consiguió salvar el jarrón.
- ¿Cuál es mayor sacrificio: ver como revienta el jarrón contra el suelo o romperse un brazo para salvarlo?
- No sé.
- En ese caso no intentes orientar la elección por el sacrificio. El camino se elige por nuestra capacidad para comprometernos con cada paso que damos mientras lo recorremos.

miércoles, 19 de marzo de 2008

El espíritu del viaje II

Para llevar en el corazón...

Itaca (Konstantínos Kaváfis)


Si vas a emprender el viaje hacia Itaca,
Pide que tu camino sea largo,
rico en experiencias, en conocimiento.
A Lestrigones y a Cíclopes,
o al airado Poseidón nunca temas,
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.

A Lestrigones y Cíclopes
ni al fiero Poseidón hallarás nunca
si no los llevas ya dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante tí los pone.
Pide que tu camino se largo.
Que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer, felizmente
arribes a bahías nunca vistas;
detente en los emporios de Fenicia
y adquiere hermosas mercancías,
madreperla y coral, y ámbar y ébano,
perfumes deliciosos y diversos,
cuanto puedas invierte en voluptuosos y delicados perfumes;
visita muchas ciudades de Egipto
y con avidez aprende de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en la memoria.
Llegar ahí es tu meta.
Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Ítaca te enriquezca.
Ítaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella el camino no hubieras emprendido,
más ninguna otra cosa puede darte.

Aunque pobre la encuentres, no te engañará Ítaca.
Rico en saber y en vida, como has vuelto,
comprendes ya qué significan las Ítacas.