martes, 21 de julio de 2009

El reencuentro con Olivia

A Mara, Regina, Jimena y Lourdes
con toda nuestra gratitud


I.

Yo tenía once años. Veníamos regresando de un día de campo en Cuernavaca. Felices. En familia. Cantando en la carretera. Ya había oscurecido.

Cuando llegamos a la ciudad a papá se le ocurrió pasar a cenar a un mercadillo de Coyoacan donde vendían quesadillas, esquites y sobre todo hot cakes. Ver cómo cocinaban los hot cakes era todo un espectáculo, pues el puesto del mercado estaba adornado como un castillo y los parrilleros confeccionaban los pastelillos bajo pedido, dibujando con harina líquida sobre la plancha figuritas de caricatura, retratos de los actores famosos del momento o caricaturas de personas presentes.

Mientras mi papá se bajó a comprar la comida con mis hermanos, me pidió que me quedara yo en la entrada cuidando a Cindy, nuestra perrita, que era una extraña cruza de Beagle con Cocker Spaniel.

A los veinte minutos me aburrí de esperar. Sentía curiosidad por ir a ver los monitos que cocinaban los parrilleros artistas.

Entonces amarré a Cindy a un poste en la esquina de aquella calle empedrada, igual que había visto hacer a los dueños de perros en los dibujos animados. Me metí al mercado.

Mi papá me encontró merodeando el puesto de los hot cakes cinco minutos más tarde.

-¿Dónde está Cindy? - me preguntó.

- La dejé amarrada a un poste - dije despreocupado.

Papá no contestó. Me tomó de la mano y salimos disparados hacia la calle.

Cuando llegamos al sitio donde la había dejado, Cindy había desaparecido. Yo miraba con incredulidad el poste solitario. O se había soltado o alguien se la había robado.

Nos subimos todos de vuelta al coche. Recorrimos cada calle del barrio de Coyoacán. Buscándola. Llamándola en voz alta por su nombre. Esperando escuchar un ladrido de respuesta.

Fue inútil. Se perdió para siempre.

Sentía una tristeza infinita de no poder volver a abrazar a la perrita a quien tanto amaba.

Me sentía culpable con mis hermanos.

Me sentía avergonzado por haber sido tan torpe.

II.

Nunca volví a querer a los perros.

Me empezaron a parecer extraños, sucios, latosos.

Me parecían ridículas las personas que asignaban a sus mascotas afectos.

Secretamente los consideraba un poco primitivos y tontos.

III.

Olivia no podía seguir viviendo en casa de los papás de Jennifer porque se había estado peleando a muerte con Naya, una labrador color chocolate que era la reina de la casa de los Boni.

Donde viviría se convirtió en un problema que rebasaba a todos los involucrados y angustiaba a toda la familia. Se consultaron todo tipo de especialistas. Un psicólogo animal explicó que Naya y Olivia luchaban por establecer la supremacía territorial. Una mujer que se comunica con los animales dijo que el problema era que Olivia no estaba dispuesta a ceder su derecho como el perro más longevo en la familia. Un veterinario sugirió que a todos los perros se les pusiera bozal. Otra, finalmente, que los reeducaran usando la estricta disciplina de las cadenas de castigo y los sacaran de la casa.

A mi me daba mucha tristeza ver cómo a Jennifer se le salían las lágrimas cada vez que me contaba el nuevo drama de la telenovela.

Coincidió entonces que Jennifer se mudó a vivir conmigo a Tlacoquemécatl. Entonces hice un esfuerzo para superar mi añeja animadversión y le propuse que trajera a Olivia a vivir con nosotros. A Jennifer se le iluminó la mirada y yo sentí una especie de orgullo íntimo por haber salvado a Olivia.



Y después, como a los dos meses de que Olivia llegó al departamento, algo inesperado pasó.

Empecé a disfrutar los paseos rutinarios con Olivia por el parque. Empecé a necesitar que ella estuviera ahí cada vez que llegaba del trabajo y me saludaba. Empecé a interpretar sus ladridos, sus respiros y sus gestos. Empecé a acostumbré a su presencia de tapete peludo mientras veíamos televisión o leíamos un libro. Empecé a hablar con ella cuando estábamos solos en el departamento.

Empecé a quererla y a cuidarla como si fuera mía.

Como si yo hubiera vuelto a tener once años.

IV.

Después, como Jennifer ha narrado en otro sitio del blog, fue muy difícil dejarla atrás cuando nos fuimos de viaje.

Pues a pesar de que sabíamos que la mejor opción en el universo para que Olivia sobreviviera a nuestra ausencia era la casa de Mara, Regina y Jimena, nunca pudimos superar del todo el presentimiento de que durante nuestra aventura, Olivia moriría.

En contra de su supervivencia estaban sus doce años, sus achaques de viejita, la potencial tristeza que sentiría en nuestra ausencia y un largo año que estaríamos fuera.

Que a nuestra vuelta estuviera viva y bien constituye un milagro, pues según nos contaron, Olivia estuvo a punto de morir.

Apenas al mes de que partimos Olivia empezó con una diarrea loca. Luego dejó de comer y empezó a jadear como si estuviera fatigada. Más tarde empezó a hacer ruidos roncos y hondos, como estertores. En el momento en que se acostó en un rinconcito y las chicas se percataron de que la lengua y las encías se le estaban poniendo azules, Mara llamó a su sobrina, Lourdes, que en la casa era reconocida como una experta en animales. Nadamás vió Lourdes a Olivia, la cargó al coche y salieron todas disparadas a consultar al doctor de animales.

Más tarde el veterinario les diría que llegaron justo a tiempo pues Olivia estaba al borde del un infarto. Les explicó que desde hace tiempo Olivia tenía una condición cardiaca. Que el corazón le había crecido a niveles anormales.

Desde luego es probable que el síndrome le haya comenzado meses antes de que nos fuéramos, pero no deja de ser poética la versión de que Olivia quiso también de alguna manera vivir su propio viaje del corazón.

Lo cierto es que Mara, Regina, Jimena y Lourdes la salvaron.



Y quizá no hay mayor agradecimiento que el que se siente por aquel que ama a alguien que nosotros amamos…

V.

El día que recogimos a Olivia para traérnosla a Tepoztlán con nosotros me costó mucho trabajo estar ahí. La tristeza de Mara, Regina y Jimena podía tocarse.

Yo tenía un nudo atorado en la garganta.

Entendía perfectamente lo difícil que sería para ellas desprenderse de Olivia.

A mí también, como a ellas, un día, me tocó salvar a Olivia.

Y a mí también, como a ellas, Olivia me salvó. Curó mi corazón…


martes, 14 de julio de 2009

Tiempos interesantes

“Ojalá te toquen tiempos interesantes”
Borges citando una maldición China

El periodo que abarcó nuestro recorrido por Latinoamérica cumple en toda regla la condición de haber sido un tiempo interesante. He aquí una pequeña crónica de las notas de seguimiento caprichoso a cinco cabezas latinoamericanas, garrapateadas en mi cuadernos de notas de viaje:

Marzo 2008

- Álvaro Uribe ordena el ataque a un campamento de las FARC instalado en Ecuador y elimina a Raúl Reyes, el segundo en la organización guerrillera. Con la muerte de Reyes inicia el descabezamiento de la guerrilla más longeva en Latinoamérica, pues en pocos días se confirmará la muerte de Tirofijo por un paro cardiaco y la del tercero de abordo por un asesinato a manos de un subalterno. Una vez confirmada la trasgresión de la frontera, Correa, presidente de Ecuador, corta relaciones con Colombia. Solidariamente, como protesta por el traspaso, Hugo Chávez envía a las tropas del ejército venezolano a la frontera con su país vecino. Algunos días más tarde Uribe afirma que en las laptops de la guerrilla que fueron consignadas en el campamento ecuatoriano de las FARC hay evidencia de que la guerrilla recibe apoyo logístico, moral y financiero de parte de Chávez y Correa.

Abril 2008

- De forma inesperada, pues el Partido Colorado domina más del cincuenta por ciento del padrón electoral, Fernando Lugo, exobispo y candidato independiente, gana las elecciones en Paraguay, terminando así con sesenta años ininterrumpidos en el poder del partido oficial en el que militó el dictador Stroessner.

Mayo 2008

- En varios puentes peatonales de las ciudades fronterizas mexicanas aparecen mantas con mensajes del narcotráfico amenazando a funcionarios del gobierno. Algunas incluso acusan al presidente de estar coludido con algunos de los cárteles de la droga. El partido del presidente declara que la aparición de los mensajes es muestra de que el presidente está trabajando y que su advertencia de que no dará un solo paso atrás en la guerra contra el narcotráfico es cierta.

Julio 2008

- Sin disparar un solo tiro, concluye exitosamente la misión para rescatar a Ingrid Betancourt y otros prisioneros de alto perfil que tenían más de siete años en poder de las FARC. Álvaro Uribe consigue así ganarle la carrera a Hugo Chávez, quien apenas en enero se había vestido de héroe al negociar la entrega incondicional de Clara Rojas en un aeropuerto de Venezuela. La misión recibe la única crítica de haber utilizado en símbolo de la cruz roja para engañar a la guerrilla durante el operativo, pues eso podría poner en riesgo futuras misiones de la organización de paz. Álvaro Uribe toma responsabilidad pública por el hecho.

Agosto 2008

- Hugo Chávez expropia las instalaciones de la Cementera Mexicana Cemex en Venezuela.

- Evo Morales gana el referéndum sobre su continuidad en la presidencia de Bolivia, dando un revés a las pretensiones de los gobiernos que proponían la autonomía de las provincias orientales, Cochabamba y Santa Fé entre ellas.

- Fernando Lugo toma posesión como presidente del Paraguay e instaura un modelo de gestión de abajo hacia arriba; será la sociedad misma la que proponga y gestione el cambio. El rol del gobierno será apoyar y acompañar, afirma. El país ebulle de esperanza. Los proyectos de la sociedad civil empiezan a ser formulados.

Septiembre 2008

- Fernando Lugo se propone como primer punto de la agenda estratégica de Paraguay renegociar el contrato de la presa binacional de Itaipú que favorece descaradamente al Brasil debido al acuerdo de condiciones leoninas al que accedió el dictador Stroessner en los setentas. Lula y sus funcionarios dejan entrever que podrían hacer otras concesiones, pero nunca modificar el acuerdo que prevalece actualmente con respecto a la presa.

Noviembre 2008

- En pleno Paseo de la Reforma en la Ciudad de México se estrella el avión en donde viaja el secretario Mouriño y otros funcionarios del gobierno mexicano. El presidente Calderón se declara desconsolado por la muerte de quien considera un colaborador cercano y un amigo personal. En México se rumora que el siniestro fue obra del narcotráfico. Otras versiones indican que el accidente se debió a una negligencia de Mouriño quien había convencido a los pilotos que le permitieran conducir el avión, y le faltó pericia para esquivar la estela de un avión comercial que venía delante de ellos.

Enero 2009

- En Davos, Suiza, el expresidente mexicano Ernesto Zedillo coordina un panel sobre seguridad latinoamericana en el que participan Álvaro Uribe, presidente de Colombia, Miguel Insulza, cabeza de la OEA y el presidente mexicano, Felipe Calderón. Ahí Calderón declara que están pateando al narcotráfico mexicano y que lo están pateando muy duro. Más tarde, Calderón declara que estar en la oposición es como estar en el cielo, y gobernar es el infierno.

- Evo Morales gana el referéndum para la reforma constitucional en Bolivia. El proyecto constitucional amalgama una visión republicana, occidental, sobre el estado, con una concepción de tradición indígena. La oposición se repliega. Críticos serios del sistema señalan que será imposible implementar un proyecto en donde no se defina un paradigma ordenador.

- En el teatro municipal de Asunción Ricardo Flecha y Vicente Feliú organizan un concierto de trova y canción de protesta para festejar el cincuentenario de la revolución cubana. Es la primera vez que en el país se celebra abiertamente un acto de estas características. El presidente Fernando Lugo asiste al concierto. Llega como ciudadano de a pie con dos escoltas por toda seguridad. Cuando entra en la sala, espontáneamente los presentes se ponen de pie y le aplauden sin parar durante un par de minutos.

Febrero 2009

- Hugo Chávez da la vuelta al resultado adverso que había sufrido en diciembre del 2007 a manos de una oposición integrada en torno al discurso de los líderes estudiantiles, y consigue ganar el referéndum que aprueba la reelección indefinida en Venezuela.

Marzo 2009

- Hugo Chávez expropia las plantas de la multinacional americana Cargill, dedicada a la producción y comercialización de granos.

- Germán Martínez, vocero del partido del presidente Calderón, como parte de la estrategia para ganar terreno en la elección intermedia, declara que el PRI, partido de oposición que estuvo más de sesenta años en el poder en México, tiene vínculos con el narcotráfico.

Abril 2009

- Se difunde en Paraguay la noticia de que Fernando Lugo es padre de una niña que procreó con una menor de edad todavía siendo obispo. Poco después aparecen cuatro casos adicionales de los cuales Lugo acepta plenamente dos. Lugo pide disculpas públicas, parafraseando a Terencio al argumentar que como hombre, nada de lo humano le es ajeno. A los pocos días, su porcentaje de aceptación se desploma a 16%, arrastrando consigo el momentum de transformación que había conseguido y restándole posicionamiento en la comunidad internacional.

- Evo Morales se declara en huelga de hambre para forzar a la oposición en el congreso a aprobar la ley electoral que convocará a comicios generales anticipados. Mientras tanto, en Santa Cruz, se descubre un supuesto complot para matarlo. Los conspiradores –dos rumanos, un húngaro, y un irlandés—son asesinados en el hotel Las Américas donde se hospedan. Ninguna entidad externa al gobierno tiene acceso al lugar de los hechos. Expertos aseguran que no cabe duda que la forma en que fueron perpetrados los conspiradores lleva el sello inconfundible de una operación de la inteligencia cubana.

- La OEA prepara una reunión de todos sus integrantes en Puerto España, Trinidad y Tobago. Durante una entrevista, en un gesto solidario con Cuba, Evo Morales declara: “Yo también soy marxista – leninista ¿y qué, me van a expulsar de la OEA?” Sus opositores bolivianos toman la declaración como una provocación. En la inminencia de la reunión, Barack Obama declara que vería con buenos ojos el levantamiento de la restricción que ha dejado a Cuba fuera de la organización. Durante el encuentro, en un gesto simbólico, Chávez le regala a Obama un ejemplar de “Las venas abiertas de Latinoamérica” de Eduardo Galeano, donde se argumenta que el subdesarrollo latinoamericano se debe en buena medida a los abusos que los conquistadores han perpetrado en la región. En dos días el libro alcanza la lista de los libros más vendidos en Amazon.com. Como alternativa a la lectura de Galeano, un grupo de intelectuales liberales latinoamericanos, sugiere el Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano de Álvaro Vargas Llosa, cuya tesis se distancia de Latinoamérica como víctima del ultraje, y la concibe más bien como corresponsable de sus desgracias.

Mayo 2009

- La OMS critica al gobierno del presidente Felipe Calderón por haber reaccionado con lentitud frente a un patrón atípico de casos de Neumonía. Calderón contesta que al declarar la emergencia sanitaria en México por el riesgo que representaba el virus N1H1 contribuyó a defender a la humanidad entera de la propagación del virus.

- Hugo Chávez desafía a Vargas Llosa y a otros intelectuales liberales que se reúnen en Caracas a debatir en su programa Aló Presidente. Dos días más tarde, cuando estos aceptan, se desdice argumentando que él no debate con intelectuales pues él no se rebaja. Los intelectuales juegan en las ligas menores de Beisbol, y él, que es presidente, juega en la liga profesional.

- Se discutirse acaloradamente en Colombia la posibilidad de modificar la constitución para permitir una segunda reelección de Uribe en el poder. En el congreso se aprueba la realización de un referendo para consultar a la población acerca del particular. Uribe se mantiene sin pronunciarse al respecto. Vargas Llosa comenta que sería lamentable que se concretara la pretensión de Uribe de ir por la segunda reelección.

Junio 2009

- Hugo Chávez se disculpa de asistir a la toma de posesión del presidente izquierdista salvadoreño, Mauricio Funes, pretextando que tenía conocimiento de la existencia de un complot para asesinarlo durante su estancia en San Salvador.

- La violencia alcanza un récord histórico en México. Se cuentan 12,050 asesinatos atribuibles al crímen organizado a partir de que Calderón le declaró la guerra al narcotráfico y 769 sólo en el mes de junio.

Julio 2009

- Felipe Calderón pierde estrepitosamente las elecciones intermedias en el país. La abstención es mayor al sesenta por ciento del padrón electoral. Cerca del diez por ciento de los votos emitidos son nulos, en una protesta implícita contra la clase política. El PRI recupera la mayoría de la cámara de diputados y se perfila para recuperar la presidencia dentro de tres años.

viernes, 19 de junio de 2009

Preguntas sin respuesta

¿Soy la misma ahora que antes?

El primer fin de semana que pasamos en México a nuestro regreso lo compartimos con la familia. Una comida en el jardín en la casa de los papás de Arturo, con su familia y la mía. Los más cercanos.

El sobrino de Arturo, Paulo, un niño de cinco años, se acercó a platicarme y me llevó a donde estaba jugando. Entonces, me señaló una foto donde salimos Arturo y yo días antes de partir al viaje. La foto fue tomada en la boda de unos muy buenos amigos y nos vemos contentos, vestidos de boda, sonrientes.

“Mira”, me dijo Paulo: “aquí están Arturo y tú cuando eran otros”.

La frase me sonó al mismo tiempo extraña y cierta. Por supuesto que la forma en que estamos vestidos era otra y Arturo no tenía el bigote y barba que se dejó crecer durante el viaje. Pero, ¿se refería a eso o había algo más que estaba captando?

¿Somos otros ahora que volvimos del viaje? ¿Qué tan distintos éramos entonces y qué tan aparentes son los cambios?

Estoy segura que hemos cambiado pero por el momento me cuesta trabajo identificar en dónde precisamente están los cambios. ¿Cuál es la parte de uno mismo que cambia? ¿Cuál permanece?

¿Es uno el mismo en su propio país y en el extranjero?

Una amiga que hicimos en el viaje nos dijo que al estar en otro país es más fácil experimentar. A ella le gusta hacerlo. Se viste de otras maneras. Se peina distinto. Se atreve a ser otra por unos días mientras está en el anonimato del extranjero. Es más fácil experimentar allá, donde nadie te conoce, donde no tienes referentes contra quienes compararte. Y luego, al volver a tu país, puedes decidir quedarte con los cambios o volver a tu ser anterior.

En el extranjero uno no tiene pasado, no tiene huella. Solo tiene ese momento presente. Solo tiene ese encuentro. No existe la carga pesada que tenemos cuando estamos en nuestro país. Es cierto que uno se puede sentir más libre. Yo he sentido esa libertad. Esa ligereza de poder experimentar, modificarte, probar con otros estilos, hacer lo que uno nunca haría…

Pero, ¿qué sucede con todo eso al volver a tu país? ¿Dónde quedan registrados esos cambios? ¿Se pierden al pisar tu propia tierra? ¿Se mantienen?

¿Dónde quedó la ligereza?

En México todo comienza a cobrar otro significado. Me cuesta más trabajo sentirme libre y ligera. Comienzo a sentirme atada.

Y es que en el país de uno, uno está atento a captar las sutiles señales del lenguaje. No me refiero a las obvias sino a los subtextos. Al significado que subyace a cada cosa. En el extranjero me sentía totalmente libre para caminar por donde quisiera, vestida con la misma ropa de hace meses, sin importarme lo que otros pudieran opinar. Porque en el extranjero uno desconoce las señales sutiles, el otro lenguaje, el subtexto. Uno no está consciente de lo que significa decir “Caminé por San Telmo”, “Comimos en Palermo”, “Pasamos unas noches en Villa de Merlo”…

En cambio, en el país de uno, cada palabra se convierte en una carga energética. Cada palabra, cada gesto, cada entonación, cada mirada se deshace en miles de significados, deseables o indeseables, según el oyente. Así, por ejemplo, “vamos a comer a La Condesa”, “Me lo compré en Santa Fé”, “Vamos a vivir unos meses en Tepoztlán”… adquiere una carga de significado que va más allá de la obvia. Aunque uno no quiera, sus palabras se convierten en pesados discursos.

Los lugares dejan de ser simplemente lugares. Dejan de ser juzgados únicamente por su belleza o fealdad sino que entran en juego miles de cosas, cientos de subtextos que se comunican inevitablemente.

Estando en otro país uno tiene la ventaja –la libertad- de estar desprendido de todos esos otros significados. Una tienda es una tienda. Una calle, una calle. Un lugar, un lugar. Uno es ajeno a todo lo que ocurre a un lado, abajo, oculto a cada cosa dicha. Lo que hay es lo que se ve. Lo que se escucha. No hay significados ocultos porque uno desconoce la cultura. La palabra es sólo la palabra. Mientras que en el país de uno es imposible mantenerse ajeno a todos los subtextos implícitos en la comunicación. Esto convierte a cada elección en una carga pesada, atada de significados. ¡Y qué difícil resulta zafarse de esa carga!

Qué difícil resulta elegir sin sentirse atado. Qué difícil definirse a uno mismo por quien es y no por los significados que le atribuyen los que están a su alrededor.

¿Cómo mantener la ligereza del viaje en el país de uno? ¿Cómo mantenerse fiel a sí mismo cuando uno conoce los subtextos de cada decisión? ¿Cómo desprenderse de esas cargas?

¿Qué tantas cosas realmente necesito?

Me sentí abrumada al ver la cantidad de ropa que dejé en México. Cosas que no necesité durante el último año. Algunas cosas que difícilmente me acordaba que tenía.

Si no las usé durante los últimos doces meses, ¿por qué ahora tendría que necesitarlas? ¿Cuántas cosas cargamos en la vida que realmente no son necesarias?

Durante el viaje me acostumbré a cargar únicamente con lo indispensable. Dejar atrás las cosas extras que sólo nos pesarían más en los hombros. Sin embargo, es curioso que al llegar a México siento de pronto necesidad de cosas que durante el viaje no tuve y no llegué a extrañar.

En todo el viaje me sentí libre y desprendida, andando a pie, sin la necesidad de un coche. Acá me descubro pensando que necesitaremos un coche de nuevo. ¿Por qué? ¿De dónde surgen esas necesidades?

¿Son realmente nuestras o corresponden al mundo lleno de significados que dejamos atrás?

¿Realmente se puede vivir en el país de uno de la misma forma en que se vivió en el viaje?

Cuando tenga las respuestas a todo esto, se las diré.

O quizás no.

México mirada desde el márgen

Los primeros días en México son de una intensa ligereza, por más que suene contradictorio..

Paseamos por Polanco. Viajamos a Tepoztlán y a Tequisquiapan en donde están los prospectos de nuestras casitas de descompresión.

Visitamos lugares por los que hemos pasado mil veces antes.

Sin embargo yo los veo con renovado asombro. Lo huelo todo. Lo siento todo. Lo escucho todo.

Todo me asombra.

Se me ocurre que nos marchamos para poder regresar y verlo todo como si fuera la primera vez…




















La vida como el viaje

Suena casi a frase trillada decir que la vida es un viaje. Nosotros, por otro lado, descubrimos que el viaje es como la vida…

Desde que comenzamos a planear el viaje, un año y medio antes de partir, el proyecto comenzó a vivir dentro de nosotros. Comenzó a tener una vida propia. Un flujo propio. Un ritmo. Se iba gestando dentro de nosotros el proyecto de viaje.

Semanas antes de partir comencé a tener una serie de sueños en donde me veía embarazada. Me despertaba preocupada, pensando que quedar embarazada en ese momento sería lo peor que podría pasarnos. Pero platicando con mi terapeuta me ayudó a ver que el embarazo del sueño se refería al embarazo del proyecto. El sueño que Arturo y yo habíamos imaginado y comenzado a crear desde cero. Estábamos embarazados del viaje.

Comenzamos el viaje lleno de miedos, incertidumbres y en mi caso, terribles dolores de estómago que señalaba la ansiedad tan grande que me producía semejante aventura, o visto desde ahora, quizás se refería al trabajo de parto… El viaje había nacido.

Durante las primeras semanas de viaje comencé a tener otros sueños relacionados: soñé varias veces que tenía un bebé. Que acababa de dar a luz y cargaba con mucha delicadeza al bebé entre mis brazos... Nuestro proyecto había nacido y a pesar de las incertidumbres iniciales, mientras sostenía al bebé, sentía la total confianza de saber lo que estaba haciendo. Ya no había miedo. No había dudas. Me despertaba con un sabor dulzón; con la felicidad de haber sido capaz de crear algo desde la nada. Con la certeza de poder sostener a nuestro bebé.

El viaje, como el bebé, acababa de llegar al mundo y estaba totalmente indefenso, pequeño y frágil. Necesitado de todos los cuidados que pudiéramos darle. Así que eso hicimos. Dedicamos las primeras semanas de viaje a cuidarnos mutuamente. Alimentarnos, dormir, descansar y sobre todo, tenernos paciencia. Aún no sabíamos nada sobre el viaje. No podíamos exigirnos demasiado. ¿Quién sería capaz de exigirle algo a un bebé recién nacido? Si lo único que precisa en ese momento es cuidado y atención. Teníamos que proteger la fragilidad de nuestro proyecto.

Y progresivamente el bebé comenzó a crecer. En mis sueños se reflejaba con imágenes mías cargando un bebé cada día mayor. Un bebé que era cada vez más independiente.

El siguiente sueño relacionado lo tuve en Guatemala cuando llevábamos un mes de viaje. Soñé que Arturo y yo teníamos a nuestro cargo a una niña de siete años que acababa de ganar un concurso de pintura. Su premio era un set de crayolas y un viaje a España. Me desperté esa mañana con la certeza de que el viaje iba creciendo e iba en buen camino. El viaje tenía ahora siete años. Siete años es una edad importante. Generalmente significa la entrada a primaria donde comenzará la separación cada vez mayor de los papás; el niño comienza a adquirir nuevas habilidades y a poner en juego su capacidad creativa. Con sus propias herramientas la niña del sueño se había ganado un premio que la llevaría a viajar. Al igual que nosotros, nuestro talento y creatividad nos había dado el pasaje para viajar a otros países. Habíamos pasado a otro nivel. ¡Estábamos listos!

En Guatemala dimos los primeros espectáculos de cuentos y nos sentíamos como la niña de mi sueño: grandes y capaces. Seguiríamos creciendo a la par que un niño… Vivimos el resto de países en Centroamérica como si fuera el colegio: desde la primaria hasta el bachillerato.

Costa Rica fue el último país de Centroamérica que visitamos. Ahí, como si fuéramos alumnos del último año de preparatoria, nos pasábamos todo el día con nuestros amigos, los cuenteros del Colectivo Cuentiando. Platicando, paseando, tomando interminables cafés… Con la misma sensación de libertad que uno experimenta cuando está cursando el último año de bachillerato y siente que es capaz de comerse al mundo, que no hay reto demasiado grande, que su grupo de amigos durará para siempre, que los ideales están ahí para ser alcanzados y que nada, nada, será imposible.

Y con ese (exceso) de confianza llegamos a Colombia. La universidad. Y vaya que si la sufrimos…

Toda la seguridad que habíamos ganado en los últimos países, dado el éxito de nuestras funciones, se vino abajo cuando pisamos el primer escenario colombiano. Un teatro para cuatrocientas personas en donde nos sentíamos diminutos. Un escenario enorme que no sabíamos cómo llenar. Sentíamos que todo lo que habíamos aprendido antes no servía para estos espacios. Aquí se jugaba bajo otras reglas. Lo anterior habían sido ensayos, pequeñeces en comparación con lo que en Colombia se esperaba de nosotros. El miedo y las dudas comenzaron a crecer. Dejé de creer en nuestra función. Ninguno de mis cuentos me parecía lo suficientemente poderoso como para sostenerse ante el público colombiano, exigente y conocedor.

En Colombia nos presentamos en todo tipo de escenarios, llenos de gente, con grandes aparatos de sonido y junto a cuenteros que tenían el doble de experiencia que nosotros, capaces de generar en el público carcajadas con una simple mueca. Me sentía insignificante. Insegura de mis cuentos y de mi misma.

Aún así, nos presentamos en varias ciudades: Medellín, Pereira, Manizales y Bogotá. Nos presentamos en salas de teatro, en universidades, en plena calle, en plazas públicas, al aire libre, en espacios cerrados… Todos los retos que un cuentero puede imaginar los vivimos en Colombia, uno tras otro, dejándonos apenas tiempo para recapacitar en lo que habíamos vivido cuando ya teníamos que enfrentarnos a otro reto mayor.

Salimos de Colombia con la sensación de haber superado una difícil prueba. De alguna manera (con desvelos, cansancios, presiones y mal comidos) habíamos aprobado el examen profesional. ¡Pasamos! Y pasamos a otro país.

Llegamos a la ciudad de Lima un poco menos ingenuos y un poco más sabios. Con la humildad que da la experiencia nos paramos ante el primer escenario peruano sabiendo cuál era nuestro lugar en el mundo: ni más ni menos que los demás. Nuestro lugar real. Contábamos con nuestra experiencia y con muchas ganas de presentar buenos espectáculos, pero sabiendo que no siempre se puede ganar. En suma: habíamos salido de la universidad para ingresar al mundo laboral.

En Perú tomamos nuestros primeros pasos en el mundo adulto. Y no sólo con los cuentos sino respecto al arte de viajar. Ya para entonces sabíamos qué esperar de un viaje como el nuestro, cómo soportar caminos de varias horas e carretera, cómo lograr descansar en las noches de bus, cómo buscar el mejor hostal, cómo negociar un descuento, qué convenía cargar y qué era mejor dejar atrás.

Aún cuando dejé de tener los sueños relacionados con el viaje, seguí teniendo presente la metáfora del viaje como la vida. Una noche se la contamos a nuestros amigos, Chimi y Agnés. Nos escucharon con mucha atención pero al final preguntaron: siguiendo su metáfora ¿qué les espera al final del viaje entonces? ¿La vejez? ¿La muerte? Nos reímos. Pero en el fondo me preguntaba qué iría a pasar después. Cómo se seguiría desarrollando nuestro viaje.

Bolivia y Paraguay fueron dos estaciones que nos permitieron seguir creciendo, aprendiendo y madurando. Hasta entonces habíamos estado protegidos de cierta manera. Los retos y obstáculos que enfrentamos estuvieron siempre a la altura de lo que podíamos manejar en ese momento. Bolivia nos puso otra prueba: el robo.

De un instante al otro nos quedamos sin pasaportes, sin computadora, sin los diarios de viaje de Arturo y sin respaldo de todas las fotografías y videos que habíamos tomado durante los últimos meses. Despojados de lo más valioso que teníamos nos sentimos totalmente vulnerables. Nos dimos cuenta que de un momento a otro todo puede cambiar. La sensación de triunfo que hasta entonces habíamos tenido se volvió a venir abajo. Con el corazón oprimido y una sensación de fracaso nos dedicamos a realizar los trámites necesarios para salir del país y continuar con el viaje. Con la energía baja llegamos a la calidez de Paraguay. Ahí, sin saberlo, nos esperaban personas que en pocos días se convertirían en grandes amigos.

Con el paso de los días volvimos a recuperar la confianza perdida. Gracias al apoyo de nuestros amigos que nos impulsaban a seguir con nuestros proyectos así hubiéramos perdido varias cosas. A no darnos por vencidos. Y por el lado de los cuentos, por primera vez en el viaje, nos pidieron dar dos talleres de cuentos. Sentíamos que la propuesta no podía llegar en mejor momento. Ahora sí, después de ocho meses de viaje como cuenteros teníamos mucho que ofrecer a los demás. Y nos sentimos satisfechos de involucrarnos en el desarrollo artístico de otros cuenteros.

Paraguay fue el punto más alto de nuestra labor como cuenteros. Satisfechos con nuestro trabajo y con la tristeza de separarnos de nuestros amigos, seguimos hacia Montevideo. Cuando llegamos nos dimos cuenta de lo cansados que estábamos. Desde el robo no nos habíamos detenido. Desde Costa Rica llevábamos un ritmo fuerte de funciones de cuentos en todos los países.

Me imagino que así deberá sentirse un hombre que ha trabajado a lo largo de toda su vida y necesita un descanso. Decidimos que ese sería el lugar ideal para hacer un alto en el camino. Una pausa. Dejar a un lado los cuentos y dedicarnos a nosotros mismos por un mes entero. Fue una especie de retiro donde tomamos clases e hicimos amigos ajenos al mundo de la narración oral. Despejamos nuestra mente durante ese mes y eso nos permitió vivir los siguientes meses con una ligereza hasta entonces desconocida.

Con la confianza de que ya sabíamos cómo viajar nos aventuramos a la Patagonia. Íbamos con una sensación enorme de satisfacción por haber recorrido gran parte del continente con nuestro saco de cuentos al hombro. Satisfechos con nuestros logros nos dimos permiso de simplemente viajar. Realizamos pocas funciones en esos últimos dos meses pues sentíamos que nos habíamos merecido el derecho a descansar y disfrutar. Y lo hicimos.

Hace dos semanas, volvimos a México.

Estamos en Tepoztlán. Nos acompaña Olivia, nuestra perra, que también está en la última estación de su vida. Mientras ella duerme a nuestros pies, pasamos horas leyendo lo que hemos escrito, viendo fotografías y escribiendo nuestras memorias.

¿No es acaso esto lo que hace un hombre cuando se encuentra viviendo los últimos años de su vida?

Así como él, nosotros también decidimos retirarnos al campo para repasar nuestro último año. El viaje ha llegado a la vejez. A su último punto de existencia en donde ya no se trata de salir al mundo a explorar sino explorar dentro de uno mismo.

En nuestro caso, afortunadamente, el viaje muere pero la vida no. Esta aparente muerte le está dando el paso a una nueva etapa de nuestra vida. La muerte de algo es sólo la antesala del nacimiento de algo nuevo. Algo que apenas comienza a gestarse dentro de nuestras almas. Una nueva vida, diminuta e informe que cuando sea su momento saldrá a conocer la luz del día y comenzará a crecer, madurar, transformarse…

El camino de regreso

1. Montevideo, viernes 5 de junio, 5:50 a.m.




No hay fecha que no se cumpla… Llegó el día del regreso.

Cuando salimos de México hace poco más de un año ignorábamos cuál sería ese día. Confiábamos, eso sí, en que si estábamos abiertos a interpretar las señales y a escuchar nuestro corazón, no nos equivocaríamos y elegiríamos el momento justo para volver.

Lo que sí teníamos claro desde el principio es que no queríamos hacer el regreso por avión. Nos aterraba la idea de arribar abruptamente a la ciudad de México. Desandar de un solo golpe la entera geografía simbólica de nuestro recorrido.

Volar en avión tiene algo de inhumano. El cuerpo y el alma se escinden. Cuando el cuerpo arriba al sitio de destino, el espíritu aún continúa flotando en el sitio de partida.

Por eso hubiéramos preferido regresar por tierra, lentamente. Hubiéramos preferido que la transformación pausada y progresiva de la geografía nos ayudara a hacer el tránsito interior de regreso a casa.

2. Montevideo, viernes 5 de junio, 6:00 a.m.



Entramos al avión. Toques eléctricos nos recorren la espalda.

Al cerrarse la puerta del avión y conforme este se eleva se abre una enorme grieta en el mapa simbólico del viaje. Detrás de la puerta del avión está el recorrido entero que hicimos en el último año, con cada una de sus estaciones.

Delante de nosotros, cuando lleguemos a nuestro destino y se abra finalmente la puerta nos espera un mundo al que le será imposible comprender este cúmulo de experiencias que dejamos atrás. Pues para ellos todo permanece igual. Pues nada de lo que guardan los últimos 385 días de nuestras vidas es tangible para ellos.

En este momento nos rodea un silencio infinito. Una soledad inabarcable. Como si viajáramos en un avión vacío.

En este instante, en esta sensación, está la esencia de lo inefable del viaje.

Inevitablemente, poco a poco, el viaje será engullido y desintegrado. Llegará un momento en que no será posible distinguir el recuerdo del viaje del sueño o de la fantasía.

3. San José, viernes 5 de junio, 8:50 p.m.


Estamos agotados por el tránsito de regreso.

Han pasado trece horas desde que nos subimos al avión en Montevideo. Paramos en Lima y después en San José.

Este es el último tramo del viaje de regreso.

Suena la voz tipluda de la señorita de TACA para que abordemos el avión.

Entramos en el sitio que nos corresponde. Detrás de nosotros continúa aún la estela de soledad y de silencio. El tremendo peso de un avión vació.

Sin embargo algo ha cambiado. Al principio sólo hay signos sutiles. Susurros. Pero luego es imposible no darse cuenta de que el avión súbitamente se ha llenado. Está repleto hasta el tope. No es posible distinguir si los que ocupan los asientos y atiborran los pasillos son fantasmas o son personas de carne y hueso. Lo cierto es que no paran de hablar y de reir. Lo cierto es que varios de ellos no tienen reparo alguno en pedir a la azafata doble ración y dosis extra de champaña.

Sí. Ahí están todos. De vuelta con nosotros. Acompañándonos...

Está Naburu Hoyo, Luis Miguel, Montserrat, José Antonio y Fidel, con quienes nos encontramos en Donminicana.
Está Tato, Maritza, Domingo y Janet con quienes compartimos en Puerto Rico.
Está Alberto, Jorge, Minor, Roy, Arnoldo, Gustavo, Roberto y los otros amigos de Molinos Modernos; Eddie, Mike, Manuel, Liliana, Rodolfo, Larraitz, Olga, Paolo, Tomás, Sabine, Nan, Zenón, Max y Joao, con quienes nos encontramos en Guatemala.
Está Ovidio, Rigo, Glenn y Daniel, con quienes compartimos la experiencia en el MET de Belice.
Está Glen, a quien conocimos en Honduras.
Está María Candelas, Hugo, Madeleine y Armando Mejía, a quienes conocimos en Nicaragua.
Está Alejandro, Jessica, Ale, Analía, Fernando, Ricardo, Adrián, Gustavo, Pedro; Mauricio, Félix y los otros amigos de HayGroup; Margarita, Pamela, Germán y Juan Madrigal, con quienes nos encontramos en Costa Rica.
Está Cristina, Álvaro, Mamana, y los otros Uribe; Jota, Mauricio Patiño, El Parcero, Cociaca, Teresita y los otros amigos de Vivapalabra; Susana, Zaira, Diana, Tutucán, Cora, Raúl, Liceth, Alexander, Esneider, La Mona, Sebastián, Natalia, Hanah, Pakiko, Karla, Mauricio Grande, Bienvenida, El Diablo, El Gato, Juan Mateo, Ramsés, Fernando, Mateo, Ilán, Carolina, Sandra y los otros amigos con los que nos encontramos en el Hablapalabra; Sandra y Carlos E., Homero y los otros amigos del Jardín Fibas; Gonzálo, Irene, Chimi y Agnés, con quienes nos encontramos en Colombia.
Está Wayki, su mamá, su hermana y sus amigos de la Tropa Cósmica; Ángela, Chato Miguel, Cucha, Briscila, Lorena, Elisabeth, Sara, Javier, Cheli, Juan Carlos, Ángel, Fernando y los otros amigos del Festival Déjame que te Cuente, a quienes encontramos en Perú.
Está Guido, Zosha, Martín, Paola, Roberto, Conejo, Celia y las amigas de Maya XXVII; Grober, Cármen, y los otros amigos de la compañía El Waki a quienes conocimos en Bolivia.
Está Laura, Ayrim, Rubén, Miguel, Erenia, Sara, Cármen, Miguel, Rebeca, Marcos, Zunú, Andrea, Iker, Myriam, Brígido, Teresita, Miguel y Alda, con quienes nos encontramos en Paraguay.
Está Gerardo, Iris, Ema, Yvonne, Sonia, y las otras mujeres del Paullier, con quienes nos encontramos en Uruguay.
Está Mariana, Joaquín, José Luis, Marcela, Gerardo, Ana, Sara, Rodrigo, Andrés, Paty, Lorenzo, Martha, Edel, Tom, Nicole, Dave, Sherry, Iván y Roland, con quienes nos encontramos en Chile.
Está Colo, Ale, Leo, Sandra, Jorge, Ronin, Ana y Laura; Inés y las entusiastas sexagenarias de nuestra última función de cuentos con quienes compartimos nuestro tiempo en Argentina.

4. Espacio aéreo mexicano, viernes 5 de junio, 10:30 p.m.



El día que salimos de México no sabíamos si volveríamos. Íbamos con el horizonte abierto, convencidos de que si alguna ciudad de Latinoamérica nos cautivara para vivir en ella, no dudaríamos en establecernos ahí.

Costa Rica nos pareció un país interesante. Bogotá con su arquitectura de ladrillos rojos y sus montañas verdes todo a lo largo de la ciudad tiene algo que enamora. Montevideo, su calma y su bohemia nos atrapó.

Sin embargo, conforme más nos alejábamos, con más fuerza se nos reaparecía México. En nuestro corazón escuchamos el llamado de nuestra tierra, sus paisajes, su carácter, su comida. En nuestro corazón encontramos el signo de nuestra familia y de nuestros viejos amigos.

Supimos entonces que a esta tierra es donde queríamos regresar para continuar nuestro viaje.

5. Ciudad de México, sábado 6 de junio, 10:30 a.m.



Despertamos.

Descorremos las cortinas del cuarto del hotel en el que pasamos la primera noche a la vuelta, ya que nuestros padres se confabularon para darnos una bienvenida de reyes.

Estamos en el corazón de la ciudad. Todo es verde. Todo está tranquilo. Todo es hermoso. Todo está en silencio. La bandera de México ondea apaciblemente.

Desde esta altura es difícil pensar que México está en guerra contra el narcotráfico; que la contaminación continúa avanzando; que hay crisis y desempleo; que la clase política es de dar lástima; que la corrupción sigue siendo el lenguaje que todos hablan y entienden aquí; que continúa habiendo hay una disparidad socioeconómica bestial; que sigue existiendo un racismo lacerante…

Sí. Todo eso parece demasiado lejos de nosotros aún.

Estamos más bien tranquilos, contentos.

Nos inunda un sereno ánimo de satisfacción.

¡Lo logramos!

Por un segundo es imposible no asociar la estampa del momento que estamos viviendo al ánimo de celebración de una larga luna de miel que concluye.

Sin embargo no hay nada más lejano a este momento que una luna de miel. Pues las lunas de miel son apenas una promesa. Lo que las parejas festejan en ese momento es el augurio de un futuro promisorio.

Nosotros, en cambio, después de algunos años de estar juntos y de haber recorrido Latinoamérica durante un año como contadores de cuentos y recopiladores de historias --trasladando la magia de un lagar a otros, tendiendo puentes entre corazones y propiciando el viaje interior—, celebramos una realidad.

En nuestro viaje hemos conquistado una memoria común indeleble, y hemos consolidado un proyecto de vida conjunto, vivido sobre la traza de la solidaridad, la confianza, la generosidad, la creatividad y la aventura.

jueves, 4 de junio de 2009

¡Hasta la vista! ¡Hasta siempre!

Última tarde de viaje

(...) El hoy fugaz es tenue y es eterno;
Otro Cielo no esperes, ni otro Infierno.
Borges, El instante


Es la última tarde de viaje.

Recién fuimos a caminar por la Rambla de Montevideo. A despedirnos del atardecer que caía plácidamente sobre el Océano Atlántico mientras el aire frío nos golpeaba la cara.

Regresamos al hotelito a empacar.

Ahora Jennifer está durmiendo una siesta para aguantar el trote de esta noche, pues nuestros amigos uruguayos han organizado una cena para despedirnos.

Mientras tanto, yo me he escapado a un cafecito sobre Sarandí, justo a unos pasos de Plaza Independencia, para estar solo un rato.

Y aquí estoy.

Este es mi pequeño ritual de despedida. Cumpliendo mi sueño. Escribiendo.

Simplemente tengo un nudo color sepia en la garganta...

Ganas de llorar. Y de reir. Y de dar gracias. Y de abrazar a Jennifer. Y de llorar otra vez.

Todo me viene otra vez a la mente.

Tantos rostros, tantos paisajes, tantas sorpresas, tantos encuentros, tantos amigos, tanta vida...

Todo el recorrido en un golpe de emoción.

Todo el recorrido en un instante.

Hay momentos que exigen hacer silencio...

El lado oscuro del corazón


“Sólo hay poesía de lo irrepetible,
aunque sea tan aparentemente reiterado
como un crepúsculo o una declaración de amor.”
Fernando Savater


De entre todos los trayectos que hicimos en el viaje el que para mí estaba revestido de un aura particular era el del Ferry entre Buenos Aires y Montevideo.

Ese mismo que ahora resultó ser el último de nuestro recorrido.

Y no por otra cosa sino porque aquel trayecto es uno de los lienzos de fondo sobre los que Eliseo Subiela hace un derroche de nostalgia en su Lado Oscuro del Corazón, la película argentina que me cautivó desde que la vi, hace cerca de quince años.

Y es que por aquel tiempo (todavía en la época de la universidad), la película se convirtió para mí en una especie de himno, y su protagonista, Oliverio, en un ícono: el artista marginal, poeta urbano, apasionado y testarudo, siempre a contrapelo del mundo y sus demandas de pragmatismo; siempre el lucha contra la inercia que quiere asimilarlo a “la realidad”.

“Trato de que seas sensato. Que dejes de ser un niño” –le dice a Oliverio la muerte, su permanente compañera. “Algún día olvidarás esas palabras y entonces serás mío”, amenaza.

Más tarde lo ridiculiza, devalúa sus temas, sus obsesiones: “El amor es una trampa que se tiende al hombre para perpetuar la especie. Es un mecanismo. Es sólo eso.”

Y Oliverio contesta enfático, furioso: ““El amor nunca puede pasar por tus manos. La justicia nunca puede pasar por tus manos. Aunque se mate en nombre de la ley, y aunque se muera en nombre del amor”.

Ahí, en ese romanticismo casi militante, es que está la clave de mi identificación con ese personaje. A través de su voz comprendí que la poesía podía tener una cadencia distinta al acartonamiento soporífero con el que nos enseñaron a recitar en la escuela aquellos poemas para el diez de mayo.

A su pasión furiosa, como digo, y desde luego también, al hecho de que, como Oliverio, después de mi primer gran (des) amor, iba yo de chica en chica, de novia en novia, buscando obsesivamente a la que fuera capaz de volar.

“Me importa un pito que las mujeres tengan
los senos como magnolias o como peras de higo.
Un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero
a que amanezcan con aliento afrodisiaco o aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportar una nariz
que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias.
Pero eso sí, lo que no les permito, bajo ningún concepto,
y en esto soy irreductible, es que no sepan volar.
Si no sabes volar, pierdes el tiempo conmigo.”
--Oliverio Girondo--

Esa. La que vuela.

Me faltaba todavía un buen trecho para caer en cuenta que encontrar a la que vuela era una proyección de mi propia incapacidad para volar. Aún me faltaba recorrer bastante camino como para comprender que para encontrar alguien así es preciso aprender a volar uno mismo, para empezar.

A propósito de la búsqueda amorosa de aquellos años hay una anécdota curiosa, casi una ironía anticipatoria del destino:

Ocurrió que fui elegido para representar a los estudiantes en el congreso anual de psicología de la universidad, al lado de otros ponentes más experimentados. Presenté una conferencia titulada Divergencias psicoanalíticas de El lado Oscuro del Corazón, en la que comenté el filme de Subiela.

Aquella noche la enorme Aula Santa Teresa de la Universidad estuvo prácticamente vacía. Treinta asistentes a lo sumo, de los cuales, más de la mitad eran mis familiares y amigos.

Lo anecdótico para el caso es que en la primera fila estaba sentada una estudiante de tercer semestre de la carrera quien –llevada por el entusiasmo de presenciar la conferencia de su amigo, el ponente— se hizo acompañar por sus papás.

Aquella estudiante era Jennifer…

¿Quién habría podido calcular en aquel lejano 1997 que aquel psicólogo de disparates divergentes –que identificaba la incapacidad de intimidad del protagonista de la trama de El lado Oscuro del Corazón como parálisis histérica en las alas—se convertiría a la vuelta de los años en la pareja de aquella estudiante?

¿Quién hubiera imaginado entonces que Jennifer se convertiría en mi chica voladora?

¿Quién hubiera sospechado que junto a ella recorrería Latinoamérica en un proyecto bohemio de cuenta cuentos, escritores, fotógrafos-poetas?

¿Quién hubiera podido suponer entonces que yo haría el mismo tránsito que Oliverio por el Río de la Plata, sin ningún residuo en mi corazón de aquella nostalgia romántica que me ligaba entonces a él y de la que estaba yo ahíto?

Yo menos que nadie, seguro.

Lo que sí tendría que haber generado sospechas era el incurable amor por Latinoamérica que me acicateó El Lado Oscuro del Corazón: “Este manicomio. El país de Cortazar, Borges. Es una obsesión. Imaginarse esto no es fácil. Es un caos que no sabes dónde va a llevar. Todo el tiempo es la promesa de cielo e infierno, simultáneamente. Aquí todavía puedo soñar varias vidas posibles. Tiene mucho futuro. Sólo le falta saber cómo sobrevivir al presente”.

Y aún ahora mientras hago este ejercicio de memoria no puedo dejar de sorprenderme frente a las semejanzas que existen entre aquel universitario que fui, y este viajero –a punto de concluir su viaje por Latinoamérica—que soy ahora: ambos sentimos una emoción particular por las historias y las palabras; pues a ambos a veces nos ganan las ganas de que la poesía se superponga a la prosa; porque a ambos en ocasiones los sueños nos transgreden las fronteras de la vigilia; porque ambos anhelamos vivir en un mundo en que fuera posible intercambiar un poema por un bife de chorizo.

Supongo que habrá otros con mejor memoria que yo a quienes la semblanza entre ambos personajes no sea sorprendente. Habría que preguntarle por ejemplo a Manolo Ávila y a Carlos Quintana, amigos entrañables y confidentes empedernidos de aquellas épocas.

Más aún, fueron ellos coprotagonistas de aquella afición por El Lado Oscuro del Corazón, a tal grado que nos construimos alter egos en perfecta simetría con los tres personajes protagonistas de la película. Montados en esa ficción gastamos un porcentaje respetable de nuestros magros sueldos de aquella época en bifes que nos servía el dueño gordo de “El Zorzal” que por entonces estaba en la calle de Michoacán, en la Colonia Condessa.

Y en el clímax de aquella trama amistosa hicimos un par de viajes por Oaxaca, Puerto Escondido y Mazunte, que podrían ser calificados con justicia como antecedentes prehistóricos de los Viajes del Corazón.
Frente a la costa pacífica personificamos sin rubor a nuestros personajes argentinos alternos, haciendo patente para todos nuestro marcado acento porteño. Allá pasamos varios días comiendo pescadillas, bebiendo cervezas, escuchando música, contándonos nuestros sueños frustrados de conquista amorosa, jugando volley-ball playero con los lugareños, tratando de conquistar italianas en bikini y escribiendo unas crónicas de viaje más cómicas que poéticas, al declinar el día.

Viajes memorables de esos que sólo podría comprender quien, junto a sus amigos del alma ha sentido el discurrir despreocupado del tiempo, frente al mar.

Hoy, mientras la luna esparce su mirada plateada sobre otro mar, a miles de kilómetros de distancia y varios años de por medio, los evoco.

Por lo visto la frontera final de los Viajes del Corazón tienen esta facultad de convocar a mi pecho todo este cúmulo de recuerdos y sentimientos.

Y ya sobre la traza de la memoria, no es raro que me invada un derroche de nostalgia colándoseme por el lado oscuro del corazón.
¿Y qué mas da, si la vida la vive mejor quien tiene de su lado a la poesía?

“Llorar a lágrima viva, llorar a chorros, llorar la digestión, llorar el sueño, llorar ante las puertas y los puertos; de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma y la camiseta. Inundar las veredas y paseos y salvarnos a nado de nuestro llanto.
Festejar los cumpleaños familiares llorando, atravesar el África llorando.
Llorar como un Cacuy o como un cocodrilo, si es verdad que los cacuyes y los cocodrilos no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo pero bien: llorarlo con la nariz, con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de amargura;
Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando. De memoria.
Llorar todo el insomnio, todo el día.”
--Oliverio Girondo--

Atarse al Timón


Llegamos a Villa de Merlo por pura coincidencia. Estábamos en la ciudad de Mendoza y queríamos partir el largo trayecto a Buenos Aires pasando un par de días en algún pueblito. Necesitábamos unos días de tranquilidad y descanso. El ansia del regreso empezaba a aparecer en nuestras mentes en forma de insomnio y pesadillas. Las miles de preguntas que teníamos que responder revoloteaban nerviosas en nuestra cabeza. Así que una pausa de calma antes de llegar al ritmo acelerado de la capital era lo que necesitábamos. Investigando, me llamó la atención el nombre Merlo. Simplemente por su sonido me lo imaginé como un sitio armónico.

A medio camino entre Mendoza y Villa de Merlo tuvimos que esperar algunas horas en la terminal de buses de San Luis. Ahí decidimos llamar al sitio donde pensábamos alojarnos –sólo para confirmar que el lugar visto en internet realmente existía y estaba disponible. Resultó que no. Lo que pensábamos era un hotel, realmente consistía de una cabaña que ya estaba ocupada. Sin embargo, el dueño del lugar nos recomendó dos sitios más. También cabañas individuales. Una de ellas se llamaba Las Mariposas. Y otra vez, por el simple nombre, lo elegimos.



Arturo llamó al sitio y regresó con una cara no muy alentadora: “Me contestó un señor al que no le entendí muy bien. Me dio la impresión de que estaba enojado, como molesto de que llegaran clientes”.

Esto me lo dijo ya subidos en el bus rumbo a Merlo. Así que decidimos aún así llegar a Las Mariposas por lo menos por la primera noche y de ahí ver.
Pero cuando llegamos a la cabaña nos recibió un hombre de nuestra edad, sonriente y amable que inmediatamente nos saludó de beso y nos trató como si nos hubiera estado esperando todo el día. Nos mostró la cabaña de troncos de madera y piedra, como salida de un cuento, acogedora, calientita y con todo tipo de pequeños detalles que hacían notar que los dueños no solo le habían metido empeño sino corazón.



Esa noche dormimos con una profundidad que hace mucho no habíamos experimentado. Jorge, al día siguiente, nos explicó que eso se debía al micro clima especial que existe en Villa de Merlo (una condición que sólo se repite en dos otras partes del mundo, una en California y otra en Islas Canarias). En estos sitios, por alguna explicación científica que no logré entender muy bien, el aire tiene más oxígeno de lo normal y eso ayuda a relajar el cuerpo, descansar y recuperar horas de sueño. No sé si se deba a eso o al cansancio acumulado después de doce meses de viaje pero dormimos como bebés.

En cuanto entramos en confianza Jorge no se cansó de disculparse por su aparente mal humor en el teléfono. Resulta que cuando llamamos él y Sandra, su esposa, habían estado moviendo muebles y a ella el esfuerzo le había provocado unas punzadas en el corazón. Punzadas que resultaron nada graves pero que al momento los asustaron a los dos. Así que con esa preocupación, Jorge contestó el teléfono y dijo cualquier cosa, pensando más bien en la salud de su mujer. Al colgar, ni él ni nosotros había entendido nada. Jorge nos confesó entonces que nunca creyó que llegaríamos esa noche, después de cómo nos había contestado. Sin embargo, el destino es terco.

Desde ese primer día –nublado, gris y frío- nos dimos cuenta por qué teníamos que haber llegado ahí.

Jorge y Sandra, tan conversadores como nosotros preguntones, nos contaron cómo habían llegado a parar ahí. Ambos eran de Buenos Aires y hace dos años habían decidido hacer un cambio total en su vida: alejarse de la ciudad, dejar sus trabajos de oficina, mudarse al campo y emprender un negocio dedicado al turismo, para darse una vida junto a la naturaleza.



Habían recorrido un largo camino de planeación, ahorros, ventas y riesgos. Con la venta de su casa en la capital compraron el terreno que se convertiría en Las Mariposas y junto con un arquitecto comenzaron a idear el espacio para convertirlo en lo que ahora veíamos: una cabaña para rentar a dos personas y un bar de tapas-casa de té contiguo a su propia casa. Ronin, su perro, los acompañó en la aventura.



Y como en un espejo, comenzamos a contarnos las dificultades y obstáculos que existen cuando uno se decide a emprender su sueño. Sobre todo, de las reacciones que tiene la gente cercana cuando escucha lo que quieres hacer. Reacciones provocadas por el miedo, el desconocimiento, la ansiedad y muchas veces, por el mismo cariño que te tienen y que no desean verte ir…

Ninguno de los dos era chef ni había manejado antes un negocio de ese estilo. Lo único que tenían era la firme certeza de querer construirse una vida distinta a la que tenían en la ciudad. Una vida llevada a un ritmo más pausado. Una vida dedicada a ver crecer un negocio propio. Una vida hecha a su medida y no una en donde ellos tuvieran que acoplarse a las medidas exigidas por otros.


Nos contaron de lo difícil que fue arrancar. Los primeros días, vacíos y sin clientes, cuando Jorge sentía que caminaba por las paredes de la ansiedad que lo corroía por dentro. Las dudas y los cuestionamientos. La inseguridad de sentir que quizás habían errado en su decisión. El miedo del primer año donde a lo más que se puede aspirar es a quedar tablas con la inversión. Pero, sobre todo, la dificulta de seguir adelante, creyendo en tu proyecto, aunque todos alrededor se dediquen a opinar, criticar y aconsejar…

“Hay opinólogos en todas partes” dice Sandra: “Esos que jamás han hecho algo parecido en su vida pero que se sienten con toda la autoridad del mundo para decirte a ti como llevar a cabo tu sueño”.

“Y a ellos”, enfatiza Sandra: “simplemente hay que ignorarlos”.

Claro que una cosa es decirlo y otra, muy distinta, hacerlo. Teniendo encima las deudas, un negocio que todavía no arranca, las dudas de haber hecho lo correcto, el miedo por emprender algo desconocido… Es muy tentador atender a los consejos de los demás y desviar el camino. Otorgarle a otro el poder de decisión. Lo difícil es defender lo tuyo cuando eso aún es invisible ante los ojos de los demás.

Jorge, cándidamente, confiesa el miedo que sentía. La necesidad que tenía, como ex consultor de sistemas, de que todo, cada detalle cuadrara a la perfección. De que cada cosa tuviera una razón de ser. De que cada movimiento estuviera premeditado y calculado los riesgos y beneficios. Sin embargo, fuera del mundo cibernético, el mundo rara vez funciona así. Tiene formas más bien caprichosas de moverse. Y así, finalmente, lo pudo entender también él.

“Hay que amarrarse al timón” explica Jorge: “en esos momentos, te amarras fuerte al timón y sigues navegado recto hacia tu propio destino”.

Si atiendes a los consejos de los opinólogos, terminarás dando vueltas, tratando de satisfacerlos a todos, cambiando a cada instante el giro de tu negocio, modificando, quitando, agregando y al final, perdiendo el sentido de tu propio sueño.

Esa noche nos vamos a dormir Arturo y yo con miles de sueños en la cabeza. Proyectos que aún no tienen forma pero que comienzan a dibujarse en los escondrijos de nuestra mente. Sueños que por el momento son tan frágiles como las alas de las mariposas. Sueños que algún día llegaremos a cumplir. Y cuando lo hagamos pensaremos en nuestros amigos de Villa de Merlo que por un sueño que parecía locura lograron amarrarse al timón y atender hacia su propio corazón para seguir el trayecto trazado por su mente.