lunes, 23 de junio de 2008

Viaje en Ferry: Un recuerdo

Decidimos viajar de Dominicana a Puerto Rico en Ferry por dos razones: era más barato y nos parecía que el mar tiene siempre un toque de misterio y aventura.

Mientras es la primera ocasión que Jennifer se monta en un barco de estas dimensiones – y está emocionada como niña chiquita – para mí existe un referente previo: en 1992, en el viaje de mochila por Europa con los amigos de preparatoria, hicimos un recorrido en el Mediterráneo por las islas griegas.


Subo al barco y mientras nos registramos, viene a mí con nitidez un recuerdo de aquella ocasión.

Aquel barco tenía básicamente cuatro categorías de hospedaje: empezaba en el tope superior por la suite, pasaba por el camarote standard, descendía al asiento y llegaba, en el borde inferior, a la cubierta. Dado que el presupuesto entonces era tremendamente ajustado (30 dólares al día en las épocas de holgura y 20 dólares cuando nos vimos obligados a implementar el “Plan machito”), optamos por la cubierta en el primer trayecto que iba de Atenas a Santorini.

Ignorantes de lo que nos esperaba, nos apostamos con entusiasmo como una camada de cachorros recién paridos en una región de la cubierta que habíamos conseguido apartar para nosotros solos, justo al pie de una enorme chimenea del buque.

Pasamos una noche fatal, debido a lo intenso del subibaja marinero, las señales ensordecedoras de la bocina, y sobre todo, porque toda la noche cayó sobre nosotros una persistente llovizna de copos de nieve negra de la ceniza que escupía la chimenea, de tal forma que acabamos todos tiznados.

Tan mala fue la experiencia, que en los trayectos subsecuentes – Santorini a Ios y de vuelta a Atenas--, mejor nos separamos en búsqueda de un rinconcito en el barco dónde acomodarse.

Roberto y José Manuel, menos conformistas que el resto, a la media noche, continuaban recorriendo el barco en busca de un sitio mejor que las barandas y los corredores de cubierta que el resto había elegido. Se toparon de pronto con la recepción, que a esas horas de la noche nadie atendía y en cuyo fondo había un tablero de madera donde perfectamente numeradas colgaban las llaves de los camarotes.

Bastó que esa visión se sumara al cansancio de meses de camas duras y regaderas encharcadas de hostal europeo para que surgiera en ellos un impulso de polizón: En total silencio se escurrieron al interior de la cabina y tomaron una llave.

Recorrieron el barco hasta dar con el camarote señalado. Metieron la llave y la giraron. Pero, por más que giraron y giraron, empujaron y empujaron, la puerta no cedió.

No se dejaron vencer por lo que calificaron como un inconveniente menor, pues una vez que habían vislumbrado una noche horizontal, les fue difícil renunciar a ella. Regresaron sobre sus pasos hasta la recepción con el propósito de repetir la operación (que había sido relativamente sencilla), con la diferencia que ahora intentarían con la serie de llaves de camarotes que tenían una secuencia de numeración distinta.

Sin embargo, para su sorpresa, cuando llegaron ahí, ya el front desk estaba resguardado por un griego vestido todo de blanco, como marino. Después de cinco minutos de esperar en vano a que la vejiga del uniformado lo llamara al baño, llegaron a la conclusión de que no conseguirían su objetivo a menos de que hicieran una apuesta más ingeniosa y determinada.

Así, mientras uno distraía al griego aquél pidiéndole un suministro adicional de toallas (lo que le obligó a meterse al fondo de la cabina adyacente para tomarlas) el otro se estiró por encima del escritorio de la recepción y descolgó con precisión felina un nuevo juego de llaves del ganchillo donde colgaban oscilantes.

Con aplomo de felones profesionales, agradecieron en la lengua local al intendente por las toallas -- ¡parakaló, parakaló! – y se dirigieron al nuevo camarote.

Con el corazón palpitando a mil – no sólo por el riesgo de la empresa en sí, de la que ya habían superado algunos obstáculos, sino sobre todo porque aún podían toparse con una nueva frustración, o más aún, la posibilidad de abrir el cuarto exitosamente, sólo para toparse de inmediato con que este está ocupado por los legítimos pasajeros – llegaron frente a la puerta.

Metieron la llave. Giraron. ¡Clic!

Empujaron la puerta.

¡El camarote estaba vacío! Cerraron la puerta y la atrancaron. Se abrazaron eufóricos y celebraron en silencio como si hubieran metido el gol definitorio del campeonato mundial, y antes de tirarse a dormir a pata suelta mecidos por el oleaje mediterraneo, documentaron la felonía con una fotografía, pues corrían el riesgo de no ser creídos por el resto de los amigos.

Aparecieron al día siguiente frescos como lechugas, con 8 horas de sueño continuo, recién bañados. Muy ufanos de su hazaña frente al resto de nosotros – lagañosos, malhumorados, torcidos, insolados.

Dieciséis años después, en homenaje a aquella picardía preuniversitaria le pido a Jennifer que fotografía este momento en que por cuatro veces el precio y menos de un quinto de la diversión, dormiremos legalmente en un camarote estándar en el barco de la línea de Ferries del Caribe, en la ruta que va de Santo Domingo, República Dominicana a Mayagüez, Puerto Rico.

viernes, 13 de junio de 2008

Dos mundos en una pequeña isla: Puerto Rico

Encontré un lugar en el mundo donde parecen convivir en perfecta armonía el mundo americano y el latino. Encontré una pequeña isla en donde los dos mundos que viven adentro de mí desde que nací aquí van de la mano y se expresan de las formas más originales.

Los puertorriqueños pasan del inglés al español en un instante y sin esfuerzo. La moneda que se usa es el dólar pero lo llaman “pesos”. Los letreros de las carreteras usan kilómetros para indicar la distancia y millas para la velocidad permitida. La gente contesta hello al teléfono para después continuar una conversación en español…

Cuatro siglos de colonialismo español y más de cien años de colonialismo americano han creado esta singular sociedad.

Sin embargo, no puedo dejar de preguntarme qué habrá pasado en la historia de Puerto Rico para convertirlo en lo que ahora es. ¿Qué motiva a un país a querer pasar de un dueño a otro? República Dominicana, Haití, Cuba, Puerto Rico. Cuatro países tan cercanos que han decidido transitar por la historia de maneras tan diversas.

La historia de Puerto Rico me parece análoga a la vida de una persona que nunca se rebeló durante la adolescencia. La rebeldía, un paso obligado para establecer la propia identidad, fue pasada por alto en esta isla. Mientras el Caribe y Latinoamérica lucharon batallas sangrientas contra sus opresores, Puerto Rico pasó de ser la hija de España al ahijado de Estados Unidos.

Puerto Rico se denomina un Estado Libre Asociado, sin embargo, como dicen sus propios residentes: “Ni somos estado, ni somos libres, ni estamos asociados”. Viven bajo el mandato de Estados Unidos. Como un hijo que tiene que vivir bajo las consignas de su padre: “Mientras sigas viviendo bajo este techo…”. Y así, el hijo se muerde la lengua mientras extiende la mano.

La historia de un país se escribe en gran parte a partir de sus batallas; las luchas que ha tenido que sobrellevar para convertirse en el país que desea ser. ¿Y no es igual con las personas? ¿Acaso nuestra biografía no la contamos a partir de nuestras luchas internas?

Es curioso pues en este país con una identidad difusa yo me he sentido plenamente identificada. Mi propia historia personal está llena de mezclas y contradicciones. Mis dos mundos, el americano y el latino, han tenido que luchar para sobrevivir e integrarse dentro de mí.

Pertenecer a dos países me ha llevado a sentir en varios momentos que no pertenezco a ninguno. Estando en México o en Estados Unidos sentía cómo una parte de mi ser tenía que replegarse, empequeñecerse, para pertenecer durante ese instante a un espacio en el mundo. Sin embargo, la parte replegada no moría, simplemente se quedaba dormido por un rato…

Rodeada de americanos el inglés de mi infancia aparece. Palabras, gestos y dichos que no tenía registrados salen automáticamente de mi boca. Como también mi cuerpo, naturalmente, se empieza a mover cuando escucha un merengue o una salsa.

Lenguajes y caderas silenciados por tanto tiempo.

Cuando mi familia se mudó a México yo tenía 9 años y lo único que deseaba era pertenecer; ser como todas las demás niñas de mi colegio. Ellas no pronunciaban en inglés como yo así que gradualmente comencé a dejar de lado mi pronunciación. Escondía mi acento pues hablar así denunciaba mi origen y pronto aprendí que en México ser americano no era siempre bien recibido.

Me propuse –casi como una tarea- aprenderme las canciones que escuchaban mis compañeras: Timbiriche, Flans y Luis Miguel, cuando yo lo que quería era cantar Burbujas de Amor. Quería bailar a unos ritmos que nadie en mi mundo bailaba, pues en el México que me tocó vivir esa música era para “nacos”. Así que yo tenía que bromear, escondiendo a través de la burla, el gozo que sentía con esos ritmos caribeños.

Mi lenguaje y mis caderas parecían siempre fuera de lugar. Resaltaban en el mundo donde crecí. El inglés se fue empequeñeciendo y las caderas dejaron de moverse.

Irónicamente, fue mi viaje a Colombia el que logró romper con esa inercia. Ese año de vida en Colombia se convirtió en un capítulo de mi propia historia personal; una batalla de identidad y rebeldía.

A los veinticuatro años, saliendo de la universidad, decidí irme a vivir a Colombia para estar cerca de Fabio, quien entonces era el amor de mi vida. Había terminado la carrera de Psicología pero mi corazón no estaba en el mundo laboral sino en el campo de los sentidos. Quería experimentar el mundo y probarme en él. Aferrada a mi bandera de la libertad y con la fuerza que da el enamoramiento, logré desprenderme de las ataduras sociales y volar hasta Bucaramanga, Colombia.

Mi pasaporte americano fue imprescindible para ayudarme a conseguir trabajo como profesora de inglés. Contratada casi por el simple hecho de ser native speaker, mi trabajo no se podía limitar únicamente a las aulas. Me motivaban para hablarles a los alumnos todo el tiempo en inglés (cosa que además agradecía pues me ahorraba las burlas de mis alumnos adolescentes por mi acento mexicano).

Hablando y enseñando inglés me di cuenta, recordé, lo mucho que me gustaba ese idioma. Un idioma injustamente asociado con la guerra y el imperialismo, pues es también el idioma de Shakespeare y Dickens. Un idioma rico, poético, inmenso… Durante esa época me descubrí muchas veces pensando y soñando en el idioma de mi infancia.

Pasaba todo el día inmersa en el idioma inglés, estudiando su gramática y gozando su literatura. Cuando llegaba la noche me encontraba envuelta en un ambiente caribeño de fiesta y de rumba. La salsa y el merengue se metían por mis poros y mis caderas se sentían libres para moverse de nuevo. Recuerdo mirar a mi alrededor y sentirme extraña entre tanta gente que bailaba la música que yo hubiera deseado bailar toda mi vida.

No sé de donde me vino el gusto por esa música, pero desde pequeña era la música tropical la que corría por mis venas. Mi cuerpo ansiaba menearse pero al hacerlo sentía las miradas extrañas de los otros. Mis caderas estaban vigiladas. Mis caderas, que deseaban moverse, se habían quedado demasiado tiempo en silencio, engordando, calladas, esperando.

Una noche, bailando en Cali Son junto con dos amigas, sentí que mi ser se desbordaba a través de la música. Mis caderas ya no eran extrañas. Mis movimientos eran bienvenidos y mi cuerpo más bien tenía que seguir el ritmo acelerado de los costeños que se movían con extremada soltura. Regresé esa noche con el cuerpo inundado de ritmo, exhausta, pero feliz. Curiosamente sanada.

Gracias a ese año colombiano pude reconciliar dos aspectos de mí que tenía escondidos. Mi parte americana, a través del acento y el lenguaje, y mi parte latina, a través del ritmo y la música caribeña. Recuperé mi voz, mis caderas y mi capacidad para convertirme más en mi misma.

Ahora años después, en esta pequeña isla del Caribe, lo vuelvo a sentir. Sorpresivamente, me he encontrado un rinconcito en el mundo en donde puedo expresar sin prejuicios mis dos realidades.

Olivia

Un viaje te obliga a desprenderte de muchas cosas: familia, amigos, casa, pertenencias y comodidades. Todo eso se queda atrás a cambio de un boleto hacia lo desconocido. Y está bien. Es parte de la transacción.

Sin embargo, de todo lo que tuvimos que dejar, lo más difícil y doloroso fue dejar a Olivia, nuestra Golden Retriever de once años. Sabíamos que no había otra opción. Llevarla a un viaje como este sería una locura (aún en el espíritu aventurero que teníamos).


Yo no había tenido buenas experiencias al dejar a mis animales. En el 2002 me fui a vivir un año a Colombia y tuve que dejar atrás a mi adorado gato, Fizz. Cuando regresé me enteré que mis papás, en un acto de desesperación, lo habían regalado. Fizz, en su vejez, se había vuelto agresivo y desobediente. Seguramente –ahora lo entiendo- enojado conmigo por haberlo abandonado tanto tiempo y sin explicación.

Nunca imaginé que un gato (o cualquier animal) fuera tan sensible y capaz de percibir un abandono y rebelarse. Después supe a través del veterinario que había ayudado a buscarle una casa, que Fizz no la había pasado nada bien. Estuvo enojado durante meses con su nuevo dueño, huraño y agresivo, sin querer acercarse a ninguna persona. Me duele imaginarlo en ese tiempo, confundido y triste, sin saber qué había hecho para merecer ese castigo. Unos meses más tarde, murió.

Nunca tuve la oportunidad de despedirme. Nunca pude agradecerle sus quince años de compañía. Nunca pude explicarle que en realidad él no había sido el culpable sino los humanos que vivíamos con él, envueltos en nuestra maraña de sentimientos no expresados, los únicos responsables.

Cuando vi que estaba a punto de vivir lo mismo con Olivia sentí que toda la experiencia anterior se me volvía a aparecer, amenazante y burlona, para ver cómo la resolvía esta vez. La vida, como siempre suele hacer, me daba una segunda oportunidad.

En esta ocasión era imposible fingir que no sabía lo que sabía. Que los animales sienten, entienden y se dan cuenta de lo que sucede a su alrededor (mucho más de lo que creemos).

Mi única opción, la única que me dejaría tranquila, sería enfrentarlo: despedirme de Olivia de la misma manera que lo haría con un niño pequeño. Explicarle que los motivos del viaje no tenían nada que ver con dejarla a ella ni con dejarla de querer. Y al igual que los niños pequeños, Olivia se negaba a querer entender…

Traté de explicárselo de mil formas y al hacerlo también se me iba aclarando a mí las razones reales, íntimas y profundas del viaje. ¿Por qué queríamos hacer este viaje?

Como lo dice el personaje de Saramago en El cuento de la isla desconocida: “Yo necesito ir a esa isla. Necesito pararme en esa isla para saber quien soy yo en ella”.

Arturo y yo necesitábamos hacer este viaje.

Y era necesario también que Olivia lo comprendiera. Podía sentir su tristeza y su confusión, sabiendo que al igual que Fizz podía ser un animal desechable, como tantos animales lo son. No quería que Olivia sintiera que la vida la estaba arrojando a cualquier sitio a que viviera sus últimos años.

Necesitaba encontrarle un lugar en donde pudiera sentirse especial. Un hogar que necesitara de Olivia de la misma forma que ella necesitaba de ellos.

Varias veces me senté por las tardes en el pasillo del departamento, junto a su cama, para tratar de explicarle, despedirme y agradecerle. Pero siempre recibía la misma respuesta: indiferencia y resignación, como si dijera: “Me da lo mismo. Déjame donde sea”.

En otros momentos me daba la impresión que me imploraba como un niño que le ruega a sus papás que no se vayan a su reunión de adultos: “¡Quédense aquí! No vayan al viaje. Aquí estamos bien los tres…”


Mientras tanto, continuaba la búsqueda de una persona que quisiera adoptar a Olivia durante un año. Después de varios intentos y llamadas apareció Mara, una amiga de mi mamá, que vivía con sus dos hijas universitarias, Jimena y Regina. Una familia que necesitaba del cariño y la ternura de una perra como Olivia.

Llevamos a Olivia un sábado por la tarde para que se conocieran. La dejé ahí pasar la noche, diciéndoles que sería como una piyamada. Rápidamente, Regina decidió que Olivia dormiría con ella en su recámara. Mara, como tratando de ordenar las cosas, opinó que la cocina sería el mejor sitio. Pero Regina no estaba dispuesta en dejarla pasar la primera noche sola… Arturo y yo nos sonreímos y nos fuimos.

Al llegar a nuestro departamento lo sentimos incompleto. Nos dimos cuenta que una parte de nuestra pequeña familia se estaba quedando atrás. Olivia tenía su propia aventura que vivir.

Unos días después traté de explicarle a Olivia que viviría por un año con la familia de Mara, a quienes ya conocía y aparentemente se había sentido contenta. En esa casa con jardín soleado y tres mujeres consentidoras, ¿cómo no sentirse agasajada? Sin embargo, sentí que Olivia seguía triste con nuestra partida.

En lugar de seguir dándole explicaciones y razonamientos, simplemente le hice saber que yo también estaba triste. Pues el hecho de preparar una despedida no te exime de sentir la tristeza de la separación.

En ese momento de tristezas compartidas me llegó a la mente la imagen de Olivia, con su pata izquierda alzada hacia mi en señal de aceptación, como si me dijera: “Te dejo ir. Lo entiendo y te dejo ir…”

Dos semanas después, en una tarde lluviosa y después de dos horas de tráfico, llegamos a casa de Mara con Olivia y todas sus cosas. A eso de las nueve de la noche tocamos a la puerta. Estaban las tres esperándonos. Ya sin los nervios del primer encuentro y con una caja de chocolates que me ayudaría a la tristeza, nos recibieron.

Platicamos sobre los cuidados, las raciones de alimento, los baños y los talcos antipulgas. Pero por más que intentaba, no encontraba –ni encontraría- las palabras para expresar lo más importante que requería Olivia: atención, mucha, mucha atención…

“¿Ya estás preparada para irnos?” me preguntó Arturo. Y como no pude contestar, respondió Mara:

“Creo que nunca vas a estar preparada, y tampoco ella.”

Esa frase se quedó colgando en mi mente por varios días. Aunque por un lado tenía razón, pues uno nunca está listo para separarse de sus seres queridos, por otro lado, llevaba más de un año preparándome.

Salí de casa de Mara con los ojos llenos de lágrimas pero con el corazón más liviano. Sentía que un peso se había elevado de mis hombros. La despedida con la familia de Mara había estado llena de agradecimientos, de nosotros hacia ellas y de ellas hacia nosotros.

Entonces nos dimos cuenta que el universo nos había ayudado a encontrar lo que queríamos: una familia que necesitaba a Olivia.

Hay un país en el mundo

Y así, despues de 15 días, nos despedimos de Dominicana, que vio nacer oficialmente nuestros Viajes del Corazón...


Nuestro Recorrido en Dominicana



Link al poema del escritor dominicano Pedro Mir "Hay un país en el mundo":
Recomendaciones (no tan azarosas) de Viajes del Corazón en Dominicana
- Paz y Tranquilidad del Hotel Altocerro, Constanza
- Descanso en la Playa, Juan Dolio
- Centollo, Gambas y Bacalao en Don Pepe, Santo Domingo

Juan Dolio

El paréntesis que el viaje representaba, abrió la oportunidad para que al despedirme de uno de mis clientes, Luis Miguel, me propusiera organizar una función de cuentos, un poco aprovechando la circunstancia de que el viaje arrancaba en Santo Domingo, un sitio cercano a su corazón, pero sobre todo para celebrar la confianza que se forjó entre nosotros a lo largo de siete años de trabajo.

Como todo se vino encima demasiado rápido y se complicó la organización del evento en la Casa Teatro de la zona colonial, Luis Miguel propuso que en compensación pasáramos el fin de semana en su departamento de playa en Juan Dolio, a treinta minutos de la capital, y ahí organizar la cuenteada.

Ambos estábamos un poco nerviosos, pues a pesar del tiempo de conoceros y la cercanía implicada en la relación profesional de asesoría que hemos sostenido, esto claramente constituía un paso más allá, y ciertamente el evento revelaría facetas desconocidas en cada uno de nosotros.

Como suele ocurrir en estas ocasiones, fueron las mujeres, que no se conocían de antes, las que en una charla fluida crearon una atmósfera propicia a la nueva relación. En particular Montserrat, con su serenidad caribeña y su charla animada hizo fácil el encuentro. Ella, que en preparación a nuestro encuentro era ya una asidua lectora del blog, estaba al tanto de nuestro interés en las pequeñas anécdotas y datos curiosos, así que en su rol de guía antropológica sumó a nuestras observaciones del pueblo dominicano:

Nos cuenta que recién acaban de automatizar las casetas de peaje en la carretera, de tal forma que si uno lleva el cambio exacto (como requieren los letreros de aviso), la transacción es totalmente automatizada. Resulta que muy por el contrario, en cada casetita de cobro se apuestan cinco dominicanos: uno para recibir el dinero, uno para depositar el token en la canastilla, uno para proveer cambio en caso de que el conductor no disponga de la cantidad justa, y dos ayudantes para reducir el esfuerzo que supone ejecutar tan complejo proceso.

Nos hace observar a dos motociclistas que se desplazan en la carretera justo uno atrás del otro. El de adelante lleva el motor apagado y el de atrás lo empuja poniendo con fuerza el pie en la estructura metálica de la moto de su compañero. Nos señala que hay dos posibilidades para explicar esta inclinación colaborativa: o bien el primero se ha quedado sin combustible, o bien, han acordado ahorrar gasolina. Esta última es una práctica generalizada en la isla.

Estas dos escenas, además de ser respuesta a la escasez, acaso estén asociadas con la mentalidad insular del dominicano, para quien el mundo empieza y termina en la isla, con posibilidades siempre limitadas a lo que se encuentra en su demarcación. Esa mentalidad realista, sin duda genera una cierta capacidad de adaptación, pues se vive con lo que hay y cualquier cosa adicional es motivo de alegría. Pero también ese rasgo apunta a un cierto conformismo: ¿qué sentido tiene esforzarse y aspirar a más cuando al final hay lo que hay?… Desde luego, ese paradigma es un pasaporte al subdesarrollo y un campo fértil para la dependencia.

A propósito cuentan que en el lenguaje coloquial prevalece una expresión de la época de la colonia: “lo que traiga el barco…”: Cuando el navío español hacía su visita anual en el puerto, determinaba con el abasto – se sembraba lo que el barco traía – la vida entera de la isla. Es decir, una variación de la divina providencia, que poco a poco modula las expectativas de la gente, y la lleva a aceptar la vida como viene…

No está demás notar que cuando uno está a la merced de un poder superior – como en la etapa oral del desarrollo infantil -- hay siempre dos posibilidades: o se afirma en uno la fe, o se asienta la desconfianza. Según nos cuenta Montse, los dominicanos se han inclinado del lado de la paranoia. El dominicano es muy chivo: asume por default que todos quieren algo de él y se lo van a sacar por las buenas o por las malas. No es para menos considerando que sus padres han sido conquistadores rapaces o tiranos descarados…

Acaso de ahí les venga la maña fabuladora y la capacidad histriónica, pues para granjearse de la leche necesaria para subsistir todo vale, y siempre es mejor engañar a que lo engañen a uno… Desde ahí, tanto Montse como Luis Miguel se inclinan a pensar que la historia del Muchacho de Aguas Blancas que vivimos en Constanza, tiene visos de manipulación. Todavía demostrando consideración a mi ingenuidad concluyen “Queda desde luego la posibilidad de que lo tuyo se trate de una verdadera coincidencia, un caso entre mil…”

Para cuando llegamos al departamento, Montserrat señala que suficiente hemos tenido de historias de la cara lúgubre de Dominicana. Ella se encargará el fin semana de abrirnos la puerta a la cara luminosa de la isla y sus habitantes.

Sobra decir que en efecto consiguió por mucho su cometido. En primer lugar, porque ama a su país, y como se ha dicho, las cosas son hermosas cuando se ven a través de los ojos de quien las ama. Pero sobre todo, porque a lo largo del fin de semana puso al servicio de su propósito el don de gentes, determinación y generosidad que, ahora sabemos, le caracterizan.
A mostrar esta arista diferente de la isla, ayuda desde luego el escenario de Juan Dolio de quien se dice que fue un italiano – Giovanni Dolio – o un español – Juan de Olio – que hace cien años vivió en aquella costa y se dedicó a plantar cocoteros, lo que junto con el agua azul claro y las arenas blancas asientan su espíritu paradisiaco y su carácter de postal.


A este propósito ayudó también el hermoso diseño del Proyecto Heminway. Por la noche nuestros anfitriones nos presentan al responsable de hacer que ese sitio fuera posible: José Antonio Rodríguez. Banquero de profesión, nos cuenta que el conjunto tuvo un origen problemático: habían financiado a un grupo hotelero que botó el proyecto apenas arrancaba. Incapaces de solventar la deuda y con perspectivas de pérdidas monumentales para todos los involucrados, José Antonio decidió transformar el problema en oportunidad y correr personalmente el riesgo del desarrollo inmobiliario, cosa que nunca en su vida había hecho antes. El resto fue encontrar gente con talento que lo acompañara. Años más tarde, el resultado está a la vista…


A pesar de ser una noche ajetreada para él, pues se celebra la inauguración de la casa club, José Antonio se da tiempo para escuchar con atención la historia de nuestro viaje. Con sencillez cuenta que en la adolescencia hizo un viaje semejante al nuestro, con un grupo de amigos del colegio Loyola, que arrancó en el sur de México y terminó en Venezuela. Iban montados en una gua-gua haciendo escalas en todos los sitios en que los padres (asumo que eran jesuitas) tenían casas de retiro. Cuenta que el recuerdo más potente que guarda de aquel viaje de dos meses en que la pasaron fundidos y chamagosos en el calor de la América Central, es el agua. La memoria de un baño glorioso que se dio en la última parada del viaje…

Acaso sea prematuro decirlo, a escasos quince días de iniciada nuestra travesía, pero su relato delinea una verdad que también nosotros hemos empezado a experimentar: los viajes ayudan a apreciar aquellas cosas que uno da por sentadas en su vida cotidiana y que en el viaje faltan: baño propio, cama cómoda, comida caliente…

Este tema será recurrente durante el fin de semana. Más tarde, Luis Miguel nos da su propia versión a propósito de valorar las cosas sencillas de la vida. Nos cuenta que en un país cruzado por la violencia como Guatemala, una persona con su responsabilidad y su perfil, debe por fuerza vivir día y noche rodeado por una escolta de seguridad. Naturalmente en esa circunstancia es imposible gozar de privacidad o experimentar la sensación de libertad. Tarde o temprano ese estilo de vida se convierte en una cárcel. “Justo por eso para mí Dominicana es un paraíso, más allá del lujo o la comodidad, pues aquí puedo andar libremente por la calle; puedo sentarme a comer en un restaurante sin tener en el corazón, todo el tiempo, una pequeña señal de alarma” – comenta.

El tono de intimidad del fin de semana nos lleva inevitablemente a la historia de amor de Luis Miguel y Montserrat. Al poco tiempo de haber comprado Grupo Malla, -- emblemático en dominicana por la identificación que existe de las marcas de galletas Hatuey y de pastas Milano y Milanesa --, Luis Miguel acudió al evento de Acción de Gracias que ofrecía la American Chamber of Comerce, lo que constituía su introducción a la sociedad industrial de la isla.

Por haber llegado con un retraso considerable, Montserrat, la empresaria dominicana que estaba destinada al asiento contiguo, se perdió de las presentaciones. Acaso para subsanar su retraso, Montse se sintió en la obligación de llevar el rol activo en la conversación y dejar a Luis Miguel en el papel de escucha. No habían pasado veinte minutos, cuando ella inició un argumento de defensa de la industria local frente a los intereses extranjeros: Le parecía una desgracia que empresas tradicionales dominicanas estuvieran siendo vendidas. Dijo que ahí estaba por ejemplo el caso de Grupo Malla, que había sido comprado por unos insensibles empresarios guatemaltecos, quienes, qué duda podría caber al respecto, ignoraban la trascendencia que ese negocio tenía para los dominicanos. Luis Miguel, contuvo un poco la risa y la dejó continuar. No quiso revelar su identidad demasiado pronto, pues la combatividad de su interlocutora había empezado a parecerle atractiva y quería disfrutar un rato más el fuego que le crecía en las pupilas cuando defendía la causa de las marcas que ahora él administraba.

Cuando finalmente se presentó, ella no sólo se sostuvo en lo dicho, sino que además le lanzó el reto de preservar la tradición que hasta ese momento había capturado la lealtad del consumo de los dominicanos. Luis Miguel a quien los desafíos le prenden la entraña, no sólo aceptó, sino que se aseguró de encontrarse con ella suficientes veces en los siguientes meses, como para darle oportunidad de verificar personalmente el cumplimiento de su compromiso. Y como todos sabemos, el desafío y el encuentro reiterado, son elementos que tarde o temprano desembocan en el amor… De eso, hace poco más de cuatro años…

La anécdota de su encuentro me da un buen pretexto para traer a la conversación a Oscar Rivera, mi co-equipero en el desarrollo de la relación de consultoría con Luis Miguel. Con un toque de licencia literaria, he transformado su historia en un micro relato intitulado La seguridad que da la ignorancia:

Pasó una vez más la distraída mirada sobre la contraportada de su libro de viajes, mientras esperaba en la fila de migración en el Aeropuerto de Santo Domingo. “¡Vaya imbécil!” se dijo a sí mismo, al percatarse que el pasajero cano y narigón junto a quien viajaba en la primera clase, a quien enfáticamente había recomendado la lectura de “La fiesta del Chivo”, era Mario Vargas Llosa.

Así, poco a poco, entre historias, palmeras y viandas, el fin de semana opera su magia y permite que se cumpla el propósito real nuestro encuentro: celebrar el hecho de que, hace tiempo, somos amigos...


Justo de esa amistad nace una propuesta de Luis Miguel: Terminar el viaje ahí, donde lo empezamos. Que Dominicana sea el primer sitio donde hagamos el recuento de nuestras aventuras.

Considerando la belleza del sitio, la calidez y la generosidad de nuestros anfitriones, la idea parece insuperable.

Sin embargo, habrá que esperar, pues no sabemos aún a dónde nos llevará el viaje. Es posible decir, como aprendimos este fin de semana, que hay que esperar, a ver que trae el barco…

Samaná

Para quien transita entre ciudad y ciudad en el estilo que nosotros hemos elegido, la guía de viajes es una herramienta que incrementa su valor en la medida en que uno desarrolla habilidad para combinar la lectura con la experiencia y el instinto viajero. Poco a poco, por ejemplo, uno va volviéndose más certero para elegir el sitio al que va a llegar, minimizar el tiempo invertido en dar vueltas, y reducir el riesgo que supone presentarse como un turista perdido en un país que uno no conoce.
En este caso, después de un paso en falso en el Bahía View (puertas color pino, paredes color pistache, evidencias remanentes de los amores nocturnos del ocupante anterior en alguno de los cuartos…), decidimos hacer una incursión en el Hotel Docia, nuestro primer intento en un hotel de categoría F (la guía de viajes establece un rango de seis categorías que va de LL - >250 USD la noche, hasta F - < 20 USD la noche).

Transcribo la descripción que se asienta en la guía: “Overlooking La Churcha – a methodist temple, where the local custom of holding harvesting festivals started – and with great views of the harbor, Hotel Docia has basic lodgings with hot water and fans. Rooms upstairs have bigger windows and are lighter & brighter with more breeze.”

En los últimos veinte metros de la caminata, al doblar la citada churcha, se nos pegan un par de ´guapos´, es decir, un par de hombres desempleados que se presentan como agentes reconocidos del hotel y que tratarán de sacarle a la administradora unos cuantos pesos de comisión, presentándose como los responsables de nuestra presencia en ese sitio.

La mujer, al entregarnos las llaves del cuarto nos interroga para verificar la versión de los guapos, y confirma que es la guía la que nos ha llevado al Docia, y no la intervención de los cazaturistas. Con el tono y el volumen de quien conspira me pide entonces que bajemos a la recepción para ejecutar una mímica en la que yo repita esto enfáticamente frente a ellos, de lo contrario los tendrá encima jodiendo hasta que ella ceda al pago del inevitable impuesto. Justo por esto también nos pide que nos sostengamos a capa y espada en la versión de que sólo pasaremos una noche en el hotel…

La actitud recelosa cobra sentido pleno más tarde en nuestro primer recorrido por la ciudad que se extiende a lo largo del malecón: infinidad de grupos de hombres jóvenes, en plena madurez productiva procastinando en horas de trabajo.



Se reúnen, bromean, chismean, juegan, matan el tiempo… cualquier cosa para anestesiar la frustración y la vergüenza de estar desempleados. Los más afortunados conseguirán comprar una motocicleta y cobrar por trasladar en trayectos cortos a los turistas. Otros buscarán su comida en el último sedimento de la industria del sueño hollywoodense – la venta de películas pirata. Unos más – como los guapos – instigarán profesionalmente a las encargadas de los hotelitos. Todos, como cuervos, picotearán las migajas que caen de la mesa de la economía formal.

Para cualquier pueblo agobiado como este, usualmente quedan dos caminos de economía psíquica que no son necesariamente excluyentes: o actúan el impulso – se vuelven criminales, arman la revolución – o lo subliman – cantan, bailan, aguzan el ingenio.

Hasta el momento, pareciera que en el talante dominicano prevalece la sublimación. He ahí, por ejemplo, el origen de la bachata. La bachata es música de aires y reflejos espirituales, para los pobres y los oprimidos. Surgió entre los campesinos que fueron expulsados de sus tierras de cultivo a finales de los 60´s. Poblaron los barrios abigarrados en los márgenes de la ciudad y formaron un cinturón de miseria. Trajeron junto con ellos sus canciones de amargue. En general las letras de las canciones expresan las frustraciones del hombre recién llegado a la ciudad, un macho sin causa, desempleado y dependiente del ingreso de una mujer para sobrevivir.

Tampoco quienes encuentran empleo formal en la zona logran escapar a las notas melancólicas de la canción de amargue, pues las oportunidades que ofrece en la industria turística –camareras, afanadoras, meseros— no son precisamente un trampolín como para construir la auto imagen de una raza fuerte, orgullosa, pujante: “¿La sopa de verduras tiene sólo verduras o también tiene pasta?” – pregunta Jennifer a una muchacha que nos atiende en el restaurante. “Sí” – contesta ella; una respuesta que no permite concluir, justo porque la pregunta originaria se planteó con una ambigüedad. Jennifer manifiesta su desconcierto -- “¿Sí, qué?”. “Sí, señora”, contesta la muchacha y agacha la cabeza…

Esta escena se da mientras comemos en el restaurante de un nuevo corredor turístico. Dos hechos concurren para que experimentemos una sensación de escalofrío: por un lado, el sitio está completamente vacío, como si se tratara de un pueblo fantasma…


Por otro, el concepto arquitectónico está fuera de lugar. El desarrollo de casitas de cuento de Hansel y Gretel no viene al caso en medio del Caribe. El corredor turístico es un mazacote en colores pasteles que pretende ocultar un fondo de edificios viejos y grises que conviven con la vegetación selvática y tropical.


El que todo esté vacío en este pueblo al que vinimos por su carácter de Santuario de Mamíferos Marinos tiene una explicación: hace tres semanas terminó la temporada de ballenas jorobadas en la península. Los enormes animales han iniciado su camino de vuelta al Canadá. Pareciera que el sueño de Jennifer de ver ballenas trae aparejado una maldición, pues se le han escondido en tres ocasiones: Québec, Baja California y ahora Samaná.

En temporada baja es imposible encontrar una expedición al parque nacional de los Haitises, así que nos conformamos con nuestra única alternativa: el paseo al Limón.

En el trayecto a caballo de cuarenta minutos nos topamos con todo tipo de matas fantásticas: piña, lechosa (papaya), limón, higo, manzana, aguacate, yuca, café, cacao. A Juan Luis Guerra, un conocido compositor dominicano, esta densa variedad le sería suficiente para componer el “Son de la fruta tropical”; a mí, que mis instintos están todavía demasiado cercanos a la ciudad, cada hallazgo del paseo es motivo bastante para mantener mi curiosidad excitada como si fuera niño de cinco años.

La emoción alcanza su punto superior cuando llegamos al salto (una cascada de 45 metros de alto).


Tal es mi asombro que me conecto de inmediato con una historia que me relató mi amigo Javier Garibay, alguien cuya labor con los niños de la calle no ha sido ajena a lo que ocurre les ocurre a los pequeños en la selva de asfalto: un niño que vive en un barrio marginal de la Ciudad de México hace el primer paseo de su vida al campo en un campamento en Tenancingo, Estado de México. Durante el paseo, se topan con una cascada. Al volver, el niño, que sufrió un pasmo hipnótico frente al salto y no separó la vista del agua un solo segundo, le pregunta a Javier, su animador: “¿Y a qué hora le cierran a la llave?”…

martes, 3 de junio de 2008

Claroscuro dominicano

El último fin de semana antes de partir al viaje estuvimos en la boda de nuestros amigos Jimena y Sebastián. Quiso el azar que en nuestra mesa se sentara el fotógrafo de la boda, Antonio. Platicamos del viaje, de la escritura, de la fotografía.

Como la cámara con la que viajaríamos es un poco vieja, le pregunté cuál era su recomendación para comprar una nueva…

Contestó: “Lo de la cámara, para ti, es lo menos importante. Fotografiar es lo mismo que escribir: es jugar con los contrastes. La fotografía es el arte de la luz y la oportunidad. Yo, con la cámara de mi teléfono celular, en un viaje como el tuyo, haría maravillas…”

Ahora, ya en el viaje, cada día trato de honrar el entusiasmo y la sencillez con los que me animó...


Juego de Pelota en Sosúa




Niños vendiendo en Sosúa


Niñas con perro en Sosúa




Por las calles de Sosúa


Niños en Constanza





Sosúa

Llegamos a Sosúa. Es famosa porque en 1941, huyendo del Nacional Socialismo, un grupo de judíos salió de Alemania y llegó a la Dominicana buscando protección.

Es demasiado tarde para seguir hacia Cabarete, que es nuestro destino final. En lo que nos organizamos con los backpacks, nos ataca la turba de motoconchos. Aprovechan la oscuridad y la confusión momentánea que sufre cualquier viajero al arribar a su destino para tratar de imponernos sus servicios de taxi y sus sugerencias de hotel.

Sin embargo, después de una semana de viaje, hemos afinado nuestra capacidad de ignorarlos y despacharlos. Una americana que viaja en nuestro mismo autobús – Molly – reconoce esta incipiente habilidad y nos pide permiso para sumarse a nuestra caminata exploratoria.

A través de la bahía y después de un par de vueltas llegamos al Hotel Waterfront. Un hotelito de cuarenta dólares la noche. Algo en nuestro cuarto recuerda las cabañas de las expediciones inglesas en África – acaso el verde de los árboles a través de las rendijas de la pared de madera, o el persistente zumbido de los ventiladores. Además de que decidimos dejar prendida únicamente la lámpara junto a la cama, pues el que diseñó la instalación eléctrica del hotel parece ignorar el hecho de que la luz de los focos instalados en el techo detrás de las hélices, produce mareo.

El día amanece nublado y Jennifer despierta enferma. La enfermedad es así, como la playa vacía de un hotel desierto en un día lluvioso.


El estómago de Jennifer es un buen termómentro de las emociones que se apuestan en el parteaguas de nuestra vida: entre la dificultad que supone dejar atrás tu vida entera – trabajo, casa, amigos, familia – y las emociones que se abren delante – el misterio de los encuentros, el miedo y el desgaste que supone calibrar diferentes culturas, adaptarse en cada nuevo traslado…

El día de malestares y cuidados es campo fértil para que Jennifer sufra una regresión infantil primordial: la necesidad de sentir a la madre cerca. Nada cura como la voz de mamá.

Es sólo en esta coyuntura que me atrevo a revelar la existencia de un gadget que hasta el momento he mantenido en un silencio que nos ha ahorrado interminables discusiones sobre cómo la tecnología amenaza la marginalidad creativa de nuestro viaje: una Palm Treo con teléfono integrado que mi padre generosamente insistió en regalarme “sólo para emergencias”.

Jennifer habla a casa. Una breve charla con su mamá y una larga consulta con la doctora Chata – su prima – encaminan el asunto para que mejore – gerber, pechuga hervida de pollo, jugo de manzana, pan tostado, buscapina y descanso, besos y arrumacos, es una prescripción infalible.

Con la pobre expectativa que me ha generado la visita a los supermercados que hasta el momento conocemos en la isla – productos básicos, poca variedad y presentaciones simples--, me encamino a buscar un supermercado para asegurar tan delicadas viandas. Para mi sorpresa, encuentro una mina llena de tesoros gourmet, en la que es difícil señalar una omisión: papitas, cacahuates y refrescos americanos; pastas, salsas y panecitos italianos; jamones, salamis, aceitunas, ostiones y mejillones españoles; patés, quesos y vinos franceses; salmones, arenques y cangrejos nórdicos; helado y galletas danesas; rones antillanos, whiskys escoceses, cervezas mexicanas; fruta dominicana…

La involuntaria alegría delata una zona sibarita de mi ser que sufrirá con los apretados presupuestos y la difícil accesibilidad de productos a los que el viaje naturalmente nos expondrá durante este año… Ya que yo no he hablado con mi mamá, me permito una satisfacción regresiva sustituta: compro una golosina de caramelo suave agridulce de la marca Haribo que consigue semblantear pálidamente a mis amados-y-para-siempre-extraviados Lacitos Larín. Aquellos cables de goma plástica de un metro de largo en sabores fresa, chocolate, naranja y tamarindo que nunca faltaron en mis cartas a Santa Clós en el periodo escolar.

Por dos días, mientras la lluvia y la recuperación de Jennifer me mantienen encerrado en el cuarto de hotel, mi actividad se concentra en ir de compras al supermercado. Reflexionar sobre la experiencia de compra y venta.

No es sin embargo, sino hasta que Jennifer sale del cuarto y camina la ruta conmigo que me hace reparar en un letrero que se exhibe en plena calle, y que por donde se le vea, sería políticamente incorrecto exhibir en México o en cualquier otro sitio del mundo: “Dominican Republic for Sale”.



La evidencia no puede ser más clara y directa, pues en efecto, acaso los dominicanos no sean ya dueños de sus costas y sus playas. Españoles, holandeses, alemanes, ingleses, americanos son los intereses de Real Estate que señorean en la isla.

Este hallazgo acaso prologue un tema – el derecho de los pueblos a la propiedad de la tierra y su componente de identidad nacional -- que sin duda será recurrente en el viaje. Señales como la que nos hemos encontrado atizan sin duda la agenda nacionalista en Latinoamérica, y aunque los Chávez, los Obrador, los Morales, los Ortega y los Correa la exploten con fines populistas de perpetuación en el poder, no deja de haber un motivo legítimo: ¿con qué derecho un interés extranacional prevalece por sobre el derecho histórico de la gente sobre la tierra y lo que esto representa para su tradición cultural?

Y aunque se reconozca el liberalismo económico del mercado y la dinámica capitalista como la-menos-peor-alternativa para regular intercambios económicos, no deja ser pertinente hacerse las preguntas: ¿cuál es el límite sobre el interés privado sobre la tierra? ¿cómo asegurar el respeto al derecho de los pueblos a vivir en sus lugares de origen? ¿qué mecanismos son necesarios para permitirles perpetuar su cultura, y no arrancarlos y matarlos? ¿quién y cómo debe cuidar que un interés colonialista – sea cual sea su lógica de legitimación – nunca pase por encima de la gente?

Porque si no nos hacemos la pregunta, en esa ceguera elegida, nos estamos coludiendo de alguna siniestra forma con todos aquellos que piensan que tienen el derecho para dominar y repartirse al mundo, y excluir con su ambición al resto de los hombres; los que en el siglo XIX, con sus juegos de adueñarse de la tierra nos llevaron a dos conflagraciones mundiales; los que entre 1939 y 1941 forzaron a que un grupo de judíos huyeran del nacional socialismo alemán y llegaran a la costa dominicana, en un pueblito llamado Sosúa…

De paso en Santiago -- Memoria de la fumadera

Permanecemos una hora en la estación de buses de Santiago a la espera del que nos llevará a Sosúa.

Santiago, desde una perspectiva urbana no es nada espectacular. Es relevante más bien porque sus condiciones geográficas presenta condiciones ideales para producir tabaco: luz del sol, buena tierra y aire templado de las mantañas.

En Santiago se encuentra ubicada la fábrica de Tabaco de León Jiménes que fue establecida en 1903. Al menos hasta finales del 2004 se producían ahí diariamente 18 millones de cigarros de Marlboro y poco más de 20,000 puros enrollados a mano, en un proceso artesanal en donde no interviene máquina alguna.



La fábrica tiene para mí una significación especial, pues hace algún tiempo me tocó conducir un estudio de clima organizacional con ellos, en uno de mis primeros trabajos en HayGroup, lo que contribuyó a que fuera memorable.

Había que aplicar un largo cuestionario a una población de trabajadores, buena parte de los cuales eran operarios de línea en la fábrica de Cerveza en Santo Domingo y personas involucradas en el proceso de manufactura de los puros, los procesos básicos que involucran mayor cantidad de gente. Si se le piensa detenidamente, el trabajo de varias de estas personas consiste en pasar todo el día separando y humedeciendo hojas de tabaco.

Para gente tan sencilla, el ejercicio resultaba titánico por su extensión – cerca de 100 preguntas – y por su complejidad – ítems de dos preguntas contrapuestas con una doble consideración para el clima actual y el clima ideal.

Creí haber sanjado el reto de explicar la mecánica del cuestionario usando ejemplos sencillos de besibolistas, y metáforas cercanas como la de la balanza. Estaba equivocado. Me fue pronto evidente la incongruencia de las respuestas: unos decían que en el futuro querían más críticas y menos reconocimiento que en la actualidad; que les gustaría tener un jefe más coercitivo, discrecional y arbitrario.

No tardé en detectar que ahí había un problema generalizado de lectura. Unos leían tan a paso de tortuga que para cuando habían llegado al final de la frase ya habían olvidado el principio. En otros no fue difícil detectar los signos que el analfabetismo deja en el rostro y la mirada: una especie de parálisis silenciosa propia del temor de exhibir que en la propia historia, algún ángel sin bondad o sin cuidado determinó que para este niño o esta niña nunca se revelara el misterio de la letra escrita.

Se me hundió la panza, en parte porque me sentía conmovido, en parte por la realización de que estaba yo con el primero de 20 grupos conformados por 50 personas…

Tuve que demostrar ingenio y paciencia de maestro rural para conseguir terminar el ejercicio. Cambié la dinámica. Leímos en comunidad. Cambiamos las casillas pintadas en el papel por zonas físicas del salón. Los sonidos por estímulos táctiles. Nos inventamos un lenguaje espacial, un código vinculado al cuerpo. Responder el cuestionario se convirtió en una especie de calistenia llena de movimiento.

El movimiento convirtió la experiencia en algo sensual. Fue ahí donde por primera vez escuché el acento criollo de sus voces raspositas: ¡Maisimo!, contestaban cuando yo preguntaba cómo debía ser en el futuro el reconocimiento. Los trabajadores terminaban empapados el ejercicio, pues el esfuerzo era equivalente a enrollar mil puros. El sudor que desprendían tenía el olor lechoso y amargo del tabaco impregnado en la piel. La cercanía física me permitió ver que de manipular las hojas de tabaco tenían también las manos de color amarillo-sepia, como si literalmente les hubiera subido la bilirrubina.

Acaso fue el aroma y los tatuajes del tabaco en la piel que movió positivamente mi afecto hacia ellos. La memoria es así, tiene laberintos caprichosos. Trabajando con ellos vino con intensidad mi padre a mi mente: cuando yo era pequeño, mi papá tenía marcas semejantes en las manos…

Cada mañana, para ir al colegio, montaba yo en nuestro bochito color pistache a esperar a papá mientras se calentaba el motor y el apuraba los últimos tragos de café cargado y acordaba la logística del día con mamá. Cuando por fin subía al auto – cuyas ventanas amanecían invariablemente empañadas – mi curiosidad de seis años se dirigía inevitablemente a sus manos, pues sus manos eran diferentes a las mías: Eran grandes, fuertes. Estaban siempre calientitas, mientras en las mías, a esas horas de la mañana, parecía residir un persistente frío invernal. Sus manos, que sabían mover la palanca de velocidades o encontrar en la radio el programa de idiomas que escuchábamos cada mañana de camino a clases. Sus manos, que tenían manchas de tabaco. Los dedos índice, medio y pulgar tenían un color amarillento que yo atribuía al café y al jugo de zanahoria, pero que se debía sin duda al cigarro.

Entonces papá fumaba más de una cajetilla diaria. Cigarros de tabaco oscuro de marca francesa: Galois o Ducados. Eran otros tiempos, cuando fumar era un acto glamoroso, todavía vinculado a la imagen de Humphrey Bogart en Casablanca, o James Dean desafiando al universo. Cuando el enfisema o el cáncer no tenían una relación oficial al humo del tabaco.

No mucho después de esa época, papá dejó de fumar, pues a mi hermana Carla le dio neumonía y él estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por que en la casa hubiera condiciones para que su salud mejorara. La neumonía se debió sin embargo a la negligencia del anestesiólogo que la preparó para que le sacaran las anginas en una operación rutinaria. Al parecer se despertó a media operación y broncoaspiró pus que se alojó en algún sitio de la pleura.

Pasó tres semanas internada en el Hospital Infantil Privado. Tres semanas de las que yo sólo entendía que no podría jugar con la gordita que tenía dos años menor que yo porque algo se le había metido en el pecho y le había dado como una gripa muy fuerte.

A las tres semanas, medio de contrabando, pude entrar a verla. Estaba encerrada en una cama que parecía una nave espacial. Estaba toda despeinada y sudada, en unos calzoncitos y camiseta Baby Crazy. Me impresionó la aguja de catéter que tenía en su brazo regordete. Yo la veía con susto. Mamá me dio permiso de meter mi mano dentro de la burbuja transparente para tocarla. Su mano, toda ella, estaba amarilla. Cuando nos tocamos, los dos sonreímos.

De aquella época para acá, las cosas han cambiado. La del tabaco es una industria cuestionada. El cigarro es un veneno con mala prensa.

Sin embargo, hay que reconocer que el cigarrillo, ese artefacto de tacto sensual, tiene algo especial que suscita una atracción irrevocable en quien fuma, y una nostalgia absoluta en quien dejó de hacerlo – esuché a Papá decir algún día que desde que dejó de fumar, la vida ya no es la misma.

Yo, que también fumé, creo que el cigarrillo es tan potente justamente porque funciona como un signo de puntuación que organiza, separa, enfatiza, da sentido y significado al lenguaje cotidiano de la existencia:

Despierto. Me hago un café. Enciendo un cigarrillo. Letra mayúscula que inaugura el texto del día.
Estoy en el trabajo. Paro un momento. Salgo al pasillo. Enciendo un cigarrillo. Tres puntos suspensivos que ayudan a redondear la idea.
Termina la comida. Enciendo un cigarrillo. Signo de exclamación. Celebro la existencia de los tacos de maciza con cuerito, salsa, limón y cebollita.
Termina la función de cine. Enciendo un cigarrillo. Comillas que introducen el comentario de la película: “Es que el cine es magnífico, ya lo diría Woody Allen…”
Termina el encuentro sexual. Enciendo un cigarrillo. Guión que da pie a una paráfrasis: --para esto vinimos a la vida—
Me dejó la mujer hace un mes. Enciendo un cigarrillo. Un recuerdo, coma, la memoria de la textura de la piel de su cuello, coma, la imagen del lunar que aparece, cerca de la axila derecha, en su pecho, coma, la estúpida memoria de su risa. Otro cigarro. Punto y seguido. ¡por favor, que llegue ya el punto final del olvido y sane mi corazón partido! Silencio, coma, la memoria de su cabeza sobre mi pecho en una siesta con brisa de verano, coma…
Muere un amigo en un accidente automovilístico. Deja a su mujer con dos niños menores de cinco. Enciendo un cigarrillo. Punto y aparte. Dejo todo lo que estoy haciendo. Por alguna razón no puedo pensar. De camino a la funeraria enciendo otro cigarrillo. Interrogación. ¿Cómo es esto posible? Exclamación. ¡Si nos encontramos apenas hace una semana y él estaba perfectamente sano! Cigarro. Rabia. Interrogación. ¿A qué juegas, Dios? Cigarro. Interrogación. ¿A qué putas juegas?...

Salida en Guagua de Constanza



La gente que ocupó la gua-gua de Constanza a Santiago (en su mayoría mujeres) no podía evitar las miradas descaradas hacia nosotros cuando nos bajamos con todo nuestro bultoso equipaje. Mochilas y mochilas que acomodamos en nuestras espaldas y pechos para poder cargar.



Pero del mismo modo que nosotros, con nuestras caras blancas y acento extraño les generamos curiosidad, ellas también me generan lo mismo.


Debo aceptar que más de una vez me les he quedado mirando con total falta de discreción. Me intriga lo que hacen. Su gestualidad y su voz, gritona, intrusiva, que lo mismo grita para expresar enojo que alegría o un simple saludo. Las mujeres dominicanas son ruidosas. No tienen ningún reparo en gritarles a los hombres para reclamar sus derechos. Aunque al final de la discusión terminen cediendo, lo hacen con manoteos y gritos.


Sin embargo, lo más curioso del recorrido ocurrió al principio…


La gua-gua, que debía salir a la 1 de la tarde, salió una hora y media más tarde. Pero no por ningún retraso en el horario, sino por la costumbre inusual que tiene de pasar a recoger a cada pasajero ¡a la puerta de su casa!

Como si se tratara del camión escolar, cada mujer esperaba pacientemente en el patio de su casa, con su maleta (bultos, cajas, niños, bebés, pañaleras…) y en ocasiones con el resto de la familia que había salido a despedirlas. La gua-gua hacía malabares para poder entrar a las callejuelas del pueblo y el muchacho que ayudaba al chofer rápidamente cargaba y acomodaba el equipaje.


Parecía el ritual de todos los domingos por la naturalidad con que todos lo vivían. Pero en este caso tampoco ayudaba mucho que fuera el Día de la Madre en Dominicana y únicamente Arturo y yo, que llevábamos montados desde las 12:50 y habíamos llegado hasta la parada, lo vivíamos como un escena espectacularmente ridícula. ¿Por qué no se habían congregado todos en la misma parada? ¿Qué clase de chiste era este?





Los minutos en mi reloj pasaban uno tras otro mientras la gua-gua seguía pesadamente los vericuetos del pueblo, arrastrándose como un enorme elefante entre caminos demasiado estrechos. Una hora y media después, la gua-gua, aparentemente, hizo la última parada: ¡en frente del que había sido nuestro hotel!

Ya no cabía ni un pasajero más, pues incluso habían desplegado unos asientos adicionales en el pasillo intermedio y las maletas iban debajo de los asientos, a los pies de algunos pasajeros, en los asientos delanteros, en el pasillo y, algunas cuantas, en la sección reservada para equipaje en la parte externa del mini-bus.

Salimos de Constanza y cerré mis ojos para tratar de dormir arrullada por el camino de la carretera ya sin paradas. Pero imediatamente, sentí que la gua-gua se volvía a detener. ¿Y ahora qué?

Las mujeres le habían pedido al chofer que se detuviera en los puestos de la carretera para comprar algunas cosas.

“Es que mi papá está enfermo y solo puede comer rábanos…”

“Sería buena idea llevar fresas de acá que son muy buenas”

“¿Por qué no compramos flores?”

“Yo quisiera un refresco, una botella de agua, unos chicles…”

El chofer se iba deteniendo ante la petición de cada mujer. El muchacho ágilmente tomaba el dinero, bajaba de un salto a la carretera, compraba y trataba de complacerlas: “el ramo que tenga los botones más cerrados”, “no, las de color melón están más lindas”, “mejor las rosas”

“¡Ay, ustedes me están volviendo loco!” exclamaba el muchacho, mientras entregaba el cambio y la mercancía. Y recibía el billete extendido de otra mujer que había decidido que ella también llevaría flores…

Como ni Arturo ni yo estábamos para comprar nada y veníamos más bien fastidiados, el muchacho nos repartía caramelos que sacaba de su bolsillo como intentando decir: “perdonen la molestia”.

Y yo, finalmente, comencé a sentir la amabilidad caribeña.