lunes, 23 de junio de 2008

Imágenes y sonidos de Puerto Rico

En el trópico todo es más grande...

Pasear por el bosque tropical "El Yunque" es como entrar por un momento al mundo prehistórico de hojas gigantes, helechos, plantas trepadoras... En cada espacio disponible se deja colar la naturaleza. Un tronco caído se convierte en el anfitrión de plantas, florecitas, musgos y hongos que se adhieren, crecen y lo envuelven. La naturaleza no escatimó cuando creó el trópico.



Collage del Rainforest y sus alrededores


Haz clic sobre el collage para que puedas apreciar todas las fotografías...


El Yunque es un bosque en donde viven varios bosques a la vez. Al ir subiendo por la montaña te envuelves en distintos climas y sabores. Las hierbas de más abajo son imponentes. El verde te envuelve. A cada lugar que miras hay plantas y tonalidades. Si te detienes por un instante, te quedas callado y escuchas, te verás rodeado de una sinfonía de ranas, pájaros e insectos. Instrumentos invisibles que se dejan escuchar cuando no hay intrusos.


Al ir avanzando hacia la cima el aire comienza a quedarse más quieto. El camino más solitario. Los sonidos se esconden. Se deja sentir la neblina. El silencio, que lo ocupa todo, se interrumpe solo por nuestras pisadas. Y de pronto, a lo lejos, se ve cómo las nubes atraviesan los arbustos. En un instante estás completamente rodeado por nubes... el bosque de nubes.


Abajo, en la playa de la isla de Vieques, aparecen como por arte de magia tres caballos corriendo sobre la arena. Se corretean y juegan, imperturbables, ante los turistas que los miramos soprendidos. ¿De dónde han salido? En algún lugar leí que vivían en esa isla todavía algunos caballos salvajes. Los que no se han dejado domar por el hombre... ¿serán ellos?


Para montar a caballo elegimos la Hacienda Carabalí en donde cientos de caballos pasean a grupos de turistas diariamente. No se ven tan contentos como los que vimos en Vieques. Aún así, bajo la lluvia, nos llevan a recorrer los senderos de bosque tropical.


Uno de los últimos días lo reservamos para visitar Arecibo, casi al otro extremo de la isla. Ahí está construido el observatorio más grande del mundo. Un radiotelescopio blanco envuelto entre el verde de las montañas. Un platillo que recibe señales en idiomas desconocidos. Y un grupo de científicos platican a diario sobre galaxias, pulsares y estrellas.


Sonido de Coquís bajo la luna, despúes de la lluvia en Rio Grande





El coquí, una pequeña rana café, es uno de los símbolos de la isla de Puerto Rico. Se deja escuchar todas las noches y sobre todo después de la lluvia. Aunque no pudimos verlas supimos que nos acompañaron durante nuestra estadía. Al caer la noche, se escucha su canto: "co-quí, co-quí, co-quí..."


Encuentros familiares, estampas de la jornada masculina

El aire con el que Jennifer relata potentemente la presencia de lo femenino en su último texto sobre la isla, me convoca a hacer lo propio.

Aprovecharé las fotografías de la boda de Carlos y Tamara para hacer una crónica visual del evento, al tiempo que hago un relato caprichoso y subjetivo, de estampas de los hombres de la familia, según las capturamos Jennifer y yo en nuestro encuentro, en Puerto Rico, a donde vinimos explícitamente para su celebración.


Conforme escribo el texto encuentro que, como ocurre en cualquier reunión de familia, es posible organizar el texto con una cierta lógica de estaciones de viaje, pues finalmente cada uno anda bregando en una estación distinta de la jornada de la vida.

Papá, o la reflexión retrospectiva sobre el origen


Papá, Tamara, Carlos y Mamá

El día en que nos reunimos para pasar el día en la playa, encuentro a papá relajado y contento, cosa que alegra, pues desde la muerte del abuelo, y la experiencia del nido vacío – la emigración de Ernesto y mía -- lo persigue una sombra de tristeza.

La madurez que conlleva su momento de vida – que invita necesariamente a mirar en retrospectiva para ponderar cómo se quiere vivir la recta final, antes de que arribe la vejez--, la circunstancia emotiva de encontrarnos en Puerto Rico desde distintos puntos del mundo, y el paralelismo que el paisaje en Viejo San Juan tiene con el Campeche mexicano –con sus murallas y el impresionante casco del morro construido para mantener a los piratas a raya en la época de la Colonia–, concurren para que nos refiera algo asociado al origen de la familia.

Cuenta que la historia de la familia Peón en América se encuentra bien documentada gracias a los esfuerzos Don Álvaro Peón y Peón --un antepasado que en el siglo XVII fue notable por el servicio que brindó a la corona española atrapando piratas en la costa de Campeche, cuya labor fue tan definitiva, que se hizo merecedor de la Cruz de Calatrava. La burocracia de la corona en aquella época, para hacer entrega de la distinción, obligaba a los homenajeados a comprobar de forma inequívoca que en el árbol genealógico familiar, no había sangre judía. Así pues, gracias a esta circunstancia, existe evidencia documental de la traza de la familia hasta cerca del siglo XII.

Sabemos por ese registro – comenta papá mientras la brisa marina nos pega en el rostro y bebemos un par de cervezas bien frías – que “Peón” es una nombre que proviene del italiano “Pedoni” – los que andan a pie, los que caminan. Los Peón fueron originalmente peregrinos que desde la península itálica se lanzaron a recorrer el camino de Santiago de Compostela, en un viaje piadoso. En su trayecto, se quedaron a radicar en el pueblo de Villaviciosa en España, donde echaron raíces. De ahí vinieron a la Nueva España, lo que nos lleva de vuelta a Campeche, el estado más occidental de la Península de Yucatán, donde la familia estableció una serie de haciendas de cultivo de henequén.

“ A mí, una de las cosas que más me impresiona de la crónica genealógica de la familia --dice papá – es el hecho de que al leerla se queda uno con la impresión de que pocas cosas merecen tinta y atención en la vida de una persona más allá de nacer, morirse y heredar, pues para salvo en casos excepcionales, como el de Álvaro Peón y Peón, no se consigna prácticamente nada más de la vida de las personas.”

Manolo y Rafa, o la tarea de ser padres


Arturo, Carlos, Ernesto y Manolo -- los primos en la boda

La convivencia familiar en la playa transcurre de forma relativamente apacible, aún cuando para mí, que no tengo hijos, pasar un día de vacaciones entero junto con tres niños pequeños – mis sobrinos Ana Carla, Paulo, hijos de Carla y Rafa; y Natalia, hija de Manolo y Rosi – es una experiencia ciertamente impresionante.

Acaso nada haya labor tan demandante como la de la paternidad:

Hay que empacar una maleta del mismo tamaño que el backpack con el que viajamos para pasar el día en la playa; hay que conseguir que los niños coman leche, huevo y verduras en vacaciones, cuando lo único que quieren son galletas, papitas y hotcakes; hay que regular el tiempo de televisión y estar pendiente del contenido; hay seguir la trama de Dora la exploradora, Hi-5, y Highschool musical, con precisión de guionista; hay estar al pendiente para evitar accidentes, y estar prontos para consolar cuando, inevitablemente, alguno termina con la nariz raspada; hay que lidiar con el mal humor del cansancio, mientras no quieren irse todavía a dormir; hay que estar preparado para lidiar con la huelga infantil que surgirá si el restaurante elegido no tiene pizza de peperoni, o si (¡mierda!), la pizza que hacen en este restaurante parece en realidad focaccia; hay que asumir que todas las conversaciones están condenadas a la discontinuidad pues cada tres minutos hay una pregunta, un requerimiento o un asunto que resolver; hay que desplegar una energía interminable para hacer castillos en la playa, nadar en la alberca, jugar en el jacuzzi por la noche, contar un cuento en la cama; hay que tener la paciencia para tolerar pleitos y llantos; para permitir que los niños se arreglen solos, entre niños, y mediar únicamente cuando ha ocurrido algo grave, como el complot que Natalia y Ana Carla, niñas al fin, forman para condenar a Paulo al ostracismo, porque él es niño; y finalmente, hay que saber y aceptar de antemano que, frente a esta tarea titánica, hagas lo que hagas, invariablemente, te vas a equivocar…

Por la noche, comparto con Manolo y Rafael la mezcla de asombro y susto que siento al asomarme a esta faceta de sus vidas. Anticipando lo que me viene a mí adelante, les pregunto sobre cómo cambiaron sus vidas a partir de que fueron padres.

Manolo contesta que a partir de que nacen, el orden de tu vida tus prioridades se revierte dramáticamente. Los hijos se vuelven la prioridad número uno, lo que implica que el resto de tus actividades, intereses y aficiones pasarán a un segundo plano, y que varias deberán ser pospuestas o incluso desechadas.

Ser padre, en una dimensión, consiste en la capacidad de hacer esa renuncia. Y refrendarla todos los días.

Y la única forma de hacerla, consiste en verdaderamente querer tener hijos, desearlos. Pues sin ese deseo, no habría forma de darle sentido a la carga.

Lo otro que cambia -- coinciden ambos -- es la relación de pareja, no sólo porque la llegada del tercero obviamente reduce el tiempo que los esposos tienen para uno y otro, sino porque la relación sufre una transformación energética, en donde antes el rejuego de necesidades y satisfacciones que se da en toda relación, encontraba un relativo balance recíproco mientras ahora, el niño subvierte ese equilibrio.

Los niños, esos pequeños cúmulos egocéntricos de necesidades interminables chupan la energía de las mamás a lo largo del día. Por la noche, las mamás, exhaustas de tanta entrega, se convierten ahora en un núcleo que requiere en mayor o menor medida, reconocimiento y ternura. El papá, que a su vez acarrea la tensión y la frustración del trabajo necesita tranquilidad. El escenario está saturado de necesidades, frustraciones y demandas.

Ambos concuerdan en que es crítico que el hombre reconozca que la mujer lleva la peor parte, y que actúen, según corresponde, para ser una verdadera válvula de escape. El reto consiste en aprender a hablar, a demorar la satisfacción de necesidades, a alternar roles, a encontrar espacios personales que permitan el encuentro con uno mismo, a hallar tranquilidad más allá de la tiranía cotidiana del trabajo
Rafa, o el escape de la tiranía de la vida cotidiana

Rafael haciendo reir a Carla, mi hermana

Desde ahí, comprendo el interés que Rafael, mi cuñado, tiene por el mundo del Clown. Recién se ha hecho tiempo y espacio para estudiar un diplomado asociado, pues para él esta es una forma de afirmar el filo tragicómico de la vida, y constituye, asimismo, su elección cotidiana para evitar que el trabajo le haga olvidar las buenas cosas de la vida, o lo convierta en alguien distinto a quién él aspira a ser.

En una de las sobremesas, nos cuenta una historia que recién escuchó en el diplomado: el director corporativo de marketing de una empresa americana de consumo que acude a un congreso en algún país de Europa del Este. El viernes por la tarde deja el traje y la corbata en el hotel, se viste de clown – maquillaje, nariz y atuendo – y sale a las calles a improvisar algún acto con los que caminan por la plaza.

Entre acto y acto, la vecindad y la marginalidad de su rol, lo hacen cómplice inevitable de mendigo que habitualmente merodea la plaza. Espontáneamente, lo incorpora al performance. Juegan, actúan, malabarean. Hacen reír a la gente que se ha reunido alrededor. Ganan una buena suma de dinero.

Al final de la jornada el clown reparte el botín entreambos. El mendigo, que no lo esperaba, en señal de gratitud, lo lleva a cenar esa noche a un sitio sencillo, donde se cocina la comida típica del país.

A medio plato, el director se declara satisfecho, pero el mendigo (que naturalmente asume que ambos comparten el mismo estilo de vida en la calle), lo reprende un poco y le dice que debe comer bien, pues uno nunca sabe si va a haber comida al día siguiente.

Se despiden.

A la noche siguiente, el director y su esposa acuden a la gala de despedida del congreso. Durante la cena la esposa está inapetente y deja el plato apenas se lo acaban de servir.

El la mira. Le dice con un una mezcla de ensoñación, de asombro, de alegría por la vida: “Come. No sabemos nunca si habrá comida al día siguiente…”
Carlos, o el reto de formar un matrimonio
Carlos y Tamara, justo al término de la ceremonia

En el centro del encuentro y del relato está Carlos. Por él hemos venido a Puerto Rico. A su boda con Tamara.

A Tamara la conocí en el 2005, en un viaje de trabajo a Boston. Nos encontramos para cenar. A través de las presentaciones, las risas, las anécdotas, se estableció una conexión inmediata entre nosotros, al grado en que una buena parte de la noche la invirtió en quejarse de Carlos, de lo vago que era para la universidad.

En su queja había algunas cosas implícitas: ella me hablaba como se habla a los hermanos mayores de los novios, es decir, asumiendo todo el tiempo que podía hablar con total libertad, que yo conocía a Carlos, y que nadie en la mesa tomaría lo que ella estaba diciendo como traición o denuncia.

Adicionalmente, por su forma de mirarlo mientras me contaba de él, supe que lo quería, y que su preocupación venía de su capacidad de ver en Carlos un potencial más allá de la fachada deslucida que algunos tropiezos – la crisis vocacional, los amores quebrados-- habían dejado en él antes de que encontrara el camino que en Boston inició para perseguir una carrera en el fútbol profesional.

“He aquí una mujer que podría estar con Carlos. Para siempre.” – pensé.

Y no me equivoqué, pues años después, el sábado 7 de junio, en el distrito de Condado, en San Juan, Puerto Rico, habría de celebrarse su boda.

Durante la recepción que la familia de la novia ofrece en su casa el jueves previo a la boda (en la que un enorme lechón a las brazas convive con los invitados en el centro del patio) nos piden, a varias de las personas cercanas a los novios, grabar algunas palabras en video. Debemos relatar alguna anécdota de alguno de los novios, y expresar algún deseo para la pareja que comienza:

Viene a mi mente la casa de campo que la familia tiene en la carretera vieja a Cuernavaca, el Timbirimbo. Ahí, internada quinientos metros monte abajo, en medio de la espesura del bosque hay una cancha de futbol rodeada de enormes pinos y abetos, en donde varias veces mi papá nos lanzaba a los Peón – Ernesto, Carla, Carlos, él y yo (mamá en la banda echando porras)– contra el resto del mundo – un equipo de entre 8 y 11 comuneros y campesinos de Huitzilac-- pues en este desafío veía la doble oportunidad de fortalecer nuestro carácter y afirmar el orgullo familiar.

Había veces en que papá tomaba la pelota en media cancha y nos lanzaba al frente. Tomaba vuelo y antes de pegarle, levantaba el brazo y gritaba: “¡A la ollaaaaa!”. Si el pase salía bueno, había posibilidades de anotar, pero si salía desviado y caía en un contrario, era necesario tirarse un sprint de ochenta metros persiguiendo al adversario para evitar el gol en contra.

Hubo varias veces en las que estuvimos abajo en el marcador, con el resultado del partido seriamente comprometido. Tengo grabado el rostro de Carlos mientras hacemos el saque de medio campo después de algún gol en contra. Cansado de tanto correr y recibir patadas llaneras en las espinillas, su mirada café verdosa parpadeando de rabia detrás de su rostro empanizado de polvo y sudor. Me mira fijo. Alguno de los dos dice “¡Vamos!”. Y eso basta para seguir corriendo y peleando.

Nunca perdimos un partido, y la ronda de refrescos que papá disparaba a los jugadores al final del encuentro, sabía a victoria, se saboreaba en efecto el orgullo.

La faena terminaba al atardecer con el ritual de hacer el tramo de regreso a la cabaña cargando leña para la fogata, medio kilómetro cuesta arriba, en una parihuela (una especie de camilla de hospital improvisada con dos troncos largos, que permite a dos personas cargar su peso en madera). Carlos fue siempre mi pareja de parihuela…

Deseo que Carlos, que a partir de ahora cargará la parihuela con Tamara, encuentre la forma de hacer de su pareja un sitio de juego que se parezca a la cancha del Timbirimbo en aquellas tardes lejanas…
Ernesto, o el vínculo entre la intimidad y la productividad
Ernesto, posando para Sibel...


Un paso más atrás en la jornada está Ernesto, a punto de terminar un ciclo en Schiefield, Inglaterra, donde emigró para estudiar la maestría en derecho.

Es por todos conocido que una maestría es un artificio académico al que se recurre más para ensanchar la visión del mundo, desarrollar relaciones, tener un argumento para pedir el doble de sueldo en el trabajo, reencontrarse con uno mismo y olvidar un mal amor, que para adquirir un aprendizaje realmente aplicable.

El encuentro con Sibel Bicer -- una linda francesa, estudiante de literatura inglesa, amante de los cuentos de Guy de Maupassant, de la que no se despegó prácticamente desde el día en que arribó al campus y muy caballerosamente se voluntarió para cargar sus maletas mientras ella localizaba su dormitorio – hace pensar que su estadía en el Reino Unido tiene un indudable saldo positivo. Se da por descontado que independientemente del resultado en el exámen de grado, obendrá notas sobresalientes en el estudio del francés…

Ahora que se traslada a Madrid para escribir su tesis, con la perspectiva de regresar a México en Septiembre a enrolarse en el trabajo, habrá de separarse de su amada con la esperanza de que en algún sitio de su destino esté escrito el nombre de Sibel, aunque todo parezca indicar que los “odds are against him”.

Sea cual sea el desenlace, el encuentro ha operado ya su magia, pues acaso lanzados a la búsqueda del otro, el amor, cuando es del bueno, nos ayuda a encontramos a nosotros mismos…

Por lo demás, lo único que viabilizará ese encuentro, es que en efecto Ernesto consiga hacer valer su maestría, para continuar su labor profesional en el trabajo, y ser reconocido, no por sus títulos, sino por su capacidad de producir…

Paulo, o el tránsito de la autonomía a la identidad


Paulo, el más jóven de la familia....

En Paulo, ese pequeño muchacho de cuatro años, que goza de una determinación astronómica, encuentro una diferencia apenas en tan poco tiempo después de la última vez que nos vimos, pues la firmeza con la que apenas hace una semanas su universo consistía en afirmar su autonomía – delimitar enfáticamente su territorio o excluir a otros del contacto con sus pertenencias – ha dado lugar a una nueva galaxia en la que el énfasis está en experimentar, a través de los diferentes roles que trae el juego consigo, un sentido de identidad, un principio de iniciativa.

Así nos la pasamos jugando. “tú eres una ballena”, le digo. “No, responde, yo soy un muchacho”. Revira: “tú eres una tortuga”. Y seguimos: “tú eres un payaso”; “tú eres una mosca”. “Tú vas al baño de niñas”, lo molesto. “¡No!, ¡Voy al de niños! Yo soy un caballerro… (acento castizo, seseando y arrastrando la erre).

Desde la perspectiva familiar, qué duda cabe, en Paulo, el más joven del clan, este juego, en su momento de vida, tiene una significación increíble, pues a través de él se abre la pregunta de la trascendencia: ¿quién eres, Paulo? ¿En quién te convertirás? ¿Qué harás de tu vida, este viaje que apenas comienza? ¿Cómo trascenderás en el libro que narra la historia de los caminantes – los Pedoni? ¿Serás de aquellos cuya aparición en la crónica se reduce a nacimiento, muerte y herencia, o de los que se cuenta que llenaron su vida de aventuras – acaso navegantes del mar tenebroso, caza piratas, caballeros que llevan en su pecho la Cruz de Calatrava?

Viaje en Ferry: Un recuerdo

Decidimos viajar de Dominicana a Puerto Rico en Ferry por dos razones: era más barato y nos parecía que el mar tiene siempre un toque de misterio y aventura.

Mientras es la primera ocasión que Jennifer se monta en un barco de estas dimensiones – y está emocionada como niña chiquita – para mí existe un referente previo: en 1992, en el viaje de mochila por Europa con los amigos de preparatoria, hicimos un recorrido en el Mediterráneo por las islas griegas.


Subo al barco y mientras nos registramos, viene a mí con nitidez un recuerdo de aquella ocasión.

Aquel barco tenía básicamente cuatro categorías de hospedaje: empezaba en el tope superior por la suite, pasaba por el camarote standard, descendía al asiento y llegaba, en el borde inferior, a la cubierta. Dado que el presupuesto entonces era tremendamente ajustado (30 dólares al día en las épocas de holgura y 20 dólares cuando nos vimos obligados a implementar el “Plan machito”), optamos por la cubierta en el primer trayecto que iba de Atenas a Santorini.

Ignorantes de lo que nos esperaba, nos apostamos con entusiasmo como una camada de cachorros recién paridos en una región de la cubierta que habíamos conseguido apartar para nosotros solos, justo al pie de una enorme chimenea del buque.

Pasamos una noche fatal, debido a lo intenso del subibaja marinero, las señales ensordecedoras de la bocina, y sobre todo, porque toda la noche cayó sobre nosotros una persistente llovizna de copos de nieve negra de la ceniza que escupía la chimenea, de tal forma que acabamos todos tiznados.

Tan mala fue la experiencia, que en los trayectos subsecuentes – Santorini a Ios y de vuelta a Atenas--, mejor nos separamos en búsqueda de un rinconcito en el barco dónde acomodarse.

Roberto y José Manuel, menos conformistas que el resto, a la media noche, continuaban recorriendo el barco en busca de un sitio mejor que las barandas y los corredores de cubierta que el resto había elegido. Se toparon de pronto con la recepción, que a esas horas de la noche nadie atendía y en cuyo fondo había un tablero de madera donde perfectamente numeradas colgaban las llaves de los camarotes.

Bastó que esa visión se sumara al cansancio de meses de camas duras y regaderas encharcadas de hostal europeo para que surgiera en ellos un impulso de polizón: En total silencio se escurrieron al interior de la cabina y tomaron una llave.

Recorrieron el barco hasta dar con el camarote señalado. Metieron la llave y la giraron. Pero, por más que giraron y giraron, empujaron y empujaron, la puerta no cedió.

No se dejaron vencer por lo que calificaron como un inconveniente menor, pues una vez que habían vislumbrado una noche horizontal, les fue difícil renunciar a ella. Regresaron sobre sus pasos hasta la recepción con el propósito de repetir la operación (que había sido relativamente sencilla), con la diferencia que ahora intentarían con la serie de llaves de camarotes que tenían una secuencia de numeración distinta.

Sin embargo, para su sorpresa, cuando llegaron ahí, ya el front desk estaba resguardado por un griego vestido todo de blanco, como marino. Después de cinco minutos de esperar en vano a que la vejiga del uniformado lo llamara al baño, llegaron a la conclusión de que no conseguirían su objetivo a menos de que hicieran una apuesta más ingeniosa y determinada.

Así, mientras uno distraía al griego aquél pidiéndole un suministro adicional de toallas (lo que le obligó a meterse al fondo de la cabina adyacente para tomarlas) el otro se estiró por encima del escritorio de la recepción y descolgó con precisión felina un nuevo juego de llaves del ganchillo donde colgaban oscilantes.

Con aplomo de felones profesionales, agradecieron en la lengua local al intendente por las toallas -- ¡parakaló, parakaló! – y se dirigieron al nuevo camarote.

Con el corazón palpitando a mil – no sólo por el riesgo de la empresa en sí, de la que ya habían superado algunos obstáculos, sino sobre todo porque aún podían toparse con una nueva frustración, o más aún, la posibilidad de abrir el cuarto exitosamente, sólo para toparse de inmediato con que este está ocupado por los legítimos pasajeros – llegaron frente a la puerta.

Metieron la llave. Giraron. ¡Clic!

Empujaron la puerta.

¡El camarote estaba vacío! Cerraron la puerta y la atrancaron. Se abrazaron eufóricos y celebraron en silencio como si hubieran metido el gol definitorio del campeonato mundial, y antes de tirarse a dormir a pata suelta mecidos por el oleaje mediterraneo, documentaron la felonía con una fotografía, pues corrían el riesgo de no ser creídos por el resto de los amigos.

Aparecieron al día siguiente frescos como lechugas, con 8 horas de sueño continuo, recién bañados. Muy ufanos de su hazaña frente al resto de nosotros – lagañosos, malhumorados, torcidos, insolados.

Dieciséis años después, en homenaje a aquella picardía preuniversitaria le pido a Jennifer que fotografía este momento en que por cuatro veces el precio y menos de un quinto de la diversión, dormiremos legalmente en un camarote estándar en el barco de la línea de Ferries del Caribe, en la ruta que va de Santo Domingo, República Dominicana a Mayagüez, Puerto Rico.

viernes, 13 de junio de 2008

Dos mundos en una pequeña isla: Puerto Rico

Encontré un lugar en el mundo donde parecen convivir en perfecta armonía el mundo americano y el latino. Encontré una pequeña isla en donde los dos mundos que viven adentro de mí desde que nací aquí van de la mano y se expresan de las formas más originales.

Los puertorriqueños pasan del inglés al español en un instante y sin esfuerzo. La moneda que se usa es el dólar pero lo llaman “pesos”. Los letreros de las carreteras usan kilómetros para indicar la distancia y millas para la velocidad permitida. La gente contesta hello al teléfono para después continuar una conversación en español…

Cuatro siglos de colonialismo español y más de cien años de colonialismo americano han creado esta singular sociedad.

Sin embargo, no puedo dejar de preguntarme qué habrá pasado en la historia de Puerto Rico para convertirlo en lo que ahora es. ¿Qué motiva a un país a querer pasar de un dueño a otro? República Dominicana, Haití, Cuba, Puerto Rico. Cuatro países tan cercanos que han decidido transitar por la historia de maneras tan diversas.

La historia de Puerto Rico me parece análoga a la vida de una persona que nunca se rebeló durante la adolescencia. La rebeldía, un paso obligado para establecer la propia identidad, fue pasada por alto en esta isla. Mientras el Caribe y Latinoamérica lucharon batallas sangrientas contra sus opresores, Puerto Rico pasó de ser la hija de España al ahijado de Estados Unidos.

Puerto Rico se denomina un Estado Libre Asociado, sin embargo, como dicen sus propios residentes: “Ni somos estado, ni somos libres, ni estamos asociados”. Viven bajo el mandato de Estados Unidos. Como un hijo que tiene que vivir bajo las consignas de su padre: “Mientras sigas viviendo bajo este techo…”. Y así, el hijo se muerde la lengua mientras extiende la mano.

La historia de un país se escribe en gran parte a partir de sus batallas; las luchas que ha tenido que sobrellevar para convertirse en el país que desea ser. ¿Y no es igual con las personas? ¿Acaso nuestra biografía no la contamos a partir de nuestras luchas internas?

Es curioso pues en este país con una identidad difusa yo me he sentido plenamente identificada. Mi propia historia personal está llena de mezclas y contradicciones. Mis dos mundos, el americano y el latino, han tenido que luchar para sobrevivir e integrarse dentro de mí.

Pertenecer a dos países me ha llevado a sentir en varios momentos que no pertenezco a ninguno. Estando en México o en Estados Unidos sentía cómo una parte de mi ser tenía que replegarse, empequeñecerse, para pertenecer durante ese instante a un espacio en el mundo. Sin embargo, la parte replegada no moría, simplemente se quedaba dormido por un rato…

Rodeada de americanos el inglés de mi infancia aparece. Palabras, gestos y dichos que no tenía registrados salen automáticamente de mi boca. Como también mi cuerpo, naturalmente, se empieza a mover cuando escucha un merengue o una salsa.

Lenguajes y caderas silenciados por tanto tiempo.

Cuando mi familia se mudó a México yo tenía 9 años y lo único que deseaba era pertenecer; ser como todas las demás niñas de mi colegio. Ellas no pronunciaban en inglés como yo así que gradualmente comencé a dejar de lado mi pronunciación. Escondía mi acento pues hablar así denunciaba mi origen y pronto aprendí que en México ser americano no era siempre bien recibido.

Me propuse –casi como una tarea- aprenderme las canciones que escuchaban mis compañeras: Timbiriche, Flans y Luis Miguel, cuando yo lo que quería era cantar Burbujas de Amor. Quería bailar a unos ritmos que nadie en mi mundo bailaba, pues en el México que me tocó vivir esa música era para “nacos”. Así que yo tenía que bromear, escondiendo a través de la burla, el gozo que sentía con esos ritmos caribeños.

Mi lenguaje y mis caderas parecían siempre fuera de lugar. Resaltaban en el mundo donde crecí. El inglés se fue empequeñeciendo y las caderas dejaron de moverse.

Irónicamente, fue mi viaje a Colombia el que logró romper con esa inercia. Ese año de vida en Colombia se convirtió en un capítulo de mi propia historia personal; una batalla de identidad y rebeldía.

A los veinticuatro años, saliendo de la universidad, decidí irme a vivir a Colombia para estar cerca de Fabio, quien entonces era el amor de mi vida. Había terminado la carrera de Psicología pero mi corazón no estaba en el mundo laboral sino en el campo de los sentidos. Quería experimentar el mundo y probarme en él. Aferrada a mi bandera de la libertad y con la fuerza que da el enamoramiento, logré desprenderme de las ataduras sociales y volar hasta Bucaramanga, Colombia.

Mi pasaporte americano fue imprescindible para ayudarme a conseguir trabajo como profesora de inglés. Contratada casi por el simple hecho de ser native speaker, mi trabajo no se podía limitar únicamente a las aulas. Me motivaban para hablarles a los alumnos todo el tiempo en inglés (cosa que además agradecía pues me ahorraba las burlas de mis alumnos adolescentes por mi acento mexicano).

Hablando y enseñando inglés me di cuenta, recordé, lo mucho que me gustaba ese idioma. Un idioma injustamente asociado con la guerra y el imperialismo, pues es también el idioma de Shakespeare y Dickens. Un idioma rico, poético, inmenso… Durante esa época me descubrí muchas veces pensando y soñando en el idioma de mi infancia.

Pasaba todo el día inmersa en el idioma inglés, estudiando su gramática y gozando su literatura. Cuando llegaba la noche me encontraba envuelta en un ambiente caribeño de fiesta y de rumba. La salsa y el merengue se metían por mis poros y mis caderas se sentían libres para moverse de nuevo. Recuerdo mirar a mi alrededor y sentirme extraña entre tanta gente que bailaba la música que yo hubiera deseado bailar toda mi vida.

No sé de donde me vino el gusto por esa música, pero desde pequeña era la música tropical la que corría por mis venas. Mi cuerpo ansiaba menearse pero al hacerlo sentía las miradas extrañas de los otros. Mis caderas estaban vigiladas. Mis caderas, que deseaban moverse, se habían quedado demasiado tiempo en silencio, engordando, calladas, esperando.

Una noche, bailando en Cali Son junto con dos amigas, sentí que mi ser se desbordaba a través de la música. Mis caderas ya no eran extrañas. Mis movimientos eran bienvenidos y mi cuerpo más bien tenía que seguir el ritmo acelerado de los costeños que se movían con extremada soltura. Regresé esa noche con el cuerpo inundado de ritmo, exhausta, pero feliz. Curiosamente sanada.

Gracias a ese año colombiano pude reconciliar dos aspectos de mí que tenía escondidos. Mi parte americana, a través del acento y el lenguaje, y mi parte latina, a través del ritmo y la música caribeña. Recuperé mi voz, mis caderas y mi capacidad para convertirme más en mi misma.

Ahora años después, en esta pequeña isla del Caribe, lo vuelvo a sentir. Sorpresivamente, me he encontrado un rinconcito en el mundo en donde puedo expresar sin prejuicios mis dos realidades.

Olivia

Un viaje te obliga a desprenderte de muchas cosas: familia, amigos, casa, pertenencias y comodidades. Todo eso se queda atrás a cambio de un boleto hacia lo desconocido. Y está bien. Es parte de la transacción.

Sin embargo, de todo lo que tuvimos que dejar, lo más difícil y doloroso fue dejar a Olivia, nuestra Golden Retriever de once años. Sabíamos que no había otra opción. Llevarla a un viaje como este sería una locura (aún en el espíritu aventurero que teníamos).


Yo no había tenido buenas experiencias al dejar a mis animales. En el 2002 me fui a vivir un año a Colombia y tuve que dejar atrás a mi adorado gato, Fizz. Cuando regresé me enteré que mis papás, en un acto de desesperación, lo habían regalado. Fizz, en su vejez, se había vuelto agresivo y desobediente. Seguramente –ahora lo entiendo- enojado conmigo por haberlo abandonado tanto tiempo y sin explicación.

Nunca imaginé que un gato (o cualquier animal) fuera tan sensible y capaz de percibir un abandono y rebelarse. Después supe a través del veterinario que había ayudado a buscarle una casa, que Fizz no la había pasado nada bien. Estuvo enojado durante meses con su nuevo dueño, huraño y agresivo, sin querer acercarse a ninguna persona. Me duele imaginarlo en ese tiempo, confundido y triste, sin saber qué había hecho para merecer ese castigo. Unos meses más tarde, murió.

Nunca tuve la oportunidad de despedirme. Nunca pude agradecerle sus quince años de compañía. Nunca pude explicarle que en realidad él no había sido el culpable sino los humanos que vivíamos con él, envueltos en nuestra maraña de sentimientos no expresados, los únicos responsables.

Cuando vi que estaba a punto de vivir lo mismo con Olivia sentí que toda la experiencia anterior se me volvía a aparecer, amenazante y burlona, para ver cómo la resolvía esta vez. La vida, como siempre suele hacer, me daba una segunda oportunidad.

En esta ocasión era imposible fingir que no sabía lo que sabía. Que los animales sienten, entienden y se dan cuenta de lo que sucede a su alrededor (mucho más de lo que creemos).

Mi única opción, la única que me dejaría tranquila, sería enfrentarlo: despedirme de Olivia de la misma manera que lo haría con un niño pequeño. Explicarle que los motivos del viaje no tenían nada que ver con dejarla a ella ni con dejarla de querer. Y al igual que los niños pequeños, Olivia se negaba a querer entender…

Traté de explicárselo de mil formas y al hacerlo también se me iba aclarando a mí las razones reales, íntimas y profundas del viaje. ¿Por qué queríamos hacer este viaje?

Como lo dice el personaje de Saramago en El cuento de la isla desconocida: “Yo necesito ir a esa isla. Necesito pararme en esa isla para saber quien soy yo en ella”.

Arturo y yo necesitábamos hacer este viaje.

Y era necesario también que Olivia lo comprendiera. Podía sentir su tristeza y su confusión, sabiendo que al igual que Fizz podía ser un animal desechable, como tantos animales lo son. No quería que Olivia sintiera que la vida la estaba arrojando a cualquier sitio a que viviera sus últimos años.

Necesitaba encontrarle un lugar en donde pudiera sentirse especial. Un hogar que necesitara de Olivia de la misma forma que ella necesitaba de ellos.

Varias veces me senté por las tardes en el pasillo del departamento, junto a su cama, para tratar de explicarle, despedirme y agradecerle. Pero siempre recibía la misma respuesta: indiferencia y resignación, como si dijera: “Me da lo mismo. Déjame donde sea”.

En otros momentos me daba la impresión que me imploraba como un niño que le ruega a sus papás que no se vayan a su reunión de adultos: “¡Quédense aquí! No vayan al viaje. Aquí estamos bien los tres…”


Mientras tanto, continuaba la búsqueda de una persona que quisiera adoptar a Olivia durante un año. Después de varios intentos y llamadas apareció Mara, una amiga de mi mamá, que vivía con sus dos hijas universitarias, Jimena y Regina. Una familia que necesitaba del cariño y la ternura de una perra como Olivia.

Llevamos a Olivia un sábado por la tarde para que se conocieran. La dejé ahí pasar la noche, diciéndoles que sería como una piyamada. Rápidamente, Regina decidió que Olivia dormiría con ella en su recámara. Mara, como tratando de ordenar las cosas, opinó que la cocina sería el mejor sitio. Pero Regina no estaba dispuesta en dejarla pasar la primera noche sola… Arturo y yo nos sonreímos y nos fuimos.

Al llegar a nuestro departamento lo sentimos incompleto. Nos dimos cuenta que una parte de nuestra pequeña familia se estaba quedando atrás. Olivia tenía su propia aventura que vivir.

Unos días después traté de explicarle a Olivia que viviría por un año con la familia de Mara, a quienes ya conocía y aparentemente se había sentido contenta. En esa casa con jardín soleado y tres mujeres consentidoras, ¿cómo no sentirse agasajada? Sin embargo, sentí que Olivia seguía triste con nuestra partida.

En lugar de seguir dándole explicaciones y razonamientos, simplemente le hice saber que yo también estaba triste. Pues el hecho de preparar una despedida no te exime de sentir la tristeza de la separación.

En ese momento de tristezas compartidas me llegó a la mente la imagen de Olivia, con su pata izquierda alzada hacia mi en señal de aceptación, como si me dijera: “Te dejo ir. Lo entiendo y te dejo ir…”

Dos semanas después, en una tarde lluviosa y después de dos horas de tráfico, llegamos a casa de Mara con Olivia y todas sus cosas. A eso de las nueve de la noche tocamos a la puerta. Estaban las tres esperándonos. Ya sin los nervios del primer encuentro y con una caja de chocolates que me ayudaría a la tristeza, nos recibieron.

Platicamos sobre los cuidados, las raciones de alimento, los baños y los talcos antipulgas. Pero por más que intentaba, no encontraba –ni encontraría- las palabras para expresar lo más importante que requería Olivia: atención, mucha, mucha atención…

“¿Ya estás preparada para irnos?” me preguntó Arturo. Y como no pude contestar, respondió Mara:

“Creo que nunca vas a estar preparada, y tampoco ella.”

Esa frase se quedó colgando en mi mente por varios días. Aunque por un lado tenía razón, pues uno nunca está listo para separarse de sus seres queridos, por otro lado, llevaba más de un año preparándome.

Salí de casa de Mara con los ojos llenos de lágrimas pero con el corazón más liviano. Sentía que un peso se había elevado de mis hombros. La despedida con la familia de Mara había estado llena de agradecimientos, de nosotros hacia ellas y de ellas hacia nosotros.

Entonces nos dimos cuenta que el universo nos había ayudado a encontrar lo que queríamos: una familia que necesitaba a Olivia.

Hay un país en el mundo

Y así, despues de 15 días, nos despedimos de Dominicana, que vio nacer oficialmente nuestros Viajes del Corazón...


Nuestro Recorrido en Dominicana



Link al poema del escritor dominicano Pedro Mir "Hay un país en el mundo":
Recomendaciones (no tan azarosas) de Viajes del Corazón en Dominicana
- Paz y Tranquilidad del Hotel Altocerro, Constanza
- Descanso en la Playa, Juan Dolio
- Centollo, Gambas y Bacalao en Don Pepe, Santo Domingo

Juan Dolio

El paréntesis que el viaje representaba, abrió la oportunidad para que al despedirme de uno de mis clientes, Luis Miguel, me propusiera organizar una función de cuentos, un poco aprovechando la circunstancia de que el viaje arrancaba en Santo Domingo, un sitio cercano a su corazón, pero sobre todo para celebrar la confianza que se forjó entre nosotros a lo largo de siete años de trabajo.

Como todo se vino encima demasiado rápido y se complicó la organización del evento en la Casa Teatro de la zona colonial, Luis Miguel propuso que en compensación pasáramos el fin de semana en su departamento de playa en Juan Dolio, a treinta minutos de la capital, y ahí organizar la cuenteada.

Ambos estábamos un poco nerviosos, pues a pesar del tiempo de conoceros y la cercanía implicada en la relación profesional de asesoría que hemos sostenido, esto claramente constituía un paso más allá, y ciertamente el evento revelaría facetas desconocidas en cada uno de nosotros.

Como suele ocurrir en estas ocasiones, fueron las mujeres, que no se conocían de antes, las que en una charla fluida crearon una atmósfera propicia a la nueva relación. En particular Montserrat, con su serenidad caribeña y su charla animada hizo fácil el encuentro. Ella, que en preparación a nuestro encuentro era ya una asidua lectora del blog, estaba al tanto de nuestro interés en las pequeñas anécdotas y datos curiosos, así que en su rol de guía antropológica sumó a nuestras observaciones del pueblo dominicano:

Nos cuenta que recién acaban de automatizar las casetas de peaje en la carretera, de tal forma que si uno lleva el cambio exacto (como requieren los letreros de aviso), la transacción es totalmente automatizada. Resulta que muy por el contrario, en cada casetita de cobro se apuestan cinco dominicanos: uno para recibir el dinero, uno para depositar el token en la canastilla, uno para proveer cambio en caso de que el conductor no disponga de la cantidad justa, y dos ayudantes para reducir el esfuerzo que supone ejecutar tan complejo proceso.

Nos hace observar a dos motociclistas que se desplazan en la carretera justo uno atrás del otro. El de adelante lleva el motor apagado y el de atrás lo empuja poniendo con fuerza el pie en la estructura metálica de la moto de su compañero. Nos señala que hay dos posibilidades para explicar esta inclinación colaborativa: o bien el primero se ha quedado sin combustible, o bien, han acordado ahorrar gasolina. Esta última es una práctica generalizada en la isla.

Estas dos escenas, además de ser respuesta a la escasez, acaso estén asociadas con la mentalidad insular del dominicano, para quien el mundo empieza y termina en la isla, con posibilidades siempre limitadas a lo que se encuentra en su demarcación. Esa mentalidad realista, sin duda genera una cierta capacidad de adaptación, pues se vive con lo que hay y cualquier cosa adicional es motivo de alegría. Pero también ese rasgo apunta a un cierto conformismo: ¿qué sentido tiene esforzarse y aspirar a más cuando al final hay lo que hay?… Desde luego, ese paradigma es un pasaporte al subdesarrollo y un campo fértil para la dependencia.

A propósito cuentan que en el lenguaje coloquial prevalece una expresión de la época de la colonia: “lo que traiga el barco…”: Cuando el navío español hacía su visita anual en el puerto, determinaba con el abasto – se sembraba lo que el barco traía – la vida entera de la isla. Es decir, una variación de la divina providencia, que poco a poco modula las expectativas de la gente, y la lleva a aceptar la vida como viene…

No está demás notar que cuando uno está a la merced de un poder superior – como en la etapa oral del desarrollo infantil -- hay siempre dos posibilidades: o se afirma en uno la fe, o se asienta la desconfianza. Según nos cuenta Montse, los dominicanos se han inclinado del lado de la paranoia. El dominicano es muy chivo: asume por default que todos quieren algo de él y se lo van a sacar por las buenas o por las malas. No es para menos considerando que sus padres han sido conquistadores rapaces o tiranos descarados…

Acaso de ahí les venga la maña fabuladora y la capacidad histriónica, pues para granjearse de la leche necesaria para subsistir todo vale, y siempre es mejor engañar a que lo engañen a uno… Desde ahí, tanto Montse como Luis Miguel se inclinan a pensar que la historia del Muchacho de Aguas Blancas que vivimos en Constanza, tiene visos de manipulación. Todavía demostrando consideración a mi ingenuidad concluyen “Queda desde luego la posibilidad de que lo tuyo se trate de una verdadera coincidencia, un caso entre mil…”

Para cuando llegamos al departamento, Montserrat señala que suficiente hemos tenido de historias de la cara lúgubre de Dominicana. Ella se encargará el fin semana de abrirnos la puerta a la cara luminosa de la isla y sus habitantes.

Sobra decir que en efecto consiguió por mucho su cometido. En primer lugar, porque ama a su país, y como se ha dicho, las cosas son hermosas cuando se ven a través de los ojos de quien las ama. Pero sobre todo, porque a lo largo del fin de semana puso al servicio de su propósito el don de gentes, determinación y generosidad que, ahora sabemos, le caracterizan.
A mostrar esta arista diferente de la isla, ayuda desde luego el escenario de Juan Dolio de quien se dice que fue un italiano – Giovanni Dolio – o un español – Juan de Olio – que hace cien años vivió en aquella costa y se dedicó a plantar cocoteros, lo que junto con el agua azul claro y las arenas blancas asientan su espíritu paradisiaco y su carácter de postal.


A este propósito ayudó también el hermoso diseño del Proyecto Heminway. Por la noche nuestros anfitriones nos presentan al responsable de hacer que ese sitio fuera posible: José Antonio Rodríguez. Banquero de profesión, nos cuenta que el conjunto tuvo un origen problemático: habían financiado a un grupo hotelero que botó el proyecto apenas arrancaba. Incapaces de solventar la deuda y con perspectivas de pérdidas monumentales para todos los involucrados, José Antonio decidió transformar el problema en oportunidad y correr personalmente el riesgo del desarrollo inmobiliario, cosa que nunca en su vida había hecho antes. El resto fue encontrar gente con talento que lo acompañara. Años más tarde, el resultado está a la vista…


A pesar de ser una noche ajetreada para él, pues se celebra la inauguración de la casa club, José Antonio se da tiempo para escuchar con atención la historia de nuestro viaje. Con sencillez cuenta que en la adolescencia hizo un viaje semejante al nuestro, con un grupo de amigos del colegio Loyola, que arrancó en el sur de México y terminó en Venezuela. Iban montados en una gua-gua haciendo escalas en todos los sitios en que los padres (asumo que eran jesuitas) tenían casas de retiro. Cuenta que el recuerdo más potente que guarda de aquel viaje de dos meses en que la pasaron fundidos y chamagosos en el calor de la América Central, es el agua. La memoria de un baño glorioso que se dio en la última parada del viaje…

Acaso sea prematuro decirlo, a escasos quince días de iniciada nuestra travesía, pero su relato delinea una verdad que también nosotros hemos empezado a experimentar: los viajes ayudan a apreciar aquellas cosas que uno da por sentadas en su vida cotidiana y que en el viaje faltan: baño propio, cama cómoda, comida caliente…

Este tema será recurrente durante el fin de semana. Más tarde, Luis Miguel nos da su propia versión a propósito de valorar las cosas sencillas de la vida. Nos cuenta que en un país cruzado por la violencia como Guatemala, una persona con su responsabilidad y su perfil, debe por fuerza vivir día y noche rodeado por una escolta de seguridad. Naturalmente en esa circunstancia es imposible gozar de privacidad o experimentar la sensación de libertad. Tarde o temprano ese estilo de vida se convierte en una cárcel. “Justo por eso para mí Dominicana es un paraíso, más allá del lujo o la comodidad, pues aquí puedo andar libremente por la calle; puedo sentarme a comer en un restaurante sin tener en el corazón, todo el tiempo, una pequeña señal de alarma” – comenta.

El tono de intimidad del fin de semana nos lleva inevitablemente a la historia de amor de Luis Miguel y Montserrat. Al poco tiempo de haber comprado Grupo Malla, -- emblemático en dominicana por la identificación que existe de las marcas de galletas Hatuey y de pastas Milano y Milanesa --, Luis Miguel acudió al evento de Acción de Gracias que ofrecía la American Chamber of Comerce, lo que constituía su introducción a la sociedad industrial de la isla.

Por haber llegado con un retraso considerable, Montserrat, la empresaria dominicana que estaba destinada al asiento contiguo, se perdió de las presentaciones. Acaso para subsanar su retraso, Montse se sintió en la obligación de llevar el rol activo en la conversación y dejar a Luis Miguel en el papel de escucha. No habían pasado veinte minutos, cuando ella inició un argumento de defensa de la industria local frente a los intereses extranjeros: Le parecía una desgracia que empresas tradicionales dominicanas estuvieran siendo vendidas. Dijo que ahí estaba por ejemplo el caso de Grupo Malla, que había sido comprado por unos insensibles empresarios guatemaltecos, quienes, qué duda podría caber al respecto, ignoraban la trascendencia que ese negocio tenía para los dominicanos. Luis Miguel, contuvo un poco la risa y la dejó continuar. No quiso revelar su identidad demasiado pronto, pues la combatividad de su interlocutora había empezado a parecerle atractiva y quería disfrutar un rato más el fuego que le crecía en las pupilas cuando defendía la causa de las marcas que ahora él administraba.

Cuando finalmente se presentó, ella no sólo se sostuvo en lo dicho, sino que además le lanzó el reto de preservar la tradición que hasta ese momento había capturado la lealtad del consumo de los dominicanos. Luis Miguel a quien los desafíos le prenden la entraña, no sólo aceptó, sino que se aseguró de encontrarse con ella suficientes veces en los siguientes meses, como para darle oportunidad de verificar personalmente el cumplimiento de su compromiso. Y como todos sabemos, el desafío y el encuentro reiterado, son elementos que tarde o temprano desembocan en el amor… De eso, hace poco más de cuatro años…

La anécdota de su encuentro me da un buen pretexto para traer a la conversación a Oscar Rivera, mi co-equipero en el desarrollo de la relación de consultoría con Luis Miguel. Con un toque de licencia literaria, he transformado su historia en un micro relato intitulado La seguridad que da la ignorancia:

Pasó una vez más la distraída mirada sobre la contraportada de su libro de viajes, mientras esperaba en la fila de migración en el Aeropuerto de Santo Domingo. “¡Vaya imbécil!” se dijo a sí mismo, al percatarse que el pasajero cano y narigón junto a quien viajaba en la primera clase, a quien enfáticamente había recomendado la lectura de “La fiesta del Chivo”, era Mario Vargas Llosa.

Así, poco a poco, entre historias, palmeras y viandas, el fin de semana opera su magia y permite que se cumpla el propósito real nuestro encuentro: celebrar el hecho de que, hace tiempo, somos amigos...


Justo de esa amistad nace una propuesta de Luis Miguel: Terminar el viaje ahí, donde lo empezamos. Que Dominicana sea el primer sitio donde hagamos el recuento de nuestras aventuras.

Considerando la belleza del sitio, la calidez y la generosidad de nuestros anfitriones, la idea parece insuperable.

Sin embargo, habrá que esperar, pues no sabemos aún a dónde nos llevará el viaje. Es posible decir, como aprendimos este fin de semana, que hay que esperar, a ver que trae el barco…

Samaná

Para quien transita entre ciudad y ciudad en el estilo que nosotros hemos elegido, la guía de viajes es una herramienta que incrementa su valor en la medida en que uno desarrolla habilidad para combinar la lectura con la experiencia y el instinto viajero. Poco a poco, por ejemplo, uno va volviéndose más certero para elegir el sitio al que va a llegar, minimizar el tiempo invertido en dar vueltas, y reducir el riesgo que supone presentarse como un turista perdido en un país que uno no conoce.
En este caso, después de un paso en falso en el Bahía View (puertas color pino, paredes color pistache, evidencias remanentes de los amores nocturnos del ocupante anterior en alguno de los cuartos…), decidimos hacer una incursión en el Hotel Docia, nuestro primer intento en un hotel de categoría F (la guía de viajes establece un rango de seis categorías que va de LL - >250 USD la noche, hasta F - < 20 USD la noche).

Transcribo la descripción que se asienta en la guía: “Overlooking La Churcha – a methodist temple, where the local custom of holding harvesting festivals started – and with great views of the harbor, Hotel Docia has basic lodgings with hot water and fans. Rooms upstairs have bigger windows and are lighter & brighter with more breeze.”

En los últimos veinte metros de la caminata, al doblar la citada churcha, se nos pegan un par de ´guapos´, es decir, un par de hombres desempleados que se presentan como agentes reconocidos del hotel y que tratarán de sacarle a la administradora unos cuantos pesos de comisión, presentándose como los responsables de nuestra presencia en ese sitio.

La mujer, al entregarnos las llaves del cuarto nos interroga para verificar la versión de los guapos, y confirma que es la guía la que nos ha llevado al Docia, y no la intervención de los cazaturistas. Con el tono y el volumen de quien conspira me pide entonces que bajemos a la recepción para ejecutar una mímica en la que yo repita esto enfáticamente frente a ellos, de lo contrario los tendrá encima jodiendo hasta que ella ceda al pago del inevitable impuesto. Justo por esto también nos pide que nos sostengamos a capa y espada en la versión de que sólo pasaremos una noche en el hotel…

La actitud recelosa cobra sentido pleno más tarde en nuestro primer recorrido por la ciudad que se extiende a lo largo del malecón: infinidad de grupos de hombres jóvenes, en plena madurez productiva procastinando en horas de trabajo.



Se reúnen, bromean, chismean, juegan, matan el tiempo… cualquier cosa para anestesiar la frustración y la vergüenza de estar desempleados. Los más afortunados conseguirán comprar una motocicleta y cobrar por trasladar en trayectos cortos a los turistas. Otros buscarán su comida en el último sedimento de la industria del sueño hollywoodense – la venta de películas pirata. Unos más – como los guapos – instigarán profesionalmente a las encargadas de los hotelitos. Todos, como cuervos, picotearán las migajas que caen de la mesa de la economía formal.

Para cualquier pueblo agobiado como este, usualmente quedan dos caminos de economía psíquica que no son necesariamente excluyentes: o actúan el impulso – se vuelven criminales, arman la revolución – o lo subliman – cantan, bailan, aguzan el ingenio.

Hasta el momento, pareciera que en el talante dominicano prevalece la sublimación. He ahí, por ejemplo, el origen de la bachata. La bachata es música de aires y reflejos espirituales, para los pobres y los oprimidos. Surgió entre los campesinos que fueron expulsados de sus tierras de cultivo a finales de los 60´s. Poblaron los barrios abigarrados en los márgenes de la ciudad y formaron un cinturón de miseria. Trajeron junto con ellos sus canciones de amargue. En general las letras de las canciones expresan las frustraciones del hombre recién llegado a la ciudad, un macho sin causa, desempleado y dependiente del ingreso de una mujer para sobrevivir.

Tampoco quienes encuentran empleo formal en la zona logran escapar a las notas melancólicas de la canción de amargue, pues las oportunidades que ofrece en la industria turística –camareras, afanadoras, meseros— no son precisamente un trampolín como para construir la auto imagen de una raza fuerte, orgullosa, pujante: “¿La sopa de verduras tiene sólo verduras o también tiene pasta?” – pregunta Jennifer a una muchacha que nos atiende en el restaurante. “Sí” – contesta ella; una respuesta que no permite concluir, justo porque la pregunta originaria se planteó con una ambigüedad. Jennifer manifiesta su desconcierto -- “¿Sí, qué?”. “Sí, señora”, contesta la muchacha y agacha la cabeza…

Esta escena se da mientras comemos en el restaurante de un nuevo corredor turístico. Dos hechos concurren para que experimentemos una sensación de escalofrío: por un lado, el sitio está completamente vacío, como si se tratara de un pueblo fantasma…


Por otro, el concepto arquitectónico está fuera de lugar. El desarrollo de casitas de cuento de Hansel y Gretel no viene al caso en medio del Caribe. El corredor turístico es un mazacote en colores pasteles que pretende ocultar un fondo de edificios viejos y grises que conviven con la vegetación selvática y tropical.


El que todo esté vacío en este pueblo al que vinimos por su carácter de Santuario de Mamíferos Marinos tiene una explicación: hace tres semanas terminó la temporada de ballenas jorobadas en la península. Los enormes animales han iniciado su camino de vuelta al Canadá. Pareciera que el sueño de Jennifer de ver ballenas trae aparejado una maldición, pues se le han escondido en tres ocasiones: Québec, Baja California y ahora Samaná.

En temporada baja es imposible encontrar una expedición al parque nacional de los Haitises, así que nos conformamos con nuestra única alternativa: el paseo al Limón.

En el trayecto a caballo de cuarenta minutos nos topamos con todo tipo de matas fantásticas: piña, lechosa (papaya), limón, higo, manzana, aguacate, yuca, café, cacao. A Juan Luis Guerra, un conocido compositor dominicano, esta densa variedad le sería suficiente para componer el “Son de la fruta tropical”; a mí, que mis instintos están todavía demasiado cercanos a la ciudad, cada hallazgo del paseo es motivo bastante para mantener mi curiosidad excitada como si fuera niño de cinco años.

La emoción alcanza su punto superior cuando llegamos al salto (una cascada de 45 metros de alto).


Tal es mi asombro que me conecto de inmediato con una historia que me relató mi amigo Javier Garibay, alguien cuya labor con los niños de la calle no ha sido ajena a lo que ocurre les ocurre a los pequeños en la selva de asfalto: un niño que vive en un barrio marginal de la Ciudad de México hace el primer paseo de su vida al campo en un campamento en Tenancingo, Estado de México. Durante el paseo, se topan con una cascada. Al volver, el niño, que sufrió un pasmo hipnótico frente al salto y no separó la vista del agua un solo segundo, le pregunta a Javier, su animador: “¿Y a qué hora le cierran a la llave?”…

martes, 3 de junio de 2008

Claroscuro dominicano

El último fin de semana antes de partir al viaje estuvimos en la boda de nuestros amigos Jimena y Sebastián. Quiso el azar que en nuestra mesa se sentara el fotógrafo de la boda, Antonio. Platicamos del viaje, de la escritura, de la fotografía.

Como la cámara con la que viajaríamos es un poco vieja, le pregunté cuál era su recomendación para comprar una nueva…

Contestó: “Lo de la cámara, para ti, es lo menos importante. Fotografiar es lo mismo que escribir: es jugar con los contrastes. La fotografía es el arte de la luz y la oportunidad. Yo, con la cámara de mi teléfono celular, en un viaje como el tuyo, haría maravillas…”

Ahora, ya en el viaje, cada día trato de honrar el entusiasmo y la sencillez con los que me animó...


Juego de Pelota en Sosúa




Niños vendiendo en Sosúa


Niñas con perro en Sosúa




Por las calles de Sosúa


Niños en Constanza





Sosúa

Llegamos a Sosúa. Es famosa porque en 1941, huyendo del Nacional Socialismo, un grupo de judíos salió de Alemania y llegó a la Dominicana buscando protección.

Es demasiado tarde para seguir hacia Cabarete, que es nuestro destino final. En lo que nos organizamos con los backpacks, nos ataca la turba de motoconchos. Aprovechan la oscuridad y la confusión momentánea que sufre cualquier viajero al arribar a su destino para tratar de imponernos sus servicios de taxi y sus sugerencias de hotel.

Sin embargo, después de una semana de viaje, hemos afinado nuestra capacidad de ignorarlos y despacharlos. Una americana que viaja en nuestro mismo autobús – Molly – reconoce esta incipiente habilidad y nos pide permiso para sumarse a nuestra caminata exploratoria.

A través de la bahía y después de un par de vueltas llegamos al Hotel Waterfront. Un hotelito de cuarenta dólares la noche. Algo en nuestro cuarto recuerda las cabañas de las expediciones inglesas en África – acaso el verde de los árboles a través de las rendijas de la pared de madera, o el persistente zumbido de los ventiladores. Además de que decidimos dejar prendida únicamente la lámpara junto a la cama, pues el que diseñó la instalación eléctrica del hotel parece ignorar el hecho de que la luz de los focos instalados en el techo detrás de las hélices, produce mareo.

El día amanece nublado y Jennifer despierta enferma. La enfermedad es así, como la playa vacía de un hotel desierto en un día lluvioso.


El estómago de Jennifer es un buen termómentro de las emociones que se apuestan en el parteaguas de nuestra vida: entre la dificultad que supone dejar atrás tu vida entera – trabajo, casa, amigos, familia – y las emociones que se abren delante – el misterio de los encuentros, el miedo y el desgaste que supone calibrar diferentes culturas, adaptarse en cada nuevo traslado…

El día de malestares y cuidados es campo fértil para que Jennifer sufra una regresión infantil primordial: la necesidad de sentir a la madre cerca. Nada cura como la voz de mamá.

Es sólo en esta coyuntura que me atrevo a revelar la existencia de un gadget que hasta el momento he mantenido en un silencio que nos ha ahorrado interminables discusiones sobre cómo la tecnología amenaza la marginalidad creativa de nuestro viaje: una Palm Treo con teléfono integrado que mi padre generosamente insistió en regalarme “sólo para emergencias”.

Jennifer habla a casa. Una breve charla con su mamá y una larga consulta con la doctora Chata – su prima – encaminan el asunto para que mejore – gerber, pechuga hervida de pollo, jugo de manzana, pan tostado, buscapina y descanso, besos y arrumacos, es una prescripción infalible.

Con la pobre expectativa que me ha generado la visita a los supermercados que hasta el momento conocemos en la isla – productos básicos, poca variedad y presentaciones simples--, me encamino a buscar un supermercado para asegurar tan delicadas viandas. Para mi sorpresa, encuentro una mina llena de tesoros gourmet, en la que es difícil señalar una omisión: papitas, cacahuates y refrescos americanos; pastas, salsas y panecitos italianos; jamones, salamis, aceitunas, ostiones y mejillones españoles; patés, quesos y vinos franceses; salmones, arenques y cangrejos nórdicos; helado y galletas danesas; rones antillanos, whiskys escoceses, cervezas mexicanas; fruta dominicana…

La involuntaria alegría delata una zona sibarita de mi ser que sufrirá con los apretados presupuestos y la difícil accesibilidad de productos a los que el viaje naturalmente nos expondrá durante este año… Ya que yo no he hablado con mi mamá, me permito una satisfacción regresiva sustituta: compro una golosina de caramelo suave agridulce de la marca Haribo que consigue semblantear pálidamente a mis amados-y-para-siempre-extraviados Lacitos Larín. Aquellos cables de goma plástica de un metro de largo en sabores fresa, chocolate, naranja y tamarindo que nunca faltaron en mis cartas a Santa Clós en el periodo escolar.

Por dos días, mientras la lluvia y la recuperación de Jennifer me mantienen encerrado en el cuarto de hotel, mi actividad se concentra en ir de compras al supermercado. Reflexionar sobre la experiencia de compra y venta.

No es sin embargo, sino hasta que Jennifer sale del cuarto y camina la ruta conmigo que me hace reparar en un letrero que se exhibe en plena calle, y que por donde se le vea, sería políticamente incorrecto exhibir en México o en cualquier otro sitio del mundo: “Dominican Republic for Sale”.



La evidencia no puede ser más clara y directa, pues en efecto, acaso los dominicanos no sean ya dueños de sus costas y sus playas. Españoles, holandeses, alemanes, ingleses, americanos son los intereses de Real Estate que señorean en la isla.

Este hallazgo acaso prologue un tema – el derecho de los pueblos a la propiedad de la tierra y su componente de identidad nacional -- que sin duda será recurrente en el viaje. Señales como la que nos hemos encontrado atizan sin duda la agenda nacionalista en Latinoamérica, y aunque los Chávez, los Obrador, los Morales, los Ortega y los Correa la exploten con fines populistas de perpetuación en el poder, no deja de haber un motivo legítimo: ¿con qué derecho un interés extranacional prevalece por sobre el derecho histórico de la gente sobre la tierra y lo que esto representa para su tradición cultural?

Y aunque se reconozca el liberalismo económico del mercado y la dinámica capitalista como la-menos-peor-alternativa para regular intercambios económicos, no deja ser pertinente hacerse las preguntas: ¿cuál es el límite sobre el interés privado sobre la tierra? ¿cómo asegurar el respeto al derecho de los pueblos a vivir en sus lugares de origen? ¿qué mecanismos son necesarios para permitirles perpetuar su cultura, y no arrancarlos y matarlos? ¿quién y cómo debe cuidar que un interés colonialista – sea cual sea su lógica de legitimación – nunca pase por encima de la gente?

Porque si no nos hacemos la pregunta, en esa ceguera elegida, nos estamos coludiendo de alguna siniestra forma con todos aquellos que piensan que tienen el derecho para dominar y repartirse al mundo, y excluir con su ambición al resto de los hombres; los que en el siglo XIX, con sus juegos de adueñarse de la tierra nos llevaron a dos conflagraciones mundiales; los que entre 1939 y 1941 forzaron a que un grupo de judíos huyeran del nacional socialismo alemán y llegaran a la costa dominicana, en un pueblito llamado Sosúa…