viernes, 13 de junio de 2008

Samaná

Para quien transita entre ciudad y ciudad en el estilo que nosotros hemos elegido, la guía de viajes es una herramienta que incrementa su valor en la medida en que uno desarrolla habilidad para combinar la lectura con la experiencia y el instinto viajero. Poco a poco, por ejemplo, uno va volviéndose más certero para elegir el sitio al que va a llegar, minimizar el tiempo invertido en dar vueltas, y reducir el riesgo que supone presentarse como un turista perdido en un país que uno no conoce.
En este caso, después de un paso en falso en el Bahía View (puertas color pino, paredes color pistache, evidencias remanentes de los amores nocturnos del ocupante anterior en alguno de los cuartos…), decidimos hacer una incursión en el Hotel Docia, nuestro primer intento en un hotel de categoría F (la guía de viajes establece un rango de seis categorías que va de LL - >250 USD la noche, hasta F - < 20 USD la noche).

Transcribo la descripción que se asienta en la guía: “Overlooking La Churcha – a methodist temple, where the local custom of holding harvesting festivals started – and with great views of the harbor, Hotel Docia has basic lodgings with hot water and fans. Rooms upstairs have bigger windows and are lighter & brighter with more breeze.”

En los últimos veinte metros de la caminata, al doblar la citada churcha, se nos pegan un par de ´guapos´, es decir, un par de hombres desempleados que se presentan como agentes reconocidos del hotel y que tratarán de sacarle a la administradora unos cuantos pesos de comisión, presentándose como los responsables de nuestra presencia en ese sitio.

La mujer, al entregarnos las llaves del cuarto nos interroga para verificar la versión de los guapos, y confirma que es la guía la que nos ha llevado al Docia, y no la intervención de los cazaturistas. Con el tono y el volumen de quien conspira me pide entonces que bajemos a la recepción para ejecutar una mímica en la que yo repita esto enfáticamente frente a ellos, de lo contrario los tendrá encima jodiendo hasta que ella ceda al pago del inevitable impuesto. Justo por esto también nos pide que nos sostengamos a capa y espada en la versión de que sólo pasaremos una noche en el hotel…

La actitud recelosa cobra sentido pleno más tarde en nuestro primer recorrido por la ciudad que se extiende a lo largo del malecón: infinidad de grupos de hombres jóvenes, en plena madurez productiva procastinando en horas de trabajo.



Se reúnen, bromean, chismean, juegan, matan el tiempo… cualquier cosa para anestesiar la frustración y la vergüenza de estar desempleados. Los más afortunados conseguirán comprar una motocicleta y cobrar por trasladar en trayectos cortos a los turistas. Otros buscarán su comida en el último sedimento de la industria del sueño hollywoodense – la venta de películas pirata. Unos más – como los guapos – instigarán profesionalmente a las encargadas de los hotelitos. Todos, como cuervos, picotearán las migajas que caen de la mesa de la economía formal.

Para cualquier pueblo agobiado como este, usualmente quedan dos caminos de economía psíquica que no son necesariamente excluyentes: o actúan el impulso – se vuelven criminales, arman la revolución – o lo subliman – cantan, bailan, aguzan el ingenio.

Hasta el momento, pareciera que en el talante dominicano prevalece la sublimación. He ahí, por ejemplo, el origen de la bachata. La bachata es música de aires y reflejos espirituales, para los pobres y los oprimidos. Surgió entre los campesinos que fueron expulsados de sus tierras de cultivo a finales de los 60´s. Poblaron los barrios abigarrados en los márgenes de la ciudad y formaron un cinturón de miseria. Trajeron junto con ellos sus canciones de amargue. En general las letras de las canciones expresan las frustraciones del hombre recién llegado a la ciudad, un macho sin causa, desempleado y dependiente del ingreso de una mujer para sobrevivir.

Tampoco quienes encuentran empleo formal en la zona logran escapar a las notas melancólicas de la canción de amargue, pues las oportunidades que ofrece en la industria turística –camareras, afanadoras, meseros— no son precisamente un trampolín como para construir la auto imagen de una raza fuerte, orgullosa, pujante: “¿La sopa de verduras tiene sólo verduras o también tiene pasta?” – pregunta Jennifer a una muchacha que nos atiende en el restaurante. “Sí” – contesta ella; una respuesta que no permite concluir, justo porque la pregunta originaria se planteó con una ambigüedad. Jennifer manifiesta su desconcierto -- “¿Sí, qué?”. “Sí, señora”, contesta la muchacha y agacha la cabeza…

Esta escena se da mientras comemos en el restaurante de un nuevo corredor turístico. Dos hechos concurren para que experimentemos una sensación de escalofrío: por un lado, el sitio está completamente vacío, como si se tratara de un pueblo fantasma…


Por otro, el concepto arquitectónico está fuera de lugar. El desarrollo de casitas de cuento de Hansel y Gretel no viene al caso en medio del Caribe. El corredor turístico es un mazacote en colores pasteles que pretende ocultar un fondo de edificios viejos y grises que conviven con la vegetación selvática y tropical.


El que todo esté vacío en este pueblo al que vinimos por su carácter de Santuario de Mamíferos Marinos tiene una explicación: hace tres semanas terminó la temporada de ballenas jorobadas en la península. Los enormes animales han iniciado su camino de vuelta al Canadá. Pareciera que el sueño de Jennifer de ver ballenas trae aparejado una maldición, pues se le han escondido en tres ocasiones: Québec, Baja California y ahora Samaná.

En temporada baja es imposible encontrar una expedición al parque nacional de los Haitises, así que nos conformamos con nuestra única alternativa: el paseo al Limón.

En el trayecto a caballo de cuarenta minutos nos topamos con todo tipo de matas fantásticas: piña, lechosa (papaya), limón, higo, manzana, aguacate, yuca, café, cacao. A Juan Luis Guerra, un conocido compositor dominicano, esta densa variedad le sería suficiente para componer el “Son de la fruta tropical”; a mí, que mis instintos están todavía demasiado cercanos a la ciudad, cada hallazgo del paseo es motivo bastante para mantener mi curiosidad excitada como si fuera niño de cinco años.

La emoción alcanza su punto superior cuando llegamos al salto (una cascada de 45 metros de alto).


Tal es mi asombro que me conecto de inmediato con una historia que me relató mi amigo Javier Garibay, alguien cuya labor con los niños de la calle no ha sido ajena a lo que ocurre les ocurre a los pequeños en la selva de asfalto: un niño que vive en un barrio marginal de la Ciudad de México hace el primer paseo de su vida al campo en un campamento en Tenancingo, Estado de México. Durante el paseo, se topan con una cascada. Al volver, el niño, que sufrió un pasmo hipnótico frente al salto y no separó la vista del agua un solo segundo, le pregunta a Javier, su animador: “¿Y a qué hora le cierran a la llave?”…

martes, 3 de junio de 2008

Claroscuro dominicano

El último fin de semana antes de partir al viaje estuvimos en la boda de nuestros amigos Jimena y Sebastián. Quiso el azar que en nuestra mesa se sentara el fotógrafo de la boda, Antonio. Platicamos del viaje, de la escritura, de la fotografía.

Como la cámara con la que viajaríamos es un poco vieja, le pregunté cuál era su recomendación para comprar una nueva…

Contestó: “Lo de la cámara, para ti, es lo menos importante. Fotografiar es lo mismo que escribir: es jugar con los contrastes. La fotografía es el arte de la luz y la oportunidad. Yo, con la cámara de mi teléfono celular, en un viaje como el tuyo, haría maravillas…”

Ahora, ya en el viaje, cada día trato de honrar el entusiasmo y la sencillez con los que me animó...


Juego de Pelota en Sosúa




Niños vendiendo en Sosúa


Niñas con perro en Sosúa




Por las calles de Sosúa


Niños en Constanza





Sosúa

Llegamos a Sosúa. Es famosa porque en 1941, huyendo del Nacional Socialismo, un grupo de judíos salió de Alemania y llegó a la Dominicana buscando protección.

Es demasiado tarde para seguir hacia Cabarete, que es nuestro destino final. En lo que nos organizamos con los backpacks, nos ataca la turba de motoconchos. Aprovechan la oscuridad y la confusión momentánea que sufre cualquier viajero al arribar a su destino para tratar de imponernos sus servicios de taxi y sus sugerencias de hotel.

Sin embargo, después de una semana de viaje, hemos afinado nuestra capacidad de ignorarlos y despacharlos. Una americana que viaja en nuestro mismo autobús – Molly – reconoce esta incipiente habilidad y nos pide permiso para sumarse a nuestra caminata exploratoria.

A través de la bahía y después de un par de vueltas llegamos al Hotel Waterfront. Un hotelito de cuarenta dólares la noche. Algo en nuestro cuarto recuerda las cabañas de las expediciones inglesas en África – acaso el verde de los árboles a través de las rendijas de la pared de madera, o el persistente zumbido de los ventiladores. Además de que decidimos dejar prendida únicamente la lámpara junto a la cama, pues el que diseñó la instalación eléctrica del hotel parece ignorar el hecho de que la luz de los focos instalados en el techo detrás de las hélices, produce mareo.

El día amanece nublado y Jennifer despierta enferma. La enfermedad es así, como la playa vacía de un hotel desierto en un día lluvioso.


El estómago de Jennifer es un buen termómentro de las emociones que se apuestan en el parteaguas de nuestra vida: entre la dificultad que supone dejar atrás tu vida entera – trabajo, casa, amigos, familia – y las emociones que se abren delante – el misterio de los encuentros, el miedo y el desgaste que supone calibrar diferentes culturas, adaptarse en cada nuevo traslado…

El día de malestares y cuidados es campo fértil para que Jennifer sufra una regresión infantil primordial: la necesidad de sentir a la madre cerca. Nada cura como la voz de mamá.

Es sólo en esta coyuntura que me atrevo a revelar la existencia de un gadget que hasta el momento he mantenido en un silencio que nos ha ahorrado interminables discusiones sobre cómo la tecnología amenaza la marginalidad creativa de nuestro viaje: una Palm Treo con teléfono integrado que mi padre generosamente insistió en regalarme “sólo para emergencias”.

Jennifer habla a casa. Una breve charla con su mamá y una larga consulta con la doctora Chata – su prima – encaminan el asunto para que mejore – gerber, pechuga hervida de pollo, jugo de manzana, pan tostado, buscapina y descanso, besos y arrumacos, es una prescripción infalible.

Con la pobre expectativa que me ha generado la visita a los supermercados que hasta el momento conocemos en la isla – productos básicos, poca variedad y presentaciones simples--, me encamino a buscar un supermercado para asegurar tan delicadas viandas. Para mi sorpresa, encuentro una mina llena de tesoros gourmet, en la que es difícil señalar una omisión: papitas, cacahuates y refrescos americanos; pastas, salsas y panecitos italianos; jamones, salamis, aceitunas, ostiones y mejillones españoles; patés, quesos y vinos franceses; salmones, arenques y cangrejos nórdicos; helado y galletas danesas; rones antillanos, whiskys escoceses, cervezas mexicanas; fruta dominicana…

La involuntaria alegría delata una zona sibarita de mi ser que sufrirá con los apretados presupuestos y la difícil accesibilidad de productos a los que el viaje naturalmente nos expondrá durante este año… Ya que yo no he hablado con mi mamá, me permito una satisfacción regresiva sustituta: compro una golosina de caramelo suave agridulce de la marca Haribo que consigue semblantear pálidamente a mis amados-y-para-siempre-extraviados Lacitos Larín. Aquellos cables de goma plástica de un metro de largo en sabores fresa, chocolate, naranja y tamarindo que nunca faltaron en mis cartas a Santa Clós en el periodo escolar.

Por dos días, mientras la lluvia y la recuperación de Jennifer me mantienen encerrado en el cuarto de hotel, mi actividad se concentra en ir de compras al supermercado. Reflexionar sobre la experiencia de compra y venta.

No es sin embargo, sino hasta que Jennifer sale del cuarto y camina la ruta conmigo que me hace reparar en un letrero que se exhibe en plena calle, y que por donde se le vea, sería políticamente incorrecto exhibir en México o en cualquier otro sitio del mundo: “Dominican Republic for Sale”.



La evidencia no puede ser más clara y directa, pues en efecto, acaso los dominicanos no sean ya dueños de sus costas y sus playas. Españoles, holandeses, alemanes, ingleses, americanos son los intereses de Real Estate que señorean en la isla.

Este hallazgo acaso prologue un tema – el derecho de los pueblos a la propiedad de la tierra y su componente de identidad nacional -- que sin duda será recurrente en el viaje. Señales como la que nos hemos encontrado atizan sin duda la agenda nacionalista en Latinoamérica, y aunque los Chávez, los Obrador, los Morales, los Ortega y los Correa la exploten con fines populistas de perpetuación en el poder, no deja de haber un motivo legítimo: ¿con qué derecho un interés extranacional prevalece por sobre el derecho histórico de la gente sobre la tierra y lo que esto representa para su tradición cultural?

Y aunque se reconozca el liberalismo económico del mercado y la dinámica capitalista como la-menos-peor-alternativa para regular intercambios económicos, no deja ser pertinente hacerse las preguntas: ¿cuál es el límite sobre el interés privado sobre la tierra? ¿cómo asegurar el respeto al derecho de los pueblos a vivir en sus lugares de origen? ¿qué mecanismos son necesarios para permitirles perpetuar su cultura, y no arrancarlos y matarlos? ¿quién y cómo debe cuidar que un interés colonialista – sea cual sea su lógica de legitimación – nunca pase por encima de la gente?

Porque si no nos hacemos la pregunta, en esa ceguera elegida, nos estamos coludiendo de alguna siniestra forma con todos aquellos que piensan que tienen el derecho para dominar y repartirse al mundo, y excluir con su ambición al resto de los hombres; los que en el siglo XIX, con sus juegos de adueñarse de la tierra nos llevaron a dos conflagraciones mundiales; los que entre 1939 y 1941 forzaron a que un grupo de judíos huyeran del nacional socialismo alemán y llegaran a la costa dominicana, en un pueblito llamado Sosúa…

De paso en Santiago -- Memoria de la fumadera

Permanecemos una hora en la estación de buses de Santiago a la espera del que nos llevará a Sosúa.

Santiago, desde una perspectiva urbana no es nada espectacular. Es relevante más bien porque sus condiciones geográficas presenta condiciones ideales para producir tabaco: luz del sol, buena tierra y aire templado de las mantañas.

En Santiago se encuentra ubicada la fábrica de Tabaco de León Jiménes que fue establecida en 1903. Al menos hasta finales del 2004 se producían ahí diariamente 18 millones de cigarros de Marlboro y poco más de 20,000 puros enrollados a mano, en un proceso artesanal en donde no interviene máquina alguna.



La fábrica tiene para mí una significación especial, pues hace algún tiempo me tocó conducir un estudio de clima organizacional con ellos, en uno de mis primeros trabajos en HayGroup, lo que contribuyó a que fuera memorable.

Había que aplicar un largo cuestionario a una población de trabajadores, buena parte de los cuales eran operarios de línea en la fábrica de Cerveza en Santo Domingo y personas involucradas en el proceso de manufactura de los puros, los procesos básicos que involucran mayor cantidad de gente. Si se le piensa detenidamente, el trabajo de varias de estas personas consiste en pasar todo el día separando y humedeciendo hojas de tabaco.

Para gente tan sencilla, el ejercicio resultaba titánico por su extensión – cerca de 100 preguntas – y por su complejidad – ítems de dos preguntas contrapuestas con una doble consideración para el clima actual y el clima ideal.

Creí haber sanjado el reto de explicar la mecánica del cuestionario usando ejemplos sencillos de besibolistas, y metáforas cercanas como la de la balanza. Estaba equivocado. Me fue pronto evidente la incongruencia de las respuestas: unos decían que en el futuro querían más críticas y menos reconocimiento que en la actualidad; que les gustaría tener un jefe más coercitivo, discrecional y arbitrario.

No tardé en detectar que ahí había un problema generalizado de lectura. Unos leían tan a paso de tortuga que para cuando habían llegado al final de la frase ya habían olvidado el principio. En otros no fue difícil detectar los signos que el analfabetismo deja en el rostro y la mirada: una especie de parálisis silenciosa propia del temor de exhibir que en la propia historia, algún ángel sin bondad o sin cuidado determinó que para este niño o esta niña nunca se revelara el misterio de la letra escrita.

Se me hundió la panza, en parte porque me sentía conmovido, en parte por la realización de que estaba yo con el primero de 20 grupos conformados por 50 personas…

Tuve que demostrar ingenio y paciencia de maestro rural para conseguir terminar el ejercicio. Cambié la dinámica. Leímos en comunidad. Cambiamos las casillas pintadas en el papel por zonas físicas del salón. Los sonidos por estímulos táctiles. Nos inventamos un lenguaje espacial, un código vinculado al cuerpo. Responder el cuestionario se convirtió en una especie de calistenia llena de movimiento.

El movimiento convirtió la experiencia en algo sensual. Fue ahí donde por primera vez escuché el acento criollo de sus voces raspositas: ¡Maisimo!, contestaban cuando yo preguntaba cómo debía ser en el futuro el reconocimiento. Los trabajadores terminaban empapados el ejercicio, pues el esfuerzo era equivalente a enrollar mil puros. El sudor que desprendían tenía el olor lechoso y amargo del tabaco impregnado en la piel. La cercanía física me permitió ver que de manipular las hojas de tabaco tenían también las manos de color amarillo-sepia, como si literalmente les hubiera subido la bilirrubina.

Acaso fue el aroma y los tatuajes del tabaco en la piel que movió positivamente mi afecto hacia ellos. La memoria es así, tiene laberintos caprichosos. Trabajando con ellos vino con intensidad mi padre a mi mente: cuando yo era pequeño, mi papá tenía marcas semejantes en las manos…

Cada mañana, para ir al colegio, montaba yo en nuestro bochito color pistache a esperar a papá mientras se calentaba el motor y el apuraba los últimos tragos de café cargado y acordaba la logística del día con mamá. Cuando por fin subía al auto – cuyas ventanas amanecían invariablemente empañadas – mi curiosidad de seis años se dirigía inevitablemente a sus manos, pues sus manos eran diferentes a las mías: Eran grandes, fuertes. Estaban siempre calientitas, mientras en las mías, a esas horas de la mañana, parecía residir un persistente frío invernal. Sus manos, que sabían mover la palanca de velocidades o encontrar en la radio el programa de idiomas que escuchábamos cada mañana de camino a clases. Sus manos, que tenían manchas de tabaco. Los dedos índice, medio y pulgar tenían un color amarillento que yo atribuía al café y al jugo de zanahoria, pero que se debía sin duda al cigarro.

Entonces papá fumaba más de una cajetilla diaria. Cigarros de tabaco oscuro de marca francesa: Galois o Ducados. Eran otros tiempos, cuando fumar era un acto glamoroso, todavía vinculado a la imagen de Humphrey Bogart en Casablanca, o James Dean desafiando al universo. Cuando el enfisema o el cáncer no tenían una relación oficial al humo del tabaco.

No mucho después de esa época, papá dejó de fumar, pues a mi hermana Carla le dio neumonía y él estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por que en la casa hubiera condiciones para que su salud mejorara. La neumonía se debió sin embargo a la negligencia del anestesiólogo que la preparó para que le sacaran las anginas en una operación rutinaria. Al parecer se despertó a media operación y broncoaspiró pus que se alojó en algún sitio de la pleura.

Pasó tres semanas internada en el Hospital Infantil Privado. Tres semanas de las que yo sólo entendía que no podría jugar con la gordita que tenía dos años menor que yo porque algo se le había metido en el pecho y le había dado como una gripa muy fuerte.

A las tres semanas, medio de contrabando, pude entrar a verla. Estaba encerrada en una cama que parecía una nave espacial. Estaba toda despeinada y sudada, en unos calzoncitos y camiseta Baby Crazy. Me impresionó la aguja de catéter que tenía en su brazo regordete. Yo la veía con susto. Mamá me dio permiso de meter mi mano dentro de la burbuja transparente para tocarla. Su mano, toda ella, estaba amarilla. Cuando nos tocamos, los dos sonreímos.

De aquella época para acá, las cosas han cambiado. La del tabaco es una industria cuestionada. El cigarro es un veneno con mala prensa.

Sin embargo, hay que reconocer que el cigarrillo, ese artefacto de tacto sensual, tiene algo especial que suscita una atracción irrevocable en quien fuma, y una nostalgia absoluta en quien dejó de hacerlo – esuché a Papá decir algún día que desde que dejó de fumar, la vida ya no es la misma.

Yo, que también fumé, creo que el cigarrillo es tan potente justamente porque funciona como un signo de puntuación que organiza, separa, enfatiza, da sentido y significado al lenguaje cotidiano de la existencia:

Despierto. Me hago un café. Enciendo un cigarrillo. Letra mayúscula que inaugura el texto del día.
Estoy en el trabajo. Paro un momento. Salgo al pasillo. Enciendo un cigarrillo. Tres puntos suspensivos que ayudan a redondear la idea.
Termina la comida. Enciendo un cigarrillo. Signo de exclamación. Celebro la existencia de los tacos de maciza con cuerito, salsa, limón y cebollita.
Termina la función de cine. Enciendo un cigarrillo. Comillas que introducen el comentario de la película: “Es que el cine es magnífico, ya lo diría Woody Allen…”
Termina el encuentro sexual. Enciendo un cigarrillo. Guión que da pie a una paráfrasis: --para esto vinimos a la vida—
Me dejó la mujer hace un mes. Enciendo un cigarrillo. Un recuerdo, coma, la memoria de la textura de la piel de su cuello, coma, la imagen del lunar que aparece, cerca de la axila derecha, en su pecho, coma, la estúpida memoria de su risa. Otro cigarro. Punto y seguido. ¡por favor, que llegue ya el punto final del olvido y sane mi corazón partido! Silencio, coma, la memoria de su cabeza sobre mi pecho en una siesta con brisa de verano, coma…
Muere un amigo en un accidente automovilístico. Deja a su mujer con dos niños menores de cinco. Enciendo un cigarrillo. Punto y aparte. Dejo todo lo que estoy haciendo. Por alguna razón no puedo pensar. De camino a la funeraria enciendo otro cigarrillo. Interrogación. ¿Cómo es esto posible? Exclamación. ¡Si nos encontramos apenas hace una semana y él estaba perfectamente sano! Cigarro. Rabia. Interrogación. ¿A qué juegas, Dios? Cigarro. Interrogación. ¿A qué putas juegas?...

Salida en Guagua de Constanza



La gente que ocupó la gua-gua de Constanza a Santiago (en su mayoría mujeres) no podía evitar las miradas descaradas hacia nosotros cuando nos bajamos con todo nuestro bultoso equipaje. Mochilas y mochilas que acomodamos en nuestras espaldas y pechos para poder cargar.



Pero del mismo modo que nosotros, con nuestras caras blancas y acento extraño les generamos curiosidad, ellas también me generan lo mismo.


Debo aceptar que más de una vez me les he quedado mirando con total falta de discreción. Me intriga lo que hacen. Su gestualidad y su voz, gritona, intrusiva, que lo mismo grita para expresar enojo que alegría o un simple saludo. Las mujeres dominicanas son ruidosas. No tienen ningún reparo en gritarles a los hombres para reclamar sus derechos. Aunque al final de la discusión terminen cediendo, lo hacen con manoteos y gritos.


Sin embargo, lo más curioso del recorrido ocurrió al principio…


La gua-gua, que debía salir a la 1 de la tarde, salió una hora y media más tarde. Pero no por ningún retraso en el horario, sino por la costumbre inusual que tiene de pasar a recoger a cada pasajero ¡a la puerta de su casa!

Como si se tratara del camión escolar, cada mujer esperaba pacientemente en el patio de su casa, con su maleta (bultos, cajas, niños, bebés, pañaleras…) y en ocasiones con el resto de la familia que había salido a despedirlas. La gua-gua hacía malabares para poder entrar a las callejuelas del pueblo y el muchacho que ayudaba al chofer rápidamente cargaba y acomodaba el equipaje.


Parecía el ritual de todos los domingos por la naturalidad con que todos lo vivían. Pero en este caso tampoco ayudaba mucho que fuera el Día de la Madre en Dominicana y únicamente Arturo y yo, que llevábamos montados desde las 12:50 y habíamos llegado hasta la parada, lo vivíamos como un escena espectacularmente ridícula. ¿Por qué no se habían congregado todos en la misma parada? ¿Qué clase de chiste era este?





Los minutos en mi reloj pasaban uno tras otro mientras la gua-gua seguía pesadamente los vericuetos del pueblo, arrastrándose como un enorme elefante entre caminos demasiado estrechos. Una hora y media después, la gua-gua, aparentemente, hizo la última parada: ¡en frente del que había sido nuestro hotel!

Ya no cabía ni un pasajero más, pues incluso habían desplegado unos asientos adicionales en el pasillo intermedio y las maletas iban debajo de los asientos, a los pies de algunos pasajeros, en los asientos delanteros, en el pasillo y, algunas cuantas, en la sección reservada para equipaje en la parte externa del mini-bus.

Salimos de Constanza y cerré mis ojos para tratar de dormir arrullada por el camino de la carretera ya sin paradas. Pero imediatamente, sentí que la gua-gua se volvía a detener. ¿Y ahora qué?

Las mujeres le habían pedido al chofer que se detuviera en los puestos de la carretera para comprar algunas cosas.

“Es que mi papá está enfermo y solo puede comer rábanos…”

“Sería buena idea llevar fresas de acá que son muy buenas”

“¿Por qué no compramos flores?”

“Yo quisiera un refresco, una botella de agua, unos chicles…”

El chofer se iba deteniendo ante la petición de cada mujer. El muchacho ágilmente tomaba el dinero, bajaba de un salto a la carretera, compraba y trataba de complacerlas: “el ramo que tenga los botones más cerrados”, “no, las de color melón están más lindas”, “mejor las rosas”

“¡Ay, ustedes me están volviendo loco!” exclamaba el muchacho, mientras entregaba el cambio y la mercancía. Y recibía el billete extendido de otra mujer que había decidido que ella también llevaría flores…

Como ni Arturo ni yo estábamos para comprar nada y veníamos más bien fastidiados, el muchacho nos repartía caramelos que sacaba de su bolsillo como intentando decir: “perdonen la molestia”.

Y yo, finalmente, comencé a sentir la amabilidad caribeña.


miércoles, 28 de mayo de 2008

El muchacho de Aguas Blancas, Constanza, Republica Dominicana

Mientras Jennifer me espera fuera del supermercado, la aborda un muchacho de alrededor de 17 años. Le explica que necesita pagar una vacuna antitétánica y le pide dinero. Jennifer no cree el cuento, desconfía, y lo aleja.

Salgo de la tienda y empezamos a caminar. Entonces se vuelve a aparecer el mismo muchacho, un mulato fuerte que anda en huaraches y trae una camiseta blanca con el lema de una organización, que en español criollo de vocales atropelladas me explica lo mismo que a Jennifer. Me dice que no quiere dinero. Que quiere la vacuna. Por la contigüidad del evento durante la preparación del viaje, viene automáticamente a mi mente el hecho de el acceso a nuestras vacunas fue relativamente simple: bastó con hacer espacio en la agenda para acudir al hospital. Mientras lo escucho, pienso que debe ser jodido necesitar una y no poderla tener.

Siento el impulso de ayudarlo, pero la mirada de Jennifer me invita a ser cauto: aún tenemos poco en la isla y no sabemos interpretar los signos y las formas de esta cultura. Me dice que el muchacho la abordó a ella hace un momento y que se negó. Me habla con énfasis, como si me quisiera hacer recordar que en cada cruce de la Ciudad de México hay un mendigo con un cuento semejante que trata de transar al primer tonto que se deja.

Su reserva me hace recordar las palabras de Raquel –mi analista—en nuestra última sesión antes de partir: “A diferencia de algunas de las personas que te son cercanas, no siento zozobra alguna por tu viaje. Sé que tienes experiencia y encuentras la forma de manejar las cosas, de hacer que caminen a tu favor, y generalmente en beneficio de todos. Si algo me preocupa, sin embargo, es tu tendencia a idealizar. Es difícil encontrar en ti el rastro de la malicia. Es como si pensaras que la gente es buena y la maldad fuera sólo un accidente, una circunstancia que deriva de la frustración. Pero las intenciones agresivas existen. La enfermedad mental existe. En todo caso, confío en que llegado el momento sabrás subsanar tu carácter ingénuo con el conocimiento que tienes de estas otras fuerzas, de estas otras intenciones. Sabrás cuidarte.”

Disuado entonces al muchacho. Le digo que lo siento, pero necesita continuar buscando. Nos alejamos. Continuamos nuestro camino rumbo al hotel.

Apenas hemos avanzado cien metros, nos alcanza.

-- “Usté no entiende, señó. Yo no quielo dinero. Es lantitetánica (pronuncia de corrido). Es para mi que está en el hospital. La vende la falmacia pero es más bará en la botica. La seño de la botica, ya le dí la plata. Dos de cien y tré monedas (hace los ojos hacia atrás como contando). Y me dijo que no jalcanza. Me lo puso en un papelito (me enseña una nota que dice $151). Usté me lo da y ya está. Si quiere vamos a la botica.”

El sol del atardecer le cae justo en los ojos cafés. Tiene la mirada clara de quienes dicen la verdad…; o de quienes no sienten culpa de mentir, pues están habituados a hacerlo…

Dudo. Volteo a ver a Jennifer. Se encoge de hombros. Me inclino por creer que hay algo genuino en su determinación, en su gesto de tocarse la cabeza, en el aire de merolico con el que vierte la historia. Pienso además que, después de dos negativas, un estafador auténtico ya habría desistido, pues el truco no sale si requiere demasiado esfuerzo.

Le digo al muchacho que vayamos a la botica, que lo sigo.

Se echa a andar. Va diez metros delante de nosotros… Por inverosímil que parezca, esta dinámica de andar la vereda trae a mi mente el recuerdo de la Caperucita Roja. Voltea de vez en cuando, como para que no nos arrepintamos. Pienso que cualquier lobo feroz sabe que el banquete se disfruta tres veces – cuando se lo prepara, cuando se lo come y cuando se acuerda…

Llegamos a la botica. Está cerrada. La cortina de acero está abajo. El muchacho la mira con incredulidad. Se rasca la cabeza.

-- Señala lo obvio -- “Está cerrá”.

-- “Ni hablar”, le digo.

-- “Espela, -- me detiene antes de que me eche a andar -- yo sé vive la señó”.

-- “Tienes tres minutos” – contesto.

Sale corriendo.

La espera hace que arriben a mi cabeza imágenes sombrías: un par de vándalos. Una navaja en mi cuello. Una bodega oscura. “Nuestro viaje entero malogrado por un pinche instinto altruista… voy a creer, Arturo, eres un imprudente, un pendejo…”. Desde ahí nace el que los tres minutos se pasen rápido para que tengamos un pretexto para marcharnos de una vez por todas antes de que él regrese.

Otra parte de mí quiere que todo sea verdad. Que doble la esquina acompañado de la boticaria. Que paguemos la vacuna e inyecte a su mamá. Esa parte quiere que el tiempo sea elástico. Alargo los segundos mientras los cuento en mi cabeza.

De pronto, regresa por el lado contrario del que se fue. Esto no ayuda para generar certidumbre y bajar la ansiedad. Viene sólo.

- “¿Qué pasó? – le pregunto.

- “La mujé está ya en su casa y dice que hasta mañá. Pelo hay un hombre que puede lleveale el dinero y traieme la vacú…”

- “Nada, sin boticaria no hay dinero” – le digo.

Silencio.

– “Si quieres vamos al hospital y hablamos con el doctor” – le digo.

- “Es que yo lo que no quielo es bajá al hospitá. Es lejos"… -- responde.

Silencio.

- “Pelo vamo, pué…” – dice finalmente.

Arrancamos.

Ahora estoy claro de que tantas vueltas son signo de que está en crisis. Su cabeza no funciona bien. Toda su energía está concentrada en resolver el siguiente paso y deja de pensar más allá. Con esta certeza, podría ya simplemente darle el dinero y dejar que se arregle con su suerte, pero después de tantas vueltas, sería incongruente no llegar hasta el final y hacer la verificación.

Me le emparejo -- “¿Qué le pasó a tu mamá?”

- “Se coltó con una asada (pronuncia jasada) mientras trabajá la tierra”.

Se señala el antebrazo.

Llegamos finalmente al hospital, una especie de clínica rural. Lo sigo mientras camina por un pasillo hasta un cuartito donde vio por última vez al doctor. Toca. Esperamos pero nadie abre. Me asegura que ahí estaba. En su cara leo un signo de desesperación, pues se le han negado todas las pruebas que confirman su historia, y en mi cara se asoma aún un pequeño resquicio de duda de que el asunto sea verdad.

Me toma de la mano para que lo siga.

Me lleva a un cuarto grande, como un galerón de orfanato. Está lleno de mujeres en camas y personas alrededor. Hay poca luz y el aire está pesado. Se mezcla el olor a humanidad y el olor a medicina. Cruzamos el cuarto. Se hace un silencio. Soy el único blanco en el cuarto. Además, no traigo puesta una bata.

Me lleva hasta el pie de la cama de una señora. La señora está dormitando. Abre los ojos cuando siente nuestra presencia. El muchacho le hace una seña. Ella se descubre y me muestra ambos brazos. Una herida fresca de un lado y una línea de suero del otro.

Asiento con la cabeza. Me despido. Le digo que tiene un buen hijo. Un hijo que la quiere mucho.

Salimos al pasillo. Le doy el dinero. Le deseo suerte.

Me siento un poco avergonzado de haber llegado hasta aquí. Necesito respirar aire fresco.

Jennifer me espera afuera. Está cansada.

No van ni cien metros de caminata en silencio, cuando vuelve a aparecer el muchacho.

Quiere más dinero. No podrá recuperar el que le dio a la boticaria sino hasta el dia siguiente y quiere llevarse a su mamá de vuelta al pueblo esa misma tarde. – “Ya no quielo que esté en el hospital. Usté vió la jaguja que tié en la vena”.

Para estas alturas estoy entrampado: Yo sé, que él sabe, que yo le daré los quinientos pesos que necesita. Ha emergido sutilmente, la trama de manipulación: si ya ví, y ya ayudé una vez, se asume que la nueva ayuda debe ser otorgada. Pues por definición yo tengo, y porque tengo, estoy en deuda. Y si no doy, eso me convierte en un hijo de puta…

Ya desde ese momento empiezo a destilar los corolarios de una lección que hace tiempo conocía, pero que en este caso elegí ignorar: la ayuda que asegura la subsistencia en el corto plazo mutila la capacidad del ayudado para resolver el largo plazo, haciéndolo cada vez más dependiente del benefactor. Al mismo tiempo, junto a la gratitud que nace por la “leche” que alimenta, el beneficiario experimenta envidia hacia la capacidad omnipotente de la "teta” que provee.

Nos despedimos.

El se va contento, con su billete que vale por una antitetánica, suero y motoconcho.

Nosotros, con una bendición en lengua criolla, y con la conciencia de la dificultad de ser extranjero en este continente pues inevitablemente, en algún momento, la historia de asimetrías impulsará nuevamente a alguien a creer que algún sitio de nuestro back pack se esconde la piedra filosofal o el dorado -- amuletos mágicos, paraísos definitivos -- por los que más de un hombre ha fatigado infructuosamente las jornadas de su vida...

Constanza, Republica Dominicana

Santo Domingo pronto nos cansa. La dedicación de Jennifer para comerse la guía de viajes nos conduce a Constanza, un pueblecito alejado del turismo en un valle alto en el centro de la isla.


Llegamos primero a Jarabacoa en un autobús de línea. El siguiente trayecto lo hacemos en una gua gua – una pickup estaquitas – que no levanta arriba de los 50 kilómetros por hora en un camino deteriorado y con segmentos de terracería. Vamos ocho personas y un bebé apretujados dentro de la cabina. En la canasta viajan al menos cinco más junto con nuestras mochilas. Jennifer hace meditación para lidiar con la claustrofobia. A mi las vistas y el olor a pino me ponen alegre.

Constanza es un valle verde rodeado de montañas boscosas. El aire es templado y transparente. Está lleno de campos arados. La ciudad vive de la agricultura.


Llegamos a Altocerro, un hotelito con cabañas. Cada cabaña tiene un balcón con vista al valle, chimenea y cocineta con un refrigerador.

Por la noche platicamos sobre cómo cada uno visualiza que conoceremos gente. Llegamos a la conclusión de que no debemos forzar la entrada. Los encuentros ocurren con naturalidad azarosa.



Al dia siguiente, mientras buscamos alguien que nos auxilie para conectarnos a la red inalámbrica, inesperadamente conocemos a Noboru Hojo. La pantalla de su laptop es dos veces más grande que la nuestra y exhibe grafos ilegibles.


Noboru es un profesor nipón que después de años de enseñar Business en Tokio, ha ingresado en un programa de voluntarios que el gobierno japonés financia para ayudar a promover el turismo en Dominicana. Lleva ya cuatro meses de los dos años que pasará en Constanza. En pleno rol de promotor turístico, no pierde tiempo para hablar con cariño de este terruño, mientras nos muestra las fotos que ha tomado de la ciudad y sus alrededores. Más tarde comentaremos Jennifer y yo cómo las cosas se vuelven lindas cuando son vistas a través de los ojos de quien las ve lindas.

El relato de Noboru es animado – se conoce que hace meses no tiene oportunidad de charlar con alguien, pues el inglés de los locales es pobre, y su español, incipiente. Nos cuenta las cosas que le han llamado la atención de República Dominicana: la cantidad de agua que la gente gasta en limpiar – todos riegan la banqueta y la fachada de sus casas con singular alegría; los tonos de colores chillones y brillantes que los dominicanos eligen para sus casas; el que haya montes verdes sin árboles, pues en Japón toda la orografía está cubierta de pequeñas agujas.

Noboru nos cuenta la historia de Constanza: En 1952 los gobiernos japonés y dominicano suscribieron un acuerdo de cooperación. El gobierno japonés invitó a 200 familias de campesinos japoneses a emigrar a este valle. La propaganda lo presenta como una pequeña maravilla secreta enclavada en el Caribe. Cuando los inmigrantes arriban, descubren que la zona dista del paraíso prometido -- la tierra es dura para arar y terca para producir. Defraudados, reclaman al gobierno japonés. La burocracia se desentiende. Algunos deciden regresar a Japón, otros van hacia el sur y se establecen en Brasil. Poco más de la mitad deciden quedarse y trabajar la tierra.



Logran arrancar al valle las primeras cosechas, sólo para descubrir que en Dominicana no se comen vegetales. Aquí la gente come puerco, pollo, res y lo acompaña con frijol, arroz, plátano verde y yuca. Se proponen entonces educar a la gente a comer vegetales, con la dificultad adicional de que no hablan español. Los dominicanos miran con extrañeza a estos raros campesinos de ojos rasgados que les proponen ingerir hierbas con sal. Sin embargo la curiosidad es mayor. Poco a poco, demostración tras demostración, los orientales consiguen crear en la gente un gusto por la lechuga, la espinaca, el pepino, la zanahoria.

A la vuelta de los años todas esas familias pioneras han prosperado. Forman una colonia de casas grandes cuyo éxito es medido en el pueblo por la presencia de sus antenas parabólicas. En varios casos se han mezclado con los dominicanos. La tercera generación habla un español fluido.

Pero acaso su herencia más impresionante sea el hecho de que el 75% de la producción entera de vegetales que se consumen en la isla proviene del Valle de Constanza.

Más tarde, mientras comemos en la Fonda Luisa (Luisa es una lugareña cincuentona y malencarada que tiene un sazón de hada indiana) Jennifer y yo discutimos la pobreza en la variedad de grupos alimenticios en la dieta dominicana. “Detrás de estas caderas descomunales, estas nalgas de campeonato de las dominicanas está sin duda la afición al chicharroncito de puerco y los tostones fritos” – comento mientras mastico un bocado de res guisada y arroz blanco. “Debe ser” – responde Jennifer --, sin embargo, pudiera haber una explicación alterna para estas protuberancias que pudiera resultar aún más interesante…” – agrega, como hace siempre cuando se dispone a contar una historia:

“Íngala, mi maestra de Constelaciones Familiares, trabajó mucho tiempo en comunidades Brazileiras y Caribeñas. Algún día expuso la existencia de una tesis bioenergética para explicar la forma y postura corporal de estas mujeres. La explicación es contraintuitiva, pues uno supondría que sacan las nalgas para seducir al macho: en realidad, al hacerlo, esconden el pubis entre las piernas. Lo hacen así como un reflejo inhibitorio de la expresión sexual, de la posibilidad de entrar en un contacto sexual pleno, real… El efecto es entonces de seducción histérica: “te muestro, pero no te doy; ofrezco, pero no otorgo; de lejos te calientas, pero si te acercas te enfrío…”

Si no fuera porque soy psicólogo, creería que Jennifer me ha inventado un cuento para que deje de mirarle el trasero a las dominicanas…

Santo Domingo, Republica Dominicana

Santo Domingo


Nos hospedamos en Santo Domingo, en el Hotel Beaterio, en la calle de Duarte # 8, en la zona colonial.

El hotel lo atienden hombres haitianos y mujeres dominicanas. Son serios y taciturnos. No se siente en ellos amabilidad o alegría.

Tampoco hay amabilidad en las calles. En general la gente es intrusiva – nos abordan para vendernos cosas, pedirnos para un pan pues tienen hambre --, recelosa – nos miran un poco como si fuéramos un par de marcianos que aterrizaron en la zona colonial (cierto es que contrasta la piel blanca y damos un espectáculo cómico con nuestras mochilas) –, y un poco convenenciera – sólo nos hacen fiestas en la medida en que vamos a comprar algo. En cuanto ven que no habrá transacción abandonan todo rasgo de amabilidad y se alejan.

De inmediato la ciudad nos apabulla un poco. Los dominicanos son ruidosos – de todos los colmados (tienditas de abarrotes) sale una bachata estridente; los automovilistas se empeñan en usar el claxon para realizar cualquier tipo de señalización; los hombres y las mujeres gritan, hablan con prisa y se comen letras. La ciudad es bastante sucia: a la entrada de la ciudad pueden verse algunas playas tapizadas de basura; todo alrededor del centro hay charcos y cascajo en las aceras; las calles huelen a diesel, tanto que recuerdan el olor de la Ciudad de México de la infancia.

Con todo, cuentan que los dominicanos son mucho más limpios y cuidadosos que los Haitianos, los otros habitantes de la Isla Hispaniola. Desde la época de la conquista, la parte occidental de la isla (hoy Haití) fue destinada al cultivo de la caña de azúcar, mientras la parte oriental (Dominicana), a la crianza de ganado. Acaso desde ahí se explique que los bosques fueran depredados para abrir tierras de cultivo. Lo interesante es que al parecer hay algo de esa depredación que quedó instaurado en la cultura: en Haití no existe una conciencia de la necesidad de renovar los recursos. Hace algún tiempo, algún dominicano me contó con el puntillismo que le reservan a sus vecinos que los haitianos son capaces de comer madera. Si te descuidas un poco, tus mesas y tus sillas desaparecen. También me contó que cuando Jacques Custeau – el famoso francés explorador marino – estuvo en el Caribe, encontró que del lado de Haití no había peces, pues los haitianos ya se los habían acabado todos. Cosa poco verosímil (a menos que hayan terminado con el ecosistema coralíneo que atrae a los peces), pero que revela bien el talante irónico del dominicano hacia el haitiano.


Lo cierto es que en países tan pobres como estos es patente la escasez de recursos, y se hace especialmente evidente cómo en el banquete de la globalización, estos son los últimos. Hace pocos días hemos visto una revuelta en Haití, y no sería extraño encontrar réplicas en otros países de la región. Lo que ocurre es que a últimas fechas una serie de circunstancias -- el incremento en el consumo de granos por China e India, el elevado costo de los energéticos, el destino de tierras de cultivo al maíz para producir etanol, la pérdida de cosechas por el cambio climático-- ha puesto por las nubes el precio de los alimentos básicos. En estos países donde del ingreso diario de una familia se destina 60% a la alimentación, una subida de precios como la que se ha visto, afecta irremediablemente el nivel y la calidad de vida. Hay cosas que la gente dejará de hacer para poder seguir cubriendo sus necesidades de alimentación. Y eventualmente, hay gente que dejará de comer. Otra forma de ponerlo es que para que los chinos y los indios coman tres veces al día, los latinoamericanos deben de dejar de comer una…

Pero volvamos a Dominicana… La historia de ellos es una impresionante secuencia de episodios de sometimiento a una potencia extranjera – España, Francia, el pirata Francis Drake, Estados Unidos – o a los designios del dictador en turno – Trujillo, Balaguer…

A propósito de los dictadores, hay infinidad de historias curiosas, historias terribles:

Durante la época de Trujillo, como ocurre con la mayoría de los dictadores, todo fue rebautizado: Santo Domingo fue nombrado Ciudad Trujillo, el Pico Duarte – que fue así nombrado en honor del escritor que encabezó el movimiento de independencia y que es el monte más alto del Caribe – fue nombrado el Pico Trujillo. Cuentan que siendo 3,087 m. la medida oficial de la montaña, un geógrafo quiso adular a Trujillo, incrementando su altura. Hoy en día varios textos de geografía local consignan sus 3,175 m.

Balaguer, por su parte, que apareció en la escena política como un demócrata, contendiendo y perdiendo en las primeras elecciones libres de Dominicana en 1962, se mantuvo en el poder desde el 66 hasta el 2000, cuando a sus 93 años, aún contendió en las elecciones.

Involuntariamente entre ambos llevaron a cabo un proyecto arquitectónico ignominioso por su inutilidad, la cantidad de recursos requerida y la afectación a los habitantes de la zona: el Faro a Colón. Cuentan que una maldición cayó sobre el faro que tardó más de dos terceras partes de un siglo en ser terminado. Dos días antes de ser inaugurado fue visitado por la hermana de Balaguer, quien murió horas después. Ante tal signo, Balaguer evadió asistir a la inauguración, que de cualquier manera de alguna forma se habría perdido pues para estas alturas de su vida ya estaba ciego.

Siendo un pueblo pobre y por lo que a primera visa aparece, no demasiado inclinado al trabajo fuerte, no sorprende que la mayor aspiración colectiva consista en convertirse en pelotero de las grandes ligas en “Nuevayor”. Es decir, elocuentemente, resolver la vida entera de un batazo que saque la bola del parque. Hasta los anuncios de leche explotan esta fantasía: “Dale a tu hijo Rica Leche, para que llegue hasta las grandes ligas”.

Este carácter mágico de conseguir en una transacción inmediata todo aquello que se desea, lo verificamos más tarde en una tiendecita donde se comercian cuadros coloridos y joyería. La mujer nos habla de una piedra azulada de propiedades seductoras: Larimar – la piedra del amor. Es una especie de San Antonio de bolsillo: “Si no tiene, la consigue. Si ya tiene, la retiene”… Fácil promesa de atracción amorosa que pasa por alto la realidad elocuente de esta piedra, que en su estado natural es del tamaño de una pelota de tenis, grisácea y con la textura de una piedra pómez. Sólo la paciencia y el trabajo del artesano logra sacar la nuez color caribe que alegra los corazones y deslumbra los ojos...

Nos despedimos de Santo Domingo, en busca del clima fresco de las montanas...

viernes, 16 de mayo de 2008

Crónica de la preparación II -- La vida después del Blackberry

Tiene poco más de una semana que regresé el Blackberry al trabajo. Después de años de estar conectado cada segundo del día -- disponible a cualquier hora, separado apenas por una transacción electrónica de una red de algunos cientos de personas alrededor del mundo que podía contactarme casi con sólo desearlo-- de pronto, hoy, amanezco sin celular, sin correo electrónico instantáneo, sin acceso al internet en cualquier momento y en cualquier sitio...

Si a esto sumamos que hemos dejado el trabajo, vendido ambos coches y dejado el departamento, es decir, nos hemos desprendido de varios referentes espaciales, temporales y sociales -- trabajo, casa, coche y comunicación-- a partir de los cuales uno se concibe como individuo, en una cierta sociedad, en una cierta clase socioeconómica, en este momento histórico, etc., etc

Si además se considera que para minimizar los riesgos en un viaje de este estilo, ha sido inevitable ponerse a pensar en contingencias mayores (enfermedad, robo, secuestro, muerte), y hacer algún tipo de planeación o trámite mínimo (seguros, códigos de contacto y comunicación, un primer esbozo de voluntad testamentaria,etc.)...

A partir de esos tres datos, no será difícil entender que desde ahí se experimentan sensaciones ambivalentes: una sensación de mutilación -- como si faltara un apéndice, una extensión del cuerpo; una a sensación de estar rodeado de una especie de burbuja de silencio -- una expecie de sordera o mutismo autoimpuesto; una sensación de estar parado al márgen de la carretera donde el mundo avanza a gran velocidad -- una especie de liviandad, de ligereza fantástica; la potente oportunidad de ver y pensar sobre tu vida desde fuera, como si fueras otro -- como si se tratara de un cuento de Charles Dickens; El vértigo alucinante de haber salido de la MATRIX, en una palabra...

Desde ahí, me cuestiono una serie de problemas que son lugares comunes para cualquiera de nosotros que vive el mundo posmoderno, más desde la experiencia concreta de estos días que desde una posición retórica, filosófica:

-¿Qué tanto la tecnología nos cerca, nos amarra, nos reduce los espacios, nos fuerza a estar volcados hacia afuera, a costa de perder contacto con lo que está adentro, a escuchar nuestra propia voz?

-¿Qué tanto el paradigma de aspiraciones burguesas nos envuelve y lentamente adormece el músculo del deseo; qué tanto nos entregamos a una estructura social que en aras de incrementar nuestra percepción de seguridad nos va quitando poco a poco la capacidad y el coraje para optar por nuestros sueños individuales?

Sería obviamente prematuro (apenas van dos semanas de esta condición), cínico (pues ciertamente seguimos conectados a esta estructura a través de la computadora, o bien hay una serie de activos financieros y decisiones de seguridad virtual que hemos elegido conservar), y sobre todo chocante (pues nada hay más chocante que la prédica o el consejo no solicitado), aventurar respuestas a estos cuestionamientos que a cada uno le corresponden en su fuero interno. Me limito a compartir un par de reflexiones (de alcance personal) a partir de la experiencia de los últimos días:

Alguien me cuenta en estos días algo que puede ser una leyenda urbana sobre el orígen del nombre Blackberry: Blackberrys son las marcas negras que dejaban en las muñecas de los esclavos norteamericanos los grilletes que los encadenaban...

Volteo a ver mis muñecas. Tengo las marcas. Creo que pasarán meses antes de que des-aprenda el instinto de despertar por la mañana y verificar si el foquito rojo del aparato está parpadeando con algún mensaje de algún cliente o colega; meses antes de que desaparezcan los rastros que han dejado en mis tripas los chisguetes de angustia adrenalínica de los requerimientos urgentes, o de los informes de complicaciones inesperadas...

Un poco en el mismo sentido, viene a mi mente una de mis películas favoritas: Sueño de fuga. En ella se retrata poéticamente un fenómeno que experimentan los presos de la carcel después de años tras las rejas: la institucionalización. Hombres que han vivido tantos años en la cárcel de Shawshank que toda su psique ha acabado por ser asimilada a las pautas del presidio. Enajenados, han perdido la esperanza, la capacidad de soñar. A tal grado han desarrollado una dependencia, que frente a la perspectiva de volver a vivir en el mundo de afuera, prefieren seguir viviendo en la cárcel.

La angustia frente a la libertad readquirida (no sólo en su acepción de capacidad de movimiento, de liberación, sino en su sentido de voluntad, de capacidad de elección, de la fuerza requerida para hacer prevalecer el deseo indiviual frente a las demandas de la realidad) tiene una potencia tremenda. En la trama vemos a Red, el personaje que interpreta Morgan Freeman, en los primeros días tras la revocación de su condena: trabaja como cerillo en un supermercado envolviendo las compras. Pide permiso para ir al baño. El gerente le comenta que no tiene que pedirle permiso cada vez que quiere ir al baño. Cuando sienta ganas, simplemente puede ir. Mientras va al baño con una actitud vigilante y temerosa, escuchamos la voz en off de Freeman, que ilustra la esencia de la institucionalización: "Durante años tuve que pedir permiso a los guardias para ir al baño, al grado que ni una gota de orina me sale si no he recibido permiso...". He aquí la fuerza de la inercia enajenante, que poco antes en la trama hos había sido ya presentada con contundencia: al ser liberado, un viejo amigo suyo, el bibliotecario de la cárcel, había optado por el suicidio, pues es incapaz de vivir en el "mundo de afuera.

En la película, Freeman permite que la esperanza / el deseo (hope) vuelva a habitarlo. Se abre nuevamente a desear: ver el azul del Oceano Pacífico y reencontrarse con su amigo Andy Dufresne en pequeño pueblito de la costa mexicana, y ahí , ayudarlo a montar un hotelito, charlar, reir, salir a pescar en un bote sin remos, ver el ocaso, jugar ajedrez. "Zihuatanejo... is the name".

En la vida real, nuestro viaje tiene obviamente su intención de luchar contra la institucionalización. Sin embargo, ojalá y sepamos hacer que esta opción trascienda la coyuntura del viaje y se instale en mí como una capacidad permanente...

Por lo pronto, hacia allá vamos: Un pequeño pueblito en la zona más austral del mundo. "Ushuaia is the name"...

domingo, 11 de mayo de 2008

Homenaje I -- El sabor de Tlacoquemécatl

¿A donde va lo común, lo de todos los días?
¿El descalzarse en la puerta, la mano amiga?
¿A donde va la sorpresa, casi cotidiana del atardecer?
¿A donde va el mantel de la mesa, el café de ayer?
¿A donde van los pequeños terribles encantos que tiene el hogar?
¿Acaso nunca vuelven a ser algo?¿acaso se van?
¿Y a donde van? ¿a donde van?
Silvio Rodríguez, ¿A dónde van?


Cada uno sin duda desarrolla una cierta relación con el sitio que habita, un sense of place como decía mi maestra de literatura inglesa de secundaria. En nuestro caso este vínculo nos liga al barrio de Tlacoquemécatl, el escenario donde han transcurrido los últimos dos años.

Al marchar, queda en el recuerdo una estela de olores, de sabores, de sonidos, de imágenes de este sitio entrañable:
  • El parque que algún día fue el jardín de la Hacienda Santa Anita con sus sonidos de pueblo -- las campanadas de la Iglesia del Buen Despacho, el claxon de los cochecitos de feria, las risas de niños, el silbato del jefe de boyscouts los sábados por la tarde, el bote de las pelotas, los cohetes en los días de festejo.
  • Las tiendas de barrio -- la zapatería, la verdulería, la vidriería, la pollería, la tortillería, la paletería-- que resisten al paso del tiempo, y que son atendidas por los mismos hombres y mujeres que han estado ahí desde hace décadas, y a los que todos los vecinos se dirigen con el prefijo don y doña.
  • La Fonda Margarita y Los Chamorros de Tlacoquemécatl, donde se libra diariamente una batalla contra la tiranía del fast food, y se cultiva la muy mexicana tradición de los platillos con harta salsa y harta grasa.
  • El Tutti Amicci donde Alessandro y Sabina -- un par de jóvenes que desembarcaron en Puerto Escondido y de ahí vinieron al "Defe"-- ofrecen Insalata Sensuale, Paninni New York, Penne Arrabiata, y terminan los intercambios con las palabras Grazie y Prego.
  • El puestito de elotes y esquites que se pone frente a la puerta de la iglesia, donde hay una Doña que cada noche, cuando pasamos en la ronda nocturna con Olivia, nuestra perrita golden, trata de inducirme con la misma letanía: "¿Qué pasó jovencito? ¿Ora no va a querer su tostado? Anímese jovencito..."
  • Los puestitos que se ponen fuera de la iglesia los domingos, todos con sus sombrillas azules para protegerse del sol, y donde conviven un par de monjitas de 1.40 de alto por 2 de diámetro que venden merengues y rompope, una pareja madura y cana que vende estampitas de la vírgen empotradas en marquitos de madera, un hombre que hace diges con monedas pulidas, y un poco más allá, en un reconocimiento geográfico de su marginalidad, el puesto de películas piratas...
  • La comunidad de los dueños de perros, personas amigables que por razones presumiblemsente asociadas al narcisismo eligen perros que tienen su mismo semblante (el cachetón elige un bull-dog, la anoréxica un galgo, la histérica, un french poodle de ladriditos desesperantes...) que se reúnen a platicar en el centro del parque sobre la vida de sus mascotas, y que con sus relatos emocionados construyen cotidianamente un universo paralelo en donde los bichos gozan de una existencia humana.
  • El jardín del arte, donde cada domingo se junta un grupo de pintores -- entre ellos, un querido tío mío que ha tomado el nombre artístico de Gitano Pintor-- a exhibir sus cuadros, dar clases de dibujo y pintura a los niños y a tener charlas bohemias sobre el color y el sentido de la vida. Entre ellos, la solidaridad comunitaria parece estar por encima de la preocupación por la calidad estética de sus cuadros.
  • El sitio de taxis, en donde el gremio agota las horas a la espera de la llamada de los clientes, entre fútbol y películas mexicanas semipornográficas de mujeres de pechos impresionantes y hombres generalmente cobardes e impotentes. A un costado, como es previsible, hay un pequeño altacito a la virgen de guadalupe, quien según ellos creen, les protege el negocio: manteniendo la infraestructura de transporte público en la ciudad en estándares de insuficiencia e ineficiencia; y asegurándose que los políticos del DF continúen creyendo que el programa hoy no circula es la panacea.

Sin embargo, el verdadero sentido de pertenencia se ha construído en un sitio más íntimo:

El momento del atardecer y el verde de los árboles del parque que entra al departamento desde la terraza; el café del domingo por la mañana-- que se guarda en una lata de aluminio en el refrigerador; las columnas de Cohelo los lunes, de Villoro los viernes, y de Vargas Llosa los domingos durante el desayuno en el comedor; el saludo de Leonardo --el portero-- al regresar del trabajo; las plantas que fuimos comprando y nombrando una a una -- Yeyis, Cotopaxi, Palmita, Boston, Lila Downs, Carlitos, Anaí, Árbol, Bicolor--; la vecina, Chela, que a los setenta y dos años acaba de conseguirse un novio que la visita enfundado en camisa de lino, bien perfumado y engominado; la combinación de música celta y colombiana de Jennifer; Olivia roncando sobre su tapete en el pasillo que da al cuarto; la alegría de Flor, la muchacha del servicio; el cuartito de tele alfombrado y acogedor donde nos echamos interminables maratones de Gray´s Anatomy y Sex in the City; la frescura del viento que circula en verano por las ventanas del departamento; el calorcito que guarda en invierno; Olivia asustada con los cohetes que se esconde en el rincón del cuarto del fondo, junto a la cama; la pasta con verduras a la Boni Brandani, en donde Jenifer ha recuperado el contacto con el espíritu de sus ancestros italianos; el asador que imaginé antes de llegar aquí , y que ha sido un motivo alrededor del cual se han dado tantas charlas con buenos amigos -- Manolo, Rosy, las Jimenas, Andrés, Sebastán, Carlos, Tamara, Gaby, Ernesto, Pablo; los cuadros de fotografías de Collada en blanco y negro, imágenes de Cuba, Barcelona y Marruecos; la regadera donde sale un chorro de presión irregular; las lámparas -- una que parece araña en el comedor, otra que parece de minero en el pasillo-- que pertenecen a la viejita que antes vivía al departamento y que no vienen al caso con la decoración; el rincón del gourmet, donde se guarda una botella de tinto "Montes de Oca" que me regaló Rafael, mi cuñado el día que me mudé, y se guardan otras delicias para el que nos visite -- papas, chocolates, aceitunas, pistaches, pasta, galletas crocantes; el baño de color rosa que está en el cuarto principal y al que mi sobrina Ana Carla de seis años piensa que yo no voy, pues el rosa es de mujeres; la siesta en el futón de la sala los sábados por la tarde; el ritual de caminar el viernes por la tarde, después de las terribles semanas de trabajo entre el parque de tlaco y el parque de pilares, y en donde poco a poco nos vamos desintoxicando y entrando en el ritmo del fin de semana; los martes de curso de cuentos y movimiento de Jennifer y sus alumnas Marta, Deborah y Mari; los libros de fotografía; el revistero; las pizzetas de pan ácimo y salsa de ragú que saqué del recuerdo de aquellas que los días especiales se hacían en el kinder de mi escuela; el colchón del cuarto, al que finalmente nunca le pusimos una base y nos acostumbramos a dormir como hippies o como monjes zen; el poster en mi cuarto donde está escrito el poema de Las Causas de Borges; la barra de la cocinita alargada donde cenamos Jennifer todas las noches, y le damos a Olivia gajos de naranja; la sensación de seguridad al cerrar la puerta por la noche; la sensación de que esta es nuestra casa; la certeza de que aquí, en Tlaco, Jennifer, Olivia y yo, empezamos a ser una familia...