miércoles, 28 de mayo de 2008

Santo Domingo, Republica Dominicana

Santo Domingo


Nos hospedamos en Santo Domingo, en el Hotel Beaterio, en la calle de Duarte # 8, en la zona colonial.

El hotel lo atienden hombres haitianos y mujeres dominicanas. Son serios y taciturnos. No se siente en ellos amabilidad o alegría.

Tampoco hay amabilidad en las calles. En general la gente es intrusiva – nos abordan para vendernos cosas, pedirnos para un pan pues tienen hambre --, recelosa – nos miran un poco como si fuéramos un par de marcianos que aterrizaron en la zona colonial (cierto es que contrasta la piel blanca y damos un espectáculo cómico con nuestras mochilas) –, y un poco convenenciera – sólo nos hacen fiestas en la medida en que vamos a comprar algo. En cuanto ven que no habrá transacción abandonan todo rasgo de amabilidad y se alejan.

De inmediato la ciudad nos apabulla un poco. Los dominicanos son ruidosos – de todos los colmados (tienditas de abarrotes) sale una bachata estridente; los automovilistas se empeñan en usar el claxon para realizar cualquier tipo de señalización; los hombres y las mujeres gritan, hablan con prisa y se comen letras. La ciudad es bastante sucia: a la entrada de la ciudad pueden verse algunas playas tapizadas de basura; todo alrededor del centro hay charcos y cascajo en las aceras; las calles huelen a diesel, tanto que recuerdan el olor de la Ciudad de México de la infancia.

Con todo, cuentan que los dominicanos son mucho más limpios y cuidadosos que los Haitianos, los otros habitantes de la Isla Hispaniola. Desde la época de la conquista, la parte occidental de la isla (hoy Haití) fue destinada al cultivo de la caña de azúcar, mientras la parte oriental (Dominicana), a la crianza de ganado. Acaso desde ahí se explique que los bosques fueran depredados para abrir tierras de cultivo. Lo interesante es que al parecer hay algo de esa depredación que quedó instaurado en la cultura: en Haití no existe una conciencia de la necesidad de renovar los recursos. Hace algún tiempo, algún dominicano me contó con el puntillismo que le reservan a sus vecinos que los haitianos son capaces de comer madera. Si te descuidas un poco, tus mesas y tus sillas desaparecen. También me contó que cuando Jacques Custeau – el famoso francés explorador marino – estuvo en el Caribe, encontró que del lado de Haití no había peces, pues los haitianos ya se los habían acabado todos. Cosa poco verosímil (a menos que hayan terminado con el ecosistema coralíneo que atrae a los peces), pero que revela bien el talante irónico del dominicano hacia el haitiano.


Lo cierto es que en países tan pobres como estos es patente la escasez de recursos, y se hace especialmente evidente cómo en el banquete de la globalización, estos son los últimos. Hace pocos días hemos visto una revuelta en Haití, y no sería extraño encontrar réplicas en otros países de la región. Lo que ocurre es que a últimas fechas una serie de circunstancias -- el incremento en el consumo de granos por China e India, el elevado costo de los energéticos, el destino de tierras de cultivo al maíz para producir etanol, la pérdida de cosechas por el cambio climático-- ha puesto por las nubes el precio de los alimentos básicos. En estos países donde del ingreso diario de una familia se destina 60% a la alimentación, una subida de precios como la que se ha visto, afecta irremediablemente el nivel y la calidad de vida. Hay cosas que la gente dejará de hacer para poder seguir cubriendo sus necesidades de alimentación. Y eventualmente, hay gente que dejará de comer. Otra forma de ponerlo es que para que los chinos y los indios coman tres veces al día, los latinoamericanos deben de dejar de comer una…

Pero volvamos a Dominicana… La historia de ellos es una impresionante secuencia de episodios de sometimiento a una potencia extranjera – España, Francia, el pirata Francis Drake, Estados Unidos – o a los designios del dictador en turno – Trujillo, Balaguer…

A propósito de los dictadores, hay infinidad de historias curiosas, historias terribles:

Durante la época de Trujillo, como ocurre con la mayoría de los dictadores, todo fue rebautizado: Santo Domingo fue nombrado Ciudad Trujillo, el Pico Duarte – que fue así nombrado en honor del escritor que encabezó el movimiento de independencia y que es el monte más alto del Caribe – fue nombrado el Pico Trujillo. Cuentan que siendo 3,087 m. la medida oficial de la montaña, un geógrafo quiso adular a Trujillo, incrementando su altura. Hoy en día varios textos de geografía local consignan sus 3,175 m.

Balaguer, por su parte, que apareció en la escena política como un demócrata, contendiendo y perdiendo en las primeras elecciones libres de Dominicana en 1962, se mantuvo en el poder desde el 66 hasta el 2000, cuando a sus 93 años, aún contendió en las elecciones.

Involuntariamente entre ambos llevaron a cabo un proyecto arquitectónico ignominioso por su inutilidad, la cantidad de recursos requerida y la afectación a los habitantes de la zona: el Faro a Colón. Cuentan que una maldición cayó sobre el faro que tardó más de dos terceras partes de un siglo en ser terminado. Dos días antes de ser inaugurado fue visitado por la hermana de Balaguer, quien murió horas después. Ante tal signo, Balaguer evadió asistir a la inauguración, que de cualquier manera de alguna forma se habría perdido pues para estas alturas de su vida ya estaba ciego.

Siendo un pueblo pobre y por lo que a primera visa aparece, no demasiado inclinado al trabajo fuerte, no sorprende que la mayor aspiración colectiva consista en convertirse en pelotero de las grandes ligas en “Nuevayor”. Es decir, elocuentemente, resolver la vida entera de un batazo que saque la bola del parque. Hasta los anuncios de leche explotan esta fantasía: “Dale a tu hijo Rica Leche, para que llegue hasta las grandes ligas”.

Este carácter mágico de conseguir en una transacción inmediata todo aquello que se desea, lo verificamos más tarde en una tiendecita donde se comercian cuadros coloridos y joyería. La mujer nos habla de una piedra azulada de propiedades seductoras: Larimar – la piedra del amor. Es una especie de San Antonio de bolsillo: “Si no tiene, la consigue. Si ya tiene, la retiene”… Fácil promesa de atracción amorosa que pasa por alto la realidad elocuente de esta piedra, que en su estado natural es del tamaño de una pelota de tenis, grisácea y con la textura de una piedra pómez. Sólo la paciencia y el trabajo del artesano logra sacar la nuez color caribe que alegra los corazones y deslumbra los ojos...

Nos despedimos de Santo Domingo, en busca del clima fresco de las montanas...

viernes, 16 de mayo de 2008

Crónica de la preparación II -- La vida después del Blackberry

Tiene poco más de una semana que regresé el Blackberry al trabajo. Después de años de estar conectado cada segundo del día -- disponible a cualquier hora, separado apenas por una transacción electrónica de una red de algunos cientos de personas alrededor del mundo que podía contactarme casi con sólo desearlo-- de pronto, hoy, amanezco sin celular, sin correo electrónico instantáneo, sin acceso al internet en cualquier momento y en cualquier sitio...

Si a esto sumamos que hemos dejado el trabajo, vendido ambos coches y dejado el departamento, es decir, nos hemos desprendido de varios referentes espaciales, temporales y sociales -- trabajo, casa, coche y comunicación-- a partir de los cuales uno se concibe como individuo, en una cierta sociedad, en una cierta clase socioeconómica, en este momento histórico, etc., etc

Si además se considera que para minimizar los riesgos en un viaje de este estilo, ha sido inevitable ponerse a pensar en contingencias mayores (enfermedad, robo, secuestro, muerte), y hacer algún tipo de planeación o trámite mínimo (seguros, códigos de contacto y comunicación, un primer esbozo de voluntad testamentaria,etc.)...

A partir de esos tres datos, no será difícil entender que desde ahí se experimentan sensaciones ambivalentes: una sensación de mutilación -- como si faltara un apéndice, una extensión del cuerpo; una a sensación de estar rodeado de una especie de burbuja de silencio -- una expecie de sordera o mutismo autoimpuesto; una sensación de estar parado al márgen de la carretera donde el mundo avanza a gran velocidad -- una especie de liviandad, de ligereza fantástica; la potente oportunidad de ver y pensar sobre tu vida desde fuera, como si fueras otro -- como si se tratara de un cuento de Charles Dickens; El vértigo alucinante de haber salido de la MATRIX, en una palabra...

Desde ahí, me cuestiono una serie de problemas que son lugares comunes para cualquiera de nosotros que vive el mundo posmoderno, más desde la experiencia concreta de estos días que desde una posición retórica, filosófica:

-¿Qué tanto la tecnología nos cerca, nos amarra, nos reduce los espacios, nos fuerza a estar volcados hacia afuera, a costa de perder contacto con lo que está adentro, a escuchar nuestra propia voz?

-¿Qué tanto el paradigma de aspiraciones burguesas nos envuelve y lentamente adormece el músculo del deseo; qué tanto nos entregamos a una estructura social que en aras de incrementar nuestra percepción de seguridad nos va quitando poco a poco la capacidad y el coraje para optar por nuestros sueños individuales?

Sería obviamente prematuro (apenas van dos semanas de esta condición), cínico (pues ciertamente seguimos conectados a esta estructura a través de la computadora, o bien hay una serie de activos financieros y decisiones de seguridad virtual que hemos elegido conservar), y sobre todo chocante (pues nada hay más chocante que la prédica o el consejo no solicitado), aventurar respuestas a estos cuestionamientos que a cada uno le corresponden en su fuero interno. Me limito a compartir un par de reflexiones (de alcance personal) a partir de la experiencia de los últimos días:

Alguien me cuenta en estos días algo que puede ser una leyenda urbana sobre el orígen del nombre Blackberry: Blackberrys son las marcas negras que dejaban en las muñecas de los esclavos norteamericanos los grilletes que los encadenaban...

Volteo a ver mis muñecas. Tengo las marcas. Creo que pasarán meses antes de que des-aprenda el instinto de despertar por la mañana y verificar si el foquito rojo del aparato está parpadeando con algún mensaje de algún cliente o colega; meses antes de que desaparezcan los rastros que han dejado en mis tripas los chisguetes de angustia adrenalínica de los requerimientos urgentes, o de los informes de complicaciones inesperadas...

Un poco en el mismo sentido, viene a mi mente una de mis películas favoritas: Sueño de fuga. En ella se retrata poéticamente un fenómeno que experimentan los presos de la carcel después de años tras las rejas: la institucionalización. Hombres que han vivido tantos años en la cárcel de Shawshank que toda su psique ha acabado por ser asimilada a las pautas del presidio. Enajenados, han perdido la esperanza, la capacidad de soñar. A tal grado han desarrollado una dependencia, que frente a la perspectiva de volver a vivir en el mundo de afuera, prefieren seguir viviendo en la cárcel.

La angustia frente a la libertad readquirida (no sólo en su acepción de capacidad de movimiento, de liberación, sino en su sentido de voluntad, de capacidad de elección, de la fuerza requerida para hacer prevalecer el deseo indiviual frente a las demandas de la realidad) tiene una potencia tremenda. En la trama vemos a Red, el personaje que interpreta Morgan Freeman, en los primeros días tras la revocación de su condena: trabaja como cerillo en un supermercado envolviendo las compras. Pide permiso para ir al baño. El gerente le comenta que no tiene que pedirle permiso cada vez que quiere ir al baño. Cuando sienta ganas, simplemente puede ir. Mientras va al baño con una actitud vigilante y temerosa, escuchamos la voz en off de Freeman, que ilustra la esencia de la institucionalización: "Durante años tuve que pedir permiso a los guardias para ir al baño, al grado que ni una gota de orina me sale si no he recibido permiso...". He aquí la fuerza de la inercia enajenante, que poco antes en la trama hos había sido ya presentada con contundencia: al ser liberado, un viejo amigo suyo, el bibliotecario de la cárcel, había optado por el suicidio, pues es incapaz de vivir en el "mundo de afuera.

En la película, Freeman permite que la esperanza / el deseo (hope) vuelva a habitarlo. Se abre nuevamente a desear: ver el azul del Oceano Pacífico y reencontrarse con su amigo Andy Dufresne en pequeño pueblito de la costa mexicana, y ahí , ayudarlo a montar un hotelito, charlar, reir, salir a pescar en un bote sin remos, ver el ocaso, jugar ajedrez. "Zihuatanejo... is the name".

En la vida real, nuestro viaje tiene obviamente su intención de luchar contra la institucionalización. Sin embargo, ojalá y sepamos hacer que esta opción trascienda la coyuntura del viaje y se instale en mí como una capacidad permanente...

Por lo pronto, hacia allá vamos: Un pequeño pueblito en la zona más austral del mundo. "Ushuaia is the name"...

domingo, 11 de mayo de 2008

Homenaje I -- El sabor de Tlacoquemécatl

¿A donde va lo común, lo de todos los días?
¿El descalzarse en la puerta, la mano amiga?
¿A donde va la sorpresa, casi cotidiana del atardecer?
¿A donde va el mantel de la mesa, el café de ayer?
¿A donde van los pequeños terribles encantos que tiene el hogar?
¿Acaso nunca vuelven a ser algo?¿acaso se van?
¿Y a donde van? ¿a donde van?
Silvio Rodríguez, ¿A dónde van?


Cada uno sin duda desarrolla una cierta relación con el sitio que habita, un sense of place como decía mi maestra de literatura inglesa de secundaria. En nuestro caso este vínculo nos liga al barrio de Tlacoquemécatl, el escenario donde han transcurrido los últimos dos años.

Al marchar, queda en el recuerdo una estela de olores, de sabores, de sonidos, de imágenes de este sitio entrañable:
  • El parque que algún día fue el jardín de la Hacienda Santa Anita con sus sonidos de pueblo -- las campanadas de la Iglesia del Buen Despacho, el claxon de los cochecitos de feria, las risas de niños, el silbato del jefe de boyscouts los sábados por la tarde, el bote de las pelotas, los cohetes en los días de festejo.
  • Las tiendas de barrio -- la zapatería, la verdulería, la vidriería, la pollería, la tortillería, la paletería-- que resisten al paso del tiempo, y que son atendidas por los mismos hombres y mujeres que han estado ahí desde hace décadas, y a los que todos los vecinos se dirigen con el prefijo don y doña.
  • La Fonda Margarita y Los Chamorros de Tlacoquemécatl, donde se libra diariamente una batalla contra la tiranía del fast food, y se cultiva la muy mexicana tradición de los platillos con harta salsa y harta grasa.
  • El Tutti Amicci donde Alessandro y Sabina -- un par de jóvenes que desembarcaron en Puerto Escondido y de ahí vinieron al "Defe"-- ofrecen Insalata Sensuale, Paninni New York, Penne Arrabiata, y terminan los intercambios con las palabras Grazie y Prego.
  • El puestito de elotes y esquites que se pone frente a la puerta de la iglesia, donde hay una Doña que cada noche, cuando pasamos en la ronda nocturna con Olivia, nuestra perrita golden, trata de inducirme con la misma letanía: "¿Qué pasó jovencito? ¿Ora no va a querer su tostado? Anímese jovencito..."
  • Los puestitos que se ponen fuera de la iglesia los domingos, todos con sus sombrillas azules para protegerse del sol, y donde conviven un par de monjitas de 1.40 de alto por 2 de diámetro que venden merengues y rompope, una pareja madura y cana que vende estampitas de la vírgen empotradas en marquitos de madera, un hombre que hace diges con monedas pulidas, y un poco más allá, en un reconocimiento geográfico de su marginalidad, el puesto de películas piratas...
  • La comunidad de los dueños de perros, personas amigables que por razones presumiblemsente asociadas al narcisismo eligen perros que tienen su mismo semblante (el cachetón elige un bull-dog, la anoréxica un galgo, la histérica, un french poodle de ladriditos desesperantes...) que se reúnen a platicar en el centro del parque sobre la vida de sus mascotas, y que con sus relatos emocionados construyen cotidianamente un universo paralelo en donde los bichos gozan de una existencia humana.
  • El jardín del arte, donde cada domingo se junta un grupo de pintores -- entre ellos, un querido tío mío que ha tomado el nombre artístico de Gitano Pintor-- a exhibir sus cuadros, dar clases de dibujo y pintura a los niños y a tener charlas bohemias sobre el color y el sentido de la vida. Entre ellos, la solidaridad comunitaria parece estar por encima de la preocupación por la calidad estética de sus cuadros.
  • El sitio de taxis, en donde el gremio agota las horas a la espera de la llamada de los clientes, entre fútbol y películas mexicanas semipornográficas de mujeres de pechos impresionantes y hombres generalmente cobardes e impotentes. A un costado, como es previsible, hay un pequeño altacito a la virgen de guadalupe, quien según ellos creen, les protege el negocio: manteniendo la infraestructura de transporte público en la ciudad en estándares de insuficiencia e ineficiencia; y asegurándose que los políticos del DF continúen creyendo que el programa hoy no circula es la panacea.

Sin embargo, el verdadero sentido de pertenencia se ha construído en un sitio más íntimo:

El momento del atardecer y el verde de los árboles del parque que entra al departamento desde la terraza; el café del domingo por la mañana-- que se guarda en una lata de aluminio en el refrigerador; las columnas de Cohelo los lunes, de Villoro los viernes, y de Vargas Llosa los domingos durante el desayuno en el comedor; el saludo de Leonardo --el portero-- al regresar del trabajo; las plantas que fuimos comprando y nombrando una a una -- Yeyis, Cotopaxi, Palmita, Boston, Lila Downs, Carlitos, Anaí, Árbol, Bicolor--; la vecina, Chela, que a los setenta y dos años acaba de conseguirse un novio que la visita enfundado en camisa de lino, bien perfumado y engominado; la combinación de música celta y colombiana de Jennifer; Olivia roncando sobre su tapete en el pasillo que da al cuarto; la alegría de Flor, la muchacha del servicio; el cuartito de tele alfombrado y acogedor donde nos echamos interminables maratones de Gray´s Anatomy y Sex in the City; la frescura del viento que circula en verano por las ventanas del departamento; el calorcito que guarda en invierno; Olivia asustada con los cohetes que se esconde en el rincón del cuarto del fondo, junto a la cama; la pasta con verduras a la Boni Brandani, en donde Jenifer ha recuperado el contacto con el espíritu de sus ancestros italianos; el asador que imaginé antes de llegar aquí , y que ha sido un motivo alrededor del cual se han dado tantas charlas con buenos amigos -- Manolo, Rosy, las Jimenas, Andrés, Sebastán, Carlos, Tamara, Gaby, Ernesto, Pablo; los cuadros de fotografías de Collada en blanco y negro, imágenes de Cuba, Barcelona y Marruecos; la regadera donde sale un chorro de presión irregular; las lámparas -- una que parece araña en el comedor, otra que parece de minero en el pasillo-- que pertenecen a la viejita que antes vivía al departamento y que no vienen al caso con la decoración; el rincón del gourmet, donde se guarda una botella de tinto "Montes de Oca" que me regaló Rafael, mi cuñado el día que me mudé, y se guardan otras delicias para el que nos visite -- papas, chocolates, aceitunas, pistaches, pasta, galletas crocantes; el baño de color rosa que está en el cuarto principal y al que mi sobrina Ana Carla de seis años piensa que yo no voy, pues el rosa es de mujeres; la siesta en el futón de la sala los sábados por la tarde; el ritual de caminar el viernes por la tarde, después de las terribles semanas de trabajo entre el parque de tlaco y el parque de pilares, y en donde poco a poco nos vamos desintoxicando y entrando en el ritmo del fin de semana; los martes de curso de cuentos y movimiento de Jennifer y sus alumnas Marta, Deborah y Mari; los libros de fotografía; el revistero; las pizzetas de pan ácimo y salsa de ragú que saqué del recuerdo de aquellas que los días especiales se hacían en el kinder de mi escuela; el colchón del cuarto, al que finalmente nunca le pusimos una base y nos acostumbramos a dormir como hippies o como monjes zen; el poster en mi cuarto donde está escrito el poema de Las Causas de Borges; la barra de la cocinita alargada donde cenamos Jennifer todas las noches, y le damos a Olivia gajos de naranja; la sensación de seguridad al cerrar la puerta por la noche; la sensación de que esta es nuestra casa; la certeza de que aquí, en Tlaco, Jennifer, Olivia y yo, empezamos a ser una familia...

domingo, 4 de mayo de 2008

El espacio creativo virtual

Cada quien tiene una forma de apropiarse del espacio de trabajo. La nuestra se materializa en gran medida en las imágenes que nos acompañan en los corchos de nuestras respectivas oficinas.

A partir de hoy, cuando viviremos como nómadas, gitanos, itinerantes, he aquí nuestro espacio creativo de trabajo virtual...

Corcho de Jennifer
Corcho de Arturo

sábado, 3 de mayo de 2008

Referentes Pre - históricos III

Por alguna razón, algunos de mis amigos descreen que genuinamente la semilla de este viaje haya nacido en mi corazón. Por lo bajo existe la convicción --no del todo expresada-- de que o bien Jennifer (que tiene una reputación de viajera consumada) me infundió esta idea, o bien de que yo, en el fondo, he accedido a esta loca aventura por amor, pues literalmente la seguiría hasta el fin del mundo.

Estas leyendas no me molestan en absoluto porque algo de verdad contienen: aciertan al atribuir a mi deseo por construir un proyecto amoroso y de pareja una dimensión astronómica...

Sin embargo, las versiones son imprecisas por la simple razón de que a mí fue a quien se me ocurrió la idea del viaje una noche de cuentos, quesos, besos y vinos en San Cristobal de las Casas. Debo reconocer que siempre cabe la posibilidad de que -- como ocurre con las mujeres demasiado inteligentes como Jennifer -- por algún artificio, ella haya conseguido hacerme creer que yo fuí el de la idea, cuando en realidad fue ella quien concibió este proyecto antes de que yo siquiera lo olfateara. Eso, como todo lo que tiene que ver con los misteriosos recursos que tienen las mujeres para seducir a sus hombres, es imposible de desentrañar.

Ahora bien, como sabemos bien los psicólogos, un recurso siempre disponible cuando lo actual es insuficiente para entender algo, consiste en recurrir al pasado: al orígen, a la identidad. En mi caso, hay una leyenda fundante que resulta plenamente significativa, pues en la medida en que me he peleado y reconciliado con ella, y he terminado por hacerla parte de mi propia leyenda personal, encuentro que esta historia habla de mí mismo, de mi naturaleza mística, romántica, aventurada, desafiante, curiosa por el fenómeno humano (sus aspectos sublimes y sus aspectos abyectos).

Es una historia de mis padres que, desde siempre, es una historia mía:

Humana fauna I. La función de la sal
Arturo Ignacio Peón Barriga

Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más para que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. (Mt 5,16)

Arturo y Rebeca, un par de locos de atar, escucharon en esta invitación un mensaje, desde que por primera vez se encontraron. Buena parte del noviazgo, cuando decidieron que estarían juntos para siempre, se dedicaron a fabricar un sueño y un engaño: dijeron a todo mundo, especialmente a la madre Rebeca –que tenía una particular inclinación por el glamour—que viajarían en su luna de miel a destinos lujosos y paradisiacos. Empezaron a fraguar, sin embargo, en el más completo secreto, un plan alterno: iniciaron correspondencia con el padre Margarito, un cura que había agotado su vida, hundido en la soledad de la Sierra del Nayar, evangelizando una comunidad de indios Guajicoris. Queriendo ser sal de la tierra, Arturo, ingeniero, les ayudaría a construir fosas sépticas y algún otro artificio nacido del ingenio tecnológico. Rebeca, lingüista que había participado en la reforma de la educación indígena en los setentas, dedicaría sus días a alfabetizarlos.

Cuando por fin llegaron allá, después de cruzar mil cumbres, Margarito les entregó su cámara nupcial improvisada: pasaron sus primeras noches descubriendo los secretos del amor en una cama vieja disimulada por una sábana que dividía el cuarto de la sacristía.

No está claro cuál fue el resultado de sus intervenciones profesionales. Naturalmente no lograron hacer mucho: tres semanas de dos enamorados pesan poco contra siglos de marginación y olvido: la sal adereza sólo cuando la comida de base es buena. Fueron, seguramente, a pesar de todo, sal para un viejo cansado, envuelto en la monotonía del mismo plato de su ardua comida. Le habrán permitido acaso, al hacerlo parte de su propio sueño, renovar el significado de su tarea.

Fueron también --cuando la vida se tomó la libertad de que su sueño fuera de otra manera-- depositarios de una dato contundente sobre la sal, la lingüística y la tecnología:

El tesoro más valioso que tienen los indios Guajicoris es la sal. Gracias a ella sobreviven. La sal les permite conservar sus alimentos en un lugar donde la diosa tecnología de la refrigeración no ha atinado a voltear sus ojos. Sin embargo, los indios Guajicoris, analfabetas, monolingues, cambian toda su sal por una edición del Alarma: una revista de prensa amarillista que muestra a todo color los cuerpos violados, mutilados, destripados, de la última víctima del último homicidio del último de los hombres sin sal y sin sueño.

jueves, 1 de mayo de 2008

Crónica de la preparación I -- El amor en los tiempos de la fiebre amarilla

Para viajar a Sur América tiene uno por fuerza que detenerse en algún centro de salud en donde le administren a uno todos los remedios preventivos para evitar que alguna calamitosa enfermedad acabe malogrando la expedición.

Nuestras exploraciones para cubrir el expediente médico, nos llevan al Instituto Nacional de Nutrición. De inmediato me siento abrumado al llegar a las inmediaciones de un hospital público de estas dimensiones:
  • Rápido cobro conciencia de la cantidad de gente que requiere servicios de salud y que entrará en un laberinto interminable de trámites y barreras discriminatorias antes de llegar a la ansiada atención médica -- el policía de la entrada agobia a la mayoría de las personas con una metralla de preguntas y requisitos, mientras a mí y a Jennifer nos deja pasar como si fuéramos los dueños del hospital.
  • Más tarde, junto a mí, mientras hago la fila para pagar el servicio, infinidad de personas caminan en silencio, como si fuera una procesión --tristes y ojerosos hombres y mujeres para los que la enfermedad, propia o de alguien cerccano, es la coordenada en la que transcurre su vida.
  • Mientras recorro la fila para pagar la consulta, desfilan cientos de muchachos en batas blancas. Asumo que todos ellos compiten por una plaza para ser médicos. Pienso que inevitablemente varios terminarán de comerciantes o taxistas.

Este ánimo de pesadez se disipa cuando finalmente llegamos al departamento de medicina del viajero. Nos recibe un joven galeno en bata blanca. Algo en su complexión delgada y bajita, y en sus formas nerviosas mueve a risa. Yo, por alguna razón, no puedo dejar de pensar en Paspartú, el compañero de Phileas Fogg, en "La Vuelta al Mundo en 80 días" de Julio Verne. Nos dice que por lo menos tendremos que dedicar una hora y media a la consulta, pues nuestro viaje está demasiado complicado y él se sentiría responsable si a nosotros nos pasara cualquier cosa. Nos aplicará además el más riguroso estándar de salud pública -- el que usan en Suecia o Dinamarca para orientar a sus ciudadanos, y no los laxos criterios que prevalecen en las prácticas tercermundistas de nuestros países latinoamericanos.

Con cadencia de merolico guanajuatense que cuenta el cuento del callejón del beso, aborda desde ya el asunto que le parece más urgente: el riesgo de contraer paludismo o malaria, una enfermedad transmitida por picadura de mosquito, y que requiere las más estrictas precauciones y engorrosos tratamientos farmacológicos.

Frente a su tono contundente y tufillo pedante, yo siento una cierta indulgencia magisterial (de inmediato lo imagino como si se tratara de uno de los asociados jr. de mi equipo de consultoría que está haciendo sus primeros pininos frente a nuestros clientes, en donde siempre hay un reto inicial de ganar credibilidad y reconocimiento), a Jennifer le irritan sus formas. Ni tarda ni perezosa le deja caer un cuestionamiento: "Yo tengo una amiga bióloga que ha vivido dos años en una reserva de la amazonia ecuatorial, y nos ha prevenido de tomar las medicinas contra la malaria, pues son del todo inútiles y contraindicadas por los potenciales efectos secundarios. Tenemos información además información de algunos campamentos y reservas que explícitamente desincentivan el uso de medicación para estos efectos". El doctor se muestra contrariado, como si hubiera escuchado una herejía.

Con súbita palidez y un visible temblorcillo contesta: "Yo respeto todas las profesiones, pero yo soy médico y ella es bióloga. Los doctores de las reservas son además irresponsables, pues no quieren asustar al turismo." Refiere entonces sus credenciales profesionales: nos hace saber que ha realizado su especialidad de epidemiología en el Laboratoire de Parasitologie - Mycologie del Pavillon Laveran de Paris. Asume que esa mención basta para continuar su monólogo, sin exponer ningún argumento concreto para explicar su posición con respecto al tratamiento recomendado en relación con la malaria y responder la objeción de Jennifer.

Como es obvio que prevalece cierto grado de excepticismo en su audiencia, desliza frente a nosotros una circular del departamento de salud francés (que constituye una especie de arma secreta en contra de pacientes refractarios) en donde se clasifican en tres grupos los países con riesgo de paludismo. Inicia entonces una serie de preguntas retóricas: "¿Ustedes creen que Honduras no tiene riesgo de paludismo?... Pues vean ustedes... Grupo 1... ¿Ustedes creen que el Salvador?... Grupo 1...". Desde luego ha pasado por alto el hecho de que Jennifer es una contrincante admirable: le señala el renglón en el que Mexique aparece también en el grupo 1, y que sin embargo, ningún ciudadano en su sano juicio se sometería a los tratamientos preventivos que él sugiere... El hombre refunfuña, fuerza una sonrisa, murmura algo sobre Veracruz, Tabasco y Chiapas, y continúa con su exposición como si nada...

Vuelve a a rolar los ojos hacia arriba y dejarlos en blanco cuando Jennifer hace gala de su afición adolescente al juego de maratón y le señala que la Quinina -- elemento contenido en la medicina que nos sugiere -- produce ceguera. "Claro -- contesta -- sólo si se toma indiscriminadamente, de forma diaria, por más de seis meses, cosa que ustedes no harán..." .

Satisfecho el espíritu desafiante de Jennifer acordamos, en un gesto cómplice, que lo dejaremos hacer de ahí en adelante. Ya luego nosotros podremos consultar otras oponiones o tomar nuestra decisión. A decir verdad, el hombre acaba convenciéndonos de usar un cierto tratamiento en los países de riesgo 3, sobre todo para cuando visitemos la selva del Amazonas, en la reserva Palmarí. No deja de ser interesante enterarse que el medicamento que usaremos, la Mefluoquina, está en el mercado desde que el ejército estadounidense empezó a usarlo en los setentas en el Vietcong. No se debe usar este medicamento si uno tiene convulsiones neurológicas, tendencia a la depresión, o escazos recursos, pues cada dosis semanal cuesta alrededor de 15 dólares, y el tratamiento se prolonga por cerca de siete semanas (por cada visita a la zona de riesgo 3).

El resto de la consulta transcurre para mí con una mezcla de interés literario por las palabras exóticas que usa el médico pues todo lo que habla suena a novela de Gabriel García Márquez. Siento también una especie de asombro infantil por redescubrir el cuerpo a través de las posibles afecciones que nos amenazarán en el viaje. Literalmente tomo nota en mi cuaderno de viajero de cada una de estas pequeñas joyas:

  • Para el dengue nada sirve más que usar un repelente contra insectos con una concentración de DEET mayor a 30%.
  • El riesgo de fiebre amarilla queda sanjado con una vacuna que será formalmente registrada en una cartilla que parece pasaporte, y que habremos de mostrar en las oficinas aduanales al entrar a varios países.
  • Debemos evitar sumergirnos en cualquier depósito de agua dulce corriente (ríos, lagunas, cascadas) debajo de la línea del Ecuador, pues corremos el riesgo de contraer Esquistosomiasis, un parásito microscópico que devora lentamente la piel.
  • La Larva Migrans, una especie de lombriz que puede ser vista mientras se mueve debajo de la piel es otra de las razones por las cuales debemos evitar cualquier escena erótica al estilo "La Laguna Azul" mientras viajemos en SurAmérica.
  • En caso de diarrea grave (abundante, muy frecuente o acompañada de fiebre y/o sangre) uno debe tomar (entre otras cosas) dos tabletas de pepto bismol cada hora y por 8 dosis, que causarán que las evacuaciones se tiñan de ¡color negro!
  • La posibilidad de morir por ataque de jaguar o mordedura de anaconda en el amazonas son infinitesimales, pues en realidad no existen casos documentados. Lo de Jennifer López y Marc Anthony es otro mito creado por Hollywood...


A estas alturas, empiezo a sentir franca ternura por este individuo de naturaleza inverosímil. Nos propone enviar por correo electrónico una serie de documentos que ha logrado extraer subverticiamente de la embajada estadounidense para prevenir riesgos. "En estos documentos se enterarán -- dice con aire de autoridad -- que los riesgos más importantes a la salud en un viaje como el que realizarán son los accidentes en actividades de riesgo como el buceo, la escalada o el viaje en parapente. No se debe descartar la influencia del crimen en la región, que ve en el viajero, un bocado apetitoso y seguro". Termina su largo discurso con una sentencia: "Deben cuidarse, pues nadie querría que una experiencia de aprendizaje vital y expansiva como la que ustedes están a punto de emprender, terminara envuelta en una disgracia".

Ya para despedirnos, el aire familiar con el que nos tratamos despúes de casi dos horas de diálogo, me lleva a preguntarle al doctor por su vocación como especialista en "Medicina del Viajero", pues no parece ser una inclinación común. A pesar de que nada en su apariencia o su actitud lo indica, en mi pregunta estoy asumiendo que ha elegido esta temática por alguna afinidad vital, por algún interés en los viajes y en las aventuras (en mi mente no descarto que su abuelo haya sido alguno de los padres de la antropología mexicana que convivió con los Tzetzales en la selva lacandona, o algo por el estilo). "Nada más lejos que eso -- contesta. Despúes de Acapulco, París es lo más lejos que me he aventurado... Mi historia es simple. La Secretaría de Salud Pública necesitaba abrir este departamento. No había nadie que quisiera tomar el trabajo. A mi me eligió el jefe de epidemiología arbitrariamente de entre todos los médicos que formábamos parte de la unidad...".

Su contestación viene acompañada con una risilla que revela un cierto orgullo de burócrata defeño que está plenamente conforme con los riesgos normales de su vida normal: resbalarse con un jabón en la tina de baño, coger una tifoidea fulminante en los taquitos de suadero que venden fuera del Metro Universidad, morir atropellado por un microbusero en el cruce de Tlalpan y Periferico, o recibir un disparo por uno de los asaltantes que circulan a plena luz del día en la esquina de Viaducto y Vertiz.

Su respuesta plana y aburrida es lo de menos, pues al final -- ese es el encanto de la fantasía-- lo he convertido en un personaje de esta crónica en construcción, este diario de viajes por la América Ignota, como le llama mi amigo Gonzálo Soltero...

viernes, 25 de abril de 2008

En torno a la despedida II

Quedan poco menos de tres semanas antes de partir al viaje. Menos de dos días de trabajo... Despedidas de clientes, de compañeros, de amigos...

¿Qué decir?

Toda la semana reiteradamente han venido a mi mente dos sensaciones:

- La sensación que experimentaba de niño al regresar de vacaciones, cuando en familia nos despedíamos del nuevo sitio que habíamos conocido, y sentíamos la nostalgia de ignorar si algún día regresaríamos juntos a ese lugar. Hay mares, playas, ciudades, personas, canciones, charlas, que quedaron fijadas a ese registro melancólico en mi memoria, conforme tomábamos el camino de vuelta a casa en el coche familiar.

- Una sensación que experimenté de jóven durante el periodo en que participé en Colonias de Vacaciones IAP: Campamentos para niños de escasos recursos, de los barrios marginales de la Ciudad de México, en donde por siete días, en la finca de Santa Teresa Tenancingo, aportábamos algo a su desarrollo, jugando, cantando, haciendo trabajos manuales, viviendo la naturaleza. Esa época es también un referente melancólico, pues nuestro compromiso con los chicos estaba acotado en una semana de trabajo, y la despedida -- la asimilación de la despedida, como le decíamos -- implicaba toda una disciplina.

De aquella época, de una animadora que conocí despúes cuando ella encabezaba un área de Amnistía Internacional en México, traigo a colación esta historia:

La longitud de la esperanza
Arturo Ignacio Peón Barriga

Más triste aún que el momento de la despedida, le parecía a Lola, la noche anterior: la intuición del horizonte sepia, y de aire, apenas un hilo.

No fue distinto el verano del 73, cantando alrededor de la fogata con los niños, en la víspera de su partida:

¿Por qué perder las esperanzas de volverse a ver?
¿Por qué perder las esperanzas de volverse a ver?
No es más que un hasta luego,
No es más que un breve adiós,
Muy pronto junto al fuego,
Nos reunirá el señor.


Así se fueron de vuelta al Barrio de la Estrella después de una semana en el campo con los güeros. Lola pensó: “¿qué se puede hacer con la verdad de que todo el mundo esté un poco triste y solo?”

Quizá por eso Lola dejó de ir a los campamentos. Era, en efecto, muy corto el amor para tan largo olvido; demasiada realidad para una pizca, apenas, de fantasía.

Queriendo vencer esa ausencia, Dolores encontró su vocación: se volvió palabra para los sinvoz; ¡Ya basta! para los oprimidos; para los llenos de amargura, amnistía; para los sinalas, camino.

Una reunión de zapatistas llevó a Dolores, veintiséis años después, de vuelta al Barrio de la Estrella. Quiso el azar que llegara temprano y que tuviera tiempo para curiosear entre los puestos montados fuera del mercado. En eso estaba, cuando súbito una mujer cruza la calle y se dirige justo hacia donde ella se encuentra. “¡Lola, Lola!” grita la mujer. Dolores, levanta la vista. Nada familiar encuentra en el rostro iluminado de quien la llama. “¡Lola, Lola!” repite emocionada la mujer. Dolores espera desconcertada. “¿Te acuerdas de mí?”, pregunta la mujer tomándola del brazo. Dolores sonríe, hace un esfuerzo, pero no la reconoce. “¡Recuerda!”, dice, “Hace años. Yo era niña.”. Silencio. Canta: “¿Por qué perder las esperanzas de volverse a ver?”

miércoles, 16 de abril de 2008

Mirada hacia adentro I -- El reconocimiento

Escribe mi jefe, un correo a toda la oficina explicando los movimientos de talento que han ocurrido a últimas fechas en la firma. Después de una introducción en que habla de lo difícil que es despedirse, da una perspectiva sobre cómo al final es inevitable aceptar que vamos y venimos, y cada quien tiene su destino. Se refiere después en particular a cada caso:

"Arturo nos avisó desde el año pasado que a partir del Mayo de 2008 hasta Septiembre de 2009, interrumpirá su vida laboral para dedicarse a viajar por Centro y Sudamérica; escribir un libro; presentar en distintas ciudades su espectáculo de cuentos y realizar un proyecto fotográfico. Quiénes lo conocemos, sabemos de estas otras facetas de la vida en la que él está interesado.

La evidencia de la capacidad de Arturo queda clara en la velocidad como se desarrolló dentro de la firma hasta el punto de asumir el liderazgo de la práctica de Liderazgo y Talento. Nos deja huella su creatividad y capacidad para conceptualizar y crear nuevos enfoques. Hechos que trascendieron a clientes y en otras oficinas de la firma. Su empuje y profesionalismo fueron determinantes para conseguir, desarrollar y, en algunos casos, recuperar a clientes importantes como Pemex, Cemex, Banxico, Novartis, Henkel y Molinos Modernos entre otros, sin olvidar tampoco su contribución en los Magnos Eventos."

Confieso que el correo me afectó. Las dos veces que lo leí en voz alta se me quebró la voz y tuve que parar la lectura.

Tanto afecto concentrado genera curiosidad. Obviamente todos necesitamos reconocimiento. Pero hay algo más... ¿Qué es lo que se mueve con tanta fuerza?

Aventuro la mirada hacia adentro:

Acaso primero está lo objetivo, lo actual. Desde que le avisé a mi jefe que saldría, con un año de anticipación --aposté por dar tiempo para preparar a la organización y minimizar el impacto de la salida, dar tiempo para lidiar con el duelo y mantener abiertas las puertas al regreso-- nuestro diálogo no ha sido fácil. Ha transcurrido en buena medida entre enojo y silencio. Las actitudes y consecuencias que han acompañado ese tono emocional han puesto a prueba la consistencia de mi dicho y mis intenciones.

Al márgen de que íntimamente continúa enojado y que el comunicado tiene un carácter político -- sería poco inteligente no tratar bien públicamente a quien ha contribuido a la firma --, el que se exprese generosamente es una consecusión no menor. Sus palabras son como el signo de llegada a una meta -- un estándar ético y de responsabilidad autoimpuesto -- que no ha sido fácil alcanzar...

Pero sin duda el evento toca algo que tiene profundidad en mi historia. Me remite a los seis años de edad:

Por un arbitrio de mi mente infantil elegí el futbol de una terna en la que figuraban el karate y la natación. Entré a la Liga de Mascotas, a un equipo que se llamaba Los Osos. Al términar el primer partido, en el que difícilmente habré tocado la bola, pregunté a papá ¿dónde está mi medalla?... Todos teníamos mucho que aprender en ese primer año. Yo, a patear la pelota... Mamá, se hizo la vocal del equipo, encargada de las naranjas al medio tiempo y de cargar un banderín, labor que fue premiada al final de la temporada cuando Miguel Marín le entregó personalmente el trofeo del equipo. Papá... Papá se volvió legendario con sus matracas...

Llegamos a la final contra ´Las Jirafas´ del Vermont. Desde temprano recuerdo que papá me dió un sorbito de su café negro, para que estuviera yo como gallito durante el partido. Tengo la memoria de su mano, de su voz y sus consejos mientras caminamos el empedrado en el Seminario Mayor de Moneda rumbo a la cancha. Papá había mandado a hacer una matraca con el carpintero que estaba a la vuelta de la casa, en Luz Aviñón. Se había agenciado una bacinica de metal que usaría como tambora, con el atributo adicional (según me confió en voz baja) de convocar la risa de los niños contrarios, para que yo metiera un gol mientras ellos estaban distraídos.

Transcurrió la final y nos mantuvimos empatados hasta los penalties. Nuestro portero, Juan Carlos, saufrió un ataque de pánico tan intenso que literalmente se cagó a medio partido. Con el gallito alebrestado -- sin que en mi vida hubiera jugado de portero -- me propuse para cubrir la valla.

Paré tres de los cuatro penales que me lanzaron. Metí el último de nuestro equipo. En medio de cada uno, mi papá, de forma inversosímil, interrumpió el juego, me cargó en hombros y dió una escandalosa vuelta semiolímpica, corriendo alrededor de la cancha.

Tres veces, bajo la mirada inmóvil (y supongo que molesta) del resto de los papás, tuvo el árbitro que esperar para reanudar el partido.

Fuimos campeones. Fuí el héroe.

Esta anécdota tiene muchas aristas en mi vida. Una de ellas es que acaso desde entonces, el acto, el juego en sí, quedó equiparado en su importancia, al reconocimiento. El reconocimiento, que debiera ser el postre, adquirió carácter de plato principal.

Pero también hay una trama más profunda que no es evidente a primera vista. En aquella linda liga de mascotas, los padres de todos los niños, durante los juegos de futbol, en su rol de porristas sabatinos, actuaban la intensidad y la energía de sus propios dramas personales: arengaban al equipo de los hijos, insultaban contrarios, amenazaban árbitros, sufrían infartos con los goles en contra. Recuerdo por ejemplo a A., el papá de un amigo que me parecía inmenso, que solía lanzarse a toda velocidad encima del árbitro y corretearlo cuando sus decisiones eran imprecisas.

En aquella mímica apasionada de los papás habia también una tremenda dosis de narcisismo -- Los éxitos y los fracasos del hijo son los del padre -- el orgullo y la verguenza se suscitan como si no hubiera separación entre uno y otro. En esa línea recuerdo al papá de R., un general del ejército, gritarle a su hijo desde la banda, desaforado, que esa noche lo cocería a cintarazos por sus fallas en el campo. R. era torpe y descoordinado como un potrillo recien nacido.

Papá mismo me contó que él al principio encontraba difícil de contener los golpes de adrenalina que sentía en la tripa cada vez que yo abanicaba la pelota. Me contó que cuando se dió cuenta, mejor optó por tomar distancia, guardar silencio y contenerse. Concentrarse sólo en señalar cuando yo tenía un acierto. Sólo reforzamiento positivo. Y luego, canalizar la fiebre, el calor, a través de la matraca, del ruido. Y vaya que las matracas eran grandes...

Ciertamente uno puede constatar el efecto pigmalión, el modelaje, que en mi caso configuró una vocación por la excelencia, por la excepcionalidad, por el heroismo. Pero en el reverso de toda historia de reconocimiento hay también siempre un enojo posible, una molestia; la potencial decepción, la frustración de expectativas. La transformación en su contrario contiene una amenaza implícita...

Sin duda que este es uno de los dramas connaturales a la paternidad, al desarrollo... Y en cada caso, la solución educativa del reconocimiento trae sus beneficios, y sus costos consigo... En este momento de autoconciencia, en que puedo contarme estas historias, es posible discriminar: por un lado puedo hacerme cargo de los costos que las elecciones educativas de mis padres tuvieron en mi vida -- todos los días trabajo contra la pequeña tiranía que es el heroismo; he encontrado también varios caminos para que el acto, el juego, el trabajo en sí, vuelva a ser el plato principal, con sus disfrutes y sus delicias. Puedo, por otro lado, agradecer por los beneficios que me aportaron --y que me acompañan siempre-- entre otros, una fortaleza, una capacidad de persistir, de responder... Poder pararme frente a los penalties, y no tener miedo de ganar el partido...

Y aquí vuelvo al inicio del texto... En una dimensión, esta historia explica también un perfil de mi sensibilidad, pues en el fondo mi relación con mi jefe está cruzada por un gran afecto. Me duele que le cueste trasponer la distancia, superar el paradigma que le hace sentir que he defraudado sus expectativas y persista la molestia. Por que al final, yo también, humanamente, esperaba que él pudiera tomar con madurez y con amplitud de miras el significado que el viaje tiene para mí. Y apoyarme, impulsarme...

Aceptar que no será así, y dejar que la cosa sea como es, me ha costado un trabajo bárbaro (como supongo que a él, desde su lado de la historia, también)... Pero al final, he aquí un pedacito de cura analítica. El plato principal es la vida misma. Y si logramos liberarnos de ambas caras del reconocimiento -- el cielo y el infierno -- encontramos una nueva vitalidad, que puede ser vivida con la libertad que traen las elecciones personales.

Y mis elecciones me han traído aquí, a esta cita con un banquete lleno de platos que se antojan deliciosos: los lugares misteriosos, los descubrimientos, las caminatas y las charlas, los nuevos amigos, la alegría de Jennifer, los cuentos, las mil palabras que se desplegarán en la textura de las hojas de los cuadernos de viajero...

En torno a la despedida I

La inminencia del viaje suscita divergencias sobre el tema de la despedida:


  • Nuestro destino es dejar atrás las cosas. Para crecer hemos de aprender a soltar, a dejar atrás estos parajes para descubrir nuevos horizontes.
  • Apenas llegamos al mundo estamos lléndonos. Por más que nos aferremos a las cosas habremos de seguir nuestro camino.
  • Desde que nacemos estamos empezando a separarnos, de nuestros padres, de nuestros hermanos, de nuestros amigos, de nuestros socios, de nuestra pareja. La vida entera es un ensayo para la despedida final.
  • La constatación de que todo es efímero es terrible. Nada ni nadie se conserva para siempre. Aunque caminemos juntos un rato el camino, al final estamos solos.
  • La pura idea de la separación hace que algo se nos agolpe en la garganta, que el corazón se encoja. Nos sentimos tan impotentes frente a los límites.
  • Estamos tan necesitados del otro; tan necesitados de amor, de seguiridad, de cuidado, de continuidad. ¡Tenemos tánto miedo al abandono!
  • Tan titánica es la tarea de la despedida, que a veces es más fácil agredir, pelearse, que despedirse. Es una forma menos dolorosa de poner distancia. En una transacción instantenea, al convertir al otro en un villano, en un diablo, negamos la importancia que el otro tuvo para nosotros, para nuestra vida.
  • Sin embargo, tendríamos que tenerle menos miedo a soledad, pues a fin de cuentas todos los días, antes de dormir, volvemos a ella. Regresamos al cuerpo que nos contiene. Volvemos la mirada hacia adentro, a la penumbra roja que ilumina tras los párpados. A escuchar esa otra voz que habla adentro.

  • Recuerdo la primera práctica que tuvimos en la carrera: "Desarrollo psicoafectivo infantil". Trabajamos con niños de Santa Fé, una población en conflicto -- altos índices de migración a los Estados Unidos, mamás solteras que tienen que trabajar, niveles generalizados de alcoholismo, niños semiabandonados que juegan en el patio de la selva de asfalto. Nosotros no sabíamos casi hacer nada todavía, y por lo tanto la práctica tendría dos ejes relativamente sencillos: el primero era básicamente jugar y reflexionar, estar observante de lo que pasaba con los niños y con uno, lo que eso suscitaba internamente. El segundo eje, el más importante, giró alrededor del tema de la despedida, de la elaboración del duelo, de aportar a la restitución de la confianza básica asociada a la constancia en una relación; al final, nuestra presencia ayudaría a que los niños internalizaran un mensaje: no es lo mismo abandonar y despedirse. Para ello, cada sesión avisábamos, casi obsesivamente, cuántas clases nos separaban de la despedida: Quedan 24 sesiones... quedan 10 sesiones... Quedan tres sesiones... Queda una sesión. Y luego, simplemente estar ahí. Tolerar los sentimientos que eso sucitaba en los niños. La negación, el enojo, la tristeza.
  • En la práctica, al final, todos sufríamos una especie de compulsión por dejar a nuestros pacientes un regalo, o bien a permitir que ellos lo hicieran. El supervisor --Ariel Saltiel-- estableció un encuadre en donde eso estaba prohibido, pues de lo contrario podría impedirnos ver lo escencial, el universo emocional que se despierta. Pero además nos ayudó a entender cómo ese reaseguramiento es innecesario, pues lo importante ha ocurrido más allá de los objetos tangibles: nos hemos internalizado. Nos llevamos ya el uno dentro del otro. Nuestro encuentro nos ha transformado, nos ha enriquecido.
  • Ahora, la voz que nos habla dentro tiene un poco de la voz del otro. Si sabemos escuchar, nos daremos cuenta de que, al final, nunca estamos solos...

domingo, 6 de abril de 2008

Perseguir los sueños II

La tenacidad de los sueños

Cuando faltan menos de dos meses para arrancar el viaje, cada vez más conscientes de lo que dejaremos atrás al partir, empezando a experimentar la nostalgia que las despedidas traerán consigo, seguimos caminando juntos, paso a paso, con la tenacidad de los sueños...