sábado, 18 de octubre de 2008

Diana Atehortúa, fotógrafa de Medellín y alrededores...

En Medellín conocimos a Diana Atehortúa, una joven fotógrafa con quien nos encontramos un domingo en el Parque La Floresta para que nos mostrara su trabajo.

Ahí está Medellín y sus alrededores... Está su mirada colorida...


















Colombia, tierra de cuentos

Cada país que hemos vivido ha tenido su característica especial. Algo que no descubrimos sino hasta que estamos dentro, inmersos en la vivencia de ese sitio. Sin embargo, en el caso de Colombia el descubrimiento se hizo de golpe. Desde que llegamos supimos que ésta era la tierra de los cuentos.

Así, dejamos que fueran los cuentos los que guiaran nuestro recorrido y éstos decidieron llevarnos por Medellín, Pereira, Manizales, Bogotá y Bucaramanga. Cada sitio nos fue regalando la oportunidad para conocer a distintos cuenteros que junto con las experiencias vividas nos ayudaron a completar la imagen que ya teníamos de la cuentería en Colombia.

Lo primero fue constatar que el movimiento de cuentería colombiano está muy bien formado, maduro y más puesto que en cualquier otro país en los que hemos estado. Hay festivales de cuentería en casi cada región y ciudad. El público está ávido por escuchar historias. Los espacios se llenan de gente dispuesta a pagar para ver a un cuentero. A diferencia de México, en Colombia, ser cuentero es una opción viable para ganarse la vida.

La cuentería se gestó en Colombia sobre todo en las universidades. Por esa razón, es que el movimiento es sobre todo joven, vibrante, colorido. De las universidades han brotado los cuenteros que con el tiempo se han ido ganando el respeto de las demás artes escénicas que les permitieron brincar a los escenarios del teatro. Del espacio universitario al teatro y de vuelta, para seguir motivando a nuevos alumnos para que ingresen al mundo fugaz de la palabra. Cuenteros jóvenes y con muchas ganas de abrirse camino en el difícil mundo del arte escénico.

Llegar a esta tierra de cuentos ha sido intenso y alucinante. Nosotros, acostumbrados a contar cuentos en espacios pequeños (cafés, parques) nos hemos sentido en algunos casos sobrepasados, pues compartir el escenario con personas que llevan la vida de experiencia no puede ser otra cosa más que confrontante.

Durante las cinco semanas que estuvimos aquí no pude evitar reflexionar sobre mi propia propuesta e intención narrativa. Desde que pisamos esta tierra, dos preguntas han rondado mi cabeza: ¿Por qué cuento cuentos? y ¿Para qué cuento cuentos?

Son las mismas preguntas que Arturo le ha hecho a los cuenteros que hemos conocido y que vamos grabando en video. Pero estando aquí, entre tanta cuentería, las preguntas se han girado hacia mi y me persiguen en cada espacio donde nos hemos presentado.

¿Por qué cuento cuentos?

Cada cuentero tiene su propia historia detrás de esta pregunta. Mientras unos los hacen por gusto, por pasión, otros lo hacen para ganarse la vida. Algunos tienen una propuesta de denuncia social; una deuda con la historia dolorosa del pueblo colombiano que pretenden saldar (exorcizar) a través de la palabra. Otros están comprometidos con la profesionalización del arte de la narración oral, a la vez que otros están dedicados a hacer escuela; propagar el oficio de la palabra a través de la enseñanza.

Como cualquier gremio, el grupo de narradores orales tiene sus embrollos y sus intrigas; pequeños grupos que pugnan en contra de unos y a favor de otros. Todos opinan. Todos quieren una tajada del pastel del presupuesto cultural del país. Todos quieren brillar. Todos quieren ser únicos. Todos quieren organizar su propio festival…

Y en medio de este ciclón de arte, expresión, política y entusiasmo, yo con mis cuentos.

Sería falso escribir esto sin contar la cantidad de inseguridades contra las que tuve que pelear cada vez que me paraba en un escenario. Como si estuviera apenas empezando a ser narradora: el corazón me temblaba, la boca seca, el aliento entrecortado y las manos frágiles se negaban a obedecer. Los cuentos se me escapaban de la mente y no recordaba las razones por las que había elegido hacer esto. Me sentía diminuta en comparación con las trayectorias extensas de tantos cuenteros que desfilaron junto a nosotros. Mis cuentos me parecían débiles, insignificantes. Mi voz sonaba hueca. Mis gestos eran sombras.

“Mis cuentos” pensaba yo “no son tan viscerales. Mi propuesta es menos histriónica. Mi estilo es más suave”. Y entre tanto colombiano explosivo me iba sintiendo cada vez más pequeña.

Sin embargo, una noche, me llegó de pronto la respuesta que tanto había estado esperando. ¿Por qué cuento cuentos?

Por que desde niña era lo único que tenía claro en mi vida. Quería contar historias. Las imágenes que habitaban en mi mundo interior eran tan potentes que no podía dejar de expresarlas. Necesitaba contar. Invitar a la gente a ingresar a ese mundo tan mío.

Y al contar entro a ese mundo interior. Estoy tan metido en la narración que me olvido por momentos de dónde estoy o de lo que está ocurriendo a mi alrededor. Entro en una frecuencia distinta. Estoy en el tiempo y espacio del cuento. Como diría Ilán, un narrador israelí que conocimos acá, “el cuento es el anti-tiempo”.

¿Para qué cuento cuentos?

Después de reflexionarlo por varios días, caigo en cuenta que narrar es para mi un acto más interno que externo. Mis cuentos son una invitación a contactar el poder imaginativo que tenemos todos (y que tan frecuentemente olvidamos usar). Para mí, contar cuentos es un acto de intimidad en donde la mirada es lo más potente.

Una de las experiencias que más he disfrutado durante este viaje es quizás la que podría parecer más pequeña: contarle cuentos a los hijos de Alex antes de dormir. Lejos del escenario, sentada en la cama de un cuarto, con la luz apagada, frente a dos niños en pijama, he recordado mi sitio ideal para contar historias.

Ese momento de intimidad cuando el día está llegando a su fin y las hadas nocturnas, escondidas tras las cortinas, se alistan para salir a jugar con los niños en sus sueños… ése es el momento propicio para los cuentos. Cuando uno ya no puede distinguir entre la vigilia y el sueño; en ese resquicio donde se esconde la magia de la noche; la fantasía de los sueños.

La complicidad de ese momento es el que quisiera recrear al contar cuentos. Porque al contar entran en complicidad el narrador con el público; los dos tienen que estar dispuestos a entrar al mundo del cuento para que éste pueda efectuar su magia. Sin esa intimidad, sin la mirada, sin la complicidad, el cuento puede ser entretenido pero –para mi- carente de significado.

Así que al final de este maratón de cuentos he comenzado a ver mi propia intención narrativa. Una intención que tiene que ver con la intimidad, el juego, la fantasía y la complicidad. La misma necesidad que sentía desde niña de invitar a los otros a entrar a mi mundo imaginativo para jugar.

Pero aún cuando haya logrado esta claridad y a cinco años de contar cuentos profesionalmente, siento que apenas estoy comenzando a descubrir mi propuesta y estilo narrativo. Convertirme en cuentera es un proceso que comenzó hace mucho; cuando a los siete años me regalaron mi primer cuaderno para escribir historias y presiento que todavía tengo una larga trayectoria de aprendizajes frente a mí. Este cuento de ser cuentera apenas está comenzando…

jueves, 16 de octubre de 2008

Un día en Medellín

Aunque en Medellín estuvimos casi una semana, en realidad sólo un día tuvimos oportunidad para recorrer la ciudad, pues el resto del tiempo nos trepamos en un tren frenético de cuentos y cuenteadas.

He aquí las imágenes de aquel fugaz paseo...

Catedral

Descolgando el monte


Medellín, la ciudad de las flores


Movimiento y construcción


Mujer, vista a través de los ojos de Botero

Muchacho de la calle visto a través de los ojos de Peón
La hora del almuerzo...

La hora del tinto...

La espera en el metro...


El metro de Medellín, único en su tipo en Colombia...

miércoles, 15 de octubre de 2008

Psicopatología de la vida viajera

Psicopatología de la vida cotidiana

En 1904 Freud publicó su libro Psicopatología de la vida cotidiana en el que exponía cómo una serie de fenómenos cotidianos – los lapsus, los olvidos de palabras o intenciones, la construcción de recuerdos falsos, los errores de escritura, los actos fallidos y las torpezas– son todo menos casualidades sin sentido…

Estas raras y casi insignificantes discontinuidades son puertas privilegiadas (así como los sueños o los chistes) hacia el inconsciente. Pues a través de su irrupción impertinente en el plano de la conducta voluntaria o del discurso consciente (el sujeto los vive típicamente como producto de una intromisión de una fuerza extraña al plano que controla su Yo consciente), es posible encontrar el hilo que conduce a motivaciones y significados que hasta ese momento le permanecían ajenos (y cuya autoría se siente inicialmente inclinado a rechazar, pues se supondría que nadie en su sano juicio querría sabotearse a sí mismo), pero que sin duda forman parte de su dinámica psíquica.

Escuchar y entender estos fenómenos permite apropiarse de ellos; incorporar un cierto saber sobre nosotros mismos y nuestros deseos que frecuentemente pasamos por alto en detrimento de nuestras posibilidades vitales...

Secuencia de accidentes y confrontaciones

Tránsitos y prendas

El primer signo apareció de forma inocente e imperceptible: En el trajín acelerado de sacar backpacks y paquetes de la sala de espera del hostal en que nos hospedábamos para tomar el bus, olvidé mi chamarra impermeable. Lamentable olvido si uno considera que vamos siguiéndole la traza a la estación de lluvias, que nuestro guardarropas es limitado y que la posibilidad de conseguir un reemplazo adecuado en Centro América son pocas…

El extravío me remite a una historia que mi papá me contaba de pequeño, y cuya imagen de fragilidad aún sigue apachurrarme el corazón: A sus ocho años aquel niño que fue mi papá perdió el sweater del uniforme de primaria (al parecer lo dejó olvidado junto a la cancha de basketbol donde se entretuvo a jugar una cascarita). La historia cuenta que tuvo que aguantarse un friazo durante el año escolar entero (vivía en Pachuca que es conocida como “La bella airosa” por los fuertes vientos fríos que peinan por la tarde), pues mi abuela La Gorda –con una determinación cuestionablemente pedagógica— no se conmovió un centímetro y cumplió a la letra su advertencia de que no habría reemplazo de prendas para quien fuera un descuidado…

Bicis, baches y fotos…

Rentamos unas bicicletas para movernos en los alrededores de Playa Chiquita. Por la constitución del volante las bicis parecen ser más apropiadas para plácidos paseos de señoritas victorianas que para recorrer el camino todoterreno que va desde Puerto Viejo hasta Manzanillo.

Llevan al frente una cuca canastilla que más pronto que tarde pone de manifiesto su disfuncionalidad, pues al pasar el primer bache, lanza por los aires –cual si fuera una pequeña catapulta— el estuche de la Nikon (con el aparato trágicamente envuelto en su interior) que tengo conmigo hace apenas tres meses…

Por la noche, cuando reparamos en el hecho de que la pantallita de la cámara se ha roto, Jennifer me aplica un airado reclamo: “Eres un descuidado. Olvidas las cosas en los sitios. Perdiste la chamarra. Rompiste la cámara.”

“Total, siempre podemos comprar otra…”—contesto.

A lo que revira: “Es que es justo eso a lo que me refiero. Actúas con ligereza, como si todavía ganaras dinero como ejecutivo, pero no caes en cuenta que el viaje representa otro momento en nuestra vida…”

Una parte de mí entiende su sentimiento de frustración, pues ella me regaló la cámara de cumpleaños hace apenas tres meses…

Sin embargo, a otra parte de mí, su admonición le cae francamente gorda…

Además, en ese momento estoy que me lleva la tristeza, pues la cámara es esencial para la fotografía y el documental que vamos haciendo, y ahora, en lugar de la cómoda funcionalidad de la pantallita (que es de indudable ayuda para un aprendiz de fotógrafo como yo), habrá que dar dos pasos atrás y afinar el ojo a través de la pequeña mirilla de la cámara… hacerse, en un sentido, fotógrafo de verdad…

De la afición al trabajo

Los días siguientes del incidente de la cámara me entra una especie de fiebre creativa: He estado aprendiendo a usar el programa de edición de la computadora y trabajo en la manufactura del video de presentación de Los Viajes del Corazón.

En silencio, a las seis de la mañana, mientras Jennifer aún duerme, salgo a la terracita que da a la selva que rodea nuestro cuarto, y empiezo a trabajar, para aprovechar cuatro horas que tendré antes de que el día oficialmente empiece. La misma escena se repite por la noche, entre las nueve y las doce, cuando el día ha terminado y nada hay que hacer ya en esta playa semidesierta.

Hacia las nueve de la mañana del tercer día de esta rutina empiezo a escuchar que Jennifer llora. Y como después de un tiempo de vivir juntos he aprendido a distinguir los diferentes llantos de Jennifer, sé que llora por algo que yo hice... aún cuando todavía no sé exáctamente qué…

Me acerco y no tardo en enterarme: “Estás adicto al trabajo. Sigues trabajando quince horas al día, como si estuvieras en una empresa. Tienes la cabeza ocupada todo el día. Por eso se te olvidan las cosas. Por eso se te rompen las cosas. Tu acelere me altera. Escuchar el triki-trak-traka-trick traka-trick-triki-trak de la computadora en la madrugada me pone los pelos de punta…”

Después de escucharla con ojos abiertos como platos, le contesto con el mismo tono de voz que desde pequeño hacía a mis hermanos y a mi madre tildarme de soberbio (como último recurso argumentativo) cuando se engarzaban en un debate conmigo:

“¿A tí qué más te da que me levante temprano, mientras tú sigues dormida? Lo que pasa es que tú tomas por workoholismo lo que es un cierto apasionamiento creativo --una necesidad legítima que ha estado encerrada en mí hace mucho tiempo--, y que ahora, en el viaje, encuentra finalmente un canal para expresarse…."

"Además, me ocurre como a Picasso (que desde el documental en Casa del Mango se ha vuelto en un referente del viaje para nosotros), que podía pasar pintando todo el día sin cansarse. Picasso, ese a quien tanto admiras por su magia creativa, que nada sería sin su infatigable trabajo... Así que, ya lo ves, todos necesitamos un poco nuestras obsesiones creativas…”

No sé si lo dijo ella o si fui yo quien a la vuelta de los días completé la idea en una extensión fantaseada de aquella discusión: “Sí, Picasso… que se quedó solo al final de su vida. Peleado con todo mundo y lleno de ex mujeres a las que le regalaba migajas de atención entre cuadro y cuadro…”.

Caída de veinte

La noche siguiente tengo un sueño:

Entro a un sitio donde he de reunirme con Juan Villoro. Me recibe un actor famoso. Me pregunta si lo que traigo en el maletín que cuelga al hombro es un cañón proyector. Le contesto que no, que se trata de mi laptop. Cuando la abro para mostrársela me doy cuenta de que adentro hay una vieja máquina de escribir Olivetti medio destartalada. ¡Mierda! Pienso. Inspecciono la máquina y encuentro que hay un papel en el carrete con un mensaje para mí. Es una carta de mi amigo Sergio que me dice que ha tomado mi laptop para hacer un documental sobre mi vida. Veo la portada del documental. Es una vieja portada de Simon y Garfunkel: “Sound of Silence”. Anexo a la carta hay un memo en que A.A. autoriza que mi laptop sea tomada.

Como piezas de rompecabezas, los sucesos de los días anteriores a través de los símbolos oníricos, configuran un mensaje que empieza a estar claro para mí:

Aligerarse.

Desmontarse de la fiebre que ha ido sumándole proyectos y trabajo al viaje que es ya en sí mismo el proyecto de vida… una aventura complicada. Dejar que cada cosa ocurra a su debido tiempo, que caiga por su propio peso.

La Olivetti que aparece en vez de la Laptop es un signo de volver a lo básico. A la palabra... Por lo pronto la aventura de escribir en el blog basta.

La aparición de Sergio es elocuente pues también representa una señal de regreso a lo básico. Siendo mi amigo más antiguo (hace treinta y dos años que estamos juntos) es un testigo de lo íntimo, de lo auténticamente original que hay en mí. Su presencia es siempre, en un sentido, un signo de fidelidad a la ruta de realización. Es una invitación a no distraerse con lo accesorio y concentrarse en lo esencial.

A.A. es sin duda un símbolo de mi ex jefe, Alfredo Acle. Como todo jefe es una referencia a la autoridad que espera y exige de nosotros un desempeño superior.

Sin embargo también responde a las siglas de Alcohólicos Anónimos. Alejarse pues de cualquier adicción. No dejarse tiranizar por ninguna demanda externa o interna --sea funcional o neurótica-- pues esa actúa en contra de el deseo, que es imprescindible para que la creatividad fluya.

Pues por más que uno quiera acelerar el proceso, no hay atajo posible al sitio que ocupa Juan Villoro o Pablo Picasso, para el caso. Ahí se llega sólo paso a paso. Viviendo cada día. Siguiéndole la hebra a la voz que habla sin prisas en el interior. Disfrutando cada día.

Hay en el sueño además algunas otras claves:

Sound of Silence. En un viaje 24/7/365, la cercanía lo expone a uno al roce, pues los que están cerca inevitablemente chocan. Despiertan en el otro ambivalencia… Que sólo posible trasponer con la prudencia y la distancia separadora del silencio…

Los Sonidos del Silencio de Simón y Garfunkel es además la canción de novios de mis papás. Implica, en un sentido, dar preponderancia al encuentro al que nos convoca este largo viaje de pareja. Un viaje que para ser exitoso requiere encontrar el empalme de los ritmos de cada uno.

Además el encuentro más lindo está más allá de las palabras, ahí donde se hace entre dos el silencio…

El teléfono da línea…

Un amigo psicoanalista solía decir que una cosa es que te caiga el veinte… y otra es que el teléfono dé línea para marcar… Pues suele haber una brecha temporal entre la conciencia de un patrón y la posibilidad de capitalizar dicha conciencia en una conducta orientada en sentido diferente.

Y obviamente, así ocurrió…

Hacemos Jennifer y yo un trayecto de dos horas en bus para llegar desde Guachipelín de Escazú hasta el Centro de San José, donde tenemos un compromiso.

Por la tarde empieza a llover y nos empapamos esperando un bus.

Terminamos finalmente por tomar un taxi en plena calle. De esos que según consejo prudente, un turista no debe tomar.

Los momentos de frustración --los pequeños detalles irritantes de esta vida nómada--, se me acumulan hasta volverse un reclamo… Le digo a Jennifer que estoy harto de estos lapsos de tiempo perdidos. Que prefiero pagar un taxi y evitarme el tráfico. Que para eso ahorramos durante dos años. Que para mí el tiempo es oro. Que cada segundo de este viaje es una oportunidad para crear, para producir…

Ella me mira. Está cansada. Pero repite… “Esto también es el viaje. Este trayecto, este retraso, este bus, esta lluvia, este transcurrir de vida más allá de toda intención de producir… todo esto… es en esencia el viaje…”

Se hace el silencio. En silencio transcurre el último tramo hasta casa de nuestro amigo. Nos bajamos del taxi. Pago.

Unas horas después, cuando nada hay que hacer ya, me doy cuenta que he olvidado la cartera en el taxi…

En la cartera llevaba mi tarjeta de crédito (evidente referencia al dinero), mi licencia y mi credencial de elector (símbolos de identidad)…

Dado lo paradójico del inconsciente, la pregunta analítica es desde luego si ambos –dinero e identidad—los estoy ganando o perdiendo…

Lo que por lo pronto es indudable es que la palabra y los sonidos del silencio de mi sueño adquieren frente a este acto fallido una nueva interpretación, pues como decía Ariel Saltiel, entrañable maestro, psicoanalista encargado de supervisar las prácticas de primer año de carrera en la UIA:

...“lo que no se habla, se actúa…”

lunes, 6 de octubre de 2008

Como escribir en el agua

Dejamos Centro América con una mezcla de tristeza y emoción. Se acaba la primera etapa de nuestro viaje y nos aventuramos al sur. Mientras más avanzamos en el recorrido más lejos nos sentimos de México.

Los países de Centro América tienen un aire cercano a la cultura mexicana. En Guatemala pudimos comer con tortillas y salsita picante, escuchar música norteña en el bus hacia Belice, comer frijoles al estilo mexicano en Honduras, compartir la historia de la independencia con Nicaragua, sentir la rivalidad futbolística con Costa Rica.

Centro América fue una agradable sorpresa llena de sitios recónditos, naturaleza exuberante y gente sencilla, abierta, amistosa. Me voy con la firme promesa de volver; dejamos sitios sin explorar y eso me motiva al regreso.

El viaje a Colombia abrió un nuevo capítulo en nuestra aventura: la zona andina de Sudamérica. Llego con emoción a Colombia, un país que siempre ha estado cercano a mi corazón, pero me embriaga la rapidez con la que dejamos atrás un lugar para ingresar a otro.

Los viajes en avión siempre me han parecido artificiales. Ingresar a una cápsula voladora que te protege de las inclemencias del clima y los tropiezos geográficos me parece poco humano. Pienso en los viajeros de otros tiempos que con lentitud se iban adentrando a regiones desconocidas con la ventaja de irse adaptando gradualmente al nuevo entorno.

Aunque no viajamos con carretas tiradas por caballos, sí recorrimos los países de Centro América a un ritmo más lento, viajando por tierra.

Después de varias horas en el bus, bajábamos en la frontera: ese espacio que no pertenece ni a un lado ni al otro, donde se mezclan acentos, comidas y moneda. Después de haber hecho los trámites migratorios, subíamos al bus con monedas y billetes distintos, adivinando el nuevo tipo de cambio al que tendríamos que acostumbrarnos. Pasábamos la línea divisoria y aunque el paisaje seguía siendo el mismo comenzaban a adivinarse nuevas formas en las casas, la gente, los letreros, que poco a poco se convertían en la fisonomía de nuestro próximo destino.

Viajar por avión, en cambio, te limita la posibilidad de adaptarte al siguiente paisaje. En un par de horas ya habíamos cruzado Panamá y nos habíamos adentrado en Colombia. Aunque mi cuerpo caminaba por calles distintas y nuevas, yo sabía que mi alma seguía revoloteando por encima de los lugares de los que nos encariñamos en Costa Rica.

A tres días de estar en Colombia siento que todavía no he aterrizado por completo. Una parte mía sigue divagando entre Costa Rica y Colombia. Como si mi alma estuviera realizando el camino imaginario por tierra, a un ritmo natural, mientras que mi cuerpo ya se ve obligado a adaptarse a un nuevo sitio.

Durante los primeros días en esta nueva etapa del viaje mi mente se llena de recuerdos y de imágenes anteriores: la gente que conocimos, los amigos que encontramos, los lugares que se llenaron de vida y los pequeños momentos de encuentro y risa que intercambiamos.

Necesito seguir reviviendo estos momentos para darme cuenta de que en verdad existieron. Para que no se pierdan en lo instantáneo de los viajes modernos.

“Viajar es como escribir en el agua”, nos comentó un amigo chileno al despedirse de nosotros.

Me llega a la mente la imagen de un pincel flotando por encima del agua trazando formas que se van perdiendo casi al mismo instante de haber aparecido.

El viaje tiene una característica fugaz. Si no lo cuentas, si no lo rememoras, es como si nunca hubiera existido…

¿Y no será así todo en nuestra vida?

Únicamente pinceladas en el agua.

Recorrido en Costa Rica

Nuestro Recorrido en Costa Rica

Recomendaciones de Viajes del Corazón en Costa Rica:

- Canopy en Colinas del Poas.
- Trecking en el Parque Nacional de Monte Verde
- Miraflores Lodge en Playa Chiquita
- Restaurante Jungle Love en Playa Chiquita
- Espectáculos en Casa del Arcoiris
- Función en turno de Colectivo Cuentiando

Cuentos de la Selva de Concreto

World Press Photo 2008

Contra el mandato común en una sala de exhibición, el guardia del Museo de Arte y Diseño Contemporáneo de San José insiste en que utilice mi cámara y tome cuanta fotografía se me antoje de las dos exposiciones temporales que se exhiben en ese lugar: La World Press Photo 2008 y una pequeña muestra de artes gráficas denominada Versus.

Su invitación fue como darle licencia para matar a mi fiebre fotográfica. No tuvo que repetirlo dos veces…

La Guerra
Padre y niño turco
Balazs Gardi

La Depredación Natural
Gorila atrapado
Brent Stirton

La Intolerancia
Pareja de Gays Agredidos
ZSolt Szigetvary

La Radicalización Política
Asesinato de Benazir Bhutto
John Moore


La Demanda del Desempeño Extraordinario
Maratonistas
Erik Refner


La Pedofilia
Versus
Olger Sánchez
Miguel Cortés
Augusto Ramirez


La Depredación cultural
Versus
Olger Sánchez
Miguel CortésAutusto Ramirez

Aún cuando en el panfleto de la exposición uno se entera que el jurado de la World Press insiste en que el criterio con que este año eligió a los ganadores se centró más en la calidad técnica de las fotografías y menos en la relevancia de la temática periodística, yo encuentro que el abanico gráfico es una buena muestra de los temas que constituyen el signo de nuestros tiempos.

Tanto así que la muestra podría haberse intitulado Cuentos de la Selva de Concreto en la Aldea Global.

Cuentiando la Selva de Concreto

Insisto en esta etiqueta justo porque ese es el título de la función que un grupo de cuenteros que a la postre se convertirían en nuestros amigos, presentó durante nuestra estancia en San José.


A lo largo de la función presentan su propia versión, ácida y crítica, de lo que ocurre en nuestras terribles ciudades contemporáneas. La ciudad, ese invento que los hombres pensaron originalmente para facilitar la subsistencia, el intercambio y el encuentro, y en pleno siglo XXI se ha convertido justo en lo contrario: la repetición constante y cotidiana del Apocalipsis.

He aquí los retazos de recuerdos que me quedan de aquella velada, que seguramente mi mente esquiva ha transformado hasta el desfiguro. Cuento desde el consuelo que me da la conciencia de saber que lo que ahora recuento no es lo mismo que lo que ellos entonces contaron, pues aquel acto de narración oral --fugaz e inefable— radica ya, en el sitio que está en ninguna parte, y al que las palabras se dirigen cuando mueren…

Fernando Franco
De Fernando Franco tomo su interpretación de “Algo malo va a pasar” de Gabriel García Márquez (que a pesar de no formar parte de la función, mi inconsciente ha integrado de forma verosímil al hilo conductor de la obra).

En el cuento se reseña efectivamente el miedo que palpita en el corazón de la ciudad, y cómo una fantasía catastrofista se convierte en profecía auto-cumplida de la desgracia. Un cuento que debería movernos a pensar en cómo la cotidiana dosis de amarillismo que los medios nos recetan, va operando lentamente en nuestro ánimo, al punto en que nosotros mismos estamos dispuestos a abandonar nuestros más íntimos espacios, nuestras más queridas posesiones.

El cuento en tres trazos: una mujer se despierta de un mal sueño con la convicción de que algo grave va a pasar en el pueblo. Su paranoia es en principio tomada como signo de locura, pero poco tiempo más tarde todos los habitantes del pueblo terminan contagiados del terror que impregna a sus advertencias.

Empiezan a actuar con el recelo y la suspicacia de quien se ve amenazado, y terminan por salir de su terruño en huida desenfrenada, pues quieren evitar a toda costa el siniestro que se avecina. Movidos por la absurda lógica que se exacerba cuando los hombres conforman una masa, todos los miembros de esa caravana de peregrinos autoexiliados imitan al primer hombre que prende fuego a su casa mientras la deja, previniendo que cualquier vago rapaz la ultraje, ahora que él la ha abandonado.

Y así, mientras observan cómo el pueblo se consume en llamas y todo por lo que lucharon se diluye en un segundo, la mujer del principio del relato, ignorante de la circularidad causal de su temblor inicial, sentencia: “yo dije que algo grave iba a pasar, y dijeron que estaba loca…”.

Gustavo Peláez

Gustavo Peláez, con filos de humor negro, retrata con maestría el destino de quien, en la marginalidad de la economía formal, se ve obligado a hacer de la calle su lugar de trabajo:

Palomo es un lanzallamas, tragafuegos y malabarista piromaniaco que entretiene y amenaza con su rostro tiznado a los agobiados conductores que transitan por las atascadas calles y lo miran desde la brevedad encajonada de sus vehículos, mientras esperan que la luz roja mute en verde, en alguna esquina, de alguna calle, de alguna urbe latinoamericana.

Siguiendo los consejos de algún mentor argentino, Palomo ha sucumbido a la tentación cortoplacista del trabajo en la calle: De a cuarto de dólar el semáforo, a Palomo le basta con trabajar una hora al día para levantar tres veces más de lo que gana el obrero promedio en cualquiera de las industrias que desde la más estricta de las regularidades, pagan el salario mínimo a quien tuvo la suerte de tener cabida en sus monótonas líneas de producción.

Adicto al sabor que le ha impregnado la neurona desde la primera vez que tocó su boca, Palomo no puede vivir ya sin los éxtasis que le producen los octanajes del vapor Premium de la gasolina que ahora necesita para andar.

La vida de Palomo se consume pronta, igual que la flama que desde su boca resplandece entre oscuridades como un relámpago. Muere ahogado por la hemorragia interna; achicharrado por las quemaduras que siguiendo el rastro de la gasolina le han tostado las entrañas…

Ricardo González

Ricardo González, otro de los de Cuentiando, nos brinda una historia que surge en el intersticio de los escapes a los que recurren los longevos matrimonios urbanos para evadirse del mortal aburrimiento de días y noches idénticas en los que –mientras la amargura de los sueños frustrados y las promesas incumplidas de amor se les instala en los huesos— se les escapa la vida.

El relato plantea un conflicto central: un hombre regresa de la oficina a su casa con varias copas a cuestas. Mientras tanto, su mujer, en la alcoba familiar, se entrega a las caricias furtivas de su amante, y al vaivén del adúltero fornicio, vuela con su fantasía favorita. En esa ensoñación su rostro muestra cincuenta arrugas menos; su cuerpo es veinte años más jóven y doce kilos más esbelto. Sus tetas aún se mantienen orgullosamente firmes y de ninguna forma se parecen a ese par de bultos informes que ahora penden derrotados.

Desde ese planteamiento inicial, la historia se desgrana en tres finales posibles, todos, colgados de de una nimiedad azarosa: el repartidor de pizzas que recién acaba de entregar un pedido en uno de los departamentos del edificio empuja la puerta principal mientras sale…

Final número uno. La puerta se cierra. Cuando el hombre arriba, busca tembloroso las llaves en todos sus bolsos, sólo para enterarse de que ha olvidado su llavero por la mañana. Con una neblina alcohólica en los ojos se dispone a cruzar la calle para hablarle a su mujer desde el teléfono que se encuentra al otro lado. Justo se encuentra en el medio de la calle cuando un bus pasa a toda prisa y lo arroya.

Final número dos. La puerta queda entreabierta. Cuando el hombre arriba, empuja la puerta, que se abre para darle paso franco. Sube directo hasta su piso, para descubrir, justo en el momento que sale furtivo del apartamento, al amante de su mujer. Con el golpe de adrenalina el hombre recupera la sobriedad en un instante. El impulso del desengaño le da las fuerzas que todos estos años le han faltado para terminar el matrimonio que hace tiempo está podrido. Da media vuelta y se larga para siempre de ahí a inventarse una nueva vida llena de aventuras. Deja a sus espaldas el campo libre a su mujer y a su amante, que ahora, sin el encanto del encuentro prohibido, terminarán enrollados en una relación de una monotonía desesperante.

Final número tres. La puerta queda cerrada. El hombre cruza la calle para telefonear a su mujer y decirle que ha olvidado las llaves. La llamada alerta a la mujer que despide a su amante, y baja unos minutos más tarde a abrir la puerta a su marido. Mientras suben juntos las escaleras rumbo a su departamento, la culpa aguijonea a la mujer, pues ha estado a punto de ser descubierta. El abismo que siente en la tripa le da fuerza para confrontar al marido y vomitar el desencanto que lleva acumulando durante años. Ambos lloran hasta quedar rendidos. Duermen. Despiertan. Se abrazan. Hacen el amor. Se reconcilian. Renuevan en sus corazones los votos que hicieron frente al altar al casarse…

Apenas un mes después, la relación vuelve al punto en donde se encontraba: mientras el tedio los corroe, hombre y mujer se entregan a un juego de meticulosas movidas destinadas a destrozar lentamente la felicidad de su pareja. Su departamento se ha convertido en una sucursal del infierno, que durará hasta que la muerte los separe, pues está claro que ninguno de los dos tiene la fuerza y el coraje necesario como para marcharse…

Adrián Granados

De los cuatro cuenteros Adrián Granados es quien nos presenta una historia con ribetes más optimistas, pues a pesar de que sus personajes están sitiados –envueltos en el halo de la soledad de los cubos de concreto que se apilan en torres de departamentos; encerrados en el autismo autoerótico de sus fantasías esquizoides; torturados por el sadismo de una burocracia urbana infranqueable— encuentran, en un giro súbito, un camino para romper las barreras citadinas que de principio parecían no plantear salida.

La conclusión de su relato es contundente. La única forma de escapar del manicomio de la urbe de concreto es a través de la puerta que ofrece la más grande locura de todas: atreverse al amor, ese viaje impredecible que una noche, si la fortuna nos sonríe, nos conducirá a recibir la salida del sol con la cabeza de una mujer sobre el pecho, mientras una botella de tinto observa con discreción la escena, y suenan, en el aparato de sonido, las últimas notas de un tango de Gardel…

Los narradores detrás del cuento

Lo verdaderamente asombroso por paradójico, es que cada uno de estos cuatro cuenteros representó para nosotros, a lo largo de la semana que compartimos – paseos, comilonas, cuentos, talleres, contactos, lecturas, charlas, debates, debrayes, cervezas y confidencias de por medio – un rostro urbano exactamente opuesto al que sus cuentos de la urbe de concreto reseñan.

Sea pues esta crónica un homenaje a la cara generosa, abierta, innovadora, desprejuiciada, simpática, colorida, que nos mostraron de su ser urbano. Espíritu que vive en un San José esquiv, al que tres de ellos, colombianos de nacimiento y ticos de vocación, han adoptado como tierra para vivir y foro para contar.


Fernando Franco, que en uno de sus talleres en los que celebra el ritual inagotable de la palabra, nos animó a nunca desesperar en nuestra andanza narrativa, pues un cuentero siempre cae con los pies parados a donde llega. Basta con contar un cuento en medio de la plaza para que –gorra de por medio—caigan del cielo, comida para pasar el día y techo para pasar la noche.




Gustavo Peláez, que nos enseñó cómo se vive a fuerza de palabras. Palabras en la radio, palabras en la televisión, palabras en el cuento, palabras en la sobremesa... Que cree tanto lo que pesan, lo que valen las palabras, que no tiene miedo de poner plata de por medio para demostrarlo.




Ricardo González, que se ha construido, con coraje, una vida de cuento: dejó su trabajo de publicista y se lanzó a recorrer Sur América con la palabra por todo equipaje, una chelista canadiense por toda compañía y cuentos como moneda de cambio.


Adrián Granados, que desde la comprensión de que la vida es un juego, vive su vida en efecto, con la sencillez y la alegría del juego. Adrián que en su recorrido ha hecho de locutor de radio, trovador de bares y escenarios, vendedor de cuero en la lagunilla mexicana, editor de revista de mujeres en cueros, palabrero de una cultura inteligente, hombre cuentero con corazón de niño.




Pues sólo hombres capaces de vivir su vida bajo la luz de los cuentos, con la pugnacidad de la crítica y la intensidad del afecto, pueden verdaderamente abrir un puente al futuro en esta terrible selva de concreto…


La salvación del amor
Coreógrafo Ruso
Vladimir Vyatkin

Colorido Tico

Rasquiña cotidiana en el centro de San José


Típica nostalgia centroamericana del tico


En dos ruedas hacia Playa Chiquita


Playa Chiquita


Cuatro ruedas a sol y sombra



Cascarita unisex


Peca, reza y empata -- Procesión de rodillas en Cartago


Turismo de aventura cerca del Valle del Orosi


La curiosidad mató al gato


Gigante caído en Monteverde

A la espera del milagro del Volcán Arenal


Volcán Arenal mientras cae la tarde


Lente al revés

domingo, 5 de octubre de 2008

Técnicamente en México

Para todos los aficionados que siguen el fútbol con cierta regularidad, existe una realidad difícilmente cuestionable: en general, los equipos se desempeñan mejor de locales que de visitantes.

Desde una perspectiva meramente lógica, este dato no deja de ser extraño, pues en última instancia, el juego no varía en sus parámetros objetivos: un rectángulo de pasto y once jugadores que intentan introducir la pelota en la portería contraria, y evitan a toda costa que entre en la propia.

Buscando causalidades, uno podría pensar que los vítores del público ejercen una influencia directamente proporcional hacia la capacidad de los locales, e inversamente proporcional en el ánimo de los visitantes. Podría pensarse también que los jugadores aprenden a capitalizar la familiaridad que desarrollan hacia pequeñas variaciones de la cancha propia.

Sin embargo, si algo está claro es que dichas variables no cuentan toda la historia. Pues la regla aplica aún cuando el estadio está vacío, o bien cuando el equipo se ha renovado.

El asunto es algo que pasa por lo psicológico. Una especie de influjo simbólico, etéreo, inasible: es la sensación de estar en casa…

Esa sensación de hogar que por alguna razón nos hace sentir más seguros, más cómodos, más relajados, más a nuestras anchas para estar, para movernos, para desempeñarnos.

Un vínculo emocional que cada uno de nosotros desarrolla hacia su país, su bandera, su barrio, su cuadra…

Y acaso fue ésta la sensación que nos inundó en San José, cuando contamos cuentos en el Centro Cultural de México, que es una extensión de la Embajada de México en Costa Rica.



Así nos sentimos desde la primera vez que arribamos al sitio y nos saludó el escudo nacional; más tarde, lo reafirmamos cuando el agregado cultural – Pedro González – nos atendió y nos ayudó como si fuéramos un par de viejos amigos; y sobre todo, lo vibramos con intensidad la noche en que el auditorio se llenó de personas que vinieron a escuchar nuestros cuentos, y que para todos efectos prácticos fueron como amigos que invitamos a la sala de nuestra casa.



Acaso fue el efecto de volver a ver un mapa familiar después de tres meses en que diariamente labramos nuestra logística en mapas de otros países; acaso se trató de la sensación que nos entró con la conciencia de que cada vez nos alejamos más de nuestra tierra, y que conforme nos acercamos a Sur América empieza a haber cada vez menos puntos de contacto.


Como quiera que sea, los cuentos de aquella velada tuvieron una electricidad especial. Salieron con pique de chile, con sazón de mole, con calorcito de tortilla recién hecha; con colorido de granada en nogal, empalme de huipil costeño y ritmo de mariachi tequilero.

Así, a varios meses de distancia y cientos de kilómetros de recorrido, en pleno San José de Costa Rica, nuestro corazón desborda una alegría especial. La alegría de volver a pisar, aunque sea por una noche, territorio mexicano…

Vivir como Gitanos

Como hemos dicho en el capítulo anterior, nuestra interpretación del ser gitano está asociado a la vida al margen de la aldea global: con tal de conservar la libertad que requiere, el gitano se las arregla sin las estructuras y las instituciones que sin duda brindan seguridad a los habitantes de la aldea, pero que frecuentemente lo hacen a costa de enajenarlo…

Y aunque Jennifer encuentra con mayor facilidad la lógica en la elección del gitano, desde mi óptica --acaso demasiado urbana, aún demasiado influida por ciertos acentos de la convencionalidad-- hay algo en los valores que esta forma de vida supone, que me confronta, me sorprende y me emociona:

El día que la conocemos, Tzila, de la Casa del Arcoiris nos cuenta una breve anécdota de su hija Antú, que vino al mundo hace siete años auxiliada por una comadrona del Caribe costarricense.

Antú es, como su madre, artista de las telas y bailarina.

Después de un esfuerzo importante, Tzila consiguió que Antú ingresara en la mejor academia de danza del país. Una especie de internado público que imparte la currícula tradicional al tiempo que expone a los niños a una ardua rutina de entrenamiento para que se desarrollen como artistas. La escuela (a la que solo acceden unos pocos) cuenta con reconocimiento y prestigio en el medio por haber formado a varios de los bailarines más destacados de Costa Rica.

A los dos años de estar en la escuela, Antú habla un día con su mamá y le dice que está harta de profesores exigentes y malencarados que no saben hacer otra cosa más que regañar. Ella necesita profesores que sean verdaderamente apasionados de su arte. Profesores que enseñen desde el corazón.

Le dice que ella (a su increíblemente corta edad) está lista para tomar su vida en sus manos. Que no quiere seguir más en la escuela. Que está lista para dedicar todo su tiempo a hacer telas y bailar por su lado, al ritmo que dicta su propia inspiración.

Tzila duda en un primer momento, pues la educación formal es acaso la última estructura --el último tabú-- del que es difícil separarse. Además, no está excenta (como cualquier padre) de los escalofríos que siempre trae consigo una decisión que inevitablemente alterará el rumbo de la vida del vástago hacia una siempre incierta dirección.

Sin embargo escucha con seriedad lo que su hija ha dicho, pues está convencida que no existe sabiduría sobre la vida que supere el instinto que cada uno tiene sobre su propio destino. Entiende además que la petición de Antú no nace desde su rebeldía, sino que viene de una genuina intención creativa.

Termina pues dándole crédito a la petición su hija. La saca de la escuela y decide que aprenderá en la casa, mientras dedica la mayor parte del día a bailar.

La abuela, pintora, será su maestra de artes gráficas. Ella, bióloga de profesión, le enseñará ciencias...

Pocos días después, al minúsculo cuerpo docente de este par de mujeres valientes y solitarias, se une espontáneamente un pequeño batallón solidario de otros amigos que comparten la ruta gitana: uno enseñará matemáticas, otro enseñará geografía, una más será la maestra de yoga…

Y Antú aprende y crece.

Y baila como solamente los ángeles bailan.