miércoles, 28 de mayo de 2008

El muchacho de Aguas Blancas, Constanza, Republica Dominicana

Mientras Jennifer me espera fuera del supermercado, la aborda un muchacho de alrededor de 17 años. Le explica que necesita pagar una vacuna antitétánica y le pide dinero. Jennifer no cree el cuento, desconfía, y lo aleja.

Salgo de la tienda y empezamos a caminar. Entonces se vuelve a aparecer el mismo muchacho, un mulato fuerte que anda en huaraches y trae una camiseta blanca con el lema de una organización, que en español criollo de vocales atropelladas me explica lo mismo que a Jennifer. Me dice que no quiere dinero. Que quiere la vacuna. Por la contigüidad del evento durante la preparación del viaje, viene automáticamente a mi mente el hecho de el acceso a nuestras vacunas fue relativamente simple: bastó con hacer espacio en la agenda para acudir al hospital. Mientras lo escucho, pienso que debe ser jodido necesitar una y no poderla tener.

Siento el impulso de ayudarlo, pero la mirada de Jennifer me invita a ser cauto: aún tenemos poco en la isla y no sabemos interpretar los signos y las formas de esta cultura. Me dice que el muchacho la abordó a ella hace un momento y que se negó. Me habla con énfasis, como si me quisiera hacer recordar que en cada cruce de la Ciudad de México hay un mendigo con un cuento semejante que trata de transar al primer tonto que se deja.

Su reserva me hace recordar las palabras de Raquel –mi analista—en nuestra última sesión antes de partir: “A diferencia de algunas de las personas que te son cercanas, no siento zozobra alguna por tu viaje. Sé que tienes experiencia y encuentras la forma de manejar las cosas, de hacer que caminen a tu favor, y generalmente en beneficio de todos. Si algo me preocupa, sin embargo, es tu tendencia a idealizar. Es difícil encontrar en ti el rastro de la malicia. Es como si pensaras que la gente es buena y la maldad fuera sólo un accidente, una circunstancia que deriva de la frustración. Pero las intenciones agresivas existen. La enfermedad mental existe. En todo caso, confío en que llegado el momento sabrás subsanar tu carácter ingénuo con el conocimiento que tienes de estas otras fuerzas, de estas otras intenciones. Sabrás cuidarte.”

Disuado entonces al muchacho. Le digo que lo siento, pero necesita continuar buscando. Nos alejamos. Continuamos nuestro camino rumbo al hotel.

Apenas hemos avanzado cien metros, nos alcanza.

-- “Usté no entiende, señó. Yo no quielo dinero. Es lantitetánica (pronuncia de corrido). Es para mi que está en el hospital. La vende la falmacia pero es más bará en la botica. La seño de la botica, ya le dí la plata. Dos de cien y tré monedas (hace los ojos hacia atrás como contando). Y me dijo que no jalcanza. Me lo puso en un papelito (me enseña una nota que dice $151). Usté me lo da y ya está. Si quiere vamos a la botica.”

El sol del atardecer le cae justo en los ojos cafés. Tiene la mirada clara de quienes dicen la verdad…; o de quienes no sienten culpa de mentir, pues están habituados a hacerlo…

Dudo. Volteo a ver a Jennifer. Se encoge de hombros. Me inclino por creer que hay algo genuino en su determinación, en su gesto de tocarse la cabeza, en el aire de merolico con el que vierte la historia. Pienso además que, después de dos negativas, un estafador auténtico ya habría desistido, pues el truco no sale si requiere demasiado esfuerzo.

Le digo al muchacho que vayamos a la botica, que lo sigo.

Se echa a andar. Va diez metros delante de nosotros… Por inverosímil que parezca, esta dinámica de andar la vereda trae a mi mente el recuerdo de la Caperucita Roja. Voltea de vez en cuando, como para que no nos arrepintamos. Pienso que cualquier lobo feroz sabe que el banquete se disfruta tres veces – cuando se lo prepara, cuando se lo come y cuando se acuerda…

Llegamos a la botica. Está cerrada. La cortina de acero está abajo. El muchacho la mira con incredulidad. Se rasca la cabeza.

-- Señala lo obvio -- “Está cerrá”.

-- “Ni hablar”, le digo.

-- “Espela, -- me detiene antes de que me eche a andar -- yo sé vive la señó”.

-- “Tienes tres minutos” – contesto.

Sale corriendo.

La espera hace que arriben a mi cabeza imágenes sombrías: un par de vándalos. Una navaja en mi cuello. Una bodega oscura. “Nuestro viaje entero malogrado por un pinche instinto altruista… voy a creer, Arturo, eres un imprudente, un pendejo…”. Desde ahí nace el que los tres minutos se pasen rápido para que tengamos un pretexto para marcharnos de una vez por todas antes de que él regrese.

Otra parte de mí quiere que todo sea verdad. Que doble la esquina acompañado de la boticaria. Que paguemos la vacuna e inyecte a su mamá. Esa parte quiere que el tiempo sea elástico. Alargo los segundos mientras los cuento en mi cabeza.

De pronto, regresa por el lado contrario del que se fue. Esto no ayuda para generar certidumbre y bajar la ansiedad. Viene sólo.

- “¿Qué pasó? – le pregunto.

- “La mujé está ya en su casa y dice que hasta mañá. Pelo hay un hombre que puede lleveale el dinero y traieme la vacú…”

- “Nada, sin boticaria no hay dinero” – le digo.

Silencio.

– “Si quieres vamos al hospital y hablamos con el doctor” – le digo.

- “Es que yo lo que no quielo es bajá al hospitá. Es lejos"… -- responde.

Silencio.

- “Pelo vamo, pué…” – dice finalmente.

Arrancamos.

Ahora estoy claro de que tantas vueltas son signo de que está en crisis. Su cabeza no funciona bien. Toda su energía está concentrada en resolver el siguiente paso y deja de pensar más allá. Con esta certeza, podría ya simplemente darle el dinero y dejar que se arregle con su suerte, pero después de tantas vueltas, sería incongruente no llegar hasta el final y hacer la verificación.

Me le emparejo -- “¿Qué le pasó a tu mamá?”

- “Se coltó con una asada (pronuncia jasada) mientras trabajá la tierra”.

Se señala el antebrazo.

Llegamos finalmente al hospital, una especie de clínica rural. Lo sigo mientras camina por un pasillo hasta un cuartito donde vio por última vez al doctor. Toca. Esperamos pero nadie abre. Me asegura que ahí estaba. En su cara leo un signo de desesperación, pues se le han negado todas las pruebas que confirman su historia, y en mi cara se asoma aún un pequeño resquicio de duda de que el asunto sea verdad.

Me toma de la mano para que lo siga.

Me lleva a un cuarto grande, como un galerón de orfanato. Está lleno de mujeres en camas y personas alrededor. Hay poca luz y el aire está pesado. Se mezcla el olor a humanidad y el olor a medicina. Cruzamos el cuarto. Se hace un silencio. Soy el único blanco en el cuarto. Además, no traigo puesta una bata.

Me lleva hasta el pie de la cama de una señora. La señora está dormitando. Abre los ojos cuando siente nuestra presencia. El muchacho le hace una seña. Ella se descubre y me muestra ambos brazos. Una herida fresca de un lado y una línea de suero del otro.

Asiento con la cabeza. Me despido. Le digo que tiene un buen hijo. Un hijo que la quiere mucho.

Salimos al pasillo. Le doy el dinero. Le deseo suerte.

Me siento un poco avergonzado de haber llegado hasta aquí. Necesito respirar aire fresco.

Jennifer me espera afuera. Está cansada.

No van ni cien metros de caminata en silencio, cuando vuelve a aparecer el muchacho.

Quiere más dinero. No podrá recuperar el que le dio a la boticaria sino hasta el dia siguiente y quiere llevarse a su mamá de vuelta al pueblo esa misma tarde. – “Ya no quielo que esté en el hospital. Usté vió la jaguja que tié en la vena”.

Para estas alturas estoy entrampado: Yo sé, que él sabe, que yo le daré los quinientos pesos que necesita. Ha emergido sutilmente, la trama de manipulación: si ya ví, y ya ayudé una vez, se asume que la nueva ayuda debe ser otorgada. Pues por definición yo tengo, y porque tengo, estoy en deuda. Y si no doy, eso me convierte en un hijo de puta…

Ya desde ese momento empiezo a destilar los corolarios de una lección que hace tiempo conocía, pero que en este caso elegí ignorar: la ayuda que asegura la subsistencia en el corto plazo mutila la capacidad del ayudado para resolver el largo plazo, haciéndolo cada vez más dependiente del benefactor. Al mismo tiempo, junto a la gratitud que nace por la “leche” que alimenta, el beneficiario experimenta envidia hacia la capacidad omnipotente de la "teta” que provee.

Nos despedimos.

El se va contento, con su billete que vale por una antitetánica, suero y motoconcho.

Nosotros, con una bendición en lengua criolla, y con la conciencia de la dificultad de ser extranjero en este continente pues inevitablemente, en algún momento, la historia de asimetrías impulsará nuevamente a alguien a creer que algún sitio de nuestro back pack se esconde la piedra filosofal o el dorado -- amuletos mágicos, paraísos definitivos -- por los que más de un hombre ha fatigado infructuosamente las jornadas de su vida...

4 comentarios:

pablocollada dijo...

Ciertamente no habrá un Dorado ni una piedra filosofal en su backpack. Ni siquiera lo serán el cúmulo de historias que acumulen juntos, en el diálogo constante de un continente urgido por hablar. Al final, diría Pacheco, lo único que quedará es la certeza de haberlo vivido, sin añoranzas ni reproches.

Pero una cosa es verdad, el hecho de su presencia ahí no es decisión de un día ni dos, sino un conjunto de ideas que se fueron fraguando durante meses. Así, y ahí es difícil tomar conciencia, las pequeñas decisiones (como subsidiar una vacuna o denegarla con el silencio), es lo que al cabo de uno y todos los años, le darán sentido a este viaje.

Buena suerte, hermanos míos.

Margarita dijo...

He pasado una tarde muy placentera leyendo su blog :)
¡¡Muchas gracias!! Sigan escribiendo ;)
Espero les siga yendo, muy, pero muy bien...!!!
¡¡Solo se vive una vez!! y la están aprovechando muy bien...!!!!

Besos con todo cariño, desde Xalapa.

Caperucitas Cómplices dijo...

Felicitaciones por el blog.
Lo iré leyendo de a poco, para acompañarlos en el camino.
Débora - desde la fría Montevideo

Maxetormer dijo...

Hola, soy Luis Felipe,
mi mama me paso la direccion de
su blog, buena historia, deben estar divirteindose mucho, saludos!