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jueves, 4 de junio de 2009

Atarse al Timón


Llegamos a Villa de Merlo por pura coincidencia. Estábamos en la ciudad de Mendoza y queríamos partir el largo trayecto a Buenos Aires pasando un par de días en algún pueblito. Necesitábamos unos días de tranquilidad y descanso. El ansia del regreso empezaba a aparecer en nuestras mentes en forma de insomnio y pesadillas. Las miles de preguntas que teníamos que responder revoloteaban nerviosas en nuestra cabeza. Así que una pausa de calma antes de llegar al ritmo acelerado de la capital era lo que necesitábamos. Investigando, me llamó la atención el nombre Merlo. Simplemente por su sonido me lo imaginé como un sitio armónico.

A medio camino entre Mendoza y Villa de Merlo tuvimos que esperar algunas horas en la terminal de buses de San Luis. Ahí decidimos llamar al sitio donde pensábamos alojarnos –sólo para confirmar que el lugar visto en internet realmente existía y estaba disponible. Resultó que no. Lo que pensábamos era un hotel, realmente consistía de una cabaña que ya estaba ocupada. Sin embargo, el dueño del lugar nos recomendó dos sitios más. También cabañas individuales. Una de ellas se llamaba Las Mariposas. Y otra vez, por el simple nombre, lo elegimos.



Arturo llamó al sitio y regresó con una cara no muy alentadora: “Me contestó un señor al que no le entendí muy bien. Me dio la impresión de que estaba enojado, como molesto de que llegaran clientes”.

Esto me lo dijo ya subidos en el bus rumbo a Merlo. Así que decidimos aún así llegar a Las Mariposas por lo menos por la primera noche y de ahí ver.
Pero cuando llegamos a la cabaña nos recibió un hombre de nuestra edad, sonriente y amable que inmediatamente nos saludó de beso y nos trató como si nos hubiera estado esperando todo el día. Nos mostró la cabaña de troncos de madera y piedra, como salida de un cuento, acogedora, calientita y con todo tipo de pequeños detalles que hacían notar que los dueños no solo le habían metido empeño sino corazón.



Esa noche dormimos con una profundidad que hace mucho no habíamos experimentado. Jorge, al día siguiente, nos explicó que eso se debía al micro clima especial que existe en Villa de Merlo (una condición que sólo se repite en dos otras partes del mundo, una en California y otra en Islas Canarias). En estos sitios, por alguna explicación científica que no logré entender muy bien, el aire tiene más oxígeno de lo normal y eso ayuda a relajar el cuerpo, descansar y recuperar horas de sueño. No sé si se deba a eso o al cansancio acumulado después de doce meses de viaje pero dormimos como bebés.

En cuanto entramos en confianza Jorge no se cansó de disculparse por su aparente mal humor en el teléfono. Resulta que cuando llamamos él y Sandra, su esposa, habían estado moviendo muebles y a ella el esfuerzo le había provocado unas punzadas en el corazón. Punzadas que resultaron nada graves pero que al momento los asustaron a los dos. Así que con esa preocupación, Jorge contestó el teléfono y dijo cualquier cosa, pensando más bien en la salud de su mujer. Al colgar, ni él ni nosotros había entendido nada. Jorge nos confesó entonces que nunca creyó que llegaríamos esa noche, después de cómo nos había contestado. Sin embargo, el destino es terco.

Desde ese primer día –nublado, gris y frío- nos dimos cuenta por qué teníamos que haber llegado ahí.

Jorge y Sandra, tan conversadores como nosotros preguntones, nos contaron cómo habían llegado a parar ahí. Ambos eran de Buenos Aires y hace dos años habían decidido hacer un cambio total en su vida: alejarse de la ciudad, dejar sus trabajos de oficina, mudarse al campo y emprender un negocio dedicado al turismo, para darse una vida junto a la naturaleza.



Habían recorrido un largo camino de planeación, ahorros, ventas y riesgos. Con la venta de su casa en la capital compraron el terreno que se convertiría en Las Mariposas y junto con un arquitecto comenzaron a idear el espacio para convertirlo en lo que ahora veíamos: una cabaña para rentar a dos personas y un bar de tapas-casa de té contiguo a su propia casa. Ronin, su perro, los acompañó en la aventura.



Y como en un espejo, comenzamos a contarnos las dificultades y obstáculos que existen cuando uno se decide a emprender su sueño. Sobre todo, de las reacciones que tiene la gente cercana cuando escucha lo que quieres hacer. Reacciones provocadas por el miedo, el desconocimiento, la ansiedad y muchas veces, por el mismo cariño que te tienen y que no desean verte ir…

Ninguno de los dos era chef ni había manejado antes un negocio de ese estilo. Lo único que tenían era la firme certeza de querer construirse una vida distinta a la que tenían en la ciudad. Una vida llevada a un ritmo más pausado. Una vida dedicada a ver crecer un negocio propio. Una vida hecha a su medida y no una en donde ellos tuvieran que acoplarse a las medidas exigidas por otros.


Nos contaron de lo difícil que fue arrancar. Los primeros días, vacíos y sin clientes, cuando Jorge sentía que caminaba por las paredes de la ansiedad que lo corroía por dentro. Las dudas y los cuestionamientos. La inseguridad de sentir que quizás habían errado en su decisión. El miedo del primer año donde a lo más que se puede aspirar es a quedar tablas con la inversión. Pero, sobre todo, la dificulta de seguir adelante, creyendo en tu proyecto, aunque todos alrededor se dediquen a opinar, criticar y aconsejar…

“Hay opinólogos en todas partes” dice Sandra: “Esos que jamás han hecho algo parecido en su vida pero que se sienten con toda la autoridad del mundo para decirte a ti como llevar a cabo tu sueño”.

“Y a ellos”, enfatiza Sandra: “simplemente hay que ignorarlos”.

Claro que una cosa es decirlo y otra, muy distinta, hacerlo. Teniendo encima las deudas, un negocio que todavía no arranca, las dudas de haber hecho lo correcto, el miedo por emprender algo desconocido… Es muy tentador atender a los consejos de los demás y desviar el camino. Otorgarle a otro el poder de decisión. Lo difícil es defender lo tuyo cuando eso aún es invisible ante los ojos de los demás.

Jorge, cándidamente, confiesa el miedo que sentía. La necesidad que tenía, como ex consultor de sistemas, de que todo, cada detalle cuadrara a la perfección. De que cada cosa tuviera una razón de ser. De que cada movimiento estuviera premeditado y calculado los riesgos y beneficios. Sin embargo, fuera del mundo cibernético, el mundo rara vez funciona así. Tiene formas más bien caprichosas de moverse. Y así, finalmente, lo pudo entender también él.

“Hay que amarrarse al timón” explica Jorge: “en esos momentos, te amarras fuerte al timón y sigues navegado recto hacia tu propio destino”.

Si atiendes a los consejos de los opinólogos, terminarás dando vueltas, tratando de satisfacerlos a todos, cambiando a cada instante el giro de tu negocio, modificando, quitando, agregando y al final, perdiendo el sentido de tu propio sueño.

Esa noche nos vamos a dormir Arturo y yo con miles de sueños en la cabeza. Proyectos que aún no tienen forma pero que comienzan a dibujarse en los escondrijos de nuestra mente. Sueños que por el momento son tan frágiles como las alas de las mariposas. Sueños que algún día llegaremos a cumplir. Y cuando lo hagamos pensaremos en nuestros amigos de Villa de Merlo que por un sueño que parecía locura lograron amarrarse al timón y atender hacia su propio corazón para seguir el trayecto trazado por su mente.


martes, 26 de mayo de 2009

El señor de la fotografía...


1.

El señor de la fotografía cumple con la primera condición de un cuentero, que es tener buena memoria.

Guarda recuerdos de una edad tan temprana que su madre piensa que se los inventó, o los reconstruyó de una imágen. Recuerda con precisión, por ejemplo, que había un camión de bomberos a estacionado frente a casa de su abuelo el día que sus padres lo dejaron ahí y salieron corriendo a exiliarse al sur de Chile, perseguidos por la dictadura. Tenía dos años apenas entonces.

Guarda el recuerdo del clarinete de su abuelo, que lo salvó de la nostalgia de no estar con sus padres. Guarda el recuerdo de las flores que iban y venían por casa de su abuela, en donde se alternaban las rosas y los juncos.

2.

El señor de la fotografía cumple con la segunda condición de un buen cuentero, que es ser un poco excéntrico.

Usa una vieja chaqueta de cuero que pudo haber pertenecido a algún miembro de la resistencia francesa en la Segunda Guerra Mundial ,y uno que otro día cubre su cabeza con una gorra que recuerda a Ernesto Guevara.

El señor de la fotografía espanta el pánico que lo ataca antes de iniciar una función haciendo movimientos que sugieren un pasado como practicante de capoeira y segunda voz en el coro del domingo en la parroquia de San Diego de Alcalá, en Conchalí.

Está habituado a los baños de realismo mágico, como cuando vivió al pie del zoológico de Santiago. Despertaba todos los días con los mugidos de la elefanta Fresia y rodeado por un tufo de bosta de león que metía por la ventana un vientecillo alicio que venía flotando desde la región intertropical de Sudamérica.

3.

El señor de la fotografía cumple con la tercera condición de un buen cuentero, que es estar un poco inadaptado.

Se queja cuando le sirven por tercer día consecutivo el mismo menú. Se queja por partida doble si el menú es bandeja paisa. Pone cara de pocos amigos cuando tiene ganas de dormir y alguien lo inportuna.

El señor de la fotografía es lo que se llama también un revolucionario, un idealista, un loco. Es de esos de los que se dice que tienen amor al arte. Es de esos que provocan síncopes a los padres que piensan que su hijo ha elegido por profesión una actividad de esas que auguran hambres a quienes la practican.

El señor de la fotografía cree tanto en contar cuentos que le enseña a otros a hacerlo. Los alumnos a los que formó hace ya años cuentan que antes de subir al escenario siguen escuchando la voz del señor de la fotografía. Esos alumnos no sospechar que al decir así, incurren en un paralelismo con algo que dijo un psicoanalista francés de nombre Lacán: "una buena interpretación es aquella que el paciente puede soñar de la boca de su analista."

El señor de la fotografía se rebela contra los que pretenden vestir el gremio de la narración oral de ortodoxia: los que piensan que sólo es cuenta cuentos quien lo hace vestido de negro, en pasado y tercera persona. Se rebela contra los que monopolizan la verdad en el gremio. Se rebela contra los que subsisten poniendo más énfasis en la relaciones con los productores que en la calidad sobre el escenario. Se rebela contra los que por arte de magia desaparecen cínicamente la plata que se ganaron otros con su oficio de palabras.

4.

El señor de la fotografía conoce infinidad pequeñas anécdotas interesantes que se apartan del lugar común, sobre cualquier objeto que uno le señale en el paisaje de su pueblo.

Sabe, por ejemplo, que los mapuches que nunca fueron conquistados por los españoles son testarudos y hablantines. Que se comían el corazón de sus enemigos más bravos creyendo que así se alimentaban de su valentía.

Sabe que en la época de la conquista, para atraer más fieles a sus servicios, los frailes de la orden de las mercedes colocaron en la catedral un enorme órgano de viento, gran atractivo de la época.

Sabe que viendo menguar los fieles de su rebaño que escapaban al corral de los vecinos de las mercedes, los frailes franciscanos de la época, tuvieron la brillante idea de malograrle a sus contrincantes espirituales el espacio. En un acto impío del que después se confesaron, inundaron aquella iglesia tan concurrida de ratones y mierda.

Sabe que Pablo Neruda era narcisista, oportunista e ingrato. Que era un socialista sui géneris que no veía contradicción entre su marxismo y su cosismo. Que sus casas están llenas de objetos de dudosa procedencia que viajaron medio de contrabando en su valija diplomática. Que en su época, Pablo Rokha, otro poeta chileno, le hizo la guerrilla literaria a Neruda cuando le parafraseó su poema (Amo el amor de los marineros que besan y se van) y le hizo ver que Neruda era más bien de los maricones que besan y se van.

Sabe que Salvador Allende era médico de profesión. Sabe que justamente su médico de cabecera fue el único que presenció su suicidio y guardó el secreto durante años, pues a nadie se le ocurrió preguntarle cómo había muerto el presidente. Sabe el soldado traidor que lo encontró muerto no se apartó de la curiosa manía militar de señalar que se había volado la tapa de los sesos con la AK47 que meses antes le había regalado Fidel Castro. Sabe que hay algo de justicia poética en el hecho de que Michelle Bachelet sea ahora la primera presidenta de izquierdas después de Allende, pues ella también es médico de profesión.

Sabe que en la época de la dictadura, los rebeldes se juntaban en un teatro del centro de la ciudad a ver comedia y sátira ligera. Que en los intermedios intercambiaban pequeños papelitos con consignas y panfletos contra Pinochet. Sabe que la resistencia se identificaba con el Pez Ictus, que era también el signo de los primeros cristianos perseguidos.

5.

Pero sobre todo, el señor de la fotografía es un cuentero.

De esos que consiguen convencerlo a uno de que la realidad es ficción y que la ficción es realidad. De esos que hacen que uno abra los ojos para escuchar mejor.

El señor de la fotografía es capaz de convencerlo que había un hombre común y corriente, como usted y como yo, que después de beberse unas cervezas en el bar de la esquina de la ciudad, salió volando una noche.

El señor de la fotografía es capaz de convocar a sus tripas toda la nostalgia que existe en el mundo y hacerlo enternecerse hasta las lágrimas por un caballo maltrecho y viejo. Cuando le cuenta que no pudo evitar adoptarlo y llevarlo a su departamento cuando el cuaco le lanzó una mirada de lástima en plena calle. Cuando le cuenta que por aquel maldito cuadrúpedo, se peleó con su mujer hasta el punto en que ella lo abandonó. Cuando le cuenta, mientras se bebe todo el whisky del bar que el caballo está dando sus últimos resoplidos de vida en la calle, a punto de morir, sin poder dar un paso más. Cuando le tiembla la barba evocando el desamparo de la última mirada moribunda de la bestia.

El señor de la fotografía, cuando cuenta cuentos, es capaz de hacerlo recordar a la novia aquella de juventud, esa que usted amó más que a ninguna otra, y que se desvaneció de su vida sin mayor explicación. Es capaz de hacerlo recordar esa sensación de ser un perro sin dueño. Es capaz de hacerlo recordar la rabia que sintió por todo lo que tuvo que borrar de su vida para sobrevivir. Es capaz de hacerle recordar lo que se siente asomarse a todos los rostros para ver si es que entre esa multitud, algún día, ella vuelve a aparecerse...

6.

El señor de la fotografía es un cuentero que vive en Chile.

Se llama José Luis Mellado.

Y desde hace unos meses, cuando la sincronía del viaje nos deparó un encuentro, lo llamo amigo.

jueves, 21 de mayo de 2009

Lecciones culinarias y otras recetas con los de la Torre Aguirre

El enemigo es la rutina. El enemigo es el cansancio. El enemigo es el estrés. El enemigo es el desbalance. Hay que combatirlo sin piedad. Aunque sea martes. Aunque sea miércoles. Hay que darse tiempo para apagar las luces. Para prender las velas. Para hablar. Para escuchar. Para mirarse a los ojos. Para sentir al otro y no convertirse en un desconocido. Para no encontrarse de pronto en la tumba, y darse apenas cuenta de que uno ha sido ajeno a su propia vida. Que la existencia se le escapó a uno en medio de la frustración, el miedo y la prisa.



El secreto de la comida ya está todo inscrito en su interior. Como una perla dentro de una ostra. Si uno la elige bien, lleva el setenta por ciento de la prueba de la cocina superada. En Chile la materia prima ayuda. Los chilenos son obsesivos de sus insumos. En las fronteras son fieros para impedir que a nadie se le ocurra introducir nada que vaya a echarles a perder la cosecha, a enfermar el ganado. Las conchas de borde negro de Chiloe son pedacitos encapsulados de cielo.



La comida empieza desde la preparación. Desde los colores y los olores en la visita al mercado. Desde los recorridos entre los anaqueles que exhiben ingredientes. Preparar comida es un acto de amor. Es un pensar en otro que se estira en el tiempo. Preparar comida es honrar a quien nos regaló el fuego. Preparar comida es hacer magia con fuego. Se cocina platicando. Riendo. Recordando. Con una copa de vino tinto al lado. Eso sí: No importa cuán grande sea el espacio de la cocina, en realidad es tan pequeña que sólo cabe en ella una voluntad. Habrá que elegir a quién le toca mandar. Y el otro, dócilmente, deberá limitarse a seguir instrucciones: a picar cebolla, a limpiar las ostras. Se cocina experimentando, tomando riesgos. No es cocinero quien no se avienta al desafío sobre la montaña rusa del ensayo y el error.



El vino es luz líquida. Tonos de arcoiris en el espectro superior del rojo rubí. El vino se muestra mientras acaricia las paredes de la copa. El vino es música líquida. Sus sabores se escriben como en pentagrama. Notas de moras silvestres, roble y caja de habanos. El vino tiene más cosas que contar en la medida que acumula experiencia y edad. Hay quien antes de tomar el vino hace un recuento de la historia que guarda la tierra en que creció la vid. Hay quien orienta el sabor del vino por los recuerdos que el año de la cosecha le traen a la memoria. Pero en realidad, del vino sólo importa una cosa: que guste. Si no gusta, vale lo mismo que agua de charco.


El espacio y el tiempo son esenciales. La historia que cuenta la luz y cuenta la sombra. El rinconcito del patio, que es un universo en sí mismo, un escondite, una guarida. El jarrón sobre la mesa. Las velas. El cojín mullido. Uno se pierde a sí mismo si no encuentra un sitio donde las cosas estén quietas. Donde el verde de la enredadera haga su trabajo de crecimiento silencioso. Un sitio para detener la mente. Para estar tranquilo. Para leer el periódico del sábado o una novela. Sin prisa, dejando que los ojos corran sobre las palabras a su ritmo. Dejando que el respiro encuentre su cadencia.

Un lugarcito para tomar el té en el estricto cánon con el que los que saben preparan el agua de hierbas: calentando la tetera antes de vaciar el agua. Sumergiendo las bolsitas de hierba sólo lo necesario para que le den al agua su aroma y no amarguen su sabor. Tomándolo en pequeños sorbos y dándose tiempo para respirar profundo. Sonriendo porque uno está vivo.



Y finalmente uno tiene que desamodorrarse. Encontrar cualquier pretexto para salir de la ciudad. Para vencer el magnetismo del concreto. Para escapar del aire negro de la selva de asfalto. Y encontrar algún lugarcito desde donde mirar sin que la vista sea bloqueada por ningún obstáculo. Un sitio que huela a tierra y huela a frutos. Un sitio en que uno pueda palpar el tiempo. Darse cuenta cómo el otoño es el hijo del verano.



Y entonces, sólo si uno ha hecho la tarea de espantar a los fantasmas; sólo si uno ha construido la atmósfera hasta el último detalle; sólo si uno ha dispuesto el espíritu... el encuentro ocurre.

Ahí, en ese espacio que con perseverancia de carpintero uno le ganó a la desidia, al estrés y a la angustia, es posible compartir. Sobre ese mantelito que parece el escenario de un pequeño teatro, uno siente el impulso de volar. Ahí, uno puede volver a regodearse con los amigos en las historias que lo reseñan a uno como quien es, más alla de toda pretensión.


Y uno siente se siente alegre y parlanchín. Y a uno le dan ganas de decir, sencillamente, gracias...

martes, 19 de mayo de 2009

Tom Silva, Fotógrafo


I am a big believer in the power of amateur art. Some of the greatest auteurs remained amateurs through their life -- technically unskilled, rustic in their formal choices but also very brave and willing to take chances in ways that more accomplished craftsmen wouldn't. Robert Bresson, the French director, was an amateur as is Laurie Anderson, the avante garde artist, and -- to pick an example from pop culture--the indie band, Neutral Milk Hotel.

I came at photography very much as an amateur. I never set out to master my equipment or create flawless images but to use photography to reveal. This has been the singular fixation in all of my creative work: why people do the things they do. The way our character motivates our journey through life. Ten years ago, I made a film about young, highly-educated, upwardly mobile Americans caught in a loveless marriage. I tried to reveal the ways people communicate in private and public spaces.

I think I've tried to do the same thing in my photography. My photographs attempt to see people in private moments, often in that transition between rest and motion when we can observe their spirits being revealed, People are essentially mysterious to me. I think we're mysterious even to ourselves. Children can become old people in their gaze or their tone of voice. Adults can be playful and be pretenders, like actors in a performance. There is a comic, carnival-like quality to some of the people I've photographed.

I've also noticed that different places produce very different photo essays. Environments can be quiet and reserved or colorful and boisterous, just like people. Places evolve and pulse like living organisms. They change under observation. They withhold and reveal secrets when they choose. The photographers responsibility is to be respectful and attendant to that. And always, to retain the open, accepting gaze of an amateur.

Tom


Cherub, Mopti, Mali


Echoes of Fascism, Rome, Italy


Sandgirl, Timbuktú, Mali


Señoras, Santiago, Chile


The kiss, Rome, Italy


Jacob´s Ladder, Zion, Utah


Halo, Valparaíso, Chile


Voayage to Timbuktú, Mali

Encuentro en Chiloé


Veníamos muy cansados después de un trayecto de 38 horas desde el sur de Chile. Bajamos al desayunador del hostal. El corazón estaba también cansado --han sido tantos encuentros y despedidas-- y no teníamos mucha energía para conocer más amigos por el momento. No nos hubiera molestado que el desayuno transcurriera en el silencio.

El proyecto burbuja Arturo-Jennifer se diluyó rápido. En la mesa de junto había una pareja que tenía una presencia. No podía ser pasada por alto. Había algo en ellos que invitaba a conectarse, a iniciar una conversación. La charla de sobremesa de aquel desayuno se extendió más de dos horas. Platicamos con una fluidez increíble, como si nos hubiéramos conocido en otra vida o en otro universo. Como si nos reconociéramos.

En las cenas de los dos días siguientes nos reunimos nuevamente.
Nos contaron de su vida en Chicago. De cómo esperan con ansia los cálidos veranos --que contrastan con los quince grados bajo cero del invierno-- para jugar como niños de cinco años en las calles. Pasean en bicicleta. Platican interminablemente mientras toman café. Visitan museos. Van a conciertos al aire libre. Ríen a pata suelta durante horas.

Tom y Nicole platican como gente sabia. Escuchan. No tienen necesidad de protagonizar o convencer. Sienten una curiosidad genuina por conocerlo a uno. Son ese tipo de personas que nadamás por estar cerca de ellos a uno le parece que el mundo es un poco más alegre, un poco mejor lugar para vivir.

Nos contaron la alegría que es para ellos que alguien que tuvo un impacto real en su ciudad sea ahora presidente de los Estados Unidos. Hablaron con tristeza del sentimiento antiamericano que espoleó la política de Bush en el mundo, y que ellos han atestiguado en sus viajes fuera de su país. Nos contó del deterioro que la sociedad norteamericana sufre en este momento en el proceso de reinclusión de los soldados que han estado involucrados en Irak y Afganistán, y que están condenados a vivir una y otra vez la pesadilla de haber sufrido y provocado la muerte. Hablaron con un entusiasmo real por el cambio.

Nicole, graduada en Harvard, nos contó de su activismo como parte de un grupo católico progresista. Un grupo que trata de ir a contrapelo de la estructura de poder institucionalizado de la iglesia; que trata de renovar el discurso del evangelio y darle una vuelta de tuerca a la estructura ritual; que busca romper el rol de subordinación que ha sido asignado a las mujeres en la iglesia y trata de encontrar espacios de relevancia real para ellas.

Nos contó de su trabajo con colectivos de gente que ha pasado por la experiencia del abuso sexual, incluso al interior de la iglesia, un problema de proporciones inmensas en Estados Unidos. Nos contó cómo ha tenido una tremenda suerte --en una industria editorial competida que tiene una tremenda inercia para pasar por alto el talento y publicar sobre todo aquello que augure éxito comericial-- para publicar su primer libro en el que justamente aborda el proceso de elaboración del duelo y sanación espiritual de las víctimas de abuso.

Tom, por su parte, nos contó que nació en India, vivió su infancia en Malasia, y se movió en su adolescencia a Nueva York, en donde siempre tuvo dificultades para encajar. La ciudad era demasiado agresiva y en todos lados se respiraba un ambiente de competencia. No fue sino hasta que llegó a Chicago, ya siendo un joven adulto, que encontró su sitio en el mundo.

Nos contó de su trabajo en la industria del Real State como un medio para impulsar su pasión como cineasta y como fotógrafo. Nos contó como esa labor ha estado definida en buena medida por su experiencia de vida transcultural: la dificultad que tenemos los hombres para construir y encontrar nuestra identidad. Tom tiene una especie de necesidad obsesiva de encontrar una resolución de la identidad framentada de los personajes de los que cuenta historias o de los que retrata, a través de la construcción de una cierta continuidad narrativa.

El encuentro con Tom y Nicole, aunque breve, fue renovador.

Nos aligeró. Nos alentó a seguir haciendo cosas. A seguir contando lo que vemos.

Nos animó a no dejar pasar un segundo sin hallar los rincones de belleza y los espacios de bondad que existen también en este mundo y en esta humanidad que a veces, tristemente, da la impresión de estarse cayendo en pedazos...

miércoles, 25 de marzo de 2009

Entre mujeres, sobre las tablas del Paullier

De todas las personas con las que hemos tenido encuentros mágicos a lo largo del viaje y que a la postre se han convertido en referentes de un lugar, es acaso de Ivonne Pahlen sobre la que sabemos menos. Pues, a pesar de que pasamos mucho tiempo con ella durante nuestra estancia en Uruguay, y de que en innumerables charlas de sobremesa nos compartió distintos episodios de su historia, al despedirnos, su imagen permanece rodeada de un aura de misterio...



A lo mejor, esa aura impenetrable es parte del espíritu uruguayo al que ella hizo referencia en sus charlas de sobremesa: Uruguay nunca se revela del todo a la primera mirada; siempre guarda secretos y sorpresas detrás de su fachada; sólo se muestra, poco a poco, para el que tiene la paciencia de seguirle el rastro hasta sus sitios íntimos.

En parte, sin duda, con Ivonne ocurre como con todas las personas cuya identidad está enhebrada de pequeños parches de varios mundos distintos: un poco de la tradición de la vieja Europa que le viene de su padre, austriaco; y un poco de la ligereza de la nueva América que le viene de su madre, uruguaya.

A su caso se suma, sin duda, una cierta mística etérea e inasible que es propia de todos aquellos que pertenecen al universo del arte: desde pequeña vivió en el mundo refinado de la élite cultural a la que su padre, director de orquesta, pertenecía; y más tarde, de la ligereza de bailarina que conquistó por méritos propios, a punta de esfuerzo, en la ardua disciplina de las tablas de una maestra rusa, una madame francesa y un director uruguayo.



La vocación misteriosa le viene también de su juventud que transcurrió en medio de la dictadura. Entonces se involucró en MLN y terminó exiliada, primero en Chile y después en Suiza – estudiando Educación especial, mención psiquiatría y más tarde, ayudando a músicos a encontrar una dinámica de movimiento en la interpretación de sus instrumentos, entre otras cosas. Al igual que a otros uruguayos que vivieron aquella época – presos, torturados y exiliados—, a Ivonne no le gusta hablar mucho de esos años. Flota sobre ella una sombra. Una desconfianza. Una soledad. Un dolor de amigos idos, de años perdidos. Una incomodidad que se cuestiona qué utilidad puede extraerse de historias de hombres injustamente presos, pudriéndose en la oscuridad de un aljibe.

Pero sobre todo –acaso apenas ahora lo comprendo— el misterio era una condición necesaria para nuestro encuentro. Pues el misterio es el que afila la intuición. Y a diferencia de otras estaciones del viaje en los que el encuentro se ha construido a partir de las historias, nuestro encuentro estaba destinado a ocurrir en el terreno del movimiento y del cuerpo; en un lenguaje que antecede a la palabra.


Ahí, en las clases de movimiento armónico que Ivonne dirige en el Espacio Paullier, es el cuerpo el que habla y encuentra eco en otros cuerpos que se formulan preguntas unos a otros; es el movimiento el que cura, al transformar el dolor enquistado en belleza…

II.

En el espacio de las clases de Ivonne, a donde acudí dos veces por semana a lo largo del mes en que estuvimos en Montevideo, el grupo estaba compuesto casi exclusivamente por mujeres. Lo que sin duda representó una experiencia especial para mí, un hombre-viajero-psicólogo-aspirante a escritor y fotógrafo.

¿Qué podemos decir nosotros los hombres de las mujeres? ¿De su mundo espiral que se presenta como un continente extraño y complejo frente al nuestro, masculino, en donde prevalece una cadencia lineal, una inquietud incesante por conseguir algo, y una lógica de certezas causales?

Pues quizá nada que no producto de una encendida ficción…



Es desde ese sitio de ignorancia que me atrevo a aventurar una fantasía de imágenes y palabras que me surgieron desde el lugarcito que me abrieron en medio de ellas para compartir sus búsquedas; para estar, como entre sueños, en medio de sus exploraciones cadenciosas; para fantasear sobre lo femenino y sus filos ordenados, mágicos, intuitivos, diversos, cálidos, íntimos…

Es desde este sitio de ignorancia que me hago preguntas sobre la jornada que estas mujeres han caminado para llegar a este día, en el que se mueven a mi lado, un extraño, un extranjero: las ternuras de sus padres y madres; las exigencias de sus padres y madres; la competencia con los hombres; el enamoramiento hacia sus hombres; el desencuentro con sus hombres; el abuso de los hombres; sus luchas por un espacio de igualdad; sus luchas por ser miradas, consideradas; su agotamiento de parir hijos; sus afanes por hacer crecer hijos; sus soledades al verlos marcharse; sus confidencias a otras mujeres; sus dolores; sus temores; sus silencios; sus valentías; sus emociones….

Es desde ese sitio de ignorancia desde donde me permitieron jugar con ellas y fotografiarlas; y desde donde inevitablemente he caído en cuenta del límite que tuvo todo mi afán para retratarlas, pues las imágenes son en todo caso limitadas para mostrarlas en todo su esplendor y toda su belleza…









III.


Y desde ese sitio de juego, en este viaje, me encuentro también con las mujeres luminosas que me han acompañado a lo largo de mi vida. Y me entran las ganas de nombrarlas, de recordarlas, de agradecerles…

Mi abuela paterna La Gorda que vivió con una intensidad que rayaba en la exageración. Que tuvo cinco hijos con el abuelo, y otros tantos que adoptó temporalmente como parte de su práctica como juez de lo familiar en el estado de Hidalgo. La Gorda, que se torció el tobillo derecho por patear a mi papá cuando lo sorprendió atacando a mano limpia el perol donde cocinaba un guiso de pollo. La Gorda, que pasó varios años acompañada por su diabetes –de la que se tomaba licencias temporales con intensas dosis subrepticias de chocolate—que terminó cazándola hasta la tumba.

Mi abuela La Yeya que tenía una convicción invencible por tener una buena vida: que llevó a cuestas las muertes de dos maridos y su único hijo hombre y crió a cinco hijas mujeres ahorrando rigurosamente el diez por ciento de su sueldo de secretaria. La Yeya a quien le gustaban los trajes vistosos de las cabareteras de los cincuentas; que me enseñó a bailar al son de “son tus perjumenes mujer, los que te sulibellan”; y que me hacía rabiar cuando se guardaba la mitad del bacalao navideño, o metía la mano a mi plato de cabrito al horno, para probarlo…

Mi mamá, que nunca pudo ser parte del coro del Colegio La Florida, pues una monja le dijo que ella tenía muchas virtudes, entre las cuales no estaba el canto. Mi mamá, que fue a la universidad a estudiar letras, desafiando a su madre a quien la vida había enseñado el valor práctico de la carrera de secretaria. Mi mamá que eligió para su luna de miel con mi padre la Sierra del Nayar, haciendo misiones con los indígenas. Mi mamá, que soñó con sus hijos desde que ella era niña y nombró Carla a su muñeca preferida varios años antes de que mi hermana llegara al mundo. Mi mamá que ha elegido la vida de una mujer moderna, con el desafío de ser extraordinaria en todas sus canchas: como mamá, como esposa y como profesionista.

Mi hermana Carla que siempre ha sido para mí una ternura y una alegría. Carla, con la que jugaba de pequeño a que éramos amigos, mientras fumábamos cheetos de sabritas en la cajuela posterior de la camioneta familiar. Carla, que de pequeña podía trepar a todos los árboles que yo no podía. Carla, que un día se me extravió en San Juan de los Lagos, en medio de dos millones de jóvenes que querían ver a Juan Pablo II. Carla que eligió ser mamá de Ana Carla y Paulo. Carla que ahora se atreve a seguir su sueño de ayudar a otros a encontrar sentido de vida, como terapeuta.

Mis novias de juventud –Anaí y Galia entre ellas— que me acompañaron en la aventura iniciática del descubrimiento del amor. Mis novias de juventud, mujeres interesantes, vitales, apasionadas. Mis novias de juventud, sobre las que mi primer psicoanalista (hombre), Rocha, creía que compartían con Frida Kalho todas las virtudes recién enunciadas. Queriendo hacerme ver mis propios laberintos de complejidad, una sesión me dijo que yo las elegía tan complicadas que él no las querría tener ni de pacientes…

Raquel , mi segunda psicoanalista, y Ema, mi psicoanalista express uruguaya, que con su escucha interesada me han acompañado en el descubrimiento del que soy y del que aspiro a ser. Que me han enseñado a escuchar la voz sabia que habla en mi interior.

Jennifer, mi compañera de viaje. Jennifer, mi amiga y confidente desde hace catorce años; mi pareja y mi amante desde hace poco más de tres. Jennifer, con su cuerpo hermoso y largo, como una península. Jennifer, Valentina Caza-dragones. Jennifer, pequeña hada que vive en un bosque de árboles y animales mágicos, que hablan con los humanos. Jennifer que de pequeña quería tener un delfín en la tina de su baño, y quería ser gaviota, cuando fuera grande. Jennifer, que tiene una seria convicción de que la mujer adulta que es, tiene una deuda con la niña que fue, y que esa deuda se paga solamente haciéndole realidad los sueños. Jennifer, escritora, psicóloga y cuentacuentos que tiene un talento especial para ayudarles a otros a reconectarse con su cuerpo, a descubrir sus sueños y encontrar su ritmo en el mundo. Jennifer con la que hago una pareja que tiene ganas que alcanzan para ir hasta donde la imaginación nos dé. Jennifer, mi compañera de vida…


martes, 17 de marzo de 2009

Plaza Zabala desde lo alto


La vocación que hemos cultivado por el arte del encuentro nos condujo hasta Iris Parodi, la dueña del departamento de Plaza Zabala en el que pasamos más de un mes en la Ciudad Vieja de Montevideo, arando el terreno de la escritura, registrando sueños y reflexiones y diseñando la vida futura.

A Iris le tomé cariño desde el primer momento, pues algo en su presencia suave me hizo recordar a La Gorda Amira, mi abuela paterna.

La sincronía hizo que en su caso nuestra aparición también estuviera marcada por una impronta especial para ella. Pues, según nos cuenta, después de haber invertido varios meses y una buena cantidad de dinero y esfuerzo en restaurar el departamento, se encontraba en medio de una especie de crisis que le impedía soltar finalmente el espacio. Desgastada y abrumada por una zozobra medio incomprensible, despachó a media docena de candidatos perfectamente viables. Y no fue sino hasta que escuchó nuestra voz a través del teléfono, y hasta que aparecimos en el umbral del departamento con nuestra historia del viaje y nuestra cadencia de trotamundos, que mágicamente pudo entregar con cierta tranquilidad las llaves del departamento a un nuevo inquilino.

Vivir en el departamento que tanto trabajo le costó arreglar, nos permitió confirmar el diagnóstico aquel que algún día le hizo su psicóloga a propósito de su reputación de hallar espacios urbanos en ruinas y transformarlos en sucursales del paraíso: Iris es capaz de hacer emerger la belleza en medio del desastre.

Sin embargo, fue aquello que trascendió a su responsabilidad como casera lo que la llevó a convertirse para nosotros en un personaje con un aura especial: en más de una ocasión nos hizo llegar pequeños paquetes con detalles para facilitar nuestra estancia; una tarde nos invitó a invitó a charlar, a tomar refresco y bocadillos y a sacar fotografías de la plaza desde la altura del séptimo piso de su departamento.



Acaso la forma preocupada y atenta que mostró para asegurar que nuestra estancia estuviera libre de preocupaciones, es la misma que la llevó a hacer una carrera en la industria del turismo, trabajando primero para Air France, y más tarde para Hoteles Meridien. Una carrera cuya dinámica ascendente fue lamentablemente interrumpida cuando su madre cayó fatalmente enferma y ella tuvo que dejar todo para atenderla.

La mamá vivió una terrible agonía de cuatro años, una micropirotecnia de infartos cerebrales que progresivamente le fue robando la lucidez y la autonomía.

Como si no fuera poca cosa, aquellos años trajeron consigo el disgusto de tener que lidiar con una caterva de sinvergüenzas. Como en película de terror, los ayudantes y profesionales de la salud que Iris contrató para auxiliar a su madre aprovechaban los días en que ella se ausentaba para incurrir en todo tipo de abusos y negligencias. En alguna ocasión, por ejemplo, Iris tuvo que llevar de urgencia a una enfermera que se empachó al comerse un pollo entero a las prisas, en una sentada. En otra ocasión descubrió que la familia entera de una enfermera había pasado el fin de semana en el departamento de su madre, para lo cual doparon a la enferma con una considerable sobredosis de medicina. Y lo que tuvo que soportar como la más común de las situaciones: el vaciamiento a lo roedor de orfanatorio de alacena y refrigerador, so pretexto de que la viejita enferma había tenido un ataque súbito de hambre…

Pero a pesar de aquellos años en los que se diluyó su carrera y cruzó la triste estación de la muerte de su madre, Iris conserva el talante alegre de quien vive con gratitud frente a lo que la vida le ha puesto delante. Quizá también, en buena medida, porque ha sabido mantener una perspectiva de aventura en aquello que le ocurre. Al menos esa impresión nos dio, particularmente en dos de las anécdotas que nos contó.

Iris nos cuenta que la añeja disputa que Argentina y Chile mantenían por la soberanía del Golfo de Beagle en Tierra del Fuego (dadas las implicaciones estratégicas de aquel punto en donde se conectan el Océano Pacífico y el Océano Atlántico), escaló y en 1978 estuvo a punto de convertirse en un conflicto armado entre los ejércitos que comandaban los dictadores en turno, Videla y Pinochet.

Iris, que trabajaba en aquella época para Air France como parte del equipo que operaba uno de los vuelos trasatlánticos París – Buenos Aires – Santiago nos cuenta que ella nunca pudo dejar de sentir perplejidad al atestiguar un dato inverosímil:

En la proximidad de un conflicto ambas naciones decidieron renovar su flota de helicópteros de guerra y ambas escuadras compraron aeronaves al mismo contratista europeo.

El representante de la firma armamentista viajaba por Air France: hacía el tramo hasta Buenos Aires donde bajaba del avión, paraba una semana y asesoraba a los pilotos argentinos en sus tácticas de guerra para matar chilenos; y luego, hacía la segunda parte de la ruta del vuelo hasta Santiago, donde pasaba otra semana asesorando a los pilotos chilenos para matar a los pilotos argentinos que habían sido sus pupilos la semana anterior.

Al subir al avión de regreso a Europa, aquel hombre se bebía un par de copas de burbon nadamás ponía un pie en la nave, y después, sin asomo de remordimiento, dormía de un tirón las doce horas que duraba el vuelo de regreso a París…

La anécdota trae consigo sus preguntas y sus implicaciones ineludibles ¿Quién hace las guerras?¿A quién le interesa que haya guerras? ¿La guerra la hacen los pueblos? ¿O la guerra la propicia una industria?

La segunda anécdota no es menos curiosa.

Iris se encontraba en la víspera de su viaje a Niza para la convención global de Hoteles Meridien, cuando Galtieri hacía crecer la animadversión contra Inglaterra. Rodeando la Casa Rosada había una multitud embravecida de argentinos que se manifestaban en contra de la presencia inglesa en las Malvinas, como si se tratara de una barra en estadio de futbol.

Ya en Niza, unos días más tarde, a Iris le tocó atestiguar en la televisión la intervención que Margaret Tatcher hacía desde la cámara de los comunes y declaraba abiertamente la guerra a la Argentina, como respuesta a los movimientos militares que el ejército sudamericano había iniciado a finales de marzo en el archipiélago de las Malvinas.

Frente a la televisión, a Iris se le agudizó la vena diplomática que siempre ha tenido y llamó a su marido, el embajador de Uruguay en Buenos Aires, para contarle lo que recién había visto en la televisión. En una época en que las comunicaciones distaban mucho de la velocidad con la que hoy estamos todos conectados a través del celular e internet, esa llamada bien pudo haber sido una de las primeras que llegó a Argentina con la noticia...

Y luego, casi de inmediato, bajó al Lobby del hotel, buscó al representante de Inglaterra que participaba también en la reunión y no tardó en hacerse su mejor amiga. Pasaron todo el congreso picando juntos las bandejas de bocadillos, entrelazados de brazos como colegiales, y conformando una comisión de buena voluntad frente a los ojos de todos los representantes del Meridien. Aquella amistad no dejaba de ser curiosa, pues ella era una uruguaya representando a Argentina, y él, un escocés representando a Inglaterra.

A la postre, aquellos argentinos que coreaban fuera de la Casa Rosada terminarían por descubrir que el Dios a quien creían de su lado en el conflicto, guiaba en realidad la mano de la dama de hierro que lidereaba a los británicos. Para todos fue triste ver a los pobres soldaditos argentinos tirados en las heladas planicies de Tierra del Fuego, abatidos por los gurkas ingleses, tiritando de frío, desangrándose.

Galtieri tendría ocasiones sobradas para reflexionar sobre el error de cálculo que hizo nacer el proyecto de Las Malvinas, capricho nacionalista y militar en el murieron cerca de 900 personas, y que en últimas, representaría la tumba política de su gobierno...

Pasarían cinco años para que los argentinos pudieran curar el narcisismo que los ingleses les mancillaron entonces: Fue en los octavos de final del mundial de México 86, cuando sobre la cancha del Estadio Azteca, se reeditó la guerra de las malvinas. Maradona, que lideraba a los gauchos, se despachó con dos goles. Es por todos sabido que en el primero, fue Dios quien, vestido de albiceleste, guió la mano del 10 argentino para burlar al árbitro y al arquero inglés e incrustar la pelota en el fondo de las redes. En el segundo gol, a punta de movimientos de cadera y a ritmo de tango, esquivó a la totalidad del equipo inglés y los dejó sembrados en el campo, como soldados abatidos, temblando de verguenza y desangrándose.

Sea como fuere, la tarde que pasamos con Iris en su departamento nos revela más de una de las fascetas interesantes de su vida y nos permite anclar un vínculo lleno de afecto.

Tanto, que al día siguiente, cuando le envío un pequeño correo electrónico agradeciéndole sus atenciones y haciéndole llegar las fotografías que tomé, me regresó una respuesta llena de ternura. Su texto consignaba una de las frases más gentiles que acaso alguien pueda prodigarle a otra persona:

Nos dijo que si ella hubiera tenido hijos algún día, le hubiera gustado que fueran como nosotros…


jueves, 19 de febrero de 2009

Un niño desconocido en la puerta de la casa…

I.

Desde hace unos meses Jennifer y yo venimos topándonos con el tema de la adopción de forma recurrente. No una adopción tradicional, digamos, como cuando uno no puede procrear y entonces opta por la paternidad de un bebé ajeno, y a lo mejor incluso espera unos meses mientras el niño nace. No la adopción planeada, pues.

Más bien, aquellos otros extraños casos en que la vida lo pone a uno contra las cuerdas y le presenta una disyuntiva ineludible: un niño abandonado aparece a las puertas de la casa, por ejemplo; los únicos tres sobrevivientes de un naufragio en una isla son la pareja y un niño…

Dos referentes literarios y cinematográficos alimentaban la dialéctica medio truculenta de nuestros diálogos de sobremesa:

El libro de The Kite Runner, en donde a un inmigrante afgano radicado en Estados Unidos, se le abre la disyuntiva de adoptar al hijo de once años de su mejor amigo de la infancia que recientemente ha sido asesinado por el régimen Talibán en el lejano Kabul. La historia tiene giros de dramatismo, pues la trama se construye justamente sobre la narración de cómo en la infancia el protagonista traicionó a su amigo. También, porque conforme la novela se desenrolla, al protagonista le es revelado un secreto punzante: su amigo aquel de la infancia es en realidad su medio hermano y el niño, por ende, su sobrino.

La película de Australia, que Jennifer y yo vimos recientemente en el cine, en los días de demora y trámites en Cochabamba, Bolivia. Aquella en que en medio de la invasión japonesa a la isla en tiempos de la segunda guerra mundial, los dos magníficos protagonistas hollywoodenses terminan adoptando, al final del drama, a un niño de once años por el que corre sangre mezclada: Noah. Un niño que nació en la dialéctica compleja del abuso del capataz europeo del rancho sobre una de las mozas indígenas. Un niño sensible, inteligente, mágico, que encuentra, al final del drama, un hogar.

A propósito del tema Jennifer y yo no dejábamos de preguntarnos: ¿Bajo qué circunstancias extraordinarias nos atreveríamos a semejante acto? ¿Qué tipo de generosidad requiere? ¿Qué clase de enganches en la trama personal es necesario haber resuelto para optar por la adopción desde una posición verdaderamente generosa y no desde una neurótica? ¿Cómo manejar los abismos del afecto que están instalados en la historia del niño adoptado? ¿En caso de que fuera un niño ya desarrollado, cómo manejar todo aquello que está sepultado en su historia y que pertenece a una época anterior de que se le conociera?

II.

Fue llegando a Paraguay cuando nos volvimos a topar con el tema. Pero esta vez el caso no se trataba de una novela o una película. Conocimos a Rubén, a Airym, que nos contaron la historia de cómo llegó Miguel a ellos.

Hace cuatro años, cuando Rubén rondaba los veintisiete, decidió convertirse en empresario cuando olfateó una oportunidad de negocios en Tacuatí, el pueblo de su infancia. Entonces, hasta aquel pueblo alejado de la mano de Dios no llegaba casi nada, y cuando la gente quería algo tenía que ir hasta la capital. Así, se le ocurrió poner un pequeño negocito de electrodomésticos que le facilitara a la gente comprar cosas para su casa.

El negocio fue viento en popa desde el principio. Desde ese momento, desde que abrió, Rubén tiene una rutina fija de viajes entre la capital y el pueblo de su infancia: visita Tacuatí todas las semanas, dos veces por semana.

Todos los viajes de trabajo son prácticamente iguales, y así parecía que sería también aquel, hace cerca de tres años, cuando su vida cambió para siempre.

Se paró a las cuatro de la mañana. Revisó que la mercancía que llevaba en la canasta de su camionetita Hyundai estuviera bien amarrada. Tomó camino. Hizo la parada de rigor para desayunar una chipa y cocido negro. Salió de la carretera principal y se internó en el camino de terracería roja. Sintió la rutinaria nostalgia al avistar los interminables campos de soja ahí donde algún día hubo bosque. Llegó a la tienda ya con el sol bien levantado en el horizonte. Ayudó a descargar la mercancía. Se sentó con la empleada a revisar el inventario y la contabilidad. Salió en el recorrido a tomar algunos pedidos y a visitar clientes para hacer la cobranza. Saludó en guaraní a cuanta persona le salió al paso. Comió en casa de Tío Félix. Hizo una siesta rápida en la hamaca, a la sombra del galpón. Pasó frente a la esquina donde algún día estuvo su casa de niño. Saludó otra vez en guaraní a cuanta persona le salió al paso. Se dio una vuelta por el negocio de un primo, para saludarlo. Regresó a la tienda para ver si algo más se ofrecía.

Y estaba a punto de irse de vuelta para Asunción, cuando la empleada de la tienda se acordó que le tenía un recado: “Por cierto, hablaron las hermanas italianas para pedir que por favor pases por la casa de retiro, porque tienen una encomienda que hacerte…”.

Rubén se encaminó. Estacionó la camioneta frente a la puerta. Bajó. Tocó. Le abrió una monja anciana. Se saludaron. Hicieron plática un ratito. La monja le contó que después de varios años de misión, sus días en Paraguay habían terminado. Que ella y la hermana Francesca regresaban justo al día siguiente de vuelta a Roma en el vuelo de temprano. Que estaban entre nostálgicas por lo que se quedaba atrás y emocionadas por volver. Pero que ya era tiempo. Que ya habían puesto en orden casi todos sus asuntos. Que solo había un pendiente: El niño Miguel.

La monja siguió. Que ya todo estaba arreglado. Que habían conseguido que Miguel se quedara en un orfanato en Asunción. Qué que bien, le contestó Rubén, que no terminaba de entender muy bien a donde iba la cosa. Y entonces la monja le dijo que sabía que a lo mejor era pedir demasiado, pero que aprovechando que él iba de vuelta para Asunción, que si podía llevarlo. Rubén le dijo que no había problema. Que muchas gracias, le dijo la monja, que Dios se lo iba a pagar. Se despidió, y le dijo que ya, en un minutito salía el niño. Y se metió a la casa.

A los tres minutos salió un niño de nueve años. Traía, por todo traer, una mochilita con un par de mudas de ropa y nada más. Rubén le dijo que podía ponerla en la parte de atrás de la camioneta. Se despidieron. Se subieron al coche. Emprendieron el viaje.

Miguel tenía el gesto duro. No habló en todo el viaje salvo para preguntarle a Rubén si a donde iban era muy lejos. Recorrieron la terracería roja. Recorrieron el empedrado. Entraron al asfalto de la carretera. Miguel no dejaba de mirarlo por la ventana. En ese momento no dijo nada, pero después Rubén se enteraría de que Miguel nunca había visto el asfalto en su vida. Era la primera vez que salía de Tacuatí.

Llegaron a Asunción justo cuando estaba cayendo la tarde. Miguel se bajó de la camioneta. Rubén tomó la mochila de Miguel y se la colgó al hombro. Tocó la puerta.

Abrió una mujer. Lo primero que notó Rubén fue su pelo descompuesto y sus ojeras. De algún remoto sitio donde se anidan todos los estereotipos de su mente le llegó la imagen de la mujer alcohólica y desgarbada que cuidaba el hogar de Anita la Huerfanita.

- ¿Aquí es el Orfanatorio Sagrada Asunción? – preguntó Rubén.

- Sí, aquí es – contestó la mujer.

Detrás de la mujer, a su lado, aparecieron varios niños. A Rubén le dio la sensación de que eran más de veinte. Tuvo la impresión de que había una especie de penumbra en la casa que no permitía ver más que sus ojos mirando fijamente a Miguel.

- Vengo a dejar a Miguel. Venimos de Tacuatí, de donde las hermanas italianas.

- Ah, sí. Claro. Muy bien.

Rubén volteó a ver a Miguel. Miguel miraba para otro lado.

- Pues ya está. ¿Qué más? – dijo Rubén.

- Sólo faltan los documentos – dijo la mujer.

Rubén asintió en automático. Le tomó dos segundos reaccionar.

- ¿Cuáles documentos, perdón?

- Los documentos del niño. Su acta de nacimiento. Sus papeles…

- Ah, pues… a mi no me dieron nada.

- ¿Cómo va a ser? – dijo la mujer.

Y entonces, de la nada, de forma totalmente inverosímil, la mujer tronó. Se descompuso totalmente.

- ¡Siempre hacen lo mismo! ¡Me lleva el carajo! ¡¿Cómo pretenden que yo reciba a un niño sin papeles?! ¡¿Creen que soy su burla?!

Rubén trató de explicar en vano. La mujer seguía gritando, increpando al juez y a las hermanas italianas. Manoteando. Con los ojos queriendo salirse de sus órbitas. A Rubén le dio la impresión de que la piel del cuello se le puso roja, como si le saliera una especie de salpullido.

- ¡Al diablo! ¡¿Quieren que sea yo la que termine con una multa administrativa?! ¡¿Creen que soy yo la que va a tener que dar cuentas a la inspectora distrital?! ¡¿Creen que es fácil estar en este lugar del diablo?!

La voz seguía creciendo en intensidad. A Rubén le dio la impresión de que los niños atrás de la mujer se fueron retirando poco a poco, asustados, aterrorizados.

- ¡Que le hagan como quieran pero yo no voy a recibir un niño sin papeles!

Rubén la miró. Se dio cuenta de la rabia que ahora le rondaba a él en el pecho. Pesó un silencio. Hizo un esfuerzo para seguir siendo amable. Forzó una sonrisa.

- No se preocupe. Seguramente hay una confusión aquí. Seguramente los papeles se quedaron en Tacuatí. Mañana voy por ellos y se los traemos. Y se aclara todo. Volvemos mañana…

Y mientras decía eso dio un pequeño paso al frente y hacia la derecha, de tal forma que Miguel, que todo el tiempo había estado a su lado, quedara un poco atrás, resguardado, como hacen instintivamente los grandes del clan para proteger a los pequeños de un peligro.

Se subieron a la camioneta. Una especie de escalofrío le recorrió a Rubén la espalda. En el escalofrío venían juntos el temblor de la rabia y una primera intuición de lo que el destino le deparaba. Tardó un par de minutos en encender la camioneta. Miguel seguía callado. Mirando hacia otro lado. Avanzaron. Rubén se dirigió de vuelta a su casa.

III.

Ahí, en el pequeño departamento en el séptimo piso en un edificio en el centro de Asunción, Airym preparaba cena para dos.

Airym –que se llama igual que el barco árabe Princesa Airym que su padre, marinero, vio atracado en un puerto colombiano la noche en que su mujer le dio la noticia de su embarazo— no tenía idea aún de lo que se le venía encima. Pero si alguien había tenido una vida de entrenamiento para un giro dramático de esas proporciones, esa era ella.

En su vida de novela todo había ocurrido con una inusual precocidad, en buena medida porque su madre –experta en estimulación temprana— llevó los principios de su práctica profesional a la crianza: Ayrim aprendió a leer a los cuatro años; leyó Frankenstein, su primera novela adulta, a los nueve; fue elegida por el periódico El Tiempo como uno de los niños más prometedores de Colombia a los once; se autoexilió de Colombia a los quince para estudiar su carrera de socióloga en Paraguay; se hizo militante de un partido a los dieciséis, misma edad en la que se inscribió en un grupo de feministas; a fuerza de escuchar una y mil veces los discos de su madre, a los diecisiete, su corazón respondía a los ritmos románticos de alguien nacido en los sesentas…

Y acaso fue justamente porque en su vida nada responde a los parámetros de la convención, que se repuso con naturalidad y rapidez del shock que le causó ver aparecer a Rubén en el umbral de la casa con un niño desconocido tras de sí.

Sonrió. Los invitó a pasar. Tomó la mochila de Miguel y la puso en un rinconcito en la sala. Se tragó las preguntas. Preparó un lugar más en la mesa y se sentó junto con ellos. Para que la cena que había estado preparando alcanzara, partió la porción de sándwich que le correspondía en dos partes y lo puso en el plato de Miguel.

Miguel probó el sándwich. El sándwich era un invento medio gourmet de atún con cebolla y especias. No le gustó. Lo dejó intacto. Airym trató de hacer conversación con Miguel. Miguel respondía de vez en cuando con monosílabos. Airym desistió. Terminaron de cenar en silencio.

Rubén marcó a la casa de las monjas en Tacuatí para contarles lo que había pasado. Nadie contestó el teléfono.

Mientras Airym improvisaba una cama en la sala con colchonetas, Miguel salió al balcón del departamento. Se puso en cuclillas. La mirada lejos, en otro sitio.

Estuvo así varias horas antes de irse a dormir.

Apagaron la luz.

IV.

Los días siguientes fueron complicados, pues las monjas estaban ya camino de vuelta a Italia y no fue posible contactarlas.

Rubén fue de vuelta a Tacuatí, a hablar con el sacerdote que recién había llegado al pueblo desde Italia para reemplazar a las monjas, pues seguramente a él le habrían dado instrucciones, o podría facilitar los documentos. Y fue así como se topó con una historia inverosímil: Miguel era un niño sin papeles. Un niño de nadie.

De persona en persona, buscando quien pudiera darle razón, fue reconstruyendo lo que en el pueblo se sabía acerca de Miguel y se encontró con una versión paraguaya de una novela de Charles Dickens mezclada con guión de Mujer, casos de la vida real, de Silvia Pinal: Abandonado por su padre al nacer, Miguel vivió con su mamá y sus hermanas hasta los cuatro años. Una tarde su mamá lo encargó en casa de su vecina mientras iba de compras y no regresó más. Ahí vivió algunos años, hasta que se descubrió que el señor de la casa abusaba de su hermana y a él lo maltrataba. Empezó entonces un peregrinar de casa en casa, de institución en institución, hasta que llegó con las hermanas italianas.

Rubén habló con la juez de lo familiar en San Pedro. La juez le dijo que lo de los papeles era muy complicado, pero que podría dar una orden provisional para que Miguel entrara en el orfanatorio en Asunción. Con esa perspectiva y muerto de cansancio, Rubén regresó a la casa.

A su regreso Rubén y Airym empezaron a discutir la posibilidad de quedarse con el niño. Se amanecieron varias noches dándole vueltas al asunto, llenos de dudas, pues aunque Rubén le recordaba a cada rato la seriedad militante con la que ella solía defender frente a sus amigas de secundaria la idea de que de grande ella adoptaría un niño, a fin de cuentas, en ese momento, ella apenas tenía diecinueve años. Y ambos tenían una vida por delante, y millones de sueños…

Así se cumplió una semana de Miguel en su departamento. El niño pasó la mayor parte del tiempo sentado en un rincón, sin levantar la cara. Casi no hablaba, y cuando hablaba lo hacía en guaraní. Dormía poco, pues no estaba acostumbrado al sonido de la ciudad y de los buses. En la mañana, cuando Airym o Rubén salían de su cuarto para saludarlo, se encontraban que Miguel ya estaba levantado, de pie. Era como si en los sitios en los que él creció hubiera sido tratado como el burrito de carga; como si lo hubieran amaestrado para despertarse y alistarse para recibir las órdenes del señor de la casa.

A Rubén y Airym se les encogía el corazón.

Siguieron discutiendo hasta que llegaron a la conclusión de que sería inhumano mandarlo al orfanatorio; ellos tenían fuerza, y convicción y vida suficiente. Que sin duda el mejor escenario para la vida de ese niño sería quedarse con ellos.

Que él se podía quedar con ellos, si él quería. Que ellos le ayudarían; que le darían casa y comida y apoyo; un sitio desde donde crecer, para un día, poder ver el mundo con una mirada totalmente distinta a la que su destino de huérfano le tenía deparada…

Y una noche de hace poco más de tres años… Miguel eligió quedarse con ellos.

viernes, 16 de enero de 2009

Con el colectivo de títeres El Waky en Cochabamba

Cochabamba

Habíamos dejado atrás La Paz con su frío y sus aires esotéricos para llegar a Cochabamba, una ciudad clara y calurosa.



No lo conocíamos más que a través de uno de esos vericuetos cibernéticos que nos plantean las redes del viaje. Estábamos cansados aquel sábado por la tarde cuando le llamamos para avisar que ya estábamos en la ciudad y para coordinar la función de cuentos que haríamos al día siguiente en el Teatro de los Títeres del Parque de la Vialidad, espacio que él coordina.

Insistió en que pasaría por nosotros al hostal. Nos extrañó que dijera que nos llevaría a su casa, con su familia…

Llegó por nosotros. Venía manejando un Jeep 4x4. En pantalones vaqueros y sombrero.

Al principio no hablamos mucho. Estábamos acostumbrándonos a él y él a nosotros. Entonces llegamos a su guarida. En aquel sitio él trabaja con su familia –preparan funciones de títeres, los construyen, practican, hacen música y percusión—y también desde donde él edita el programa de radio que se transmite en alguna de las emisoras de Cochabamba.

Sentado sobre su sillón preparó tranquilamente un poco de mate argentino con azúcar y agua caliente, y sorbió de la bombilla antes de empezar a hablar.

Sólo entonces nos empezamos a enterar quien era él…

Grober y el camino hasta La Compañía de Títeres El Waky



Sus antepasados –bisabuelos y sus abuelos— vivieron en las entrañas del Potosí, sacándole el mineral. Su padre también era minero, y ese hubiera sido su destino si no fuera porque para cuando había cumplido seis años, la región había visto ya un par de masacres. Su padre no esperó el tercer aviso y decidió irse a la capital, al Alto, a donde el gobierno había pensado orientar el desarrollo de La Paz.

Por aquella época El Alto no se parecía en absoluto al monstruo hacinado de un millón de personas que hoy es. Había apenas 15,000 personas; nadie quería vivir ahí; los niños jugaban en las casas abandonadas como si fueran fuertes en ruinas.

El papá estaba preocupado por la educación de Grober, así que le buscó una escuela privada cerca de la casa, y después otra, que era más barata. En esa escuela sólo había aimaras que hablaban con dificultad el español. Grober nos cuenta que a pesar de que él era moreno, de antepasados indígenas, y de que apenas dos generaciones atrás sus abuelos hablaban Quechua, él y sus hermanos discriminaban a los niños de la nueva escuela por indios.

Creció. Pasó el tiempo.

Llegó la época de la Universidad que le depararía la primera experiencia que lo transformó para siempre. Ahí conoció a un chico de apellido Cajías. Según Grober nos cuenta, la leyenda dice que aquel compañero suyo fue hijo de un periodista connotado, que pudo estudiar en Europa y posteriormente desarrollar una tremenda labor periodística gracias a que canjeó la única herencia que recibió de sus padres cuando lo dejaron huérfano en su juventud: una de las primeras ediciones de la Biblia.

Aquel otro Cajías, el hijo, era rápido, era inteligente, era apasionado, era interesante, era culto, era simpático. Como el conocimiento le ingresaba por ósmosis, terminaba siempre rápido los quehaceres y le sobraba siempre el tiempo para hacer cosas interesantes. Era una de esas personas tan llenas de luz, tan llenas de vida, que ejercen sobre quien está cerca un magnetismo irrefrenable; que cuando uno se cruza con ellos se siente más despierto, más comprometido, mejor persona.

Grober de inmediato empezó a gravitar alrededor de él y a involucrarse en cuanto proyecto loco su amigo proponía.

Así fue como Grober se involucró en una serie de movimientos sociales que vistos hoy en retrospectiva colindaban con la guerrilla. Viajó por varios rincones de Suramérica buscando cómo contribuir a la revolución que cruzaba el continente en los sesentas y los setentas. En esa época el lenguaje no era ajeno a las balas y las bayonetas; no había otra alternativa en una tierra atenazada por las dictaduras, hijas del imperialismo yanqui…

Sin embargo, el momento de quiebre vino cuando Cajías propuso dejar de lado las armas y trabajar sólo a través de la cultura. Ir con el pueblo y participar de su educación; enseñarles a leer y a escribir.

Y debían empezar por el corazón mismo de Bolivia: en El Alto de La Paz. Grober se integró a la brigada de alfabetización de su barrio –aquel sitio populoso, sucio y pobre del que deseaba salir y abandonar para siempre con todas sus fuerzas— con un instinto de rebeldía en las entrañas.

Pero fue justamente esa chispa contradictoria la que le hizo cambiar la forma en la que veía las cosas. Fue a través de esa experiencia que comprendió que no hay transformación que sea imposible; que todos tenemos el potencial de cambiar y crecer; que la trinchera es el barrio de uno; que el enemigo es la ignorancia.

Leer y escribir dieron paso pronto al teatro, pues ahí, sobre las tablas, detrás de la máscara de otro, encarnando la voz de otro, uno va poco a poco descubriendo su propia voz, asumiendo la potencia que la impregna…

Entonces llegó la vida adulta y sus estaciones: el trabajo, el matrimonio con Cármen, los hijos –Alexia y Bayardo. La vida adulta, que lentamente adormece la conciencia y entierra los vuelos del alma universitaria en su gris monotonía de obligaciones; la vida adulta que trueca los sueños de infancia y los ideales de juventud en la complaciente búsqueda de la seguridad.

Así fue para él el tiempo en que trabajó en una organización dedicada al microfinanciamiento de familias de escasos recursos en Bolivia: largas jornadas de la misma rutina de joderse para merecer el siguiente puesto en el escalafón.

Entonces ocurrió algo que lo despertó. Vino la crisis del 98 en Bolivia y la cobranza se vino al piso, cuando la gente empezó a no poder pagar los intereses y el capital que habían pedido prestados. A Grober se le ocurrió salir de la oficina y acompañar a un cobrador a la calle. Sintió una punzada en el corazón cuando vio como a aquellas familias pobres les embargaban las pocas cosas que tenían; cuando presenció el llanto de desesperación de los niños mientras se agarraban frenéticamente a los colchones de paja donde dormían, para que no se los llevara el cobrador…

Pidió su liquidación. Con lo que les dieron, vivieron poco más de de años. Viajaron, comieron, hicieron un par de intentos de negocios que no prendieron… En aquella época flotaban sin una clara idea de qué seguía en su vida.

Y flotando sin rumbo llegó a ellos W., un sobrino, a través de quien tendrían una experiencia que les transformaría y de alguna forma les ayudaría a descubrir el siguiente paso: W. era adicto a la cocaína.

Grober y Cármen decidieron recibirlo en su casa, pues en su familia de origen la situación era ya insostenible.

Y en esa decisión –acompañando a su sobrino en su camino de exploración por las honduras de su vida para descubrir la raíz de su adicción; en medio de la ardua disciplina de redescubrimiento y aprendizaje de un tratamiento siempre amenazado por la voz de mil sirenas con que la droga habla; una terapia sujeta irremediablemente a la constante frustración, pues avanza inciertamente, con una cadencia de vaivén que regresa sobre los pasos de un camino que parecía ya superado—encontraron una respuesta sobre el tipo de familia que querían ser: una que creciera desde el núcleo de la solidaridad y la ayuda mutua; una en la que la presencia del padre no fuera sacrificada al rol de proveer cosas que terminarán arrumbadas en algún rincón de la casa; una en la que el tiempo de compartir fuera real; una en que fuera posible llamar a las cosas por su nombre y hablar de las emociones reales; una en la que la que vivir de forma creativa fuera parte de la ecuación.

Así, después de descartar varias ideas –entre las inclusive figuró poner un negocio de hamburguesas— decidieron formar una compañía de Títeres: El Waky. (www.titereselwaky.blogspot.com)


Carmen y la visita a una comunidad Guaraní


Es Carmen, al día siguiente, y en los tiempos libres entre las funciones que hacemos en el Parque de la vialidad, la que nos cuenta una experiencia que el colectivo familiar vivió recientemente durante la gira en la que fueron contratados para presentar una serie de obras temáticas, como parte del programa educativo que el Defensor del Pueblo (Derechos Humanos) ha lanzado por todo Bolivia:
En algún sitio del chaco boliviano hay una reserva indígena que se mantiene intencionalmente aislada del mundo occidental y se empeña en la autosuficiencia, cuyo nombre guaraní significa “La Última Morada”.
Esta comunidad de guaraníes nobles se instauró en 1936 después de la Guerra del Chaco. En ella habitan comunidades originalmente nómadas que conservan la altivez en la mirada que nace del orgullo intacto en su raza; en donde los niños juegan arriba de los árboles como si fueran monos; y, donde los ritos ayudan a transitar la vida: donde por ejemplo, las mujeres, al venir su primera menstruación, se encierran en comunidad, y en cuatro meses aprenden todo lo que hay que saber para llevar una casa – tener hijos, hacer cerámica, cocinar, confeccionar la ropa, utilizar plantas medicinales.

Un día, una trasnacional descubre petróleo debajo de su territorio e invade la reserva. Los indios no tienen más remedio que romper el cerco que los aisla del resto del mundo y parten hacia la ciudad para empezar una disputa en los juzgados.

Se encuentran con que en el mundo occidental, para poder hacer cualquier trámite, es necesario contar con un documento de identidad, pues de otra manera no hay forma de comprobar que uno es quien es, idea que a ellos les resulta totalmente absurda. Para más problema, el protocolo exige que en la fotografía del documento uno se muestre con la cabeza totalmente descubierta.

Para ellos ese requisito es problemático. Pues en su tradición los hombres Sinbas nunca se cortan el pelo, y a partir de que adquieren su mayoría de edad, lo cubren con una pañoleta y un sombrero, de tal forma que su pelo sólo podrá ser visto por Dios y por su mujer, en la intimidad.

Así, su proceso se atasca, pues no están dispuestos a violar un principio que para ellos es sagrado. Aguardan y buscan ayuda. El asunto llega al Defensor del Pueblo (una figura que tiene cierto paralelo con Derechos Humanos en México), que les ayuda a resolver el asunto e incluso promueve que se legisle para que ellos puedan aparecer en las fotografías oficiales con la pañoleta y el sombrero.

Es sólo como deferencia al Defensor del Pueblo que la comunidad accede a participar en la campaña educativa contra la Violencia Intrafamiliar que este organismo organiza al interior de las comunidades guaraníes, y para la cual ha contratado a El Waki, con su espectáculo de títeres.

Frente a la posibilidad de entrar en contacto con una comunidad casi utópica, Cármen y Grober se entusiasman. Platican en familia. Se alistan para el viaje. Se internan cada vez más hacia el chaco por rutas que no tienen caminos asfaltados.
Cuando llegan a la comunidad son acribillados con cuestionamientos, mientras esperan que se autorice su acceso: ¿Para qué estudian tanto ustedes? ¿De qué les sirven tantos títulos académicos? ¿A qué horas viven?
De la misma forma, activamente, les desafían con sus conceptos –les muestran por ejemplo el banco de la comunidad, que consiste en una bodega llena de choclo (maiz) y que se usa de forma gratuita para apoyar a cualquier familia que enfrente algún problema con la cosecha.
Los dejan finalmente pasar. Cármen y Alexia pasan el día con las mujeres; Grober y Bayardo con los hombres. Hablan y escuchan. Miran.

Por la noche, la comunidad entera se reúne e iluminados por los faros de los 4 x 4 en los que la compañía viaja, se ilumina el teatrino donde se representa la obra en la que se aborda el tema de violencia intrafamiliar.

Durante la representación hay un silencio persistente y la comunidad se mantiene sin reacciones. La representación es cuesta arriba. A Carmen, a Grober y a la familia les cuesta trabajo interpretar cómo ha sido recibida la obra. Cuando al final de la representación llega la hora de dialogar y capturar las reacciones –en el proceso que usualmente facilita Grober con la ayuda de un traductor (y en el que normalmente se verifica cómo la temática de la obra ha catalizado un intenso diálogo sobre el tema, y cómo el abuso es una realidad cotidiana en las familias que han mirado la obra)—, hay sólo caras serias a su alrededor.

El jefe toma la palabra y se dirige al pueblo. Pronuncia sólo una frase. “Esto que acabamos de ver es exactamente lo que le pasaría a nuestra comunidad, si nosotros también nos fuéramos a vivir a las ciudades…”
Silencio.

Grober y Carmen –llevando a hombros a la civilización occidental y sus falencias— sintieron un abismo de vergüenza.
Sonrieron tímidos y se hunideron en su asiento...