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martes, 26 de mayo de 2009

Nuestro Recorrido en Chile

Recorrido en Chile

Nuestras recomendaciones en Chile:

Puerto Natales

- Hostal Chorrillos
- Pizza en La Mesita Grande
- Charlas informativas sobre la W en el Erratic Rock Hostel
- Caminata de 4 días por la W en Torres del Paine

Chiloé

- Hostal El Mirador
- Paseo por Dalcahue

Santiago & Alrededores

- Visita a La Chascona y otras casas de Neruda
- Caminata por el Barrio Bellavista
- Cuentos en el Mesón Nerudiano
- Festival de Novela Negra de Santiago
- Visita a la Viña Casa de Campo

Isla Negra

- Restaurante La Cava de Pablo
- Cabañas Pinar del Río
- La Casa de Pablo Neruda

Valparaíso

- Caminata por Cerro Cordillera

El señor de la fotografía...


1.

El señor de la fotografía cumple con la primera condición de un cuentero, que es tener buena memoria.

Guarda recuerdos de una edad tan temprana que su madre piensa que se los inventó, o los reconstruyó de una imágen. Recuerda con precisión, por ejemplo, que había un camión de bomberos a estacionado frente a casa de su abuelo el día que sus padres lo dejaron ahí y salieron corriendo a exiliarse al sur de Chile, perseguidos por la dictadura. Tenía dos años apenas entonces.

Guarda el recuerdo del clarinete de su abuelo, que lo salvó de la nostalgia de no estar con sus padres. Guarda el recuerdo de las flores que iban y venían por casa de su abuela, en donde se alternaban las rosas y los juncos.

2.

El señor de la fotografía cumple con la segunda condición de un buen cuentero, que es ser un poco excéntrico.

Usa una vieja chaqueta de cuero que pudo haber pertenecido a algún miembro de la resistencia francesa en la Segunda Guerra Mundial ,y uno que otro día cubre su cabeza con una gorra que recuerda a Ernesto Guevara.

El señor de la fotografía espanta el pánico que lo ataca antes de iniciar una función haciendo movimientos que sugieren un pasado como practicante de capoeira y segunda voz en el coro del domingo en la parroquia de San Diego de Alcalá, en Conchalí.

Está habituado a los baños de realismo mágico, como cuando vivió al pie del zoológico de Santiago. Despertaba todos los días con los mugidos de la elefanta Fresia y rodeado por un tufo de bosta de león que metía por la ventana un vientecillo alicio que venía flotando desde la región intertropical de Sudamérica.

3.

El señor de la fotografía cumple con la tercera condición de un buen cuentero, que es estar un poco inadaptado.

Se queja cuando le sirven por tercer día consecutivo el mismo menú. Se queja por partida doble si el menú es bandeja paisa. Pone cara de pocos amigos cuando tiene ganas de dormir y alguien lo inportuna.

El señor de la fotografía es lo que se llama también un revolucionario, un idealista, un loco. Es de esos de los que se dice que tienen amor al arte. Es de esos que provocan síncopes a los padres que piensan que su hijo ha elegido por profesión una actividad de esas que auguran hambres a quienes la practican.

El señor de la fotografía cree tanto en contar cuentos que le enseña a otros a hacerlo. Los alumnos a los que formó hace ya años cuentan que antes de subir al escenario siguen escuchando la voz del señor de la fotografía. Esos alumnos no sospechar que al decir así, incurren en un paralelismo con algo que dijo un psicoanalista francés de nombre Lacán: "una buena interpretación es aquella que el paciente puede soñar de la boca de su analista."

El señor de la fotografía se rebela contra los que pretenden vestir el gremio de la narración oral de ortodoxia: los que piensan que sólo es cuenta cuentos quien lo hace vestido de negro, en pasado y tercera persona. Se rebela contra los que monopolizan la verdad en el gremio. Se rebela contra los que subsisten poniendo más énfasis en la relaciones con los productores que en la calidad sobre el escenario. Se rebela contra los que por arte de magia desaparecen cínicamente la plata que se ganaron otros con su oficio de palabras.

4.

El señor de la fotografía conoce infinidad pequeñas anécdotas interesantes que se apartan del lugar común, sobre cualquier objeto que uno le señale en el paisaje de su pueblo.

Sabe, por ejemplo, que los mapuches que nunca fueron conquistados por los españoles son testarudos y hablantines. Que se comían el corazón de sus enemigos más bravos creyendo que así se alimentaban de su valentía.

Sabe que en la época de la conquista, para atraer más fieles a sus servicios, los frailes de la orden de las mercedes colocaron en la catedral un enorme órgano de viento, gran atractivo de la época.

Sabe que viendo menguar los fieles de su rebaño que escapaban al corral de los vecinos de las mercedes, los frailes franciscanos de la época, tuvieron la brillante idea de malograrle a sus contrincantes espirituales el espacio. En un acto impío del que después se confesaron, inundaron aquella iglesia tan concurrida de ratones y mierda.

Sabe que Pablo Neruda era narcisista, oportunista e ingrato. Que era un socialista sui géneris que no veía contradicción entre su marxismo y su cosismo. Que sus casas están llenas de objetos de dudosa procedencia que viajaron medio de contrabando en su valija diplomática. Que en su época, Pablo Rokha, otro poeta chileno, le hizo la guerrilla literaria a Neruda cuando le parafraseó su poema (Amo el amor de los marineros que besan y se van) y le hizo ver que Neruda era más bien de los maricones que besan y se van.

Sabe que Salvador Allende era médico de profesión. Sabe que justamente su médico de cabecera fue el único que presenció su suicidio y guardó el secreto durante años, pues a nadie se le ocurrió preguntarle cómo había muerto el presidente. Sabe el soldado traidor que lo encontró muerto no se apartó de la curiosa manía militar de señalar que se había volado la tapa de los sesos con la AK47 que meses antes le había regalado Fidel Castro. Sabe que hay algo de justicia poética en el hecho de que Michelle Bachelet sea ahora la primera presidenta de izquierdas después de Allende, pues ella también es médico de profesión.

Sabe que en la época de la dictadura, los rebeldes se juntaban en un teatro del centro de la ciudad a ver comedia y sátira ligera. Que en los intermedios intercambiaban pequeños papelitos con consignas y panfletos contra Pinochet. Sabe que la resistencia se identificaba con el Pez Ictus, que era también el signo de los primeros cristianos perseguidos.

5.

Pero sobre todo, el señor de la fotografía es un cuentero.

De esos que consiguen convencerlo a uno de que la realidad es ficción y que la ficción es realidad. De esos que hacen que uno abra los ojos para escuchar mejor.

El señor de la fotografía es capaz de convencerlo que había un hombre común y corriente, como usted y como yo, que después de beberse unas cervezas en el bar de la esquina de la ciudad, salió volando una noche.

El señor de la fotografía es capaz de convocar a sus tripas toda la nostalgia que existe en el mundo y hacerlo enternecerse hasta las lágrimas por un caballo maltrecho y viejo. Cuando le cuenta que no pudo evitar adoptarlo y llevarlo a su departamento cuando el cuaco le lanzó una mirada de lástima en plena calle. Cuando le cuenta que por aquel maldito cuadrúpedo, se peleó con su mujer hasta el punto en que ella lo abandonó. Cuando le cuenta, mientras se bebe todo el whisky del bar que el caballo está dando sus últimos resoplidos de vida en la calle, a punto de morir, sin poder dar un paso más. Cuando le tiembla la barba evocando el desamparo de la última mirada moribunda de la bestia.

El señor de la fotografía, cuando cuenta cuentos, es capaz de hacerlo recordar a la novia aquella de juventud, esa que usted amó más que a ninguna otra, y que se desvaneció de su vida sin mayor explicación. Es capaz de hacerlo recordar esa sensación de ser un perro sin dueño. Es capaz de hacerlo recordar la rabia que sintió por todo lo que tuvo que borrar de su vida para sobrevivir. Es capaz de hacerle recordar lo que se siente asomarse a todos los rostros para ver si es que entre esa multitud, algún día, ella vuelve a aparecerse...

6.

El señor de la fotografía es un cuentero que vive en Chile.

Se llama José Luis Mellado.

Y desde hace unos meses, cuando la sincronía del viaje nos deparó un encuentro, lo llamo amigo.

lunes, 25 de mayo de 2009

En la estela de la dictadura: Impresiones y enigmas

1.

Nos cuentan los amigos mexicanos que están radicados en Santiago que en su experiencia, cuando se les pregunta a los chilenos en qué medida consideran que la dictadura los ha marcado, se aprestan a responder que la época de Pinochet no tiene mayor peso en la forma en que viven actualmente o en la manera en que se comportan; que es algo hace tiempo enterrado en el pasado y que está totalmente superada, pues.

Y es que no sería difícil entender que los chilenos tuvieran prisa para hacer lo que esté a su alcance por desaparecer el rastro de ese tiempo de pesadilla de su cotidianeidad, como si se tratara de un mal sueño que quieren olvidar.

Sin embargo, frente a la conjura silenciosa de esta pesadilla, mi deformación profesional me lleva a pensar que lo que no se habla, se actúa; lo que se reprime, aparece como síntoma.

Y hay una serie de datos en la fenomenología de la sociedad chilena que hacen pensar que, en sentido contrario a lo que se sostiene públicamente, los tatuajes de que la dictadura son visibles en la piel de este pueblo.

2.

Chile es el país latinoamericano que registra un más alto índice de enfermedad mental.

Esta afirmación la encontramos en una revista especializada de psicología que citaba datos de la OMS a propósito de que 50% de la población chilena ha sido diagnosticada con algún padecimiento de carácter psicológico.

Dato que –aunque debe ser matizado por los sesgos propios de la información que emana de la agencia internacional— no deja de ser impresionante.

Como es impresionante también caminar por las calles de Santiago y constatar que en esta ciudad (igual que en otras por las que pasamos en nuestro trayecto) hay literalmente una farmacia en cada cuadra.

Farmacias en donde el producto más demandado es el Altrulín, un antidepresivo cuyo ingrediente activo es el mismo que el del Prozac.

3.

Le pregunto a José Luis Mellado –el único lugareño con el que realmente convivimos y platicamos durante nuestra estancia en Chile— a qué se debe esto en su perspectiva. Contesta sin vacilación, como si lo que le he preguntado fuera un dato conocido entre los chilenos:

“Y claro –dice Mellado, que no duda en afirmar el carácter social de la enfermedad mental— los chilenos toman antidepresivos pues es la única forma de bancarse la asfixiante realidad de las deudas que cargan a cuestas. Sólo para que tengan una referencia, la deuda promedio del chileno es de siete mil dólares.”

Y es que para Mellado la herencia trágica de la dictadura --a quien considera la forma que en Chile cobró el más grande proyecto neoliberal de la historia--, es la construcción de un andamiaje social que ofrece como única forma de vida la montaña rusa de consumo, crédito, deuda y trabajo enajenante.

Aquí, por ejemplo, cuando a uno se le agotó el dinero de la cuenta bancaria, automáticamente el sistema le otorga, sin aviso de ninguna especie, un crédito. Así antes de que uno se dé cuenta –pues nadie le pidió su anuencia en la transacción—, ya está embarcado en un viaje, sobre un vehículo desbocado, mientras el taxímetro de los intereses corre con absoluta indiferencia.

Aquí también, cualquier bien público es susceptible de ser privatizado. Como el Río Mapocho, que cruza Santiago de Norte a Sur, y que recientemente fue comprado por la empresa que construyó la costanera…

4.

Me detengo en el texto apenas he comenzado.

No podría seguir hilvanando una tesis sobre esta fenomenología a pie firme. Cuento a lo sumo con impresiones que son insuficientes para formular una tesis.

Podría dejar de escribir y renunciar al texto.

Sin embargo aún tiene mucha inercia en mí todo lo que escuchamos sobre los chilenos.

Me doy cuenta de que la única forma de continuar hacia adelante es reconociendo la limitación que enfrento. Renunciando a la afirmación categórica. Aceptando que todo esto que escribo bien podría ser una ficción.

Hecha la aclaración, continúo, pues, entre signos de interrogación.

5.

Escuchamos que existe en el chileno un cierto reflejo conformista. Una cierta actitud resignada que acepta en automático el estado de las cosas y que se rinde a la realidad, que concibe como inamovible. Que el chileno es pronto a capitular frente a las circunstancias antes de desafiar los límites de lo conocido, a la voz de “Esto es lo que hay… y toca bancárselo…”

En caso de que un dato como este fuera cierto, ¿podría atribuírsele un rasgo tal a la dictadura? ¿Juega en esto algún papel la insularidad, que amolda la mentalidad de quien la vive a los límites que le impone su encapsulamiento?

Como quiera que sea, hay datos que sugieren que la dictadura hizo lo suyo.

Por ejemplo, entre la generación de quienes hoy tienen 25 y 30 años, es decir, los hijos de la dictadura, a diferencia de otros segmentos mucho más activos, se observa un escaso involucramiento y participación en el escenario público y en la dinámica electoral. De tal orden que no sería difícil interpretar ese signo como abulia política, efecto palpable de quien nació en medio de un régimen especialista en desincentivar cualquier iniciativa transformadora.

Otro dato que escuchamos en una sobremesa extrañamente citado mientras discutíamos el rasgo sobre el conformismo chileno: Chile es el país de Latinoamérica cuyos jóvenes tienen la mayor incidencia en el consumo de mota…

¿Una fuga?...

6.

Una anécdota a manera de metáfora:

Cuando inició el Transantiago (un sistema de transporte inspirado en el Transmilenio bogotano, equivalente al Metrobus mexicano), la mala planeación generó un caos de transporte. Había una sobredemanda. Todos necesitaban subirse al bus. Y sin embargo, los vagones nunca se saturaban al máximo de su capacidad. Los chilenos preferían esperar al siguiente bus antes que apretar el espacio. Antes que chocar unos con otros. Antes que tocarse.

“Al chileno le cuesta trabajo estar en contacto.” dijo el chilango radicado en Santiago que nos contó la anécdota. Reconoce, como para matizar, que su percepción está sesgada por la saturación y el amontonamiento con que se define el espacio público mexicano. “Los mexicanos chocamos unos con otros. Nos tocamos. La delimitación de nuestro espacio personal es difusa. En la masa nos confundimos unos con otros. Estamos acostumbrados a esa transgresión. Somos esa transgresión.”

Aceptado el sesgo, aquel amigo mexicano afirma que desde su perspectiva en los chilenos existe objetivamente un cierto carácter distante, una barrera invisible. Más aún, según él esa barrera fue instalada en la época de la dictadura.

Hace sentido. Las dictaduras separan. Atomizan.

Otro dato de sobremesa: Chile es el país latinoamericano que muestra un mayor índice de personas que mantienen fotologs.

Aquel amigo ve en esto una compensación: El contacto virtual sustituye al contacto real, cuerpo a cuerpo, cara a cara…

7.

Y es que no sería difícil suponer una desconfianza en cualquier sociedad que ha experimentado un periodo de dictadura, en donde el modus operandi consiste en instalar un terror de baja intensidad: cualquier cosa que digas puede condenarte; cualquier gesto fuera de lugar puede convertirse en una arbitraria acusación; cualquier disensión puede ser castigada con la desaparición.

Con sus estrategias de control, vigilancia y delación, las dictaduras se encargan de fabricar enemistades entre los vecinos.

Y es que para nuestros amigos mexicanos, algo de la lógica de control y coerción de aquella época se quedó petrificado en el espíritu chileno. Como si hubieran internalizado un cierto rol policial y un cierto sentido del orden, y lo trasladaran a las relaciones interpersonales.

Uno de nuestros amigos nos dice que el chileno vive con mucha ansiedad la mexicana costumbre de innovar y encontrarle la vuelta a las cosas: “Lo confrontan a uno nada más uno hace algo que se sale de la convención…”

Y puede ser. A nosotros nos tocó experimentar de primera mano una experiencia interesante. El día en que nuestros anfitriones ofrecieron una fiesta, un vecino habló a la policía para quejarse de que el volumen estaba muy alto. Los mexicanos que constituían el grueso del festejo se preguntaban, "¿por qué simplemente no tocó el timbre, directamente, y pidió que le bajáramos al volumen?" Hasta le hubiéramos invitado una chela…

Y es que los mexicanos –latinamente acostumbrados a transar con la circunstancia—, viven con extrañeza este rasgo chileno que parece extraído de un manual de disciplina prusiana.

Disciplina prusiana que parece permear en otros ámbitos de la vida chilena:

El gobierno tiene la facultad de controlar espacios que en otras sociedades serían estrictamente privados –como el patrón de consumo de los ciudadanos o su precisa localización en un momento dado— a través del uso de sistemas de tecnología de información.

Inscribirse al padrón electoral es una elección voluntaria. Pero si uno opta por darse de alta, tiene la obligación de votar. El día de las elecciones, en caso de no votar uno tiene que formular un aviso oficial y obtener una exculpa de los carabineros, lo que representa, naturalmente, una forma de control sobre un acto que frnte a ellos, debiera estar protegido por la libertad del anonimato.

Las marchas de protesta, --un acto cuya fuerza está justamente en transgredir el orden cotidiano--, deben obtener el visto bueno y programadas por la autoridad…

8.

A propósito de las marchas continúa el relato de nuestros amigos por acá: “No se tolera bien la disensión en Chile. Todo cobra de inmediato un tono demasiado serio. Demasiado crispado, demasiado radical. En las protestas, por ejemplo, a la primera de cambios, aparece la policía con sus tanquetas y sus mangueras de agua urticante.”

Así pasó en la denominada Revolución de los Pingüinos –una generación de estudiantes que reclamó a Bachelet una reforma educativa eficaz y la derogación de un marco legal educativo que veía de la época de Pinochet. Una generación que representa un despertar, un destello contra la premisa adaptacioncita (y muy chilena, según lo consignado al principio del ensayo) de que esto es lo que hay.”

En los días más álgidos de las manifestaciones de la llamada Revolución de los Pingüinos, en el 2006, ocurrió una anécdota interesante de consignar. En un encuentro que sostienen los estudiantes y la Ministro de Educación, Mónica Jiménes, María Música, una estudiante de secundaria, la interpela. Le trata de hacer ver que en las calles los carabineros se están excediendo. Que a ellos los han recibido a palos y con chorros de agua. La Ministro no responde. Permanece en silencio. La ignora. María desespera. Toma una jarra de agua y se la vacía a la Ministro en la cara. Al día siguiente, los medios toman partido por la Ministro. Hay una condena más o menos unánime a la chica.

La lectura que hace la sociedad chilena del hecho es de alguna forma reveladora de sus asunciones y expectativas con respecto al orden.

La anécdota es interesante para quien la ve desde una óptica mexicana.

En diciembre del 2005 Vicente Fox, el presidente del país, visita una correccional de menores. Al final del acto, se toma una foto junto con los chicos. Uno de ellos, de alias El Roñas, le pinta cuernos.

Hay una reacción inicial de crítica al niño por haber faltado el respeto a la investidura presidencial. Luego, todo el mundo se ríe, lo justifica y aplaude su picardía. El presidente mismo lo apadrina. La opinión pública toma partido por el niño. Lo eleva a la calidad de vocero del pueblo. Determina: Vicente Fox es un buey.

Regresemos a Chile. Los Pingüinos son al conformismo, lo que los Pokemones al aislamiento:

Los Pokemones son una tribu urbana –como los hippies o los punks—, de adolescentes clasemedieros con peinados exuberantes –cabellos teñidos y alisados—, tatuajes y piercing, consumidores de productos de punta de tecnología de comunicación, habitantes de la aldea virtual del internet, que se juntan en espacios públicos a escuchar reggaetón, a poncear (besar a la mayor cantidad de desconocidos, con indiferencia del sexo de la contraparte) y a sobajear (una simulación de relación sexual con ropa).

9.

Cierro este texto con una reflexión… en el rastro de la dictadura:

¡Pingüinos y Pokemones, hijos paradójicos de Pinochet!

jueves, 21 de mayo de 2009

Lecciones culinarias y otras recetas con los de la Torre Aguirre

El enemigo es la rutina. El enemigo es el cansancio. El enemigo es el estrés. El enemigo es el desbalance. Hay que combatirlo sin piedad. Aunque sea martes. Aunque sea miércoles. Hay que darse tiempo para apagar las luces. Para prender las velas. Para hablar. Para escuchar. Para mirarse a los ojos. Para sentir al otro y no convertirse en un desconocido. Para no encontrarse de pronto en la tumba, y darse apenas cuenta de que uno ha sido ajeno a su propia vida. Que la existencia se le escapó a uno en medio de la frustración, el miedo y la prisa.



El secreto de la comida ya está todo inscrito en su interior. Como una perla dentro de una ostra. Si uno la elige bien, lleva el setenta por ciento de la prueba de la cocina superada. En Chile la materia prima ayuda. Los chilenos son obsesivos de sus insumos. En las fronteras son fieros para impedir que a nadie se le ocurra introducir nada que vaya a echarles a perder la cosecha, a enfermar el ganado. Las conchas de borde negro de Chiloe son pedacitos encapsulados de cielo.



La comida empieza desde la preparación. Desde los colores y los olores en la visita al mercado. Desde los recorridos entre los anaqueles que exhiben ingredientes. Preparar comida es un acto de amor. Es un pensar en otro que se estira en el tiempo. Preparar comida es honrar a quien nos regaló el fuego. Preparar comida es hacer magia con fuego. Se cocina platicando. Riendo. Recordando. Con una copa de vino tinto al lado. Eso sí: No importa cuán grande sea el espacio de la cocina, en realidad es tan pequeña que sólo cabe en ella una voluntad. Habrá que elegir a quién le toca mandar. Y el otro, dócilmente, deberá limitarse a seguir instrucciones: a picar cebolla, a limpiar las ostras. Se cocina experimentando, tomando riesgos. No es cocinero quien no se avienta al desafío sobre la montaña rusa del ensayo y el error.



El vino es luz líquida. Tonos de arcoiris en el espectro superior del rojo rubí. El vino se muestra mientras acaricia las paredes de la copa. El vino es música líquida. Sus sabores se escriben como en pentagrama. Notas de moras silvestres, roble y caja de habanos. El vino tiene más cosas que contar en la medida que acumula experiencia y edad. Hay quien antes de tomar el vino hace un recuento de la historia que guarda la tierra en que creció la vid. Hay quien orienta el sabor del vino por los recuerdos que el año de la cosecha le traen a la memoria. Pero en realidad, del vino sólo importa una cosa: que guste. Si no gusta, vale lo mismo que agua de charco.


El espacio y el tiempo son esenciales. La historia que cuenta la luz y cuenta la sombra. El rinconcito del patio, que es un universo en sí mismo, un escondite, una guarida. El jarrón sobre la mesa. Las velas. El cojín mullido. Uno se pierde a sí mismo si no encuentra un sitio donde las cosas estén quietas. Donde el verde de la enredadera haga su trabajo de crecimiento silencioso. Un sitio para detener la mente. Para estar tranquilo. Para leer el periódico del sábado o una novela. Sin prisa, dejando que los ojos corran sobre las palabras a su ritmo. Dejando que el respiro encuentre su cadencia.

Un lugarcito para tomar el té en el estricto cánon con el que los que saben preparan el agua de hierbas: calentando la tetera antes de vaciar el agua. Sumergiendo las bolsitas de hierba sólo lo necesario para que le den al agua su aroma y no amarguen su sabor. Tomándolo en pequeños sorbos y dándose tiempo para respirar profundo. Sonriendo porque uno está vivo.



Y finalmente uno tiene que desamodorrarse. Encontrar cualquier pretexto para salir de la ciudad. Para vencer el magnetismo del concreto. Para escapar del aire negro de la selva de asfalto. Y encontrar algún lugarcito desde donde mirar sin que la vista sea bloqueada por ningún obstáculo. Un sitio que huela a tierra y huela a frutos. Un sitio en que uno pueda palpar el tiempo. Darse cuenta cómo el otoño es el hijo del verano.



Y entonces, sólo si uno ha hecho la tarea de espantar a los fantasmas; sólo si uno ha construido la atmósfera hasta el último detalle; sólo si uno ha dispuesto el espíritu... el encuentro ocurre.

Ahí, en ese espacio que con perseverancia de carpintero uno le ganó a la desidia, al estrés y a la angustia, es posible compartir. Sobre ese mantelito que parece el escenario de un pequeño teatro, uno siente el impulso de volar. Ahí, uno puede volver a regodearse con los amigos en las historias que lo reseñan a uno como quien es, más alla de toda pretensión.


Y uno siente se siente alegre y parlanchín. Y a uno le dan ganas de decir, sencillamente, gracias...

martes, 19 de mayo de 2009

Tom Silva, Fotógrafo


I am a big believer in the power of amateur art. Some of the greatest auteurs remained amateurs through their life -- technically unskilled, rustic in their formal choices but also very brave and willing to take chances in ways that more accomplished craftsmen wouldn't. Robert Bresson, the French director, was an amateur as is Laurie Anderson, the avante garde artist, and -- to pick an example from pop culture--the indie band, Neutral Milk Hotel.

I came at photography very much as an amateur. I never set out to master my equipment or create flawless images but to use photography to reveal. This has been the singular fixation in all of my creative work: why people do the things they do. The way our character motivates our journey through life. Ten years ago, I made a film about young, highly-educated, upwardly mobile Americans caught in a loveless marriage. I tried to reveal the ways people communicate in private and public spaces.

I think I've tried to do the same thing in my photography. My photographs attempt to see people in private moments, often in that transition between rest and motion when we can observe their spirits being revealed, People are essentially mysterious to me. I think we're mysterious even to ourselves. Children can become old people in their gaze or their tone of voice. Adults can be playful and be pretenders, like actors in a performance. There is a comic, carnival-like quality to some of the people I've photographed.

I've also noticed that different places produce very different photo essays. Environments can be quiet and reserved or colorful and boisterous, just like people. Places evolve and pulse like living organisms. They change under observation. They withhold and reveal secrets when they choose. The photographers responsibility is to be respectful and attendant to that. And always, to retain the open, accepting gaze of an amateur.

Tom


Cherub, Mopti, Mali


Echoes of Fascism, Rome, Italy


Sandgirl, Timbuktú, Mali


Señoras, Santiago, Chile


The kiss, Rome, Italy


Jacob´s Ladder, Zion, Utah


Halo, Valparaíso, Chile


Voayage to Timbuktú, Mali

Encuentro en Chiloé


Veníamos muy cansados después de un trayecto de 38 horas desde el sur de Chile. Bajamos al desayunador del hostal. El corazón estaba también cansado --han sido tantos encuentros y despedidas-- y no teníamos mucha energía para conocer más amigos por el momento. No nos hubiera molestado que el desayuno transcurriera en el silencio.

El proyecto burbuja Arturo-Jennifer se diluyó rápido. En la mesa de junto había una pareja que tenía una presencia. No podía ser pasada por alto. Había algo en ellos que invitaba a conectarse, a iniciar una conversación. La charla de sobremesa de aquel desayuno se extendió más de dos horas. Platicamos con una fluidez increíble, como si nos hubiéramos conocido en otra vida o en otro universo. Como si nos reconociéramos.

En las cenas de los dos días siguientes nos reunimos nuevamente.
Nos contaron de su vida en Chicago. De cómo esperan con ansia los cálidos veranos --que contrastan con los quince grados bajo cero del invierno-- para jugar como niños de cinco años en las calles. Pasean en bicicleta. Platican interminablemente mientras toman café. Visitan museos. Van a conciertos al aire libre. Ríen a pata suelta durante horas.

Tom y Nicole platican como gente sabia. Escuchan. No tienen necesidad de protagonizar o convencer. Sienten una curiosidad genuina por conocerlo a uno. Son ese tipo de personas que nadamás por estar cerca de ellos a uno le parece que el mundo es un poco más alegre, un poco mejor lugar para vivir.

Nos contaron la alegría que es para ellos que alguien que tuvo un impacto real en su ciudad sea ahora presidente de los Estados Unidos. Hablaron con tristeza del sentimiento antiamericano que espoleó la política de Bush en el mundo, y que ellos han atestiguado en sus viajes fuera de su país. Nos contó del deterioro que la sociedad norteamericana sufre en este momento en el proceso de reinclusión de los soldados que han estado involucrados en Irak y Afganistán, y que están condenados a vivir una y otra vez la pesadilla de haber sufrido y provocado la muerte. Hablaron con un entusiasmo real por el cambio.

Nicole, graduada en Harvard, nos contó de su activismo como parte de un grupo católico progresista. Un grupo que trata de ir a contrapelo de la estructura de poder institucionalizado de la iglesia; que trata de renovar el discurso del evangelio y darle una vuelta de tuerca a la estructura ritual; que busca romper el rol de subordinación que ha sido asignado a las mujeres en la iglesia y trata de encontrar espacios de relevancia real para ellas.

Nos contó de su trabajo con colectivos de gente que ha pasado por la experiencia del abuso sexual, incluso al interior de la iglesia, un problema de proporciones inmensas en Estados Unidos. Nos contó cómo ha tenido una tremenda suerte --en una industria editorial competida que tiene una tremenda inercia para pasar por alto el talento y publicar sobre todo aquello que augure éxito comericial-- para publicar su primer libro en el que justamente aborda el proceso de elaboración del duelo y sanación espiritual de las víctimas de abuso.

Tom, por su parte, nos contó que nació en India, vivió su infancia en Malasia, y se movió en su adolescencia a Nueva York, en donde siempre tuvo dificultades para encajar. La ciudad era demasiado agresiva y en todos lados se respiraba un ambiente de competencia. No fue sino hasta que llegó a Chicago, ya siendo un joven adulto, que encontró su sitio en el mundo.

Nos contó de su trabajo en la industria del Real State como un medio para impulsar su pasión como cineasta y como fotógrafo. Nos contó como esa labor ha estado definida en buena medida por su experiencia de vida transcultural: la dificultad que tenemos los hombres para construir y encontrar nuestra identidad. Tom tiene una especie de necesidad obsesiva de encontrar una resolución de la identidad framentada de los personajes de los que cuenta historias o de los que retrata, a través de la construcción de una cierta continuidad narrativa.

El encuentro con Tom y Nicole, aunque breve, fue renovador.

Nos aligeró. Nos alentó a seguir haciendo cosas. A seguir contando lo que vemos.

Nos animó a no dejar pasar un segundo sin hallar los rincones de belleza y los espacios de bondad que existen también en este mundo y en esta humanidad que a veces, tristemente, da la impresión de estarse cayendo en pedazos...

sábado, 16 de mayo de 2009

Las casas de Pablo Neruda

Al llegar a Santiago descubrimos que para visitar la casa de Pablo Neruda era necesario hacer tres recorridos en tres ciudades distintas pues el poeta tenía una casa en la capital, otra en Valparaíso y una última en Isla Negra. Ésta era, sin duda, la que más llamaba nuestra atención. Quizás porque el nombre mismo resultaba poético.

Pero ya que estábamos en la capital decidimos también visitar la casa conocida como “La Chascona”. La Chascona, cuentan, era el apodo de Matilde, quien durante muchos años fue amante de Neruda. De hecho, la casa fue construida para tenerla ahí. Ocultarla, dicen algunos, pues durante esos mismos años Neruda estaba casado con su segunda esposa.


Todas las casas de Neruda tienen un factor en común. Todas tienen un aire marítimo pues el poeta era amante del mar. Aunque, según nos cuentan, tenía pavor del agua y había aprendido a nadar siendo ya un adulto. Pero esto no impidió que continuara creciendo su romance con el mar. Neruda se convirtió en un marinero de tierra firme y construyó sus casas como si fueran barcos. Puertas pequeñas y angostas, techos curvos, ventanas redondas. Y fue llenando los espacios con objetos marítimos: caracolas, mascarones de proa, timones, botellas con barcos en miniatura, mapas de navegación, anclas...



Al entrar en sus casas uno puede sentir esta fascinación -que puede llegar a rayar con lo obsesivo- por el mar. Una fascinación que se deja sentir en cada rincón de su casa y que se cuela a través de su poesía. Se deja ver en cada tonalidad de azul que elige para decorar las paredes. La colorida casa de un artista que adornaba su mesa con copas verdes, azules, rojas y amarillas, pues decía que en ellas hasta el agua sabía exquisita.



¿Quién puede convencer al mar
para que sea razonable?*

Y también, ¿quién podría convencerlo a él para construir una casa convencional? Seguramente nadie. La Chascona fue construida por varios arquitectos que iban adivinando los caprichos de Neruda y en su imaginación diseñaban espacios que asemejaran un barco en altamar en medio de la capital chilena. La casa es verdaderamente una mezcla de estilos que, sin embargo, resulta armoniosa a la vista. Cada parte hecha con el mejor esmero, con dedicación, con pequeños detalles secretos.



La Chascona fue hecha para ocultar a Matilde, sin embargo, cada rincón de la casa estalla con los símbolos de amor que le tenía Neruda. Retratos de Matilde con su pelo rizado (que le causó el apodo de Chascona que significa despeinada). Durante varios años fueron amantes Pablo y Matilde. Tiempo después pudieron casarse y el matrimonio se realizó en la casa de Isla Negra. Esta casa, en un pequeño pueblito a orillas del mar, también asemeja un barco. Pero ésta, a diferencia de La Chascona, tiene una vista envidiable del mar que golpea con fuerza las costas rocosas.



¿Por qué me preguntan las olas
lo mismo que yo les pregunto?

¿Y por qué golpean la roca
con tanto entusiasmo perdido?

¿No se cansan de repetir
su declaración a la arena?*


La recámara de esta casa está hecha en una torre. Es la única parte de la casa que está construida en un segundo nivel (¿cómo la torre del vigía en un barco?). El cuarto, redondo y recubierto de madera, mira hacia el mar donde rompen unas olas majestuosas como en pocos lugares he visto.

El interior de la casa de Isla Negra no deja de tener ventanas y vistas hacia este mar. Las paredes están cubiertas de obras de arte, libros y retratos. Aparecen en varios lugares los poetas y escritores que lo inspiraron: Baudelaire, Whitman, Allan Poe, Gabriela Mistral…

En su escritorio se deja ver un pedazo de papel escrito con sus garabatos en letra verde, pues decía Neruda que escribía con este color que es el color de la esperanza.


¿Es verdad que vuela de noche
sobre mi patria un cóndor negro? *

Pablo Neruda murió once días después del golpe militar de 1973. El golpe que estremeció al país entero con una realidad que hasta entonces les había parecido ajena. Cuentan que Neruda murió de tristeza; que no quiso ser testigo de los horrores que sucederían en su país.

Bajo el régimen de Pinochet fue imposible darle a Neruda, miembro oficial del partido comunista, un funeral honroso. Fue sacado de su casa en un simple ataúd de madera que fue escoltado por sus amigos más cercanos hasta el cementerio general. Durante el camino, sin embargo, se fue corriendo la voz de que había muerto el poeta.

Conforme avanzaba la procesión fúnebre se fueron acercando más y más personas con flores en la mano. Personas que lloraban en silencio y otras que dejaban ver sus lágrimas. La pequeña comitiva se fue convirtiendo en un gran desfile solemne que pasaba con orgullo frente a los soldados armados. Cuentan que aquella ceremonia improvisada se convertiría en la primera manifestación de oposición a la dictadura.

Algunos días después, sin embargo, la biblioteca personal de Neruda en La Chascona sería quemada a manos de la guardia militar.

¿Quién oye los remordimientos
del automóvil criminal?*


No sería sino hasta el año de 1992 que se desenterraría el ataúd del cementerio general para llevarlo a descansar en la casa de Isla Negra. Así lo había determinado Neruda. El poeta y su amada Matilde ahora descansan en Isla Negra mirando por siempre hacia el mar. Y quizás desde ahí, Neruda se sigue haciendo las mismas preguntas que se hacía mientras vivía…

¿Si todos los ríos son dulces
de dónde saca sal el mar?

¿Dónde termina el arcoíris
en tu alma o en el horizonte?

¿Cuándo lee la mariposa
lo que vuela escrito en sus alas?*


*Extractos de El Libro de las Preguntas de Pablo Neruda

Un taco después de once meses

Síndrome de abstinencia

Sólo quien ha estado lejos de México mucho tiempo puede entender que la nostalgia de nuestro país se agudiza particularmente en todo aquello que se relaciona con el sentido del gusto. Que después de once meses lejos de suelo mexicano, uno empieza a tener sueños en los que aparecen tostadas de pollo, gorditas de chicharrón, tlacoyos con crema y salcita, esquites con limón y mayonesa, y sopecitos de cochinita pibil. Que en las largas conversaciones de traslado viajero empiezan a aparecer con obsesión delirante referencias multicolores a tamales verdes, moles negros, pipianes amarillos, pozoles rojos y tortillas azules.

Fue sin duda este síndrome de abstinencia lo que aceleró el cierre del capítulo patagónico del viaje para arribar finalmente a Santiago, a casa de Mariana y Joaquín, en donde nuestros anfitriones habían anunciado que tendría lugar una taquiza.



Entremés con Tina Modotti

Desde el momento en que pusimos un pie en casa de los De la Torre Aguirre, un viernes del mes de mayo, no nos quedó la menor duda de que habíamos arribado a territorio mexicano. Si no por otra cosa, porque en plena sala de Mariana y Joaquín hay una imagen que remite extraña y poderosamente a México. Se trata de un retrato que Manuel Álvarez Bravo hizo en la primera mitad del siglo XX: Tina Modotti, desparpajadamente desnuda en la terraza de algún patio mexicano, descansando sobre una manta a cuadros, caderas y talones vendados, rodeada de piñas espinosas.



La imagen tiene tal magnetismo que, como pudimos comprobarlo, se convierte en un inevitable pie de conversación. Fue así como, apenas desempacados, nuestros anfitriones nos contaron un par de anécdotas asociadas a su historia con la imagen. Nosotros escuchamos las anécdotas como si se tratara del entremés de una celebración que se extendió varios días.

Primera anécdota. Los muchachos que hicieron la mudanza del departamento de Joaquín y Mariana en La Condesa, Ciudad de México, a su departamento en Las Condes, Santiago de Chile, deliberadamente dejaron el póster con la imagen de Álvarez Bravo para el final. La estratégica demora les permitió extender sin problema sus impúdicas miradas a la morena Modotti, que entre ronda y ronda de carga y descarga, fueron acompañadas por sutiles seseos, finos chorros de baba, e inaudibles murmuraciones al son de ¡mamacita!

Segunda anécdota. Más de uno de los invitados que ha pasado por casa de los De la Torre Aguirre –asumiendo que Joaquín es un talentoso fotógrafo—, ha tenido el desatino de preguntar en qué fecha fue que Mariana, su linda esposa, posó para él...

Los preparativos

Como tendríamos ocasión de constatar en nuestra estancia en el departamento de Joaquín y Mariana, cuando al primero se le mete una idea en la cabeza, no hay poder humano sobre la faz de la tierra que consiga sacársela. Joaquín se empeña con testaruda perseverancia, hasta que la idea se transforma en realidad.

Y esa es exactamente la historia que hay detrás de la taquiza: una mañana, en pleno Santiago de Chile, Joaquín se levantó con antojo de tacos al pastor, y tres meses después se las había arreglado para conseguir un trompo de esos que probablemente provienen de la tradición shawarma árabe, en la que el Tizoncito mexicano se inspiró para inventar esta variación de carne de cerdo axiotada, lentamente dorada, cortada en lajas, envuelta en tortilla con un complemento de piña, cebolla y cilantro picados, y rematada con un toque de sal, limón y harta salsita de tomate.

Así que habiendo conseguido el aparato, el resto era cuestión de paciencia. Y paciencia fue lo que requirió el traslado hormiga de ingredientes–chile, axiote y especias mexicanas entre otros— que los De la Torre organizaron con cuanta visita llegó a Santiago, a través de la frontera chilena, que es una de las más exigentes en lo que a restricción de productos agrícolas se refiere.

Ya con todos los elementos asegurados, sólo hacía falta encontrar un chef que le diera certidumbre a la manufactura del platillo.

Y ese era Andrés Pascoe, un mexicano que siente una pasión irrefrenable por la culinaria, que tiene tantas facetas de personalidad como trucos tienen los magos en su chistera: hijo de un diplomático mexicano, funcionario de la FAO, periodista que escribe una columna regular para algún diario mexicano, marido de una linda chilena, conversador incombustible con reflejos de cuentero.


Todo listo y en su lugar, la tarde de sábado del festejo, a poco menos de dos horas en que su departamento se llene con una concurrencia de cuarenta invitados entre quienes predominarán los mexicanos, nuestros anfitriones han resuelto todos los pendientes excepto uno: aún no cuentan con el tanque de gas que es necesario para hacer funcionar el trompo de los pastores. Sin él, literalmente, el festejo amenaza con convertirse en un desastre.

Así es que de forma muy mexicana, a las prisas y sobre la hora, mientras Jennifer ayuda a Joaquín en el departamento acomodando la dotación de cervezas en el refrigerador, yo me lanzo junto con Mariana en una búsqueda frenética por las calles de Santiago, para hallar el dichoso tanque.

Diez minutos antes de que cierren la bodega de abastecimiento, damos milagrosamente con el sitio.


El festejo

Joaquín, aficionado incontrovertible a la lucha libre, no pierde ocasión para darle al decorado del departamento un toque con sabor a Arena México.



La noche gira. Entre los invitados circulan las máscaras de la colección de Joaquín. El Santo. El Místico. El Rayo de Jalisco.



De un lado los rudos…



En la esquina contraria, los técnicos…



Primera caída. En las mesas la gente ataca el guacamole y los frijolitos con totopos.



Segunda caída. Las Coronas empiezan a hacer estragos entre los invitados que las han hecho correr con generosidad.



Tercera caída. Los tacos al pastor están listos.

Jennifer y yo nos formamos en la fila que augura una breve existencia al trompo de pastor. Nos servimos. Nos separamos de la multitud y nos dirigimos a un rinconcito del departamento, para disfrutar en petit comité el momento que pondrá final a once meses en que hemos vivido como náufragos del taco. Tina Modotti se une a la intimidad de nuestro ritual mexicano.



Y así, finalmente, como lo manda el canon mexicano –parados, sosteniendo el taco a la altura del pecho, sintiendo la textura granulosa de la tortilla entre los dedos, chorreando salsita sobre el plato—, volvemos a estar, como en sueños, por unos instantes, en un sitio que sabe a casa…

lunes, 11 de mayo de 2009

Y los gatos también cuentan...







Perros callejeros de Chile


Todos los días, en Valparaíso, a las cinco y media de la tarde, aparece un perro que se asoma al interior de la fuente de la plaza.

Pasa horas ahí, mirando con la curiosidad de un niño. Esperando.

Después de un tiempo comienza a mover la cola. Se emociona. Gime. Se asoma más profundo.

Y es que en las aguas de la fuente, de pronto, acaba de aparecer la imagen de otro perro. Un perro, que al igual que él, se emociona al verlo…


Por alguna razón curiosa las calles de Chile están llenas de perros callejeros. Unos perros que generan ternura y simpatía. No se ven muertos de hambre ni especialmente enfermos. Se ven contentos y satisfechos.

Puerto Natales, la primera ciudad chilena que visitamos, estaba repleta de perros. Supimos que algunos eran callejeros de nacimiento mientras que otros lo eran sólo de espíritu; éstos tenían dueños que les dejaban la puerta abierta para que pasaran el día explorando. Cualquiera que fuera su origen, se les veía juntos, mezclados, felices y libres.

Perros callejeros “por derecho propio” –como diría la canción de Alberto Cortez. Perros que saben usar su ternura para ablandarte el corazón y conseguir lo que necesitan. Perros con una viveza en los ojos que uno desearía poder escucharlos contar sus historias de guerra.


Siempre me han generado fascinación los perros callejeros. Me llama la atención esa capacidad (¿innata o aprendida?) para sobrevivir a través de su carisma. También la forma en que interactúan, formando manadas, como si vivieran en estado salvaje. Manadas que no sobreviven cazando presas sino cazando la compasión humana.

Recuerdo lo que me platicaba una amiga veterinaria sobre esta interacción entre perros y personas. Existe una teoría, me decía, que explica que el proceso de domesticación no lo habían comenzado los humanos sino los mismos perros…



En esa época en que los perros andaban sueltos recorriendo los montes junto con sus primos los coyotes, algunos pocos se acercaron con timidez a las chozas de los humanos que propagaban calor. Estos primeros perros aventureros aprendieron rápidamente que la mirada de sus ojos podía conseguir las sobras de la comida. Habían descubierto una nueva forma de sobrevivir. Habían encontrado la llave al corazón del hombre.

Los humanos proveían no solo comida sino protección, calor y con el tiempo, compañía. A cambio, los perros aprenderían de los humanos a dar cariño, buscar caricias, ayudar a proteger el territorio de su dueño e incluso detectar los sutiles cambios de humor en las personas para abrigarles el corazón con una movida de cola.

En este proceso de acercamiento entre perros y humanos quedó claro que algunas características resultaban fundamentales para mantener el vínculo. Los primeros perros adoptaron –o mantuvieron- algunos rasgos de cuando fueron cachorros. Características como la ternura, el ser juguetones, la búsqueda de afecto, generaban en el humano la sensación de dependencia. Los perros aprendieron a ser, de cierta manera, cachorros eternos. Y con su amor y lealtad domesticaron al hombre.



Ahora, miles de años después, los perros callejeros siguen usando las mismas tácticas. Mariana y Joaquín, nuestros anfitriones en Santiago, nos platicaron de un perro callejero que los había adoptado. El perro había aparecido varias veces rondando su casa. Un día los acompañó durante varias horas por su recorrido citadino, esperándolos siempre a la vuelta de la esquina y acudiendo al llamado de “amigo perro”. Por la noche, había aceptado los pedazos de jamón y caricias que le dieron en el jardín de su casa. Ese día, decidieron dejarle la puerta abierta y a la mañana siguiente ya no estaba.



Se lo volvieron a encontrar algunos días después. Decidieron seguirlo para ver a dónde los llevaba. Se sorprendieron al ver que llegaba con confianza a una casa donde había un tupper con comida esperándolo. Un tupper que él con su pata abrió y se puso a comer. Así se dieron cuenta que su perro era un alma libre. ¿Y quiénes eran ellos para oponerse?

El amigo perro, aparentemente, tenía varios dueños. Y ellos se quedaron contentos con haber sido adoptados por él.

Era callejero por derecho propio
su filosofía de la libertad
fue ganar la suya sin atar a otros
y sobre los otros no pasar jamás.
aunque fue de todos nunca tuvo dueño
que condicionara su razón de ser
libre como el viento era nuestro perro
nuestro y de la calle que lo vio nacer…

Alberto Cortez