domingo, 31 de agosto de 2008

Nicaragua antes de Nicaragua

Antes de estar acá, de Nicaragua yo sólo había conocido a Oscar Rivera, mi amigo del trabajo. Por él, de su país sabía yo dos cosas: que era pobre y que había vivido en guerra.

Sobre estos dos rasgos guardo en mi memoria el par de momentos charlando con Oscar en los que se consolidaron estas imágenes:

I. Más vale maña…

Oscar me cuenta que estudió la carrera en una Universidad de Kentucky, en Estados Unidos, en un colegio en donde él era el único latinoamericano, había un par de asiáticos, y el resto de la matricula eran chicos americanos, blancos y enormes.

Tratando de acelerar el proceso de pertenencia al grupo, Oscar se presentó a los entrenamientos del equipo de futbol americano, que era lo que ahí se valoraba.

Tuvo una retirada prematura después de que un ropero de 95 kilos, mirada de loco y velocidad de puma, le hizo saber de la resiliencia que se requiere para jugar de receptor abierto, mientras le aplastaba los huesos en la primera jugada que Oscar recibió un pase en la banda.

Así fue como Oscar llegó, como debía haber sido desde siempre, al equipo de futbol soccer.

Al término del primer entrenamiento, el coach lo mandó llamar, intrigado: “Oscar, usted tiene una puntería asombrosa. Cada vez que chuta, el balón va invariablemente con dirección hacia la portería. Lo que me llama la atención es que usted nunca le pega fuerte a la pelota. ¿Qué le impide tomar más riesgo con la pelota y patear con fuerza, como sus compañeros (todos gringos de Kentucky) aunque de vez en cuando vuele la pelota a la grada?”

El coach no cabía en si mismo de asombro, cuando Oscar le respondió.

A diferencia de lo que ocurre en Usa, donde los niños entrenan con un saco de balones, en Nicaragua, donde Oscar pasó jugando toda la infancia, sólo había un balón para todos los niños de la cuadra. Pegarle fuerte y volar la única pelota de aquella cancha construida en el tope de la colina implicaba suspender el partido cinco minutos, y tirarse una carrera de doscientos metros de bajada y de subida de la ladera aquella.

Así, porque los recursos son limitados, es como desde niños, todos en Latinoamérica aprenden que más vale maña que fuerza.

II. Sin parpadear…

Una tarde, vamos a comer con el equipo de la oficina, Oscar entre ellos.

Alfredo comenta un artículo que leyó el fin de semana en el periódico español El País, en donde se cuenta una historia que ocurrió en Colombia.

Una mujer va caminando por las calles de un pequeño pueblo en medio de la selva, cuando se topa con un hombre que camina herido, al límite de sus fuerzas.

La mujer no se lo piensa demasiado y acude a ayudarlo. El muchacho sangra en varios sitios y no consigue articular palabra. Cae desmayado en plena calle.

La mujer pide ayuda y traslada al muchacho a su casa, lo acuesta y se las arregla para limpiarlo y atenderlo. Lo cuida con afán de madre, pues el muchacho es exactamente de la misma edad de su hijo, que cumple ya casi tres años de haber sido secuestrado por la guerrilla.

A la semana, el muchacho despierta. Un día entero en silencio le toma comprender lo que ha ocurrido. Comprender que sigue vivo. Que de puro milagro consiguió evadir las ráfagas del ejército que los sorprendió en el campamento. Comprender que está en una casa ajena. Comprender, por las fotos de la pared, que está en el cuarto de un joven que tiene prácticamente su misma edad.

Cuando por fin se anima a hablar, señala un retrato del hijo y le confiesa a la mujer que lo ha cuidado todos estos días: “a ese muchacho lo teníamos cautivo y lo matamos junto con otros, tres días antes de que yo saliera del campamento.

La mujer sale del cuarto sin pronunciar palabra.

Regresa al día siguiente, con un teléfono en la mano, y con voz temblorosa le ordena al muchacho que marque a su casa y pida hablar con su madre. Le ordena que le diga a su madre que está bien. Que está con vida.

En la mesa se anima una polémica sobre cómo reaccionaría cada uno en el papel de la madre, al enterarse de la muerte del hijo a manos de su captor.

De todos, es Oscar el que toma la postura más radical de entre los comensales que compartimos la sobremesa. Afirma que él, sin parpadear, en ese mismo instante tomaría un revólver y se lo vaciaría encima al guerrillero.

Silencio.

De todos los que estamos en la mesa Oscar es el único que ha vivido en un país en guerra.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Recorrido en Honduras

Nuestro Recorrido En Honduras


Recomendaciones de Viajes del Corazón en Honduras:

- Visita al Institute for Marine Sciences en Roatán
- Snorkeling en el arrecife de coral del West Bay (antes de que se lo acaben los desarrolladores turísticos)

En el Bed & Breakfast de West Bay, Roatán

Casi sin querer –pues la agenda la define en parte lo que ocurre en el sitio en el que estamos—dedico el tiempo del SPLIT de actividades que hemos acordado Jennifer y yo a reflexionar sobre uno de los fenómenos más prominentes de lo que ocurre en Latinoamérica: el caso de los estadounidenses que eligen la costa de algún sitio del sur del continente para pasar sus años de retiro, y disfrutar la pensión que se han ganado con años de trabajo.

Glen, el dueño del West Bay B&B se convierte en mi interlocutor mientras me prepara un desayuno que tiene todo el potencial para activar el gen diabético de mi abuela en mi sistema (huevos benedictinos y pancakes con nutela y crema de cacahuate).

Naturalmente es imposible generalizar el caso de Glen al resto de los retirados, pero encuentro interesantes las reflexiones entre las que se cuelan memorias, ilusiones y angustias. Van algunas notas que he conservado desde los días en Roatán con Glen en mi cabeza:

Glen, de cerca de setenta años de edad, me cuenta que este sitio nació en su mente desde que vivió en Gran Bretaña, al principio de su carrera, y tuvo la oportunidad de conocer de primera mano la larga tradición que existe en ese país por los B&B, y pudo experimentar su sello distintivo: cuartos bien puestos, desayunos opíparos, charlas interesantes con los dueños y espíritu de servicio.

Más tarde, tras retirarse de su cargo como Director de Psicología Clínica de alguno de los grandes hospitales de San Diego y separarse de su esposa, se lanzó a hacer un viaje de tres años alrededor del mundo. Fue en ese tiempo dedicado en hoteles y hostales de todo tipo que confirmó que un Bed & Breakfast era justamente el tipo de negocio hecho a su medida, y que en él invertiría el dinero de su retiro. Faltaba decidir el sitio, y no tardó en escanear su itinerario de viaje para elegir Roatán de una lista en la que al final sólo quedaba esta isla y algún paraje en Tailandia.

Pero las cosas no le han salido exactamente como las imaginó. Glen --que para estas alturas esperaba estar viviendo un paraíso de prosperidad y tranquilidad-- se encuentra terriblemente angustiado.

Todo empezó cuando perdió la oportunidad para poner su B&B en el lugar donde realmente lo había soñado, pues en menos de un año toda la tierra del West End de Roatán fue comprada, y tuvo que contentarse con un pedacito de tierra en el West Bay que no está frente a la playa, como él quería originalmente.

En medio del torbellino de la decepción, le dio oídos a la recomendación de su asesor inmobiliario que lo convenció de tomar una deuda adicional para poner un Internet que sería el gancho para los millares de turistas que vendrían pronto a la isla, y desoyó su propia intuición original en la que él prefería tener algo relativamente simple.

Hasta ahí, el asunto no pasa de un revés que podría ser transpuesto con un poco de voluntad, sin embargo, el asunto ha coincidido justamente con infinidad de circunstancias frustrantes, entre las que la recesión económica estadounidense juega un papel importante. Pues como han podido verificar todos los jugadores de la industria turística latinoamericana, si a Estados Unidos le da catarro, a Latinoamérica le da pulmonía: en la medida que la gente se encuentra incierta y asustada –miles han perdido sus casas en California y en otros sitios--, está menos dispuesta a gastar. La gente se reserva. Y gente reservada significa menos turistas dispuestos a gastar dinero.

Si a eso se suma en particular que la baja demanda y los altos precios del combustible han forzado a Continental Airlines a reducir de 4 a 1 el número de vuelos diarios de Continental a Roatán, empezamos a ver cómo aquellos ríos de turistas que Glen imaginó junto con su asesor inmobiliario, se han convertido exiguos hilillos, que no generan flujo ni para pagar los gastos del hotel, y menos, obviamente, para pagar una deuda que tiene intereses y tiene plazos.

Con todo, el mayor impacto no es económico sino psicológico, pues para un hombre retirado lo esencial es mantener el interés, no perder la inercia de sentirse productivo. Y sin turistas no hay trabajo. No hay movimiento. A su edad y con su soledad a cuestas, hay semanas en las que Glen se aburre como una ostra. Y eso lo sabemos todos desde niños: no hay cosa que se parezca más a la muerte que el aburrimiento.

Frente a eso, Glen ha decidido auto administrarse un poco de terapia de arte que es exhibida en el mismo hotel. Frente a esta decisión que mueve a ternura, pues la soledad queda implícita por la cantidad de arte de Glen pegado en las paredes --literalmente en cada pared hay una muestra de su trabajo -- uno no puede sino desear que pronto mejore la economía…

Pero ahí está justamente el último reducto de la angustia: la certeza que Glen tiene de que McCain es la peor alternativa para hacer resurgir la economía estadounidense, pues seguirá hundiendo a su país en una guerra sin fin, que terminará por destrozar la consistencia de este pueblo y su confianza en el futuro. Una guerra que sigue engordando a unos pocos, mientras el resto se pudre.

Está siempre la posibilidad de Obama, pero Glen cree que esa promesa tiene todas las posibilidades de diluirse, pues (esta opinión la hemos escuchado reiteradamente de diversos interlocutores a lo largo del viaje), los buenos no duran: A Barak le pasará una de dos, o renunciará a su proyecto del cambio, traicionándose a sí mismo, o bien, terminará junto a Lincoln, a los Kennedy, a Luther King, a Lennon…
La plática sin duda arriba a un callejón no exento de pesimismo. Pero al día siguiente, con otro desayuno alto en colesterol de por medio, las cosas se aligeran.

Glen nos cuenta algo de su experiencia como psicólogo clínico, tema que a nosotros, como podrá suponerse, nos tuvo atados a nuestras sillas más de cuatro horas.

De todo su trabajo profesional que recorrió el espectro entero de pacientes –empezó con niños, pasó a adultos, trabajó con parejas y también con pacientes terminales— encuentra que lo que más impacto tuvo fue el trabajo con niños. Los niños son, en su perspectiva, los únicos en los que puede operar una transformación real; en su opinión sólo en ellos la terapia puede tener un impacto que persista duraderamente en su aparato psíquico y proveerles de recursos para construir una vida verdaderamente más plena.

A propósito del trabajo con niños nos cuenta la que considera su etapa profesional más relevante, trabajando con los “niños problema” de las escuelas públicas de Gran Bretaña. Era dificilísimo ayudar a los niños, sobre todo, pues Glen no conseguía que los padres los llevaran puntualmente a sus dos sesiones semanales a lo largo de tres meses, que es lo que requería el tratamiento. Fue entonces que a él se le ocurrió una innovación metodológica: trabajar con una población en un periodo de internación de dos semanas, en campamentos con monitores.

Su propuesta, nos cuenta, tuvo un gran impacto en Gran Bretaña pues fue adoptada por el oficialismo educativo como la alternativa más efectiva para tratar a los niños conflictivos de las escuelas públicas, que de acuerdo al sistema educativo inglés, estaban condenados a salir de las escuelas regulares para entrar en “institutos para niños especiales”. Esta solución, como se podrá imaginar, se convierte en un problema más grande que el problema que tratan de corregir, pues pocas cosas hay tan enajenantes como etiquetar a alguien de “especial”, o de “problemático”. Hay incluso quien piensa, como Laing, el padre de la antipsiquiatría en el Reino Unido, que la locura no existe como fenómeno psicofisiológico, sino como reacción posterior a que alguien fue estigmatizado como “loco” y se le empezó a tratar como tal.

Las pautas de la propuesta son, en resumen, las siguientes: Convivencia continuada a lo largo de dos semanas lejos de los padres y la familia en donde está instalada la dinámica patógena; con adultos sanos, que modelan un patrón de relación y resolución de conflictos distinto al que prevalece todo el tiempo en el entorno del niño; en instalaciones rodeadas de la naturaleza que contagiarán al niño de su vitalidad; en un programa lleno de actividades que le permitirán experimentarse como alguien con el potencial para crear, con la capacidad de ponerse en contacto y hacer amigos…

Todo eso en conjunto, dice Glen, resulta increíblemente terapéutico, y le da a los niños un respiro desde donde pueden fortalecerse, volver a su lugar de origen y encarar su vida desde otro sitio. En síntesis, cada uno tiene en sí mismo el potencial del crecimiento sano. Sólo basta construir condiciones adecuadas para que ese potencial se exprese.

Frente al cuestionamiento de qué tanto el programa tuvo impacto real, medido, Glen nos cuenta que la mejor prueba que él tuvo consistió en que los inspectores de los distritos educativos del Reino Unido empezaron a tomar muestras de buen comportamiento durante los campamentos como evidencia válida para sacarlos de los “institutos especiales” y regresarlos a “escuelas normales”. ¡Cientos de niños que gracias al trabajo de Glen consiguieron escapar de una política educativa que los hubiera condenado a entrar en un complejo espiral de vida!

Siguiendo la traza de su experiencia llegamos a otra de las estaciones que Glen valora sobre su carrera: el trabajo que tuvo en educar a médicos y a enfermeras para tratar pacientes terminales.

Nos cuenta que lo que más difícil fue convencer a los médicos de hablar con la verdad y de forma directa a las personas sobre la muerte: Hacerle saber a otro que se ha hecho todo lo posible, que se han agotado todas las posibilidades. Que la última estación se aproxima. Que es tiempo de que el paciente ponga sus cosas en orden, llame a sus familiares y se prepare.

Y no es raro que a los médicos les cueste trabajo. A la mayoría de nosotros nos cuesta. La muerte sigue siendo uno de los tabús en nuestra vida… Por eso, coincido con Glen, mientras continuemos teniéndole tanto miedo, seguirá robándonos una cantidad de energía importante para vivir. Pues acaso sólo encuentra una vía plena hacia la vida quien le se da un tiempo para considerar con seriedad la muerte.

Y con los últimos trazos del diálogo con Glen salgo a la playa de Roatán, por lo que queda del día, decidido a llenarme de imágenes de vida…





Un delfín en la tina de mi baño



















A la isla de Roatán fuimos exclusivamente por los delfines. Nunca antes habíamos escuchado hablar de esa isla, perteneciente a Honduras, que flota tranquilamente en el mar del caribe. Muy pronto aprendimos que las Bay Islands –de las que Roatán es la más grande- son famosas en el mundo del buceo. Están llenas de joyas submarinas: coral, peces coloridos, delfines y el cotizado tiburón ballena.

En nuestro largo camino hacia Roatán, nos encontramos con varios grupos de europeos entusiastas que se acercaban a esta parte del mundo simplemente para bucear en sus aguas. Aprendimos, gracias a la autoritaria y fuerte voz de una inglesa con quien compartimos la mitad del recorrido, que la mejor isla para bucear es Utila pues a diferencia de la más desarrollada Roatán aquella está repleta de bahías escondidas, arrecifes protegidos y opciones económicas para dormir y comer.

Nosotros, sin embargo, no íbamos en busca de peces ni coral sino en busca de delfines. Habíamos leído que en el Institute of Marine Sciences de Roatán ofrecían varios programas para que la gente “común y corriente” pudiera acercarse a los delfines. Para personas como yo –que desde niña había soñado con ser entrenadora de delfines- existía un programa llamado “Trainer for a day”. Así que a pesar de recibir algunas miradas extrañas de los viajeros que buscaban aventuras de buzo y no podían entender por qué estábamos eligiendo la más cara de las dos islas, seguimos con nuestro propósito de llegar a Roatán.

El programa “Trainer for a day” consistía en conocer los secretos de los entrenadores de delfines; acceder -tras bambalinas- a las instalaciones del instituto para convivir con los entrenadores y sus animales.

Debo confesar que mi corazón de niña brincó de emoción al oír sobre el programa pero inmediatamente mi cabeza adulta se llenó de prejuicios:

¿Y si soy la única ridícula inscrita en el programa?

¿Cómo me recibirán los demás entrenadores?

¿Y si los otros que toman el programa son puros niños?

¿Y si a la mera hora me da miedo y no quiero meterme al agua con los delfines?

Todo esto bailaba nerviosamente en mi cabeza mientras Arturo trataba de animarme a hacer lo que siempre había querido…

De niña me habían fascinado tanto los delfines que en una ocasión le insistí a mis papás que tuviéramos uno de mascota y que viviera en la tina (del único baño que teníamos en casa). Cuando cumplí ocho años me llevaron a ver el show de delfines en Atlantis. Cuando llegó el turno de que un niño pasara al frente preguntaron quien estaba cumpliendo años ese día. Yo decididamente alcé mi mano pero pasó desapercibida entre los cientos de niños que también la alzaron –muchos de los cuales, me sospechaba, no estaban de cumpleaños. Así que los delfines tenían una larga deuda conmigo desde niña.

Me llegó a la mente el libro de Randy Pausch, un profesor que había sido invitado a dar una clase a Carnegie Melon University titulada “Mi última cátedra”. La idea era invitar a ciertos profesores con larga trayectoria para que imaginaran que daban la última conferencia de toda su vida. El asunto especial con Randy era que ésta era en realidad su última cátedra, pues entre el momento en que lo habían invitado y la fecha que le dieron para presentarse, le habían detectado un tumor cancerígeno mortal en el páncreas. Los doctores le pronosticaron unos cuantos meses de vida.

El profesor, de cuarenta y siete años, se debatió durante varios días si debía o no presentarse. Al fin y al cabo todos podrían entender que él querría dedicar sus últimos meses a su familia y no a planear una cátedra. Sin embargo, como lo relata en su libro, decidió que dar esa conferencia era una forma para despedirse de la academia, que durante tantos años había sido su otra familia.

Asumiendo que todos pensarían que optaría por hablar de la muerte, Randy, decidió hablar más bien de la vida. Habló de la importancia de cumplir tus sueños infantiles a lo largo de tu vida pues ahí radica la pasión y la vitalidad. Ahí radica el sentido de estar vivos. En el libro que escribió, “The Last lectura” relata los sueños que tenía de niño y cómo hizo para tratar de alcanzarlos siendo un adulto. En algunos casos lográndolo y en otros simplemente intentando…

En uno de los capítulos habla sobre su sueño de ser astronauta. En realidad, su sueño no estaba tanto motivado por ir a la luna sino por vivir la experiencia de flotar en un ambiente sin gravedad. Siendo adulto, logró cumplir este sueño entrando a una de las cámaras de entrenamiento que tiene la NASA en un centro abierto al turista. Randy logró vivir por unos instantes el sueño de flotar que siempre había tenido.

Así que cargada de una mochila con bloqueador, repelente, un sándwich y mucha agua me presenté a las ocho de la mañana de un martes al Institute of Marine Sciences. La otra persona que se había inscrito para el programa de ese día era, efectivamente, una niña de once años. Sonreí. Al fin y al cabo, ese día, yo también tenía once años.

Pasamos todo el día bajo el sol conociendo y trabajando con algunos de los diecinueve delfines que viven en las instalaciones. Me sorprendió la capacidad de los entrenadores para reconocer a cada uno de ellos a partir de las mínimas marcas y cicatrices que tienen en la piel. Yo a duras penas logré identificar a una, la más panzona, que tenía diez meses de embarazo y un hocico coloreado de rosa con pequitas grises.
Las primeras horas fueron dedicadas a conocer la anatomía de los delfines. Como si se tratara de un programa educativo de la televisión, el entrenador nos fue enseñando datos interesantes del cuerpo de los delfines. Por ejemplo, que de los noventa y tantos dientes que tienen no los usan para masticar el pescado. El pescado es tragado entero y los dientes, en cambio, les sirven como protección de su depredador más temible, el tiburón.

Aprendimos que la mayoría de los delfines que tienen ahí nacieron y han vivido en el mar abierto. Esto significa que saben lo que es estar afuera pero prefieren estar ahí. Lo saben porque diariamente se les abre las compuertas para que tres o cuatro delfines salgan al mar abierto, siguiendo una lancha, y permanecen ahí durante las dos horas que dura un programa para bucear con delfines. Cuando han terminado, como si fueran perros, siguen a la lancha de vuelta a su hogar.

Me han contado de algunos delfines que en ocasiones deciden no seguir a la lancha de regreso. Se quedan por fuera durante horas, quizás nadando con otros grupos de delfines. Inclusive se han quedado por fuera durante toda la noche, pero a la mañana siguiente los encuentran ahí de vuelta, rondando las instalaciones. Los delfines saben que vivir en mar abierto implica peligros constantes, pelear por su comida y estar todo el tiempo en estado de alerta. En la institución, en cambio, tienen una vida más fácil. Ahí el reto para los entrenadores está en mantenerlos interesados y activos.


Los delfines pasan todo el día aprendiendo y repasando trucos. Saltos, coletazos, sacadas de lengua, juegos con la pelota son todos parte del repertorio. Incluso nos contaron que ahora están en un programa de investigación para enseñarlos a “leer”, interpretando símbolos impresos en pedazos de cartulina. La idea es lograr que relacionen una señal de mano del entrenador con cierto símbolo.

Otra de las cosas novedosas fue un delfín que estaba aprendiendo la señal de “haz algo totalmente nuevo, que no hayas hecho antes”. El delfín emite un sonido. Cuando la entrenadora le vuelve a pedir lo mismo el delfín se detiene por un instante, como si estuviera pensando, para después emitir otro sonido, distinto al primero. Y así lo hace tres veces.

La entrenadora me dice con orgullo que el delfín está, de cierta manera, aprendiendo el concepto de creatividad (crea algo novedoso, que no hayas hecho antes). Increíble, ¿no?
También me entero de las relaciones afectivas y cercanas que los delfines establecen con sus entrenadores (y me supongo que viceversa también). Cuando uno de los entrenadores se fue de vacaciones, el delfín que estaba a su cargo se apartó del resto del grupo negándose a participar y obedecer a los demás entrenadores.

¿Qué pensaran los delfines de nosotros?

He escuchado varias veces las historias de náufragos que han logrado sobrevivir horas en el mar gracias a que uno o varios delfines los acompañan y en algunos casos, dándoles de hocicazos cada vez que comienza a quedarse dormidos.

Así termino mi día con los delfines, agotada pero feliz (y un poco insolada) pensando que definitivamente no sería capaz de hacer esto todos los días.

Quizás no todos nuestros sueños infantiles se convertirán en nuestra gran pasión de la vida. Pero sí puedo estar segura que todas nuestras pasiones tienen su semilla en nuestros sueños de infancia. Lo importante es atrevernos a hacerlos realidad.

Esa noche, me voy a dormir con sueños de delfines rondando mi mente. Y de algún lugar desde el fondo de mi corazón aparece mi niña para darme las gracias por ese día.



martes, 26 de agosto de 2008

Crónica del viaje y llegada a Roatán, Honduras

Salimos del MET a las nueve de la mañana con rumbo a Placencia en la costa, sitio donde tomaremos un barco hacia Honduras. El nuestro es un trayecto poco usual, pues al terminar el programa a caballo, la gente suele ir a Belice City. Es por eso que Daniel alienta a Rigo –que de Belice no conoce prácticamente nada más que la selva—, que aproveche que vamos para allá y se suba a la camioneta con nosotros, para que por lo menos vea lo que hay en el camino y pase la tarde en Placencia.

Rigo accede y decide llevar a una de sus hijas, una que tiene siete años y que es una copia fiel de la fotografía de su esposa, que un día en la selva sacó de su cartera para enseñárnosla. La niña es súper callada. Durante el trayecto que duró casi cuatro horas se la pasó mirándonos y sonriendo. En la carretera que era de una desesperante monotonía verde, ella encontró motivos suficientes para hacerle a su papá cincuenta preguntas distintas, con su vocecita de duende. “¿Y porqué…?”

En el camino rumbo a Placencia, el conductor pasó por Belmopan para que la conociéramos. Supongo que haber vivido en la ciudad de México toda mi vida, ha desvirtuado mi percepción y expectativa de los lugares. Quien vive en la Ciudad de México está irreversiblemente enfermo de desproporción. Acaso por eso es que me sorprendió que el centro de la ciudad de Belmopan, la capital de Belice, tuviera el aspecto y dimensiones de Tres Marías en la carretera que va del D.F. a Cuernavaca.



La tarde en Placencia cumplió cabalmente la promesa inscrita en su nombre. Hicimos un par de caminatas a lo largo de las dos calles que la constituyen, recorrimos la playa, nos sentamos a comer arroz con frijoles (plato que nos ha seguido persistentemente a lo largo de todo Centroamérica), tomamos un café, compramos fruta, conseguimos un nuevo cuaderno pues el sistema de hacer notas de lo que nos ocurre en la parte trasera de los tickets es ya insuficiente para captar todo lo que nos ocurre. Aprovechamos también para ponernos al día con los correos en Internet y compramos los boletos para el ferry que nos llevará al día siguiente a Puerto Cortés, en Honduras.

La caminata nos deparó también un poco del espíritu caribeño de tomarse la vida con calma. Acaso sea cierto que a los costeños cuentan con una cierta sabiduría sobre como no complicarse la vida demasiado.


Al día siguiente, llegamos temprano al sitio desde donde parte la embarcación. El sentido de desproporción vuelve a hacerse patente: los beliceños llaman ferry a lo que comúnmente se conoce como lancha (por más que se trate de un lanchón).

El paso por migración a la salida de Belice tiene su dosis de asombro: El hombre que conduce la lancha recogió los pasaportes y las cuotas del impuesto de salida de todos los que viajábamos. Un oficial de migración se trepó a la lancha y selló los pasaportes. Lo curioso es que nunca verificó realmente que la identidad de los viajeros correspondiera a la de los documentos. Sobra decir que nadie nunca checó el contenido de las maletas, en las que perfectamente podría haber habido un cargamento de droga, un arsenal capaz de armar a una célula terrorista o, inclusive, un pequeño hombre –con elasticidad de contorsionista- escondido.



El resto del viaje es arduo. Seis horas en camioneta de Puerto Cortés a la Ceiba en la costa Hondureña, noche en un hotelito, despertada temprano para tomar el ferry de dos horas que va de la Ceiba a Roatán.

Cerca de cincuenta y dos horas después de que salimos del MET, llegamos a nuestro destino final.

Así de cansados como estamos nos falta energía para elegir efectivamente un sitio para hospedarnos en esta isla que opera con precios de Cancún. Rebotando de un lado a otro, llegamos a unas cabañitas frente a la playa del West Bay, por las que pagaremos 2.5 veces el dinero que tenemos destinado en nuestro presupuesto diario para una noche de hospedaje.

A pesar de que el paisaje es de sueño, lo pasamos muy a disgusto, especialmente por la desconfianza que nos genera el dueño, un hombre de nombre Foster que representa la enésima generación de una familia que domina estos terrenos frente a la costa, y cuya reputación de pirata es confirmada dos días más tarde por un taxista que nos llevó al West Bay. El taxista nos hizo notar que ninguno de los camareros o los meseros que trabajan para Foster sonríe, porque el hombre los explota, y ellos no hacen más que trasladar su desgracia al turista con malos tratos.

Como suele ocurrir, a partir del comentario, empezamos a ver moros con tranchetes, y nos da incluso la impresión de que aquí hasta los animales se conducen salvajemente, y se prodigan unos a otros un trato inhumano.



Como es rutina en una pareja de psicólogos, es difícil no pasar todas y cada una de las decisiones por el tamiz del análisis, cada una de las sensaciones por el filtro de la interpretación…. Así que esa noche Jennifer y yo nos entregamos al debraye: el haber caído en este sitio de mala muerte se debe a que aún no alcanzamos el status de guerreros itinerantes.

La explicación nos basta para irnos a dormir con la ilusión de que hemos recuperado el locus de control sobre nuestra travesía, pues está claro que esa imagen de guerreros no es otra cosa más que una fantasía. En esa idealización los guerreros itinerantes son capaces de sobrevivir con un presupuesto diario de diez dólares; dormir siete noches consecutivas en una hamaca a la intemperie; sobrevivir el día sólo con una pizza y una cerveza en el estómago; nunca tienen diarrea, son inmunes al rayo del sol, y a ellos los mosquitos les hacen los mandados…

Pero no es sino hasta al día siguiente, con los primeros rayos del sol, que conseguimos capturar una versión de nuestra condición mucho más precisa y ventajosa para nuestros propósitos. En realidad ya somos unos guerreros itinerantes, pues nada nos obliga a permanecer bajo las garras de Foster un solo segundo más (afortunadamente sólo dejamos pagada una noche). Y además, guerrero no es aquel a quien no le da diarrea, sino el que sigue adelante a pesar de que la tiene…

Así pues, nos armamos con nuestras mochilas y nos lanzamos de vuelta –en sandalias, faltaba más-- a buscar otro hotel.

Más tarde tendremos ocasión de comprobar el efecto dramático que esta pequeña valentonada de guerreros itinerantes tuvo en la comunidad turística del West Bay de Roatán, pues al menos un par de parejas que nos encontramos por la tarde nos reconocieron: “¡Ah, ustedes eran la pareja de mochileros que pasó por la playa a medio día…!”

Nuestro nuevo hospedaje es el único Bed & Breakfast que existe por estos lares. Este sitio constituirá por cuatro noches la guarida desde donde estamos seguros, conseguiremos el objetivo para el que dimos un enorme rodeo en el mapa de Centroamérica para venir hasta esta isla a que Jennifer pueda palomear uno más de los sueños de infancia que constituyen su lista de 1000 cosas de hacer antes de morir: nadar, finalmente, con los delfines.

Nuestro Recorrido en Belice

Recorrido en Belice



Recomendiaciones de Viajeros del Corazon en Belice:

-Mountain Equestrian Trails en las Maya Mountains

sábado, 16 de agosto de 2008

No me lo vas a creer

Inmigrantes I

Ginger, una perra, se corta la pata. Camina por toda la casa. Hace un reguero de sangre. Charcos. Manchas rojas por doquier.

Blanca, la cocinera de la reserva, lo ve. Siente un mazaso en la cabeza. Por un instante todo ha vuelto a ocurrir. Siente que está de vuelta en el Salvador; que tiene doce años; que la sangre no es de perro, sino de hombre.

Como en su casa, como en las calles del pueblo, donde todos los días amanecían sacos llenos de cabezas de los muchachos.

Cabezas que el ejército había cortado la noche anterior.

Inmigrantes II

Pasaron cuatro meses construyéndola en la sala de la casa, para que no los descubrieran.

Cuando finalmente estuvo lista, acordaron que la noche del viernes era la indicada. Para sacarla, tuvieron que tirar la pared de la casa. La cargaron, de madrugada, a lo largo de cuatro kilómetros antes de llegar al agua.

Entonces, finalmente, la botaron. Eran más de doce en la lancha. Todos licenciados, doctores, maestros, enfermeras, ingenieros.

La primera pelea ocurrió el día que el motor falló. Habían pasado cuatro días desde que zarparon. Durante la construcción ya alguien lo había dicho: "ese armatoste de motor, esa mierda de carcacha rusa no serviría para nada. Mejor sería ir a remo."

Todo ocurrió después con la misma potencia de la corriente a la deriva que los llevó.

La lancha empezó a hacer agua, pues la madera con que la hicieron no era buena ni estaba bien curada. Alguien tenía que estar permanentemente sacando agua. La comida empezó a faltar. Comieron peces crudos. Bebieron la sangre. Dos se pelearon a puños por el mando. W. pensó que moriría el día de su cumpleaños, pues más de diez tiburones rodeaban el bote.

Todavía en el Caribe los encontró la guardia marina de alguno de los países de la zona. Veinte días después de haber zarpado de la Habana. En la lancha de la guardia costera que los rescató viajaba por casualidad un camarógrafo que participa en un documental de conservación animal.

A partir de ese momento todo aparece grabado en la cámara.

La primera palabra que sale de los náufragos para la cámara es un insulto contra Fidel, una maldición contra la revolución.

A pesar de ser de otro país, el guardia recomienda cautela. Sugiere no hablar a la cámara nada que pueda comprometerlos.

Los náufragos pasan media hora en silencio. Vigilantes.

Pero pronto, uno a uno se confiesan frente a la cámara. El aislamiento, la desesperación que han acumulado a lo largo de su experiencia es más grande que el temor a ser deportados, a ser castigados por el régimen. Hablan como si necesitaran que otro fuera de la barca confirmara a través de su escucha que continúan vivos.

W. es la primera en hablar: “Te voy a contar una historia, que no me lo vas a creer…”

Después de dos días en tierra y con una reparación provisional del motor, los cubanos vuelven a lanzarse mar adentro, con el consentimiento de la guarida costera.

Tres meses más tarde, el camarógrafo recibe un correo electrónico de W. escrito desde Miami. Ella le cuenta que consiguieron llegar a México en la barca, y desde ahí, cruzaron hasta EUA como ilegales.

W. quiere volver a ver al camarógrafo, dice en su correo. Está enamorada…

Inmigrantes III

Estandartes de la Virgen de Guadalupe. Banderas mexicanas. Banderas estadounidenses. Banderas salvadoreñas, guatemaltecas, nicaragüenses.

Grafiti en los barrios chicanos de Los Ángeles. Rascacielos en la ciudad de Nueva York. Puentes en la ciudad de Chicago.

Gente. Una multitud.

Rancheros en sus enormes camionetas juegan a abatir mojados en el desierto de Arizona como si se tratara de un un juego de X – Box.

Se anuncia la creación de un muro virtual en la frontera de México y Estados Unidos.

Consignas. Pancartas. Gente tomada de las manos.

Es la fantasía del director Sergio Arau hecha realidad. “Un día sin mexicanos”.

Millones de chicanos han salido a las calles a protestar. A pedir que la hipocresía termine, que este país reconozca la contribución que ellos tienen a la economía; que este país recuerde que fue fundado por inmigrantes perseguidos; que este país regrese al espíritu generoso que la ha hecho grande; que vuelva a soñar el sueño aquel del hombre que llega a América desesperado, con un bulto por toda posesión, y quebrándose la espalda trabajando, encuentra una vida mejor.

Mientras tanto, varios centenares de policías enormes, montados en caballos enormes, con macanas enormes, observan el desfile en primera fila.

Seguramente más de la mitad de ellos son nietos de inmigrantes italianos, irlandeses, alemanes…

Daniel Velazques, artista en residencia

Tres historias de inmigrantes documentadas en película por Daniel Velázques, el artista en residencia que vive en el M.E.T. de Belice, con quien cada noche, después de nuestra jornada a caballo, compartimos la cena y la charla.



En principio, es fácil rastrear el interés que Daniel tiene en contar estas tres historias en su registro biográfico: él mismo es hijo de inmigrantes mexicanos, chihuahuenses, que cruzaron el Rio Bravo para radicarse en Los Ángeles hace cerca de cuarenta años.

Sin embargo, como en toda su obra, este documental lleva también indirectamente un filo de denuncia política. Más allá del drama humano del inmigrante, contar estas tres historias pretende, en parte, hacer patente las consecuencias de la política exterior de Estados Unidos en la región.

Desde hace tiempo este afán de denuncia espolea el trabajo artístico de Daniel. Mientras comentamos el material audiovisual que nos mostró en su laptop en la palapa de La Cantina, nos comenta su impresión de que en realidad todo el asunto del muro fue una cortina de humo para distraer a la gente del interés central del gobierno de Bush en aquel no tan lejano 2006: la aprobación de recursos extraordinarios para la guerra de Iraq.

Daniel piensa que la trama que encabezó el tandem Bush & Cheney tiene elementos para presumir una dinámica perversa: Profit from problem & solution.

De esta adhesión de ver y denunciar lo que algunos ven como un complot de un grupo de intereses económicos salió la serie de pintura de Bush´s Gas Mask Co.



Y es que Daniel, como otros, encuentra elementos suficientes para denunciar el conflicto de intereses que los Bush y sus amigos tienen, pues mezclan el interés público que supone dirigir al país más poderoso del mundo, con el interés privado de un portafolio de inversión que tiene una diversificación perversa: intereses en la industria armamentista, petrolera, farmacéutica y de compañías de logística y urbanización.

Y es que en el caso de Daniel, su trabajo de denuncia difícilmente puede ser calificado como una ocurrencia superficial o como una moda pasajera. Su historia comienza hace años, cuando formó parte de uno de los organismos estadounidenses dedicado a ayudar países empobrecidos y sitios destruidos. Daniel fue parte de la misión que reconstruyó la Isla de Antigua después de que fue azotada por algún huracán; parte del equipo que levantó varios poblados Chilenos que arrasó un terremoto; parte de la fuerza de paz que contribuyó al reestablecimiento de los desplazados guatemaltecos y salvadoreños en Belice.

El idealismo que lo llevó a involucrarse en los Peace Corps (nacidos en la administración de JFK) o en los Crisis Corps (una iniciativa de Clinton emulando a su héroe político), fue diluyéndose con el tiempo.

Pues si bien Daniel reconoce el impacto que los recursos y la labor humanitaria de estos grupos tiene en las poblaciones afectadas, y cree profundamente en el espíritu que los engendró, no deja de creer que han sido tergiverzados, y se los utiliza los utiliza con fines económicos --para inocular en las poblaciones el uso de materiales de compañías estadounidenses (en las misiones de reurbanización); o bien como agencias de inteligencia para el control militar (cada uno de estos voluntarios debe remitir informes trimestrales en los que se detalla, entre otras cosas, la dinámica política y la actividad de los líderes de las poblaciones con las que se trabaja).

Para Daniel es una desgracia lo que ha ocurrido bajo la administración Bush en los Estados Unidos y la publicación del Acto Patriótico Estadounidense del 2001 que da facultades discrecionales al gobierno (entre otras) para intervenir comunicaciones y otros registros; y fortalece a las autoridades de inmigración, para detener y deportar a cualquier persona de la que se sospeche –sin mayor prueba o fundamento formal—un involucramiento en actividades terroristas .

Él mismo decidió autoexiliarse en Belice cuando después de una serie de exposiciones en Los Ángeles, cuando los indicios de persecución y acoso hacia su persona y gente cercana, empezaron a ser demasiado obvios para ser ignorados.

“Lamentablemente, cuando lo que haces es comprometerte con la denuncia de la corrupción o la injusticia de los grupo de poder” – dice – “todo lo que toma para detenerte es que te hagan la llamada: Sabemos dónde viven tus hijos…, tus nietos…”

Aún así, enclavado en la Selva de Belice, él sigue buscando, pues en realidad, su apuesta no es tanto la denuncia, sino la conciencia. ..


La conciencia que invita a que cada uno elija libremente, según su mejor entendimiento.


La conciencia que nos hace corresponsales de cuidar el mundo que habitamos.


La conciencia que nos abre al otro. Que nos lanza a la más compleja de todas las aventuras: Amarnos por tanto tiempo como nuestra humana limitación nos lo permita.

El sombrerón y la llorona

La selva me mostró también su lado fantástico, invitándome a conocer los personajes que viven entre sus sombras y se aparecen en los momentos inciertos, cuando se abre la compuerta que separa el mundo de la realidad del mundo de los espíritus.

La Llorona y el Sombrerón no son inventos de la imaginación de algún escritor sino seres que conviven a diario con la gente del pueblo. Espíritus -a veces protectores, a veces malignos, traviesos siempre- que viven en los escondrijos de la selva y se aparecen para conversar con los incautos.

El Sombrerón es un hombrecillo, con matices de duende, que viste un enorme sombrero y vive enamorado de las muchachas más lindas del pueblo. Cuando cae la noche, se desliza por los rincones para entrar a la recámara de su enamorada…

Cuando Rigo supo de nuestro interés sobre los cuentos y se enteró que habíamos invitado a Ovidio –el cuentero del pueblo- a que nos contara sus historias, no quiso quedarse atrás. Comenzó a relatar su repertorio de encuentros fantásticos.

Nos contó, por ejemplo, que el Sombrerón se le aparecía todas las noches a una sobrina suya.

“¿Y cómo lo sabían?”, le pregunto.

“Porque todas las mañanas amanecía con el cabello lleno de trenzas…”

Y es que al Sombrerón le gusta jugar con el pelo (y con otras partes del cuerpo) de las jovencitas que llaman su atención.

La familia de la sobrina de Rigo inmediatamente se mudó de casa.

Sin embargo, el Sombrerón no es sólo un enamorado perdido que anda en busca de muchachitas. Es también portador de grandes secretos que pueden llevarte a la fortuna, si es que sabes como tratarlo…

Rigo nos relata la historia de su tía, una mujer malhumorada y fría que no tenía esposo y vivía con sus dos hijos en una pequeña finca. Todas las mañanas salía con su hijo mayor a cuidar el ganado, pero una mañana decidió dejar a su hijo a cargo de su hermanito.

Esa mañana, mientras la mujer vigilaba el ganado, vio a lo lejos, debajo de la sombra de un árbol, a su hijo mayor. Se le acercó gritando y maldiciendo: “¿Qué haces aquí? ¿Quién está cuidando a tu hermano?”

El Sombrerón, siendo invisible, necesita tomar el cuerpo de alguna persona para aparecerse en nuestro mundo. En esta ocasión había tomado el cuerpo del hijo. Pero la mujer, ciega y furiosa, no lo supo reconocer. Se descompuso en maldiciones hacia el espíritu, que al cabo de unos segundos, terminó por desvanecerse en el aire. La tía había dejado pasar la oportunidad de que el Sombrerón le mostrara el tesoro que yacía enterrado bajo su finca…

Mientras nos contaba sus historias yo no podía evitar sentirme en otro mundo. Transportada al mundo de los cuentos de hadas, como si me hubiera echado un clavado en las páginas de un libro. Todo lo que había leído se me estaba presentando aquí como algo real y cotidiano.

Los cuentos de tradición oral que andaba buscando para ampliar mi repertorio vivían aquí, entre la gente. No era algo del pasado. En este pequeño pueblo la gente seguía compartiendo historias. Los personajes mágicos vivían a través de las generaciones. En nuestro mundo tan tecnologizado había encontrado un sitio donde la palabra todavía ejercía el poder mágico que hace siglos había llamado a las personas alrededor del fuego a compartir historias.




Unas horas más tarde, conocimos a Ovidio. Pasamos la noche contando cuentos en torno a las lámparas de aceite, sentados juntos a sus tres hijos que escuchaban los cuentos como si fuera la primera vez, aunque era obvio que se los sabían de memoria.

Lo que más me impresionó fue la manera en que Ovidio trataba a los personajes de sus cuentos, como si realmente hubieran existido.

“¿Pedro Urdemales? ¡Ese era un sinvergüenza!”, nos dice Ovidio, como recordando a un familiar lejano: “Pero no estaba solo. Su compañero era un tal Quevedo, de nombre no sé, pero de apellido, Quevedo”.

Y comienza a desenrollarse una de las tantas aventuras de Pedro Urdemales.



“¿Usted sabe algo del Cadejo?”, le pregunta Arturo.

Ovidio le contesta que no sólo ha oído del Cadejo, un pequeño perro a veces negro, a veces blanco, que se le aparece a algunas personas para guiarlos cuando cruzan los senderos oscuros de la selva, sino que a él de niño se le aparecía.

El Cadejo tiene la capacidad de transformarse. Si uno muestra miedo, el perro comienza a crecer tomando la forma de bestia. Pero si uno no tiene miedo, el Cadejo se convierte en un guía: un perro protector que puede mostrarte la salida, acompañarte durante la noche e incluso, como en el caso de Ovidio, luchar –hasta dejar muerto- a otro perro feroz.

Me parece curioso como cada personaje mágico tiene una correlación con la fuerza interna de la persona a quien se le aparece.

Rigo nos cuenta la historia de cómo la Llorona se le apareció a un amigo suyo:

Cada noche después de haber visitado a la novia, su amigo tenía que cruzar un río para llegar a casa. En una ocasión, entre las sombras de los árboles, logró distinguir la silueta de una mujer que se bañaba desnuda en el río. La mujer se cubría la cara con el pelo, pero él podría haber jurado que era su novia. Cuando comenzó a acercarse, la mujer cambió de forma y una sensación de cosquilleo en la nuca, le advirtió que era la Llorona. Salió de ahí corriendo.
Rigo nos cuenta que su amigo logró escapar de la Llorona, pero si hubiera sido de “espíritu corto” el poder de la Llorona hubiera ganado. Se ha sabido de hombres que palidecen contra la figura de la Llorona, incapaces de despegarse de su lado, terminan siendo sus prisioneros.

También tiene Rigo una historia sobre estos hombres. Uno en particular que hechizado por la Llorona vivió con ella en una cueva durante años. Engendró hijos con la mujer-monstruo y cuando finalmente logró escapar, regresó al pueblo transformado. Irreconocible, con el pelo y la barba tan crecidos que parecía una bestia. Enmudeció del impacto. Nunca volvió a ser normal. Vivió el resto de sus días solo, sin hablar con nadie, paralizado del miedo por lo que había vivido. El, seguramente, era de espíritu corto.


Así que la próxima vez que se encuentren caminando solos por el campo y la luz del día comience a jugar con la oscuridad, no se sorprendan si a su lado aparece la figura de un duende de sombrero, una mujer de cabellos largos o la sombra de un pequeño perro blanco. Si tienen suerte, quizás hasta encuentren un tesoro.

martes, 5 de agosto de 2008

Belice, la magia de la selva

“Esta es la razón por la que se habla inglés en Belice” nos dijo Rigo, nuestro guía, al señalarnos un enorme árbol de caoba.

Cuando Europa jugó a repartirse el recién descubierto continente americano, nadie reclamó en principio a Belice. Ese pequeño rectángulo de tierra, acurrucado junto a la península de Yucatán, pasó desapercibido. Ni los reyes españoles ni la corona inglesa quisieron considerarla como suya.

Así que cuando un grupo de ingleses, a mediados del siglo XVII, decidió establecerse ahí para hacerse rico con las maderas de la selva, nadie se opuso. Los ingleses, cargados de esclavos jamaiquinos, penetraron la selva en busca de maderas preciosas. Ya era tarde cuando los españoles decidieron reclamar el territorio, pues los ingleses que la consideraban su hogar, pidieron ayuda a la Corona Inglesa que en 1862, finalmente, la reconoció como colonia.



“Bajo la sombra florecemos” dice la bandera de Belice, que nació junto con su tardía independencia el 21 de septiembre de 1981.

La selva, profunda, intensa, impenetrable.

La selva llamó a los primeros aventureros británicos y desde entonces ha seguido sirviendo como imán para quienes buscan ganarse la vida a través de ella.

Las carreteras en Belice son pocas y pobres. La industria maderera no requería de grandes caminos así que la historia de Belice produjo un país pequeño comunicado únicamente por dos o tres carreteras decentes que la atraviesan conectando las mayores ciudades.



Al recorrer la carretera, el verde es únicamente interrumpido de vez en cuando: casitas de madera, niños jugando y algunos letreros despintados, en inglés, que me hacían sentir por instantes fuera de Centroamérica.

En Belice hay una sensación de que el tiempo se ha detenido. Nadie tiene prisa. Quizás, porque no hay a donde ir. No existen muchas opciones. No hay grandes comercios. Los caminos se sienten largos y tranquilos. La gente se asoma a la ventana para ver a los pocos coches pasar… ¿sabrán lo que se siente estar en un embotellamiento?

Mi vida en la ciudad de México se siente tan lejana. Como inexistente. A mi alrededor todo es verde y parece que así ha sido siempre.



La selva, tupida, generosa, insondable.

Belice tiene verde para regalar. Por eso es que las Montañas Mayas se van llenando, poco a poco, de extranjeros que vienen en busca en aquello que todavía queda virgen en este mundo. Los reductos de la vida como la conocieron nuestros abuelos. Como la vivieron los ingleses del siglo XVII.

Después de haber pasado seis días en la selva puedo entenderlo. La selva atrapa. Tiene un magnetismo que al mismo tiempo que atrae, asusta. Al igual que la sensación de vértigo al estar parado sobre el borde de un edificio muy alto. Da miedo, pero sentimos un jalón que nos invita a saltar.



“El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados”. (Milán Kundera, La insoportable levedad del ser)

¿Deseamos caer?

Deseamos penetrar lo impenetrable. Deseamos nadar en las entrañas del mundo salvaje, del mundo como fue al principio de los tiempos. Deseamos disolvernos en ese verdor cautivante. Dejarnos envolver por la selva.

La selva me ha llamado desde niña. En general, la naturaleza. Pero la selva, quizás por la lejanía, me atraía aún más. Aunque sólo en libros podía encontrarla. Sobre todo, en la enciclopedia para niños que tenían mis papás en el librero de la sala a una altura desde donde pudiéramos tomarla a nuestro antojo mi hermano y yo.

Abría el tomo llamado “Naturaleza”. Recorría con indiferencia las primeras partes que hablaban de seres unicelulares, hongos y bacterias. Pasaba rápidamente por los insectos y las aves. Y llegaba al capítulo del centro: la selva. Ahí me detenía.


Me dejaba caer. Gozaba de las fotos, los dibujos y las descripciones. Los relatos, literalmente, me encantaban. Me dejaban hechizada, soñando paisajes de la selva que algún día conocería.

La primera selva que pisé fue en El Petén, Guatemala, visitando las ruinas de Tikal. A los catorce años quedé asombrada con los sonidos que provocaba. Los insectos invisibles que se dejaban conocer por su canto. Aquella vez mis ojos se toparon con pocas criaturas pero mi corazón quedó impregnado de una sensación selvática inmensa. Sobretodo al sentirme cubierta por el follaje que apenas dejaba pasar algunos rayos de sol.

A los veintitrés años visité la selva lacandona en Chiapas. Pasamos una sola noche ahí. Aunque en verdad no se puede decir que dormí, pues el ruidazal que hacían los bichos me mantuvo despierta toda la noche, temiendo que alguno, audaz y persistente, lograra penetrar la tela de la tienda de campaña. Pasé la noche atemorizada, pensando que la selva me había gustado más en los libros.

La selva, misteriosa, potente, salvaje.

Esta vez, la selva de Belice me regaló la oportunidad de pasar cinco noches en sus montañas (¡y poder dormir!), pero además me invitó a conocer algunos de sus secretos.


Hormigueros gigantes, árboles estranguladores, nidos de termitas, palmas de tamaños prehistóricos, mariposas azules, serpientes oscuras, chicharras que han mudado de cuerpo… todo era tal cual lo recordaba de los libros.



Entendí a un nivel más profundo y más real la ley de la selva. Todo es alimento para alguien más. Incluso nosotros, petulantes, que nos ponemos hasta arriba de la cadena alimenticia, somos alimento para los mosquitos que requieren sangre tibia para sobrevivir. En la selva nadie se escapa de ser comido.

La selva entera está viva y palpitante. Se transforma. Muda de piel, como los animales, pero su corazón sigue intacto, luchando por seguir en pie. Invisibles, las venas de la selva siguen abarcando espacios para crecer, buscando caminos donde florecer.



Pero al mismo tiempo, la selva mata. Devora. No tiene piedad y sobrevive sólo el más fuerte. Una sola gota de la resina de un árbol puede quemar la piel. Un paso en falso te puede llevar a la boca de una culebra. Un momento de descuido y la selva te cierra las puertas, dejándote adentro para siempre. Los senderos que ayer existían, hoy han sido reemplazados por troncos caídos, lodazales y matas.

Al mirar hacia la oscuridad de la selva no puedo dejar de pensar en los mitos y leyendas que durante siglos han contado los hombres y mujeres de la selva. Los había leído, pero hasta ahora los comprendo.

Lo sobrenatural cobra un sentido distinto en la selva. Deja de ser “sobre” para ser simplemente “natural”.

Cosas que a nosotros, con nuestros ojos citadinos, podrían resultarnos inventos de ciencia ficción son cotidianidades en el mundo de la selva.

Rigo nos cuenta de las hormigas cuando deciden cambiar de hormiguero. La colonia entera emerge a la superficie, tapizando la tierra de movimiento y como si fuera un ejército disciplinado, marcha hacia su nuevo destino. En este camino no importa con quién o con qué puedan toparse. Unidas son más que cualquiera. Y lo saben.

Si las hormigas, en su camino, han decidido pasar por la casa de uno, no queda más remedio que dejarlas pasar. Así, en una ocasión, la familia de Rigo tuvo que levantarse a media noche pues una colonia de hormigas había decidido pasar por ahí.

“¿Y qué haces?”, le pregunto, alarmada.

“Dejarlas pasar”, me contesta, con la tranquilidad de la gente que vive en el campo.

“Además”, añade: “ayudan a limpiar la casa de cucarachas y escorpiones, así que simplemente las ayudamos a pasar”

La selva, cruda, ancestral, mágica.

Escuchando esto, no me sorprende que la gente de la selva vea duendes, espíritus y animales mágicos. Envueltos en ese mundo devorador y hambriento, donde hay más animales que humanos, cualquiera de nosotros sería capaz de contar sobre sus encuentros con la Llorona, el Sombrerón y el Cadejo.

Pero, estas historias y sus personajes requieren internarse aún más en la selva, y seguirme hasta el próximo relato…

sábado, 2 de agosto de 2008

Llegada y Estancia en el MET, Selva Maya de Belice

Salimos de nuestro hotel en Flores, a orillas del lago Petén a las 9 de la mañana. Cerca de las dos de la tarde cruzamos la frontera entre Guatemala y Belice, en un sitio llamado Benque Viejo. Pasamos con dos horas de retraso por dos razones: ha caído una lluvia torrencial y un par de compañeros de Israel que viajan con nosotros no han sacado su visa con antelación. El chofer del Shuttle no deja de proferir maldiciones contra los turistas. "¿Qué carajos no escuchan? Les estoy dice y dice, y no se ponen vivos para seguir mis instrucciones..." El ochenta por ciento son rubios, blancos, nórdicos. Lo miran con ojos de susto. Ninguno habla español. La mitad de ellos no habla siquiera inglés...


Nos quedamos en la Casa de Huéspedes Hi-Et. De nada sirven los ejercicios de mentalización preparativa que hago cada vez que vamos a ir a un hotel de 20 dólares uando descubro que en este sitio, además de los resortes del colchón clavándoseme en la espalda, tendré que soportar cortinas de color guinda. Mi humor se deterioró a pasos agigantados, mientras inexplicablemente el de Jennifer se aligeró, acaso porque el color es signo de que en efecto, estamos cuidando los centavos...


Caminando por uno de los barrios pobres de San Ignacio, tenemos una pequeña experiencia surrealista de la selva de asfalto:
¡Ha llegado el momento de que te consigas una vida inteligente! -- dice el cartel, y presenta la imágen de progreso que el mercadólogo de la compañía transnacional de celulares ha decidido para los jóvenes beliceños. Mucho dinero y mucha felicidad en medio de un paraje natural...



De botepronto, el imperativo de la frase sorprende, sobre todo si se considera que el producto interno bruto de Belice es de 0.84 billones de dólares (comparado con los 637.2 de México).

La historia de cómo decidimos venir a los Mountain Equestrian Trails es interesante, pues originalmente habíamos acordado suprimir a Belice de nuestro itinerario.

Mientras estábamos en Dominicana, la primera estación de nuestro viaje, de forma azarosa nos topamos con un libro que llamado "A thousand things to do before you die". El libro es una antología compuesta por sitios a conocer, hoteles para hospedarse, restaurantes para comer y experiencias para vivir, alrededor de la tierra.

Es posible que de Belice sólo hubiera dos recomendaciones: bucear en los Cayos y montar a caballo en la Selva durante cinco días seguidos.

Cuando Jennifer leyó eso, supo que ese entry había sido escrito para ella.

Y así, no hay día que no llegue, ni plazo que no se cumpla. A las cinco de la tarde del sabado 19 de julio del 2008, terminamos de recorrer el largo camino que nos llevó al M.E.T., el sitio donde empezarían y terminarían nuestras diarias excursiones por la selva en las montañas mayas, los siguientes cinco días.



De inmediato salimos a ver los caballos que pastaban libres en una pequeña pradera frente a nuestra cabaña...



Al día siguiente, temprano, Rigo, un guatemalteco que a los 10 años llegó a Belice junto con otros desplazados que huyeron del conflicto entre ejército y la guerrilla, nos presentó a nuestros caballos.

Por si hiciera falta algún tipo de señal del destino en este viaje, el caballo de Jennifer se llamaba "Ché", en honor de Ernesto Guevara.

A mí me tocó una yegua. Lili. A Lili le gusta el zacate y tomar agua en cada riachuelo que pasamos. No le gusta ir al frente del grupo porque se espanta. Le gusta correr. Le gusta que le hablen suave. Le gusta que le soplen debajo de la crin cuando termina el recorrido y está toda sudada.


Todo el tiempo Rigo fue adelante de nosotros. Cada mañana, conforme nos adentrábamos en la selva iniciaba con una historia...


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Haz click en el video para ver "La explicación de Rigo sobre la Caoba"


Rigo nos mostró las estampas majestuosas de la selva.

Nos mostró su rostro misterioso...


Nos enseñó a ver más allá de lo que nuestros ojos percibían. "Debajo de estas matas verdes --dijo-- acecha el jaguar. Se esconde justo en este tipo de vegetación tupida, para que sus presas no puedan verlo.

Ahora no lo veremos, pues en general teme al hombre y su compañía no le gusta. Sin embargo, en algún sitio, a la sombra fresca de estas matas, a ras de piso, descansa y acaso nos mira".



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Haz click en el video para ver a Jennifer cabalgando en medio de las matas.


Algunas de las cosas que contó eran inverosímiles.

Varias de ellas, alrededor de las hormigas.

Contó por ejemplo que hay una especie de hormigas que cortan hojas, no para comérselas, sino para acumularlas en un sitio a la entrada del hormiguero para que con la humedad, les salga el hongo del que ellas se alimentan.

Que la división del trabajo está clramente delimitada entre las hormigas, al grado de que tienen bien definidos sus cuerpos de seguridad: cuando alguien les pisa el nido, salen las más grandes desde abajo (unas del tamaño de escarabajos), para ver qué carajos está pasando y hacerle saber al agresor que aquello no está bien.

Que las hormigas pueden ser útiles cuando te haces una herida y se te abre la piel...



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Haz click en el video para escuchar la explicación de Rigo sobre "Las puntadas de las hormigas"

Nos contó todo sobre la forma de construir los techos de palma, en donde para asegurar el efecto impermeable, es necesario disponer tres capas de hojas encontradas, de tal forma que lo que no consiga detener la primera capa de canalillos, sea captado por la segunda, y así sucesivamente. Pero acaso lo más sorprendente es que si uno quiere que el techo de palma dure cerca de quince años, debe por fuerza cortar las hojas durante la luna llena. De lo contrario, las fibras no durarán ni cinco años. Esto que parece fábula y superstición, acaso tenga algo que ver con el ciclo de la vida de los insectos...

Nos contó que cada año la selva se hace más y más pequeña. Todos necesitan comer. Y para ello, cada año, le ganan terreno a la loma. Van deforestando la selva. Y usan el terreno para cultivo.


El nos contó esta historia sin mucho dramatismo, como si nada. Nosotros la escuchamos desde otro sitio: el sitio de la preocupación y la tristeza. Escuchamos esta historia en blanco y negro.


"Así son las cosas" -- dijo. "Lo hace la comunidad de los menonitas al otro lado de la loma. Lo hace la gente de mi pueblo."

¡Tenía que ser!, pienso. Su pueblo elocuentemente se llama El progreso.