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miércoles, 27 de agosto de 2008

Recorrido en Honduras

Nuestro Recorrido En Honduras


Recomendaciones de Viajes del Corazón en Honduras:

- Visita al Institute for Marine Sciences en Roatán
- Snorkeling en el arrecife de coral del West Bay (antes de que se lo acaben los desarrolladores turísticos)

En el Bed & Breakfast de West Bay, Roatán

Casi sin querer –pues la agenda la define en parte lo que ocurre en el sitio en el que estamos—dedico el tiempo del SPLIT de actividades que hemos acordado Jennifer y yo a reflexionar sobre uno de los fenómenos más prominentes de lo que ocurre en Latinoamérica: el caso de los estadounidenses que eligen la costa de algún sitio del sur del continente para pasar sus años de retiro, y disfrutar la pensión que se han ganado con años de trabajo.

Glen, el dueño del West Bay B&B se convierte en mi interlocutor mientras me prepara un desayuno que tiene todo el potencial para activar el gen diabético de mi abuela en mi sistema (huevos benedictinos y pancakes con nutela y crema de cacahuate).

Naturalmente es imposible generalizar el caso de Glen al resto de los retirados, pero encuentro interesantes las reflexiones entre las que se cuelan memorias, ilusiones y angustias. Van algunas notas que he conservado desde los días en Roatán con Glen en mi cabeza:

Glen, de cerca de setenta años de edad, me cuenta que este sitio nació en su mente desde que vivió en Gran Bretaña, al principio de su carrera, y tuvo la oportunidad de conocer de primera mano la larga tradición que existe en ese país por los B&B, y pudo experimentar su sello distintivo: cuartos bien puestos, desayunos opíparos, charlas interesantes con los dueños y espíritu de servicio.

Más tarde, tras retirarse de su cargo como Director de Psicología Clínica de alguno de los grandes hospitales de San Diego y separarse de su esposa, se lanzó a hacer un viaje de tres años alrededor del mundo. Fue en ese tiempo dedicado en hoteles y hostales de todo tipo que confirmó que un Bed & Breakfast era justamente el tipo de negocio hecho a su medida, y que en él invertiría el dinero de su retiro. Faltaba decidir el sitio, y no tardó en escanear su itinerario de viaje para elegir Roatán de una lista en la que al final sólo quedaba esta isla y algún paraje en Tailandia.

Pero las cosas no le han salido exactamente como las imaginó. Glen --que para estas alturas esperaba estar viviendo un paraíso de prosperidad y tranquilidad-- se encuentra terriblemente angustiado.

Todo empezó cuando perdió la oportunidad para poner su B&B en el lugar donde realmente lo había soñado, pues en menos de un año toda la tierra del West End de Roatán fue comprada, y tuvo que contentarse con un pedacito de tierra en el West Bay que no está frente a la playa, como él quería originalmente.

En medio del torbellino de la decepción, le dio oídos a la recomendación de su asesor inmobiliario que lo convenció de tomar una deuda adicional para poner un Internet que sería el gancho para los millares de turistas que vendrían pronto a la isla, y desoyó su propia intuición original en la que él prefería tener algo relativamente simple.

Hasta ahí, el asunto no pasa de un revés que podría ser transpuesto con un poco de voluntad, sin embargo, el asunto ha coincidido justamente con infinidad de circunstancias frustrantes, entre las que la recesión económica estadounidense juega un papel importante. Pues como han podido verificar todos los jugadores de la industria turística latinoamericana, si a Estados Unidos le da catarro, a Latinoamérica le da pulmonía: en la medida que la gente se encuentra incierta y asustada –miles han perdido sus casas en California y en otros sitios--, está menos dispuesta a gastar. La gente se reserva. Y gente reservada significa menos turistas dispuestos a gastar dinero.

Si a eso se suma en particular que la baja demanda y los altos precios del combustible han forzado a Continental Airlines a reducir de 4 a 1 el número de vuelos diarios de Continental a Roatán, empezamos a ver cómo aquellos ríos de turistas que Glen imaginó junto con su asesor inmobiliario, se han convertido exiguos hilillos, que no generan flujo ni para pagar los gastos del hotel, y menos, obviamente, para pagar una deuda que tiene intereses y tiene plazos.

Con todo, el mayor impacto no es económico sino psicológico, pues para un hombre retirado lo esencial es mantener el interés, no perder la inercia de sentirse productivo. Y sin turistas no hay trabajo. No hay movimiento. A su edad y con su soledad a cuestas, hay semanas en las que Glen se aburre como una ostra. Y eso lo sabemos todos desde niños: no hay cosa que se parezca más a la muerte que el aburrimiento.

Frente a eso, Glen ha decidido auto administrarse un poco de terapia de arte que es exhibida en el mismo hotel. Frente a esta decisión que mueve a ternura, pues la soledad queda implícita por la cantidad de arte de Glen pegado en las paredes --literalmente en cada pared hay una muestra de su trabajo -- uno no puede sino desear que pronto mejore la economía…

Pero ahí está justamente el último reducto de la angustia: la certeza que Glen tiene de que McCain es la peor alternativa para hacer resurgir la economía estadounidense, pues seguirá hundiendo a su país en una guerra sin fin, que terminará por destrozar la consistencia de este pueblo y su confianza en el futuro. Una guerra que sigue engordando a unos pocos, mientras el resto se pudre.

Está siempre la posibilidad de Obama, pero Glen cree que esa promesa tiene todas las posibilidades de diluirse, pues (esta opinión la hemos escuchado reiteradamente de diversos interlocutores a lo largo del viaje), los buenos no duran: A Barak le pasará una de dos, o renunciará a su proyecto del cambio, traicionándose a sí mismo, o bien, terminará junto a Lincoln, a los Kennedy, a Luther King, a Lennon…
La plática sin duda arriba a un callejón no exento de pesimismo. Pero al día siguiente, con otro desayuno alto en colesterol de por medio, las cosas se aligeran.

Glen nos cuenta algo de su experiencia como psicólogo clínico, tema que a nosotros, como podrá suponerse, nos tuvo atados a nuestras sillas más de cuatro horas.

De todo su trabajo profesional que recorrió el espectro entero de pacientes –empezó con niños, pasó a adultos, trabajó con parejas y también con pacientes terminales— encuentra que lo que más impacto tuvo fue el trabajo con niños. Los niños son, en su perspectiva, los únicos en los que puede operar una transformación real; en su opinión sólo en ellos la terapia puede tener un impacto que persista duraderamente en su aparato psíquico y proveerles de recursos para construir una vida verdaderamente más plena.

A propósito del trabajo con niños nos cuenta la que considera su etapa profesional más relevante, trabajando con los “niños problema” de las escuelas públicas de Gran Bretaña. Era dificilísimo ayudar a los niños, sobre todo, pues Glen no conseguía que los padres los llevaran puntualmente a sus dos sesiones semanales a lo largo de tres meses, que es lo que requería el tratamiento. Fue entonces que a él se le ocurrió una innovación metodológica: trabajar con una población en un periodo de internación de dos semanas, en campamentos con monitores.

Su propuesta, nos cuenta, tuvo un gran impacto en Gran Bretaña pues fue adoptada por el oficialismo educativo como la alternativa más efectiva para tratar a los niños conflictivos de las escuelas públicas, que de acuerdo al sistema educativo inglés, estaban condenados a salir de las escuelas regulares para entrar en “institutos para niños especiales”. Esta solución, como se podrá imaginar, se convierte en un problema más grande que el problema que tratan de corregir, pues pocas cosas hay tan enajenantes como etiquetar a alguien de “especial”, o de “problemático”. Hay incluso quien piensa, como Laing, el padre de la antipsiquiatría en el Reino Unido, que la locura no existe como fenómeno psicofisiológico, sino como reacción posterior a que alguien fue estigmatizado como “loco” y se le empezó a tratar como tal.

Las pautas de la propuesta son, en resumen, las siguientes: Convivencia continuada a lo largo de dos semanas lejos de los padres y la familia en donde está instalada la dinámica patógena; con adultos sanos, que modelan un patrón de relación y resolución de conflictos distinto al que prevalece todo el tiempo en el entorno del niño; en instalaciones rodeadas de la naturaleza que contagiarán al niño de su vitalidad; en un programa lleno de actividades que le permitirán experimentarse como alguien con el potencial para crear, con la capacidad de ponerse en contacto y hacer amigos…

Todo eso en conjunto, dice Glen, resulta increíblemente terapéutico, y le da a los niños un respiro desde donde pueden fortalecerse, volver a su lugar de origen y encarar su vida desde otro sitio. En síntesis, cada uno tiene en sí mismo el potencial del crecimiento sano. Sólo basta construir condiciones adecuadas para que ese potencial se exprese.

Frente al cuestionamiento de qué tanto el programa tuvo impacto real, medido, Glen nos cuenta que la mejor prueba que él tuvo consistió en que los inspectores de los distritos educativos del Reino Unido empezaron a tomar muestras de buen comportamiento durante los campamentos como evidencia válida para sacarlos de los “institutos especiales” y regresarlos a “escuelas normales”. ¡Cientos de niños que gracias al trabajo de Glen consiguieron escapar de una política educativa que los hubiera condenado a entrar en un complejo espiral de vida!

Siguiendo la traza de su experiencia llegamos a otra de las estaciones que Glen valora sobre su carrera: el trabajo que tuvo en educar a médicos y a enfermeras para tratar pacientes terminales.

Nos cuenta que lo que más difícil fue convencer a los médicos de hablar con la verdad y de forma directa a las personas sobre la muerte: Hacerle saber a otro que se ha hecho todo lo posible, que se han agotado todas las posibilidades. Que la última estación se aproxima. Que es tiempo de que el paciente ponga sus cosas en orden, llame a sus familiares y se prepare.

Y no es raro que a los médicos les cueste trabajo. A la mayoría de nosotros nos cuesta. La muerte sigue siendo uno de los tabús en nuestra vida… Por eso, coincido con Glen, mientras continuemos teniéndole tanto miedo, seguirá robándonos una cantidad de energía importante para vivir. Pues acaso sólo encuentra una vía plena hacia la vida quien le se da un tiempo para considerar con seriedad la muerte.

Y con los últimos trazos del diálogo con Glen salgo a la playa de Roatán, por lo que queda del día, decidido a llenarme de imágenes de vida…





Un delfín en la tina de mi baño



















A la isla de Roatán fuimos exclusivamente por los delfines. Nunca antes habíamos escuchado hablar de esa isla, perteneciente a Honduras, que flota tranquilamente en el mar del caribe. Muy pronto aprendimos que las Bay Islands –de las que Roatán es la más grande- son famosas en el mundo del buceo. Están llenas de joyas submarinas: coral, peces coloridos, delfines y el cotizado tiburón ballena.

En nuestro largo camino hacia Roatán, nos encontramos con varios grupos de europeos entusiastas que se acercaban a esta parte del mundo simplemente para bucear en sus aguas. Aprendimos, gracias a la autoritaria y fuerte voz de una inglesa con quien compartimos la mitad del recorrido, que la mejor isla para bucear es Utila pues a diferencia de la más desarrollada Roatán aquella está repleta de bahías escondidas, arrecifes protegidos y opciones económicas para dormir y comer.

Nosotros, sin embargo, no íbamos en busca de peces ni coral sino en busca de delfines. Habíamos leído que en el Institute of Marine Sciences de Roatán ofrecían varios programas para que la gente “común y corriente” pudiera acercarse a los delfines. Para personas como yo –que desde niña había soñado con ser entrenadora de delfines- existía un programa llamado “Trainer for a day”. Así que a pesar de recibir algunas miradas extrañas de los viajeros que buscaban aventuras de buzo y no podían entender por qué estábamos eligiendo la más cara de las dos islas, seguimos con nuestro propósito de llegar a Roatán.

El programa “Trainer for a day” consistía en conocer los secretos de los entrenadores de delfines; acceder -tras bambalinas- a las instalaciones del instituto para convivir con los entrenadores y sus animales.

Debo confesar que mi corazón de niña brincó de emoción al oír sobre el programa pero inmediatamente mi cabeza adulta se llenó de prejuicios:

¿Y si soy la única ridícula inscrita en el programa?

¿Cómo me recibirán los demás entrenadores?

¿Y si los otros que toman el programa son puros niños?

¿Y si a la mera hora me da miedo y no quiero meterme al agua con los delfines?

Todo esto bailaba nerviosamente en mi cabeza mientras Arturo trataba de animarme a hacer lo que siempre había querido…

De niña me habían fascinado tanto los delfines que en una ocasión le insistí a mis papás que tuviéramos uno de mascota y que viviera en la tina (del único baño que teníamos en casa). Cuando cumplí ocho años me llevaron a ver el show de delfines en Atlantis. Cuando llegó el turno de que un niño pasara al frente preguntaron quien estaba cumpliendo años ese día. Yo decididamente alcé mi mano pero pasó desapercibida entre los cientos de niños que también la alzaron –muchos de los cuales, me sospechaba, no estaban de cumpleaños. Así que los delfines tenían una larga deuda conmigo desde niña.

Me llegó a la mente el libro de Randy Pausch, un profesor que había sido invitado a dar una clase a Carnegie Melon University titulada “Mi última cátedra”. La idea era invitar a ciertos profesores con larga trayectoria para que imaginaran que daban la última conferencia de toda su vida. El asunto especial con Randy era que ésta era en realidad su última cátedra, pues entre el momento en que lo habían invitado y la fecha que le dieron para presentarse, le habían detectado un tumor cancerígeno mortal en el páncreas. Los doctores le pronosticaron unos cuantos meses de vida.

El profesor, de cuarenta y siete años, se debatió durante varios días si debía o no presentarse. Al fin y al cabo todos podrían entender que él querría dedicar sus últimos meses a su familia y no a planear una cátedra. Sin embargo, como lo relata en su libro, decidió que dar esa conferencia era una forma para despedirse de la academia, que durante tantos años había sido su otra familia.

Asumiendo que todos pensarían que optaría por hablar de la muerte, Randy, decidió hablar más bien de la vida. Habló de la importancia de cumplir tus sueños infantiles a lo largo de tu vida pues ahí radica la pasión y la vitalidad. Ahí radica el sentido de estar vivos. En el libro que escribió, “The Last lectura” relata los sueños que tenía de niño y cómo hizo para tratar de alcanzarlos siendo un adulto. En algunos casos lográndolo y en otros simplemente intentando…

En uno de los capítulos habla sobre su sueño de ser astronauta. En realidad, su sueño no estaba tanto motivado por ir a la luna sino por vivir la experiencia de flotar en un ambiente sin gravedad. Siendo adulto, logró cumplir este sueño entrando a una de las cámaras de entrenamiento que tiene la NASA en un centro abierto al turista. Randy logró vivir por unos instantes el sueño de flotar que siempre había tenido.

Así que cargada de una mochila con bloqueador, repelente, un sándwich y mucha agua me presenté a las ocho de la mañana de un martes al Institute of Marine Sciences. La otra persona que se había inscrito para el programa de ese día era, efectivamente, una niña de once años. Sonreí. Al fin y al cabo, ese día, yo también tenía once años.

Pasamos todo el día bajo el sol conociendo y trabajando con algunos de los diecinueve delfines que viven en las instalaciones. Me sorprendió la capacidad de los entrenadores para reconocer a cada uno de ellos a partir de las mínimas marcas y cicatrices que tienen en la piel. Yo a duras penas logré identificar a una, la más panzona, que tenía diez meses de embarazo y un hocico coloreado de rosa con pequitas grises.
Las primeras horas fueron dedicadas a conocer la anatomía de los delfines. Como si se tratara de un programa educativo de la televisión, el entrenador nos fue enseñando datos interesantes del cuerpo de los delfines. Por ejemplo, que de los noventa y tantos dientes que tienen no los usan para masticar el pescado. El pescado es tragado entero y los dientes, en cambio, les sirven como protección de su depredador más temible, el tiburón.

Aprendimos que la mayoría de los delfines que tienen ahí nacieron y han vivido en el mar abierto. Esto significa que saben lo que es estar afuera pero prefieren estar ahí. Lo saben porque diariamente se les abre las compuertas para que tres o cuatro delfines salgan al mar abierto, siguiendo una lancha, y permanecen ahí durante las dos horas que dura un programa para bucear con delfines. Cuando han terminado, como si fueran perros, siguen a la lancha de vuelta a su hogar.

Me han contado de algunos delfines que en ocasiones deciden no seguir a la lancha de regreso. Se quedan por fuera durante horas, quizás nadando con otros grupos de delfines. Inclusive se han quedado por fuera durante toda la noche, pero a la mañana siguiente los encuentran ahí de vuelta, rondando las instalaciones. Los delfines saben que vivir en mar abierto implica peligros constantes, pelear por su comida y estar todo el tiempo en estado de alerta. En la institución, en cambio, tienen una vida más fácil. Ahí el reto para los entrenadores está en mantenerlos interesados y activos.


Los delfines pasan todo el día aprendiendo y repasando trucos. Saltos, coletazos, sacadas de lengua, juegos con la pelota son todos parte del repertorio. Incluso nos contaron que ahora están en un programa de investigación para enseñarlos a “leer”, interpretando símbolos impresos en pedazos de cartulina. La idea es lograr que relacionen una señal de mano del entrenador con cierto símbolo.

Otra de las cosas novedosas fue un delfín que estaba aprendiendo la señal de “haz algo totalmente nuevo, que no hayas hecho antes”. El delfín emite un sonido. Cuando la entrenadora le vuelve a pedir lo mismo el delfín se detiene por un instante, como si estuviera pensando, para después emitir otro sonido, distinto al primero. Y así lo hace tres veces.

La entrenadora me dice con orgullo que el delfín está, de cierta manera, aprendiendo el concepto de creatividad (crea algo novedoso, que no hayas hecho antes). Increíble, ¿no?
También me entero de las relaciones afectivas y cercanas que los delfines establecen con sus entrenadores (y me supongo que viceversa también). Cuando uno de los entrenadores se fue de vacaciones, el delfín que estaba a su cargo se apartó del resto del grupo negándose a participar y obedecer a los demás entrenadores.

¿Qué pensaran los delfines de nosotros?

He escuchado varias veces las historias de náufragos que han logrado sobrevivir horas en el mar gracias a que uno o varios delfines los acompañan y en algunos casos, dándoles de hocicazos cada vez que comienza a quedarse dormidos.

Así termino mi día con los delfines, agotada pero feliz (y un poco insolada) pensando que definitivamente no sería capaz de hacer esto todos los días.

Quizás no todos nuestros sueños infantiles se convertirán en nuestra gran pasión de la vida. Pero sí puedo estar segura que todas nuestras pasiones tienen su semilla en nuestros sueños de infancia. Lo importante es atrevernos a hacerlos realidad.

Esa noche, me voy a dormir con sueños de delfines rondando mi mente. Y de algún lugar desde el fondo de mi corazón aparece mi niña para darme las gracias por ese día.



martes, 26 de agosto de 2008

Crónica del viaje y llegada a Roatán, Honduras

Salimos del MET a las nueve de la mañana con rumbo a Placencia en la costa, sitio donde tomaremos un barco hacia Honduras. El nuestro es un trayecto poco usual, pues al terminar el programa a caballo, la gente suele ir a Belice City. Es por eso que Daniel alienta a Rigo –que de Belice no conoce prácticamente nada más que la selva—, que aproveche que vamos para allá y se suba a la camioneta con nosotros, para que por lo menos vea lo que hay en el camino y pase la tarde en Placencia.

Rigo accede y decide llevar a una de sus hijas, una que tiene siete años y que es una copia fiel de la fotografía de su esposa, que un día en la selva sacó de su cartera para enseñárnosla. La niña es súper callada. Durante el trayecto que duró casi cuatro horas se la pasó mirándonos y sonriendo. En la carretera que era de una desesperante monotonía verde, ella encontró motivos suficientes para hacerle a su papá cincuenta preguntas distintas, con su vocecita de duende. “¿Y porqué…?”

En el camino rumbo a Placencia, el conductor pasó por Belmopan para que la conociéramos. Supongo que haber vivido en la ciudad de México toda mi vida, ha desvirtuado mi percepción y expectativa de los lugares. Quien vive en la Ciudad de México está irreversiblemente enfermo de desproporción. Acaso por eso es que me sorprendió que el centro de la ciudad de Belmopan, la capital de Belice, tuviera el aspecto y dimensiones de Tres Marías en la carretera que va del D.F. a Cuernavaca.



La tarde en Placencia cumplió cabalmente la promesa inscrita en su nombre. Hicimos un par de caminatas a lo largo de las dos calles que la constituyen, recorrimos la playa, nos sentamos a comer arroz con frijoles (plato que nos ha seguido persistentemente a lo largo de todo Centroamérica), tomamos un café, compramos fruta, conseguimos un nuevo cuaderno pues el sistema de hacer notas de lo que nos ocurre en la parte trasera de los tickets es ya insuficiente para captar todo lo que nos ocurre. Aprovechamos también para ponernos al día con los correos en Internet y compramos los boletos para el ferry que nos llevará al día siguiente a Puerto Cortés, en Honduras.

La caminata nos deparó también un poco del espíritu caribeño de tomarse la vida con calma. Acaso sea cierto que a los costeños cuentan con una cierta sabiduría sobre como no complicarse la vida demasiado.


Al día siguiente, llegamos temprano al sitio desde donde parte la embarcación. El sentido de desproporción vuelve a hacerse patente: los beliceños llaman ferry a lo que comúnmente se conoce como lancha (por más que se trate de un lanchón).

El paso por migración a la salida de Belice tiene su dosis de asombro: El hombre que conduce la lancha recogió los pasaportes y las cuotas del impuesto de salida de todos los que viajábamos. Un oficial de migración se trepó a la lancha y selló los pasaportes. Lo curioso es que nunca verificó realmente que la identidad de los viajeros correspondiera a la de los documentos. Sobra decir que nadie nunca checó el contenido de las maletas, en las que perfectamente podría haber habido un cargamento de droga, un arsenal capaz de armar a una célula terrorista o, inclusive, un pequeño hombre –con elasticidad de contorsionista- escondido.



El resto del viaje es arduo. Seis horas en camioneta de Puerto Cortés a la Ceiba en la costa Hondureña, noche en un hotelito, despertada temprano para tomar el ferry de dos horas que va de la Ceiba a Roatán.

Cerca de cincuenta y dos horas después de que salimos del MET, llegamos a nuestro destino final.

Así de cansados como estamos nos falta energía para elegir efectivamente un sitio para hospedarnos en esta isla que opera con precios de Cancún. Rebotando de un lado a otro, llegamos a unas cabañitas frente a la playa del West Bay, por las que pagaremos 2.5 veces el dinero que tenemos destinado en nuestro presupuesto diario para una noche de hospedaje.

A pesar de que el paisaje es de sueño, lo pasamos muy a disgusto, especialmente por la desconfianza que nos genera el dueño, un hombre de nombre Foster que representa la enésima generación de una familia que domina estos terrenos frente a la costa, y cuya reputación de pirata es confirmada dos días más tarde por un taxista que nos llevó al West Bay. El taxista nos hizo notar que ninguno de los camareros o los meseros que trabajan para Foster sonríe, porque el hombre los explota, y ellos no hacen más que trasladar su desgracia al turista con malos tratos.

Como suele ocurrir, a partir del comentario, empezamos a ver moros con tranchetes, y nos da incluso la impresión de que aquí hasta los animales se conducen salvajemente, y se prodigan unos a otros un trato inhumano.



Como es rutina en una pareja de psicólogos, es difícil no pasar todas y cada una de las decisiones por el tamiz del análisis, cada una de las sensaciones por el filtro de la interpretación…. Así que esa noche Jennifer y yo nos entregamos al debraye: el haber caído en este sitio de mala muerte se debe a que aún no alcanzamos el status de guerreros itinerantes.

La explicación nos basta para irnos a dormir con la ilusión de que hemos recuperado el locus de control sobre nuestra travesía, pues está claro que esa imagen de guerreros no es otra cosa más que una fantasía. En esa idealización los guerreros itinerantes son capaces de sobrevivir con un presupuesto diario de diez dólares; dormir siete noches consecutivas en una hamaca a la intemperie; sobrevivir el día sólo con una pizza y una cerveza en el estómago; nunca tienen diarrea, son inmunes al rayo del sol, y a ellos los mosquitos les hacen los mandados…

Pero no es sino hasta al día siguiente, con los primeros rayos del sol, que conseguimos capturar una versión de nuestra condición mucho más precisa y ventajosa para nuestros propósitos. En realidad ya somos unos guerreros itinerantes, pues nada nos obliga a permanecer bajo las garras de Foster un solo segundo más (afortunadamente sólo dejamos pagada una noche). Y además, guerrero no es aquel a quien no le da diarrea, sino el que sigue adelante a pesar de que la tiene…

Así pues, nos armamos con nuestras mochilas y nos lanzamos de vuelta –en sandalias, faltaba más-- a buscar otro hotel.

Más tarde tendremos ocasión de comprobar el efecto dramático que esta pequeña valentonada de guerreros itinerantes tuvo en la comunidad turística del West Bay de Roatán, pues al menos un par de parejas que nos encontramos por la tarde nos reconocieron: “¡Ah, ustedes eran la pareja de mochileros que pasó por la playa a medio día…!”

Nuestro nuevo hospedaje es el único Bed & Breakfast que existe por estos lares. Este sitio constituirá por cuatro noches la guarida desde donde estamos seguros, conseguiremos el objetivo para el que dimos un enorme rodeo en el mapa de Centroamérica para venir hasta esta isla a que Jennifer pueda palomear uno más de los sueños de infancia que constituyen su lista de 1000 cosas de hacer antes de morir: nadar, finalmente, con los delfines.