viernes, 16 de enero de 2009

Con el colectivo de títeres El Waky en Cochabamba

Cochabamba

Habíamos dejado atrás La Paz con su frío y sus aires esotéricos para llegar a Cochabamba, una ciudad clara y calurosa.



No lo conocíamos más que a través de uno de esos vericuetos cibernéticos que nos plantean las redes del viaje. Estábamos cansados aquel sábado por la tarde cuando le llamamos para avisar que ya estábamos en la ciudad y para coordinar la función de cuentos que haríamos al día siguiente en el Teatro de los Títeres del Parque de la Vialidad, espacio que él coordina.

Insistió en que pasaría por nosotros al hostal. Nos extrañó que dijera que nos llevaría a su casa, con su familia…

Llegó por nosotros. Venía manejando un Jeep 4x4. En pantalones vaqueros y sombrero.

Al principio no hablamos mucho. Estábamos acostumbrándonos a él y él a nosotros. Entonces llegamos a su guarida. En aquel sitio él trabaja con su familia –preparan funciones de títeres, los construyen, practican, hacen música y percusión—y también desde donde él edita el programa de radio que se transmite en alguna de las emisoras de Cochabamba.

Sentado sobre su sillón preparó tranquilamente un poco de mate argentino con azúcar y agua caliente, y sorbió de la bombilla antes de empezar a hablar.

Sólo entonces nos empezamos a enterar quien era él…

Grober y el camino hasta La Compañía de Títeres El Waky



Sus antepasados –bisabuelos y sus abuelos— vivieron en las entrañas del Potosí, sacándole el mineral. Su padre también era minero, y ese hubiera sido su destino si no fuera porque para cuando había cumplido seis años, la región había visto ya un par de masacres. Su padre no esperó el tercer aviso y decidió irse a la capital, al Alto, a donde el gobierno había pensado orientar el desarrollo de La Paz.

Por aquella época El Alto no se parecía en absoluto al monstruo hacinado de un millón de personas que hoy es. Había apenas 15,000 personas; nadie quería vivir ahí; los niños jugaban en las casas abandonadas como si fueran fuertes en ruinas.

El papá estaba preocupado por la educación de Grober, así que le buscó una escuela privada cerca de la casa, y después otra, que era más barata. En esa escuela sólo había aimaras que hablaban con dificultad el español. Grober nos cuenta que a pesar de que él era moreno, de antepasados indígenas, y de que apenas dos generaciones atrás sus abuelos hablaban Quechua, él y sus hermanos discriminaban a los niños de la nueva escuela por indios.

Creció. Pasó el tiempo.

Llegó la época de la Universidad que le depararía la primera experiencia que lo transformó para siempre. Ahí conoció a un chico de apellido Cajías. Según Grober nos cuenta, la leyenda dice que aquel compañero suyo fue hijo de un periodista connotado, que pudo estudiar en Europa y posteriormente desarrollar una tremenda labor periodística gracias a que canjeó la única herencia que recibió de sus padres cuando lo dejaron huérfano en su juventud: una de las primeras ediciones de la Biblia.

Aquel otro Cajías, el hijo, era rápido, era inteligente, era apasionado, era interesante, era culto, era simpático. Como el conocimiento le ingresaba por ósmosis, terminaba siempre rápido los quehaceres y le sobraba siempre el tiempo para hacer cosas interesantes. Era una de esas personas tan llenas de luz, tan llenas de vida, que ejercen sobre quien está cerca un magnetismo irrefrenable; que cuando uno se cruza con ellos se siente más despierto, más comprometido, mejor persona.

Grober de inmediato empezó a gravitar alrededor de él y a involucrarse en cuanto proyecto loco su amigo proponía.

Así fue como Grober se involucró en una serie de movimientos sociales que vistos hoy en retrospectiva colindaban con la guerrilla. Viajó por varios rincones de Suramérica buscando cómo contribuir a la revolución que cruzaba el continente en los sesentas y los setentas. En esa época el lenguaje no era ajeno a las balas y las bayonetas; no había otra alternativa en una tierra atenazada por las dictaduras, hijas del imperialismo yanqui…

Sin embargo, el momento de quiebre vino cuando Cajías propuso dejar de lado las armas y trabajar sólo a través de la cultura. Ir con el pueblo y participar de su educación; enseñarles a leer y a escribir.

Y debían empezar por el corazón mismo de Bolivia: en El Alto de La Paz. Grober se integró a la brigada de alfabetización de su barrio –aquel sitio populoso, sucio y pobre del que deseaba salir y abandonar para siempre con todas sus fuerzas— con un instinto de rebeldía en las entrañas.

Pero fue justamente esa chispa contradictoria la que le hizo cambiar la forma en la que veía las cosas. Fue a través de esa experiencia que comprendió que no hay transformación que sea imposible; que todos tenemos el potencial de cambiar y crecer; que la trinchera es el barrio de uno; que el enemigo es la ignorancia.

Leer y escribir dieron paso pronto al teatro, pues ahí, sobre las tablas, detrás de la máscara de otro, encarnando la voz de otro, uno va poco a poco descubriendo su propia voz, asumiendo la potencia que la impregna…

Entonces llegó la vida adulta y sus estaciones: el trabajo, el matrimonio con Cármen, los hijos –Alexia y Bayardo. La vida adulta, que lentamente adormece la conciencia y entierra los vuelos del alma universitaria en su gris monotonía de obligaciones; la vida adulta que trueca los sueños de infancia y los ideales de juventud en la complaciente búsqueda de la seguridad.

Así fue para él el tiempo en que trabajó en una organización dedicada al microfinanciamiento de familias de escasos recursos en Bolivia: largas jornadas de la misma rutina de joderse para merecer el siguiente puesto en el escalafón.

Entonces ocurrió algo que lo despertó. Vino la crisis del 98 en Bolivia y la cobranza se vino al piso, cuando la gente empezó a no poder pagar los intereses y el capital que habían pedido prestados. A Grober se le ocurrió salir de la oficina y acompañar a un cobrador a la calle. Sintió una punzada en el corazón cuando vio como a aquellas familias pobres les embargaban las pocas cosas que tenían; cuando presenció el llanto de desesperación de los niños mientras se agarraban frenéticamente a los colchones de paja donde dormían, para que no se los llevara el cobrador…

Pidió su liquidación. Con lo que les dieron, vivieron poco más de de años. Viajaron, comieron, hicieron un par de intentos de negocios que no prendieron… En aquella época flotaban sin una clara idea de qué seguía en su vida.

Y flotando sin rumbo llegó a ellos W., un sobrino, a través de quien tendrían una experiencia que les transformaría y de alguna forma les ayudaría a descubrir el siguiente paso: W. era adicto a la cocaína.

Grober y Cármen decidieron recibirlo en su casa, pues en su familia de origen la situación era ya insostenible.

Y en esa decisión –acompañando a su sobrino en su camino de exploración por las honduras de su vida para descubrir la raíz de su adicción; en medio de la ardua disciplina de redescubrimiento y aprendizaje de un tratamiento siempre amenazado por la voz de mil sirenas con que la droga habla; una terapia sujeta irremediablemente a la constante frustración, pues avanza inciertamente, con una cadencia de vaivén que regresa sobre los pasos de un camino que parecía ya superado—encontraron una respuesta sobre el tipo de familia que querían ser: una que creciera desde el núcleo de la solidaridad y la ayuda mutua; una en la que la presencia del padre no fuera sacrificada al rol de proveer cosas que terminarán arrumbadas en algún rincón de la casa; una en la que el tiempo de compartir fuera real; una en que fuera posible llamar a las cosas por su nombre y hablar de las emociones reales; una en la que la que vivir de forma creativa fuera parte de la ecuación.

Así, después de descartar varias ideas –entre las inclusive figuró poner un negocio de hamburguesas— decidieron formar una compañía de Títeres: El Waky. (www.titereselwaky.blogspot.com)


Carmen y la visita a una comunidad Guaraní


Es Carmen, al día siguiente, y en los tiempos libres entre las funciones que hacemos en el Parque de la vialidad, la que nos cuenta una experiencia que el colectivo familiar vivió recientemente durante la gira en la que fueron contratados para presentar una serie de obras temáticas, como parte del programa educativo que el Defensor del Pueblo (Derechos Humanos) ha lanzado por todo Bolivia:
En algún sitio del chaco boliviano hay una reserva indígena que se mantiene intencionalmente aislada del mundo occidental y se empeña en la autosuficiencia, cuyo nombre guaraní significa “La Última Morada”.
Esta comunidad de guaraníes nobles se instauró en 1936 después de la Guerra del Chaco. En ella habitan comunidades originalmente nómadas que conservan la altivez en la mirada que nace del orgullo intacto en su raza; en donde los niños juegan arriba de los árboles como si fueran monos; y, donde los ritos ayudan a transitar la vida: donde por ejemplo, las mujeres, al venir su primera menstruación, se encierran en comunidad, y en cuatro meses aprenden todo lo que hay que saber para llevar una casa – tener hijos, hacer cerámica, cocinar, confeccionar la ropa, utilizar plantas medicinales.

Un día, una trasnacional descubre petróleo debajo de su territorio e invade la reserva. Los indios no tienen más remedio que romper el cerco que los aisla del resto del mundo y parten hacia la ciudad para empezar una disputa en los juzgados.

Se encuentran con que en el mundo occidental, para poder hacer cualquier trámite, es necesario contar con un documento de identidad, pues de otra manera no hay forma de comprobar que uno es quien es, idea que a ellos les resulta totalmente absurda. Para más problema, el protocolo exige que en la fotografía del documento uno se muestre con la cabeza totalmente descubierta.

Para ellos ese requisito es problemático. Pues en su tradición los hombres Sinbas nunca se cortan el pelo, y a partir de que adquieren su mayoría de edad, lo cubren con una pañoleta y un sombrero, de tal forma que su pelo sólo podrá ser visto por Dios y por su mujer, en la intimidad.

Así, su proceso se atasca, pues no están dispuestos a violar un principio que para ellos es sagrado. Aguardan y buscan ayuda. El asunto llega al Defensor del Pueblo (una figura que tiene cierto paralelo con Derechos Humanos en México), que les ayuda a resolver el asunto e incluso promueve que se legisle para que ellos puedan aparecer en las fotografías oficiales con la pañoleta y el sombrero.

Es sólo como deferencia al Defensor del Pueblo que la comunidad accede a participar en la campaña educativa contra la Violencia Intrafamiliar que este organismo organiza al interior de las comunidades guaraníes, y para la cual ha contratado a El Waki, con su espectáculo de títeres.

Frente a la posibilidad de entrar en contacto con una comunidad casi utópica, Cármen y Grober se entusiasman. Platican en familia. Se alistan para el viaje. Se internan cada vez más hacia el chaco por rutas que no tienen caminos asfaltados.
Cuando llegan a la comunidad son acribillados con cuestionamientos, mientras esperan que se autorice su acceso: ¿Para qué estudian tanto ustedes? ¿De qué les sirven tantos títulos académicos? ¿A qué horas viven?
De la misma forma, activamente, les desafían con sus conceptos –les muestran por ejemplo el banco de la comunidad, que consiste en una bodega llena de choclo (maiz) y que se usa de forma gratuita para apoyar a cualquier familia que enfrente algún problema con la cosecha.
Los dejan finalmente pasar. Cármen y Alexia pasan el día con las mujeres; Grober y Bayardo con los hombres. Hablan y escuchan. Miran.

Por la noche, la comunidad entera se reúne e iluminados por los faros de los 4 x 4 en los que la compañía viaja, se ilumina el teatrino donde se representa la obra en la que se aborda el tema de violencia intrafamiliar.

Durante la representación hay un silencio persistente y la comunidad se mantiene sin reacciones. La representación es cuesta arriba. A Carmen, a Grober y a la familia les cuesta trabajo interpretar cómo ha sido recibida la obra. Cuando al final de la representación llega la hora de dialogar y capturar las reacciones –en el proceso que usualmente facilita Grober con la ayuda de un traductor (y en el que normalmente se verifica cómo la temática de la obra ha catalizado un intenso diálogo sobre el tema, y cómo el abuso es una realidad cotidiana en las familias que han mirado la obra)—, hay sólo caras serias a su alrededor.

El jefe toma la palabra y se dirige al pueblo. Pronuncia sólo una frase. “Esto que acabamos de ver es exactamente lo que le pasaría a nuestra comunidad, si nosotros también nos fuéramos a vivir a las ciudades…”
Silencio.

Grober y Carmen –llevando a hombros a la civilización occidental y sus falencias— sintieron un abismo de vergüenza.
Sonrieron tímidos y se hunideron en su asiento...

1 comentario:

Grober dijo...

Arturo, Jhenifer. No sé si continúan con este su blog, yo lo volví a encontrar en una busqueda de otras cosas. Al leerlo reviví esos momentos y volví a admirar la "memoria" que dejaron plasmada. Saludos desde Bolivia. Grober