domingo, 31 de agosto de 2008

Nicaragua antes de Nicaragua

Antes de estar acá, de Nicaragua yo sólo había conocido a Oscar Rivera, mi amigo del trabajo. Por él, de su país sabía yo dos cosas: que era pobre y que había vivido en guerra.

Sobre estos dos rasgos guardo en mi memoria el par de momentos charlando con Oscar en los que se consolidaron estas imágenes:

I. Más vale maña…

Oscar me cuenta que estudió la carrera en una Universidad de Kentucky, en Estados Unidos, en un colegio en donde él era el único latinoamericano, había un par de asiáticos, y el resto de la matricula eran chicos americanos, blancos y enormes.

Tratando de acelerar el proceso de pertenencia al grupo, Oscar se presentó a los entrenamientos del equipo de futbol americano, que era lo que ahí se valoraba.

Tuvo una retirada prematura después de que un ropero de 95 kilos, mirada de loco y velocidad de puma, le hizo saber de la resiliencia que se requiere para jugar de receptor abierto, mientras le aplastaba los huesos en la primera jugada que Oscar recibió un pase en la banda.

Así fue como Oscar llegó, como debía haber sido desde siempre, al equipo de futbol soccer.

Al término del primer entrenamiento, el coach lo mandó llamar, intrigado: “Oscar, usted tiene una puntería asombrosa. Cada vez que chuta, el balón va invariablemente con dirección hacia la portería. Lo que me llama la atención es que usted nunca le pega fuerte a la pelota. ¿Qué le impide tomar más riesgo con la pelota y patear con fuerza, como sus compañeros (todos gringos de Kentucky) aunque de vez en cuando vuele la pelota a la grada?”

El coach no cabía en si mismo de asombro, cuando Oscar le respondió.

A diferencia de lo que ocurre en Usa, donde los niños entrenan con un saco de balones, en Nicaragua, donde Oscar pasó jugando toda la infancia, sólo había un balón para todos los niños de la cuadra. Pegarle fuerte y volar la única pelota de aquella cancha construida en el tope de la colina implicaba suspender el partido cinco minutos, y tirarse una carrera de doscientos metros de bajada y de subida de la ladera aquella.

Así, porque los recursos son limitados, es como desde niños, todos en Latinoamérica aprenden que más vale maña que fuerza.

II. Sin parpadear…

Una tarde, vamos a comer con el equipo de la oficina, Oscar entre ellos.

Alfredo comenta un artículo que leyó el fin de semana en el periódico español El País, en donde se cuenta una historia que ocurrió en Colombia.

Una mujer va caminando por las calles de un pequeño pueblo en medio de la selva, cuando se topa con un hombre que camina herido, al límite de sus fuerzas.

La mujer no se lo piensa demasiado y acude a ayudarlo. El muchacho sangra en varios sitios y no consigue articular palabra. Cae desmayado en plena calle.

La mujer pide ayuda y traslada al muchacho a su casa, lo acuesta y se las arregla para limpiarlo y atenderlo. Lo cuida con afán de madre, pues el muchacho es exactamente de la misma edad de su hijo, que cumple ya casi tres años de haber sido secuestrado por la guerrilla.

A la semana, el muchacho despierta. Un día entero en silencio le toma comprender lo que ha ocurrido. Comprender que sigue vivo. Que de puro milagro consiguió evadir las ráfagas del ejército que los sorprendió en el campamento. Comprender que está en una casa ajena. Comprender, por las fotos de la pared, que está en el cuarto de un joven que tiene prácticamente su misma edad.

Cuando por fin se anima a hablar, señala un retrato del hijo y le confiesa a la mujer que lo ha cuidado todos estos días: “a ese muchacho lo teníamos cautivo y lo matamos junto con otros, tres días antes de que yo saliera del campamento.

La mujer sale del cuarto sin pronunciar palabra.

Regresa al día siguiente, con un teléfono en la mano, y con voz temblorosa le ordena al muchacho que marque a su casa y pida hablar con su madre. Le ordena que le diga a su madre que está bien. Que está con vida.

En la mesa se anima una polémica sobre cómo reaccionaría cada uno en el papel de la madre, al enterarse de la muerte del hijo a manos de su captor.

De todos, es Oscar el que toma la postura más radical de entre los comensales que compartimos la sobremesa. Afirma que él, sin parpadear, en ese mismo instante tomaría un revólver y se lo vaciaría encima al guerrillero.

Silencio.

De todos los que estamos en la mesa Oscar es el único que ha vivido en un país en guerra.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Arturo...

Gracias por tu nota...la recordaré con el mismo cariño con que tú la narraste. Nunca pensé que te recordarías...espero que ahora que estuviste en Nicaragua se te haga más fácil comprenderlo.