martes, 18 de noviembre de 2008

Antología de calaveras para los cuenteros peruanos

Por mero se escapa de La Terrible Muerte
debido a la errata que la bautizó como ´Chucha´.
Pero al darse cuenta del error, aquella gritó fuerte:
“A mí nunca se me escapa la trucha”.

Y así, por sus ínfulas de directora,
a La Cucha se la llevó
La Parca a temprana hora,
diciendo: “Aquí cucha sólo soy yo”.

“Los seres nacen, crecen, se reproducen y mueren”,
dictó Juan Carlos con pedagógica precisión.
Y La Muerte dijo: “para que esta verdad no se altere,
que ilustre el maestro el final de su lección…”


A la chica morena del apellido gringo
-la documentalista y cuentera Lorena Best-
La Muerte mató a la shakesperiana voz de: “Yo te chingo,
It has cometh your time to rest”.


Wayqui, amigo de todos, hermano,
murió echando por la boca espuma.
Dicen que comió un chile mexicano
y que sufrió la venganza de Moctezuma.



Con Javier La Parca en torturas refinadas se ensañó
por estar interesado en el alma y ser psicólogo palabrero.
Antes de matarlo, tendido en diván sus traumas interpretó
y con las obras de Freud lo aplastó, desde lo alto del librero.



A aquel cuentero selvático y contestatario,
-Supuesto Angel, en verdad demonio-
Lo mató La Muerte con artilugio estrafaliario
Ahogándolo en mierda y otras linduras de su putrefacto coño…”.



Al más allá quiso llevarse sus dulces cuentos
aquel cuentero de interminable repertorio, el Chato.
La Huesuda no tuvo compasión de sus lamentos,
“Como viniste al mundo te irás: calato”.



Aunque mucho protestó la compañía Santillana,
pues sin la cuentera Briscila sufriría la editorial,
La Huesuda se la llevó con una verdad, simple y llana:
“contra mi nadie puede, aunque sea transnacional”.



Ukumari, oso culebrero de este peculiar rebaño,
quiso escaparse con un cuento vivaz.
Más La Muerte, rápida, le regresó el engaño,
cubriéndose también con un negro antifaz.



A Mirela, la princesa de los cuentos, rubia, color trigo garzul,
La Flaca la acabó por su alcurnia alemana:
“Mira chiquita, los europeos creerán que tienen sangre azul,
pero frente a mí, hasta tú haces una caravana”.



Elisabeth, como abeja que trabaja,
del festival se quejaba la que más.
Hasta que consiguió de La Parca una rebaja:
“Anda pues, descansa al fin en paz…”.
...
Dicen que los únicos que la libraron
fueron la mexicana y el mexicano
ella, por talento y su linda cara.
Y él, por su chamba de escribano.

Dicen que al pie del abismo, a final de cuentas,
La Huesuda a todos los cuenteros perdonó.
Fue acaso por que se conmovió con sus cuentos,
o quizá, porque cierta madre superiora la sentenció.

El caso es que en Ayacucho, pueblo herido,
a La Catrina demás han hecho trabajar.
Para su gente, la paz de espíritu pido,
y que La Muerte se vaya un rato a descansar.

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