lunes, 17 de noviembre de 2008

Déjame que te cuente...

Es impresionante la forma en que contar cuentos nos han abierto las puertas para ingresar al mundo interno de cada país. Es un pasaporte maravilloso que en poquísimo tiempo nos ha introducido al mundo mágico, profundo y doloroso de Perú. De otra forma -como turistas- hubiera sido imposible escuchar los secretos de la cultura y la vida interna de este pueblo tan parecido a México.

Lima

En cuanto llegamos a la capital nos sentimos invadidos por una sensación de familiaridad. Todo era muy parecido. La gente amable, cariñosa, querendona. La comida picante y llena de contrastes. La ciudad gris, grande y poblada. A cada vuelta de esquina veíamos algo que nos recordaba a una calle, un edifico, una intersección en el Distrito Federal.

Llegamos a Lima el 21 de octubre con la intención de pasar únicamente una semana en la capital para después seguir explorando el país. Sin embargo, un país se puede conocer de varias formas. A través de sus paisajes y pueblos pero también a través de su gente. Cada persona que hemos conocido nos ha revelado una parte del kaleidoscopio peruano, como si cada quien constituyera un pequeño fragmento colorido de su propio país. A través de estos encuentros hemos podido comenzar a formar una imagen mental del Perú.

Wayqui significa “hermano, amigo” en quechua. Wayqui es también el apodo de Cesar Villegas, nuestro amigo, hermano cuentero, que nos abrió las puertas al mundo de la cuentería peruana. Yo lo había conocido hace varios años, en un festival de cuentos en México. Me acuerdo que contaba un cuento sobre una llama, un carnero y un perro. Me acuerdo que vendía unas cerámicas para ganarse unos pesos durante su estancia allá. Me acuerdo que me regaló su tarjeta que decía: Trotacuentos.


Cuando recién estábamos por arrancar nuestro viaje envié un correo a todos los cuenteros sudamericanos que tenía en mi lista. El primero en contestar fue Wayqui. “¿Cuándo estarán por acá? ¿Para qué día les aparto una fecha en Hablapalabra?” Todavía no habíamos empacado y César ya insistía en que le diéramos una fecha precisa de llegada a Perú. De esta forma, se convirtió en un amigo fiel que nos escribía cada tanto para saber de nosotros: en dónde estábamos, cómo iba el viaje y lo más importante, ¿¿Cuándo llegaríamos a Lima??

La fecha finalmente llegó. El primer jueves de nuestra llegada a Lima nos presentamos en el Libar, un barecito en el barrio de Miraflores, que parecía haber sido hecho para contar cuentos. Esta ha sido una de las funciones más memorables del viaje.



“No se pueden ir de Lima sin conocer a Cucha” nos dijo Wayqui, y rápidamente organizó una reunión con ella.

El día que conocimos a Cucha del Águila estaba arreglando los últimos detalles del Festival Nacional de Narración Oral Déjame que te cuente. Nos encontramos con ella en su casa, entre papeles, narradores y su equipo de producción, estaban a pocos días de partir para Ayacucho, una ciudad de la sierra peruana que sería la sede alterna del festival.



Ahora, déjenme contarles, que Arturo y yo hemos ido aprendiendo con el tiempo a seguirle el curso al viaje. Hemos aprendido a que el viaje viaje a través de nosotros. Últimamente, he tenido la sensación de que el viaje, más sabio y más eterno que nosotros, sabe de antemano en dónde terminaremos. Nosotros, simplemente, tenemos que tomarlo de la mano y dejarnos guiar.

Al día siguiente de haber conocido a Cucha ya estábamos comprando nuestro boleto para Ayacucho pues habíamos sido invitados a participar en el festival.




Ayacucho

El nombre de la ciudad significa “el rincón de los muertos” y durante los cuatro días de nuestra estancia comprenderíamos el peso de ese nombre. Ayacucho es una ciudad particular para la historia de Perú y no necesariamente una que aparezca en el itinerario de viaje de la mayoría de turistas.

En Ayacucho se libró una de las batallas decisivas para la independencia del país. Varios siglos después se convertiría en la cuna del movimiento terrorista Sendero Luminoso. Es una ciudad que ha escrito su historia a partir de la sangre, el dolor y la muerte. Como en tantas ciudades latinoamericanas si uno se detiene a escuchar con atención, es posible oír el eco de las voces adoloridas que han sido lastimadas durante tantos años de lucha contra la injusticia.

La propuesta de Cucha, como directora del festival, era realizar un encuentro de narradores orales para compartir e intercambiar experiencias. Sin embargo, su apuesta era mucho más profunda que eso. Quería que nos encontráramos con el corazón de Ayacucho; que abriéramos nuestros ojos, oídos y alma para descubrir las historias que viven escondidas dentro de las calles de este pueblo. Nos invitaba a vivir Ayacucho desde la sensibilidad de ser narradores de historias…

Mi primera sensación al llegar a Ayacucho fue dolor de cabeza, estómago revuelto y mareo. Los síntomas del soroche, mal de altura, se habían apoderado de mi cuerpo. Para el final del día, mi alma también terminaría con síntomas de soroche.



La primera visita que hicimos fue a una pequeña casa que desde el 2005 sirve para alojar el Museo de la Memoria, un sitio dedicado a las víctimas, desaparecidos y muertos del conflicto entre Sendero Luminoso y el gobierno. Sara y Raul, dos narradores de Ayacucho, habían trabajado en la museografía. Conocían de primera mano el dolor, las historias inconclusas y las tragedias que estaban plasmadas ahí. Ellos mismos habían realizado las entrevistas. Con sus manos habían colocado los objetos que cada familiar había decidido donar al museo. De las quinientas historias recopiladas habían tenido que elegir las que servirían como testimonio de lo que vivió este pueblo que se encontró atrapado entre dos fuegos: los terroristas que los mataban por “soplones” y el gobierno que los desaparecía por sospechosos.



La historia de Latinoamérica parecía repetirse una y otra vez frente a mí. Como si fuera un rosario de injusticias. Cada campesino, cada indígena, cada rostro, era un reflejo de algo que había visto en otra ciudad. Sentí el estómago revuelto, dolor de cabeza, mareo. Me sentía agotada. Repleta de dolores ajenos que no podía ignorar. Con una sensación de impotencia y rabia que se me atoraba en la garganta.

La segunda visita del día fue a la panadería donde había trabajado Raul de adolescente. Un sitio que se había convertido en un refugio para jóvenes que como él habían tenido que huir de sus casas debido a la violencia de la época. La mujer que nos recibió no dejaba de abrazar a Raul, apretarle los cachetes y reír.



Esa tarde toda la panadería estaba ocupada cocinando wawas, el pan que se hace para el Día de Muertos. Quizás por la ansiedad, quizás por el mareo, quizás por todo lo que estábamos viviendo, me comí casi media docena de wawas. Cada vez que alguien me veía sin un pedazo de pan en la mano, me acercaba una wawa, cada vez más grande que la anterior, para que comiera.




Fue curioso pasar un Día de Muertos en un sitio tan lejano a México y descubrir que las tradiciones pueden ser tan parecidas. Además de cocinar y regalar wawas (que significa bebé en quechua) también se pone la mesa para el difunto. Se cocina su comida favorita y la mesa se adorna con flores y wawas. En el piso se esparce azúcar para que al día siguiente se puedan ver las huellas que dejaron los espíritus al venir a comer. Las wawas, me explican, son como antenas que comunican el mundo espiritual del mundo terrenal.



Para los celtas, la noche del 31 de octubre, se cae la barrera que divide el mundo de los muertos del mundo de los vivos. Se cree que los espíritus de los muertos salen al mundo de los vivos a visitarlos. En la cosmogonía andina se hace énfasis en que sólo los que han muerto hace tiempo pueden volver al mundo a cenar; los muertos recientes aún siguen en el camino de ida.

Esa noche del 31 de octubre en Ayacucho, Elizabeth no dejó que nos fuéramos a dormir antes de la media noche. Nos contó que cuando era niña, nadie se acostaba temprano durante la noche del 31, pues se creía que los espíritus de los muertos podían entrar a uno de los cuerpos que dormían. La familia se mantenía despierta contando cuentos e historias…







El último día de Ayacucho la pasamos, apropiadamente, en el cementerio. Sara nos pidió que la acompañáramos a visitar a su padre que había fallecido hace un año, el dos de noviembre. El cementerio estaba repleto. Todos tenían alguien a quien visitar, algo que vender, música que ofrecer, flores para colocar…

Nuestro heterogéneo grupo se instaló en una de las alas del cementerio frente al padre de Sara. Llenamos el aire de música, tamborileos y flautas. Canciones en español y en quechua fueron llenando el espacio. El nicho del papá de Sara quedó repleto de flores y pájaros de papel. De pronto, como por arte de magia, se dejaron escucharon unos trompetazos mexicanos. Un grupo de mariachis rondaba por el cementerio dedicando canciones. Ritmos que llegaban hasta el corazón de los familiares.


Durante esa mañana todos soltamos lágrimas. Pues, ¿quién no tiene alguien a quien recordar en el mundo de los muertos? Por primera vez en mi vida pude palpar la potencia y el significado de dedicar todo un día a recordar a nuestros muertos. En estas tierras lejanas me sentí unida al pueblo mexicano, al pueblo peruano, al pueblo de la humanidad.

Me sentí agradecida. Por la vida. Por la oportunidad de viajar. Por la gente que habíamos conocido. Por los cambios que poco a poco empiezo a registrar dentro de mi…

Por que, a través de los cuentos, habíamos entrado a formar parte de la hermandad de narradores orales. Por que el viaje nos había regalado la oportunidad de compartir momentos como éste con amigos recién formados.

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