viernes, 13 de junio de 2008

Samaná

Para quien transita entre ciudad y ciudad en el estilo que nosotros hemos elegido, la guía de viajes es una herramienta que incrementa su valor en la medida en que uno desarrolla habilidad para combinar la lectura con la experiencia y el instinto viajero. Poco a poco, por ejemplo, uno va volviéndose más certero para elegir el sitio al que va a llegar, minimizar el tiempo invertido en dar vueltas, y reducir el riesgo que supone presentarse como un turista perdido en un país que uno no conoce.
En este caso, después de un paso en falso en el Bahía View (puertas color pino, paredes color pistache, evidencias remanentes de los amores nocturnos del ocupante anterior en alguno de los cuartos…), decidimos hacer una incursión en el Hotel Docia, nuestro primer intento en un hotel de categoría F (la guía de viajes establece un rango de seis categorías que va de LL - >250 USD la noche, hasta F - < 20 USD la noche).

Transcribo la descripción que se asienta en la guía: “Overlooking La Churcha – a methodist temple, where the local custom of holding harvesting festivals started – and with great views of the harbor, Hotel Docia has basic lodgings with hot water and fans. Rooms upstairs have bigger windows and are lighter & brighter with more breeze.”

En los últimos veinte metros de la caminata, al doblar la citada churcha, se nos pegan un par de ´guapos´, es decir, un par de hombres desempleados que se presentan como agentes reconocidos del hotel y que tratarán de sacarle a la administradora unos cuantos pesos de comisión, presentándose como los responsables de nuestra presencia en ese sitio.

La mujer, al entregarnos las llaves del cuarto nos interroga para verificar la versión de los guapos, y confirma que es la guía la que nos ha llevado al Docia, y no la intervención de los cazaturistas. Con el tono y el volumen de quien conspira me pide entonces que bajemos a la recepción para ejecutar una mímica en la que yo repita esto enfáticamente frente a ellos, de lo contrario los tendrá encima jodiendo hasta que ella ceda al pago del inevitable impuesto. Justo por esto también nos pide que nos sostengamos a capa y espada en la versión de que sólo pasaremos una noche en el hotel…

La actitud recelosa cobra sentido pleno más tarde en nuestro primer recorrido por la ciudad que se extiende a lo largo del malecón: infinidad de grupos de hombres jóvenes, en plena madurez productiva procastinando en horas de trabajo.



Se reúnen, bromean, chismean, juegan, matan el tiempo… cualquier cosa para anestesiar la frustración y la vergüenza de estar desempleados. Los más afortunados conseguirán comprar una motocicleta y cobrar por trasladar en trayectos cortos a los turistas. Otros buscarán su comida en el último sedimento de la industria del sueño hollywoodense – la venta de películas pirata. Unos más – como los guapos – instigarán profesionalmente a las encargadas de los hotelitos. Todos, como cuervos, picotearán las migajas que caen de la mesa de la economía formal.

Para cualquier pueblo agobiado como este, usualmente quedan dos caminos de economía psíquica que no son necesariamente excluyentes: o actúan el impulso – se vuelven criminales, arman la revolución – o lo subliman – cantan, bailan, aguzan el ingenio.

Hasta el momento, pareciera que en el talante dominicano prevalece la sublimación. He ahí, por ejemplo, el origen de la bachata. La bachata es música de aires y reflejos espirituales, para los pobres y los oprimidos. Surgió entre los campesinos que fueron expulsados de sus tierras de cultivo a finales de los 60´s. Poblaron los barrios abigarrados en los márgenes de la ciudad y formaron un cinturón de miseria. Trajeron junto con ellos sus canciones de amargue. En general las letras de las canciones expresan las frustraciones del hombre recién llegado a la ciudad, un macho sin causa, desempleado y dependiente del ingreso de una mujer para sobrevivir.

Tampoco quienes encuentran empleo formal en la zona logran escapar a las notas melancólicas de la canción de amargue, pues las oportunidades que ofrece en la industria turística –camareras, afanadoras, meseros— no son precisamente un trampolín como para construir la auto imagen de una raza fuerte, orgullosa, pujante: “¿La sopa de verduras tiene sólo verduras o también tiene pasta?” – pregunta Jennifer a una muchacha que nos atiende en el restaurante. “Sí” – contesta ella; una respuesta que no permite concluir, justo porque la pregunta originaria se planteó con una ambigüedad. Jennifer manifiesta su desconcierto -- “¿Sí, qué?”. “Sí, señora”, contesta la muchacha y agacha la cabeza…

Esta escena se da mientras comemos en el restaurante de un nuevo corredor turístico. Dos hechos concurren para que experimentemos una sensación de escalofrío: por un lado, el sitio está completamente vacío, como si se tratara de un pueblo fantasma…


Por otro, el concepto arquitectónico está fuera de lugar. El desarrollo de casitas de cuento de Hansel y Gretel no viene al caso en medio del Caribe. El corredor turístico es un mazacote en colores pasteles que pretende ocultar un fondo de edificios viejos y grises que conviven con la vegetación selvática y tropical.


El que todo esté vacío en este pueblo al que vinimos por su carácter de Santuario de Mamíferos Marinos tiene una explicación: hace tres semanas terminó la temporada de ballenas jorobadas en la península. Los enormes animales han iniciado su camino de vuelta al Canadá. Pareciera que el sueño de Jennifer de ver ballenas trae aparejado una maldición, pues se le han escondido en tres ocasiones: Québec, Baja California y ahora Samaná.

En temporada baja es imposible encontrar una expedición al parque nacional de los Haitises, así que nos conformamos con nuestra única alternativa: el paseo al Limón.

En el trayecto a caballo de cuarenta minutos nos topamos con todo tipo de matas fantásticas: piña, lechosa (papaya), limón, higo, manzana, aguacate, yuca, café, cacao. A Juan Luis Guerra, un conocido compositor dominicano, esta densa variedad le sería suficiente para componer el “Son de la fruta tropical”; a mí, que mis instintos están todavía demasiado cercanos a la ciudad, cada hallazgo del paseo es motivo bastante para mantener mi curiosidad excitada como si fuera niño de cinco años.

La emoción alcanza su punto superior cuando llegamos al salto (una cascada de 45 metros de alto).


Tal es mi asombro que me conecto de inmediato con una historia que me relató mi amigo Javier Garibay, alguien cuya labor con los niños de la calle no ha sido ajena a lo que ocurre les ocurre a los pequeños en la selva de asfalto: un niño que vive en un barrio marginal de la Ciudad de México hace el primer paseo de su vida al campo en un campamento en Tenancingo, Estado de México. Durante el paseo, se topan con una cascada. Al volver, el niño, que sufrió un pasmo hipnótico frente al salto y no separó la vista del agua un solo segundo, le pregunta a Javier, su animador: “¿Y a qué hora le cierran a la llave?”…

No hay comentarios: