martes, 24 de junio de 2008

En un lienzo de Picasso

Primeros trazos

Hace tres años, cuando la idea de este viaje apenas aparecía tímidamente en mi imaginación, tenía una cosa clara. Quería contar cuentos en la calle. Lanzar al aire mis cuentos y ver como reaccionaría la gente de los distintos pueblos de Latinoamérica. Eso lo sabía. Lo que no tenía idea era cómo se darían las cosas para lograrlo.

En ese entonces ni siquiera éramos novios Arturo y yo. Estábamos instalados en una amistad extraña; nos confesábamos historias sobre amores rotos o imposibles; nos acompañábamos en las tardes de domingo y platicábamos sobre los sueños que queríamos ver cumplidos.

En los primeros días de enero del 2005 conocimos a una pareja que estaba haciendo un recorrido en bicicleta desde Alaska hasta la Patagonia. Sin decirlo nos quedamos enganchados con su historia de aventura y su proyecto de pareja.

Yo sabía que no tenía ni el talento ni el interés de exigirle a mi cuerpo un reto de esa magnitud. Pero tenía mi propio talento. Contar cuentos. La idea empezó a revolotear nerviosa por mi cabeza. ¿Cómo se hace un viaje de ese estilo? Sin embargo, cuando se tiene claro el "qué" la vida se encarga de aportar los “cómos". Lanzarnos al viaje fue la primera gran apuesta que hicimos Arturo y yo como pareja y la vida, generosa, se ha ido encargando del resto….

Agregando colores

Una coincidencia tras otra fue la que nos llevó a nuestro primer espectáculo de cuentos callejeros.

Apenas a dos días de haber llegado a Antigua nos pusimos a la búsqueda de un espacio para rentar. Vivir de hotel en hotel es una rutina que al cabo de un tiempo te deja con una sensación de desgaste y vacío. Antigua es uno de esos lugares en el mundo donde los extranjeros llegan a vivir por un rato y eso permita que haya anuncios de renta por todas partes.

La búsqueda fue sencilla. Después de unas llamadas ya estábamos instalados en un departamento de paredes blancas, piso de barro y un olor a fría humedad que me recordaba a San Cristóbal de las Casas.

En cuanto Olga, la casera (aunque aquí en Guatemala aprendimos que esta palabra tiene la connotación de amante), se enteró de nuestro proyecto de viaje y cuenta cuentos su cara se iluminó. “Yo también soy artista” nos dijo, orgullosa: “hago pintura en cerámica” Y comenzó a darnos nombres y recomendaciones para presentar una función de cuentos. En especial nos habló de Manuel, un amigo que tenía un espacio cultural llamado La Casa del Mango.

Así fue como llegamos un sábado por la noche a la Calle de los Nazarenos, una pequeña calle que está justo en las afueras de la parte turística de la ciudad de Antigua. La casa olía a viejo; las paredes llenas de cuadros de distintos pintores de la región; un minúsculo patio interior con macetas desbordantes de plantas y una salita donde se proyectaba la película El misterio de Picasso.

Conocimos a Manuel y a su grupo de amigos, artistas y bohemios españoles, que habían decidido hacer de Antigua su hogar. Intercambiamos unas cuantas frases sobre nuestro viaje, los cuentos, su proyecto cultural y nos sentamos a disfrutar la película.

El misterio de Picasso

El misterio de Picasso es un documental originalísimo que te introduce al estudio de Picasso, a verlo en acción mientras pinta. La película tiene sólo tres o cuatro breves diálogos, pues todo consiste en ver los trazos del artista sobre un lienzo vacío que se va transformando en una pintura.

El camarógrafo encuadra cada lienzo filmando desde el lado opuesto a Picasso, para que el público pueda ver los trazos sin tener que ver la mano del pintor.

Así cada escena de la película es un cuadro que comienza con unas cuantas líneas que al principio no dicen nada. Las líneas van cobrando forma y se comienzan a adivinar las figuras –una mujer dormida, una ventana, dos hombres mirándola… Después añade pintura, como si fuera un niño jugando con colores, despreocupado.

Al final, cuando aparentemente está por terminar el cuadro, en dos trazos valientes, desaparece la figura central para dar lugar a un cuadro totalmente distinto.

Ese es el misterio de Picasso. Ni él mismo sabe la dirección que tomará su pintura cuando la inicia. Su mano pinta mientras su mente trata de seguirle la pista y sus ojos ya están viendo la figura que aparecerá donde antes no había nada. Cada cuadro es un trance de colores, formas y juegos.

Para mi esa es la esencia de nuestro viaje. Quiero dejar que el viaje juegue conmigo; que los colores y las figuras vayan transformando el lienzo en blanco. Quiero dejarme sorprender por las formas que irán apareciéndose; dejarme llevar por los colores del momento. Quiero dejarme sorprender y ser capaz de cambiar, en el último momento, la dirección del viaje. Aprender a confiar…

La vida misma se va encargando de ofrecerte las oportunidades para que cumplas tu sueño. Lo importante es iniciar: tomar el lienzo, las pinturas y sentarse con dedicación y confianza. El resto es en gran parte inspiración del universo.

Pintando cuentos

Terminando la película, Manuel nos platica que al día siguiente harían un taller de pintura para los niños del barrio. Para terminar el taller les gustaría colgar las pinturas en la calle e inaugurar la exposición con una función de cuentos. Nos invita a contar.

Al día siguiente aparecemos en La Casa del Mango. Recién ha acabado el taller y en los rostros del grupo se ve cansancio y satisfacción. Nos platican emocionados que tuvieron veinticinco niños y que incluso llegaron algunos adolescentes que hubieran querido tener menos años para participar. Arturo y yo nos sentimos de vuelta a los años de Colonias de Vacaciones. También nosotros pasábamos horas trabajando con niños. Semanas dedicadas al juego y a la fantasía, determinados en colaborar un poco para abrir la mente de los niños y mostrarles que en su imaginación tenían todos los recursos necesarios para divertirse.

Arturo rápidamente se apropia del trapeador y ayuda a limpiar las baldozas rojas y amarillas que decoran el piso. Mientras tanto, yo me pongo de acuerdo con Rodolfo, un cuentero chapín (guatemalteco) y Teresa, una cuentera vasca, para decidir el orden de los cuentos. Aunque al final, como en todas las cuenteadas, sé que los cuentos se decidirán en plena marcha, un poco al estilo de Picasso…

Al principio llegan sólo diez niños que se acomodan en cojines de colores sobre la banqueta. Para llenar la calle de cuentos, Manuel ha conseguido cerrarla, indicando con un listón y una bicicleta, que la calle –durante unas horas- le pertenece al arte y a los niños.

Con el primer había una vez… comienza a llegar más gente. Algunos adultos se detienen, tímidamente, en la esquina de la calle para quedarse escuchando, cómplices, sonriendo como si volvieran a ser niños. El vendedor de helados se detiene, recostado sobre su carrito, sonando la campana al final de cada cuento.

Yo me retraigo un poco de la escena simplemente para mirar y asegurar que no se me pierda este instante de magia. Lo logramos. Estamos contando cuentos en la calle, rodeados de verde y azul, compartiendo sonrisas y acentos, con un grupo de artistas que hace apenas tres días no conocíamos. El lienzo de nuestro viaje está comenzando a llenarse de color…

La preparación


Liliana pega dibujos de los niños en la calle



Manuel y unos niños preparan el cartel de invitación
Jennifer y Teresa acuerdan el órden de los cuentos


Liliana y los niños piden permiso a la doña para pegar los carteles
¿Quién quiere cojines para sentarse?



Cojines como dulces de piñata...



Manuel retrata a los niños



Las gemelas llegan justo a tiempo...


La función


Jennifer en la Calle de los Nazarenos


Jennifer cuenta "Juan Bobo"





Teresa y el cuento de Mari Puskers, la niña a la que se le salió un pedo...







Rodolfo preparándose para contar Las Travesuras de Max





Arturo canta Shuami el Camello

Jennifer y el cuento de la Fruta sin nombre






Cierre y despedida

Larraitz y Liliana, artífices de la jornada con los niños


Manuel se despide de todos...

lunes, 23 de junio de 2008

Recorrido en Puerto Rico

Y así es como, dejamos atrás Puerto Rico, y junto con él, el Caribe, para continuar nuestro viaje...

Nuestro recorrido en Puerto Rico

Recomendaciones (no tan azarosas) de Viajes del Corazón en Puerto Rico:

- Paseo en Cayac por la bahía bioluminiscente de Laguna Grande en Fajardo

- Treking en el Parque Nacional el Yunque

- Paseo por Viejo San Juan

El rostro de Puerto Rico

En nuestra estadía en Puerto Rico, verificamos nuestro carácter de viajeros a través de la mirada de los otros, pues en la interacción cotidiana nos otorgan un sitio y nos dan prerrogativas que acaso de otra forma no nos concederían: podemos pasar por alto el código de etiqueta sin que nadie se inmute; escuchan con atención nuestras historias y nos cuentan las suyas con una mezcla de curiosidad y ansiedad, pues eventualmente algo de ello puede decantarse hasta el blog; se identifican con algunos aspectos del viaje, “esto es algo que deberíamos hacer, pero la verdad es que no nos atrevemos”; están todo el tiempo pendientes de nuestras restricciones de presupuesto y están prontos a patrocinar un segmento del viaje, facilitándonos cosas – hospedaje, transporte…

La prerrogativa del viajero se junta con la circunstancia de la boda de Carlos y Tamara para que durante nuestra estadía tengamos dos parejasde anfitriones extraordinarios: Tato y Mariza, Domingo y Janette.

Las pláticas y el pequeño tiempo de convivencia, hacen patente, para un ojo externo como el nuestro, cómo estos dos puertorriqueños que aman profundamente a su país, tienen visiones distintas de cuál es la vía por la que Puerto Rico debe transitar al futuro:

Ernesto, Arturo, Carla y Tato en la boda de Carlos y Tamara

La presencia de Tato es la encarnación de una inscripción que otro amigo de la familia – Nemesio García Naranjo – tenía grabada en el marco de la chimenea en su casa en Chimalistac: “Buen vino que beber... buen libro que leer... buen amigo con quien platicar...”. En medio de la víspera de la boda, cuando lo natural sería verse atrapado en la tensa y la prisa de la preparación, se toma el día de trabajo y nos lleva a dar la vuelta por los alrededores de Humacao, departir unas cervezas frente al mar, y cerrar el día con unas tapas. Todo él proyecta bienestar y bonomía.

La tarde da para que me platique un poco sobre su actividad y su filosofía profesional. Él se dedica a la construcción, un negocio que puede ser como el cielo o el infierno. Después de los primeros años de pasarla dura – “hubo varios proyectos en los que perdí hasta la camisa: en la facultad de derecho de la Universidad deberían haberle puesto mi nombre a un par de anfiteatros que prácticamente terminé regalando” – asumió tres principios que esencialmente le han permitido mantenerse en el cielo: “1. Mi negocio no se trata de construir casas, edificios o infraestructura. Es un negocio de hacer dinero. La implicación es que privilegiaré los proyectos rentables por sobre los glamorosos. 2. Puedo perder dinero en mi vida privada (apostar en un casino, por ejemplo), pero en mi trabajo nunca pierdo dinero, lo que implica siempre esperar el proyecto que tiene condiciones adecuadas, y nunca clavarme en un proyecto por urgencia o necesidad, o bien subsidiar a un cliente. 3. No puedo yo hacerlo todo solo, así que estoy abierto a formar alianzas y a compartir el éxito y los beneficios de un proyecto al tú por tú.”

Acaso este carácter pragmático es el que le hace ver las ventajas de la presencia estadounidense en la isla, "pues de otra manera, los puertorriqueños no podríamos vivir como vivimos: nuestra infraestructura, nuestras carreteras, nuestro sistema de salud, nuestro sistema de seguridad social y el sistema de justicia son de primer mundo. El puertorriqueño tiene prácticamente los mismos beneficios que cualquier ciudadano estadounidense: Jamás verás aquí la pobreza que viste en Dominicana. En un sentido esta es una sociedad con mucho menor desigualdad e injusticia, y con mucho mayores oportunidades – cualquiera puede tomar un tiquete a Estados Unidos y emprender para buscar fortuna – que cualquier otro país latinoamericano. Aquí nadie muere de hambre, nadie muere de una diarrea absurda. Sin duda, como en todos lados hay grados decorrupción, pero en última instancia existen altas posibilidades de que se haga justicia. Con la situación energética global, nuestra condición de estado asociado nos salva de pasar periodos de cinco horas del día sin suministro eléctrico, como ocurre con los dominicanos, y así ¿qué industria puede competir?"



Su visión no es muy diferente de la del resto de los puertorriqueños, pues a pesar de que estos de todo se quejan – tienen fama de bocones –, y todo lo demandan de Estados Unidos sin ofrecer nada a cambio, a la hora de la verdad, no tienen confusiones: sólo el cinco por ciento está a favor de la independencia.

Eso no impide a Tato ver los efectos que vivir bajo el protectorado americano tiene sobre la isla, pues él mismo los atestigua en su negocio, cuando ocasionalmente es difícil encontrar gente que quiera trabajo: "el seguro de desempleo es tan bueno, que para algunos el dinero del estado sumado con e ingreso de un par de trabajtos extra, les permite obtener más de lo que sacarían en un mes de trabajo completo conmigo o casi en cuaquier industria. No es difícil pensar que en esta circunstancia, el pueblo poco a poco vaya volviéndose comodino y oportunista: y se diluya, inevitablemente, el empuje que requiere toda nación para progresar.

Una infraestructura de este calibre sólo puede mantenerse con una alta carga impositiva, y no es difícil pensar que la parte de la población que trabaja y paga impuestos sienta que con su sudor subsidia a la otra mitad del país, beneficiaria de la seguridad social. “Acaso por ello sufrimos la fuga de cerebros. Los mejores talentos del país emigran a Estados Unidos.” -- dice Tato.

Sea como fuere, el balance para Tato sigue estando del lado de los Estados Unidos.

Los instintos de Domingo, por su parte, están en el otro extremo. Su alma, dice humorísticamente Jannete, su pareja, es la de un “machetero”, como se llama aquí a los nacionalistas que quieren la independencia...

Janette, Domingo y Jennifer, en Viejo San Juan

Acaso el mote venga de la época de su juventud, cuando Domingo protagonizó alguna historia vibrante en la bitácora del orgullo latinoamericano en los setentas:

El azar quiso que él fuera convocado a pelear en la guerra de Vietnam en una época en que el enrolamiento del ejército estadounidense era obligatorio. Participar en una iniciativa imperialista estaba para él más allá de lo tolerable. Se sumó entonces a un movimiento estudiantil que iniciaba, junto con otros de sus compañeros que resonaban contra la imposición estadounidense, que siempre ha tenido la fina precaución de poner en el frente de batalla al grupo marginal de turno – negros en Europa, puertorriqueños en Vietnam, Latinos indocumentados en Iraq.

Poco a poco se fueron sumando personas a la resistencia de los universitarios. La oposición trascendió el campus y caló en la población, al grado que fue imposible para Estados Unidos ignorar al movimiento. Este fue uno de los fuegos que junto con la fuerza de otros objetores de conciencia americanos consiguieron la profesionalización del ejército estadounidense y la institucionalización del reclutamiento voluntario para la armada.

Han pasado los años, y el reconocimiento a los beneficios de corto plazo que la influencia estadounidense trae a Puerto Rico, no le impide a Domingo mantener la perspectiva sobre el costo – acaso demasiado alto – que en ocasiones hay que pagar.

Un buen ejemplo es lo que ocurre en la Isla de Vieques, que por varios años fue una de las bases militares de los norteamericanos en la isla – desde donde desembarcaron todas las operaciones intervencionistas entre los 60´s y los 80´s en la región – y en la que se estableció un campo de entrenamiento estilo G.I.Joe. Hay varios que piensan incluso que Puerto Rico no estuvo excento de experimentos asociados a armas nucleares. Lo que se sabe de cierto es que el rechazo unánime de los habitantes de Vieques a la presencia militar consiguió finalmente la retirada del ejército, quien aún, a cuatro años de su salida, no restaura la isla de los daños causados por los juegos de guerra, ni responde a la presunta evidencia de los anormales índices de cáncer en la población.



Hay otro aspecto que Domingo lamenta del estilo de vida americano y su imparable sociedad de consumo. El puertorriqueño, demandante y adicto a esta vida fácil, no tiene límite para vivir de crédito, e incapaz de ahorrar, que es la transacción básica para el crecimiento de cualquier pueblo.



Mantiene, sin embargo, una perspectiva optimista: la realidad mundial actual terminará por informar a Estados Unidos, más temprano que tarde, que se acabaron los años del imperio, pues la creciente potencia económica de China e India, en conjunción con la factura que le pasará la guerra de Iraq, hacen impensable el esquema del poder monopólico del que Estados Unidos ha gozado en las últimas décadas.

Además -es su impresión- que aunque tímidamente, en los movimientos democráticos hay un despertar del pueblo, una toma de conciencia sobre el poder de la participación.

Por lo pronto, para Puerto Rico la pregunta está en el aire, pues ningún pueblo tiene un futuro si no se atreve a pronunciarse, a asumir su verdadera identidad, a mostrar su rostro…


Memoria de los Piratas del Caribe

Los doce años eran para mi abuelo importantes porque lo remitían a la imagen de Jesús en el templo, discutiendo las escrituras con los maestros de la ley. Para celebrar mi cumpleaños, me regaló El capitán tormenta de Emilio Salgari.

Si bien desde chico las historias de papá y los libros de mamá determinaron mi relación con la literatura, fue ese primer libro, totalmente mío, en el que se consolidó en definitivamente en mi persona la operación indispensable de un lector adulto: tener el reflejo de tomar un libro por iniciativa propia.

En la primera mitad de la adolescencia seguí por entero la ruta de Emilio Salgari, un autor del que se dice que prácticamente nunca salió de Italia, asi que nunca conoció realmente los sitios sobre los que escribía. Su vita tuvo un dramatismo de igual o superior magnitud a las historias que relataba: Aida, su mujer -de la que vivió siempre enamorado- enloqueció en la madurez y terminó su vida en un psiquiátrico. Él mismo, siguiendo una larga tradición familiar, se suicidó con un rito propio de piratas: se abrió el abdomen con un cuchillo después de escribir tres cartas llenas de amargura.




Mi desarrollo adolescente estuvo modelado por los valores y las aspiraciones que tenían los piratas de los que Salgari escribía – Sandokán en India y Borneo, el Corsario Negro y Morgan, en el Mar Caribe: hombres generalmente despojados de su legítimo derecho al poder por una potencia extranjera, que dedicaron su vida a combatirla; hombres valientes y temerarios incapaces de matar por la espalda, siempre prontos a batirse en duelo y capaces de reconocer en sus enemigos actos de valor y coraje; hombres capaces de entender las razones de la gente sencilla y escuchar sus voces de lamento frente al yugo del conquistador; hombres nobles que no tiemblan frente a sus adversarios y respetan siempre a la mar; hombres de miradas fulminantes que se paran impávidos, de brazos cruzados, en el castillo de mando de sus barcos, y son capaces de convocar a sus piratas a esfuerzos extraordinarios; hombres que cargan viejas heridas de amor, y que, llegado el momento, se rinden frente a la belleza cautivadora de una mujer.

Viejo San Juan, Puerto Rico, hace imposible no evocar algunas de las historias. Viene a mi recuerdo, por ejemplo, la del Corsario Negro:

La potencia holandesa se ha establecido en las antillas. Maracaibo es gobernada por Van Wuld, representante del imperio europeo. Enrique de Vertigmalia –el corsario negro—ha jurado la muerte del gobernador, quien tomó la vida de sus hermanos. En su afán de revancha,hará lo que sea por derrocar a su enemigo: hundir barcos, asaltar fortalezas de soldados, incendiar los sitios de abastecimiento, mermar a toda costa la posición de la potencia extranjera y del gobernador. En la persecución de su objetivo le siguen siempre un grupo compacto de filibusteros, fuertes como tigres, armados hasta los dientes y leales al grado de ser capaces de tomar una bala en el pecho por el corsario. De entre ellos destaca Morgan, su contramaestre, y un par de piratas humoristas y medio filósofos – Carmaux, un negro, y Van Stiller, un europeo – que tienen la sutil cualidad de contar con un olfato capaz de encontrar, en medio de las ruinas de los sitios asaltados, los restos de las cavas donde se guardan los vinos de las mejores cosechas.

La historia encuentra un giro dramático cuando el corsario se enamora de la hija de su adversario – Honorata Van Wuld. Se abre entonces una encrucijada de dos impulsos igualmente fuertes en su interior: o cumple la promesa de venganza que ha hecho al pie de la tumba de sus hermanos, destrozando el corazón de Honorata quien ama a su padre; o se entrega a su amada y renuncia a la revancha, cargando sobre sí eternamente la sombra culposa de la traición a sus hermanos.

Esta ambivalencia lo perseguirá todo a lo largo de la trama. Al final, ya habiendo conseguido los favores de Honorata, una mujer indomable que ha sentido un chispazo de pasión recíproca, el pirata elige renunciar a su propósito de venganza. Pero la renuncia le resulta demasiado cara, pues nadie puede ir contra el imperio de sus instintos, y enloquece.

En la escena final, bajo la luna llena, el Corsario toma a su amada en sus brazos y se interna, delirante, en las aguas del mar caribe, donde descansará para siempre junto a los restos de sus hermanos que yacen en el fondo del océano.

No se extingue ahí sin embargo la deuda de honor del pirata, pues esta es retomada, años más tarde por Morgan, quien la llevará hasta sus últimas consecuencias. Finalmente, el gobernador Van Wuld muere bajo los embates de su fiereza.

Sobra decir que hay una trama paralela que permitirá a Morgan, una vez saldada la deuda de la casa de los Ventigmalia, retirarse a vivir plácidamente y a disfrutar la vida en alguna de las islas de las tortugas: Yolanda, por cuya sangre corre la nobleza de Honorata de Van Wuld y el temple bravío de el Corsario Negro, vivirá para siempre a su lado…


Imágenes y sonidos de Puerto Rico

En el trópico todo es más grande...

Pasear por el bosque tropical "El Yunque" es como entrar por un momento al mundo prehistórico de hojas gigantes, helechos, plantas trepadoras... En cada espacio disponible se deja colar la naturaleza. Un tronco caído se convierte en el anfitrión de plantas, florecitas, musgos y hongos que se adhieren, crecen y lo envuelven. La naturaleza no escatimó cuando creó el trópico.



Collage del Rainforest y sus alrededores


Haz clic sobre el collage para que puedas apreciar todas las fotografías...


El Yunque es un bosque en donde viven varios bosques a la vez. Al ir subiendo por la montaña te envuelves en distintos climas y sabores. Las hierbas de más abajo son imponentes. El verde te envuelve. A cada lugar que miras hay plantas y tonalidades. Si te detienes por un instante, te quedas callado y escuchas, te verás rodeado de una sinfonía de ranas, pájaros e insectos. Instrumentos invisibles que se dejan escuchar cuando no hay intrusos.


Al ir avanzando hacia la cima el aire comienza a quedarse más quieto. El camino más solitario. Los sonidos se esconden. Se deja sentir la neblina. El silencio, que lo ocupa todo, se interrumpe solo por nuestras pisadas. Y de pronto, a lo lejos, se ve cómo las nubes atraviesan los arbustos. En un instante estás completamente rodeado por nubes... el bosque de nubes.


Abajo, en la playa de la isla de Vieques, aparecen como por arte de magia tres caballos corriendo sobre la arena. Se corretean y juegan, imperturbables, ante los turistas que los miramos soprendidos. ¿De dónde han salido? En algún lugar leí que vivían en esa isla todavía algunos caballos salvajes. Los que no se han dejado domar por el hombre... ¿serán ellos?


Para montar a caballo elegimos la Hacienda Carabalí en donde cientos de caballos pasean a grupos de turistas diariamente. No se ven tan contentos como los que vimos en Vieques. Aún así, bajo la lluvia, nos llevan a recorrer los senderos de bosque tropical.


Uno de los últimos días lo reservamos para visitar Arecibo, casi al otro extremo de la isla. Ahí está construido el observatorio más grande del mundo. Un radiotelescopio blanco envuelto entre el verde de las montañas. Un platillo que recibe señales en idiomas desconocidos. Y un grupo de científicos platican a diario sobre galaxias, pulsares y estrellas.


Sonido de Coquís bajo la luna, despúes de la lluvia en Rio Grande

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El coquí, una pequeña rana café, es uno de los símbolos de la isla de Puerto Rico. Se deja escuchar todas las noches y sobre todo después de la lluvia. Aunque no pudimos verlas supimos que nos acompañaron durante nuestra estadía. Al caer la noche, se escucha su canto: "co-quí, co-quí, co-quí..."


Encuentros familiares, estampas de la jornada masculina

El aire con el que Jennifer relata potentemente la presencia de lo femenino en su último texto sobre la isla, me convoca a hacer lo propio.

Aprovecharé las fotografías de la boda de Carlos y Tamara para hacer una crónica visual del evento, al tiempo que hago un relato caprichoso y subjetivo, de estampas de los hombres de la familia, según las capturamos Jennifer y yo en nuestro encuentro, en Puerto Rico, a donde vinimos explícitamente para su celebración.


Conforme escribo el texto encuentro que, como ocurre en cualquier reunión de familia, es posible organizar el texto con una cierta lógica de estaciones de viaje, pues finalmente cada uno anda bregando en una estación distinta de la jornada de la vida.

Papá, o la reflexión retrospectiva sobre el origen


Papá, Tamara, Carlos y Mamá

El día en que nos reunimos para pasar el día en la playa, encuentro a papá relajado y contento, cosa que alegra, pues desde la muerte del abuelo, y la experiencia del nido vacío – la emigración de Ernesto y mía -- lo persigue una sombra de tristeza.

La madurez que conlleva su momento de vida – que invita necesariamente a mirar en retrospectiva para ponderar cómo se quiere vivir la recta final, antes de que arribe la vejez--, la circunstancia emotiva de encontrarnos en Puerto Rico desde distintos puntos del mundo, y el paralelismo que el paisaje en Viejo San Juan tiene con el Campeche mexicano –con sus murallas y el impresionante casco del morro construido para mantener a los piratas a raya en la época de la Colonia–, concurren para que nos refiera algo asociado al origen de la familia.

Cuenta que la historia de la familia Peón en América se encuentra bien documentada gracias a los esfuerzos Don Álvaro Peón y Peón --un antepasado que en el siglo XVII fue notable por el servicio que brindó a la corona española atrapando piratas en la costa de Campeche, cuya labor fue tan definitiva, que se hizo merecedor de la Cruz de Calatrava. La burocracia de la corona en aquella época, para hacer entrega de la distinción, obligaba a los homenajeados a comprobar de forma inequívoca que en el árbol genealógico familiar, no había sangre judía. Así pues, gracias a esta circunstancia, existe evidencia documental de la traza de la familia hasta cerca del siglo XII.

Sabemos por ese registro – comenta papá mientras la brisa marina nos pega en el rostro y bebemos un par de cervezas bien frías – que “Peón” es una nombre que proviene del italiano “Pedoni” – los que andan a pie, los que caminan. Los Peón fueron originalmente peregrinos que desde la península itálica se lanzaron a recorrer el camino de Santiago de Compostela, en un viaje piadoso. En su trayecto, se quedaron a radicar en el pueblo de Villaviciosa en España, donde echaron raíces. De ahí vinieron a la Nueva España, lo que nos lleva de vuelta a Campeche, el estado más occidental de la Península de Yucatán, donde la familia estableció una serie de haciendas de cultivo de henequén.

“ A mí, una de las cosas que más me impresiona de la crónica genealógica de la familia --dice papá – es el hecho de que al leerla se queda uno con la impresión de que pocas cosas merecen tinta y atención en la vida de una persona más allá de nacer, morirse y heredar, pues para salvo en casos excepcionales, como el de Álvaro Peón y Peón, no se consigna prácticamente nada más de la vida de las personas.”

Manolo y Rafa, o la tarea de ser padres


Arturo, Carlos, Ernesto y Manolo -- los primos en la boda

La convivencia familiar en la playa transcurre de forma relativamente apacible, aún cuando para mí, que no tengo hijos, pasar un día de vacaciones entero junto con tres niños pequeños – mis sobrinos Ana Carla, Paulo, hijos de Carla y Rafa; y Natalia, hija de Manolo y Rosi – es una experiencia ciertamente impresionante.

Acaso nada haya labor tan demandante como la de la paternidad:

Hay que empacar una maleta del mismo tamaño que el backpack con el que viajamos para pasar el día en la playa; hay que conseguir que los niños coman leche, huevo y verduras en vacaciones, cuando lo único que quieren son galletas, papitas y hotcakes; hay que regular el tiempo de televisión y estar pendiente del contenido; hay seguir la trama de Dora la exploradora, Hi-5, y Highschool musical, con precisión de guionista; hay estar al pendiente para evitar accidentes, y estar prontos para consolar cuando, inevitablemente, alguno termina con la nariz raspada; hay que lidiar con el mal humor del cansancio, mientras no quieren irse todavía a dormir; hay que estar preparado para lidiar con la huelga infantil que surgirá si el restaurante elegido no tiene pizza de peperoni, o si (¡mierda!), la pizza que hacen en este restaurante parece en realidad focaccia; hay que asumir que todas las conversaciones están condenadas a la discontinuidad pues cada tres minutos hay una pregunta, un requerimiento o un asunto que resolver; hay que desplegar una energía interminable para hacer castillos en la playa, nadar en la alberca, jugar en el jacuzzi por la noche, contar un cuento en la cama; hay que tener la paciencia para tolerar pleitos y llantos; para permitir que los niños se arreglen solos, entre niños, y mediar únicamente cuando ha ocurrido algo grave, como el complot que Natalia y Ana Carla, niñas al fin, forman para condenar a Paulo al ostracismo, porque él es niño; y finalmente, hay que saber y aceptar de antemano que, frente a esta tarea titánica, hagas lo que hagas, invariablemente, te vas a equivocar…

Por la noche, comparto con Manolo y Rafael la mezcla de asombro y susto que siento al asomarme a esta faceta de sus vidas. Anticipando lo que me viene a mí adelante, les pregunto sobre cómo cambiaron sus vidas a partir de que fueron padres.

Manolo contesta que a partir de que nacen, el orden de tu vida tus prioridades se revierte dramáticamente. Los hijos se vuelven la prioridad número uno, lo que implica que el resto de tus actividades, intereses y aficiones pasarán a un segundo plano, y que varias deberán ser pospuestas o incluso desechadas.

Ser padre, en una dimensión, consiste en la capacidad de hacer esa renuncia. Y refrendarla todos los días.

Y la única forma de hacerla, consiste en verdaderamente querer tener hijos, desearlos. Pues sin ese deseo, no habría forma de darle sentido a la carga.

Lo otro que cambia -- coinciden ambos -- es la relación de pareja, no sólo porque la llegada del tercero obviamente reduce el tiempo que los esposos tienen para uno y otro, sino porque la relación sufre una transformación energética, en donde antes el rejuego de necesidades y satisfacciones que se da en toda relación, encontraba un relativo balance recíproco mientras ahora, el niño subvierte ese equilibrio.

Los niños, esos pequeños cúmulos egocéntricos de necesidades interminables chupan la energía de las mamás a lo largo del día. Por la noche, las mamás, exhaustas de tanta entrega, se convierten ahora en un núcleo que requiere en mayor o menor medida, reconocimiento y ternura. El papá, que a su vez acarrea la tensión y la frustración del trabajo necesita tranquilidad. El escenario está saturado de necesidades, frustraciones y demandas.

Ambos concuerdan en que es crítico que el hombre reconozca que la mujer lleva la peor parte, y que actúen, según corresponde, para ser una verdadera válvula de escape. El reto consiste en aprender a hablar, a demorar la satisfacción de necesidades, a alternar roles, a encontrar espacios personales que permitan el encuentro con uno mismo, a hallar tranquilidad más allá de la tiranía cotidiana del trabajo
Rafa, o el escape de la tiranía de la vida cotidiana

Rafael haciendo reir a Carla, mi hermana

Desde ahí, comprendo el interés que Rafael, mi cuñado, tiene por el mundo del Clown. Recién se ha hecho tiempo y espacio para estudiar un diplomado asociado, pues para él esta es una forma de afirmar el filo tragicómico de la vida, y constituye, asimismo, su elección cotidiana para evitar que el trabajo le haga olvidar las buenas cosas de la vida, o lo convierta en alguien distinto a quién él aspira a ser.

En una de las sobremesas, nos cuenta una historia que recién escuchó en el diplomado: el director corporativo de marketing de una empresa americana de consumo que acude a un congreso en algún país de Europa del Este. El viernes por la tarde deja el traje y la corbata en el hotel, se viste de clown – maquillaje, nariz y atuendo – y sale a las calles a improvisar algún acto con los que caminan por la plaza.

Entre acto y acto, la vecindad y la marginalidad de su rol, lo hacen cómplice inevitable de mendigo que habitualmente merodea la plaza. Espontáneamente, lo incorpora al performance. Juegan, actúan, malabarean. Hacen reír a la gente que se ha reunido alrededor. Ganan una buena suma de dinero.

Al final de la jornada el clown reparte el botín entreambos. El mendigo, que no lo esperaba, en señal de gratitud, lo lleva a cenar esa noche a un sitio sencillo, donde se cocina la comida típica del país.

A medio plato, el director se declara satisfecho, pero el mendigo (que naturalmente asume que ambos comparten el mismo estilo de vida en la calle), lo reprende un poco y le dice que debe comer bien, pues uno nunca sabe si va a haber comida al día siguiente.

Se despiden.

A la noche siguiente, el director y su esposa acuden a la gala de despedida del congreso. Durante la cena la esposa está inapetente y deja el plato apenas se lo acaban de servir.

El la mira. Le dice con un una mezcla de ensoñación, de asombro, de alegría por la vida: “Come. No sabemos nunca si habrá comida al día siguiente…”
Carlos, o el reto de formar un matrimonio
Carlos y Tamara, justo al término de la ceremonia

En el centro del encuentro y del relato está Carlos. Por él hemos venido a Puerto Rico. A su boda con Tamara.

A Tamara la conocí en el 2005, en un viaje de trabajo a Boston. Nos encontramos para cenar. A través de las presentaciones, las risas, las anécdotas, se estableció una conexión inmediata entre nosotros, al grado en que una buena parte de la noche la invirtió en quejarse de Carlos, de lo vago que era para la universidad.

En su queja había algunas cosas implícitas: ella me hablaba como se habla a los hermanos mayores de los novios, es decir, asumiendo todo el tiempo que podía hablar con total libertad, que yo conocía a Carlos, y que nadie en la mesa tomaría lo que ella estaba diciendo como traición o denuncia.

Adicionalmente, por su forma de mirarlo mientras me contaba de él, supe que lo quería, y que su preocupación venía de su capacidad de ver en Carlos un potencial más allá de la fachada deslucida que algunos tropiezos – la crisis vocacional, los amores quebrados-- habían dejado en él antes de que encontrara el camino que en Boston inició para perseguir una carrera en el fútbol profesional.

“He aquí una mujer que podría estar con Carlos. Para siempre.” – pensé.

Y no me equivoqué, pues años después, el sábado 7 de junio, en el distrito de Condado, en San Juan, Puerto Rico, habría de celebrarse su boda.

Durante la recepción que la familia de la novia ofrece en su casa el jueves previo a la boda (en la que un enorme lechón a las brazas convive con los invitados en el centro del patio) nos piden, a varias de las personas cercanas a los novios, grabar algunas palabras en video. Debemos relatar alguna anécdota de alguno de los novios, y expresar algún deseo para la pareja que comienza:

Viene a mi mente la casa de campo que la familia tiene en la carretera vieja a Cuernavaca, el Timbirimbo. Ahí, internada quinientos metros monte abajo, en medio de la espesura del bosque hay una cancha de futbol rodeada de enormes pinos y abetos, en donde varias veces mi papá nos lanzaba a los Peón – Ernesto, Carla, Carlos, él y yo (mamá en la banda echando porras)– contra el resto del mundo – un equipo de entre 8 y 11 comuneros y campesinos de Huitzilac-- pues en este desafío veía la doble oportunidad de fortalecer nuestro carácter y afirmar el orgullo familiar.

Había veces en que papá tomaba la pelota en media cancha y nos lanzaba al frente. Tomaba vuelo y antes de pegarle, levantaba el brazo y gritaba: “¡A la ollaaaaa!”. Si el pase salía bueno, había posibilidades de anotar, pero si salía desviado y caía en un contrario, era necesario tirarse un sprint de ochenta metros persiguiendo al adversario para evitar el gol en contra.

Hubo varias veces en las que estuvimos abajo en el marcador, con el resultado del partido seriamente comprometido. Tengo grabado el rostro de Carlos mientras hacemos el saque de medio campo después de algún gol en contra. Cansado de tanto correr y recibir patadas llaneras en las espinillas, su mirada café verdosa parpadeando de rabia detrás de su rostro empanizado de polvo y sudor. Me mira fijo. Alguno de los dos dice “¡Vamos!”. Y eso basta para seguir corriendo y peleando.

Nunca perdimos un partido, y la ronda de refrescos que papá disparaba a los jugadores al final del encuentro, sabía a victoria, se saboreaba en efecto el orgullo.

La faena terminaba al atardecer con el ritual de hacer el tramo de regreso a la cabaña cargando leña para la fogata, medio kilómetro cuesta arriba, en una parihuela (una especie de camilla de hospital improvisada con dos troncos largos, que permite a dos personas cargar su peso en madera). Carlos fue siempre mi pareja de parihuela…

Deseo que Carlos, que a partir de ahora cargará la parihuela con Tamara, encuentre la forma de hacer de su pareja un sitio de juego que se parezca a la cancha del Timbirimbo en aquellas tardes lejanas…
Ernesto, o el vínculo entre la intimidad y la productividad
Ernesto, posando para Sibel...


Un paso más atrás en la jornada está Ernesto, a punto de terminar un ciclo en Schiefield, Inglaterra, donde emigró para estudiar la maestría en derecho.

Es por todos conocido que una maestría es un artificio académico al que se recurre más para ensanchar la visión del mundo, desarrollar relaciones, tener un argumento para pedir el doble de sueldo en el trabajo, reencontrarse con uno mismo y olvidar un mal amor, que para adquirir un aprendizaje realmente aplicable.

El encuentro con Sibel Bicer -- una linda francesa, estudiante de literatura inglesa, amante de los cuentos de Guy de Maupassant, de la que no se despegó prácticamente desde el día en que arribó al campus y muy caballerosamente se voluntarió para cargar sus maletas mientras ella localizaba su dormitorio – hace pensar que su estadía en el Reino Unido tiene un indudable saldo positivo. Se da por descontado que independientemente del resultado en el exámen de grado, obendrá notas sobresalientes en el estudio del francés…

Ahora que se traslada a Madrid para escribir su tesis, con la perspectiva de regresar a México en Septiembre a enrolarse en el trabajo, habrá de separarse de su amada con la esperanza de que en algún sitio de su destino esté escrito el nombre de Sibel, aunque todo parezca indicar que los “odds are against him”.

Sea cual sea el desenlace, el encuentro ha operado ya su magia, pues acaso lanzados a la búsqueda del otro, el amor, cuando es del bueno, nos ayuda a encontramos a nosotros mismos…

Por lo demás, lo único que viabilizará ese encuentro, es que en efecto Ernesto consiga hacer valer su maestría, para continuar su labor profesional en el trabajo, y ser reconocido, no por sus títulos, sino por su capacidad de producir…

Paulo, o el tránsito de la autonomía a la identidad


Paulo, el más jóven de la familia....

En Paulo, ese pequeño muchacho de cuatro años, que goza de una determinación astronómica, encuentro una diferencia apenas en tan poco tiempo después de la última vez que nos vimos, pues la firmeza con la que apenas hace una semanas su universo consistía en afirmar su autonomía – delimitar enfáticamente su territorio o excluir a otros del contacto con sus pertenencias – ha dado lugar a una nueva galaxia en la que el énfasis está en experimentar, a través de los diferentes roles que trae el juego consigo, un sentido de identidad, un principio de iniciativa.

Así nos la pasamos jugando. “tú eres una ballena”, le digo. “No, responde, yo soy un muchacho”. Revira: “tú eres una tortuga”. Y seguimos: “tú eres un payaso”; “tú eres una mosca”. “Tú vas al baño de niñas”, lo molesto. “¡No!, ¡Voy al de niños! Yo soy un caballerro… (acento castizo, seseando y arrastrando la erre).

Desde la perspectiva familiar, qué duda cabe, en Paulo, el más joven del clan, este juego, en su momento de vida, tiene una significación increíble, pues a través de él se abre la pregunta de la trascendencia: ¿quién eres, Paulo? ¿En quién te convertirás? ¿Qué harás de tu vida, este viaje que apenas comienza? ¿Cómo trascenderás en el libro que narra la historia de los caminantes – los Pedoni? ¿Serás de aquellos cuya aparición en la crónica se reduce a nacimiento, muerte y herencia, o de los que se cuenta que llenaron su vida de aventuras – acaso navegantes del mar tenebroso, caza piratas, caballeros que llevan en su pecho la Cruz de Calatrava?

Viaje en Ferry: Un recuerdo

Decidimos viajar de Dominicana a Puerto Rico en Ferry por dos razones: era más barato y nos parecía que el mar tiene siempre un toque de misterio y aventura.

Mientras es la primera ocasión que Jennifer se monta en un barco de estas dimensiones – y está emocionada como niña chiquita – para mí existe un referente previo: en 1992, en el viaje de mochila por Europa con los amigos de preparatoria, hicimos un recorrido en el Mediterráneo por las islas griegas.


Subo al barco y mientras nos registramos, viene a mí con nitidez un recuerdo de aquella ocasión.

Aquel barco tenía básicamente cuatro categorías de hospedaje: empezaba en el tope superior por la suite, pasaba por el camarote standard, descendía al asiento y llegaba, en el borde inferior, a la cubierta. Dado que el presupuesto entonces era tremendamente ajustado (30 dólares al día en las épocas de holgura y 20 dólares cuando nos vimos obligados a implementar el “Plan machito”), optamos por la cubierta en el primer trayecto que iba de Atenas a Santorini.

Ignorantes de lo que nos esperaba, nos apostamos con entusiasmo como una camada de cachorros recién paridos en una región de la cubierta que habíamos conseguido apartar para nosotros solos, justo al pie de una enorme chimenea del buque.

Pasamos una noche fatal, debido a lo intenso del subibaja marinero, las señales ensordecedoras de la bocina, y sobre todo, porque toda la noche cayó sobre nosotros una persistente llovizna de copos de nieve negra de la ceniza que escupía la chimenea, de tal forma que acabamos todos tiznados.

Tan mala fue la experiencia, que en los trayectos subsecuentes – Santorini a Ios y de vuelta a Atenas--, mejor nos separamos en búsqueda de un rinconcito en el barco dónde acomodarse.

Roberto y José Manuel, menos conformistas que el resto, a la media noche, continuaban recorriendo el barco en busca de un sitio mejor que las barandas y los corredores de cubierta que el resto había elegido. Se toparon de pronto con la recepción, que a esas horas de la noche nadie atendía y en cuyo fondo había un tablero de madera donde perfectamente numeradas colgaban las llaves de los camarotes.

Bastó que esa visión se sumara al cansancio de meses de camas duras y regaderas encharcadas de hostal europeo para que surgiera en ellos un impulso de polizón: En total silencio se escurrieron al interior de la cabina y tomaron una llave.

Recorrieron el barco hasta dar con el camarote señalado. Metieron la llave y la giraron. Pero, por más que giraron y giraron, empujaron y empujaron, la puerta no cedió.

No se dejaron vencer por lo que calificaron como un inconveniente menor, pues una vez que habían vislumbrado una noche horizontal, les fue difícil renunciar a ella. Regresaron sobre sus pasos hasta la recepción con el propósito de repetir la operación (que había sido relativamente sencilla), con la diferencia que ahora intentarían con la serie de llaves de camarotes que tenían una secuencia de numeración distinta.

Sin embargo, para su sorpresa, cuando llegaron ahí, ya el front desk estaba resguardado por un griego vestido todo de blanco, como marino. Después de cinco minutos de esperar en vano a que la vejiga del uniformado lo llamara al baño, llegaron a la conclusión de que no conseguirían su objetivo a menos de que hicieran una apuesta más ingeniosa y determinada.

Así, mientras uno distraía al griego aquél pidiéndole un suministro adicional de toallas (lo que le obligó a meterse al fondo de la cabina adyacente para tomarlas) el otro se estiró por encima del escritorio de la recepción y descolgó con precisión felina un nuevo juego de llaves del ganchillo donde colgaban oscilantes.

Con aplomo de felones profesionales, agradecieron en la lengua local al intendente por las toallas -- ¡parakaló, parakaló! – y se dirigieron al nuevo camarote.

Con el corazón palpitando a mil – no sólo por el riesgo de la empresa en sí, de la que ya habían superado algunos obstáculos, sino sobre todo porque aún podían toparse con una nueva frustración, o más aún, la posibilidad de abrir el cuarto exitosamente, sólo para toparse de inmediato con que este está ocupado por los legítimos pasajeros – llegaron frente a la puerta.

Metieron la llave. Giraron. ¡Clic!

Empujaron la puerta.

¡El camarote estaba vacío! Cerraron la puerta y la atrancaron. Se abrazaron eufóricos y celebraron en silencio como si hubieran metido el gol definitorio del campeonato mundial, y antes de tirarse a dormir a pata suelta mecidos por el oleaje mediterraneo, documentaron la felonía con una fotografía, pues corrían el riesgo de no ser creídos por el resto de los amigos.


Aparecieron al día siguiente frescos como lechugas, con 8 horas de sueño continuo, recién bañados. Muy ufanos de su hazaña frente al resto de nosotros – lagañosos, malhumorados, torcidos, insolados.

Dieciséis años después, en homenaje a aquella picardía preuniversitaria le pido a Jennifer que fotografía este momento en que por cuatro veces el precio y menos de un quinto de la diversión, dormiremos legalmente en un camarote estándar en el barco de la línea de Ferries del Caribe, en la ruta que va de Santo Domingo, República Dominicana a Mayagüez, Puerto Rico.

viernes, 13 de junio de 2008

Dos mundos en una pequeña isla: Puerto Rico

Encontré un lugar en el mundo donde parecen convivir en perfecta armonía el mundo americano y el latino. Encontré una pequeña isla en donde los dos mundos que viven adentro de mí desde que nací aquí van de la mano y se expresan de las formas más originales.

Los puertorriqueños pasan del inglés al español en un instante y sin esfuerzo. La moneda que se usa es el dólar pero lo llaman “pesos”. Los letreros de las carreteras usan kilómetros para indicar la distancia y millas para la velocidad permitida. La gente contesta hello al teléfono para después continuar una conversación en español…

Cuatro siglos de colonialismo español y más de cien años de colonialismo americano han creado esta singular sociedad.

Sin embargo, no puedo dejar de preguntarme qué habrá pasado en la historia de Puerto Rico para convertirlo en lo que ahora es. ¿Qué motiva a un país a querer pasar de un dueño a otro? República Dominicana, Haití, Cuba, Puerto Rico. Cuatro países tan cercanos que han decidido transitar por la historia de maneras tan diversas.

La historia de Puerto Rico me parece análoga a la vida de una persona que nunca se rebeló durante la adolescencia. La rebeldía, un paso obligado para establecer la propia identidad, fue pasada por alto en esta isla. Mientras el Caribe y Latinoamérica lucharon batallas sangrientas contra sus opresores, Puerto Rico pasó de ser la hija de España al ahijado de Estados Unidos.

Puerto Rico se denomina un Estado Libre Asociado, sin embargo, como dicen sus propios residentes: “Ni somos estado, ni somos libres, ni estamos asociados”. Viven bajo el mandato de Estados Unidos. Como un hijo que tiene que vivir bajo las consignas de su padre: “Mientras sigas viviendo bajo este techo…”. Y así, el hijo se muerde la lengua mientras extiende la mano.

La historia de un país se escribe en gran parte a partir de sus batallas; las luchas que ha tenido que sobrellevar para convertirse en el país que desea ser. ¿Y no es igual con las personas? ¿Acaso nuestra biografía no la contamos a partir de nuestras luchas internas?

Es curioso pues en este país con una identidad difusa yo me he sentido plenamente identificada. Mi propia historia personal está llena de mezclas y contradicciones. Mis dos mundos, el americano y el latino, han tenido que luchar para sobrevivir e integrarse dentro de mí.

Pertenecer a dos países me ha llevado a sentir en varios momentos que no pertenezco a ninguno. Estando en México o en Estados Unidos sentía cómo una parte de mi ser tenía que replegarse, empequeñecerse, para pertenecer durante ese instante a un espacio en el mundo. Sin embargo, la parte replegada no moría, simplemente se quedaba dormido por un rato…

Rodeada de americanos el inglés de mi infancia aparece. Palabras, gestos y dichos que no tenía registrados salen automáticamente de mi boca. Como también mi cuerpo, naturalmente, se empieza a mover cuando escucha un merengue o una salsa.

Lenguajes y caderas silenciados por tanto tiempo.

Cuando mi familia se mudó a México yo tenía 9 años y lo único que deseaba era pertenecer; ser como todas las demás niñas de mi colegio. Ellas no pronunciaban en inglés como yo así que gradualmente comencé a dejar de lado mi pronunciación. Escondía mi acento pues hablar así denunciaba mi origen y pronto aprendí que en México ser americano no era siempre bien recibido.

Me propuse –casi como una tarea- aprenderme las canciones que escuchaban mis compañeras: Timbiriche, Flans y Luis Miguel, cuando yo lo que quería era cantar Burbujas de Amor. Quería bailar a unos ritmos que nadie en mi mundo bailaba, pues en el México que me tocó vivir esa música era para “nacos”. Así que yo tenía que bromear, escondiendo a través de la burla, el gozo que sentía con esos ritmos caribeños.

Mi lenguaje y mis caderas parecían siempre fuera de lugar. Resaltaban en el mundo donde crecí. El inglés se fue empequeñeciendo y las caderas dejaron de moverse.

Irónicamente, fue mi viaje a Colombia el que logró romper con esa inercia. Ese año de vida en Colombia se convirtió en un capítulo de mi propia historia personal; una batalla de identidad y rebeldía.

A los veinticuatro años, saliendo de la universidad, decidí irme a vivir a Colombia para estar cerca de Fabio, quien entonces era el amor de mi vida. Había terminado la carrera de Psicología pero mi corazón no estaba en el mundo laboral sino en el campo de los sentidos. Quería experimentar el mundo y probarme en él. Aferrada a mi bandera de la libertad y con la fuerza que da el enamoramiento, logré desprenderme de las ataduras sociales y volar hasta Bucaramanga, Colombia.

Mi pasaporte americano fue imprescindible para ayudarme a conseguir trabajo como profesora de inglés. Contratada casi por el simple hecho de ser native speaker, mi trabajo no se podía limitar únicamente a las aulas. Me motivaban para hablarles a los alumnos todo el tiempo en inglés (cosa que además agradecía pues me ahorraba las burlas de mis alumnos adolescentes por mi acento mexicano).

Hablando y enseñando inglés me di cuenta, recordé, lo mucho que me gustaba ese idioma. Un idioma injustamente asociado con la guerra y el imperialismo, pues es también el idioma de Shakespeare y Dickens. Un idioma rico, poético, inmenso… Durante esa época me descubrí muchas veces pensando y soñando en el idioma de mi infancia.

Pasaba todo el día inmersa en el idioma inglés, estudiando su gramática y gozando su literatura. Cuando llegaba la noche me encontraba envuelta en un ambiente caribeño de fiesta y de rumba. La salsa y el merengue se metían por mis poros y mis caderas se sentían libres para moverse de nuevo. Recuerdo mirar a mi alrededor y sentirme extraña entre tanta gente que bailaba la música que yo hubiera deseado bailar toda mi vida.

No sé de donde me vino el gusto por esa música, pero desde pequeña era la música tropical la que corría por mis venas. Mi cuerpo ansiaba menearse pero al hacerlo sentía las miradas extrañas de los otros. Mis caderas estaban vigiladas. Mis caderas, que deseaban moverse, se habían quedado demasiado tiempo en silencio, engordando, calladas, esperando.

Una noche, bailando en Cali Son junto con dos amigas, sentí que mi ser se desbordaba a través de la música. Mis caderas ya no eran extrañas. Mis movimientos eran bienvenidos y mi cuerpo más bien tenía que seguir el ritmo acelerado de los costeños que se movían con extremada soltura. Regresé esa noche con el cuerpo inundado de ritmo, exhausta, pero feliz. Curiosamente sanada.

Gracias a ese año colombiano pude reconciliar dos aspectos de mí que tenía escondidos. Mi parte americana, a través del acento y el lenguaje, y mi parte latina, a través del ritmo y la música caribeña. Recuperé mi voz, mis caderas y mi capacidad para convertirme más en mi misma.

Ahora años después, en esta pequeña isla del Caribe, lo vuelvo a sentir. Sorpresivamente, me he encontrado un rinconcito en el mundo en donde puedo expresar sin prejuicios mis dos realidades.

Olivia

Un viaje te obliga a desprenderte de muchas cosas: familia, amigos, casa, pertenencias y comodidades. Todo eso se queda atrás a cambio de un boleto hacia lo desconocido. Y está bien. Es parte de la transacción.

Sin embargo, de todo lo que tuvimos que dejar, lo más difícil y doloroso fue dejar a Olivia, nuestra Golden Retriever de once años. Sabíamos que no había otra opción. Llevarla a un viaje como este sería una locura (aún en el espíritu aventurero que teníamos).


Yo no había tenido buenas experiencias al dejar a mis animales. En el 2002 me fui a vivir un año a Colombia y tuve que dejar atrás a mi adorado gato, Fizz. Cuando regresé me enteré que mis papás, en un acto de desesperación, lo habían regalado. Fizz, en su vejez, se había vuelto agresivo y desobediente. Seguramente –ahora lo entiendo- enojado conmigo por haberlo abandonado tanto tiempo y sin explicación.

Nunca imaginé que un gato (o cualquier animal) fuera tan sensible y capaz de percibir un abandono y rebelarse. Después supe a través del veterinario que había ayudado a buscarle una casa, que Fizz no la había pasado nada bien. Estuvo enojado durante meses con su nuevo dueño, huraño y agresivo, sin querer acercarse a ninguna persona. Me duele imaginarlo en ese tiempo, confundido y triste, sin saber qué había hecho para merecer ese castigo. Unos meses más tarde, murió.

Nunca tuve la oportunidad de despedirme. Nunca pude agradecerle sus quince años de compañía. Nunca pude explicarle que en realidad él no había sido el culpable sino los humanos que vivíamos con él, envueltos en nuestra maraña de sentimientos no expresados, los únicos responsables.

Cuando vi que estaba a punto de vivir lo mismo con Olivia sentí que toda la experiencia anterior se me volvía a aparecer, amenazante y burlona, para ver cómo la resolvía esta vez. La vida, como siempre suele hacer, me daba una segunda oportunidad.

En esta ocasión era imposible fingir que no sabía lo que sabía. Que los animales sienten, entienden y se dan cuenta de lo que sucede a su alrededor (mucho más de lo que creemos).

Mi única opción, la única que me dejaría tranquila, sería enfrentarlo: despedirme de Olivia de la misma manera que lo haría con un niño pequeño. Explicarle que los motivos del viaje no tenían nada que ver con dejarla a ella ni con dejarla de querer. Y al igual que los niños pequeños, Olivia se negaba a querer entender…

Traté de explicárselo de mil formas y al hacerlo también se me iba aclarando a mí las razones reales, íntimas y profundas del viaje. ¿Por qué queríamos hacer este viaje?

Como lo dice el personaje de Saramago en El cuento de la isla desconocida: “Yo necesito ir a esa isla. Necesito pararme en esa isla para saber quien soy yo en ella”.

Arturo y yo necesitábamos hacer este viaje.

Y era necesario también que Olivia lo comprendiera. Podía sentir su tristeza y su confusión, sabiendo que al igual que Fizz podía ser un animal desechable, como tantos animales lo son. No quería que Olivia sintiera que la vida la estaba arrojando a cualquier sitio a que viviera sus últimos años.

Necesitaba encontrarle un lugar en donde pudiera sentirse especial. Un hogar que necesitara de Olivia de la misma forma que ella necesitaba de ellos.

Varias veces me senté por las tardes en el pasillo del departamento, junto a su cama, para tratar de explicarle, despedirme y agradecerle. Pero siempre recibía la misma respuesta: indiferencia y resignación, como si dijera: “Me da lo mismo. Déjame donde sea”.

En otros momentos me daba la impresión que me imploraba como un niño que le ruega a sus papás que no se vayan a su reunión de adultos: “¡Quédense aquí! No vayan al viaje. Aquí estamos bien los tres…”


Mientras tanto, continuaba la búsqueda de una persona que quisiera adoptar a Olivia durante un año. Después de varios intentos y llamadas apareció Mara, una amiga de mi mamá, que vivía con sus dos hijas universitarias, Jimena y Regina. Una familia que necesitaba del cariño y la ternura de una perra como Olivia.

Llevamos a Olivia un sábado por la tarde para que se conocieran. La dejé ahí pasar la noche, diciéndoles que sería como una piyamada. Rápidamente, Regina decidió que Olivia dormiría con ella en su recámara. Mara, como tratando de ordenar las cosas, opinó que la cocina sería el mejor sitio. Pero Regina no estaba dispuesta en dejarla pasar la primera noche sola… Arturo y yo nos sonreímos y nos fuimos.

Al llegar a nuestro departamento lo sentimos incompleto. Nos dimos cuenta que una parte de nuestra pequeña familia se estaba quedando atrás. Olivia tenía su propia aventura que vivir.

Unos días después traté de explicarle a Olivia que viviría por un año con la familia de Mara, a quienes ya conocía y aparentemente se había sentido contenta. En esa casa con jardín soleado y tres mujeres consentidoras, ¿cómo no sentirse agasajada? Sin embargo, sentí que Olivia seguía triste con nuestra partida.

En lugar de seguir dándole explicaciones y razonamientos, simplemente le hice saber que yo también estaba triste. Pues el hecho de preparar una despedida no te exime de sentir la tristeza de la separación.

En ese momento de tristezas compartidas me llegó a la mente la imagen de Olivia, con su pata izquierda alzada hacia mi en señal de aceptación, como si me dijera: “Te dejo ir. Lo entiendo y te dejo ir…”

Dos semanas después, en una tarde lluviosa y después de dos horas de tráfico, llegamos a casa de Mara con Olivia y todas sus cosas. A eso de las nueve de la noche tocamos a la puerta. Estaban las tres esperándonos. Ya sin los nervios del primer encuentro y con una caja de chocolates que me ayudaría a la tristeza, nos recibieron.

Platicamos sobre los cuidados, las raciones de alimento, los baños y los talcos antipulgas. Pero por más que intentaba, no encontraba –ni encontraría- las palabras para expresar lo más importante que requería Olivia: atención, mucha, mucha atención…

“¿Ya estás preparada para irnos?” me preguntó Arturo. Y como no pude contestar, respondió Mara:

“Creo que nunca vas a estar preparada, y tampoco ella.”

Esa frase se quedó colgando en mi mente por varios días. Aunque por un lado tenía razón, pues uno nunca está listo para separarse de sus seres queridos, por otro lado, llevaba más de un año preparándome.

Salí de casa de Mara con los ojos llenos de lágrimas pero con el corazón más liviano. Sentía que un peso se había elevado de mis hombros. La despedida con la familia de Mara había estado llena de agradecimientos, de nosotros hacia ellas y de ellas hacia nosotros.

Entonces nos dimos cuenta que el universo nos había ayudado a encontrar lo que queríamos: una familia que necesitaba a Olivia.

Hay un país en el mundo

Y así, despues de 15 días, nos despedimos de Dominicana, que vio nacer oficialmente nuestros Viajes del Corazón...


Nuestro Recorrido en Dominicana



Link al poema del escritor dominicano Pedro Mir "Hay un país en el mundo":
Recomendaciones (no tan azarosas) de Viajes del Corazón en Dominicana
- Paz y Tranquilidad del Hotel Altocerro, Constanza
- Descanso en la Playa, Juan Dolio
- Centollo, Gambas y Bacalao en Don Pepe, Santo Domingo

Juan Dolio

El paréntesis que el viaje representaba, abrió la oportunidad para que al despedirme de uno de mis clientes, Luis Miguel, me propusiera organizar una función de cuentos, un poco aprovechando la circunstancia de que el viaje arrancaba en Santo Domingo, un sitio cercano a su corazón, pero sobre todo para celebrar la confianza que se forjó entre nosotros a lo largo de siete años de trabajo.

Como todo se vino encima demasiado rápido y se complicó la organización del evento en la Casa Teatro de la zona colonial, Luis Miguel propuso que en compensación pasáramos el fin de semana en su departamento de playa en Juan Dolio, a treinta minutos de la capital, y ahí organizar la cuenteada.

Ambos estábamos un poco nerviosos, pues a pesar del tiempo de conoceros y la cercanía implicada en la relación profesional de asesoría que hemos sostenido, esto claramente constituía un paso más allá, y ciertamente el evento revelaría facetas desconocidas en cada uno de nosotros.

Como suele ocurrir en estas ocasiones, fueron las mujeres, que no se conocían de antes, las que en una charla fluida crearon una atmósfera propicia a la nueva relación. En particular Montserrat, con su serenidad caribeña y su charla animada hizo fácil el encuentro. Ella, que en preparación a nuestro encuentro era ya una asidua lectora del blog, estaba al tanto de nuestro interés en las pequeñas anécdotas y datos curiosos, así que en su rol de guía antropológica sumó a nuestras observaciones del pueblo dominicano:

Nos cuenta que recién acaban de automatizar las casetas de peaje en la carretera, de tal forma que si uno lleva el cambio exacto (como requieren los letreros de aviso), la transacción es totalmente automatizada. Resulta que muy por el contrario, en cada casetita de cobro se apuestan cinco dominicanos: uno para recibir el dinero, uno para depositar el token en la canastilla, uno para proveer cambio en caso de que el conductor no disponga de la cantidad justa, y dos ayudantes para reducir el esfuerzo que supone ejecutar tan complejo proceso.

Nos hace observar a dos motociclistas que se desplazan en la carretera justo uno atrás del otro. El de adelante lleva el motor apagado y el de atrás lo empuja poniendo con fuerza el pie en la estructura metálica de la moto de su compañero. Nos señala que hay dos posibilidades para explicar esta inclinación colaborativa: o bien el primero se ha quedado sin combustible, o bien, han acordado ahorrar gasolina. Esta última es una práctica generalizada en la isla.

Estas dos escenas, además de ser respuesta a la escasez, acaso estén asociadas con la mentalidad insular del dominicano, para quien el mundo empieza y termina en la isla, con posibilidades siempre limitadas a lo que se encuentra en su demarcación. Esa mentalidad realista, sin duda genera una cierta capacidad de adaptación, pues se vive con lo que hay y cualquier cosa adicional es motivo de alegría. Pero también ese rasgo apunta a un cierto conformismo: ¿qué sentido tiene esforzarse y aspirar a más cuando al final hay lo que hay?… Desde luego, ese paradigma es un pasaporte al subdesarrollo y un campo fértil para la dependencia.

A propósito cuentan que en el lenguaje coloquial prevalece una expresión de la época de la colonia: “lo que traiga el barco…”: Cuando el navío español hacía su visita anual en el puerto, determinaba con el abasto – se sembraba lo que el barco traía – la vida entera de la isla. Es decir, una variación de la divina providencia, que poco a poco modula las expectativas de la gente, y la lleva a aceptar la vida como viene…

No está demás notar que cuando uno está a la merced de un poder superior – como en la etapa oral del desarrollo infantil -- hay siempre dos posibilidades: o se afirma en uno la fe, o se asienta la desconfianza. Según nos cuenta Montse, los dominicanos se han inclinado del lado de la paranoia. El dominicano es muy chivo: asume por default que todos quieren algo de él y se lo van a sacar por las buenas o por las malas. No es para menos considerando que sus padres han sido conquistadores rapaces o tiranos descarados…

Acaso de ahí les venga la maña fabuladora y la capacidad histriónica, pues para granjearse de la leche necesaria para subsistir todo vale, y siempre es mejor engañar a que lo engañen a uno… Desde ahí, tanto Montse como Luis Miguel se inclinan a pensar que la historia del Muchacho de Aguas Blancas que vivimos en Constanza, tiene visos de manipulación. Todavía demostrando consideración a mi ingenuidad concluyen “Queda desde luego la posibilidad de que lo tuyo se trate de una verdadera coincidencia, un caso entre mil…”

Para cuando llegamos al departamento, Montserrat señala que suficiente hemos tenido de historias de la cara lúgubre de Dominicana. Ella se encargará el fin semana de abrirnos la puerta a la cara luminosa de la isla y sus habitantes.

Sobra decir que en efecto consiguió por mucho su cometido. En primer lugar, porque ama a su país, y como se ha dicho, las cosas son hermosas cuando se ven a través de los ojos de quien las ama. Pero sobre todo, porque a lo largo del fin de semana puso al servicio de su propósito el don de gentes, determinación y generosidad que, ahora sabemos, le caracterizan.
A mostrar esta arista diferente de la isla, ayuda desde luego el escenario de Juan Dolio de quien se dice que fue un italiano – Giovanni Dolio – o un español – Juan de Olio – que hace cien años vivió en aquella costa y se dedicó a plantar cocoteros, lo que junto con el agua azul claro y las arenas blancas asientan su espíritu paradisiaco y su carácter de postal.


A este propósito ayudó también el hermoso diseño del Proyecto Heminway. Por la noche nuestros anfitriones nos presentan al responsable de hacer que ese sitio fuera posible: José Antonio Rodríguez. Banquero de profesión, nos cuenta que el conjunto tuvo un origen problemático: habían financiado a un grupo hotelero que botó el proyecto apenas arrancaba. Incapaces de solventar la deuda y con perspectivas de pérdidas monumentales para todos los involucrados, José Antonio decidió transformar el problema en oportunidad y correr personalmente el riesgo del desarrollo inmobiliario, cosa que nunca en su vida había hecho antes. El resto fue encontrar gente con talento que lo acompañara. Años más tarde, el resultado está a la vista…


A pesar de ser una noche ajetreada para él, pues se celebra la inauguración de la casa club, José Antonio se da tiempo para escuchar con atención la historia de nuestro viaje. Con sencillez cuenta que en la adolescencia hizo un viaje semejante al nuestro, con un grupo de amigos del colegio Loyola, que arrancó en el sur de México y terminó en Venezuela. Iban montados en una gua-gua haciendo escalas en todos los sitios en que los padres (asumo que eran jesuitas) tenían casas de retiro. Cuenta que el recuerdo más potente que guarda de aquel viaje de dos meses en que la pasaron fundidos y chamagosos en el calor de la América Central, es el agua. La memoria de un baño glorioso que se dio en la última parada del viaje…

Acaso sea prematuro decirlo, a escasos quince días de iniciada nuestra travesía, pero su relato delinea una verdad que también nosotros hemos empezado a experimentar: los viajes ayudan a apreciar aquellas cosas que uno da por sentadas en su vida cotidiana y que en el viaje faltan: baño propio, cama cómoda, comida caliente…

Este tema será recurrente durante el fin de semana. Más tarde, Luis Miguel nos da su propia versión a propósito de valorar las cosas sencillas de la vida. Nos cuenta que en un país cruzado por la violencia como Guatemala, una persona con su responsabilidad y su perfil, debe por fuerza vivir día y noche rodeado por una escolta de seguridad. Naturalmente en esa circunstancia es imposible gozar de privacidad o experimentar la sensación de libertad. Tarde o temprano ese estilo de vida se convierte en una cárcel. “Justo por eso para mí Dominicana es un paraíso, más allá del lujo o la comodidad, pues aquí puedo andar libremente por la calle; puedo sentarme a comer en un restaurante sin tener en el corazón, todo el tiempo, una pequeña señal de alarma” – comenta.

El tono de intimidad del fin de semana nos lleva inevitablemente a la historia de amor de Luis Miguel y Montserrat. Al poco tiempo de haber comprado Grupo Malla, -- emblemático en dominicana por la identificación que existe de las marcas de galletas Hatuey y de pastas Milano y Milanesa --, Luis Miguel acudió al evento de Acción de Gracias que ofrecía la American Chamber of Comerce, lo que constituía su introducción a la sociedad industrial de la isla.

Por haber llegado con un retraso considerable, Montserrat, la empresaria dominicana que estaba destinada al asiento contiguo, se perdió de las presentaciones. Acaso para subsanar su retraso, Montse se sintió en la obligación de llevar el rol activo en la conversación y dejar a Luis Miguel en el papel de escucha. No habían pasado veinte minutos, cuando ella inició un argumento de defensa de la industria local frente a los intereses extranjeros: Le parecía una desgracia que empresas tradicionales dominicanas estuvieran siendo vendidas. Dijo que ahí estaba por ejemplo el caso de Grupo Malla, que había sido comprado por unos insensibles empresarios guatemaltecos, quienes, qué duda podría caber al respecto, ignoraban la trascendencia que ese negocio tenía para los dominicanos. Luis Miguel, contuvo un poco la risa y la dejó continuar. No quiso revelar su identidad demasiado pronto, pues la combatividad de su interlocutora había empezado a parecerle atractiva y quería disfrutar un rato más el fuego que le crecía en las pupilas cuando defendía la causa de las marcas que ahora él administraba.

Cuando finalmente se presentó, ella no sólo se sostuvo en lo dicho, sino que además le lanzó el reto de preservar la tradición que hasta ese momento había capturado la lealtad del consumo de los dominicanos. Luis Miguel a quien los desafíos le prenden la entraña, no sólo aceptó, sino que se aseguró de encontrarse con ella suficientes veces en los siguientes meses, como para darle oportunidad de verificar personalmente el cumplimiento de su compromiso. Y como todos sabemos, el desafío y el encuentro reiterado, son elementos que tarde o temprano desembocan en el amor… De eso, hace poco más de cuatro años…

La anécdota de su encuentro me da un buen pretexto para traer a la conversación a Oscar Rivera, mi co-equipero en el desarrollo de la relación de consultoría con Luis Miguel. Con un toque de licencia literaria, he transformado su historia en un micro relato intitulado La seguridad que da la ignorancia:

Pasó una vez más la distraída mirada sobre la contraportada de su libro de viajes, mientras esperaba en la fila de migración en el Aeropuerto de Santo Domingo. “¡Vaya imbécil!” se dijo a sí mismo, al percatarse que el pasajero cano y narigón junto a quien viajaba en la primera clase, a quien enfáticamente había recomendado la lectura de “La fiesta del Chivo”, era Mario Vargas Llosa.

Así, poco a poco, entre historias, palmeras y viandas, el fin de semana opera su magia y permite que se cumpla el propósito real nuestro encuentro: celebrar el hecho de que, hace tiempo, somos amigos...


Justo de esa amistad nace una propuesta de Luis Miguel: Terminar el viaje ahí, donde lo empezamos. Que Dominicana sea el primer sitio donde hagamos el recuento de nuestras aventuras.

Considerando la belleza del sitio, la calidez y la generosidad de nuestros anfitriones, la idea parece insuperable.

Sin embargo, habrá que esperar, pues no sabemos aún a dónde nos llevará el viaje. Es posible decir, como aprendimos este fin de semana, que hay que esperar, a ver que trae el barco…